Renan Vega Cantor

Renan Vega Cantor

Crisis capitalista mundial: de recesión... a depresión

La crisis capitalista, tantas veces negada por los ideólogos neoliberales, afecta a todo el mundo y, en contra de las previsiones más optimistas, tiende a acentuarse a medida que los efectos de la debacle financiera, que comenzó en los Estados Unidos, se proyectan sobre todas las actividades económicas en ese país y en el resto del planeta. Hace unos meses, cuando se hizo evidente el comienzo de la recesión, muy pocos creían que esta se fuera a prolongar tanto y que tuviera un alcance catastrófico, para los trabajadores y los pobres de manera principal, como el que hoy muestra. Esto indica que se está pasando de la recesión a la depresión, con lo cual se está empezando a vivir una situación similar, sino peor, a la del período 1929-1939, conocida mundialmente como la Gran Depresión.

 

Tuesday, 24 February 2009 16:09

La astrología al servicio del capitalismo

El jueves 22 de enero mientras recorría la página virtual de El Espectador me llevé una gran sorpresa cuando leía los titulares del día y de pronto apareció la sesión del horóscopo con el siguiente anuncio, que supongo también fue publicado en la edición impresa del citado periódico: “Acuario: Hoy deberás tener cuidado en el trabajo, las cosas no están para hacer protestas, sobre todo si estás en la empresa por contratos, ya que tendrás que aguantarte con lo que te manden, por muy injusto que parezca”.

 

En todo el tiempo que llevo indagando sobre las pérdidas históricas que afectan a los trabajadores, nunca había visto una afirmación que llegara al extremo del cinismo de atribuirle a los astros (es decir, a la luna, el sol, y los planetas) de manera directa la responsabilidad por lo que acontece en el ámbito laboral.

Si se mira el mensaje de fondo que aparece en esa noticia en apariencia banal, puede entenderse todo el sentido de la flexibilización laboral, porque el neoliberalismo considera a los trabajadores como los principales enemigos de la pretendida libertad de mercado, sobre todo si están organizados. Por esta circunstancia, el desmonte de los Estados intervencionistas, con el sofisma de la desregulación y la globalización, ha buscado desorganizar a los trabajadores, destruir los sindicatos, suprimir las conquistas laborales, ampliar la jornada de trabajo, generalizar el trabajo de niños, mujeres y ancianos, eliminar el salario básico y reducir lo máximo posible el salario real, impulsar los contratos a destajo, por días o por horas, incrementar el desempleo para arrinconar a la gente a aceptar lo peor, y desconocer el pago de todo aquello que tuviera que ver con el llamado “salario indirecto” (atinente al pago de salud, educación, transporte, alimentación y todo lo necesario para reponer la capacidad de trabajo y para que las personas estén en condiciones de ir a laborar todos los días).

Con la crisis capitalista generalizada por todo el mundo, es obvio que quienes van a asumir el costo de la misma son los trabajadores, como se palpa en Colombia. Al parecer, no ha sido suficiente el precio que aquéllos han tenido que pagar con la apertura económica, la “reforma laboral” (sic), la precarización en el empleo, el asesinato de sindicalistas, la privatización de la seguridad social, la ampliación de la jornada laboral, el desempleo, la eliminación de las pensiones y mil cosas más. Con tal panorama, no es raro que ante la creciente lumpenuribización del país, el cinismo cunda también en el ámbito laboral, como lo demuestra el caso de un exministro, que se embolsilla millones de pesos mensuales, al proponer la reducción y eliminación del salario mínimo porque le parece muy alto y merma la competitividad de la economía colombiana.

De la misma forma, es tanto lo que se ha perdido y retrocedido en materia de derechos de los trabajadores que aparece como normal que en los supermercados de cadena, que obtienen cuantiosas ganancias al mes, niños, niñas, jóvenes y adultos desempeñen en forma gratuita la tarea de empacar los productos, sin salario ni vinculación contractual de ninguna clase, y que corra por cuenta del consumidor socorrer al empacador con una limosna, que éste pide al final de la compra, entre suplicas y vergüenza. Con esta situación tenemos, entonces, que en Colombia en los supermercados se presenta la horrorosa práctica de trabajar sin salario, lo cual debe tener bailando de la dicha a los grandes comerciantes. La supresión del salario –más no del trabajo asalariado y alienante- se constituye en el modelo ideal para cualquier capitalista, que siempre sueña con tener una gran cantidad de fuerza de trabajo a su disposición, gratis, resignada y pasiva.

