Renan Vega Cantor

Renan Vega Cantor

Tuesday, 28 March 2017 19:00

El regreso del imperialismo

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del imperialismo. Su espectro emerge de entre todos los conceptos que el capitalismo y sus ideólogos enterraron entre 1989 y 1991, brota de las cenizas que dejó el mito del fin de la historia. Entre esos muertos, que siempre gozaron de buena salud, estaban el capitalismo (que pasó a llamarse economía de mercado, sociedad abierta o democracia), las clases y la lucha de clases (reemplazadas por ciudadanía y sociedad civil), la igualdad (sustituida por equidad), la explotación (en su lugar se habla de esfuerzo individual, de exitosos y fracasados), la clase obrera y el proletariado (bautizados como emprendedores, o miembros de la clase media). Con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética se anunció con gran triunfalismo que entrabamos al fin de la historia y con ella terminaban las pesadillas del capitalismo, que se expresaban en los conceptos antes evocados. El culto al acabose llevó a proclamar que el imperialismo ya no existía, si era que alguna vez había existido.

En su lugar se anunció un nuevo orden mundial de dicha y prosperidad –que se inauguró con la primera guerra del golfo (1990-1991) –, al cual se le agregó el remoquete de globalización, para denotar que el fin de la historia era mundial. En ese nuevo orden de la globalización desaparecían las relaciones de dominación y sometimiento que caracterizan el capitalismo en su expansión mundial desde el siglo XVI, con la conquista sangrienta de América. Y se abría una época en que imperaban las relaciones de fraternidad entre los países, los cuales se beneficiarían de los frutos benéficos de la globalización. Esta fue presentada como una nueva ley de la gravedad social, irreversible e incuestionable, frente a la cual nada se podía hacer. Como lo dijo uno de sus ideólogos más famosos, el novelista Mario Vargas Llosa, oponerse a la globalización es como ladrarle a la luna.

En estas condiciones, el término imperialismo, forjado en las luchas políticas y anticapitalistas desde finales del siglo XIX, desapareció del léxico político y dejó de ser un instrumento analítico de la economía y de las ciencias sociales, incluso en importantes círculos de la izquierda, que fueron cautivados por la vulgata de la globalización.

Desde los Estados Unidos, los círculos empresariales del gran capital, así como los políticos imperialistas, se encargaron de imponer la idea de la globalización, que fue difundiéndose en la mentalidad de la gente del mundo entero, como si en verdad fuera una realidad incuestionable. Así, la globalización entró a formar parte en un lapso de menos de treinta años, de un nuevo sentido común, asumido en general sin ninguna perspectiva crítica. Eso fue reforzado por la propaganda que repite en forma incansable que los productos microelectrónicos que hoy son fetichizados hasta el cansancio (como el celular y sus derivados) son la máxima expresión de la globalización.

Un aspecto central de la vulgata de la globalización es esconder la dura realidad de las relaciones internacionales, en la cual impera la opresión, la explotación, la desigualdad, el saqueo, la guerra que libran los grandes poderes del mundo (hegemonizados por los Estados Unidos) contra los países periféricos, con la finalidad de apropiarse de las riquezas naturales y de la fuerza de trabajo, barata y abundante, que permita asegurar el funcionamiento del capitalismo en los países del centro.

Con mucho éxito, ocasionado en gran medida por la derrota de los proyectos anticapitalistas a nivel mundial y por la crisis ideológica que eso conllevó, los imperialistas se presentaron a sí mismos como la encarnación de la globalización, vale decir, como los portavoces del progreso y la prosperidad de los pueblos de la tierra. Y lograron que muy pocos catalogaran el nuevo desorden mundial como un sistema imperialista, el que fue impuesto a “rajatabla” desde Washington a nombre del “libre comercio”, con la aquiescencia de las clases dominantes de cada país. Con ello se eliminaron las restricciones para la libre movilidad del capital por el orbe entero, se abrieron los países para que las empresas transnacionales los explotaran a sus anchas y saquearan sus bienes comunes de tipo natural, se generalizaron las peores condiciones para los trabajadores, con una renovada explotación y pérdida de derechos. A los reacios a la globalización se les bombardeó, ocupó y masacró (como lo demuestra Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia…), pero eso no fue visto como una acción imperialista, sino como parte de “guerras justas” y “guerras humanitarias”.

Pero, como todo se acaba, la ideología del libre comercio empezó a ser cuestionada en los últimos años por fracciones del propio capitalismo, que plantean un retorno a la política clásica del imperialismo. Su máxima expresión se encuentra encarnada en el actual gobierno de los Estados Unidos, del multimillonario Donald Trump. Este es un personaje antiglobalización desde la derecha, que desde sus primeras acciones en el gobierno liquidó de un plumazo el acuerdo comercial del Pacífico y lo más seguro es que elimine el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) con Europa. Así mismo, ha manifestado que va a renegociar el tratado de libre Comercio de América del Norte, con México, y ha dicho que va a terminar la construcción del Muro en la frontera que separa a los dos países y no ha disimulado su odio a los migrantes y extranjeros.

A raíz de estos hechos, los globalizadores –como Barack Obama, Hilary Clinton y sus admiradores– que han librado guerras, masacrado miles de personas, impulsado el saqueo de continentes enteros, expulsado millones de migrantes… ahora se rasgan las vestiduras y alertan por el peligro que se cierne sobre la humanidad por el fin de la globalización, la que aseguraban hasta no hace mucho tiempo era irreversible, diciendo, con poca imaginación, que al frente de los Estados Unidos se encuentra un loco, un desquiciado, al que debe derrocarse para que la globalización siga su curso. Tan pobre argumentación indica que la estupidez también se globalizó e impide analizar las contradicciones del capitalismo, sin explicarlas, como si fueran producto de la libre voluntad de los individuos y no representaran intereses de clase.

El efecto positivo del cambio político de los Estados Unidos radica en que ha hecho emerger desde las profundidades de ultratumba, el espectro del imperialismo. Este en realidad nunca desapareció, simplemente se le ocultó y se le intentó embellecer con el manto de la globalización. De la misma forma que la crisis de 2007 hizo reaparecer al capitalismo como apelativo del sistema actual, los sucesos del 2016 han hecho renacer al imperialismo, a pesar de las lágrimas de cocodrilo de los apologistas de la globalización. El imperialismo está de vuelta y eso debe considerarse como una oportunidad para los luchadores anticapitalistas del mundo, que ahora deben rescatar y actualizar una categoría que tanta utilidad tiene para entender y enfrentar el imperio del capital.

Wednesday, 25 January 2017 19:00

Obama: de presidente a “asesino en jefe”

El 21 de enero de 2017 se terminan los ocho años de mandato presidencial de Barak Obama en los Estados Unidos, con un balance absolutamente negativo para este personaje, si se consideran las grandes expectativas que se generaron luego de su primera elección en noviembre de 2008. En ese momento se anunció que en Estados Unidos había comenzado un nuevo ciclo histórico, que traería resultados benéficos para el resto del mundo, en razón de que había sido elegido un individuo de piel negra y profesor universitario. En forma alegre se creía que por el solo hecho de ser el primer presidente negro de los Estados Unidos se estaba dando paso a un nuevo tipo de gobierno en esa potencia, que dejaría atrás las acciones imperialistas, agresivas y criminales contra el resto del planeta. Se suponía que con Obama se inauguraba un período de humanitarismo, de paz y de concordia en las relaciones internacionales. Los cálculos fueron demasiado optimistas, y en verdad, poco realistas, ya que es muy cándido suponer que por cuestiones circunstanciales de raza o de género (como lo planteó la candidatura reciente de Hilary Clinton) se va a modificar un sistema imperialista.

La política de Obama en nada ha modificado ese proyecto de dominación mundial de los Estados Unidos y, por el contrario, ha acentuado las acciones criminales y terroristas en el ámbito internacional por parte de ese país. Uno de los mejores ejemplos al respecto es el de la institucionalización de los llamados “martes de la muerte”, como se examina en este artículo.

Lista en mano
Durante su nefasto gobierno, Barack Obama instauró una novedosa práctica criminal, una nueva forma de terrorismo de Estado, con alcances mundiales, política que de seguro va a ser mantenida por sus sucesores. Cada martes en las primeras horas del día Obama se reunía con sus asesores de seguridad con el fin de confeccionar y actualizar una lista con los nombres de aquellos considerados como “enemigos de los Estados Unidos” y determinar, con nombre y apellido, a aquellos que debían ser asesinados durante esa semana. Así como suena, sin eufemismos, el individuo que fungía como Presidente de la primera potencia mundial decidía a quiénes se iba a asesinar, porque estaba claro que no se iban a capturar vivos.

Desde la Casa Blanca se planeaba, con ayuda de sofisticada tecnología, la ubicación de los enemigos que se debían matar. Recurriendo a información satelital se detectaba el lugar donde se encontraba el blanco elegido y se daban las órdenes, que permanecían en secreto, para que desde alguna base militar de los Estados Unidos, dentro o fuera del país, a control remoto se maniobrara un dron provisto de “armas inteligentes” que descargara sus bombas letales sobre el objetivo. Una información de prensa que comentó este tipo de acciones afirmaba, con un tono de reproche y de admiración, que “La muerte en las montañas del norte de Pakistán viene de arriba. Discreta y perniciosa, se abate de repente como un aguacero”.

