Edwin Cortés Jiménez

Edwin Cortés Jiménez

Wednesday, 02 August 2017 19:00

Don Omar: un liderazgo de tiempo completo

Don Omar Elías Quintero tiene 74 años de edad, es un  hombre lúcido,  de frente ancha donde se albergan profundos deseos de transformación social,  con manos firmes por donde aún señala el camino a seguir, y de cuerpo deteriorado por los años y por las consecuencias  de  las persecuciones y las torturas.  Él nunca se ha rendido  a pesar de la fuerte represión ejercida en su contra y la de  su familia. Ahora trabaja en la Junta de Acción Comunal de un humilde barrio  en la ciudad de Pereira, donde está planificando, orientando y aglutinando los adultos mayores para continuar con sus ideas reivindicativas, que como dice él: “solo la muerte me las quitará”. Ahora se trata de alimentación, techo y vida digna para los adultos mayores de la ciudad.
 
Sus luchas no son de ahora, su sensibilidad hacia las problemáticas sociales viene gracias a los valores de trabajo colectivo y solidaridad  inculcados por su padre. Desde sus tempranos 16 años en las veredas de Balboa, Risaralda, donde se crió  con sus hermanos,  empezó a crear conciencia desde el inicio de las Juntas Veredales, para poder hacer así  las vías de acceso al pueblo y sacar  los alimentos producidos en las fincas. A través del contacto con el pueblo y sus necesidades empezó para don Omar una larga lucha por la sobrevivencia contra el abandono del Estado. “Organización y lucha”, ha  sido  la consigna de don Omar desde su adolescencia.

Entre convites y movilizaciones de campesinos, organización de trabajadores, estudiantes y docentes,  transcurrió su vida, hasta encontrar una solución de consecuencia a todos sus anhelos sociales en la Asociación Nacional  de Usuarios Campesinos (ANUC), de la cual fue fiscal a nivel departamental.  En ese entonces se desarrolló en San Jacinto, Atlántico,  un congreso de la ANUC, en el cual confluyeron diversas organizaciones obreras, campesinas, estudiantes, artistas e intelectuales, entre ellos Orlando Fals Borda, quien tuvo contacto con don Omar. Este le habló de los procesos regionales en el Eje cafetero. Fals Borda, desde su visión académica, pero también práctica, alentó  las luchas desarrolladas  allí.

En la región se siguieron llevando luchas frente a la recuperación  de tierras y de vivienda, donde participaban campesinos, estudiantes y trabajadores de todos los sectores. Recuerdos especiales tiene con respecto a la recuperación de una finca en Quinchía, propiedad del terrateniente Alejandro Toro, bajo la consigna: “La tierra pal que la  trabaja”.  En su voz pausada, grave y reflexiva, rememora don Omar que: “Esa era la consigna y el Incora se vio obligado a dar los títulos a los campesinos. No importaba que los grandes terratenientes realizaran congresos paralelos a los de las asociaciones del pueblo. Era el tiempo heredado   de la dictadura del Frente Nacional, y se empezó a perseguir, desaparecer, encarcelar y a torturar muchos compañeros… nos mataron a muchos”.

En esos tiempos candentes, por allá en 1974, un año después del Congreso, alguien tocó en horas de la noche su puerta, al abrir se encontró que era el académico con quien compartió en el Congreso. Él era Orlando Fals Borda,  quien había quedado con la dirección de su casa.  Bajo los lentes de don Omar se ven sus ojos negros, grandes y llenos de vida cuando recuerda Fals Borda como un “hombre humilde e inteligente que me orientó, alentó y felicitó por tan ardua y significativa lucha”. Quien desarrollaría la metodología de la Investigación y Acción Participativa   estuvo solo una noche en su casa,  pero bastó para  alimentar más en don Omar ese deseo de transformación social necesaria para Colombia.

Se apoya fuerte con su mano sobre la mesa para pararse lentamente  e ir por un vaso de agua,  como para destapar el nudo que se hace en su garganta. Así empieza a narrar lo  transcurrido en los años  80s, cuando empieza la terrible, negra y larga  noche para la ANUC, sus bases y sus dirigentes. Recuerda a Sinforoso Navarro y Rubén Darío Grajales,  dirigentes en Risaralda quienes serían los primeros en caer producto de la violencia paramilitar que despuntaba en esa década.  Con el dedo índice sobre sus labios, como reclamando silencio, recuerda que “se empezó a asediar por fuerzas oscuras el trabajo de las pre cooperativas de producción en el campo, en lo maderero y de mercadeo. Desde ahí se desarrollaban las reivindicaciones de la ANUC en la Virginia, Risaralda”.