Por ello, nada mejor que martillar en la conciencia de la gente a través de todos los medios, incluyendo al horóscopo, para presentarle el panorama de miseria laboral, como un resultado no de unas determinadas políticas que benefician a las clases dominantes, sino como un designio astrológico, frente al cual nada puede hacerse, y mucho menos protestar. Eso no rima muy bien con la “actitud positiva”, esa basura propandística que se ha tomado todos los medios de comunicación, con el fin de convencernos de que no existen problemas estructurales (como la explotación, la desigualdad, el desempleo, el saqueo de recursos naturales, la pérdida de derechos…) ni responsables (empresarios, industriales, banqueros, terratenientes, capitalistas multinacionales), pues simplemente los problemas son individuales y cada uno es el responsable de su propia suerte y se labra el destino que se merece.

No sorprende que al mismo tiempo con todo lo anterior, los libros y revistas que más se venden y los programas de radio y televisión que más se sintonicen se dediquen a la  “superación personal” y no se busque la solución de los problemas estructurales en las acciones y luchas colectivas, como debería ser. No, ahora lo que se imponen son gestos individuales, en donde se combinan el arribismo con el espíritu de limosnero, como rasgos distintivos de aquellos que ya no son sujetos sino robots alienados y que, como ordena el capitalismo a través del horóscopo en el que aparecen los implacables designios de los astros, “tendrás que aguantarte con lo que te manden, por muy injusto que parezca”. 

Si lo dicen los astros nada qué hacer, porque al fin y al cabo la globalización y la astrología, según sus propagandísticas, son indiscutibles, como la Ley de la Gravedad, y benéficas para todos. De tal manera que ¡a trabajar como borregos, con la cabeza baja y sin chistar, porque según tu horóscopo debes ser obediente, sumiso, servicial, sapo y besar la mano de aquel que te oprime y explota! Por algo, uno de los lemas del lumpenuribismo dirigido a los pobres es “trabajar, trabajar y trabajar”, mientras en las altas esferas del poder se delinque, trafica y mata.

Friday, 06 February 2009 15:44

Globalizacion, by, by…

Las grandes crisis en el capitalismo, que no son una anomalía del sistema sino de carácter estructural, tienen aparejadas consecuencias teóricas nada desdeñables, como se ha puesto de presente en los últimos quince años. Así como la crisis de la burbuja tecnológica a finales de la década de 1990 produjo la muerte rápida de la llamada “era de la información” (que había sido difundida por Manuel Castells) y el ataque a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001 significó el colapso de la noción de Imperio (diseñado por Toni Negri) y del culto a los relatos microfragmentarios, propios del pensamiento posmoderno, lo que está aconteciendo hoy en los Estados Unidos implica el fin del mito de la globalización.

 

El mito de la globalización tenía, por lo menos, cuatro componentes principales: el mercado, guiado por la mano invisible, se autorregula y equilibra por sí sólo, sin constricciones externas, produce bienestar y felicidad a los seres humanos. Para que el mercado funcione armoniosamente no se requiere de la intervención del Estado, el que era presentado como un obstáculo innecesario del cual, en teoría, se había prescindido. Como el Estado-nación ya no era necesario, había sido reemplazado por poderosas corporaciones transnacionales (financieras, comerciales y productivas), que supuestamente no tenían base territorial definida y cuyo accionar se desplegaba sin el concurso ni ayuda de ningún ente estatal, llevando confort y felicidad a los seres humanos por todo el planeta. Este sistema armonioso de mercados libres, sin Estado, y de corporaciones transnacionales había encontrado, por fin, la dicha perpetúa, eliminando las crisis periódicas del capitalismo, en la medida en que se le dejara actuar sin restricciones, es decir, sin la acción de fuerzas perversas como las del mismo Estado, los sindicatos o cualquier otro obstáculo antinatural que se le quisiera oponer. 
En términos ideológicos y propagandistas, el mito de la globalización se difundía diciendo que ésta era perfecta, que solo si nos conectábamos a los centros globales podríamos ser competitivos y eso traería beneficios a los países y a sus habitantes. El que se quedara desligado del tren de la globalización estaba condenado al fracaso; solo los conectados tendrían éxito y mil pamplinas por el estilo.

