Periferia

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Wednesday, 06 May 2020 00:00

Que nos lleve el diablo

Por: Jenny Correales

Colombia, Itagüí, Santa María tercer piso, X de abril de 2020

La vida hoy me sabe a mierda, como casi todos los días, pero elevada a la covid potencia. He sido una especie de Lobo Estepario. Ese fascinamiento de encerrarme en un fuerte cada tarde al terminar las tontas tareas a las que me orilla la sobrevivencia; parecer normal entre los normales. Ahora, con la imposición en los hombros no me apetece el aislamiento, nunca he sido buena cumpliendo normas, menos cuando estas se me antojan amañadas.

Debo confesar que mi naturaleza robusta pero lánguida –parecida a la de los estadounidenses: gordos pero desnutridos–, parece profesar pasos de dictadura, pero es sólo un débil mecanismo para encubrir una esencia melancólica, insegura y quebradiza. No puedo desdeñar de la apariencia fuerte, manipuladora y dominante, pues ha sido un arma suficiente para ahuyentar virosis más peligrosas que la actual.

Mientras escribo doy buena cuenta del pilsenon que he pedido para dominar la ira que me subyuga, –el premio gordo de la cuarentena se lo lleva el diablo. Valga decir que relato buenas migas con el bajísimo, pero hago cuentas como me gusta, en latín: “pecunian numerat”. Aunque no cuento dinero, sí sumo la vergüenza de los pecados capitales a los que hemos sido orillados por el aislamiento obligado.

Y digo vergüenza porque no supongo placer en una lujuria por descarte, o la gula de tragar sólo por si se acaba y luego no hay cómo, mientras otros se mueren de hambre, y la avaricia de los gobernantes acrecienta sus arcas gracias al miedo y el hambre del pueblo ignorante y miedoso. Me pregunto qué diría Hobbes: ¿Y la pereza? ¿Quién da más?

Nos hemos consumido bajo las sábanas saciados hasta los huesos, ya sea de hambre o jartera, pero saciados de tergiverso descanso, ya decía el sabio chino: ojo con lo que deseas. ¿Y la soberbia? Los semidioses del Olimpo nos han invadido. Había olvidado la envidia, esa vieja emoción humana que goza de ser buena o mala según se mire, quizás haya sido un acto fallido no remembrarla. De verdad me da escozor en el ánima no poder estar en una finca con piscina y plata en la cuenta, tomando vino y ejerciendo mi pasión de escritora a las anchas como algunos políticos de turno, con salarios pagos y pensando al nivel del confinamiento del pueblo.

Ni qué decir de la ira, con ella empecé. Esa emoción que en parte es resultado de observar cómo me configuro arte y parte de todos los anteriores pecados referenciados, y el otro medio que catapultó este escrito.

No se decepcionen si no he contado el paso a paso de mi día, hay más de interno que de externo. Quizás el universo interior les emocione más que los actos continuos efectuados al compás de un reloj que no discierne mucho sobre la humanidad de todos y que ha perdido su trono.

Que nos lleve el Diablo.

 

 

Saturday, 02 May 2020 00:00

Estoy enfermo

Por Daniel Ortega

¿Será que el coronavirus se siente en la barriga? Porque si es así creo que tengo síntomas. Últimamente siento dolor de barriga y náuseas, las náuseas a veces me hacen querer llorar, otras veces me hacen decir cosas que la mayoría de veces no quiero decir, y en últimas, hasta hago cosas que en otro caso no haría. Supongo que el objetivo de las náuseas, entonces, es que alguna cosita se deje salir. Tengo dolor de barriga y náuseas, y yo sé que las náuseas a veces se sienten en la cabeza, pero, ¿en el pecho?, ¿cómo mierdas es que siento náuseas en el pecho? Yo creo que quien vomita esas cosas es mi corazón y la barriga me duele por envidiosa, porque las náuseas le pertenecen, ¿mi cuerpo se siente solo y empezó a generar conflictos y dramas por sí mismo? Que locura.

Cada que estoy enfermo pienso en cómo se sentía no estar enfermo y no logro recordarlo muy bien, me digo que la próxima vez que esté sano voy a intentar de alguna forma hacer más conciencia sobre ese estado ¿Por qué no puedo recordarlo, si estos días estoy recordando tanto? Tengo ganas de culpar al cuerpo, decirle: ¿usted no tiene capacidad de recordar e imitar pues?, déjeme sano, como estaba. Pero yo sé que el cuerpo sí recuerda, sí que recuerda; pero recuerda lo que quiere el malparido.

Thorwald Dethlefsen dice en su libro ‘La enfermedad como camino’, que enfermedad solo hay una: la condición del ser humano de estar enfermo, y que síntomas hay muchos. También dice que los síntomas manifiestan en el cuerpo una sensación de la mente o “el alma”, porque el cuerpo por sí mismo no hace nada; o sino, miren un cadáver: es el “alma” o la mente, o lo que esté ahí adentro, lo que genera situaciones que, si no son resueltas, se plasman en el cuerpo.

Yo digo que tengo varios asuntos por resolver, en primer lugar vivo algo así como una tusa. No algo así, ¡siento una tusa! Una tusa que se transmuta a su vez en varias otras tusas. Para mí una tusa es el proceso de sentir perder algo que uno no quiere perder, y me di cuenta que mantengo perdiendo cosas: las palabras, la voz, el empuje. Creo que uno pierde las cosas porque se van cayendo mientras se busca ese sitio para habitar en el que a veces uno no cabe, y tiene que dejar cosas para entrar porque afuera hace frío y viendo ahí una casita cálida para cubrirse, es muy duro no sacrificar o decidir dejar algo. En ese sentido comprendo al virus y su necesidad de habitar los cuerpos aunque los lastime. He sentido eso también.

Igual el virus no le mete amor a la cosa porque el virus en teoría no está vivo, no hace parte de ninguno de los tres dominios de la vida (arquea, bacteria y eucaria), donde están los reinos conocidos como animal, plantae y fungi; pero al ser acelular es dependiente, solo puede vivir de las células de otros, entrando a un mecanismo con vida para “alimentarse” (usar su maquinaria de traducción y transcripción para poder hacer más copias del virus). Eso no lo hace vivo pero sí tóxico. Aunque parezca claro, hay una discusión sobre si vive o no, porque mucha gente dice: marica, pero si un virus se mueve, se pasa de un lado para otro, y es un agente dinámico de la naturaleza que genera cambios, la transforma, ¡cómo no va a estar vivo!.

Me he dado cuenta hace tiempo que soy muy empeliculado, eso me hace vivir las tusas y las pandemias con un valor o desvalor agregado, según el caso. No sufro solo por lo que vivo o viví, sino también por todo lo que me imagino o me imaginé. Me ha costado entender que soy yo, y solo yo, responsable de las películas de mi cabeza, pero me ha costado aún más entender que esas películas son reales, que existen en la medida en la que me hacen sentir cosas, y al generarse a partir de mis ilusiones, de mis pasiones, ideas, experiencias, miedos, percepciones, todas cosas reales.

