Pedro Lopera

Pedro Lopera

Thursday, 07 December 2017 19:00

Semillas de la familia Buitrago Ramírez

Es plena década de los setenta y huele a renacer; llegan a Cocorná Estación, en el municipio de Puerto Triunfo, de la mano de un curita, que se comporta como alguien del común, un nuevo estilo de formar Iglesia y organización comunitaria.

 

Estación Cocorná es un caserío en torno a una parada de la línea férrea que recorría el Magdalena medio antioqueño; es un corregimiento de Puerto Triunfo, cuenta con extensos valles, con abundantes ríos y con tierras muy fértiles que en su mayoría son utilizadas para la ganadería extensiva.

En esos parajes, a orillas de los ríos Cocorná y Ríoclaro, se encontraban desde los años cincuenta ocho familias numerosas que habitaban en confortables casas de cancel (madera). Era un vecindario que había construido una hermandad; tenían una escuela, a la que asistían cerca de cuarenta niños, y una inmensa cancha de futbol que quedaba más arriba a unos diez minutos, donde se reunían todas las tardes a jugar y a compartir, ambas construidas a punta de convites. Este territorio constituye una vereda llamada Santa Rita.

Por allí, en el punto exacto donde confluyen aquellos ríos, estaba la finca de los Buitrago Ramírez, campesinos oriundos de una vereda del municipio de San Luis, que después del nacimiento de Gustavo, su primer hijo, se fueron a abrir montaña. Para esa época ya tenían once hijos, de los cuales uno murió de un ataque de parásitos todavía siendo bebé, y otro a los ocho años de edad en un accidente en la finca. Su casa estaba ubicada a la mitad de la cuesta cerca del río Cocorná, a diez minutos de travesía a la escuela y a veinte minutos de la cancha. Desde la casa hasta la desembocadura del Ríoclaro, donde estaban los cultivos y el campamento para guardar las cosechas, hay media hora.

La familia Buitrago Ramírez recibió en su corazón la semilla del hombre y la mujer nuevos. Además de las sendas veredales, comenzaron a recorrer nuevos caminos: los de la utopía de una nueva sociedad donde la dignidad humana, la paz con justicia social y la vida plena no sean solo un anhelo de la inmensa mayoría del pueblo, sino una realidad que se sienta en cada corazón.

Herlinda Ramírez, madre, asumió el compromiso en toda su dimensión, entregándose al trabajo comunitario, y a las comunidades cristianas. Manuel, por su parte, se vinculó de la misma forma a las actividades que implica ser un líder, asumir verdaderamente el compromiso cristiano; cambió las cantinas por las actividades de las organización comunitaria, los convites, la cooperativa, las jornadas de solidaridad; los muchachos Gustavo, Carlos, Alirio y además los parientes de los esposos Buitrago Ramírez ya no eran jóvenes; además de crecer físicamente, crecían en el aspecto espiritual y político, asumieron tareas de organización comunitaria, se batían día a día por un mejor vivir.

“En las noches me decían: 'bueno papá, ¿qué vamos a hacer mañana?' y nos sentábamos y hacíamos el plan de trabajo para el otro día; algunas veces combinando el trabajo en la finca con tareas de comunidad, solidaridad para las comunidades más alejadas… mis hijos nunca me dejaron solo trabajando la finca… se vive un ambiente de mucho entusiasmo. ¡Ah que veredita tan buena! A parte del trabajo comunitario, el padre Bernardo López Arroyave nos animó a conformar una cooperativa, ya teníamos un johnson en el que traíamos la mercancía de Puerto Boyacá, y vendíamos más barato que en el pueblo quizá…”, cuenta Manuel mientras descansa de hacer labores que aún realiza a sus ochenta y siete años, cumplidos el pasado primero de noviembre.

Pero tanta dignidad y altivez cuestan caro, y esta familia pagó un precio muy alto; el 17 de septiembre de 1982, después de un atentado fallido contra Bernardo, dos policías de Estación Cocorná y tres paramilitares irrumpieron en la finca preguntando por Manuel Buitrago, quien se encontraba realizando trabajo comunitario por fuera de la casa. Allí asesinaron a dos de sus hijos, Alirio y Carlos, a Gildardo, hermano de Herlinda, a Marcos Marín, un niño de diez años que se encontraba de visita en la casa, y a Fabián, un sobrino de Manuel, hijo de Horacio Buitrago. Horacio colaboró con los sicarios, y lo siguió haciendo luego del crimen.

Herlinda y dos niños menores escaparon de ser asesinados porque se ocultaron en la zona boscosa. Cuando Manuel regresó, encontró una escena de dolor. Debajo de un árbol yacían sin vida cinco de los más jóvenes de la vereda, sus familiares. Su esposa no estaba en casa; el desespero lo invadió, pero recobró el valor para buscar al resto de su familia, que al cabo de un rato aparecieron.