Guerra preventiva al extremo
La innovación perversa de Barack Obama, acaso producto de su formación académica como abogado experto en “derechos civiles”, consistió en que esas muertes planificadas se convirtieron en una rutina de cada semana. Esos asesinatos se realizaban en cualquier lugar, sin importar si eran países con los que Estados Unidos estuviera oficialmente en guerra. En otras palabras, no solamente se acudía a este tipo de asesinato de estado en Irak, Afganistán o Libia, sino en Yemen, Siria, Somalia, Pakistán, Filipinas o en cualquier lugar en donde el gobierno de Obama ubicara a alguien que catalogara como terrorista y como enemigo. La estrategia se basa en el principio de hacer la guerra sin dejar rastro, entendiendo como tal no el rastro de muerte y destrucción (que es evidente), sino en que los Estados Unidos nadie se dé cuenta ni reclame por los muertos que se ocasionan en el exterior, incluso ciudadanos de los mismos Estados Unidos, radicados en algún país musulmán y vistos como fundamentalistas. No deja rastro, sobre todo porque no produce muertos del lado del país agresor, no importa que en el lado de los agredidos queden decenas o centenas de muertos.

Obama terminó siendo peor que Bush, al llevar la guerra preventiva al grado absoluto, puesto que se trata de matar a quien se supone enemigo de los Estados Unidos, antes que estos pudieran actuar contra esa potencia. Un directivo de la CIA se lo dijo sin rodeos al Washington Post: "Estamos matando a esos hijos de puta más rápido de lo que pueden crecer".

Terrorismo de estado “inteligente”
Para que se vea que no falta la sofisticación en la forma de matar por parte de los gobernantes de los Estados Unidos, Obama y sus asesores distinguían dos tipos de ataques: los personalizados y los específicos. Los primeros matan a personas, los segundos a grupos, principalmente de jóvenes. Más exactamente, como lo ha dicho el periodista Jeremy Scahill: “…el presidente Obama ha dado autorización para que se realicen ataques incluso sin conocer la identidad de las personas atacadas, la política conocida como “signature strikes”, ataques contra grupos sospechosos. La idea es que ser un hombre en edad militar, de cierta región de un determinado país del mundo, es suficiente para ser considerado un blanco legítimo, sólo basándose en su género, su edad y su presencia geográfica”.

Alegando que se programa una muerte inteligente en que solo se matan a los sospechosos-culpables (con una edad entre 20 y 40 años), se supone que solo mueren los objetivos a liquidar, pero no se suele mencionar que los drones matan en forma indiscriminada, generando lo que se llama en el lenguaje orweliano “daños colaterales”. Un ejemplo terrorífico: “El 17 de marzo de 2011, cuatro misiles Hellfire, disparados desde un avión no tripulado estadounidense, se estrelló contra una estación de autobuses en la ciudad de Datta Khel, en la región fronteriza de Waziristán de Pakistán. Se estima que 42 personas perdieron la vida”.

Con este procedimiento se buscan solo muertes, nada de vivos para capturar, porque eso evoca los problemas de Guantánamo y Abu Ghraib y las consecuencias que se pueden derivar. Se basa en una lógica implacable de leguleyo: es mejor matar a un sospechoso que capturarlo y luego tener que enfrentar problemas judiciales o de denuncias internacionales. En síntesis, bajo el régimen de Obama el terrorismo de Estado, y las muertes que genera, se ha hecho legal, legítimo e incluso destila una ética mortífera, la de arrogarse el derecho de asesinar a quien se le venga en gana, sin que sea sometido a juicio, sin que se le haya declarado culpable, sin que tenga derecho a defenderse. La Casa Blanca opera como juez, jurado y verdugo. Como lo recordó Fidel Castro, en el 2012, Obama no solo era un presidente de los Estados Unidos, sino su “asesino en jefe”.

Era el primero de enero de 1994 y La Habana y toda Cuba parecía caerse a pedazos, en pleno Período Especial, como resultado del impacto directo que la desaparición de la Unión Soviética y el llamado bloque socialista de Europa oriental había tenido sobre el comercio y la economía cubanas.  Yo había llegado hacía ocho días a la isla por primera vez y pude contemplar en forma directa las carencias y la falta de alimentos (se generalizó el arroz con frijol como comida cotidiana); las tiendas oficiales estaban completamente vacías como si el país estuviera en guerra (y en realidad soportaba un tipo especial de guerra de baja intensidad, presionada por los Estados Unidos, para que Cuba se plegara ante el imperio y la gusanería de Miami).  No había transporte, por falta de petróleo,  y empezó a utilizarse en forma masiva la bicicleta. Los pocos carros y motos Urales (por su procedencia soviética)  que circulaban por las calles de La Habana iban siempre atestados y gran parte de gente se desplazaba a pie y de esa forma recorría grandes trayectos.

Las cosas no iban mejor en el interior del país, como lo pude constatar en un viaje que hice a la ciudad de Santa Clara, para participar en un Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana. En el recorrido de 250 kilómetros parecía que transitáramos por un desierto, puesto que en el trayecto nos encontramos con uno o dos carros nada más.    

La situación se notaba más crítica al recorrer las calles de La Habana Vieja, con gran parte de sus construcciones a punto de irse al suelo y la gente deambulando todo el día en busca de algo que pudiera aliviar su dura existencia. Además, se racionaba la luz eléctrica durante varias horas por día, puesto que era necesario ahorrar hasta la última gota de petróleo.

A pesar de esas carencias, me llamó poderosamente la atención que hombres y mujeres utilizaran la palabra compañero o compañera para hablar con los demás. Un vocablo que hoy, más de veinte años después, casi ha desaparecido en el lenguaje que se usa en la isla, como resultado del impacto avasallador del turismo. Hoy ya no se dice compañero sino señor, como muestra de un gran cambio simbólico en la vida cotidiana de la gente. También me impactó positivamente que las escuelas siguieran funcionando que los niños llevaran sus uniformes limpios y no se viera ni un solo niño mendigando en las calles; que los cines proyectaran películas y estuvieran siempre concurridos y se presentaran producciones como Fresa y Chocolate, que se estrenó por esos días y que tuve la oportunidad de ver en el cine Yara de La Habana.

En el exterior no se daba un peso por la continuidad de la Revolución y los “cubanologos” –esa insoportable ralea de “especialistas” sobre Cuba y Fidel, generalmente de derecha y de extrema derecha–  no dudaban en su caída, lo que discutían era cuánto tiempo iba a durar. Algunos decían al comenzar 1994 que no llegaba al final de ese año. En apariencia tenían la razón, si se consideraba la situación internacional (con el triunfo de la derecha y la contrarrevolución a nivel mundial), en la que se destacaba la desaparición de la URSS, y más cerca la derrota de los sandinistas en Nicaragua, así como la entrada en vigor del Tratado del Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que empezó a funcionar en forma oficial, precisamente, el primero de enero de 1994. En el orden internacional lo que se imponía era el neoliberalismo puro y duro, adoptado por los nuevos países que se desprendieron de la antigua URSS y en Europa oriental, estando al orden del día la apertura incondicional de los países a la dominación imperialista, camuflada ahora con el nombre de globalización. Esto en América Latina quería decir ALCA (Alianza de Libre Comercio de las Américas), un proyecto de vocación expansionista para el continente americano que Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos, anunció en enero de 1994, en el que se convocó a todos los países del continente, excepto a Cuba.  

A este panorama internacional, absolutamente desfavorable para Cuba, se sumaba su crítica situación interna, que se palpaba a flor de piel. No podía ser de otra forma, ya que el comercio cubano cayó de 8.200 millones de dólares a fines de la década de 1980, a 2.200 tras la disolución de la URSS, y en 1993, cuando hasta ahora empezaba a impulsarse el turismo, este representaba un magro ingreso anual de 250 millones de dólares.

Ese primero de enero de 1994, cuando se cumplían los 35 años de la Revolución Cubana, el ambiente era de desesperanza, de temor, de incertidumbre entre los habitantes de Cuba. Ese día en un apartamento en La Habana del Este, en donde me alojaba, en las horas de la noche prendí el televisor, justo en el momento en que en la ciudad de Santiago se realizaba un acto conmemorativo y en que hablaba Fidel Castro. Puse atención al discurso y quedé impactado por su contenido, pero especialmente por una afirmación que desde entonces me retumba en la cabeza, cuando con convicción el líder de la Revolución Cubana afirmó: “Fácil es ser revolucionarios en tiempos fáciles, lo que no resulta fácil es ser revolucionarios en tiempos difíciles. Los que aquí nos reunimos somos revolucionarios de tiempos difíciles”.

Esta afirmación resume muy bien el carácter de Fidel Castro Ruz: un revolucionario a carta cabal, un revolucionario de tiempos difíciles. Y qué más tiempos difíciles que los que a él le tocó vivir y sortear desde la década de 1950, cuando dirigió un proceso auténtico y original, que rompió con el capitalismo y el imperialismo y planteó un modelo socialista para un país de América Latina. Tiempos difíciles como los que afrontó en medio de un criminal y cincuentenario bloqueo económico, político y cultural por parte de la primera potencia mundial y que se sigue manifestando en la actualidad. Tiempos difíciles como los planteados por la Perestroika en la Unión Soviética de Gorbachov, cuando Fidel avizoró que de allí no iba a salir nada bueno y se negó a secundar esa política suicida.  Tiempos difíciles como los del Período Especial, en donde Cuba, sola y aislada, sin recursos energéticos, soportó el primer caso de Pico de Petróleo registrado en el siglo XX, y ese pequeño país, en medio de terribles dificultades, logró sobrevivir. Tiempos difíciles en que cayeron sucesivamente los diversos estados autodenominados socialistas, y gran parte de sus antiguos dirigentes (como los de la nomenclatura soviética) se pasaron, con más pena que gloria, al bando de los capitalistas y neoliberales. Tiempos difíciles en los que, después de 1989, intelectuales conversos y políticos pragmáticos pedían que Cuba abandonara su idea de independencia y dignidad y se plegara en forma incondicional a los designios del imperialismo y del capitalismo. Pero Fidel no abjuró de sus convicciones y se mantuvo en ellas hasta su muerte física.