En estos días vi una charla sobre los simbolismos de la pandemia dada por Carolina Gaviria, de Naturaleza Profunda, y Mariana Matija, de Animal de Isla, un blog sobre sostenibilidad. Muchas de las reflexiones de este texto surgen a partir de esa charla que todavía está disponible (y lo estará indefinidamente) en @naturalezaprofunda, link en la biografía de Instagram. Con respecto a si el virus vive o no, Caro hablaba de las rocas, que no están vivas, pero están compuestas de los mismos átomos que están en este planeta hace rato, los mismos átomos de los que podría estar compuesto yo, o vos. Hacía referencia a una corriente o libro o algo, llamado/a Ecología Profunda, que nombra a las rocas como nuestra parte inmortal y a nosotros como las rocas que bailan, que chimba, ¿no?

Yo amo las rocas y a varias les he dado hogar en mi casa como representación de mis recuerdos y caminos pisados. No sé si amo a los virus y creo que sí me amo a mí también, pero lo que sí tenemos en común los tres es que somos bien aventureros. Ocupamos un espacio diferente pero común en el mundo y tenemos dos partes: una que se puede ver, tocar, sentir; y otra que es más simbólica, pero que no por ser simbólica es menos real, es más bien la realidad vista desde otro punto, otra dimensión de la realidad.

Este pensamiento simbólico es cada vez más importante dentro de la ciencia para reconocer los elementos semióticos (símbolos, signos y significados) dentro de los sistemas, para encontrar relaciones entre las partes que los conforman (además de información externa que no se tendría en cuenta bajo un análisis únicamente positivista o únicamente desde la razón); y entender que, aunque cada parte por sí misma es importante, el todo es más grande que sus partes. Un ejemplo de esto es el pensamiento sistémico de la Biología.

Como esto es un diario, el diario de una pandemia, voy a seguir hablando de mi diario, pero también de la pandemia. Pandemia viene de pan (todo) y demia (pueblo), como de todo el mundo junto, en lo mismo. Pero yo siento que todos y todas estamos pasando algo bien distinto. A veces me gustaría hacer algo más que compartir en Instagram escenarios de vulnerabilidad, pero reconozco también que en este momento no es mi aporte humanitario, y dentro de mi plataforma cercana veo a mi familia, a mí mismo y a mi tusa. Tal vez todos tenemos nuestro “pan”, nuestro todo para camellarle.

Estos días he hecho ejercicio, comido mejor, aprendido a tocar el ukelele que tenía ahí hace como un año. En un principio todo esto motivado por el discurso de productividad que se había regado, pero luego motivado porque me di cuenta que no me conozco mucho, no sé cuál es mi comida favorita, ni qué partes de mi cuerpo se cansan con mayor facilidad. Ya lo estoy descubriendo. De verdad he estado preocupado por tanto, creyendo que veo el mundo y entiendo cosas, cuando tengo un sujeto aquí por resolver.

No está demás que ese alimentarme mejor esté acompañado de una reflexión sobre cómo la industria alimentaria tiene que ver con la crisis actual o la crisis planetaria. No está demás que la generalidad de cambiar o tener más tiempo para notar hábitos cotidianos nos haga ver también cómo esos hábitos tienen relación con otros asuntos y personas. (Porque si bien mi quehacer permanente o primario no es la ayuda humanitaria, querer salir de esta crisis siendo el más fit o el más productivo es mirarse el ombligo y ya).

Con respecto a mi familia, que también nombro en esa plataforma cercana, algo que también nombraban Caro y Mariana en la charla es que no hay que intentar sembrar en tierra que no se ha abonado. El sentido que deseo verle ahorita es algo muy básico: todos estamos en nuestro proceso y no es buen tiempo de intentar hacerlos veganos a todos y todas, pero sí seguir haciendo lo mío, ver si mis acciones van abonando esa tierrita y podemos ir aprendiendo juntos unos de otros.

Evidentemente este texto está escrito desde el privilegio y no creo que vivir mi situación de esta forma sea romantizar una crisis y si es así prefiero romantizarla que volverla una batalla. “Llega el invasor, el sistema inmunológico lo ataca, ¡vamos ganando la batalla contra el coronavirus!” En la prensa: “medidas en esta guerra contra el coronavirus”. Una guerra es bien diferente a un conflicto y ese discurso bélico es de rechazo a una situación que está sucediendo, que nos hace fijarnos en fechas de finalización que son cambiantes y que aparte suena más feo que este músico empírico tocando su ukelele.

Me parece una cosa mágica como los cayitos de las manos se ponen duros y cómo si practico todos los días puedo pasar más fácil los acordes que antes me parecían una cosa muy imposible. El cuerpo se adapta y yo espero que el corazón o la barriga o lo que sea, también. Todas estas situaciones nuevas me hacen sentir muy feliz dentro de una serie de situaciones muy tristes y angustiantes. Me hacen sentir también que el cuerpo es un teso, adaptable, y que la mente se moldea todos los días con el masaje de los pensamientos (mañana o en unos minutos no me van a gustar muchas partes de este texto, pero bueno, es un diario).

Ese último pensamiento de la fuerza del cuerpo y la mente también es una cosa muy loca de creer frente a una situación que nos ha demostrado tantas debilidades. Tengo un conflicto con el hecho de que existan reinfectados por el virus, lo que demuestra que por superar algo no te vuelves inmune y así pasa en la vida, uno igual tiene que seguir viviendo las cosas. Como cuando me toca irme parado en el bus y solo puedo pensar: “esta no es la última vez que me toca irme parado en el bus”, o con respecto a las tusas.

Pero no quiero tener una guerra con eso, ni tampoco romantizarlo, solo reconocer que puede haber paz porque no es una guerra sino uno o unos conflictos, y la paz no es ausencia de conflictos. Efectivamente creo que no tengo coronavirus porque puedo respirar bien y entender que para exhalar primero tengo que inhalar.

Creo que por eso decidí estos días dejar de hacer parte de varios procesos que venía apoyando y me gusta pensar que personas a mi alrededor decidieron hacer lo mismo por eso. Porque antes de exteriorizar asuntos primero hay que vivirlos y tenerlos bien claros con uno, conversárselos.

Reconocerse como un conjunto sistémico por sí mismo, y como una parte de otros varios conjuntos aún más grandes, es bien complicado, y en este punto, lo juro, solo puedo pensar en mi tusa. Creo que es porque finalmente siempre termino mirándome el ombligo, ¿habrá gente que no? Es que no me entran muchas ganas de entender al mundo con este dolor de barriga, pero yo creo que por lo menos a Daniel ya lo voy entendiendo.

