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48 años de feminismo popular en el puerto petrolero

De no ser porque las mujeres de los barrios mandaban a sus hijos al comedor comunitario con un papelito que decía “nos amenazaron”, “los paramilitares están en el barrio”, “no se asomen porque las van a matar”, hubieran muerto más integrantes de la Organización Femenina Popular. Sin esas alertas tempranas y esos mecanismos comunitarios de autoprotección, no estaría próxima a cumplir 48 años la organización que, según su la directora, entiende que la lucha de clase y de género “no es una lucha contra los hombres”.

De hecho fueron dos hombres, dos sacerdotes, Floresmiro López y Eduardo Diaz, los que gestaron la OFP en 1972 en la zona nororiental de Barrancabermeja, la capital y puerto petrolero del Magdalena Medio, región compuesta por 30 municipios de cuatro departamentos. “Así como llegaban a barranca camionados de hombres para trabajar en la petrolera, también llegaban camionados de mujeres para ejercer la prostitución. Un mito en ese entonces decía que la prostitución era una forma para que los hombres pudieran estar en la región”, cuenta Yolanda Becerra, directora y cofundadora de la OFP.

Por fortuna, la de Barrancabermeja era una iglesia comprometida con los pobres y con los problemas de la ciudad, una iglesia que bebió de los postulados de la teología de la liberación, que tomaba partido ante las injusticias sociales. A través de la pastoral social la iglesia dedicó su prédica a la formación de católicos y sujetos políticos, a parir e iluminar procesos sociales. Entre ellos uno orientado al autocuidado, la capacitación, la recuperación de la dignidad de la mujer, a la vez protagonista en la construcción de los puestos de salud, en la pavimentación de las calles, en los reclamos por una vivienda digna y servicios públicos de calidad; uno que reivindicaba sus propios derechos, pero también reivindicaba los derechos colectivos.
—Era una iglesia menos institucional. Más de vivencia. Era una iglesia, comprometida en las transformaciones sociales; una iglesia que vivía entre el pueblo 24 horas. Una iglesia que generaba una espiritualidad que iba de la mano con la lectura de las realidades y con las necesidades particulares de cada territorio, del país —sostiene Yolanda.

La OFP, que en sus inicios se llamó clubes de amas de casa, fue madurando y evolucionando su apuesta de feminismo popular bajo la tutela católica. A la par de ese crecimiento, al interior de la diócesis de Barrancabermeja el padre Eduardo Díaz comenzó a plantear que la iglesia no podía formar organizaciones para sí misma, sino que “tenía que construir organizaciones autónomas para la vida”. En ese momento, 1986, la Organización Femenina Popular era una adolescente de 15 años, y Diaz, quien fue señalado como fundador del ELN, debió exiliarse. La dirección de la diócesis cambió, la postura del sacerdote tomó fuerza al interior de la iglesia y de la OFP que decidió materializar su autonomía.
—Esos procesos de autonomía no son fáciles. Son muy importantes, son de grandeza política, pero también traen dolores. Generó sentimientos encontrados. Generó hasta ruptura de amistades.

A pesar de lo doloroso, aunque las llamaran hijas malagradecidas, era una decisión política necesaria. Para Yolanda, no fue solo un proceso entre la OFP y la iglesia, sino que terminó siendo un proceso de la ciudad y de toda la región.
—Lloramos muchas veces. Muchas veces cerrábamos las puertas de la sede principal y decíamos: no somos capaces. Teníamos que seguir respondiendo a un mundo político que a veces no entendíamos. Y que a veces nos exigía más de lo que en el momento podíamos dar.

Era la primera vez que la OFP, sin el amparo de la iglesia, tenía que tomar decisiones y defender sus posturas en escenarios políticos de articulación. Por ejemplo en la coordinadora popular que aglutinaba los sindicatos, los movimientos cívicos y campesinos, las juntas de acción comunal, y toda expresión política y alternativa de la ciudad y la región. En la coordinadora confluían más de 10.000 personas, era allí donde se definían los paros cívicos y se organizaba el 1 de mayo, conmemoración del día del trabajador que en ese entonces, según Yolanda, era “arrollador”.