Los vecinos se reunieron, y a raíz de la negativa de las autoridades civiles de levantar los cadáveres y realizar las necropsias, la comunidad decidió llevarse a sus muchachos y realizar las exequias. La familia Buitrago Ramírez, a causa del inminente riesgo de ser exterminada, no regresó a la finca nunca más.

A pesar de lo que significó este duro golpe para ellos, mantuvieron la esperanza. Herlinda escribió a las Comunidades Cristianas Campesinas: ''Esto es un caso muy doloroso para nosotros, pero mis hijos no murieron. Ellos siguen vivos en el corazón del pueblo y su sangre le da vitalidad a la comunidad”. Más adelante refiere: “Todo el pueblo lloró a mis hijos porque no encontraban delito para haberlos matado tan dolorosamente”. Y luego: “…siguen siendo vivos entre todos nosotros para siempre. Porque el que ama a sus hermanos hasta dar su vida por ellos tendrá la vida eterna”.

Herlinda Ramírez murió, pero sus sencillas palabras aún retumban en el corazón del pueblo que hace viva su esperanza. Porque siempre se repuso y surgió como el ave fénix después de cada golpe, ya que ese no fue el único: esta familia además perdió a otros cuatro de sus hijos violentamente, a manos de paramilitares y funcionarios del Estado.

Sunday, 28 May 2017 19:00

Busco a Bernardo

A Bernardo López Arroyave no es muy fácil encontrársele, este sistema fascista de largas y sistemáticas impunidades se ha dado las mañas para ocultar las huellas de sus víctimas; y este hombre, tan carismático como profético, no es la excepción, hasta en esto se parece al montón de hombres y mujeres humildes, por los que gastó su vida. A este luchador se le estigmatizó como guerrillero para poder asesinar, no solo su humanidad, sino sus siembras de amor eficaz. Claro que no todo su legado lograron destruirlo.

Indagando por las huellas de Bernardo, encontramos a Manuel Buitrago, hombre octogenario, oriundo del corregimiento de Estación Cocorná  del Magdalena Medio antioqueño. Cuenta que lo conoció en la década de los setenta, cuando llegó como cura párroco al pueblo. Cuando le pregunto si tiene una foto que diera cuenta de cómo era, responde con notoria tristeza, “nada, yo no tengo fotos de él porque a mí me tocó salir de Cocorná solo con el encapillado”.

Recostado sobre su cama, que busca desde muy temprano, recuerda con cierto grado de nostalgia, “¿Bernardo? ¡Aj, ese hombre era muy especial! ¡Entusiasta!… El revivió ese caserío. Mejor dicho, todos los más humildes nos fuimos con él, yo fui uno. ¡Ay sí, yo tengo mucho que contar! Yo salía al pueblo, era de una vez pa' la cantina; él se iba, me sacaba de allá, me llevaba para la casa cural, me servía almuerzo y me mandaba a dormir. Así me fue alejando del licor”, relata dejando notar su inmensa gratitud.

Hay otras huellas que no han desaparecido, libros como “Aquellas muertes que hicieron resplandecer la vida”, del padre Javier Giraldo, nos dejan ver como por una rendija de la historia y la memoria otras huellas de Bernardo.

Bernardo López es un hijo de humildes campesinos, nacido en Montebello, Antioquia, huérfano de padre desde niño, siempre de talante alegre pero firme, obstinado y decidido. Se hizo abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana. Militante del partido Conservador, en donde defendió, según él mismo lo cuenta, el gran capital. Con fogosa elocuencia se presenta en las plazas, y esta capacidad oratoria le vale para escalar posición en el partido. Se cuenta que le correspondió abrir la Campaña presidencial de Guillermo León Valencia en el departamento, al lado de la choza de Marco Fidel Suárez de Bello en agosto de 1961.

En 1962 tomó la decisión de hacerse Sacerdote e ingresó a “Vocaciones tardías” en el seminario Cristo Sacerdote del municipio de La Ceja, deseando un día “ser obispo”, pues el sistema enseña que hay que ser alguien en la vida y para muchos de los seminaristas ser alguien es ser obispo, alguien más que un simple sacerdote. Muy pronto Bernardo se encontró un tropiezo para lograrlo: Tomás Calvo, sacerdote español, y profesor de teología en el seminario, desbarató esa pretensión en el novato seminarista. Renunció entonces a esa aspiración de privilegio, para dedicarse a luchar en un escenario muy poco usual en las reducidas mentes del clero: la conciencia de los humildes, para emanciparla de sus miedos y lanzarla a la infinita senda de la esperanza.