Thursday, 30 April 2020 00:00

La salud del Chocó está enferma

Por Angie González

“Puesto de salud no hay, la auxiliar de salud atiende en un lugar que se dice puesto de salud, pero es de la comunidad y está en malas condiciones porque es un patrimonio y el Gobierno se lava las manos diciendo que no puede invertir, tampoco contamos con un médico profesional”, afirma el Presidente del Consejo Comunitario de San Miguel. Como esta comunidad, todos los habitantes del Chocó esperan el día que los gobernantes hagan presencia en el territorio con proyectos reales que dignifiquen la vida en la zona. Están ansiosos por inversiones visibles, especialmente en el sector de la salud. Se necesita presencia real y no de grupos armados que atenten contra las comunidades chocoanas.

Durante décadas, el departamento del Chocó ha sufrido por el abandono del Estado en todos los sentidos, al desplazamiento, el reclutamiento de menores, la casi nula existencia de políticas, se le suma el pésimo estado de la red hospitalaria en toda la región.

El Chocó cuenta con tan solo un hospital de segundo nivel, el ESE Hospital San Francisco de Asís ubicado en la ciudad de Quibdó, el cual hace días estuvo cerrado parcialmente debido a que se encontraron varios funcionarios contagiados del nuevo coronavirus. En el departamento hay seis hospitales de primer nivel que tienen atención básica. Todos públicos localizados en los municipios de Quibdó, Bahía solano, Carmen de Atrato, Tadó, Istmina y Condoto.

Infografía hecha por Asokinchas

Además, a toda la red pública de salud del departamento se les debe entre tres y cinco meses de honorarios, no cuentan con insumos necesarios para la atención de pacientes con covid-19, ni otras patologías, así lo afirma el procurador ambiental y judicial del departamento del Chocó, Acxan Duque, quien agrega que siendo éste un departamento con más de 530.000 habitantes no hay ni siquiera un hospital de tercer nivel. Cada vez que un paciente requiere hospitalización especializada, cirugía, servicios cardiovasculares, neurocirugía, y otros de gran complejidad, deben ser trasladados a Medellín, Cali u otros municipios que cuenten con la infraestructura hospitalaria de la que ésta región carece.

En la actualidad hay 13 casos confirmados de Coronavirus en el departamento, una persona fallecida y el personal médico sin implementos mínimos de protección como trajes de bioseguridad, máscaras, guantes, tapabocas.

Desde las diferentes zonas se reciben denuncias de las comunidades dado que el gobierno no se ha hecho presente con implementos de protección y mucho menos con ayudas humanitarias. En San Miguel, medio San Juan, Jhon Harold López, presidente del Consejo Comunitario, afirma que hace algunos días unas personas enviadas por la administración municipal hicieron presencia para orientar sobre el Coronavirus, pero tan solo llevaron una caja de guantes, 40 tapabocas y 40 tarritos de gel antibacterial para una comunidad que se compone por más de mil personas.

Sumado al abandono, el Gobierno ha realizado fumigaciones aéreas en el territorio por estos días, causando así afectaciones al sustento de las comunidades chocoanas. Sin embargo, los habitantes no se oponen a la fumigación, pero exigen que se cumplan los compromisos pactados que por años la comunidad de San Miguel ha solicitado. Requieren la construcción de vías de acceso a la zona para facilitar el abastecimiento de la canasta familiar y comercializar los productos que ellos mismos fabrican.

Como si fuera poco, las comunidades no solo están expuestas al covid-19, sino que diariamente se enfrentan a problemáticas de salud tan delicadas como la enfermedad diarreica aguda, enfermedad respiratoria aguda, enfermedades crónicas pulmonares y malaria. Ésta última ha aumentado en algunas zonas, en el Medio Atrato hay más de 400 casos reportados: “No se puede descuidar ésta problemática, la malaria también nos mata” dice la personera del municipio, Aurelina Quejada Palma. Asegura que no se han implementado mecanismos de prevención. En el centro de salud se están atendiendo a las personas que llegan, se les toma muestras y se les entrega el tratamiento. “El centro de salud –afirma–está en precarias condiciones”.

En el Municipio de Tadó, el panorama no es diferente. Hace más de 10 meses los funcionarios de salud no reciben sueldo y no hay insumos médicos para la atención de ningún paciente. Los empleados del Hospital San José de Tadó afirman que cada persona debe salir a comprar lo necesario para ser atendida, desde jeringas e inyecciones, hasta medicamentos de más alto costo. Edison Quintero, es el presidente de la veeduría del municipio y denuncia que “el personal hospitalario se cansó de tantos años de engaños y falsas promesas por los gobernantes”. En plena crisis sanitaria a nivel nacional, el gobierno no ha entregado elementos de protección mínimos que se requieren para enfrentar el covid-19.

El Procurador ambiental y judicial del departamento dice que “se requiere una intervención en el hospital San Francisco de Asís, se requieren medidas contundentes del Gobierno Nacional, mejorar las instalaciones, tener máquinas de respiración, dotar de una UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) y pensar en un hospital móvil para el departamento. Incluso contemplar la posibilidad de articular con la Armada Nacional y gestionar buques medicalizados para que atiendan la población del pacífico como Juradó, Bahía Solano, Nuquí y Pizarro que en un momento dado pueden presentar síntomas de coronavirus y no hay lugar adecuado para la atención”.

El pasado viernes, el procurador Fernando Carrillo, el contralor Carlos Felipe Córdoba y el fiscal Francisco Barbosa dieron a conocer un informe llamado "Transparencia por la emergencia", que realiza investigaciones penales, fiscales y disciplinarias por posibles irregularidades en temas de contratación en medio de la crisis sanitaria. En este informe se ve implicado el gobernador del Chocó, Ariel Palacios y por tal razón fue suspendido por un periodo de tres meses. El hoy suspendido gobernador firmó un contrato por más de 2.000 millones de pesos con la Fundación Chocó Saludable para realizar actividades y capacitaciones relacionadas con la pandemia del covid-19.

Todo éste panorama exige que se garanticen los derechos a la salud, que se inviertan recursos para insumos de bioseguridad, especialmente en este momento donde no hay elementos de protección ni estabilidad laboral por la falta de pago y las nulas inversiones en las instalaciones hospitalarias con las que cuenta el departamento.

Sin duda alguna la salud del Chocó está enferma, y si bien es cierto que siempre se ha escuchado desde todos los sectores que ésta región merece ser mirada con más atención y respeto por los gobernantes de turno, más aún en tiempos tan particulares y atípicos que agravan el ya preocupante y doloroso abandono, es momento que Colombia entera se una para aminorar las brechas de inequidad entre el Chocó y gran parte del país. Este es un departamento de enormes riquezas culturales, deportivas, fluviales y mineras, que le aporta no solo a la economía del país sino a los bolsillos de unos cuántos que a través de las diferentes administraciones lo han venido desangrando.

