La huelga inició el siete de enero de 1948. Tras muchos intentos de negociación y promesas incumplidas por parte de la empresa, trabajadores de la Tropical Oil Company, afiliados a la Unión Sindical Obrera –USO–, decretaron jornadas de paro y movilización por tiempo indefinido. Aunque los antecedentes inmediatos se remiten a los despidos masivos y al incumplimiento en la modificación del escalafón, en el centro de la discusión se ubicó la política petrolera colombiana.

El objetivo de la USO, entonces, se convirtió en la nacionalización de la extracción del petróleo en Colombia, que hasta el momento estaba en manos de esta empresa norteamericana, hija de la poderosa Standard Oil Company, perteneciente al grupo Rockefeller. Así mismo lo narra César Julio Carrillo, antiguo dirigente sindical de la USO y quien, aunque no vivió estos sucesos, los conoce y recuerda como parte de esa memoria colectiva que enorgullece al sindicato y le obliga, hoy, a mantener firmes sus reivindicaciones.

La disputa política de la USO
La Troco, como era conocida la empresa, por medio de acciones ilegales adquirió desde 1916 la concesión que años atrás le había otorgado el Estado al colombiano Roberto de Mares, en la zona del Magdalena Medio. Sus operaciones iniciaron en 1921, por lo que logró que el Estado extendiera la concesión hasta 1951. Las precarias condiciones de trabajo y de vida en este enclave petrolero dieron nacimiento, en 1923, a la Unión Obrera. “La USO nació al poco tiempo de que iniciara la industria petrolera en Colombia, entonces comenzaron a desarrollar sus luchas por las cuestiones más mínimas. En el Catatumbo los trabajadores hicieron una huelga muy famosa, que se llamó la huelga del arroz, por el derecho de los trabajadores a comer arroz. En Barrancabermeja fundamentalmente por el derecho a las cosas mínimas, de alimentación, de mejores condiciones de trabajo, de vivienda, etc., y poco a poco fueron ganando espacios que les permitía ascender en sus exigencias”, explica Carrillo.

Según se relata en la investigación Petróleo y Protesta Obrera –realizada por Renán Vega, Ángela Núñez y Alexander Pereira, y publicada en 2009 por la USO–, desde 1946, año en que legalmente la Troco debía revertir al Estado la Concesión de Mares, la empresa inició una campaña para desacreditar las explotaciones, y “afirmaba que la concesión se había convertido en un mal negocio, por cuanto los yacimientos estaban agotándose y no se justificaban nuevas inversiones […]. Actuando en consecuencia, y violando los convenios laborales, en diciembre de 1947 la empresa despidió a 107 obreros, que laboraban en áreas de exploración, limpieza y perforación de pozos, es decir, en sectores cruciales para mantener la rentabilidad de las explotaciones cuando la compañía revirtiera al Estado”.

La Troco, según se explica en este mismo documento, buscaba que la USO se lanzara a una huelga como una forma de presionar al Gobierno a prorrogar la Concesión, pues reintegrar a los trabajadores solo era posible si esto último ocurría. Lo que no se esperaba la compañía es que la huelga se lanzara con un profundo discurso antiimperialista y en defensa de la soberanía nacional. La huelga duró 49 días, y allí participaron aproximadamente 5000 trabajadores de la industria. Sus exigencias fueron, no solo el reintegro del personal despedido, la garantía de estabilidad y derecho a ascensos estipulados en el escalafón, sino que la Nación recibiera la Concesión De Mares, argumentando que esta sí estaba en capacidad de hacerse cargo de los diferentes procesos de la explotación petrolífera.

El Gobierno, por su parte, esperaba que la huelga se agotara en los enfrentamientos entre trabajadores y Fuerzas Militares. Pero contrario a producir un debilitamiento, a nivel nacional se emprendieron acciones de respaldo por parte del movimiento obrero. El clima nacionalista estaba en auge, y el gaitanismo presente en instancias del Gobierno fue decisivo para que el 24 de febrero del año 48 el presidente Ospina Pérez convocara a un tribunal de arbitramento, a través del cual la USO, según se explica en dicha investigación, “consiguió un fallo que además de obligar al reintegro del personal a sus anteriores puestos, presionaba a la compañía a seguir con las labores de mantenimiento y exploración de pozos hasta el último día del contrato”.

Así, la reversión tomó fuerza, y se despejó el camino para la nacionalización de la Concesión. El 27 de diciembre de 1948, el Gobierno profirió la Ley 165, por medio de la cual se autorizaba a la creación de la Empresa Colombiana de Petróleos, que entraría en funcionamiento a partir del 25 de agosto de 1951, día exacto de la reversión. Por ahora, el Sindicato había ganado esta batalla.

Defensa de Ecopetrol y alternativas al extractivismo
Con el nacimiento de Ecopetrol, los retos que se impusieron a la Unión Sindical Obrera fueron mayores. El primero de ellos, no desaparecer. Esto no solo por la imposición de sindicatos patronales desde el momento mismo de la reversión, sino por la oleada de represión, criminalización y exterminio que vivió el movimiento sindical. El segundo reto era, evidentemente, la defensa de Ecopetrol como empresa estatal. “Eso sí tenían claro los trabajadores, constituimos esta empresa, nos costó sacrificio, pero ahora hay que defenderla. Cuando muchos entramos a trabajar a Ecopetrol, ya existía la disputa por el peligro que representaban las multinacionales, al querer adueñarse de esta empresa”, relata Carrillo. Pese a estas luchas, desde el 2006 en el gobierno de Álvaro Uribe, y hasta el momento, se ha venido materializando la privatización de la estatal, con la venta de sus acciones al capital privado.

Un tercer desafío, mucho más grande y más actual, tiene qué ver con el debate nacional en torno a la política minero-energética del país, del cual la Unión Sindical Obrera no es ajena. En ese sentido, la apuesta es “pensar en la Ecopetrol del futuro... si esta debe apostar por seguir en el extractivismo de un recurso que poco a poco se va agotando, o pensar en la consolidación de una empresa productora de energías limpias, que sea fuerte, eficaz, nacional, que no despida ni un trabajador, sino por el contrario, que sea una fuente de empleo”, explica Carrillo.

Es por esto que la Unión Sindical Obrera, como conclusión de la 2da Asamblea Nacional por la Paz que impulsó en 2015, hoy integra la Mesa Social Minero-energética y Ambiental, donde reunidos con sectores ambientalistas, obreros, sociales y políticos discuten la necesidad de trascender la política de despojo y degradación ambiental y social, para construir una que se piense los derechos de la naturaleza, y en su caso, la transición paulatina hacia energías limpias. Carrillo quien también participa de esta iniciativa, cuenta que “este sindicato tiene unas cosas claras ya, por ejemplo, no cambia agua por petróleo. Este sindicato, por ejemplo, no permite que a pocos metros de un río se vaya a perforar un pozo petrolero... eso está claro. Lo que pasa es que no es de un día para otro que cambien las cosas, es un proceso. Son desafíos no solamente del sindicato, sino de la sociedad”.

Luz Perla Cardozo se levanta temprano en medio del canto del gallo y el revolotear de sus aves. Con juicio y dedicación comienza el día poniendo a secar los forrajes que son la base sustancial de su producción de gallina criolla. Una vez pone las hojas a deshidratar, alimenta sus gallinas que son parte fundamental de su vida, una forma de defender el territorio y de reivindicar la memoria de su esposo.