Pues bien, en estos momentos todos los componentes de este mito se han desmoronado, como sus cultores nunca lo sospechaban, porque no solamente ha quedado vapuleado el neoliberalismo –entendido como la fase de regulación que sustituyó al keynesianismo- sino la globalización. Porque, en efecto, los cuatro elementos básicos de la retórica de la globalización ya son cosa del pasado, de un pasado que parece muy lejano, por la serie de acontecimientos de las últimas semanas en los Estados Unidos, de donde han irradiado rápidamente a Europa, Japón, China, Corea del Sur, América Latina y otros lugares del orbe. Que el mercado funcionaba sin problemas y que no necesitaba del Estado hoy parece un mal chiste en vista de la intervención salvadora del Estado norteamericano con la inyección de una cifra, por lo demás impresionante, de 700 mil millones de dólares, el monto de intervención estatal más grande en la historia del capitalismo para salvar a un sector económico.

(Esta cifra, que no nos cabe en la cabeza, adquiere algún sentido si recordamos que equivale a dos veces la deuda de los 49 países más pobres del mundo. Con el mismo se podría erradicar la pobreza en el mundo durante dos años –porque las Naciones Unidas considera que harían falta 300 mil millones de dólares para superar la línea de pobreza por encima de un dólar diario- y esa suma equivale al costo de darle un pan diario durante más de tres años a los más de cinco mil millones de pobres que existen hoy en el mundo).

Que el poderío económico de las corporaciones transnacionales era tal que su fuerza económica superaba a los Estados también ha quedado demolido en estos momentos, cuando se sabe que grandes bancos, compañías de seguros, empresas inmobiliarias han sido salvadas por el Estado, mediante un proceso de ayuda y hasta de nacionalización, que algunos han llamado el “socialismo de Wall Street”. Lo mismo ha sucedido en varios países europeos, empezando por la otra cuna del neoliberalismo, Inglaterra. Y lo de un mercado libre de crisis, es una quimera reaccionaria, porque al parecer la mano invisible entró en huelga o se la amputaron al demiurgo de los economistas neoliberales. Tal es la magnitud de la crisis, que es la más grave del sistema capitalista desde la que aconteció en la década de 1970 y podría llegar a ser -es una posibilidad que no puede descartarse-  similar a la gran depresión de la década de 1930.

De tal manera que el mito de la globalización ha muerto y con él toda una época histórica, que escasamente duró un cuarto de siglo, tiempo durante el cual se nos anunció que habíamos llegado al fin de la historia y a la consolidación de un mercado mundial intocable, sin límites de ninguna clase, y que traería dicha y prosperidad a toda la humanidad. Durante todo este tiempo los críticos de la globalización fueron presentados como dinosaurios que se oponían a los designios naturales de un proceso irreversible, porque, como dijo alguna vez uno de sus plumíferos mejor pagados, el novelista Mario Vargas Llosa, estar contra la globalización era como ladrarle a la luna.

Esto no quiere decir, desde luego, que el capitalismo vaya a desaparecer en estos momentos. Sencillamente, uno de los mitos que este construyó en las últimas décadas, ya no funcionara más, como había operado desde 1983, momento en que se acuñó el vocablo de globalización en los círculos económicos de los Estados Unidos. Sus objetivos, entre los que se encontraban la expansión mundial del capital, debilitar a los Estados nacionales, poner término a la regulación fordista y al Estado de Bienestar, justificar la eliminación de los derechos y conquistas de los trabajadores (como se ve en China y en todo el planeta), arrasar con los ecosistemas, instaurar tratados de libre (sic) comercio, suprimir cualquier idea de soberanía como inútil (alimenticia, monetaria, productiva)... y muchas cosas más ya no podrán seguir siendo presentados, en forma creíble, con una pretendida globalización irreversible e indiscutible, porque eso ha sido desmentido en los propios Estados Unidos.
Por todo lo anterior, saludemos el fin del mito de la globalización, porque ello brinda una oportunidad teórica y política para recuperar el lenguaje crítico del capitalismo y del imperialismo. Y para emprender en nuestra América procesos de independencia económica y política, con participación de todos los sujetos populares de tipo nacional que han sido pisoteados durante años por todos aquellos que se presentaban como los voceros de la globalización. En concordancia, ¡si la globalización ha muerto, que viva nuevamente el internacionalismo!