Thursday, 30 April 2020 00:00

Lejos de casa

Por: Melissa Salazar C.

“Vea lo que está haciendo la policía. Nosotros estamos reclamando nuestros derechos, necesitamos que alguien nos solucione” –al fondo se escucha el barullo de los otros colombianos y la voz del policía que les repite: “Retírense”.

Cansados de solicitar ayuda a la cancillería, consulado, presidencia, entre otros, y no recibir respuesta o solución alguna, un grupo de aproximadamente 30 personas se dirigieron el 27 de abril a la embajada colombiana en Lima . “Estuvimos esperando un rato al frente de la embajada, plantados allí, con carteles, gritábamos: ¡Queremos volver a nuestro país, queremos volver a nuestras casas!”, cuenta Juan Carlos Puerta, uno de los voceros del grupo de colombianos que estuvo allí.

Varios colombianos nos cuentan que la respuesta de la embajada y la cancillería siempre es el mismo correo electrónico, diciendo que están haciendo todo lo posible para garantizar su retorno. Después de llenar una encuesta que fue suministrada por estas delegaciones, algunos recibieron un correo en el que se les informaba que Western Union seguía trabajando y podían recibir giros provenientes de sus familias para alivianar su situación, es decir, hasta el momento no ha existido ninguna ayuda, ni solución concreta.

Algunos colombianos han tenido que  dormir en la calle, pues fueron desalojados por falta de dinero para pagar sus hospedajes. Entre ellos, algunas familias con niños, otros que venían desde Brasil y la noche que regresaban a Colombia fueron cerradas las fronteras.

A raíz de toda esta problemática, otro colectivo de colombianos decidió unirse a venezolanos caminantes para desplazarse en conjunto hasta Colombia, sin importar los riesgos, pues el desespero el hambre, la angustia, el frío y el silencio del Gobierno, los llevó a tomar esta decisión. De hecho, esto motivó también a la realización del plantón.

“A pesar de que generamos empatía en algunos senadores y estos presentaron una petición a cancillería, la respuesta ni siquiera señaló que eran turistas, sino que asumieron que todos eran residentes que estaban fuera del país”, cuenta Xiomara Castro, una de las familiares de los colombianos en Perú. Actualmente, hay alrededor de 280 colombianos varados en Perú, de los que aproximadamente 230 son turistas.

Sobre las 10:00 de la mañana llegaron policías al lugar del plantón. Primero arribó una camioneta y luego una buseta de la que se bajó un agente, este ataca a uno de los líderes y voceros del grupo que pidió fuése protegida su identidad. Fueron atacados a pesar de que el plantón se estaba desarrollando de forma pacífica, pues no estaban obstaculizando las vías o agrediendo a los policías de forma verbal ni física. De hecho, en los videos se ve a los manifestantes cumpliendo con los protocolos de salubridad (llevan guantes, tapabocas y mantienen una distancia prudente). La única normativa que estaban incumpliendo era la cuarentena obligatoria.

La policía comenzó a presionarlos para que se dispersaran, uno de ellos amenazó con llevarlos presos si no se retiraban. Les solicitaron devolverse para sus domicilios, algunos les respondieron: "¿volver a dónde? si estamos durmiendo en la calle." Finalmente, el grupo de colombianos se dispersó alrededor de la 1:00 p.m., los que tenían hospedaje fueron hasta ellos y los demás buscaron agolparse en las afueras del consulado, se desplazaron con sus pertenencias, cobijas, cajas que consiguieron para improvisar cambuches y camas en la calle.

Hoy, 30 de abril, el gobierno colombiano no ha brindado las suficientes garantías para la realización de repatriaciones humanitarias. Según el representante de colombianos en el extranjero, hasta el 20 de abril eran 3.600 colombianos en Estados Unidos, Chile, Egipto, Francia, Tailandia, India, entre otros países, los que querían y no han podido regresar a sus hogares. Algunos, incluso, denuncian xenofobia, y hasta agresiones sexuales.

 

Texto: Círculo de Formación Política ARKABUKO - Proceso de Comunidades Negras (PCN)

Imágenes tomadas de: Afrofáminas

El territorio es la vida y la vida no se vende, se ama y se defiende
Proceso de Comunidades Negras (PCN)

Los pueblos negros, tanto del pacífico como del caribe, son quienes se han visto más vulnerables ante la actual pandemia del covid-19. Y es que, como lo menciona la lideresa Francia Márquez, la historia del conflicto en nuestras comunidades comienza desde la traída de millones de negros y negras en el proceso de la trata transatlántica, dejando como resultado la destrucción sistemática de la civilización negra. Por lo tanto en los procesos de (re)construcción de comunidad en los territorios, las mujeres negras han jugado un papel fundamental en la construcción de libertad, comunidad, sistemas de medicina propia, espacios de vida y de cuidado, y de justicia ancestral a lo largo del territorio nacional.

La actual crisis del covid-19 se ha convertido en una excusa para desestabilizar y romper con el tejido social del pueblo negro, la segregación es tal, que se han hecho evidentes los tipos de violencia ejercidas de manera directa hacia las mujeres, sin distinción de género, ni generación. Amenazas, persecuciones, desplazamientos, hostigamientos, feminicidios y desapariciones, se han evidenciado con el confinamiento. La falta de agua potable, electrificación, y de un sistema hospitalario que responda a la emergencia sanitaria y el hambre en las zonas periféricas del país. La marginalidad y olvido por parte de un gobierno indolente hacen aún más vulnerables a las mujeres, hombres, niñas, niños, jóvenes y la diversidad existente al interior de la comunidad negra, lo cual fundamenta el proyecto de exterminio étnico.

 Racismo hacia las mujeres negras.

Las mujeres negras enfrentan una triple opresión: el racismo, el patriarcado y el clasismo. En el caso de las mujeres negras trans y lesbianas, además de estas formas de opresión se enfrentan a la transfobia y lesbofobia, lo que las deja en un lugar de desventaja y a su vez son más propensas a ser violentadas de distintas formas por un sistema que evita que avancen y sobrevivan.

Con el covid-19, se han intensificado las violaciones de los derechos humanos de las mujeres en contextos donde hacen de las mujeres negras su presa, con el propósito de desestabilizar el proyecto de vida del que hacen parte como pueblo.

Además, en la medida en que confrontan el sistema patriarcal, racista y capitalista, aquellas mujeres negras que viven en territorios étnicos, ya sean urbanos o rurales codiciados por las dinámicas del capital, son más vulnerables a las violencias de género y étnicoraciales . Ellas están expuestas a la violencia continua, pero también a la agresión planificada en el marco del contexto armado, ejercida como estrategia bélica de control en los espacios territoriales geoestratégicos para la consolidación de las dinámicas del capital.