Para ser revolucionario de tiempos difíciles se requiere coraje, convicción, dignidad, enfrentar los retos aunque se pueda perder,  no claudicar ante el primer obstáculo, no plegarse a las corrientes dominantes y no renunciar al antiimperialismo y al anticapitalismo. Eso lo hizo Fidel, al tiempo que se convirtió en la voz  actualizada de los viejos y nuevos problemas que genera el capitalismo. Al respecto se recuerdan sus palabras en la Cumbre de Río de Janeiro, en 1992, cuando en medio de la tecnocracia ambiental y el “capitalismo verde” fue el único que planteó sin tapujos la responsabilidad del capitalismo en la destrucción ambiental, y en hundir en la pobreza a los países del Tercer Mundo. Son también notables sus apreciaciones sobre la crisis civilizatoria que ha generado el capitalismo y los peligros que eso entraña para el futuro de la humanidad, así como sus denuncias sobre el carácter destructivo del armamento moderno, impulsado por países imperialistas y sus empresas multinacionales.

Fidel Castro siguió siendo revolucionario, aunque en el mundo entero gran parte de los que alguna vez se declararon revolucionarios (“los revolucionarios de tiempos fáciles”) lo hayan dejado de ser, por plegarse al capitalismo y disfrutar de algunas de sus migajas. Mantuvo su dignidad hasta el final, sin renunciar a la independencia y a la soberanía, con los costos que eso supone. Por esto mismo, luego de su muerte física, gran parte de esos conversos (como Mario Vargas Llosa) no han ocultado su antipatía por un personaje que no se retractó de sus convicciones ni se plegó ante el imperialismo. En el fondo les duele que puedan seguir existiendo este tipo de revolucionarios, de tiempos difíciles, que nadan contra la corriente, y que son ejemplo de una ética insobornable y de una honradez sin mácula, como lo dijo el mismo Fidel en ese discurso del primero de enero de 1994: “Los hombres de la Revolución podrían cometer errores, pero los hombres de la Revolución jamás traicionarían sus principios, los hombres de la Revolución serían honrados, los hombres de la Revolución jamás abandonarían las ideas por las cuales tanto habían luchado nuestra generación y las generaciones que nos precedieron”.

“…No señora Clinton, no es usted o el Apocalipsis; usted también es el Apocalipsis”.
Jaime Ornelas Delgado

 

Con los resultados electorales del 8 de noviembre de este año en los Estados Unidos ha terminado una época histórica, la de la mal llamada globalización, y se abre otra, incierta e igualmente peligrosa. Ese es un cambio esencial que poco ha sido destacado en estos días por decenas de comentaristas que expresan una nostalgia por la “globalización” que termina, con más pena que gloria, y ha dejado en su camino una terrible desigualdad, guerras imperialistas de agresión por doquier (Irak, Libia, Afganistán, Ucrania, Siria…), eliminación de los derechos de los trabajadores, consumo desaforado del petróleo y un trastorno climático que pone en riesgo la vida humana y arrasa con miles de especies animales y vegetales.

Lo que muere…
En 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y se desmoronó el bloque socialista de Europa oriental que dos años después se llevó consigo a la Unión Soviética, se proclamó el comienzo de una nueva era de progreso, prosperidad y paz perpetua. Se señalaba que con el triunfo del capitalismo en su versión estadounidense, no solo se abría una nueva era en la historia humana, sino que habíamos llegado al fin de la historia. Ese fin venía acompañado de las promesas de producir ríos de leche y miel para la humanidad en su conjunto, tras la caída del oso soviético, con la imposición brutal de un orden neoliberal a escala global, acompañado de un nuevo metarrelato, que se presentaba como el fin de los metarrelatos, que nos anunciaba que habían desaparecido las fronteras, el Estado-nación ya no era relevante, el libre comercio aseguraba el éxito para los países que lo adoptaran y el fracaso para quienes lo rechazaran.

A partir de ese instante se universalizó la apertura comercial, la formación de bloques económicos (como la Unión Europea), la imposición de Tratados de Libre Comercio, empezando por el NAFTA entre Estados Unidos, Canadá y México, y se dio paso a una nueva recolonización del mundo por parte de los países imperialistas, encabezados por Estados Unidos, y las empresas multinacionales. Se generalizó la privatización de las empresas públicas, la mercantilización de los servicios básicos, la conversión de los bienes comunes en mercancías que se compran y se venden sin límite.

El libre comercio se convirtió en la divisa de los que en forma cínica empezaron a llamarse “globalizadores” y se presentaban como nuevos mesías que le traían al mundo confort y bienestar. Para legitimar ese proyecto de expolio de los pobres del mundo se inventó un lenguaje estereotipado, en el que desaparecieron referencias a la desigualdad, a la injustica, a la explotación, a las clases sociales, al capitalismo y al imperialismo.

Tras el sofisma del libre comercio, que siempre ha sido unilateral, en favor de las grandes potencias mundiales, se libraron guerras criminales de conquista y sometimiento, que han dejado millones de muertos, desperdigados por lo que antes se llamaba Tercer Mundo o en las ruinas de lo que fueran los países del socialismo burocrático. Esas guerras se encubrieron con la careta de impulsar los derechos humanos y la democracia, como una nueva forma de imperialismo pretendidamente humanitario, cuyo objetivo primordial ha sido el de imponer los valores mercantiles del capitalismo, garantizar la apropiación de bienes naturales (el petróleo en primer lugar), y mantener elevados niveles de ganancia para los capitalistas y sus empresas.


Esto ha conducido a una abismal desigualdad, como no se registraba antes en la historia, que se evidencia en la cifra suministrada por la ONG Oxfam, en enero de este año: un uno por ciento de la población mundial tiene más ingresos que el 99 por ciento restante. Esta minoría de multimillonarios, junto con su ejército de servidores incondicionales (entre los que se encuentran algunos de sus intelectuales, tipo Mario Vargas Llosa), son los grandes ganadores de la globalización. Constituyen lo que ya hoy se puede denominar como la Clase de Davos, apelativo que hace referencia a la ciudad de Suiza donde anualmente se reúnen los millonarios del mundo y los gobiernos imperialistas para hacer un balance de lo que han ganado en un año y ostentar su riqueza y poderío. Los perdedores de la globalización han sido los trabajadores de los cinco continentes, los campesinos, y los pobres en general.

Ese mundo de los globalizadores se viene derrumbando desde el 11 de septiembre de 2001, se agrietó aún más con la crisis económica y financiera que se inició en 2008, se evidencia con la construcción de los nuevos muros de la infamia en Europa, con el triunfo del Brexit en Inglaterra (para abandonar la Unión Europea) y se rubrica ahora con la victoria de Donald Trump, candidato de extrema derecha, xenófobo, racista y misógino.

La ideología globalizadora anunció que el capitalismo ya no conocería más crisis, pero estas se han hecho más frecuentes y agudas. Esos abogados de la globalización prometían más y mejores puestos de trabajos, con altos salarios, pero en contravía se ha generalizado el desempleo y la precarización laboral. Esos propagandistas sostenían que la integración económica traería estabilidad en los mercados, pero lo que ha generado es estancamiento, migración y expulsión masiva tras la desintegración de los mercados nacionales. Para completar, la posibilidad de enfrentar el caos generado por la política imperialista, denominada como globalización, se dificultó por la desestructuración de los trabajadores, las derrotas de los proyectos alternativos y la conversión de las izquierdas en apéndices funcionales al nuevo orden global, con contadas excepciones. Esto supuso que la izquierda abandonara cualquier proyecto, e incluso lenguaje de clase, y las “alternativas” fueran canalizadas, como lo están siendo en Europa y los Estados Unidos, por la extrema derecha, la que representa Donald Trump.

Lo que viene…
Como no hay alternativas revolucionarias ni antisistémicas, el mundo que se derrumba ante nuestros ojos es empujado por las fuerzas de la reacción y la extrema derecha, con un discurso xenófobo, racista y de odio contra los migrantes. Esa es la base social que apoyó a Donald Trump, lo catapultó a la Casa Blanca, y respalda su programa antiglobalizador. Ese programa plantea la revisión de los Tratados de Libre Comercio que ha firmado Estados Unidos, y en primer término con el NAFTA, renunciar al Tratado Transpacífico de libre comercio, sacar a Estados Unidos del acuerdo climático de París, denunciar a China por manipulaciones cambiarias, imponer aranceles proteccionistas a los productos que ingresan a la Unión Americana, e incluso ha planteado un programa de reindustrialización interno.

Estos anuncios, aunque fueran solo anuncios, ya indican un cambio fundamental, cuyas consecuencias empiezan a sentirse de forma inmediata. Supone abandonar los paradigmas establecidos como verdades indiscutibles desde 1989, relativos al libre comercio, a la apertura económica, al pretendido fin de las fronteras y de los Estados, a la teoría del goteo de riqueza de los más opulentos hacia los miserables…

Incluso, el cambio en términos políticos puede ir más allá, puesto que se vislumbra en el horizonte la posibilidad de poner término al orden imperialista de 1945, en el cual Estados Unidos era el “defensor atómico” de Europa, por los anuncios de Trump de romper la OTAN. Ese multimillonario, excéntrico y ordinario, triunfó con un discurso que combina la xenofobia y el racismo, con la promesa de recuperar la “grandeza de Estados Unidos”, que se dibuja con la promesa de crear nuevos empleos y empresas, impulsar la protección económica contra los “enemigos comerciales” de los Estados Unidos. En suma, Trump ha ganado las elecciones con un discurso antiglobalización, radicalmente opuesto al de los Clinton, los Obama o los Busch. En ese discurso se han elegido cuidadosamente a los que se ven como enemigos de la “grandeza estadounidense” y responsables de su decadencia: los inmigrantes que arrebatan puestos de trabajo a los estadounidenses, el liberalismo comercial que destruye empleos internos, y a Wall Street y los medios de comunicación que lo respaldan.