Todos los días, mientras las alimenta, Luz Perla trata de responder las preguntas que retumban en su cabeza. ¿Por qué razón cometieron el indignante crimen? Aunque los autores materiales respondieron algunas preguntas ante Justicia y Paz, aún quedan interrogantes sin resolver. ¿Y los actores intelectuales…? Aquellos que señalaron, aquellos que ordenaron. ¿Dónde está la verdad? Hoy, lamentablemente, la única respuesta de Luz Perla es la impunidad.
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Al asomar los primeros rayos de sol inclemente que baña el Sur del Tolima, el lunes 25 de marzo del 2002, sobre las cinco de la mañana, la angustia levantó a Luz Perla, a su esposo Baudelino y a sus hijos. Luz Perla le recordó a su esposo que desde el sábado hombres pertenecientes al Bloque Tolima de las autodefensas habían ido a su finca a buscarlo.

La primera vez llegaron en un taxi amarillo hasta la entrada ubicada a escasos 30 metros de la carretera que comunica el municipio de Natagaima con el corregimiento de Castilla, situado en el municipio de Coyaima. La fisonomía y el acento delataba que los hombres no eran de estas tierras ancestrales. Una vez entraron en la finca Altagracia, preguntaron por Baudelino. Al ver que no estaba decidieron hablar con Luz Perla. Le exigieron que contribuyera con las necesidades del grupo armado entregándoles dos reses del resguardo Palma Alta cual era gobernador Baudelino. Al siguiente día —el domingo 24 de marzo— volvieron a buscar al Gobernador, pero no lograron encontrarlo. Esta vez entraron con el vehículo hasta la puerta de la casa, y avisaron que al siguiente día volverían.

Tras conocer la situación, Baudelino decidió reunirse con los integrantes del resguardo quienes le aconsejaron entregar las dos reses para que no molestaran más a sus familias. Además, la comunidad insistió que el Gobernador, y los compañeros más visibles en los escenarios de movilización y organización indígena, debían salir de la región o tomar medidas frente al inminente riesgo.

Luz Perla, en la misma sintonía de aquel clamor comunitario, le pidió a su esposo que se fuera del territorio, pues lo peor estaba por venir. Él, con coraje y dignidad, le dijo: “No lo haré, no debo nada y no tengo porque irme”. Ella sintió escalofrío al escuchar su respuesta. Y deseó no tener miedo, doblegar la angustia de perder a su amado compañero, al padre de sus hijos, al apoyo del hogar y de la comunidad.
La mañana del lunes 25, Baudelino abrazó a Perla quien organizaba una ropa para ir a lavarla en la quebrada Guaguarco. Él le manifestó su deseo de acompañarla y estar a su lado para brindarle algo de tranquilidad en esos momentos donde tanto necesitaban el uno del otro. Ella, entusiasmada, alistó todo en una carretilla y salieron rumbo a la quebrada. Cuando avanzaron un poco vieron que se acercaba aquel taxi amarillo. Ambos sintieron temor. Baudelino pensó que esa era la posibilidad para solucionar el problema, mientras que Luz Perla sintió un escalofrío.

Del auto se bajaron cinco hombres y preguntaron por Baudelino. Él se presentó con el ahínco característico del indígena pijao. Baudelino les dijo que tenía listas las reses que pidieron y que con gusto les diría cómo podían llegar hasta ellas. Los hombres le pidieron que los acompañara a recogerlas. “No hay necesidad que yo vaya, pueden ir ustedes mismos a recogerlas, les daré la indicación de cómo llegar”, respondió Baudelino. Los criminales le ordenaron que debía ir con ellos porque su jefe deseaba conversar con él. Baudelino, temiendo por su familia, les dijo que lo esperaran, que rápidamente se arreglaría.

Luz Perla, con la angustia de quien se encuentra rodeado por el verdugo, corrió detrás de él. Al entrar en la casa, mientras se colocaba sus botas, Baudelino bajó la mirada. Sin voltear la cara se quitó su argolla de matrimonio. De repente miró a sus hijos y luego, observándola fijamente, le entregó la argolla a su esposa y salió del hogar para ponerse a disposición de los paramilitares.

Los hombres subieron a Baudelino al carro. Iba en medio de los captores en la parte trasera del taxi. El Vicegobernador, que se encontraba afuera de la casa de Perla y Baudelino, dijo que si se llevan al Gobernador debían llevárselo también a él. Los hombres respondieron que eran cinco y con Baudelino llevaban sobrecupo. Desobediente, el hombre abrió la cajuela del taxi y se metió en ella. La suerte estaba echada.

Luz Perla y sus hijos miraron con angustia cómo el carro abandonaba el predio. El carro tomó carretera y pasó por un retén de la Policía que no le prestó atención al sobrecupo del automotor. El auto se detuvo en una estación de gasolina, al parecer su dueña estaba vinculada con los paramilitares. Allí bajaron al Vicegobernador y le ordenaron que se fuera. A pesar de su insistencia los captores siguieron su camino sin él.

A las 10:30 de la mañana, el carro llegó hasta el cruce de La Molana, una vereda del municipio de Natagaima, de allí tomaron rumbo hacia el río Magdalena. Sin haber avanzado mucho el carro se atascó por lo deteriorado del camino. En ese momento se bajaron los tripulantes y de forma fría y cobarde, aproximadamente a las 10:55 a.m., asesinaron a Baudelino.

Luz Perla pasó horas de angustia, desespero y dolor. Esa misma tarde, a eso de las dos de la tarde, llegó en una moto uno de los hombres que se había llevado a su esposo. Alterado le dijo: “Vieja hijueputa, entrégueme las armas”. El verdugo entró por la fuerza, revolcó la casa, y solo encontró una vieja escopeta de fisto, herramienta muy común entre los pobladores de la zona. Perla, desconsolada, le preguntó por Baudelino, a lo que el hombre simplemente respondió que en un rato llegaría, que estaba en una de las fincas cercanas.

Sobre las cinco de la tarde, cansada de esperar, Luz Perla, acompañada por el Vicegobernador, fue hasta el corregimiento de Castilla a preguntar por su esposo. Aunque allí era frecuente la presencia permanente de paramilitares, no encontraron rastro de los criminales.

Al otro día, el martes 26, Baudelino tampoco regresó. Luz Perla agarró su bicicleta y partió hacia el pueblo. Allí, un allegado de la familia le dijo que había un muerto sobre La Molana, que fuera a ver si podía identificarlo. El conocido sabía que era Baudelino, pero no tuvo el valor de darle la noticia. Ella también presintió que era su esposo, y en ese momento sintió que moría una parte de su vida.

A los tres meses del asesinato, los hombres de la muerte volvieron. Encerraron en el baño a Perla y a sus hijas, y destruyeron la casa. Después del suceso Perla decidió irse de su finca Altagracia. Se internó en los predios de la comunidad, y gracias a la ayuda de los miembros del resguardo logró levantar una casa.