Definiendo en qué escenarios nacionales participar, con quién construir relaciones políticas, haciendo sus propias lecturas, poco a poco la OFP fue forjando su carácter, y las mujeres que llevaban la batuta, entre ellas Yolanda, se dieron cuenta de que sí eran capaces.

Superado el trauma de la independencia, era prioritario encontrar la manera de generar los recursos que antes suministraba la iglesia. La organización también comprendió que necesitaba replantear sus escenarios y formas de acción. El trabajo que antes hacían en las parroquias, empezaron a desarrollarlo en las casas de la mujer que alquilaron o construyeron en Yondó, Antioquia; San Pablo, Sur de Bolívar; y Barrancabermeja y Sabana de Torres, Santander.
—Nos dimos cuenta que las mujeres necesitamos un referente físico, no solo para la vida privada, sino también para la vida política.

En esas casas dictaban cursos, ofrecían atención jurídica y psicológica, se reunían a pensar sus proyectos productivos, atendían los comedores comunitarios, gestaban un proceso íntimo que luego irrumpiría en lo público. La OFP tejía su base social y al tiempo lograba convocar mujeres que tenían otras ocupaciones o que estaban inmersas en otras dinámicas pero que participaban en el escenario político y público, es decir en las movilizaciones y plantones. También había hombres:
—Desde el comienzo la OFP entiende que es una lucha por los derechos de las mujeres dentro y fuera de la casa. Pero que los cambios y las transformaciones se hacen con ellos. En nuestro trabajo como mujeres hemos tenido hombres aliados muy importantes. No quiero herir susceptibilidades, hay muchos hombres que han sido nuestros compañeros de camino —reitera Yolanda.

En 1998, la OFP tenía 3.500 mujeres afiliadas y muchos hombres aliados, pero llegaron los paramilitares…

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Esta casa, en la que ahora estoy hablando con Dora Saldarriaga, era un prostíbulo antes de que la arrendaran. Los alrededores eran tierra virgen, tierra en bruto. Esta zona, el nororiente, era la zona roja de Barrancabermeja, aquí quedaban las cantinas, los prostíbulos, lo maligno. Luego la casa fue un salón de belleza, y después un puesto de Policía donde encerraban, por uno o dos días, a los hombres que capturaban en las recuperaciones de tierra. La gente, por las buenas o por las malas, empezó a hacer sus casas en esos baldíos, comenzaba a construir estos barrios mansos. “Eran poquitos los que cogían”, me dice Dora, porque los hombres dejaban a las mujeres cuidando los lotes cuando sabían que se acercaba la policía. “Cuando eso había hacia la mujer mucho respeto. A las mujeres no les hacían nada”.

La casa está pintada de blanco y morado. Aquí, el Sena dicta clases de artesanías, cocina y manipulación de alimentos, y la OFP dicta clases artísticas a más de 100 niñas, niños, y jóvenes. Las puertas se abren los siete días de la semana. Se producen aceites de esencias aromáticas, y están las mesas, sillas y cocinas necesarias para un comedor comunitario. Mientras conversábamos afuera, alrededor de 25 mujeres hablaban sobre el bazarte del 8 de marzo en el salón principal, actividad que realizan bimestralmente, en la que venden sus pollos de engorde, masato, artesanías, aceites, ropa usada, sancocho, carne asada, y todo aquello que hacen.
—Nosotras no queremos ser cola, queremos ser cabeza —me dice Dora, a quien no le gusta la palabra feminismo porque siente que, como el machismo, es una palabra que pasa por encima del otro.