El fin de la ideología de la globalización se manifiesta en la erosión del gran relato del mundo del libre comercio como motor de crecimiento y de la integración “pos-nacional”. Renacen los nacionalismos de extrema derecha y la protección de las fronteras, como se evidencia con una que fue de las propuestas centrales de Trump: la conclusión de un gigantesco muro de 3200 kilómetros en la frontera con México.

El mundo que muere había nacido en 1989, duró menos de treinta años, y no la eternidad que nos anunciaron Francis Fukuyama y compañía. Fue terriblemente cruel y devastador, hasta el punto que la continuación de la vida humana en el planeta está seriamente cuestionada. Nos anunció que con más tecnología microelectrónica se solucionarían los grandes problemas de la humanidad, dando por sentado que el solo hecho de utilizar compulsivamente teléfono celular y whatsapp ya éramos cosmopolitas y no vulgarmente xenófobos y racistas, como se acaba de demostrar en Inglaterra, Estados Unidos, Colombia (con el plebiscidio) y con todo lo que viene en cadena.

El mundo que se abre es igualmente terrible, ante la inexistencia por el momento de una alternativa anticapitalista, y por eso, como en la década de 1930 suenan las trompetas del fascismo, que entonan sus cantos de odio y muerte desde los Estados Unidos, a nombre de la recuperación de su pérdida grandeza. Y eso va a costar al mundo millones de muertos, guerras y desolación, de la misma manera que ha sucedido desde 1989. Pero en el horizonte también se abren nuevas oportunidades para reconstruir proyectos alternativos que se desmarquen tanto de las nostalgias de la globalización como de la xenofobia racista en marcha.

La injusticia, la desigualdad y la miseria que caracteriza a la sociedad colombiana, se expresa a pequeña escala en las cárceles, donde miles de colombianos, pobres y humildes, soportan terribles condiciones de vida, si a eso pudiera llamársele vida, o más bien, como diría Fiódor Dostoyevski, cabría llamar a esas prisiones como las “casas de los muertos”. En Colombia, en las últimas décadas y como expresión de la contrainsurgencia reinante, se ha consolidado un nuevo sistema penitenciario, una copia tropical del imperante en los Estados Unidos, potencia mundial que lo organiza, financia y apoya. Presentamos en este artículo tres “noticias” sobre ese sistema penitenciario.

PRIMERA NOTICIA: Los prisioneros asesinados y enterrados en la misma cárcel, en La Modelo, por los paramilitares en el 2000-2001.
El 3 de julio de 2001, los paramilitares asesinan a 30 guerrilleros de las FARC y el ELN dentro de la prisión. Actuaron a sus anchas durante 24 horas. Este es un hecho más, inscrito dentro de la carnicería que se llevó a cabo en esa prisión durante varios años y que se calcula dejó entre 100 y 400 prisioneros asesinados, la mayor parte de los cuales fueron despedazados, como en las casas de piques, y sus restos fueron convertidos en comidas para cerdos o tirados a las alcantarillas.

Los paramilitares controlaban tres de los cinco patios de la cárcel, y patrullaban en su interior junto con los guardias del IMPEC.  El procedimiento, que junto con la existencia de fosas donde se incineraba a personas en algunos lugares del país, propio de la maquinaria de crímenes nazis en Europa, tiene un hilo común con las atrocidades del régimen hitleriano: el jefe paramilitar que organizó esa masacre, Juan de Jesús Pimiento (alias Juancho Diablo), estaba vinculado a grupos neonazis y paras y era doctor en filosofía de una universidad de Alemania.  Este, se dice en una crónica, “llegó resuelto a cumplir su propósito. […] les notificó que era el nuevo dueño de la cárcel: desde ese día les quedaba prohibido cualquier alusión a las Farc, cualquier tipo de entrenamiento y banderas de la organización guerrillera. […] Pimiento los esperaba en la mañana siguiente, de madrugada, para dirigir un entrenamiento militar, en lo que era un experto. Como era de esperarse, ningún guerrillero se presentó. En la madrugada, J de J  activó sus gatillos; el tiroteo duró 12 horas. 25 personas de las Farc murieron. Sus cuerpos, desmembrados y tirados por las alcantarillas”.

Como muestra de la justicia que impera en Colombia, ese siniestro individuo  “Salió de la cárcel en 2002 sin dejar ninguna prueba de su participación en las masacres de La Modelo, ni en los crímenes por los que había sido acusado”. Ese individuo decía, para reafirmar sus concepciones de nazi convencido, que “Hitler ríe desde la historia, pero nadie se contamina con su alegría, enojado contempla esa masa de latinoamericanos, raza totalmente impura, usar la esvástica como un simple abre latas”.  

SEGUNDA NOTICIA: Modernización carcelaria en Colombia, siguiendo el modelo de los Estados Unidos (es decir, el encarcelamiento en masa) y bajo la asesoría y financiación de ese país
A esto se le puede denominar “imperialismo penitenciario” y tiene sus raíces en el Programa de Mejoramiento del Sistema Penitenciario Colombiano que fue firmado en marzo de 2000 por la Embajada de los Estados Unidos y el Ministerio de Justicia de Colombia.  Como consecuencia de la implementación de dicho acuerdo, que formó parte del contrainsurgente Plan Colombia, se incrementó en forma exponencial la población carcelaria en el país, principalmente los presos políticos y de conciencia. El sistema penitenciario se militarizó, se generalizó el hacinamiento, así como la violación de derechos humanos de los prisioneros.

La financiación de este “nuevo programa penitenciario” se inició con una “donación” por parte de los Estados Unidos de 4.5 millones de dólares.  Como laboratorio de ese sistema se construyó la cárcel de Valledupar, la tenebrosa Tramacúa, que entró en funcionamiento a finales del 2000. En esa prisión, un verdadero antro de venganza contra cualquier ser humano, los presos acceden al agua limpia en un promedio de diez minutos por día, no funcionan las instalaciones sanitarias, no existe atención médica para los reclusos, la comida es una lavaza inmunda en la que se encuentran restos de materia fecal.

Como parte del “nuevo sistema penal” los carceleros han sido reemplazados por miembros de las fuerzas armadas, caracterizados por su visceral anticomunismo y su odio hacia los insurgentes y luchadores sociales que abarrotan las prisiones colombianas. Dentro de las cárceles se han creado el Grupo de Reacción Inmediata (GRI) y Comando Operativo de Remisiones de Especial Seguridad (CORE), que son unidades de contra-insurgencia que lanzan en forma periódica ataques cobardes contra los presos políticos y prisioneros de guerra, ataques que se acentúan cuando se efectúan huelgas de hambre y otras formas de protesta por parte de los prisioneros.

Lo peor del caso radica en que Colombia, que se ha convertido en el socio principal del imperialismo penitenciario impulsado por los Estados Unidos, es mencionada como ejemplo a imitar en otros países de América Latina y el mundo. Por eso, en este país por obra y gracia de Estados Unidos o por propia iniciativa operan programas de formación “académica” en el plano internacional, hasta el punto que se han capacitado en labores de control represivo a 22 mil carceleros entre el 2009 y el 2013, entre los que se incluyen militares, policías y funcionarios. La mitad de esos “estudiantes-carceleros” provienen de México, Honduras, Guatemala y Panamá.

Tan apreciada es la labor represiva que se adelanta en las cárceles colombianas, que el general John Kelly, del Comando Sur de los Estados Unidos, aseguró sin pestañear en el Congreso de ese país que es una “belleza tener una Colombia” porque “son tan buenos colaboradores, especialmente en el ámbito militar, son tan buenos socios con nosotros. Cuando les pedimos que vayan a otra parte a capacitar a los mexicanos, los hondureños, los guatemaltecos, los panameños, lo hacen casi sin hacer preguntas. Y lo hacen por su propia cuenta. Son tan agradecidos por lo que hemos hecho por ellos. Y lo que hicimos por ellos fue, realmente, alentarlos por 20 años, y han realizado un trabajo magnífico”.

TERCERA NOTICIA: Estados Unidos usa a Colombia como un sitio clandestino de encarcelamiento
Después del 11 de septiembre de 2001 se generalizó la práctica terrorista de los Estados Unidos de usar cárceles, “legales” y “clandestinas”, en más de cincuenta países del mundo, para torturar y desaparecer a quienes esa potencia imperialista declara como sus enemigos, por considerarlos como terroristas internacionales, que además no están sujetos al tratamiento que disponen los acuerdos internacionales. Mediante su propia y forzada interpretación, los Estados Unidos han generalizado la tortura a nivel mundial.

Para que ese sistema criminal funcione se requiere de la participación consciente de sus socios en los países en los que se implantan esas cárceles clandestinas. Hasta ahora se sabía que eso había operado en Europa Oriental (República Checa, Polonia, Bulgaria…), África (Egipto, Libia…) y otros lugares del planeta, pero no se tenían referencias que eso hubiera ocurrido en algún país de América, salvo los propios Estados Unidos con su colonia de Guantánamo.  Pero he aquí que nos acabamos de enterar que eso ya empezó a funcionar en Colombia.

