Johan Higuita

Johan Higuita

Tuesday, 10 December 2019 00:00

Ramón Emilio, el intelectual sentipensante

Ramón Emilio Arcila, el líder cívico, el intelectual comprometido, el futbolero. El hombre de pensamiento y acción. El gran dirigente popular del Oriente antioqueño, máximo referente de la historia política del siglo XX en la región. Hablar de Ramón es hablar de las luchas sociales, de la resistencia, de los movimientos cívicos y de la vigencia de una propuesta política construida desde las bases.

A Ramón lo silenciaron las balas del establecimiento, los sicarios del poder que no toleran la democracia. A él, a sus amigos, a sus compañeros, y a su movimiento, los tacharon uno a uno en las “listas negras” de los poderosos. Transcurría la década de los 80 en Colombia, un período de avance de las expresiones populares. Los movimientos sociales y políticos ganaban terreno en la movilización social y en la partición política-electoral. Emergieron expresiones como ¡A Luchar!, la Unión Patriótica, el Frente Popular, el Concejo Regional Indígena del Cauca y el Movimiento Cívico del Oriente antioqueño, todos perseguidos, estigmatizados y asesinados de manera sistemática por élites políticas y económicas que empezaban a patrocinar a los primeros grupos paramilitares que luego propagaron.

La década sangrienta se cerró la noche del 30 de diciembre de 1989 cuando cayó asesinado Ramón Emilio Arcila junto a Saturnino López (joven estudiante de la Universidad Nacional) en Marinilla, pueblo donde nació, creció y dio sus principales luchas. Fue asesinado siendo el candidato del Movimiento Cívico para la Alcaldía. Él encarnaba la posibilidad de darle un vuelco político a uno de los municipios insignes del conservadurismo en el país, pues había osado desafiar a los gamonales y caciques de la región, apoyado por el mandato popular de la comunidad que se sentía representada en su movimiento. Su sepelio fue una manifestación política multitudinaria en las calles, todo el pueblo manifestó su rabia, en la plaza pública lanzaban arengas mientras ondeaban banderas de Colombia y del M-19.


Desde muy joven se había vinculado a la lucha por el deporte y la cultura en su municipio. Más tarde en la década de 1960 fue líder estudiantil, se destacó por ser uno de los principales dirigentes de la huelga general de la Universidad de Medellín en el año de 1966, esta jornada terminó en un tropel de los estudiantes con la Policía, se militarizó el barrio Belén y las demás universidades. Allí cursaba sus estudios en derecho, pero su participación en el paro le conllevó una expulsión junto a varios estudiantes y profesores de la institución.

Sus primeros pinitos en la política se dieron en las luchas por la educación pública. Hizo parte de la Federación Universitaria Nacional que apoyaba al Frente Unido del cura y sociólogo revolucionario Camilo Torres. A raíz de los hechos acontecidos en la Universidad de Medellín, fundó, con un grupo de intelectuales de la ciudad, la Universidad Autónoma Latinoamericana que tenía como principios el cogobierno con los estudiantes y el pensamiento crítico. En la UNAULA empezó su formación intelectual, fue maestro, y escribió el libro La Universidad en América Latina.

Su trayectoria política en el Oriente antioqueño inició en la década de los 60 cuando resultó elegido concejal de Marinilla por la ANAPO, partido opositor al Frente Nacional bipartidista. Desde entonces puso en discusión los conflictos que la comunidad mantenía con la Electrificadora de Antioquia por los excesos en el cobro de la energía. Este asunto sería más tarde el motivo desencadenante de tres paros cívicos regionales, entre 1982 y 1984, de los cuales surgió el Movimiento Cívico del Oriente antioqueño. En mayo de 1975 fue apresado cuando lideraba un paro cívico en Marinilla en contra del alza de los servicios públicos. La comunidad armó una asonada cuando supo del suceso y radicalizó la manifestación que derivó en fuertes pedradas con la Policía. No se negoció un cese hasta que Ramón no fuera liberado, incluso la protesta alcanzó un carácter regional y llegaron al municipio buses con habitantes de municipios aledaños. Esta lucha lo lanzó al escenario regional, pues la inconformidad se venía manifestando en la mayoría de los municipios del Oriente.
Ramón supo recoger las diversas expresiones políticas y sociales del Oriente antioqueño y el trasegar de más de dos décadas de resistencia de las comunidades contra las imposiciones de los proyectos que supuestamente promovían el desarrollo, por ejemplo, las centrales hidroeléctricas. Su postura política siempre fue apartarse del sectarismo y las capillas de izquierda para hacerse del lado del sentir de las comunidades, su apuesta era por la participación política desde las bases, por generar escenarios deliberativos de carácter popular como las asambleas, por construir agendas que nacieran de las necesidades reales de los territorios.

Para la década de los 80, fue Ramón quien dio inicio a la propuesta de articulación regional para la lucha contra la Electrificadora de Antioquia. En compañía de otros líderes y organizaciones sociales, recogió la expresión organizativa de las Juntas Cívicas que habían nacido en municipios como El Peñol, San Carlos, La Ceja y La Unión, fruto del descontento con los gobernantes. A raíz de esta experiencia se empezó a vertebrar un proceso de carácter regional que puso en jaque el establecimiento en el departamento de Antioquia. En este período no solo dirigió sino que escribió artículos de alto valor académico como De la protesta a la propuesta, y El Movimiento Cívico del Oriente antioqueño 1981-1985, en ellos analizaba el proceso de desarrollo del movimiento cívico de mayor trayectoria que tenía para entonces el país.