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El crimen no solo transformó la vida de Luz Perla, también el espíritu de la comunidad. El resguardo Palma Alta hace parte de la Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT). Esta organización vivió de manera macabra e impune el accionar de los paramilitares. Según el informe número 1 “De los grupos percusores al bloque Tolima (AUC)”, elaborado en el 2015 por el Centro Nacional de Memoria Histórica, sobre la ACIT se cometieron el 60% de los homicidios, el 88% de las desapariciones forzadas y el 80% de las masacres perpetradas por este grupo paramilitar en el Sur del Tolima. Todos estos crímenes no son simples datos. Son muestra del atropello y la intención de desaparecer una organización política de la región. Familias enteras aún lloran con dolor al recordar esos años siniestros.

A pesar de las dificultades, el dolor, el abandono estatal y la impunidad, Luz Perla ha logrado salir adelante con valentía y heroísmo. Luego de estos hechos, apoyada por un líder comunitario y concejal llamado Alberto Márquez, el cual también fue asesinado, Perla recibió apoyo psicológico y jurídico. “Entendí que no soy la única víctima. Son cientos de mujeres y familias que tristemente hemos pasado esta situación y que hemos exigido siempre al Estado verdad, justicia, reparación y sobre todo protección para que nunca más esto vuelva a ocurrir. Es que es muy verraco pasar por todo esto y al final no saber a ciencia cierta quiénes y por qué razones cometieron estos crímenes”, señala Luz Perla quien actualmente se desempeña como defensora de derechos humanos.

Los políticos locales que la comunidad señala como precursores y aliados de los paramilitares nunca han respondido por los hechos. Los policías que jugaban fútbol con los criminales en las narices de la población tampoco responden. Las familias que impulsaban, financiaban y rodeaban el Bloque Tolima de las AUC mucho menos.

A pesar de la impunidad, poco a poco Luz Perla logró emprender un camino en el cual descubrió la producción agroecológica de gallinas criollas. Su propuesta productiva, con la cual defiende el territorio del que ha jurado nunca salir, parte de estos animales a los que cuida y alimenta con dedicación. Luz Perla ha decidido extender los aprendizajes a otras mujeres y familias víctimas de todo el accionar paramilitar, para que, al igual que ella, puedan sacar adelante la vida de sus seres queridos. “Las gallinas en la finca son la alegría, son una excusa para luchar, son una motivación para vivir. Una finca sin gallinas es fría y vacía, es casi como una casa sin niños”, asegura emocionada Luz Perla.

Luz Perla es una heroína, una mujer luchadora que provoca enorme admiración. Ha sido gobernadora del resguardo Palma Alta y es una líder que ejemplifica la defensa del territorio, de las víctimas, las mujeres, la cultura, y la biodiversidad.

Aún nos duele el Salado, Mapiripan, El Aro, Frías y todos los actos de barbarie cometidos por los paramilitares en todo el país. Aún nos da rabia recordar los compañeros de la ACIT cobardemente perseguidos y asesinados. Aún no hay perdón ni mucho menos olvido.

Desde la periferia Luz Perla nos invita a resistir. Con sus gallinas nos invita a tejer siempre propuestas dignas para luchar. Con su corazón nos contagia de dignidad y nos da razones para mirar el sur de Baudelino, Alberto, Efrén y todos los compañeros asesinados por los paramilitares. Nos recuerda que por ellos ni un minuto de silencio, porque en nuestros corazones siguen vivos.

–Mamá, mamita, dejáme descansar. Agarrá esa polla que no aguanto caminar más–, decía la señora María aquella tarde en que, siendo una niña, llegó a la vereda con su papá, su mamá y un novillo al que ponían a cargar los pocos corotos que poseían. Venían de lejos, las quejas de María lo mostraban. Buscaban una tierrita para sembrar y para vivir, y llegaron a Piedras de Moler, una vereda del corregimiento de San Pablo, Teorama, en Norte de Santander. Años antes, en 1945, aquellas montañas habían sido fundadas por don Luis Carrascal y su hermano, quienes al tiempo crearon la Junta a través del Comité de Cafeteros.

–Mire al frente–, dijo María esperando que mi mirada se dirigiera hacia donde apuntaba su mano. –Cuando eso, San Pablo pa' arriba era solo montaña. No había casa. No había nada, solo montaña. Subíamos por esa trocha. Recuerdo que mamá me dijo que descansara, que dejara a esa polla a un lado y me acostara. Recostada en el pasto vi las sombras de todos, eran distintas con tanto coroto y olla encima. Ellos también dejaron la carga a la orilla y se acostaron a descansar. Mientras papá amarraba el novillo a un palo, bajó Francisco Acosta, buen hombre él, que terminó siendo compadre nuestro.

–¿Pa' dónde la llevan? –, preguntó Francisco.
–Más arriba. Luis Angarita me va a vender un pedazo de tierra que tiene por ahí–; respondió don Jeremías, el papá de María. –¡Ay! Pero vamos tan retrasados y esta niña no nos aguantó más, no quiere caminar más–, comentó.

–No, por eso no tenga pena, yo le ayudo a llevar la niña hasta la casa mía–, respondió el hombre. María corrió hacia él y de un solo salto se subió a la espalda de Francisco, quien la cargó por los siguientes veinte minutos. La familia de la niña se puso en pie y siguieron al hombre que cargaba a la pequeña en la espalda, la polla en la mano izquierda y la machetilla en la derecha para cortar la maleza que nunca faltaba en el camino. María no dudó un segundo en quitarle el sombrero a Francisco para protegerse del sol abrazador.

–Solo había dos ranchos, este en el que estamos y el que se ve allá, pero de palma–, me dijo María. –Con palos parados y palmas se construían los ranchos. Nuestras camas eran esteras que mamá hacía con palma y extendía en el piso o sobre palos amontonaditos–, agregó la mujer.

Cuando llegaron a la casa de Francisco Acosta, la pequeña María supo que su descanso terminaría. –Ay mamita, tiene que volver a caminar, de aquí pa' arriba no hay quien la lleve–, le confirmó su mamá. María le devolvió el sombrero al hombre que le había permitido unos minutos de descanso. Volvió al camino, llorando y con la polla en sus manos. Quince minutos después llegaron donde Wicho, el hombre que les vendió las tierras, cuarenta hectáreas por trescientos mil pesos. El papá de María le pagó con trabajo, pues sabía que la mula le ayudaría a traer la yuca y el plátano. En ese animal estaba el único sustento de la familia.

Un año más tarde, mientras la familia trataba de adaptarse a su nuevo hogar, por medio de la Junta de Acción Comunal llegó la nueva maestra a la escuela. Sin embargo, la ilusión de recibir clases duraría poco, el papá de María insistía en que las mujeres no debían estudiar.

–Eso es pa' que después empiecen a escribirle carta a los novios. Es mejor no darles estudio–, decía el hombre a la mamá de las niñas, quien le suplicaba al ver que sus hijas querían ir a estudiar. –Que las hembras se van muy rápido–, argumentaba don Jeremías al verse rodeado de súplicas en el comedor, el corral, la siembra y el camino a casa.

Aunque las hermanas mayores no fueron a la escuela, el paso de los años hizo cambiar de parecer el viejo Jeremías, quien, luego de la insistencia de su esposa, dejó que las niñas pequeñas aprendieran a leer y a escribir. No haber estudiado es algo que María ahora, con cincuenta y siete años, se reprocha. –Papá no pensaba en que estudiáramos o no, finalmente nos íbamos a enamorar y nos iríamos de la casa–, señala María, levantando sus hombros. Hoy recibe clases con un programa de alfabetización en el Colegio de San Pablo. –Mi deseo siempre ha sido aprender, quiero aprender para ser concejal–, dice con la frente en alto.