Vale mencionar una crónica de prensa en la que se cuenta el caso de una persona de nacionalidad estadounidense, con el nombre de Kaleil Isaza Tuzman, quien relató que "estoy metido en una situación kafkiana… Estuve en la cárcel 'La Picota' por meses, y ahora me tienen en el llamado 'Bunker' en la planta baja de las oficinas de La Fiscalía". Desde principios de septiembre de 2015 esta persona ha estado recluida en prisión en Colombia, como resultado de una orden de detención emitida en los Estados Unidos. En este caso se evidencia que los Estados Unidos está acudiendo a uno de sus socios estatales y carcelarios más fieles, Colombia, para burlar la legislación internacional e incluso interna de esa potencia, con el fin de mantener a los acusados en condiciones de absoluta vulnerabilidad, en un país donde la violación de los derechos humanos es el pan de cada día.

Por todo lo mencionado en esta nota, puede concluirse, tal como lo nombró un comentarista para theprista.co.uk, que las Prisiones Colombianas son  la antesala del infierno.

“Los paramilitares operaron con el imperativo de ejercer el control territorial a cualquier costo, imponer violentamente un nuevo orden social y defender la propiedad privada a sangre y fuego, con el auspicio de militares y ganaderos”.  Tribunal Especial de Medellín, citado en “Justicia investiga 12.000 empresarios que financiaron a paramilitares”, El Tiempo, mayo 15 de 2015.

 

Tras la firma del acuerdo entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP va quedando en evidencia el verdadero sentido de lo que el bloque de poder contrainsurgente (en el que los “empresarios”, vaporoso nombre en el que se encuentran, entre otros, industriales, comerciantes, ganaderos, exportadores, terratenientes y firmas transnacionales) entiende por paz y por fin del conflicto armado. Para esos “hombres de bien” que serían los empresarios, como los denomina cierta jerga periodística, la paz quiere decir simplemente que se desmovilice la insurgencia, se le juzgue por haber ejercido el derecho a la rebelión y no pase nada más. Esto significa que el país sea como siempre ha sido, antidemocrático, desigual e injusto, que no haya ninguna reforma y ellos, los empresarios –los verdaderos dueños de Colombia– sigan tranquilamente con sus negocios, acumulando capital y obteniendo jugosas ganancias (como lo hace a sus anchas el capital financiero y los grandes cacaos, como Luis Carlos Sarmiento Angulo, Carlos Ardila Lulle, o Alejandro Santo Domingo), sin interesar los métodos violentos que muchos de ellos han utilizado para conseguirlas. Para estar tranquilos, esos empresarios exigen que ni siquiera se pretendan establecer los mecanismos que muchas empresas utilizaron para apoyar y financiar a grupos paramilitares, cuyas acciones causaron miles de muertos, torturados y desaparecidos en todo el país, violencia de la cual finalmente ellos se lucraron para ampliar sus propiedades y riquezas.

La gran prensa –también de “empresarios de bien”, responsables directos de la guerra– ha difundido la falacia de que el responsable exclusivo del conflicto interno ha sido la guerrilla y que tanto el Estado como las clases dominantes (ambos forman el bloque de poder contrainsurgente) son unas “mansas palomas”, que habrían actuado en “defensa propia” en el peor de los casos o simplemente son víctimas indefensas en esta guerra. Esta mentira pretende lavar la imagen y absolver a los poderosos empresarios de cualquier responsabilidad en los numerosos crímenes escenificados en la geografía nacional en los últimos 60 años.

Ahora cuando se habla de una “justicia transicional” que incluya entre los responsables del conflicto armado a empresarios, estos y sus voceros han dicho que eso es inaudito. Con desparpajo sostienen que eso forma parte de la estrategia del castro-chavismo de tomarse el país, con la complicidad de Juan Manuel Santos y con el objetivo de ahuyentar la inversión privada del territorio colombiano. Desde luego, no interesa que hasta los manipulados procesos de “Justicia y Paz” con los paramilitares hayan generado 12 mil procesos de investigación que comprometen a empresas como financiadoras del paramilitarismo y sus múltiples crímenes y masacres.

Según la Revista Semana, una defensora incondicional de los empresarios, a estos les preocupa que se desate una “cacería de brujas”, un pánico que se funda en tres temores: “El primero es que quienes tuvieron que pagar extorsiones para operar en ciertas regiones terminen siendo juzgados como financiadores y cómplices de los paramilitares. El segundo, que se creen unas mafias de falsos testigos que terminen por salpicar a empresarios en la búsqueda por encontrar la 'verdad'. Y el tercero es que el sistema está hecho solo para admitir una responsabilidad y que la única forma de eludir la cárcel será confesar crímenes no cometidos”. Estos temores simplemente demuestran que “a confesión de parte, relevo de pruebas”, porque nadie les estaba preguntando sobre cómo medir su responsabilidad. Si lo confiesan por anticipado es que esos temores simplemente revelan hasta dónde ha llegado su financiación de los paramilitares. Además, lo significativo es que dichos temores se hagan públicos a partir de mentiras, lo que indica ya la “seriedad” de los empresarios, de los políticos de la BACRIM de los 'uribeños' y de sus periodistas. En efecto, la noticia que generó revuelo sobre el supuesto juicio a los empresarios se originó no en declaraciones de la Fiscalía o alguna instancia del Estado sino en una investigación académica en la que se hablaba de 57 empresarios que han sido mencionados por los paramilitares, pero que se le imputó en forma mentirosa y con premeditación al Tribunal de Justicia y Paz.

Y a partir de esa indagación académica se ha armado un escándalo, con la perspectiva de reforzar la mentira de que tras ese acuerdo de justicia transicional se encuentra el castro-chavismo y se pone en peligro la santa propiedad privada en este país. Como para que no queden dudas, la misma Revista Semana – ¿será que teme que también pueda ser juzgada por su responsabilidad directa en nuestro conflicto interno?– sostiene sin ningún recato que “en el sector privado existe una prevención de que la justicia en general, y particularmente los expertos en paz y en derechos humanos suelen tener una tendencia inclinada a la izquierda”. Como quien dice, el solo hecho de hablar de paz y defensa de los derechos humanos les produce escozor a los empresarios, por aquello de que la justicia es para los de ruana, pero jamás debe tocar a los poderosos, algo que siempre ha caracterizado a la sociedad colombiana.

Haciendo eco de la sorpresa que produce cualquier acusación contra los empresarios, el propio Juan Manuel Santos ha dicho: “Francamente yo no conozco ningún empresario, y conozco muchos, que uno se imagine que esté abrazado de Mancuso queriendo masacrar un pueblo, eso a nadie le cabe en la cabeza”. O Santos se hace el ingenuo o el ignorante, porque el mismo Salvatore Mancuso en reiteradas ocasiones ha manifestado que empresarios, ganaderos y militares, de los cuales dio nombres, fueron financiadores y promotores de los paramilitares tanto en Córdoba como en otras regiones de Colombia. Además, el Tribunal de Justicia y Paz de Medellín en el 2015 señaló en una sentencia contra desmovilizados del bloque de Salvatore Mancuso que los empresarios y comerciantes que promovieron o financiaron el paramilitarismo en el país debían pedir perdón y reparar a las víctimas. Incluso, para esos investigadores ciertos empresarios debieron desmovilizarse con las autodefensas paramilitares, “porque hicieron parte de sus estructuras de apoyo”. Para desmentir la afirmación antes mencionada de Juan Manuel Santos, en el expediente citado aparece un testimonio de Salvatore Mancuso en el que señala que “cuando nació el bloque Norte se reunió con ganaderos en un club en el centro de Medellín en donde ellos se comprometieron a financiar el grupo, que sabían que era una organización ilegal'”.


Aparte de Juan Manuel Santos, en los últimos días han aparecido “defensores de oficio” de los empresarios, entre los que cabe mencionar al vicepresidente de la República, Vargas Lleras, quien manifestó su preocupación por los probables excesos de la justicia transicional que llevan a que los tribunales especiales cometan arbitrariedades contra “civiles y empresarios”. Entre esos defensores de oficio, que no hablan gratis pues siempre cobran por sus servicios, se encuentra el nuevo Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez, quien indicó: “La realidad es que la gran mayoría de los empresarios fueron víctimas de la extorsión de las FARC y de los paras. Quienes hayan sido víctimas en medio de la guerra no tienen deudas con la justicia. Por ello, no tienen que comparecer ante la Jurisdicción Especial para la paz, como lo dice el acuerdo y tampoco ante la Fiscalía General de la Nación”. Es decir que este individuo ya sabe de antemano qué sucedió y quiénes fueron los responsables. No por azar, su labor se ha centrado en lavar la imagen de grandes grupos económicos, tales como los cacaos Ardila Lulle, Sarmiento Angulo, y el Grupo Gilinski, entre otros.

Lo que se pretende es que los crímenes de los financiadores de la guerra queden en la completa impunidad y no se conozca ni una parte de los numerosos delitos de que son responsables. No cabe lugar para preguntarse sobre los culpables corporativos del asesinato de tres mil sindicalistas, entre los que se encuentran transnacionales del banano (La Chiquita Brands), del carbón (La Drumond), y de las bebidas y alimentos (Coca-Cola y Nestlé). Tampoco se debe averiguar ni dar a conocer los nombres de los “ilustres empresarios” que se han beneficiado con el despojo de millones de hectáreas de tierras –y la expulsión de millones de campesinos y la muerte de otros miles–, entre los que se encuentran las empresas del azúcar, de la palma aceitera, del banano, los ganaderos, y los bancos y grupos financieros. Mucho menos debe preguntarse sobre las empresas mineras y sus socios locales, que han destruido ecosistemas y han expulsado de sus territorios a indígenas, afrodescendientes y campesinos a lo largo y ancho del país, empresas entre las que se encuentran la Pacific Rubiales o la Anglo Gold Ashanti.

