Un tabaco amargo

Ingrid era estudiante de Contaduría Pública, vivía en Bogotá, y no conocía el campo más allá de los paseos familiares. Pero en unas vacaciones hace 18 años, cuando fue a visitar a su tía, quien vivía en la vereda Santa Helena, de Barichara, Santander, se enamoró de los animales, la tierra, las flores… y también de Sergio, su actual esposo y padre de sus dos hijos. Sergio, desde pequeño campesino y tabacalero, como su familia, le enseñó a Ingrid todas las mañas del tabaco durante su proceso, y ella, aunque con dificultad, logró adaptarse y aprender lo propio de esta labor, así como de la vida en el campo.

Mientras habla de su vida, sus flores y sus cultivos, Ingrid sonríe. Sus ojos brillando son el mejor retrato de ese espíritu campesino, que tal vez no heredó de nadie, pero que labra con firmeza. Los días en la finca son, como ella misma lo dice, comunes y corrientes: “Levantarse uno a las 5:00 am, prender fogón, el tinto, alistar a mi hijo que me colabora con el desayuno porque le gusta la cocina, mientras que con mi esposo vamos limpiando el caney (el lugar donde se seca el tabaco), alistar el guarapo, la jarra, los vasos, las cabuyas, las agujas… todo eso antes del desayuno. Cuando ya hemos desayunado, cada uno por su oficio”.

Además de tabaco, Ingrid y su familia cultivan café, maíz, fríjol, yuca y cítricos, aunque es el primero su principal fuente de sustento. El proceso inicia con la preparación de las cubetas para los semilleros, a los que le hacen seguimiento durante 40 a 60 días. En este tiempo, arreglan el terreno para la siembra. El tabaco estará en el lote cuatro meses, durante los cuales hacen riego y fumigación con venenos orgánicos. En la mitad de este tiempo, es decir, dos meses después de la siembra, inicia la recolección, una cada quince días durante los dos meses siguientes. Ya en el caney, el tabaco empieza su proceso de secado, que tarda más de 22 días, y luego es escogido y empacado para la venta. Todo este último proceso, de secado y escogida, tarda alrededor de dos meses, lo que quiere decir que en total son ocho meses desde el semillero hasta la venta.

Con esta labor, y sin imaginarlo, Ingrid hoy hace parte de las pocas familias que han logrado subsistir en Colombia de cuenta del cultivo del tabaco. Y es que desde la llegada en 2005 de Phillip Morris, multinacional hoy dueña de Coltabaco, y en 2012 de British American Tobacco, dueña de la antigua Protabaco, el cultivo de esta materia prima y su transformación, en Latinoamérica, se concentraron en otros países como Brasil, Argentina o México. Para el caso de Coltabaco, empresa que le compra a Ingrid la cosecha, Guillermo Álvarez, actual presidente del Sindicato de la Industria Tabacalera –Sintraintabaco–, cuenta que de 12 mil millones de cigarrillos producidos antes de la llegada de la multinacional, hoy se producen 6.3 mil millones. En ese sentido, de 23.000 familias campesinas que se dedicaban al cultivo del tabaco, calculan que hoy quedan menos de la mitad, y con tendencia a seguir disminuyendo, “porque con lo que producen en Brasil por su gran extensión, por la tecnología y todo, les sale más barato traer el tabaco a Colombia que comprarlo acá mismo”, dice este dirigente sindical.

Algo de esto confirma Ingrid, cuando su entusiasmo al hablar se va convirtiendo en indignación. Contrario a lo que han vivido los trabajadores de la industria en cuanto a la precarización laboral, Ingrid cree que algunas condiciones para los campesinos han mejorado, porque por ejemplo la empresa le presta dinero a cada cultivador al inicio del cultivo y los dota de algunos productos. El problema, cuenta ella, es cuando al momento de la venta lo recibido no se acerca a lo esperado.

Cada kilo de tabaco, según el grado en que se encuentre, puede ser pagado desde 3230 hasta 7692 pesos. Ingrid y su familia, por lo general, alcanzan a recolectar 1000 kilos o un poco más, pagados a un promedio de 6000 pesos, es decir, unos seis millones de pesos, con los que tendrán que cubrir los gastos de ochos meses y pagar las deudas adquiridas para el cultivo. “Eso fue lo peleé la vez pasada, porque en la primera cosecha nos pagaron muy barato, entonces saqué al ingeniero de una reunión que tenían allá, y le dije bueno, con esto qué hago, ¿me compro una miseria de mercado? ¿O pago el transporte? Porque es que con esto no se hizo nada, me descontaron el 70% de la deuda... Uno no se siente satisfecho porque el pago es muy barato para tanto trabajo… ocho meses, porque llevamos ocho meses”.

Ingrid cree que el problema de fondo viene desde el Gobierno, por su abandono estatal y por las políticas que en lugar de fortalecer la economía campesina, favorecen a las multinacionales. “Voy en contra de las políticas del Gobierno totalmente, porque uno no es bruto para caer en esa mentira. ¿Que el comité de cafeteros a quién pertenece? ¿Y las multinacionales con quiénes hacen los convenios? Digo, ahí le dejo la inquietud. Ahoritica el Gobierno le está dando prioridad a las multinacionales para que se vuelvan centros de acopio de todas nuestras cosas y que no tengan valor”.

A inicios del 2017, en Santander, Phillip Morris animó y patrocinó a los cultivadores para que salieran a marchar en las cabeceras municipales en contra de la reforma tributaria y el alza del IVA, con la promesa de sentarse a dialogar sobre los problemas que afrontaban estas familias frente a los precios del tabaco, costos de producción y demás. Los cultivadores marcharon, pero las promesas rápidamente se olvidaron. Ingrid cuenta decepcionada que “nosotros peleamos contra la reforma tributaria, pero de nada nos iba a servir. Eso ya estaba aprobado, entonces jodidos todos, menos las multinacionales. Para mi concepto yo he visto el cambio de la reforma tributaria con las ventas de estos días. Sé que les subieron muchísimo los impuestos a ellos, pero eso a quién se lo achacan, ¿a la empresa o a nosotros? Digo, pequeña pregunta global”.

Muchos cultivadores ahora quieren terminar o achicar sus cultivos, debido a la situación económica. En el caso de Ingrid, la empresa familiar que significa el tabaco, está a punto de acabarse. Sus dos hijos, quienes desde muy pequeños han ayudado en la labor, así como en todos los oficios de la finca, van a graduarse pronto del colegio y tienen menos tiempo, lo que implica gastos extras para contratar otros dos trabajadores. Pero los ingresos no alcanzan para eso, porque “lo que uno cosecha no tiene precio –dice con tristeza–. Tendremos que buscar entradas económicas sin seguir perdiendo tanto dinero”, y la alternativa para ella, esta vez, parecer ser regresar a la ciudad, esa selva de cemento de la que salió hace 18 años, y ahora en compañía de sus hijos y de Sergio.

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Sara López
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