María piensa que la vida no la ha tratado muy bien. Se casó muy joven, dejó a sus nueve hermanos y a su madre para ir a vivir con el papá de sus hijos, a quien matarían quince años después. Con siete niños pequeños, comenzó a sortear sola los caminos de la vida. Al paso de los años, sus hijos comenzaron a crecer y a desear valerse por sí solos. –Pues si les toca ya salir a jornalear, vayan por allá a hacer contratos y a trabajar pa' que compren aunque sea la ropita–, les respondía a sus hijos cada vez que conseguían trabajo en las fincas aledañas, sin pensar que al poco tiempo también matarían a su hijo mayor. Cuando lo recordó, un silencio profundo se apoderó del espacio. María tocó su cuello con la mano derecha, dejando ver el peso de los años que dibujaban las líneas de expresión, y las quemaduras del sol en una mano que años atrás recogió tierra para lanzar sobre los ataúdes de madera de su hijo y su esposo.

Una tarde, mientras terminaba de arreglar las yucas para la comida, sintió que perdería un hijo más. –Me habían cogido al pelao del Filo me lo trajeron como el que trae a un animal de aquí, clavado–, decía María mientras, con su mano derecha, sujetaba la parte de atrás de su cuello y caminaba dos pasos hacia adelante. –¿Y sabe por qué? Porque él salió con una blusita negra–, respondió inmediatamente.

–Este perro tiene que ser algo. Este perro lo matamos porque lo matamos–, decían los uniformados con sus fusiles, sintiendo el poder desde el calibre del arma. Juan, el ajusticiado y reprimido hijo de María, no guardó silencio. –Si me van a matar, háganlo en la casa de mi mamá, no aquí–, les habló el joven de quince años a los armados. No querían creerle que tenía mamá y que vivía en esa remota vereda de San Pablo con ella y sus otros hermanos. Cuando María escuchó los alaridos en el patio, dejó caer la yuca y el cuchillo y salió a ver lo que ocurría. En el patio de su casa estaba Juan, con los brazos amarrados, arrodillado y rodeado de uniformados.

–Uy, y eso usted por qué trae al hijo mío así, por qué me lo trae amarrado y aporreado–, les cuestionó María rápidamente. –Porque este perro trabaja con la guerrilla–, respondió el superior, sin medir sus palabras. –¿Y cómo es que lo aseguran ustedes?, ¿le encontraron un arma o qué?–, preguntaba iracunda aquella madre. –Hágame el favor y me suelta a ese niño ya, porque él es hijo mío y usted no tiene por qué traérmelo así, o dígame por qué lo hicieron–, les gritaba la mujer. –¿Es que no se fija en su manera de vestir?. Mírelo, con una blusa negra, como los insurgentes–, insistía el hombre, quien parecía sentir que con aquel acto rescataba lo más ejemplar de la justicia colombiana. –Entonces, si ahora el hijo mío se enamora de una blusita tiene que pedirles permiso a ustedes. No. ¿Sabe qué es lo que usted merece?, que yo vaya a buscar a su mando y lo acuse. Usted es el del delito, porque ellos no lo mandaron. Lo voy a acusar pa' que usted aprenda que los hijos valen, no es nada más que cogerlos y matarlos en el camino como están ustedes enseñados–, dijo María, en defensa de su hijo y con el más puro amor de madre.

El nuevo milenio comenzó para el corregimiento de San Pablo con la arremetida paramilitar. No había pasado mucho tiempo desde que María había juntado unos pesitos para comprar la casa en el pueblito, pero la llegada de tanto hombre armado hizo correr a todos. Días antes había puesto a sus hijos mayores a hacer el bachillerato, ella siempre procuró enseñarles cuán importante era el estudio. En la madrugada, María despertó a sus hijos y les dio el dinero que tenía ahorrado para que escaparan a un lugar seguro, porque si de algo estaba segura era de que no quería enterrar a otro hijo. Luego de despedir a todos, María preparó a Susana, su niña pequeña, y tomó el bus de las 5:30 a.m. camino a Ocaña, La Provincia. Cuatro meses duró lavando y planchando para poder ganar cinco mil pesos, dinero que tenía que dividir entre el arriendo, la comida y el colegio de la niña.

–Sabe usted, creo que mi marido tenía razón cuando decía que nuestra vida debía ser escrita en una novela, ¿no le parece?–, dijo María riéndose, mientras la llamaba su hija desde la puerta. –Yo creo que cada experiencia suya merece ser contada–, le respondí.

Es plena década de los setenta y huele a renacer; llegan a Cocorná Estación, en el municipio de Puerto Triunfo, de la mano de un curita, que se comporta como alguien del común, un nuevo estilo de formar Iglesia y organización comunitaria.

 

Estación Cocorná es un caserío en torno a una parada de la línea férrea que recorría el Magdalena medio antioqueño; es un corregimiento de Puerto Triunfo, cuenta con extensos valles, con abundantes ríos y con tierras muy fértiles que en su mayoría son utilizadas para la ganadería extensiva.

En esos parajes, a orillas de los ríos Cocorná y Ríoclaro, se encontraban desde los años cincuenta ocho familias numerosas que habitaban en confortables casas de cancel (madera). Era un vecindario que había construido una hermandad; tenían una escuela, a la que asistían cerca de cuarenta niños, y una inmensa cancha de futbol que quedaba más arriba a unos diez minutos, donde se reunían todas las tardes a jugar y a compartir, ambas construidas a punta de convites. Este territorio constituye una vereda llamada Santa Rita.

Por allí, en el punto exacto donde confluyen aquellos ríos, estaba la finca de los Buitrago Ramírez, campesinos oriundos de una vereda del municipio de San Luis, que después del nacimiento de Gustavo, su primer hijo, se fueron a abrir montaña. Para esa época ya tenían once hijos, de los cuales uno murió de un ataque de parásitos todavía siendo bebé, y otro a los ocho años de edad en un accidente en la finca. Su casa estaba ubicada a la mitad de la cuesta cerca del río Cocorná, a diez minutos de travesía a la escuela y a veinte minutos de la cancha. Desde la casa hasta la desembocadura del Ríoclaro, donde estaban los cultivos y el campamento para guardar las cosechas, hay media hora.

La familia Buitrago Ramírez recibió en su corazón la semilla del hombre y la mujer nuevos. Además de las sendas veredales, comenzaron a recorrer nuevos caminos: los de la utopía de una nueva sociedad donde la dignidad humana, la paz con justicia social y la vida plena no sean solo un anhelo de la inmensa mayoría del pueblo, sino una realidad que se sienta en cada corazón.

Herlinda Ramírez, madre, asumió el compromiso en toda su dimensión, entregándose al trabajo comunitario, y a las comunidades cristianas. Manuel, por su parte, se vinculó de la misma forma a las actividades que implica ser un líder, asumir verdaderamente el compromiso cristiano; cambió las cantinas por las actividades de las organización comunitaria, los convites, la cooperativa, las jornadas de solidaridad; los muchachos Gustavo, Carlos, Alirio y además los parientes de los esposos Buitrago Ramírez ya no eran jóvenes; además de crecer físicamente, crecían en el aspecto espiritual y político, asumieron tareas de organización comunitaria, se batían día a día por un mejor vivir.