Para que no se conozca ni siquiera una parte de la verdad sobre la participación directa de los empresarios en el conflicto interno de nuestro país es que se está organizando esa campaña de auto-victimización, en donde los que han financiado y armado ejércitos paraestatales, ahora aparecen como unos mansos e indefensos corderos, que no rompen ni un plato. Por eso, el temor a la verdad que tienen los empresarios, los periodistas de los grandes medios (como RCN, de propiedad de Ardila Lulle, una de cuyas empresas, Postobón, fuera denunciada en el 2007 por Salvatore Mancuso de darle contribuciones económicas a los paramilitares de la Costa Atlántica) y todos los políticos ligados a esos “prósperos y patrióticos empresarios”. No sorprende, en ese sentido, el cinismo del presidente de la Anif -Asociación Nacional de Entidades Financieras-, Bruce Mac Master, quien aseguró que “no podemos llamarnos a equívocos, no puede haber juegos políticos que pretendan convertir las víctimas en victimarios”.

Razón tenía Bertolt Brecht cuando decía que "con la guerra aumentan las propiedades de los hacendados, aumenta la miseria de los miserables, aumentan los discursos del general, y crece el silencio de los hombres".

Sunday, 21 August 2016 19:00

La biodiversidad amenazada

La biodiversidad o diversidad biológica es un término que hace alusión a la extraordinaria variedad de la vida existente en el planeta tierra, en la que se incluyen los animales, las plantas, los lugares donde habitan y los ambientes que los rodean, así como los conocimientos generados por las sociedades indígenas sobre los ecosistemas. Esa riqueza natural y cultural está en serio peligro por la mercantilización creciente en todos los ámbitos de la sociedad y de la vida. La expansión del capitalismo en las últimas décadas colonizó hasta el último rincón del planeta, con la subsecuente disminución de la biodiversidad.

La sobreexplotación de ecosistemas, la contaminación, la deforestación, la introducción de especies invasoras, la difusión de organismos genéticamente modificados, junto con los cambios climáticos, son algunos de los factores determinantes en la destrucción acelerada de la biodiversidad. Esos fenómenos son un resultado directo de la conversión en la naturaleza en un simple reservorio de materias primas para diseñar mercancías, así como la destrucción de hábitats naturales para construir ciudades, carreteras, obras de infraestructura, extraer hidrocarburos y minerales, o diseñar zonas dedicadas al turismo.

Un reciente informe de la Revista Science de julio de este año cuantifica con detalle el efecto de la pérdida del hábitat en la diversidad global. Allí se sostiene que en el 58% de la superficie de la tierra, donde se aloja el 71% de la población mundial, se ha presentado tal pérdida de biodiversidad que los ecosistemas no podrán soportar el peso de las sociedades humanas. Entre los más afectados por la disminución de la biodiversidad se encuentran los prados, sabanas y bosques. En el estudio se acuña el término de “recesión ecológica” para llamar la atención, con un vocablo tomado de los economistas, que hay una dura realidad de destrucción natural que debería preocupar a la humanidad, puesto que está en peligro su propia existencia. Como lo dijo Andy Purvis, del Museo de Historia Natural de Londres, “Estamos jugando a la ruleta rusa ecológica”.

Lo peor del caso es que la “recesión ecológica”, a diferencia de las recesiones económicas del capitalismo, no es un momento pasajero o coyuntural, sino que representa un salto al abismo, pues coincide con el brusco vuelco climático, el aumento de los niveles de Dióxido de Carbono (CO2) en la atmosfera y las alteraciones en los ciclos globales de nitrógeno. Una expresión del colapso ecológico y del asesinato de la biodiversidad, del cual el capitalismo es el responsable principal con su tren irrefrenable de producción y consumo de mercancías para obtener ganancias monetarias que benefician a una reducida franja de la población mundial. Es la sexta extinción de especies, un ecocidio que está en marcha ante nuestros ojos.

La diferencia de esta extinción con las cinco anteriores radica en que es la primera causada por factores humanos y no naturales. La quinta extinción se presentó hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios y el 90 por ciento de las especies por entonces existentes, y fue causada por el choque de un meteorito contra el planeta tierra, en el Golfo de México. La extinción de hoy en día es producto de la acción humana, pero se ha acentuado en las últimas décadas por la generalización del modo de producción capitalista, cuyo funcionamiento a partir de la lógica del crecimiento económico ilimitado ha rebasado los límites de lo ambientalmente tolerable para el planeta tierra. Hasta tal punto eso es evidente, que se estima que hoy la pérdida de especies es entre cien y mil veces superior a lo que ocurriría en forma natural por los procesos de evolución y adaptación. Para completar, esos niveles de extinción se aceleran con el trastorno climático en marcha, ya que hasta un 30 por ciento de todas las especies de mamíferos, aves y anfibios se encuentran en peligro de desaparición.

La reducción de la biodiversidad nos afecta particularmente a nosotros, los habitantes de las zonas tropicales del mundo, y en especial a los del centro y sur de América, por la sencilla razón que vivimos en un paraíso de la diversidad natural, debido a que en nuestros territorios confluyen cuatro factores: hábitats que reciben la mayor cantidad de luz solar a lo largo del año; áreas que tienen la mayor cantidad de terreno libre de hielo expuesto; zonas con una gran estabilidad climática y territorios variados (con todos los pisos térmicos). Eso ha dado como resultado que en nuestros países se encuentre tal nivel de diversidad natural, y que en las pluriselvas tropicales estén la mitad de plantas y animales del mundo. En un solo árbol de la selva del Perú el biólogo Edaward Wilson encontró 43 especies de hormigas, muchas más de las que se existen en la Gran Bretaña.

Lo peor del caso estriba en que la destrucción de la biodiversidad empobrece a la mayor parte de los habitantes de nuestros países, a la par que enriquece a una cifra insignificante de capitalistas nacionales y extranjeros. Esos beneficios a corto plazo para unos pocos, son la ruina no sólo para la mayoría de los habitantes de nuestros países sino que implican la desaparición para siempre de las maravillas de la naturaleza, de la que ya no podremos obtener los bienes y servicios que nos producen y ya no las podrán disfrutar nuestros hijos.

Tuesday, 26 July 2016 19:00

Estados Unidos y el derecho de asesinar

Dos noticias difundidas en semanas recientes, con pocos días de diferencia, sobre hechos en apariencia desconectados, ponen de presente que en Estados Unidos se ha inventado un nuevo derecho: el “derecho de asesinar”. El primer hecho es puramente doméstico de los Estados Unidos, y se refiere al asesinato de dos jóvenes mujeres por parte de su propia madre, quien las mató con un arma de fuego el día 27 de junio en un pequeño poblado del Estado de Texas. El segundo hecho es mundial, y tiene que ver con los asesinatos cometidos con el uso de drones por parte del gobierno de Barack Obama. Al respecto, el 1 de julio voceros de ese gobierno reconocieron que habían matado a 116 civiles en sus ataques selectivos llevados a cabo en Pakistán, Yemen, Somalia y Libia desde que el primer presidente negro de los Estados Unidos ocupa la Casa Blanca, a comienzos de 2009. Analicemos las relaciones entre estos acontecimientos para desentrañar lo que se encuentra tras el derecho a asesinar Made in USA.


Uno
Estados Unidos es un país armado hasta los dientes en la vida cotidiana, hasta el punto que hay más armas letales que habitantes. Allí se ha proclamado como un derecho constitucional que cualquier ciudadano de ese país pueda comprar armas de fuego, sin restricción alguna. Si a eso se le agrega que en Estados Unidos cunde el individualismo, el sálvese quien pueda, la lucha de todos contra todos, el triunfo de los “exitosos”, el rechazo a cualquier proyecto colectivo o solidario, entonces se desprende que las armas se constituyan en una manifestación de dicho individualismo, junto con el automóvil, otro ícono del egoísmo personal de los estadounidenses. En una sociedad donde la propiedad privada es exaltada como un asunto sagrado, se justifica la compra y venta de armas como un mecanismo necesario para defenderla y para matar a quien ose ponerla en cuestión. Cualquier persona en los Estados Unidos, sin importar su clase, su origen racial y étnico, su género, su condición religiosa, puede convertirse de la noche a la mañana en un asesino al poder recurrir a las armas para defender a sangre y fuego todo aquello que considere de su propiedad, lo cual está justificado, con la supuesta defensa de las libertades (entre ellas la de matar) y es posible porque se consigue un arma de manera fácil, directa y barata.

Eso fue lo que aconteció en Texas cuando Christy Sheats, de 42 años, convocó a su familia para celebrar el cumpleaños de su marido. Delante de este les disparó a sus dos hijas Taylor Sheats, de 22 años, y Madison Sheats, de 17 años, con un arma calibre 38. Estas alcanzaron a huir pero fueron perseguidas y ultimadas en la calle, y luego la madre homicida fue ejecutada por la policía. En su cuenta de Facebook esta mujer se presentaba como una defensora del derecho a portar armas, ya que en marzo de este año había escrito: "Sería horriblemente trágico si me quitaran la posibilidad de protegerme a mí misma y a mi familia, pero exactamente eso es lo que los Demócratas están decididos a hacer al prohibir las armas semiautomáticas".

Como es frecuente en este tipo de asesinatos, que son el pan diario en los Estados Unidos, para eludir la responsabilidad estructural del American Way of Life (Modo Americano de Muerte) la prensa señaló que era una desquiciada mental. Sus familiares y amigos no lo creen, como lo manifestó uno de ellos: "Christy no estaba loca, hasta donde yo sé. Ignoro qué la pudo haber hecho estallar". La locura es otra, es la del sistema capitalista estadounidense, que inocula odio, sed de venganza y de muerte, para que sus ciudadanos maten a quien sea, incluso a sus propios hijos, todo con el fin de alcanzar objetivos mezquinos, porque el esposo de la mujer asesina aseguró que esta había matado a sus hijas con el fin de hacerlo sufrir, en este caso, por el resto de la vida.