Mujeres Negras y Diversas En Tiempos Del COVID-19

Mientras los medios de comunicación en el país muestran cómo han incrementado los casos de infección, a su vez ocultan otra problemática que es igual de importante y se expande a niveles mucho más altos que el propio covid-19. Son los casos de violencia doméstica racista y xenófoba que van en incremento sin que ninguno de los gobiernos locales pongan mayor atención. El confinamiento aviva la tensión y el estrés, dado que refuerza el aislamiento de las mujeres que conviven con compañeros y núcleos familiares violentos que les restringen el contacto, ya sea virtual o personal con personas cercanas.

A pesar de que la institución policial ha hecho acompañamientos y hay diferentes líneas de atención a las que las mujeres pueden acudir, las respuestas no han sido suficientes, incluso la institución policial aprovecha su autoridad para agredir físicamente a las mujeres. Han sido las plataformas alternativas y populares las que han acompañado a las mujeres diversas en esta lucha contra el patriarcado, el capitalismo y el racismo.

Son múltiples los medios de opresión y explotación a los que han sido sometidas las mujeres negras, las lesbianas y las trans. Todas las formas violentas de opresión se han manifestado no solo en el hogar, también en el ámbito público con las ideologías xenófobas y el odio que minimiza otras diversidades de género. Si para las mujeres negras heterosexuales es difícil la situación del confinamiento, lo es aún más para las mujeres LGBTI negras, pues corren mayor riesgo de ser agredidas. Diferentes organizaciones de mujeres han identificado que en este contexto de emergencia se ha aumentado en un 70% los índices de violencia contra la mujer.

Lo anterior es consecuencia de un sistema de dominación social que está constituido por prácticas sociales discriminatorias, fundamentadas en la exclusión e inequidad de quienes asumen una relación de poder de manera selectiva. El pico y género implementado en varias ciudades de Colombia como Bogotá y el Chocó, son un claro ejemplo de agresión contra la integridad de las mujeres que no se asumen bajo estándares blancos hegemónicos. 

Alternativas solidarias

A lo largo de la historia han sido las mayoras, las tias, las nanas, las abuelas, las madres negras, las que nos han enseñado que otras alternativas son posibles. Han sido los remedios de las ancestras, los que han permitido al pueblo negro creer que otras formas de vida son posibles.

En este momento de crisis mundial, han sido las organizaciones de base, las colectivas feministas negras, las comunidades negras, las mujeres rurales y urbanas, y otros grupos étnicos, los que han respondido con alternativas solidarias, populares y comunitarias, encaminadas a una sociedad que defiende el territorio desde las diferentes concepciones de vida.

Para hacer frente a esta pandemia  es necesario pensarnos nuevos retos y otras alternativas de ciudad y de campo que no sean las impuestas por los gobiernos de turno. Apostar por alternativas que vayan contra los modelos económicos que han fragmentado la población y nos han negado el acceso a la salud, la vivienda, la educación, etc. Han sido muchas las estrategias propias sustentadas en el bien común, el fortalecimiento del tejido social y la cooperativizacion del trabajo, planteadas por los sectores comunitarios y periféricos del país.

Para sobrevivir a esta pandemia es necesario fortalecer nuestro nivel estructural, físico, emocional y espiritual; algo que aviva las almas en confinamiento es el escuchar un currulao, un bullerengue, un mapalé. Retomar prácticas ancestrales como el trueque o la mano cambiada, también posibilitan la vivencia de nuestros pueblos. El trueque, como lo hacían nuestras mayoras de vereda a vereda, barrio a barrio, es la manera mancomunada de seguir construyendo comunidad con palabras tan sabias como: “donde comen dos, comen diez”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por: Ingrid Lorena Jiménez Díaz

Amanecer con la noticia de pasar de un ensayo de cuarentena a una en propiedad, hace que muchos sean incredúlos de la situación, gente desesperada luchando hasta por conseguir un tapabocas, a otros simplemente no les interesa  tenerlos, hay afanes más urgentes: ¿qué vamos a comer? ¿Cómo vamos a pagar las deudas, los impuestos, la renta? Preocupaciones que no dan espera. Mientras tanto los medios masivos de comunicación informan que en todo Colombia existen las posibilidades de aislamiento, sin embargo, en los barrios populares, en el campo, en las periferias de las ciudades, se viven las cosas de otra manera, no como nos lo quiere pintar el gobierno de Duque en cada reunión con su gabinete, con el fin de suponer un ambiente de seguridad y tranquilidad cuando los números de contagiados suben y los  señalamientos crecen. Casualmente los que padecen tal mal son de la clase pobre, obrera, los sin salarios, los de a pie, los vendedores ambulantes, las trabajadoras sexuales, los artistas, los muchos, la mayoría.

En la  actual crisis por el coronavirus, las mujeres de los barrios populares vivimos en hacinamiento y no existe ninguna posibilidad de hacer trabajos en casa, porque simplemente los trabajos son otros que se hacen en los hogares y no tienen remuneración alguna: servicios generales, seguridad, domicilios, confección, trabajos del cuidado de personas enfermas, ancianos o niños. 

Es importante resaltar que los trabajos del cuidado y labores domésticas representan entre el 15 y 20 % del Producto Interno Bruto de los países. Ante este panorama el presidente no dijo ni una sola palabra sobre el tema, ni mucho menos fueron tenidas en cuenta estas realidades por quienes toman las decisiones locales.

En el campo muchas mujeres nos enfrentamos al olvido, al aislamiento estatal, a la marginación, la unica manera de ver la pelicula que estamos vivendo es por medio de los canales comerciales, en las  noticias solo se ven notas viciadas de intereses globales, nada es real. Mentiras contadas a medias para seguir engañando y posicionando cortinas de humo… Mensajes comerciales como “lavarse frecuentemente las manos” es una recomendación difícil de acatar cuando el  agua potable no llega todos los días por el racionamiento. Si se tiene agua para comer no se tiene agua para lavar las manos.

"Resguardarse en la casa es un elemento importante, para salvaguardar la vida”, dicen muchos. “No salir y denunciar al que lo haga, es una tarea de todos”. Sin embargo, eso no es aplicable en muchos lugares donde el hambre y las necesidades básicas no están resueltas, donde culturalmente los tejidos sociales, las relaciones con los vecinos son distintas a las que nos toca aconstumbranos en  tiempos de pandemia… Empezando porque muchas no tenemos claro qué es,  ni mucho menos qué implicaciones tiene.

Todas estas condiciones originadas e implantadas a las mujeres, a las clases pobres, ponen en confrontación al gobierno y al Estado, motivan a que Organizaciones feministas barriales hagamos el llamando a todas las mujeres organizadas o no, para construir estrategias que nos permitan juntarnos y contextualizarnos de lo que realmente está pasando. Descubrir, investigar, leer hasta de manera colectiva, y compartir el conocimiento con otras es el reto.  Superar los obstáculos tecnológicos y dar la batalla ahora desde las ideas, la comunicación en estos tiempos de crisis es clave.