Signado fuertemente por el pensamiento de Camilo Torres, y por el Concilio Vaticano II, compartió habitación con Ernesto Cardenal, un nicaragüense que siendo sacerdote llegó a ser ministro del Gobierno sandinista. Al lado de este absorbió como esponja de las fuentes de la Teología de la Liberación.

Tomó partido por los excluidos desde los inicios de su formación sacerdotal, criticando y denunciando la vida cómoda que llevaban los altos jerarcas de la iglesia, mientras la inmensa mayoría del pueblo vivía en condiciones muy deplorables, y los designios de Cristo eran claros en su opción radical por los empobrecidos. Por esta razón fue expulsado del Seminario.

Pero Bernardo, porfiado como siempre, siguió buscando su objetivo, ya que subido en el púlpito, su ideal de justicia cobraría contundencia. Terminó sus estudios en la Universidad Javeriana de Bogotá, vinculado a la diócesis de Barrancabermeja, y fue ordenado por el papa Pablo VI en su visita que hizo a Bogotá el veintidós de agosto de 1968.

Bernardo, es quizá quien más claramente leyó los acontecimientos y las señales de nuestro tiempo. Textualmente Javier Giraldo nos narra: “En diciembre de 1968 asiste a la segunda reunión del grupo sacerdotal colombiano Golconda, y desde entonces no dejaría de formar parte de esos grupos de sacerdotes que se pronunciaban críticamente frente a diversas coyunturas nacionales, primero Golconda, luego el grupo de  Sacerdotes para América Latina –SAL–”.

Despertó tanto amor, afecto y admiración en las comunidades a las que acompañó, como odio y persecución en el corazón de sus detractores a quienes denunció con vehemencia por su desmedida ambición y voraz apetito y codicia.

Puso en el centro de su predicación y de la acción pastoral a la comunidad; su alto poder de convencimiento lo utilizó para organizar toda clase de grupos, en los que buscó sembrar conciencia de clase. En un artículo que la revista Semana publicó días después de su martirio, titulado “Almas benditas”, dice: “se identificó más con aquellos que rechazaban la lucha armada como opción cristiana”.

Su sincera y franca mirada le acompañaron aun en los momentos más crudos de su existencia, cuando recibía noticias de su inminente martirio, o amenazas contra su humanidad. Enfrentó a los verdugos como quien mira a un inocente mandadero que le entrega un recado. De esos recados le llegaron seis, sin contar el que sembró su semilla en la memoria de los caídos por la vida, la paz con justicia social y la dignidad humana. Él ya lo tenía claro, porque las altas esferas del poder manejaban amañados informes de inteligencia que lo vinculaban con el ELN, como el que luego se publicó en el libro “El ELN por dentro. Historia de la cuadrilla Carlos Alirio Buitrago”, del coronel de la reserva del ejército Luis Alberto Villamarín Pulido. A Bernardo, cuentan los que lo conocieron, nunca pudieron amedrentarlo.

El 15 de febrero de 1986, en el  veinte aniversario del asesinato de Camilo Torres, Bernardo pronunció un discurso en el que dejó ver aportes al conocimiento de una porción de su vida. Allí expresó que “la vida solo tiene sentido cuando se toma la inquebrantable decisión de perderla para que la historia cambie y el pueblo viva”, y lo dio todo desde su comodidad en la conducción de un rancio partido burgués, o en un sacerdocio mediocre; en cada gota de sudor y sangre entregó lo suyo, hasta que el 25 de mayo de 1987 en Sincé, Sucre, le correspondió regar el suelo del Sagrado Corazón con su sangre.

Sunday, 19 February 2017 19:00

Teresa Ramírez: junto a los empobrecidos

Arribamos a Cristales un poco antes de las 8 de la mañana, hora en la que empezaría la reunión. Para diciembre de 1987, a más de cincuenta años de fundado, este caserío tenía sus calles sin pavimentar. En el pueblo todo parecía darnos la bienvenida, desde las vetustas casas, ya decoradas para navidad, hasta la amabilidad de su gente que se presentaba acogedora, sobre todo por la presencia del padre Jaime, muy querido por los pobladores de allí.

En medio del parque, un lugar que aunque pequeño es el más grande de Cristales, estaba parada una mujer sonriente, de pantalón azul y camisa blanca. Se saludó con Jaime y se presentó: Teresa Ramírez, dijo ella, con gran cortesía y jovialidad, nos dio la bienvenida y nos invitó a pasar.

Caminábamos hacia la casa cural, cuando una señora de la comunidad interrumpió: – ¡Hermana Tere! –. De inmediato esta se regresó para abrazarla y hablar con ella. No pude ocultar mi asombro, pues no era común por allí escuchar tratar de hermana a una mujer, a menos que fuera para llamar a una monja, y entonces es cuando Jaime me contó que ella, Teresita, era una religiosa que había renunciado al hábito, para sentirse igual a las personas del pueblo.