Dos
El derecho a asesinar rebasa las amplias fronteras del territorio de los Estados Unidos y desde este país sus gobernantes lo han exportado al resto del mundo. Eso lo vienen haciendo desde hace dos siglos, como lo sabemos los latinoamericanos con lujo de detalles, pero ahora han innovado en la “ciencia” de matar, con el uso de los drones. Estos aviones no tripulados, cargados con armas y misiles, son accionados desde tierra y a miles de kilómetros de distancia para que alcancen el objetivo de matar a los que el gobierno imperialista de Estados Unidos designa como sus “enemigos”, entre los cuales se encuentran aquellos catalogados como “terroristas”, no importa ni el continente, ni el país, o la región donde se encuentren.

Los drones como máquinas de muerte se vienen usando desde el 2002 por parte de los Estados Unidos, pero solo hasta el primero de julio se reconoció oficialmente que durante la administración de Barack Obama, premio Nobel de la Paz, se ha incrementado el número de acciones y de muertos producidos por esos aparatos. En el informe difundido por el Director Nacional de Inteligencia (DNI), donde no se incluyen datos sobre los daños producidos en Irak, Siria y Afganistán, se indica que se efectuaron 473 ataques selectivos entre el 20 de enero de 2009 y el 31 de diciembre de 2015, los que ocasionaron 2581 muertes de “combatientes” y 116 muertes de civiles no combatientes.

Las cifras suministradas no se corresponden con la dura realidad, puesto que hay información confirmada de ataques con drones en aldeas de Pakistán, Yemen o Somalia en la que un solo ataque con drones ha ocasionado cien o más muertos. Al margen de las cifras lo que se evidencia es que los voceros del imperialismo estadounidense aplican la pena de muerte a nivel internacional, violando los más elementales derechos humanos y los códigos de guerra, amparándose en su derecho a asesinar. Eso se hace sin juicio previo, sin escuchar a los condenados, sin recurrir a algún tribunal, sin aportar pruebas, simplemente porque eso deciden los mandamases de los Estados Unidos, como si fueran los dueños de la vida de cualquier ser humano. Y que no importa la vida humana lo demuestra la “gran noticia” de que ahora en adelante cada primero de mayo el gobierno de los Estados Unidos va a informarle al mundo sobre el número de asesinatos de civiles que ocasionan sus drones en el año inmediatamente anterior. ¡Esto es lo que llama asesinar con transparencia, informándole al mundo entero de lo que es matar a nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos!

Tuesday, 21 June 2016 19:00

Doctorcitis aguda

En los últimos meses se ha conocido la adulteración de la hoja de vida del Alcalde de Bogotá con la invención de un largo recorrido académico. Este hecho es endémico entre los políticos colombianos, quienes presumen de poseer un elevado nivel académico y ostentan títulos universitarios que nunca han obtenido.

El culto a los “doctores” en Colombia
Desde el siglo XIX en Colombia se estableció la costumbre de denominar como “doctores” a los miembros de las clases dominantes, una parte de los cuales estudiaba derecho o tenían el título de abogados. De esa forma, se estaba heredando una rancia tradición de la época colonial en que existían los títulos nobiliarios que se compraban como expresión de la “pureza de sangre”. Por ejemplo, se podía adquirir con dinero el apelativo de “Don” o “Doña”, con los que se elevaba el “estatus social” del poseedor. Aunque esos títulos no desaparecieron con la Independencia si fueron perdiendo brillo, y empezaron a ser sustituidos con el de “Doctor”, que se aplicaba principalmente a los abogados. Y en Colombia, como digna herencia del leguleyismo santanderista, nos empezamos a llenar de ese tipo de doctores, que no eran solamente los que tuvieran título de abogados, sino los rábulas, tinterillos y especies similares. Por extensión, el apelativo de “doctor” se le aplicaba a cualquier miembro de las clases dominantes, rurales o urbanas, aunque fuera analfabeta, porque marcaba distancias sociales: era un símbolo de diferencia y de superioridad. Se obligaba a la gente común y corriente a llamar “doctor” al gamonal, al hacendado, al notario, al escribano, al juez, al patrón o simplemente a quien se considerara a sí mismo como superior. Dígame Doctor era, y todavía sigue siendo en muchos lugares del país, la orden de los mandamases, para humillar a los demás y darse una aureola de grandeza.

A nivel académico una ley de 1852 suprimió el grado de bachiller y estipuló los títulos de doctor en Medicina, Jurisprudencia, y Ciencias Eclesiásticas. Durante casi un siglo y medio era la norma denominar como doctor a cualquiera que tuviera un título universitario, principalmente en el campo del derecho. Eso se mantuvo hasta 1980, cuando mediante el Decreto 080 se reglamentaron por primera vez los diversos niveles de estudio en el seno de la universidad, y se estipuló que Doctor es un título académico de formación avanzada, al cual se llega luego de haber superado varios niveles de estudios y elaborar una tesis que contribuya a ampliar un campo del saber.

Falsificaciones de títulos y otras mañas de políticos y arribistas
En la época en que en Colombia cualquier miembro de las clases dominantes o cualquier advenedizo se hacían llamar “Doctor”, sin tener ni siquiera un título profesional, no existía una academia universitaria que exigiera los títulos de Doctorado. Eso sí se hacía en los Estados Unidos y en los algunos países europeos, donde esos eran títulos de nivel superior que se le conferían a aquellas personas que, tras grandes esfuerzos y muchos años de dedicación, elaboraban una tesis original sobre un determinado campo del conocimiento, en la que se realizaba algún aporte significativo al saber humano.

Cuando después de 1980 el apelativo de Doctor se empezó a modificar, por el nuevo sentido que asumió el vocablo -ligado al mundo académico-, los miembros de las clases dominantes criollas no quisieron quedarse atrás y lo han seguido ostentando, ahora camuflado bajo una supuesta formación académica, pero sin realizar ningún esfuerzo ni dedicación especial para escribir una tesis. Ellos quieren seguir siendo los “doctores” de siempre, y la mejor forma de conseguir pergaminos académicos ha sido comprarlos, falsificarlos o presumir de poseer títulos que no se poseen, mediante la adulteración de la información consignada en los currículos personales, en los que se ostentan títulos ficticios de Doctorado o se hacen pasar por doctorados simples pasantías que se han realizado en alguna universidad de Europa o de los Estados Unidos.

Al respecto vale la pena recordar dos casos representativos de la capacidad de mentir y adulterar información por parte de miembros de las clases dominantes, con el objetivo de presentar un palmarés académico que no tienen y así aparecer ante los ojos de la opinión pública como sabios y estudiosos. El asunto alcanza las más altas esferas del poder económico y político, donde se presume de ser Doctor, se adulteran otros títulos académicos, incluso de inferior calidad, o se pretende haber sido “profesor visitante” en prestigiosas universidades del mundo.

Al respecto valga recordar que durante la presidencia de una “inteligencia superior” que rigió a Colombia entre el 2002 y el 2010, en su hoja de vida oficial que se exhibía desde la Casa de Nariño se informaba que el personaje en cuestión había sido “Profesor Asociado de la Universidad de Oxford” (Inglaterra) entre 1998 y 1999 y que había obtenido “una especialización en administración y gerencia de la Universidad de Harvard”. Esas afirmaciones eran falsas, porque no existe ningún programa de especialización en la Universidad de Harvard con ese nombre y tampoco fue profesor visitante, algo imposible porque para eso se requiere el título de PDh (Doctorado), algo que este individuo no ha alcanzado.

Si mentir de este modo se hace desde el primer empleo público de Colombia, no debe sorprender que se haya generalizado inventar y falsear títulos de Maestría y de Doctorado, como lo demuestra lo hecho por Enrique Peñalosa, actual Alcalde de Bogotá. En efecto, este tecnócrata neoliberal que presume de ser un “sabio” en asuntos urbanos lleva décadas - léase bien, décadas - diciendo que es Doctor de la Universidad de París en Administración. Más concretamente, desde 1984 en el libro titulado Democracia y capitalismo, asegura que lo es. Lo significativo es que en esa institución no exista ese doctorado.

Cuando se dieron a conocer las falsedades de los supuestos títulos de Enrique Peñalosa, la Alcaldía de Bogotá salió a desmentir diciendo que este “nunca ha dicho… que tenga un doctorado”. Sin embargo, en una entrevista concedida a un periódico del Brasil, y publicada el 15 de septiembre de 2015, Peñalosa sostuvo con seguridad: “Me gradué como economista e historiador, con un doctorado en París”.

Las mentiras de Enrique Peñalosa no son solamente sobre un supuesto título de Doctorado que no posee, sino también de una pretendida Maestría que nunca hizo. Estas falsificaciones no son simples anécdotas sin importancia, sino que constituyen delitos, puesto que la adulteración en la información se ha hecho con el objetivo de alcanzar un cargo público de elección popular. Esto indica que la información trucada, en la que se ostentan títulos académicos que no se han logrado, buscaba presentarse ante los electores como un personaje con méritos intelectuales de sobra para desempeñar el cargo de Alcalde de la capital de Colombia. En el formato de hoja de vida que Peñalosa llenó para posesionarse como Alcalde de Bogotá, de manera consciente se consigna información falsa, en la que se afirma que este es Doctor. A este delito se le denomina “falsedad ideológica”, y tiene implicaciones administrativas y penales, que, por supuesto, a este tipo “doctores” nunca se les va a aplicar, si recordamos que la justicia (de los otros doctores, de los abogados) es para los de ruana.