Friday, 09 January 2009 14:08

Crisis civilizatoria

Por estos días las noticias que recibimos a diario se centran en la crisis financiera, presentada como un fenómeno particular de un sector de la economía y pocas personas se atreven a hablar de crisis del capitalismo. Esta es una muestra de que el imaginario “libre mercado” ha obnubilado a gran parte de la especie humana, bombardeada durante 20 años por las mentiras sobre el fin de la historia, la eternidad del capitalismo y la pretendida imposibilidad de construir alternativas a este sistema irracional.

 

Confluencia de múltiples crisis
Hablar de crisis capitalista es, desde luego, mucho más apropiado que de crisis financiera, sencillamente porque apunta a enfatizar que no es solamente un sector particular, el financiero, el que está en crisis, sino que es el conjunto de relaciones capitalistas. Esto supone considerar, lo cual parece de Perogrullo, la economía real, es decir, la producción con todo su cortejo de víctimas: desempleados, trabajadores precarizados, mujeres y niños recibiendo peores salarios si es que mantienen sus empleos, campesinos a los que no les compran sus productos o expulsados de sus tierras, pequeños empresarios en la quiebra total, sectores populares todavía más empobrecidos ante la reducción de sus posibilidades de trabajo y subsistencia. Porque es evidente que la gente no puede vivir ni del aire ni de la especulación financiera.

Pero ni siquiera la noción de crisis capitalista hoy es suficiente para entender la situación que está viviendo la humanidad; una verdadera encrucijada histórica, que puede catalogarse como una auténtica crisis civilizatoria por las múltiples dimensiones que ésta conlleva. Porque al mismo tiempo estamos viviendo, por lo menos, cuatro crisis de manera simultánea: ecológica, climática, energética y alimentaria, todas producidas por la suicida mundialización del capital, como se intenta mostrar enseguida.

Crisis ecológica: El aumento de los niveles de consumo a nivel mundial por un porcentaje exiguo de los habitantes del planeta (los viejos y los nuevos ricos, junto con importantes fracciones de las llamadas clases medias) está conduciendo a la extracción desaforada de fuentes de energía y materiales indispensables para hacer posible dicho sobreconsumo. Al fin y al cabo, para construir automóviles, aviones, computadores, celulares, tanques de guerra, armas y todas las mercancías que inundan nuestra vida cotidiana se precisa de materia y energía. Y éstas hay que extraerlas de algún lugar de la tierra, porque no se encuentran en ningún otro lado, ni se puede reproducir en laboratorio de manera artificial y de la nada. Como consecuencia de esa búsqueda frenética de materiales se están destruyendo los ecosistemas a una escala sin precedentes, lo que se evidencia en que después de 65 millones de años (cuando desaparecieron los dinosaurios), hoy se presenta la extinción de especies más terrible de toda la historia, junto con la deforestación, el arrasamiento de las últimas zonas boscosas y selváticas del mundo, la reducción de las reservas de agua dulce, la contaminación química, y un interminable etcétera.

Crisis climática: Estamos asistiendo a un cambio drástico en el clima del planeta, causado por el sobreconsumo propio de la sociedad capitalista, que se manifiesta en el aumento de las temperaturas en unos lugares del mundo y el descenso en otros, a la par con huracanes y tifones cada vez más destructores, veranos más prolongados e intensos, e inviernos más lluviosos. Se han convertido en pan de cada día los desastres provocados por la alteración de los ciclos climáticos en todo el mundo, aunque, como siempre, los perjudicados sean los más pobres y desvalidos, que ven como se caen sus precarias viviendas, como se destruyen sus formas de subsistencia y sus sistemas de pesca.

Esa brusca alteración climática ya está teniendo efectos desastrosos, puesto que el clima es un regulador natural de la vida en la tierra y su modificación altera por completo a los ecosistemas y las formas vitales que allí existen, tal y como lo experimentan los habitantes (humanos y animales) de la zona polar ártica, que soportan el deshielo de los casquetes en donde han vivido durante miles de años. Este hecho no solamente los amenaza a ellos con la extinción inmediata sino que pone en peligro a muchas zonas costeras del mundo, que soportaran el aumento del nivel del mar, lo cual conllevará la inundación de ciudades y zonas habitadas.