“En las noches me decían: 'bueno papá, ¿qué vamos a hacer mañana?' y nos sentábamos y hacíamos el plan de trabajo para el otro día; algunas veces combinando el trabajo en la finca con tareas de comunidad, solidaridad para las comunidades más alejadas… mis hijos nunca me dejaron solo trabajando la finca… se vive un ambiente de mucho entusiasmo. ¡Ah que veredita tan buena! A parte del trabajo comunitario, el padre Bernardo López Arroyave nos animó a conformar una cooperativa, ya teníamos un johnson en el que traíamos la mercancía de Puerto Boyacá, y vendíamos más barato que en el pueblo quizá…”, cuenta Manuel mientras descansa de hacer labores que aún realiza a sus ochenta y siete años, cumplidos el pasado primero de noviembre.

Pero tanta dignidad y altivez cuestan caro, y esta familia pagó un precio muy alto; el 17 de septiembre de 1982, después de un atentado fallido contra Bernardo, dos policías de Estación Cocorná y tres paramilitares irrumpieron en la finca preguntando por Manuel Buitrago, quien se encontraba realizando trabajo comunitario por fuera de la casa. Allí asesinaron a dos de sus hijos, Alirio y Carlos, a Gildardo, hermano de Herlinda, a Marcos Marín, un niño de diez años que se encontraba de visita en la casa, y a Fabián, un sobrino de Manuel, hijo de Horacio Buitrago. Horacio colaboró con los sicarios, y lo siguió haciendo luego del crimen.

Herlinda y dos niños menores escaparon de ser asesinados porque se ocultaron en la zona boscosa. Cuando Manuel regresó, encontró una escena de dolor. Debajo de un árbol yacían sin vida cinco de los más jóvenes de la vereda, sus familiares. Su esposa no estaba en casa; el desespero lo invadió, pero recobró el valor para buscar al resto de su familia, que al cabo de un rato aparecieron.

Los vecinos se reunieron, y a raíz de la negativa de las autoridades civiles de levantar los cadáveres y realizar las necropsias, la comunidad decidió llevarse a sus muchachos y realizar las exequias. La familia Buitrago Ramírez, a causa del inminente riesgo de ser exterminada, no regresó a la finca nunca más.

A pesar de lo que significó este duro golpe para ellos, mantuvieron la esperanza. Herlinda escribió a las Comunidades Cristianas Campesinas: ''Esto es un caso muy doloroso para nosotros, pero mis hijos no murieron. Ellos siguen vivos en el corazón del pueblo y su sangre le da vitalidad a la comunidad”. Más adelante refiere: “Todo el pueblo lloró a mis hijos porque no encontraban delito para haberlos matado tan dolorosamente”. Y luego: “…siguen siendo vivos entre todos nosotros para siempre. Porque el que ama a sus hermanos hasta dar su vida por ellos tendrá la vida eterna”.

Herlinda Ramírez murió, pero sus sencillas palabras aún retumban en el corazón del pueblo que hace viva su esperanza. Porque siempre se repuso y surgió como el ave fénix después de cada golpe, ya que ese no fue el único: esta familia además perdió a otros cuatro de sus hijos violentamente, a manos de paramilitares y funcionarios del Estado.

El Movimiento Social por la Defensa del Agua, la Vida y el Territorio, Movete, es una articulación de organizaciones sociales, juveniles, ambientales y campesinas que nació en el 2013, por la necesidad de trabajar en conjunto para el Oriente de Antioquia. Este ejercicio de resistencia y defensa del territorio tiene un antecesor en el Oriente antioqueño: el Movimiento Cívico.

 

El Movimiento Cívico, una lucha que no culmina
Desde que el Oriente antioqueño, en la segunda mitad del siglo pasado, se colocó como un polo de desarrollo a nivel nacional e internacional con la construcción de la autopista Medellín - Bogotá, el aeropuerto José María Córdova, más la expansión urbanística desde el Valle de Aburrá hacia el Oriente cercano y la llegada de las hidroeléctricas, las comunidades empezaron a verse afectadas. Fueron las altas tarifas de energía para esta región productora de la misma, lo que motivó a la conformación del Movimiento Cívico del Oriente antioqueño, quien desde entonces emprendió un ejercicio de organización y movilización.

Beatriz Gómez, oriunda de La Unión, Antioquia, hizo parte del Movimiento Cívico en el Oriente antioqueño desde 1993. Tratando de recordar cómo inició labores la organización, logra acertar con precisión cuando afirma que “hubo muchas personas 'tesas' y 'berracas' trabajando por las comunidades y la defensa de los territorios y del agua”. Doña Beatriz, algo nerviosa y un poco agitada, tal vez por sus 68 años de edad,  de los cuales dedicó más de 30 a la lucha y al Movimiento Cívico, recalca con orgullo que en el Oriente antioqueño se peleó en primera instancia contra uno de los servicios de energía más costosos del país.

Beatriz expresa con altivez que en ese suceso contra la empresa de energía Grupo Unión, quien suministra actualmente el servicio en el municipio de La Unión, inició en 1998, y que los líderes llevaron a cabo acciones de hecho como quemar llantas para visibilizarse. En esos años de tensión, doña Beatriz cuenta que se hacían reuniones clandestinas por el temor a la amenaza y el sometimiento, pero que aun con ello el amedrentamiento logró dispersar a los miembros del Movimiento Cívico.

Sin embargo, manifiesta con una alegría efusiva en su tono de voz que sus dos hijas han heredado parte de esa motivación, por lo que María*, la mayor de ellas, trabajó en la Gobernación de Antioquia y ahora está en la Alcaldía de Medellín debido a sus iniciativas. La otra hija de doña Beatriz, Luz Dary Valencia, junto a su nieta, Alejandra Valencia, se encuentra apoyando organizaciones sociales que se empeñan en defender el territorio en el Oriente, como la Tulpa Comunitaria y el Movete, las cuales actualmente se esmeran por retomar ese mecanismo de lucha.

"El Movimiento Cívico me dejó algo hermoso. Más que miedos, satisfacciones, y le pude abrir los ojos a muchas personas y muchos jóvenes, y el trabajo con la memoria colectiva ha sido fundamental. Hoy la intención por retomarla con la lucha contra el extractivismo es una forma atrevida pero genial de trabajar por el territorio y reactivar la memoria”. - Beatriz Gómez.


Constitución del Movete y los actuales escenarios de conflicto
La Mesa de Derechos Humanos del Oriente antioqueño presentó en el 2012 un informe alrededor de la crisis humanitaria dada por la creciente presentación de proyectos extractivos en el territorio; mostró 52 pedidos de concesión para micro o macrocentrales e hidroenergéticas para ese período.

Esta fue la primera motivación, pero no la más importante para el surgimiento del Movete, pues según explica Juan Bernal, quien pertenece a Conciudadanía e integra el movimiento, por otro lado el Equipo Departamental de Servicios Públicos y Pobreza (EDSPP) que venía actuando en el Oriente junto a otras organizaciones, visibilizó desde años anteriores las problemáticas con el agua desde esta parte de Antioquia.