Con la mano derecha empuñada y su mirada perdida en esos tiempos, cuando empezaron  a ver caer sus compañeros, me dice don Omar: “ese trabajo no era ningún delito,  se hacía en vista de la falta de derechos y el olvido del Estado y nos  empezaron declarar como elementos fuera de la ley”.

Con el foco en sus objetivos, este hombre siguió orientando el trabajo y aglutinando la gente, siempre buscando el bienestar para todos porque, como dice, “el trabajador del campo ha sido muy olvidado y  nunca ha tenido ni prestaciones ni ningún otro tipo de garantía”. Las consecuencias llegaron y estuvo detenido, afortunadamente  solo fueron 15 días,  gracias al apoyo de la comunidad y a un grupo de abogados. Baja un poco su voz  y mira por encima de sus lentes, mientras comenta que “se me acusó de ser miembro del EPL,  fui torturado e interrogado, querían que cantara lo que no sabía”. Desde ese entonces este luchador social quedó  afectado de su columna y sus brazos, producto de las torturas… por eso su caminar lento pero firme.  Las denuncias puestas en la Procuraduría fueron en vano porque le exigieron reconocer a los captores, pero él tenía vendados los ojos y las voces de sus torturadores eran oscuras, atronadoras  e irreconocibles, lo único que sabe es que eran agentes del Estado.

A pesar de los hostigamientos, detenciones masivas, asesinatos y desapariciones, la lucha siguió, ahora en Quinchía, Risaralda,   a donde se  trasladó con la familia a iniciar una nueva vida siempre ligada a los procesos reivindicativos. Allí nuevamente fue amenazado, recuerda que “fue por medio de un panfleto, donde me daban dos horas para salir del pueblo, además recibí varias llamadas donde me daban esas dos horas y  sino pagaría también toda mi familia”. No tuvo más remedio que abandonar en horas de la madrugada su nueva vivienda.

Aun tratando de huir del terror, pero no de  la lucha, este llegó hasta su familia. Fue un 22 de junio de 1988 cuando  su hermano Herman Quintero fue detenido 20 días  por la Octava Brigada del Ejército en un barrio de la ciudad de Pereira. El  18 de agosto de 1988  fue desaparecido. Él, igual que don Omar, fue acusado de ser dirigente del EPL. Con voz pausada y melancólica  recuerda: “mi hermano era únicamente dirigente de la ANUC”.  Posterior a  su  desaparición las demandas puestas por la familia Quintero ante este hecho han sido nulas.

Aun sabiendo que sus antiguos captores siguen sus pasos,  don Omar  continúa  con su voluntad de lucha intacta, siempre pensando en mejorar la calidad de vida de las personas.  Espera que con la asociación del adulto mayor, constituida con personería jurídica, pueda ver materializada algunas de sus luchas.  

“¿Qué hay de malo en ser un luchador social?”, se pregunta don Omar.  Espera un cambio digno para las nuevas generaciones, que se haga memoria de los caídos y desaparecidos, producto de la violencia paramilitar que se inició en la década de los ochentas y no termina todavía. Sus demandas de casi una década han sido invisibilizadas,  pero sabe que no serán en vano. Ahora rescatar  la memoria de su hermano desparecido y de sus asesinados excompañeros,  es una lucha más en su agitada vida.

Humberto Cañón observaba fijamente hacia la cumbre del nevado del Tolima mientras nos contaba lo sucedido en su infancia, aproximadamente unos  45 años atrás: “un avión se estrelló a unos pocos metros de donde mi familia tenía la finca, llena de ovejas para la producción de lana, y de caballos para bajar cada tres meses al pueblo a comprar los víveres”. Los vestigios históricos del suceso eran visibles  al llegar a 3500 metros sobre el nivel del mar, en el páramo del Tolima. Hasta ese lugar, ubicado en la vereda Hoyo Frío, más conocido como “Termales de Cañón”,  llegamos gracias a las anécdotas sobre un “ermitaño” que vivía en la base del  volcán del Tolima.

Desde una de las cumbres más altas se visibilizó, luego de tres noches de camping,  aquel lugar que nos recibió  con un desestresante baño de agua caliente  mineralizada. Gigantescas montañas con frailejones de más de dos metros de altura, grandes colchones  de  agua, cuevas donde antiguamente habitó el oso de anteojos, el Valle del Placer, lugar mitológico de la laguna El Encanto, y restos del avión estrellado, se veían desde unos kilómetros antes de llegar a aquel lugar idealizado.

“CAÑOOOOÓN”, gritaba el parcero con quien  iba. Llegamos,  y al fin tuvimos el placer de tener en frente a aquel hombre de aproximadamente 55 años de edad,  que nos recibió con un caluroso saludo y con agua de plantas aromáticas cultivadas por él mismo en su huerta. Él se llamaba Humberto Cañón Salinas, un hombre de figura hosca y dejada, de gran barba y piel tarjada por el frío, y con un gran sentido de la conservación natural. Con sus fuertes manos construyó la piscina termal más paradisiaca del Parque Nacional Natural Los Nevados y quizá de toda Colombia.