Crisis energética: Hoy estamos asistiendo al comienzo del fin de la época del petróleo, como resultado de la generalización del consumismo exacerbado y de la universalización ideológica (que no puede ser real) del modo de muerte americano. Esto explica que países como China se hayan integrado al mercado mundial de consumo de hidrocarburos y de toda clase de materias primas, siguiendo el ritmo nefasto de los países capitalistas. Eso mismo ha sucedido en todos los lugares del mundo, porque sus clases dominantes a escala nacional han adoptado el modelo despilfarrador de energía, replicando para sí mismas el uso del automóvil y el gasto de materiales derivados del petróleo en todas las actividades diarias, como forma predominante de vida, a través de la apertura económica y el mal llamado libre comercio.

En esa perspectiva, en unas dos o tres décadas ante el aumento del consumo a nivel mundial y el crecimiento de la población se estarán agotando las últimas reservas de petróleo. Con ello vendrá el colapso del sistema erigido sobre el oro negro, con más guerras, invasiones, y lucha por el control de los pocos recursos existentes entre las viejas y nuevas potencias imperialistas.

Crisis alimenticia: Mientras en el mundo hay suficiente producción de alimentos como para abastecer a unos 12 mil millones de personas (casi el doble de la población actual), el hambre y la desnutrición se han extendido por todo el planeta. Al mismo tiempo productos de la dieta básica de la gente común y corriente han sido transformados por las multinacionales agrícolas y los empresarios capitalistas en materias primas para la producción de cosas que no benefician de manera directa a cinco mil millones de habitantes del planeta, porque ellos no los pueden comprar por sus elevados costos. (Un ejemplo claro al respecto es el del cacao, materia prima del chocolate, cuya producción es monopolizada por multinacionales como la Nestle, la que luego lo revende a precios inalcanzables para las economías campesinas que lo producen en África, donde sus niños nativos, que juegan con las pepas de cacao, nunca pueden comprar ni comer una chocolatina).

Otra parte de esos alimentos se destinan de manera criminal a la producción de agrocombustibles para mover los carros y los aviones, lo que conlleva que se dediquen millones de hectáreas a producir géneros de exportación que antes se dedicaban a alimentar a los seres humanos. Como consecuencia de la constitución de las economías de exportación ha aumentado la pobreza rural, el éxodo hacia las ciudades, se ha acelerado la desaparición de los campesinos, y ha desaparecido la soberanía alimentaria de los países antes productores de alimentos esenciales, en todo el Sur del mundo y ahora deben comprarlos a los países imperialistas. Como un resultado de esta crisis han aumentado las revueltas de subsistencia de los hambreados del orbe, que se han presentado en más de 50 países del mundo en el último año.

Algo más que una pasajera crisis capitalista
Todas estas crisis indican que no es una crisis económica más la que estamos soportando sino algo más profundo, en el sentido que hoy por hoy el capitalismo ha llevado a la humanidad a un callejón sin salida, en el ámbito del mismo capitalismo, es decir, a una crisis civilizatoria. Esto significa que lo que está en cuestión es el modelo intensivo en el consumo de materiales y energías fósiles construido en los dos últimos siglos, tras la Revolución Industrial, y generalizado en el mundo en los últimos veinte años.

Al hablar solamente de crisis capitalista, en el sentido económico del término, se está admitiendo que en la lógica capitalista el sistema puede recuperar sus niveles de acumulación, incluso a escala ampliada, y que como si nada hubiera pasado se va a continuar con ese nivel de sobreconsumo y se van a preservar las exigencias del crecimiento. El capitalismo se podrá recuperar, pero eso no supone que se beneficie a la humanidad, sino a unos cuantos oligarcas opulentos, los mismos responsables de la crisis financiera.

Pero si ese mismo asunto se observa desde la perspectiva de una crisis civilizatoria, puede concluirse que el colapso financiero señala que se ha acelerado el paso que nos conduce al abismo, si es que no se toman las medidas urgentes e indispensables para evitar todas las crisis que nos asolan. Y eso pasa necesariamente por el fin del capitalismo y su sustitución por una sociedad diferente, con otros valores no mercantiles ni basados en la sed infinita de ganancia y acumulación. En ese contexto, hoy es más necesaria que nunca la revolución anticapitalista pero no para desarrollar las fuerzas productivas (que bien vistas son destructivas), sino como lo decía Walter Benjamin, para accionar los frenos de emergencia que impidan que el capitalismo destruya a la humanidad.

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