En el 2013 se logró juntar la propuesta de la Asamblea Bosques con la planteada por el EDSPP, La primera trataba de identificar las problemáticas adyacentes en los proyectos extractivistas y la segunda proponía el Festival del Agua como mecanismo para unir al Oriente antioqueño, poniendo en claro las actividades mineroenergéticas y las consecuencias que se pretendían en el territorio. De esta manera, y desde el primer Festival, el cual reúne anualmente a unas mil personas, se trabajan cinco líneas: Hidroenergía, la minería, monocultivos, la seguridad y la soberanía alimentaria, y conflicto armado (víctimas y memoria).

Luego de esto se evaluó el Festival del Agua y se consideró crear un actor para tal manifiesto, por lo que se consagró el Movete y nació oficialmente a finales de noviembre del 2013.

A pesar de lo anterior y la adaptación de las luchas hechas por el Movimiento Cívico, Johan Higuita, un estudiante de la Universidad de Antioquia de 24 años de edad y quien lleva dos en el Movete, asegura que las “movidas” de los gobiernos de turno para conceder terrenos a las multinacionales “generaron principalmente avances en las estrategias paramilitares, quienes legitimaban los proyectos en la región frente a la resistencia que venían desarrollando las comunidades”.

Antioquia está en un momento álgido, por lo que Movete se activó para organizarse, informar y luchar contra las microcentrales, reforzando las relaciones entre las comunidades y adelantando algunas acciones jurídicas para buscar formas de resistencia a estos proyectos, así como germinando movilizaciones que concienticen a las poblaciones del Oriente antioqueño. Lo que se viene en términos de políticas de Estado es preocupante, pero este tipo de expresiones que heredan otras formas de lucha prometen una apuesta solidaria con el departamento, las comunidades y el medio ambiente.

*El nombre de la mayor de sus hijas fue cambiado por petición de Beatriz.

Corrían aires de rebeldía, coletazos de mayo del 68 en Francia, de los curas rebeldes junto a los tugurianos en las periferias, se agitaba el poder negro y el movimiento LGTBI en el norte. Mientras los jóvenes en el mundo exigían con espíritu antiimperialista el fin de la guerra en Vietnam, en Colombia los estudiantes comenzaban a elevar consignas por el derecho a la educación. Así iniciaba la década de  los años 70.

Luis Fernando Barrientos vivía en Caicedo La Toma, un barrio alargado y de calles apretadas en donde todos se conocen, ubicado en el Oriente de Medellín. A diferencia de sus amigos, Barrientos no era muy hábil con el baloncesto, el fútbol o en las caminatas que realizaban a Santa Elena, sin embargo era un curioso de toda clase de aparatos electrónicos. “Mi recuerdo de Fernando es el de un hombre muy bondadoso, proclive a cierta ingenuidad casi natural, en el sentido de que era muy receptivo y una persona supremamente tranquila, su aspecto coincidía justamente con esto; era regordete, pausado en habla y en la forma de caminar”, rememora Gabriel Murillo, quien fue su amigo y ahora es profesor de la Facultad de Educación en la Universidad de Antioquia.

Su familia estaba conformada por su madre, padre y hermana, a la cual –recuerda Gabriel– quería de manera especial. La situación en su hogar no era fácil, ellos dependían en gran medida de los oficios de limpieza en los que trabajaba su madre en el centro de la ciudad, quien toda su vida había sido obrera y a causa de la quiebra de la fábrica, en la que trabajó durante 17 años,  no tenía nada en sus manos. Sin embargo los esfuerzos de esta madre siempre estuvieron concentrados en sacar adelante a sus hijos, por esto se levantaba a las tres de mañana para preparar las labores del hogar, a las seis los dejaba donde una vecina y salía a trabajar. Luis Fernando era la esperanza de progreso para su hogar, sobre todo al conseguir ser admitido a Ciencias Económicas  en la universidad pública del departamento: la Universidad de Antioquia.  

En aquellos días era sencillo reconocer un estudiante, la principal sospecha recaía sobre su  juventud, la cual  era acompañada por un libro bajo el hombro porque no  eran comunes las copias ni los morrales, y esto era evidencia de que en aquella mente existía la necesidad de movimiento y transformaciones, en un país quieto y con destino confinado a los intereses del agotado Frente Nacional.

Gabriel y Luis Fernando tenían esas inquietudes en su mente, por esto junto con otros vecinos y el zapatero del barrio comenzaron un grupo de estudio en donde leían un poco sobre Lenin y Mao, y las revoluciones que aquellos hombres consiguieron a una distancia incalculable de este barrio poblado por la clase obrera, donde se había proclamado a María Cano como “La Flor del Trabajo” casi 50 años atrás.  

Para 1973 Barrientos ya estudiaba Economía, sin embargo, en sus planes estaba pasarse a Ingeniería Electrónica para darle rienda a las curiosidades que cultivaba. La ciudadela universitaria llevaba apenas cuatro años de inaugurada y era abierta y de libre circulación para la ciudad; algunos  espacios todavía estaban en construcción, por lo cual funcionaban sólo unos bloques, entre ellos  la biblioteca, refugio de muchos estudiantes que hasta tarde permanecían estudiando los libros, que en la mayoría de los casos eran su principal y única fuente de consulta.  

Pero no sólo se dedicaban a estudiar, también había espacio para las revoluciones del espíritu. Durante los intermedios de las lecturas y discusiones sobre los procesos en Rusia y China, el grupo de amigos de Barrientos escuchaba Opera en el tocadiscos del Zapatero, ya que el artesano amigo era un apasionado coleccionista y  conocedor de este género. Luis Fernando para entonces también tenía una relación amorosa en secreto con una vecina mayor que él, y esto generaba en sus amigos un tema para todo tipo de bromas.  Su madre, por su parte, esperaba con ansias tener el diploma que le concedería un título a su hijo y justificaría los esfuerzos cotidianos.

Pronto sobrevino el 8 de junio de 1973
Este día se realizó una asamblea en el Teatro Comandante Camilo Torres para conmemorar el día del estudiante caído y combativo, un homenaje a nombres como Gonzalo Bravo Páez y Uriel Gutiérrez, estudiantes asesinados a manos del Estado colombiano. Además de la conmemoración, la sesión también abordó los incumplimientos de la Universidad en el tema que desde el 71 los estudiantes venían agitando con su programa mínimo: el cogobierno. Esta discusión, recuerda Gabriel, tuvo una participación masiva del estudiantado.

Al salir del teatro el sol golpeaba con fuerza sobre la todavía anónima plaza principal de la universidad. Gabriel, junto a algunos compañeros, fue a almorzar a unas pocas cuadras de la ciudadela, y al regresar lo sorprendió la noticia en la radio que pregonaba el nombre de su amigo. Luis Fernando Barrientos resultó asesinado por un agente infiltrado del DAS, de nombre Maximiliano Zapata,  en la esquina de la avenida Barranquilla con Ferrocarril. Su cuerpo cayó luego de ser disparado un proyectil detrás de una camioneta, mientras se manifestaba a plena luz del día en un mitin y  acompañado de otros estudiantes. Este mitin, considera Gabriel, podría haber sido el primero de Fernando, pero resultó suficiente para que perdiera la vida.

