Explicando el conflicto palestino Carta a Joaquín

“¿Qué crimen cometimos -oh madre- para morir dos veces una vez en la vida y otra en la muerte?”
M. Darwish

Palestina está ocupada por uno de los ejércitos más poderosos del mundo: el de Israel. Explicar su cotidianidad es muy complejo, tal vez esta carta, real, escrita desde allí, sirva para que entendamos lo que sufre el pueblo palestino cada vez que se enfrenta a un control militar, llamado allí checkpoint, usando la lengua del principal apoyo de Israel: los Estados Unidos.

 

Joaco, tú eres amante de los juegos. ¿Sabes lo que es un checkpoint? Es un juego pero en él no tienes que conquistar países como jugando al Risk, ni formar palabras como jugando al Scrabble. El juego tiene dos objetivos opuestos: el tuyo es pasar y el de ellos no dejarte. Como ves es sencillo. Y tiene solo una regla: el azar.

Puedes probar con las palabras: con buenos días, sí señor y por favor, entienda usted, mire le digo, cuando pueda, cómo no. Eso que te voy a contar fue cerca de Nablus. Tres heridos palestinos esperaban del otro lado del checkpoint; de éste lado estaba la ambulancia, los militares y un soldado israelí herido que fue atendido pero estaba muy grave para sobrevivir. Luego los de la ambulancia pidieron atender a los tres palestinos, pero no los dejaron. Los soldados caminaron hacia los heridos, les apuntaron con sus fusiles y los remataron en el suelo. Los de la ambulancia, del otro lado del checkpoint oyeron la respuesta después de los disparos: “ustedes ya no necesitan estar aquí, ya no hay pacientes que atender”. ¿Cruzar? Puede que sí, puede que no.

Puedes probar con argumentos la libre movilización de las personas, la ayuda humanitaria, la dignidad, los Convenios de Ginebra. Era una anciana como de ochenta, a lo mejor de más años, pero para mí casi todas las ancianas son de ochenta. Caminaba bajito, quiero decir doblando el cuerpo y andando como acompasada en el pasado. Pero llevaba una mano en la mejilla izquierda y un dolor en la carne, un dolor en las muelas. Y trataba de cruzar el checkpoint para llegar al odontólogo, y no hablaba hebreo y en su árabe rogaba que la dejaran pasar, y los soldados se reían y la imitaban y luego jugaban entre ellos al paciente y al dentista, y otra vez se burlaron y la gritaban, y pasaron los segundos y los minutos, pero ella no pasó y luego se volvió de nuevo caminando con su ritmo y su mano en la cara y el llanto en los ojos y la humillación en todo el cuerpo. ¿Cruzar? Puede que sí, puede que no.

Puedes probar con cartas y carnés. Mire usted, cuántas siglas tiene mi organización y cuántos carnés con fotos y letreros, cuántas cartas con sellos europeos, incluso puedes probar con tu pasaporte de colores. Un palestino esperó mucho tiempo pero el estómago no espera, mejor dicho la mierda no sabe de relojes. Y andando despacio se fue hasta los matorrales cercanos a la fila de coches, se bajó el pantalón y se puso a cagar cuando un disparo en la frente lo hizo caer de medio lado. ¿Cruzar? Puede que sí, puede que no.

Puedes probar con heridos y ambulancias. Mire usted, que estamos a pocos metros de la puerta del hospital más grande, que es cosa de minutos y se muere, que piense que podría ser usted. Una muchacha preciosa jugaba en la playa el domingo pasado, con sus curvas de cine y su sonrisa al aire, esa misma con uniforme me esperó días después en el checkpoint para jugar el juego este. No podía creer que fuera la misma de nalgas perfectas, pero su fusil me miraba y me preguntó por mis papeles. ¿Cruzar? Puede que sí, puede que no.

Puedes probar con terquedades. El derecho internacional humanitario, la comunidad internacional que ahora mismo duerme la siesta de la tarde, la prensa que podría llegar en este momento. Otra cosa es los checkpoints móviles, que persiguen a la gente y aparecen en forma de jeeps intempestivamente para repetir la misma ceremonia de control. Fue en Hebrón, la niña tenía tres días de nacida y estaba con su familia a solo 300 metros del hospital cuando aparecieron los checkpoints. Esperaron entre gritos e insultos pero cuando llegaron al hospital, después de esperar casi una hora y a solo 300 metros, ya sospecharás las consecuencias Joaco, sí, la niña se murió. ¿Cruzar? Puede que sí, puede que no.

Ellos pueden probar con sus fusiles y sus prohibiciones. Un niño recibió a algunas cuadras de mi casa en Palestina un disparo en el pecho, un tiro único y “limpio” dirían los expertos, un tiro que le partió de cuajo las costillas y el alma. El niño esperó en el suelo, cerca del checkpoint de Qalandya la llegada de alguna ayuda médica. Mientras gastaba sus últimos alientos oía a unos soldados que gritaban “stop-stop-stop” a la ambulancia que llegaba. Los dos enfermeros noruegos miraban y no podían comprender cómo el niño se apagaba de a poquitos cerca del checkpoint. Entre los gritos de otros palestinos, la impávida mirada de los militares y la espera inútil de ellos mismos. Cincuenta minutos después, el niño moría revolcándose cada vez más lento y más sin fuerzas entre su propia sangre.

Puedes probar con tu paciencia. Sí señor, espero, cómo no, a ver quién se cansa primero, a ver si no se aburren de verme bostezando en sus caras. Cerca de Nablus, el año pasado, un hombre se acomodó en lo alto de una montaña mirando al checkpoint y empuñando un arma vieja, de las usadas contra los británicos y con once balas, solo once. Acabó con la vida de nueve soldados y dos colonos que minutos antes gritaban en el checkpoint y manoteaban en hebreo y se burlaban de la gente en todos los idiomas. Un disparo por persona, cuando pasó la bulla, quedaron los cuerpos abandonados en el piso del área del checkpoint, un arma vieja abandonada en el alto de una montaña y el mito de un hombre que, solo, acabó con un checkpoint. ¿Cruzar? Puede que sí, puede que no.

Te decía que ellos pueden probar también con muchas cosas, casi con todas. Luego, con la boquilla de fusil cerca de tu cara te dicen “Have a nice day”, te lo dicen con “cara-de-checkpoint”, cosa que tienes que ver porque es intraducible. Y si quieres hacer la travesía a pie vas a sentirte violado, reducido al tamaño de tu pasaporte. Con la paciencia del tamaño de la fila, entrarás con otros indignados en el pasillo y a empujones; cosa que a mí me recordó cuando entraba de visita a las cárceles en Colombia, con la obligación de poner cara de culpable y además dar las gracias. Ven, Joaco, porque sé que te sobra corazón para entender, ven para enseñarte el olor del “servis” (el microbús palestino), ven a aprender el odio de los ojos de los soldados. Total, tú y yo, extranjeros, al final pasaremos.

*PhD, Profesor Universidad Nacional
@DeCurreaLugo

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Victor de Currea-Lugo

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