Como mujeres hemos construido encuentros virtuales que nos han permitido informar sobre las luchas populares y feministas históricas, y que con o sin Coronavirus siguen en pie. La pandemia no la  entendemos como un hecho social del momento, sino que esta asociada a la crisis estructural que están viviendo los estados neoliberales como el nuestro y que por ende nos afecta directamente.

Todo este proceso coyuntural de salud pública, el colapso de las pequeñas economías y demás, nos están confirmando que los movimientos sociales en Colombia, Latinoamérica y el mundo tenían la razón, que todas nuestras exigencias y reivindicaciones son legítimas y que los Estados y los gobiernos no tienen las infraestructuras sociales ni culturales para poder garantizar nuestros derechos.

En nuestros espacios nos hemos acogido a la premisa que distanciamiento físico no implica un aislamiento social. Es decir, nosotras debemos pensar en como sostener  las luchas populares y feministas, nos preguntamos entonces ¿cómo hacer resistencia a la gestión de los estados patriarcales de la vida cotidiana en medio de la pandemia? Ejemplo de ello lo que está haciendo el gobierno colombiano con la entrega de los mercados bajo un argumento de solidaridad, cuando entendemos que en realidad no es más que corrupción en la contratación y tercerización. O las líneas de atención de violencias de género que nunca responden a pesar de que las cifras de maltrato en tiempo de cuarentena han aumentado un doble, o hasta el triple de casos (98.583) en comparación con el  año pasado, y ni hablar de los feminicidios, problemas de salud mental, entre otras.

¿Cuál es el llamado como feministas populares para afrontar la pandemia? Mantener la lucha de los comunes. Es el momento para seguir legitimando las demandas y exigencias al Estado y clases tradicionales burguesas por la garantía de nuestros derechos para la vida digna, no mediada por el lucro sino por el bienestar general. Reformas estructurales, polítcas públicas, leyes a favor de nosotras las mujeres, planes de desarrollo, políticas ambientales, y salud integral.

El camino es la resistencia, la autonomía, y la auto- gestión. Interiorizar esa premisa que descentraliza el autocuidado, según la cual “el estado no me cuida me cuidan mis amigas". Recurrir a la medicina preventiva y ancestral como nos lo han enseñado las mujeres bolivianas.

El momento histórico requiere generar y fortalecer las organizaciones barriales contra el hambre, además de construir estrategias colectivas que nos permitan organizarnos y ser empáticas con los vecinos. Brindar ayudas solidarias más allá del asistencialismo, y hacer veedurías a la entregas que está haciendo el gobierno nacional, regional, y local.

También seguimiento a los decretos establecidos por la administracción local, regional y nacional (movilización individual, pico y cédula, pico y género, educación virtualizada, obligaciones de los trabajadores de salud, entre otras). Redes locales con vinculación a lo regional y nacional que brinden ayuda frente al manejo de la salud mental en confinamiento (ideas suicidas, miedo al contagio, miedo al futuro, depresión, ansiedad, deudas).

Economías del trueque y comercio amparadas bajos los principios de solidaridad, esto ha permito sostener y apoyar económicamente familias, además de hacer donaciones a procesos barriales feminitas manteniendo el precio justo. Redes para socializar estrategias de cuidado y auto-cuidado durante y después de la cuarentena.

Redes de compras sin intermediarios (mercados virtuales presentando los productos de las personas), red de productos locales e inter-veredales y barriales promocionándolos entre los vecinos y amigues. Construir tejidos, escuchar las posiciones de las otras y desde allí hilar propuestas para mantenernos vivas en la pandemia y posterior a ella.

En este contexto nos queda no perder de vista que la juntanza es la salida para hacer fuerza y seguir con la resistencia, ejerciendo un papel protagónico que motive a otras y otros exigiendo el libre cumplimiento de sus derechos, y la garantía de una vida digna, soberana y autónoma. Nuestro deber es seguir salvaguardando la vida, sin embargo no basta con defendernos contra el  virus si es el mismo estado quien recrudece la situación con sus decretos, sanciones, desigualdades, injusticias y exclusión.

Es por eso que hacemos el llamado, y lo seguiremos haciendo hasta que muchas más despierten y se unan a nuestras luchas, que son las mismas. La lucha es contra un virus, pero también contra un mal gobierno, contra las clases dominantes. Seguiremos generando conciencia colectiva con cada vecino, con la señora de la tienda, con amigos, con las guardias indigenas que hacen su trabajo desde la pedagogía del amor. Ellas no dan sabiduría desde sus territorios ancestrales sobre cómo cuidarnos entre todos sin militarizar la vida. Dejamos este mensaje de solidaridad y compromiso colectivo para mantener las redes abiertas.

 

Fotos tomadas de: Ciudad en Movimiento

Tuesday, 28 April 2020 00:00

En Altos, voces y trapos rojos se alzan

Texto: María Camila Carmona, Carolina Villalba y Daniela Zuluaga

Fotos: Julián Jiménez, María Camila Carmona y Ruido

Estos tiempos donde no sabemos qué nos deparan los días, donde los gobiernos que nos rigen no son conscientes de las necesidades de los territorios que habitan, donde el hambre se agudiza y se empieza a convertir en la peor pandemia de todas; sentimos la necesidad de unir fuerzas para acompañar desde la palabra, la presencia, y la convicción de que juntos y juntas podemos emprender acciones colectivas de resistencia a las prácticas individualistas y poco empáticas que se van posicionando con fuerza y sin distinción alguna. Como bien dice Caparrós: “El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre”.

Altos de la Torre es uno de los tantos barrios no legalizados de la ciudad de Medellín, está ubicado en una de las periferias de la comuna 8. Allí, las prácticas de resistencia y solidaridad han hecho que pese al abandono estatal, se sientan “viviendo en el Poblado”, como menciona una de sus lideresas después de contar que ahora gozan de vías de acceso, energía y  camillas por si hay algún enfermo. Beneficios que como muchos otros, se han logrado gracias al convite y la “gestión” de sus mismos habitantes.

Es también el barrio que nos permitió acompañar a algunas de sus mujeres desde el ser maestras, el mismo barrio que con trapos rojos en sus casas llama a gritos la dignidad, un grito cada vez más agudo porque el hambre no da espera. “Mis animalitos y yo no teníamos nada que comer, yo creo que me va a tocar volver a salir a trabajar porque no nos podemos morir de hambre”, decía una de las mujeres que como muchos y muchas encuentra en las ventas informales su sustento diario, “¿dónde están las supuestas ayudas de la alcaldía?”. Por eso alzamos la voz, con ellas, para que se sientan acompañadas en su lucha, que no están solas, ni sus familias y vecinos.