Dora calcula que hace parte de la OFP desde hace 32 años. Quería “superarse”, salir de la rutina cotidiana y del encerramiento de la casa. Se capacitó en unos de los cursos que ofrecía la parroquia, hizo parte de los clubes de amas de casa, y le gustó el espíritu colectivo de esos grupos. Con los años, la OFP vio en ella capacidad de liderazgo y le encomendó la coordinación de la casa y de los procesos en el nororiente de Barrancabermeja.
—La OFP es un bus que lleva una ruta determinada, la gente se sube y se baja. En la OFP yo he aprendido que no se nace mujer, sino que se aprende a ser mujer. Una mujer que conoce sus derechos, sus valores, que los posesiona, que los evidencia, que se penetran tanto en nuestro ser que los hacemos vida.

***


La violencia era una antes del 18 de mayo de 1998, y otra después de que ese día asesinaran a 7 personas y desaparecieran otras 25. Entre 1998 y 2006, los paramilitares del Bloque Central Bolívar, comandados por 'Macaco', 'Ernesto Báez' y 'Julián Bolívar' intentaron acabar con el movimiento social y destruir cualquier tejido político y organizativo bajo el argumento de la lucha contrainsurgente. El 23 de diciembre de 2000 el paramilitarismo se tomó Barrancabermeja y conformó los diferentes comandos que tantas vidas le arrebataron a la ciudad y a la región.

La OFP fue le encargada de algo que no estaba en sus planes: ser voceras de las denuncias, de la resistencia y de la vida en Barrancabermeja. Las organizaciones sociales, blanco del paramilitarismo, tuvieron que bajar el perfil, diluirse con el río Magdalena, columna vertebral de la región. Sin importar que esto las pusiera bajo una amenaza permanente, las casas de la mujer se convirtieron en espacios humanitarios. La gente amenazada que lograba huir de sus casas y salvar su vida, “corría a las casas de la mujer”. El barrio Pablo Acuña, construido en el suroriente de Barrancabermeja por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), fue desalojado por completo. La mayoría de las mujeres del barrio pertenecían a la OFP. El refugio de ellas y sus familias fue la casa de la mujer de la zona, donde vivieron tres meses.

Las mujeres de la OFP también buscaron, por agua y por tierra, a los desaparecidos. Lo hacían en compañía de otras organizaciones, pero “nosotras poníamos la cara”. La orden de los paramilitares era tirar los cuerpos al río, y la orden de las autoridades era no sacarlos de allí, a quien lo hiciera le abrían un proceso penal. Pero ellas se ponían batas negras, se embarcaban en la chalupa de la Defensoría, recuperaban los cuerpos y los entregaban en la armada.
—Salvamos muchas vidas de gente que estaba amarrada. Gente que la tenían para asesinarla. Permanentemente recibíamos denuncias buscando nuestro apoyo para salvar a sus hijos. Hicimos unas conexiones nacionales para poder sacar la gente; jóvenes, sobre todo, que son más irreverentes y que no cumplían con los manuales de convivencia —explica Yolanda.

Era tal el control paramilitar, que en Barrancabermeja instauraron un manual de convivencia que castigaba con la muerte a los jóvenes de cabello largo, a los que tenían aretes, a las prostitutas, a los homosexuales, a las lesbianas, a quienes salieran a la calle a ciertas horas, y a quienes vistieran de ciertos colores.
—En barranca hubo algo que no pasó en muchas partes del país. En barranca quitaron muchas viviendas los paramilitares. Llevaban a la gente a las notarías y las hacían firmar. A muchas viviendas llegaban y les decían “tienen dos horas, tienen ocho horas, para que desocupe”, porque ya llevaban una familia para vivir ahí.

Para la OFP los símbolos y los sloganes fueron fundamentales en la denuncia y resistencia a la muerte. Para reconocer que el miedo es algo inherente, para aprender a administrarlo, colectivizarlo, y convertirlo en organización, movilización, en fuerza. Las mujeres, revestidas con batas negras, marchaban con cajones vacíos para simbolizar a los desaparecidos. También hacían vigilias por la vida, carrozas del miedo, encendían velas en las avenidas de la ciudad, denunciaban todo tipo de crímenes en La moana, un programa que transmitían por el canal local Telepetroleo; hacían conversatorios sobre el miedo en colegios, sindicatos y comunidades; y en los embarcaderos de los municipios en los que desarrollaban trabajo de base, ponían vallas que “hablaban por nosotras”, vallas con frases en contra de la guerra y a favor de la vida.
—El lenguaje simbólico —para Yolanda— es muy potente. La simbología fue una buena forma de hacer la denuncia, de hacer la movilización, de llegarle al corazón a la gente común y corriente, de hacer consciencia.