Teresa Ramírez, mujer de extracción campesina, nació en 1947. Tomó la decisión de hacerse religiosa a los diecisiete años con las hermanas de la Compañía de María. Su espíritu humilde y su cálida sonrisa hicieron que la gente más sencilla la considerara como su hermana y compañera. El padre Javier Giraldo la define como una mujer que “con entereza y capacidad de sacrificio afrontaba gozosamente las dificultades, incle­mencias y circunstancias adversas de tiempos y lugares. Eran proverbiales su sencillez y solidaridad con los más pobres, su capacidad para escoger el último lugar, para aceptar la postergación y el pasar inadvertida”.

Sin olvidar su origen, se dedicó al trabajo con los más empobrecidos, convirtiéndose en uno más de ellos. Fue enviada a comunidades marginales como el barrio de invasión El Bosque, de la ciudad de Barranquilla, y el Doce de Octubre, de la ciudad de Medellín.

A Cristales llegó el 5 de agosto de 1987. Este corregimiento del municipio de San Roque, es uno de los caseríos más pobres de Colombia y está ubicado en una cuchilla de la cordillera central en la región del Nus, en el nororiente antioqueño.

En las décadas de los setenta y los ochenta, esta era una de las regiones que abastecía a Medellín de panela; sus extensos cultivos de caña conformaban grandes haciendas paneleras que contrataban trabajadores y les pagaban un jornal que apenas les daba para llevarle un escaso bocado de comida a sus familias, casi siempre numerosas. Las largas jornadas laborales se extendían hasta por veinte horas diarias, de cuatro o cinco de la mañana a doce o una de la madrugada siguiente. La labor de exprimir el dulce a la caña se hacía amarga desde la plantación hasta el empaque de la última libra.

Para entonces, el dueño de la hacienda no corría ningún riesgo. Les entregaba a algunos campesinos estancias de caña para que las cultivaran a las dos quintas, que significa que de cada cinco arrobas de panela que quedan después de sacar los costos de acarreo y molienda, dos son para el hacendado y tres para el estanciero o cosechero, en una operación matemática injusta puesto que el estanciero realizaba mayor trabajo.

Pero la región también estaba compuesta por algunas pequeñas áreas de minifundistas que cultivaban café, a quienes solo les quedaba un sabor amargo y grandes pérdidas tras vender su cosecha a los bajos precios manejados por las políticas económicas internacionales y por la Federación de Cafeteros.

Por estas razones, Teresa, en su digna condición de mujer, asumió las tareas que desde hacía algunos años desarrollaban en la región algunos sacerdotes y laicos como Bernardo López, Jaime Restrepo y otros, y lideró tareas de concienciación sobre el hecho de que su realidad dolorosa no era voluntad de Dios, sino del sistema social y político imperante. Teresa participó además en la organización y lucha política de la región, y no se amilanó cuando el padre Jaime fue asesinado; por el contrario, la certeza de la muerte y la inminente necesidad de la lucha por la vida, le infundió mayor fuerza y radicalidad en su amor y deseo de un mundo justo.

En mayo de 1988 los campesinos del Nordeste organizaron una movilización, para pedir acueductos, electrificación y otras justas reivindicaciones, además para protestar por el crimen cometido contra Jaime Restrepo. Teresa se vinculó decididamente en la planificación y organización de la jornada de protesta y con su reconocida pulcritud le imprimió vitalidad a la lucha, en la que a pesar de ello no mostró ningún afán de protagonismo individual y procuró siempre construir un liderazgo colectivo.

Teresa, que tenía una sonrisa casi permanente, endureció su rostro frente a los militares de la brigada catorce y a los policías de los Grupos Operativos Especiales de Seguridad – GOES, en defensa del derecho a la movilización de los campesinos, y para pedir la inmediata libertad de los detenidos durante el desarrollo de la represión a la marcha.

Teresa asumió en todo su esplendor el papel que le correspondió como mujer del pueblo. Más que una religiosa del montón fue mujer luz y sal para los excluidos, puso el pecho ante las balas y le sonrió con toda la dignidad a los sicarios, a los que se prestó también a servir cuando, presumiblemente, le pidieron que tomara los datos para una partida de bautismo, obligándola a dar la espalda y así no tener que encarar su feminal sonrisa.

Y dejó un poema en el tablero donde dictó su última clase de español, en una fiel promesa que segundos después cumpliría: “La emoción por la patria: // banderita de Colombia, //mi banderita querida, //porque no te rindas, // ¡yo daré hasta la vida!”.

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