Tendido sobre la calle, el cuerpo de Fernando fue levantando rápidamente por el grupo de estudiantes que pronto se multiplicó y lo cargó  hasta el escritorio del rector de la Universidad, en búsqueda de explicaciones a lo sucedido.  Allí, tal vez a causa de una bomba molotov de alguno de los estudiantes enfurecidos, el fuego se propagó y terminaría por incendiar todo el bloque administrativo. Después de esto el cuerpo de Luis Fernando desapareció. Los que decían ser autoridades intentaron sepultarlo prontamente para disipar lo ocurrido, sin embargo la madre de Luis Fernando, cual Antígona, se mantuvo terca, exigiendo que el cuerpo de su hijo apareciera. Ante su furia, el cuerpo retornó.

Al día siguiente las calles estrechas se colmaron de gentes, en el barrio de Fernando no cabía una persona más, pero tampoco había espacio para más indignación. Cuando el Ejército quiso intervenir la ceremonia en el transcurso de la tarde, fue expulsado por el grupo de estudiantes, amigos y conocidos de Barrientos, quienes con palos y con lo que tenían  a mano se enfrentaron a  la fuerza pública, hasta que esta, temerosa, decretó el toque de queda.
Ese año la universidad cerró temporalmente. Tiempo después aparecieron las cercas delimitando sus márgenes y a la plaza principal de la Universidad los estudiantes la nombraron en honor a  Luis Fernando. Su memoria se volvió una anécdota sin rostro que se cuenta por los pasillos, pero que no consiguió impedir que un hecho como este volviera a suceder.

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Casi 20 años después de la tragedia de Machuca en el nordeste antioqueño (18 de octubre de 1998),  en donde un estallido de un oleoducto a manos de fuerzas del ELN provocó un desenlace trágico de 84 muertos, el periodista irlandés Gearoid  Padraig Ó Loingsigh, quien por un tiempo vivió en Segovia, escribió un libro en el cual investigó elementos que nadie había puesto de relieve y que involucra además del ELN, la responsabilidad de Ocensa y el Estado colombiano en dicha tragedia. Periferia habló con él sobre la obra que será lanzada el 3 de octubre en Quito - Ecuador.

Periferia: ¿Cuál fue la razón que lo motivó a escribir este libro justo en este momento que hay un proceso de paz con el ELN?
Gearoid: Independientemente de este proceso, la verdad es necesaria, hay cosas qué  escribir sobre Machuca y lo iba a hacer con o sin proceso de paz con el ELN. 84 muertos y quemados en medio de semejante tragedia da escalofrío, pero hay necesidad de presentar otras explicaciones distintas a la que ha dado el Estado, que no ha escuchado ni leído la sociedad, por ejemplo en materia de industria petrolera, y el impacto de esta en la tragedia. No defiendo al ELN, pero creo que esta organización tiene razón en muchas cosas frente a la industria petrolera, por eso sale mejor librado en el libro que las empresas y el Estado.

P: ¿Cuáles son esas cosas que la gente no sabe o no ha leído o escuchado sobre la industria petrolera?
G: Pues la misma industria, y los Estados hacen hasta lo imposible para que no se sepa que esta es una actividad de mucho riesgo; que las explosiones en los oleoductos son más comunes de lo que se cree, que un oleoducto no explota solamente por agentes externos, o cargas dinamiteras, sino también por reacciones químicas, corrosión, movimiento del suelo, mayor o menos humedad o lluvia, etc. También que la industria en el mundo gasta miles de millones de dólares en prevención y seguridad industrial, en planes de contingencia. Los tubos explotan en Canadá y en México, o en Nigeria, y causan incendios también, y matan personas, pero allá existen los protocolos y los planes de contingencia que hacen que una tragedia sea menos grave.

P: ¿El comando del ELN que realizó el atentado podía saber qué clase de crudo o material llevaba este oleoducto que pasa por Machuca?
G: Antes debo explicar que el oleoducto que pasa por Machuca viene de Casanare. En Machuca no hay petróleo, el oleoducto pasa por allí porque está en la línea recta hacia el occidente y resulta más barato construirlo en el lugar que se hizo, cerca de Machuca. Estos oleoductos llevan petróleo crudo, pero este no tiene la misma composición química de otro, y nadie puede saber qué reacción concreta tiene este tubo, excepto la empresa que lo transporta. En este caso Ocensa. En mis investigaciones Ocensa nunca preparó a la comunidad para una eventualidad como la que se presentó, ni advirtió el peligro de la cercanía del tubo, ni se aseguró que estuviera en el otro lado de la montaña, en donde no había gente, entre otras cosas, lo cual hubiera cambiado el destino de esas 84 personas, aun en medio de un atentado dinamitero de la guerrilla.

P: ¿Entonces qué fue lo que pasó?
G: Los guerrilleros rasos que pusieron la carga son responsables de lo que se llama homicidio culposo de 84 personas, eso no se puede poner en duda; pero quienes pusieron el tubo cerca a Machuca también tienen culpa. Esa noche el tubo transportaba un petróleo muy volátil, muy puro, que al contacto con una hormilla u otra fuente de calor explotaba fácilmente;  Corantioquia concluye que  cualquier derrame siempre afectaría el pueblo de Machuca y que se debería mover el pueblo o el tubo, y que si se hubiera puesto el tubo del otro lado de la montaña nunca hubiera matado a nadie. Es decir, que con guerrilla o sin guerrilla, los  protocolos básicos para atender en cuestión de minutos una tragedia de esa magnitud son obligatorios y en este caso no existían. No había comunicación para avisar cualquier accidente, la ambulancia más cercana está a dos horas y media por carretera destapada; el plan de contingencia no contemplaba incendios y se sabe que en accidentes con quemados la atención de las primeras horas es fundamental. En esta oportunidad la tragedia se dio a las 12:30 de la media noche, y los últimos heridos salieron en helicóptero a las 4 de la tarde, es decir 15 horas y media después.

P: En el libro usted presenta debates jurídicos frente a la responsabilidad del ELN, ¿cuáles son esos debates?
G: No son tan fáciles, pero en principio los fallos hablan de dolo eventual por parte de quienes llevaron a cabo los atentados, y de coautoría en el caso de los comandantes del COCE. Según los análisis de juristas y los míos propios, no hay dolo porque ningún guerrillero sabía ni quería causar semejante tragedia, menos sobre una población en donde habían familiares de sus compañeros o de ellos mismos. Lo de Machuca le causó más daño al ELN, a su imagen externa e interna. Y en cuanto a la responsabilidad de la comandancia, es absurdo, así no funciona la guerrilla, no hay órdenes en directo ni conocimiento de las acciones que corresponden a las estructuras regionales o locales.

*
Esta obra saldrá a la luz pública oficialmente el 3 de octubre, luego de su lanzamiento en Quito. Después en Colombia se harán presentaciones y lanzamientos en Bogotá, Cali y Medellín, inicialmente.

Sea como fuere, a la comunidad de Machuca aún no le sanan las heridas. El pueblo es tan pobre como hace 30, 20 o 10 años. El tubo sigue allí, igual que el pueblo, igual que la gente que se curó sola sus heridas. Todos han ofrecido recursos pero ninguno ha cumplido. Esta obra podría coadyuvar a  generar un nuevo momento para encontrar verdad y resarcir a las víctimas, y a su dignidad.