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El 6 de febrero de 1996, los paramilitares le dieron una hora a Emerita Torres y a los demás habitantes para que salieran de la vereda San Francisco de Yondó. Huyeron con lo que tenían puesto, “dejando todo tirado, dejando las costumbres, dejando nuestro territorio”. Meses después Emerita regresó a Yondó, comió de una de las ollas comunitarias que durante tres años organizó la OFP y desde entonces hace parte de la organización. Eran alrededor de 150 familias que se beneficiaban del ágape. La OFP aportaba los alimentos, y cada día una familia, ya fuera en la casa de la mujer, en las calles del barrio, en el parque, o en una cancha, cocinaba para las demás.

Actualmente Emerita es la coordinadora de las 30 mujeres que hacen parte del proceso organizativo en Yondó. Es quien defiende sus derechos y reclama una atención digna para aquellas diagnosticadas con cáncer, un fenómeno que afecta a muchas mujeres de los municipios de la región donde hay extracción petrolera, y por lo cual la OFP demanda la construcción de una clínica de la mujer en Barrancabermeja, o un hospital de tercer nivel con un pabellón específico para tratar esta y otras enfermedades que las aquejan.

Emerita es quien, desde hace cuatro años, le está pidiendo a la administración municipal que construya la casa de la mujer incluida en la reparación colectiva a la que se comprometió el Estado. Es quien se lamenta por las precarias condiciones sociales de Yondó, municipio en el que se deben pagar hasta dos millones de pesos para acceder a un trabajo en alguna de las empresas subcontratadas por las petroleras. También es ella la que cosecha la citronela, esa planta verde acintada que cada viernes, mientras es destilada y convertida en aceite, inunda la casa del nororiente de un olor pegajoso.
—Si yo no hubiera conocido a la OFP, mi vida hubiera sido diferente. He sentido mucho apoyo. Si a una le duele un pelo, le duele a todas. Esta es mi familia: ellas son mis hermanas, mis tías, mis primas —dice la fornida Emerita, mientras sudamos por la resolana que azota por estos días a la efervescente barranca.

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—Somos conscientes que para construir en este contexto tenemos que buscar aliados y aliadas. En la OFP ha sido muy tejedora la comida, de la olla comunitaria —me dice Kelly Campo.
Las reivindicaciones femeninas que promulga la OFP son alimento que se comparte entre vecinas, que se hereda entre las familias. La mamá, las tías, y los primos de Kelly también hicieron y hacen parte de la OFP, cuya capacidad de convocatoria, según ella, reside en ese feminismo “arraigado a su contexto popular, construido a la par de los movimientos obreros, de los movimientos sociales”.

Kelly es una joven con menos de 25 años que hace, luego se nombra. Habla con una serenidad musical, pero con propiedad y contundencia, con conocimiento de causa. Kelly está al frente del proyecto de economía feminista popular de la OFP. Coordina a las 250 mujeres afiliadas y embarcadas en un proyecto productivo, que quiere articularlas en una red regional de productoras y consumidoras. La iniciativa contempla, hasta el momento, la producción y comercialización de huevos y chocolate orgánico, y la destilación de plantas aromáticas para obtener y vender aceites, desinfectantes y repelentes naturales.
—Nosotras tenemos las capacidades y queremos formar empresa; y hacer cosas para tener una independencia económica que signifique calidad de vida para nosotras. Podemos construir un modelo que sea justo, más solidario, que sea más colectivo —manifiesta Kelly.