Ramón Emilio, más que un dirigente popular, fue un gran intelectual orgánico y sentipensante. A la propuesta del “socialismo raizal” del maestro Orlando Fals Borda, aportó una experiencia real de democracia participativa, y planteó, en la Coordinadora Nacional de Movimientos Cívicos, la necesidad de construir un Estado-región en Colombia, es decir, de abajo hacia arriba, de lo local a lo regional, luego lo inter-regional y lo nacional recogiendo su propia experiencia. Su pensamiento sigue vigente para la región del Oriente antioqueño y para los movientes sociales y políticos del país. Su vida y obra es faro en las luchas actuales, memoria viva para la generación que renace en el Oriente antioqueño.

Tuesday, 12 December 2017 19:00

En La Unión: por la vida y el territorio

Muchos jamás habían regresado, solo quedaban los recuerdos de la guerra, de los familiares muertos, de los pasos hacia el destierro, de las casas abandonadas y del estruendoso sonido de los balas. Hacia atrás la memoria dibujaba el eco de una guerra más antigua, la que se ensañó contra sus territorios y sus gentes. Atrás pervivía el recuerdo de la tragedia, de la violencia, de la maldita violencia que arrasó sus vidas y los  convirtió en sobrevivientes. Aún quedaban intactos los restos de la guerra, algunas casas abandonadas como monumentos del dolor, como triste testimonio del pasado; aún quedaban en pie algunos restos de la destrucción que se signó sobre sus veredas, como un relato que no se olvida y que martilla todo el tiempo sobre la memoria.

Las veredas San Miguel Santa Cruz y La Honda habían concentrado gran parte de la violencia que se vivió en La Unión y el Oriente antioqueño en general, a finales de la década de 1990 y principios de la década del 2000; allí se presenció una verdadera catástrofe humanitaria en el marco del conflicto armado colombiano. La totalidad de la población de ambas veredas fue desarraigada el seis de diciembre del 2000, cuando los grupos paramilitares amenazaron a los pobladores obligándoles a marchar al destierro, al desplazamiento, dejando la zona totalmente deshabitada durante muchos años.

El paramilitarismo se había ensañado allí con la población campesina por ser una zona de presencia guerrillera, puesto que el ELN y el EPL se habían instalado en las veredas desde finales de la década de 1980. Así la población vivió todo tipo de victimizaciones quedando entre el fuego cruzado, pues cuando se prendió la cosa, vecino tras vecino empezó a caer, que porque le dio agua a tal, que porque le vendió, que porque no informó, que por colaborador… Los motivos parecieran sobrar para haber asesinado a tantos injustamente.

Sin embargo, esta vez el motivo del encuentro no era hablar de la guerra, no era ahogarse de nuevo entre incontables recuerdos de historias vividas. Esta vez el reencuentro era entre vecinos con su territorio, con sus antiguas veredas, con sus raíces; retornar a lo que había sido su terruño años atrás para sembrar esperanza y vida, para contarle a las nuevas generaciones el relato de lo vivido, con la única intención de que jamás se repita y de que la guerra nunca más sea una opción.

Por eso esta vez los antiguos pobladores, los sobrevivientes que jamás volvieron y los que sí retornaron se dieron encuentro en el primer Festival Comunitario por la Vida y el Territorio, después de 17 años de abandono y desencuentro, en la escuela de la vereda San Miguel Santa Cruz, en el municipio de La Unión. Uno a uno fueron llegando los integrantes de la antigua comunidad, para reencontrarse, abrazarse  y mascullar entre chanza y chanza los recuerdos vividos, pero no solo los de la tragedia, sino también los de las mejores épocas cuando la guerra todavía parecía lejana. Porque es que San Miguel Santa Cruz y La Honda no solo fueron violencia y tragedia.

Así, esta vez el encuentro después de tantos años era para sanar las viejas heridas, para sembrar vida donde un día reinó la muerte, para reconstruir el territorio y borrar sus cicatrices, para retornar a lo que fuimos como comunidad en el pasado. Por eso festejar la vida y el territorio en comunidad, porque sólo en comunidad podrá reconstruirse el proyecto de vida colectiva sobre los territorios, desde la participación conjunta de todos y todas. Ese era el principal mensaje del Festival Comunitario, juntarnos nuevamente para sobreponernos a la guerra y al dolor; juntarnos para labrar la memoria, sembrar esperanza y cosechar dignidad a varias manos.

La historia de estas veredas ha permanecido en el completo olvido, ha sido totalmente invisible ante el municipio, la región y el país, por eso la comunidad se juntó para ser visible, para ponerle rostro a su dignidad que se ha resistido al despojo y a la guerra, para apostarle a la construcción de paz desde los territorios que este país tanto necesita hoy. Por eso celebrar en comunidad al son de las danzas tradicionales, la música parrandera y el teatro, como se hacía antes en las romerías campesinas, los festivales, los convites y la navidad comunitaria (espacios que había sepultado la violencia), para contar con el grano de arena de cada quien en esta labor de reconstruir el territorio y defender la vida ante todo siempre, para que, como se gritó este cinco de noviembre al unísono en la vereda, “voltear nuevamente al sol, y que otro San Miguel sea posible”

 

 

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