Al día siguiente, luego de  un placentero descanso,  escuché atento las anécdotas de Cañón, entre ellas cómo aquel lugar, de un poco más de 800 metros cuadrados de tierra, era la única propiedad que él poseía, dado que numerosas hectáreas pasaron a ser reservas de la sociedad civil con la nueva carta constitucional de 1991. Desde ese entonces el Estado le dejó ese pedazo de tierra  a su familia, y años después, aprovechando el cráter que dejó el impacto del avión, levantó aquella piscina en uno de los lugares más altos del mundo, y  por tal cualidad, un sitio visitado por nacionales y extranjeros. También nos contó que, no pocas veces, cuantiosas fueron las sumas de dinero que le ofrecieron para comprarle ese lugar.
Desde que salimos del bosque alto andino y  empezamos a transitar el bosque de páramo, era evidente el orden militar establecido allí. “No haga quemas, recoja las basuras, cierre los pórticos, cuidamos los bosques y el agua…FARC EP”, se leía en uno de los letreros. En la pequeña  y humilde finca paramuna donde ahora habitaba solitario Humberto Cañón, estaba el mensaje más largo de esa guerrilla. Quizá el único error de Cañón fue haberse criado en ese territorio de páramo, en el cual para inicios del año 2010, empezó la incursión paramilitar. Desde ese tiempo, en distintas ciudades, se empezaron a escuchar historias de montañistas, según las cuales habían empezado a masacrar familias enteras en el páramo del Tolima.

En el termal de Cañón contemplamos las escarpadas montañas, vimos las alucinantes noches estrelladas, compartimos historias en el caluroso rancho de Humberto, y leímos las dos bitácoras cuidadosamente guardadas por él. Las bitácoras eran  memorias escritas de las personas que llegaron al termal y decidieron dejar sus vivencias, sentires y pensares en aquellos robustos libros.  Había mensajes de superación, de heroísmo, de amor a la naturaleza, de entusiasmo, y en definitiva, de todas las cosas más sublimes y bellas que salen del alma humana. “Esos son mis tesoros”, decía Cañón mientras se fumaba un cigarrillo.

Pasados tres días, levantamos la carpa  para empezar a descender. La despedida fue emotiva, conmovedora, pero al mismo tiempo revitalizante. Dejar al ermitaño en su soledad, sabiéndolo empoderado de su riqueza, generó profundas reflexiones.

Pasaron entonces varios años. Transcurría el 2010, cuando de repente, me sorprendió ver a Humberto Cañón siendo entrevistado por noticias RCN en el noticiero del medio día. Él hacía la invitación a conocer el “Termal de Cañón”, ubicado a unos 4000 metros sobre el nivel del mar, en la base del volcán del Tolima.  Al año siguiente, luego de unos meses de la entrevista, la última noticia que tuve  fue que a Cañón lo habían asesinado con arma de fuego y arma blanca  al mismo tiempo. Esto ocurrió un sábado por la tarde  en el mes de marzo, luego de un baño de agua caliente en su piscina. No hay claridad sobre quién asesinó a Cañón, si fue el Ejército Nacional, las fuerzas paramilitares, la guerrilla o la delincuencia común, lo cierto  es que hacía  poco tiempo había sido  víctima de un atentado y que ahora el termal estaba en manos del Parque Nacional Natural Los Nevados.

Han pasado seis años, y todavía hay impunidad frente al asesinato de Humberto Cañón Salinas, el “ermitaño”. La justicia  argumenta que su asesinato fue “al parecer por venganza”. Seguramente, bajo esta premisa, nunca se encontrarán a  los culpables, porque se trataba de un humilde hombre, con sentido de pertenencia, ligado a su territorio y que se opuso a la venta de su tierra para el desarrollo de grandes proyectos turísticos. Humberto Cañón era un amante y defensor de la vida en los páramos, y esa condición le costó la vida.

¿Cuál era el afán de los asesinos por la desaparición de todo rastro de memoria física en la base del volcán del Tolima? ¿Dónde estarán  las bitácoras, baluarte de Humberto Cañón, el “ermitaño”? Algunas personas dicen que las quemó el Ejército Nacional de Colombia, otras que fueron hurtadas por particulares, o que fueron tiradas al fondo  de la piscina y por lo tanto se deshicieron  sus hojas.  Lo cierto es que el termal sin el ermitaño carece del misticismo, el encanto natural y la  fraternal acogida de uno de los hombres que vivió en uno de los lugares más  recónditos, altos y  hermosos de Colombia.

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