 

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Por Sebastían Perdomo

La Asociación de Víctimas y Sobrevivientes del Nordeste Antioqueño (ASOVISNA) se pensó a finales de los 90, pero solo hasta el 2003 su creación se concretó tras la necesidad de escuchar a las víctimas del conflicto armado de esta parte de Antioquia. Sin embargo, su lucha se ha diversificado debido a las frecuentes formas de violencia que continúa soportando esta región.

Conflicto y lucha
En el año 1988, en el municipio de Segovia hubo una serie de amenazas mediante grafitis, boletines, cartas, entre otros, donde el gripo ilegal Muerte a Revolucionarios del Nordeste (MRN) prometió acciones violentas contra dirigentes de izquierda. Previamente, entre marzo de 1986 y octubre de 1988, allí y en Remedios, fueron asesinados 16 líderes comunitarios, todos militantes de la Unión Patriótica (UP).

Luego, este grupo ilegal salió a la luz pública y, cuenta el informe del libro Silenciar la democracia: Las masacres de Remedios y Segovia (1982 – 1997) escrito por el Grupo de Memoria Histórica (GMH) del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), que las amenazas fueron persistentes contra los miembros de la UP, quienes en gran parte salieron victoriosos en las elecciones del 88 en esta región y donde sus militantes fueron el principal objetivo de estas actuaciones. Más tarde, en octubre de ese mismo año y tras enfrentamientos entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y la Policía, tres agentes murieron, por lo que el Ejército tomó represalias contra la población.

Pero el caso más lamentable ocurrió el 11 de noviembre de 1988 durante un ataque del MRN, liderado por Fidel Castaño, dejando un saldo de 43 personas asesinadas y 45 heridas. Fernando Álvarez, Representante Legal de ASOVISNA, relata que para la séptima conmemoración de aquella masacre, se llevó a cabo una movilización nacional denominada “Peregrinación a Segovia”, la cual pretendía promover la no repetición de esos hechos.

En 1995, previo a la peregrinación, Fernando asegura que llamaron al Párroco y al Director del Hospital en Segovia a decirles: “les van a faltar tumbas y camas para las personas muertas y heridas que van a quedar”. Esa fue la amenaza que dictaron los paramilitares si continuaban invitando a la peregrinación de aquel año. A pesar del ambiente de miedo que se palpitaba, la caminata se realizó.

Ante estos ataques contra líderes sociales, en el mismo informe se manifiesta que “el último ciclo de protesta (1994 – 1997) marcó el declive progresivo de las manifestaciones de protesta social en la región”. Además, dice que “para comienzos de 1996, los miembros de las Juntas Cívicas que aún permanecían en la región redujeron su trabajo [de protesta social que fue fuerte luego de la masacre de 1988] a una veeduría ciudadana en medio de una estigmatización y victimización crecientes”.

Creación de ASOVISNA
Fernando Álvarez cuenta que tuvo que salir del municipio en 1996 junto a otros compañeros, pues hacían parte de un listado de inteligencia y les sindicaban como insurgentes; un señalamiento con el que siempre, aún hoy, tienen que sufrir. Otros compañeros se quedaron, pero poco a poco fueron saliendo y continuaban su lucha principalmente desde Medellín. El 22 de abril de 1996 se dio una masacre en dos barrios periféricos del casco urbano de Segovia, distantes entre sí: El Tigrito y La Paz. Como consecuencia de esta incursión de paramilitares, hubo 14 personas muertas. Poco después, las investigaciones dieron como resultado la condena de Rodrigo Antonio Cañas Forero, oficial del Ejército Nacional adscrito al Batallón de Contraguerrilla Nro. 46.

En 1997 entró a operar el GAN (Grupo de Autodefensas del Nordeste), pero se pudo establecer que tanto los que ejecutaron masacres el 22 de abril, como los que estuvieron ahí ocho meses entre el 2 de enero e inicios de septiembre de 1997, no eran una estructura propiamente paramilitar, sino que estaba compuesto por unas Convivir que operaban desde Medellín, y con la anuencia del Ejército Nacional. Muchos de esos que participaron en los asesinatos colectivos y selectivos, fueron asesinados luego en Medellín para borrar posibles testigos.

Así entonces, el informe realizado por el CNMH y todo lo vivido entre 1986 y 1996 por las dos poblaciones más importantes en esta parte de Antioquia, motivó la conformación de una organización que recogiera las historias de las víctimas del Estado, paramilitares y la insurgencia. En el 2003 y con la participación de 50 personas, se conformó ASOVISNA.

A partir de ahí, la asociación se centró en cuatro ejes:
Investigación; acompañamiento y denuncia; trabajo de memoria y verdad; y acompañamiento judicial. Por ahora han desarrollado principalmente memoria y verdad porque desde la asociación se espera que ambas no queden invisibilisadas.


La construcción de memoria se realiza hoy apartir de la publicación de informes. ASOVISNA le apuesta a esos dos conceptos fundamentales por el contexto actual, los cuales deben ser elaborados por las comunidades y no por una memoria oficial, porque la verdad se diluye y queda en el escenario, afirma Fernando.

Oliva de Jesús Castaño, secretaria de ASOVISNA, una mujer de 67 años que se vinculó a la organización en el 2015, concuerda con Álvarez al afirmar que se trabaja más en memoria y verdad porque saben que hay personas necesitadas de ser escuchadas. En este punto se hacen capacitaciones para que sus miembros puedan enfrentar la situación y mirar qué es lo que realmente pasó con ellos. "Todos tenemos derecho a eso, a la verdad", y subraya que "la voz del Estado no es tan verdad".

Oliva llegó a Medellín desplazada por los paramilitares en Segovia, y se vinculó gracias a una invitación de Fernando. Primero fue desplazada de San Roque, Antioquia (1994); luego cuando vivió en el campo, en Segovia (1997). De allí se fue al pueblo (barrio José Antonio Galán), hizo parte de la Junta de Acción Comunal (JAC), y la desplazaron de Segovia a Medellín (1997). En Medellín también fue desplazada de su barrio Esfuerzos de Paz, en el 2012 y, afirma ella, fue el Bloque Metro.

Ahora, en el acompañamiento judicial se labora en relación a demandas, algunas por desplazamiento, otras por ejecuciones extrajudiciales, y algunas por los hechos del 11 de noviembre de 1988. En la investigación, ASOVISNA ha frenado un poco por las condiciones del territorio. “Primero porque hay unos sectores que tienen control social, y también por la falta de recursos”, asegura Fernando.

La legitimidad social es buena, pues ella está articulada al Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE), y además hace parte de Plataforma Colombiana de Derechos Humanos. Cuentan con el apoyo de la Coordinación Colombia - Europa y el Proceso Social de Garantías. En esos escenarios se han podido visibilizar y ASOVISNA tiene cierto reconocimiento.

Hoy la lucha es por motivar a la construcción de la verdad, dejar el miedo, pues no es fácil reconocer que los Policías, como le sucedió a Oliva, desplazan comunidades, o son cómplices y victimarios directos en algunas masacres. Asimismo, el nordeste antioqueño hoy actúa contra un escenario de conflicto social paralelo al armado, en el que la solidaridad de todas las organizaciones sociales es fundamental para afrontarlo, y en el cual ASOVISNA está dispuesta a aportar.

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