En conclusión, el deseo de figurar y de buscar prebendas de algunos personajes los lleva a presentarse como “Doctores”, con la pretensión de mostrarse como “intelectuales”, “académicos”, “investigadores” o “pensadores”. Igual que en el siglo XIX, de este tipo de doctores ficticios y arribistas académicos –tipo Enrique Peñalosa– está lleno Colombia.

Tuesday, 21 June 2016 19:00

Escribidor neoliberal y corrupto

Mario Vargas Llosa, un vocero e ideólogo incondicional del capitalismo, siempre se ha presentado a sí mismo como un ícono de la libertad, de la “sociedad abierta”, de la democracia. Durante décadas se ha encargado de repetir hasta el cansancio, en una especie de letanía ramplona y aburrida, que el capitalismo es la expresión de la plena libertad, es una economía superior a todas las otras porque funciona con transparencia, se autorregula y está al margen de la corrupción, de las triquiñuelas y de las trampas. Con ese catecismo de economía ortodoxa en mano –que no tiene nada que envidiarle al catecismo del Padre Astete-, Vargas Llosa habla con una buena dosis de moralismo de clase, para justificar las acciones criminales del capitalismo, como las privatizaciones, la explotación de los trabajadores, las guerras, invasiones, ocupaciones, bombardeos de los regímenes capitalistas, de los Estados Unidos a Israel, pasando por Colombia.

Vargas Llosa se ha autoembestido de una aureola de falsa moral, para pontificar sobre su credo antipopular y antidemocrático y justificar su apoyo cínico a los poderosos del mundo entero. No por casualidad, en la conmemoración de su cumpleaños número ochenta, en Madrid estuvieron presentes terroristas, criminales, monárquicos, dueños de pasquines, ex presidentes responsables de terrorismo de Estado y crímenes de lesa humanidad, entre los que aparecían personajes de España, Colombia y Chile. El cumpleaños era un pretexto, porque en realidad fue una cumbre de la extrema derecha del mundo, presidida por su escribidor de cabecera, que ahora forma parte de la podrida realeza de los Borbones, como expresión de su arribismo congénito.

Al mismo tiempo con este cónclave de la extrema derecha salió a la palestra pública un hecho que terminó de una vez por todas con la imagen moralista que Vargas Llosa se había encargado de construir, tan artificial como las mentiras que difunde a diario en sus novelas y en sus escritos periodísticos. Ese hecho es la aparición del nombre del encopetado escritor en los “Papeles de Panamá”. Con esta denominación se han presentado los once millones y medio de documentos pertenecientes a una “fábrica” de sociedades offshore del mundo (compañías radicadas en un “paraíso fiscal”, es decir, que se les aplican ventajas para la evasión de los principales impuestos), del despacho de abogados panameños Mossack Fonseca.

Esos papeles registran transacciones internas de esa firma de abogados desde 1977 hasta diciembre de 2015 y allí aparecen documentos de diversa índole (correos electrónicos, cuentas bancarias, bases de datos, pasaportes y registros de clientes) donde se revela la información oculta de 214.488 sociedades offshore, e involucra a unos 200 países. Esa oficina de abogados es un lavadero de dinero que opera con todas las libertades que se le concede en un paraíso fiscal a esas turbias entidades, como lo es Panamá, para crear empresas de fachada en ese país y en otros paraísos fiscales del exterior, como Islas Vírgenes Británicas o Islas Caimán. Sus finalidades fundamentales no son muy santas que digamos: evadir impuestos, legalizar dineros provenientes del crimen organizado, facilitar el robo a los fiscos nacionales, guardar dineros de dictadores, mandatarios corruptos y empresas transnacionales y cosas por el estilo.

Entre los personajes mencionados en los Papeles de Panamá se encuentran desde presidentes y primeros ministros en ejercicio (como Mauricio Macri de Argentina o David Cameron de Reino Unido), futbolistas (entre ellos Lionel Messi), empresarios, banqueros, cineastas (Almodóvar y uno de sus hermanos), hasta escritores como Mario Vargas Llosa.

Es interesante describir el caso de este último, ya no como escritor, periodista o plumífero del neoliberalismo sino como inversor –de dudoso comportamiento ético y legal- y comprador de una sociedad offshore en Panamá, para percibir la manera como se pasa del mundo de las letras al de los paraísos fiscales, antros del crimen organizado de la mafia capitalista que es dueña del planeta.

El primero de septiembre de 2010, poco antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa y su segunda esposa, Patricia Llosa, adquirieron la empresa offshore Talome Services, al bufete de abogados Mossack Fonseca. Eso se hizo a través de un intermediario, un eufemismo para referirse a un testaferro, de nombre Dave Marriner, directivo de la firma holandesa Pan-Invest Management, que tiene sedes en Chipre y Luxemburgo. Marriner contactó a la firma panameña y llenó la documentación en que se adjudicaban 1.000 acciones de la compañía Talome Services: 500 para cada uno de sus nuevos dueños, el novelista y su esposa. La empresa estaba radicada en las Islas Vírgenes Británicas, que para más señas es considerada por España y la Unión Europea como un paraíso fiscal. Lo llamativo del caso radica en que el 6 de octubre de 2010, exactamente un día antes de anunciarse la concesión del Nobel de Literatura a Vargas Llosa –que otorga algo más de un millón de dólares– el testaferro Marriner anunció cambios en los accionistas de la Empresa de fachada. Y el 12 de octubre, cuando Vargas Llosa ya era Premio Nobel, las acciones en poder del matrimonio Llosa pasaron a manos de dos anónimos accionistas rusos.

El asunto es turbio y genera todo tipo de sospechas, para nada infundadas si se tiene en cuenta la catadura humana y moral del personaje ya mencionado: extraña coincidencia que en el momento en que se le concede El Nobel, desaparezca el nombre de Mario Vargas Llosa y su mujer como accionista de una compañía de fachada; no se sabe el monto de dinero de las acciones de la empresa ficticia, pero puede suponerse que sea una suma cuantiosa por los ingresos de regalías que recibe el escribidor ¿El dinero que por allí circuló e iba a circular forma parte de los pagos que recibe por su servilismo incondicional ante el capitalismo mundial? ¿El escribidor tiene cuentas cifradas en otros paraísos fiscales del mundo?

Todos los que aparecen en estos papeles, como el futbolista Lionel Messi o el Presidente de Argentina, Mauricio Macri, en coro han repetido que ellos no tienen nada que ver con el asunto, lo que se dice en los papeles de Panamá son calumnias y mentiras y sus nombres no deben ser deshonrados asociándolos a los asuntos truculentos del mundo financiero. Vargas Llosa se ha sumado a ese coro, con unos argumentos pueriles, que desdicen de su fama de “maestro de la ficción”. Había podido inventar mentiras más sofisticadas, pero se ha limitado a decir, con poca imaginación, que él está involucrado en “un malentendido” y se le ha calumniado por voceros de la “prensa amarilla” (en la que él escribe y de la que vive). Posando de ser una mansa paloma, sostiene que fue asaltado en su buena fe, y se encuentra sorprendido "porque yo ni siquiera sabía que se había abierto por cinco semanas una cuenta a nombre mío y de mi esposa. Esa empresa existió por cinco semanas. Nunca puse un dólar en esa empresa y nunca hubo el menor movimiento económico". Como suele suceder en estos casos, cuando el pillo es atrapado infraganti, Vargas Llosa procedió a echarle la culpa al testaferro, por sus vergonzantes cuentas espurias en un paraíso fiscal. Pero este, David Marriner, replicó señalando que: “cuando adquirimos la compañía lo hicimos con el requisito de que mis clientes fuesen accionistas directos” y esos clientes no eran otros que la pareja Vargas Llosa.

Adicionalmente, el inconsciente de Vargas Llosa, proclive a justificar los delitos del capitalismo, lo ha traicionado, porque al referirse a la aparición de su nombre en los papeles de Panamá, ha agregado varias perlas, que se suman a la extensa cadena de infamias que repite todos los días, y constituyen una cínica justificación de su comportamiento corrupto. Algunas de estas justificaciones han sido que "hay países donde los impuestos son como expropiaciones y uno comprende que haya empresas, individuos o familias que intentan escapar a lo que perciben como una amenaza terrible para su futuro"; “hay leyes que lo empujan a uno a una transgresión de la ley”; "hay países que progresan gracias a esa situación, como ocurre con Panamá y antes con Suiza"; "Panamá es un país que progresó mucho gracias al sistema que permite la creación de empresas por extranjeros. No es que haya que alegrarse, pero hay que aceptar que es una realidad de nuestros días; hay que combatirla con la ley pero también revisando un poco los impuestos". Como puede verse, estamos ante una verdadera apología del lavado fiscal, de la evasión, del no pago de impuestos y de otros crímenes “económicos” del capitalismo en general y del capital financiero en particular.

En estas condiciones, puede sostenerse que la neoliberal Fundación para la Libertad de Vargas Llosa en verdad resultó ser una Fundación para el blanqueo y lavado de capitales. Vargas Llosa forma parte del pequeño círculo de especuladores, capitalistas, banqueros, artistas, inversores y deportistas que evaden unos 200 mil millones de dólares anuales, a lo que debe agregarse que la élite capitalista del planeta oculta entre 21 y 32 billones de dólares de activos, libres de impuestos. Esto, mientras que millones de niños mueren de hambre y desnutrición, entre otras razones por las privatizaciones de los sistemas de salud, que tanto impulsan los neoliberales como Vargas Llosa.

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