Las voces del pueblo se escuchan rozando el cielo como una plegaria en la mañana que se levanta entre un círculo de mujeres. Al decir: “primeramente, gracias a Dios por esto que hoy estamos recibiendo y a ustedes por subir hasta acá”,  a nosotras nos hace eco este rezo como un resonar de esperanza. Una comunidad que narra su cotidianidad a través de escenas que le dan sonoridad, por medio de un fogón de leña encendido, a través del cacareo de las gallinas en el corral, y entre palabras místicas que nos regalan diciendo: “que dios las suba al cielo y las vuelva a bajar”.

Cada mirada tan profunda y determinante pareciera que nos pusiera en un estado de levitación, pero como bien nos decía alguna vez una de las lideresas: "el dolor siempre va a existir, pero no para paralizarlo a uno, sino para enseñarle a caminar’’.  Todo al unísono, entre el orar y el andar, nos hace entender que esta es una invitación a caminar –con los pies en la tierra–  uniendo estas realidades que nos nombran como pueblo que va hacia la esperanza en su modo de vivir, como diría Cabral, en su canción Buen día América del Sur:

Hay una forma de saber tu casa y es la misma forma de saber tu patria, hay una forma de saber tu patria, y es la misma forma de saber el mundo. Hay una forma de saber el mundo, y es la misma forma de saber el cosmos. Hay una forma de saber el cosmos, y es la misma forma de saber tu alma. Hay una forma de saber tu alma, y es la misma forma de saber tu casa, sabe tu casa no más y lo sabrás todo.

Una casa llamada la 8, que nos deja la puerta abierta y nos dice: “¿cuándo van a subir para hacer un arroz con leche en leña y a pilar mazamorra?” Una casa que nos ha hecho saber el mundo como una realidad posible y diferente, como una verdad de lucha que sin decir mucho, nos enseña a entregarlo todo en comunidad.

 

 

Referentes

Caparrós, M. (2018). El hambre. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta Colombiana.

Facundo Cabral. (1972). Buen Día América Del Sur. En Buen Día América Del Sur [LP]. España: RCA Victor.

 

Monday, 27 April 2020 00:00

El patio de mi casa

Texto: Malú

Ilustración: Valentina González

En esta situación observo que "el patio de mi casa es particular, se llueve y se moja pero no es como los demás".

Vivo en medio de una pandemia llamada microtráfico. En donde el hambre no tiene cara. Cuerpos de hombres y mujeres expuestos al virus porque el estómago no da espera. Se mueven entre billetes que no son de ellos, pero necesitan camellar, ahora no hay trabajo.

Se escucha: ey, ¿un blond o un crespo? ¿A cómo el popper?  ¿Ha subido o vale lo mismo?

Para esto no hay regateo, los compradores saben muy bien que cuesta una papeleta de perico, o una de tusi, la llamada diadema, ese polvo rosado vendido por la reina del tusi que se hace en mi patio toda la noche y lo camufla en sus pechos. Es una mujer mayor que, para no ser agredida o disimular ante la policía, la acompaña su amante, un migrante mayor que la susodicha ve noche tras noche en el mismo desván.

Yo, desde mi casa, no puedo objetar, porque mi patio es una plaza de drogas. Los mandamás me callarían y sirvo más estando viva. Ellos no usan tapabocas o guantes, dicen que el virus es un invento, que están sanos, otros dicen que si se han librado de los tombos, Dios los librará de esto.

Es normal ver cómo vienen de todos los lados a comprar, como si fuese feria, entre risas musitan: “que falte todo menos la marihuana”.

Juana, una mujer en extrema delgadez, esconde los paquetes entre matorrales mientras llega la hora de la venta. Juana es prostituta, pero en esta situación no puede trabajar, sus clientes están encerrados, por eso buscó la manera de levantar para comprar una libra de arroz, cinco huevos, panela para hacerle cena a sus pequeños, compró además cuido para su gato. Sin importar lo expuesta que esté. No puede coronar hombres, pero posiblemente el virus se la corone a ella.

Marcos, un trabajador de construcción, se le veía pasar a consumir, incluso peleé con él porque el olor a maracachafa, como yo le digo al cannabis, lo evaporaba al lado de mí ventana. Objeté por esta acción, y yo terminé siendo el ogro del barrio.

Marcos esta vez no fue a fumar, ni a comprar, estaba de jibaro, me dolió ver a este tipo comercializar la droga, pero tenía que ajustar para el arriendo porque el cucho de la casa quería sacarlo a él y su familia. Acá no aplica el vivir honradamente mientras pasa la pandemia, eso es para otros sectores, si no paga, hay unos que hacen que pague con fierro en mano. A Marcos no le exigieron un currículum, experiencia, simplemente los lanzan como carne de cañón a movilizar lo que manda la parada en un sector que no cumple leyes.

A mi puerta se han acercado personas que, en su momento, tuvieron abastecimiento pero la situación del covid-19 cambió sus vidas. Señora, ¿tiene manera de ponerme en una lista para una ayuda?, con la cara baja por vergüenza a pedir. Por eso digo que el hambre no tiene cara, le respondo: señor, en cuanto pueda le comparto, porque eso no es cuestión de dar es de compartir.

Mi barrio es otro mundo, en donde cada quien piensa en sí mismo, lucha por sobrevivir a costa de una muerte fija, a los que se les llenan las arcas no les interesan sus trabajadores.

Un mundo tan distinto al de los que, desde el privilegio, están protegidos, ataviados de comida. Pensando en la comodidad de sus casas, en cómo no salir gordos de está cuarentena.

Muchos saldrán como vacas, otros ya no saldrán.

 

 

 

 

 

 

Texto: Equipo Jurídico Pueblos

Ilustración: Botello

Los campos de exterminio fueron “fabricas de muerte” que emplearon los nazis durante la segunda guerra mundial en su proyecto de salvar el capitalismo europeo de la amenaza de los países socialistas. A diferencia de los campos de concentración, cuya esencia era la mano de obra esclava, el objetivo central del campo de exterminio fue asesinar en masa a población que no encajaba en el proyecto hegemónico nazi. 

La crisis estructural de las cárceles colombianas hace que esta institución concentracionaria se asemeje a los campos de exterminio nazi. Aquí la racionalidad se explica desde la adopción de una política criminal en la que predomina la seguridad por encima del respeto de los derechos de los presos y presas, y que busca encarcelar al pobre, al disidente, y a todo aquel que no encaja en el proyecto de sociedad capitalista. 

La diferencia del campo de exterminio con la cárcel colombiana es la prontitud en que ocurre la muerte física y simbólica de la persona privada de la libertad; mientras que en la primera experiencia la muerte ocurría de manera pronta, en la prisión el exterminio se da paulatinamente, exponiendo al detenido a una vida desnuda entendida esta como “la desposesión material y simbólica experimentada por los internos en una situación de control severa y arbitraria”[1].