Kelly también está al tanto y hace parte de la escuela de arte cultura y sociedad con la que la OFP quiere restarle base social a la guerra, puesto que el territorio, dice ella, sigue teniendo dueño. A Barrancabermeja volvieron los patrulleos armados en los barrios. El microtráfico y el agiotismo van en aumento. Los actores se han reconfigurado y han cambiado las manifestaciones de la violencia. Años atrás resultaba facial identificar quiénes eran, qué hacían, y cómo lo hacían. Hoy los actores se desdibujan en el contexto de inseguridad social que se vive en Barrancabermeja.
—Nosotras nos dedicamos a curar las heridas de los cuerpos. ¿Pero que pasaría si en vez de curar heridas en los cuerpos que van a tener cicatrices de por vida, más bien nos dedicamos a construir nuevas personas que no causen esas heridas?

***


—Hacíamos lecturas de contexto permanente, pero esas lecturas eran coherentes con lo que hacíamos. Nosotros nunca nos reunimos para no hacer. Nosotros así afuera a la luz de la muerte, en medio del dolor, nos reuníamos para encontrar cómo hacer —expresa Yolanda al otro lado del teléfono.

Esa fue la clave para que la OFP, cuyas decisiones siempre fueron respaldas por la base, sobreviviera a la peste armada. Sin embargo, en 2008, eran evidentes las cicatrices, el desgaste. Las amenazas y los hostigamientos que los armados emprendieron contra Yolanda escalaron a su entorno familiar. Yolanda se bajó temporalmente del bus, pero “la organización lógicamente continuó con muchas dificultades”. Apareció en el seno de la OFP un fenómeno: muchas mujeres empezaron a sufrir problemas de salud. La organización, entonces, tuvo que diseñar la ruta de reconstrucción que duró hasta el 2012:
—El Estado —cuenta Yolanda— le ofreció la reparación colectiva a la organización, reconociendo que por acción u omisión es responsable de todo lo que pasó. No fue fácil tomar esa decisión, porque no creemos en el Estado, nos daba mucho miedo.
La OFP aceptó la propuesta estatal de resarcir los más de 140 crímenes registrados contra la organización. Pusieron condiciones y definieron criterios para su ejecución. Lo pactado, que en este momento “está parado totalmente”, se ejecutó en un 52%. Eso permitió reconstruir la confianza y el tejido social, forjar nuevas alianzas, repoblar las sedes, revivir áreas de trabajo, recuperar parte del equipo, y recuperar Sabana de Torres, el único municipio del que salieron durante el hostigamiento paramilitar.

En este momento son 2.017 mujeres afiliadas a la OFP, enfrascadas en una dicotomía. La única forma de que el proceso no muera es promover la llegada de nueva energía femenina, tanto a la base como al equipo de conducción para que releve esas células antiguas. Son dos fuerzas contradictorias que si no logran dialogar armónicamente pueden generar un corto circuito. Los vientos jóvenes suelen ser partidarios de replantearlo todo pasando por encima de la historia, y la fracción más veterana recela de los cambios y se aferra a las formas y los modos de hace 20 años. ¿Cómo hacer ese dialogo intergeneracional? ¿Cómo construir sobre lo construido?
—La otra discusión —reconoce Yolanda— es que la OFP no es una ONG, es un proceso de base. Ha sido muy difícil la despolitización de las mujeres. ¿Cómo hacer hoy proceso de base?, ¿cómo organizar las mujeres hoy? ¿Cómo hacer una formación política donde las mujeres se sientan felices, que la sientan necesaria, que convoque… que sea una necesidad de las mujeres y no una necesidad de las que conducen?

No vale la pena pensar qué sería de Barrancabermeja y el Magdalena Medio sin la OFP. La historia de la ciudad y de la región es la historia de esas mujeres que, consciente o inconscientemente, llevan 48 años construyendo un feminismo propio, popular, “no europeo”. Las preguntas y reflexiones que ahora ocupan a la organización no son una amenaza, son la esencia de un proceso que está en permanente reflexión y construcción, y que está convencido de que solo las mujeres son “capaces de transformar el mundo con la razón y el corazón”.

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Acerca del Autor

Juan Alejandro Echeverri