El corona-neofascismo

El escritor argelino Albert Camus sentenció: “La peste reaparece cuando nadie ya la esperaba, porque el bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido durante décadas, en los muebles o en las camas, aguardando pacientemente en los dormitorios, los sótanos, los cajones, los pañuelos y los papeles viejos, y quizás un día, sólo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas”.

Todo indica que en La Peste, novela escrita en 1947 y publicada en 1951, Camus hacía alusión al regreso del fascismo en Europa. Lo asimila a una peste que se extiende pero que lleva a la in-movilización (cuarentena) de las luchas sociales. Hoy el neo-fascismo encuentra su mejor pretexto para expandirse en el covid-19 que origina un despertar masivo de las ratas. 

El virus covid-19 es selectivo y clasista, como lo es la política criminal que persigue la pobreza. Los ricos podrán soportar el tiempo que sea necesario para evitar la pandemia, incluso tienen asegurado una cama con ventilador en una UCI de un hospital privado. Así como la pandemia del covid-19 mostró el rostro asesino del capitalismo, para el cual la salud es un negocio, el virus letal también permitió conocer la tragedia de quienes están hacinados en los centros de reclusión colombianos.

El hacinamiento, sumado a las precarias condiciones de alimentación, salubridad y atención en salud, son condiciones propicias para que el virus se esparza con facilidad y genere un exterminio masivo de población privada de la libertad. Situación extrema que era perfectamente previsible, y denunciada, desde hace décadas.

Al momento de escribir este artículo, el covid-19 ya había contagiado a más de 2.5 millones de personas y causado la muerte de 172.551 en todo el mundo, según cifras de la Universidad Johnks Hopkins. En Colombia el número supera los 4.149 pacientes confirmados y los 196 muertos.

En el Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad de Villavicencio ya se han confirmado 70 casos positivos y 3 muertos por covid-19, todos adultos mayores. Esta cárcel reporta capacidad para 899 presos, pero su población interna es de 1814, lo que equivale a un 101,8% de hacinamiento.

Por otro lado, el 18 de abril en la cárcel Picota de Bogotá y Las Heliconias de Florencia, se confirmaron varios casos de detenidos que resultaron portadores del coronavirus. Ellos resultaron contagiados porque estuvieron en contacto con internos de Villavicencio, que fueron trasladados de manera irregular a esos establecimientos. Quienes sostuvieron contacto con estas personas infectadas no han sido aislados. Al contrario, ya fueron ubicados en los patios con otros detenidos. Toda una cadena de actuaciones que parece premeditada. La muerte implantada, al mejor estilo del nazismo.

Decreto (No. 546) de pena de muerte: La trampa del ilusionista

El anunciado decreto para descongestionar las cárceles colombianas es un saludo a la bandera que condena al exterminio a la mayoría de las personas privadas de la libertad. Su redacción, medidas y alcance reflejan el carácter genocida de la clase política que gobierna Colombia.   

El 21 de marzo de 2020, mientras los presos de varias cárceles del país realizaban un cacerolazo exigiendo medidas de fondo para afrontar la pandemia, fueron masacrados en total estado de indefensión 23 reclusos en la cárcel Nacional Modelo de Bogotá, mientras que otros 85 resultaron heridos con arma de fuego. Esa fue la antesala de jornadas de protestas expresadas en desobediencias, huelgas de hambre, plantones, comunicados y acciones urgentes que replicaron miles de presos.

La respuesta del Fiscal General de la Nación ante la masacre fue des-informar sin prueba alguna, afirmando que lo ocurrido el 21M fue un plan de fuga liderado por el ELN. Una vez más, se protege a los responsables de los crímenes de lesa humanidad y el genocidio con la vieja táctica de desviar la investigación. Simultáneamente, la ministra de Justicia Margarita Cabello Blanco, en rueda de prensa disparó la frase que resume la necro-política del uribismo: “Lo que hubo fue un intento masivo y criminal de fuga en el centro penitenciario de la Modelo y motines en varios centros penitenciarios del país". "Hoy no hay un solo contagio, ni un privado de la libertad, ni del cuerpo administrativo o de custodia que tenga coronavirus o que podría estar aislado por coronavirus”, luego concluyó que “ningún preso logró fugarse”. 

Es cierto, ningún preso se fugó, pero 23 fueron asesinados por la guardia, a muchos de ellos les faltaba poco tiempo para obtener libertad, otros tantos jamás debieron llegar a la prisión. Esa noche Bogotá estaba bajo un simulacro de cuarentena, sus calles estaban vacías, la tesis de la fuga era absurda ya que ante un acto desesperado por parte de los internos su recaptura era cuestión de horas.

Transcurrieron 23 días para que el gobierno nacional expidiera el Decreto 546 de 2020 con el que supuestamente buscaba reducir la población carcelaria a través de la detención o la prisión domiciliaria.  Según los cálculos iniciales del Ministerio de Justicia, estas medidas permitirán la salida a sus casas de aproximadamente 5.000 personas.

De acuerdo con las cifras del Inpec, el hacinamiento en los establecimientos carcelarios del país, a febrero de 2020, era de 53,7%. Actualmente, la capacidad penitenciaria del país es de 80.763 cupos. Sin embargo, la población privada de la libertad es de 124.105. Así las cosas, quienes se irán a sus casas representan solo el 3,3 % de la población recluida.

Los beneficiarios del cuestionado decreto serán los presos y presas mayores de 60 años, madres gestantes y lactantes o con hijos menores de 3 años dentro de los establecimientos penitenciarios, personas que padezcan enfermedades graves o en condición discapacidad, quienes hayan sido condenados a penas menores de cinco años, o hayan cumplido el 40% de la sanción. Sin embargo, en ninguno de estos casos se podrá otorgar la detención o prisión domiciliaria a quienes estén vinculados y vinculadas por una larga lista de delitos excluidos. La norma pretende favorecer a personas sentenciadas o sujetas a detención preventiva por delitos culposos, lo que representa un mínimo de la población, pues difícilmente por esta modalidad de punibles se llega a la prisión.

En total, 79 delitos quedaron por fuera de toda posibilidad de conseguir prisión o detención domiciliaria transitoria. Entre ellos figuran todos los relacionados con la protesta social, rebelión, terrorismo, concierto para delinquir, entre otros que normalmente imputan a miembros del movimiento popular. Campesinos, compañeros y compañeras de movimientos sociales, barriales, y estudiantiles que están actualmente privados de la libertad fueron condenados a muerte. También se excluyeron los delitos de drogas, el cual está entre los cinco delitos más numerosos de las cárceles. Un estudio que hizo DeJusticia mostró que más del 15% de la población carcelaria está presa por tráfico de estupefacientes en pequeñas cantidades. Este porcentaje es mayor en las mujeres.

Los otros delitos punibles con mayor población en prisión son hurto agravado y calificado, homicidio y concierto para delinquir, los cuales casi siempre están relacionados con condiciones de pobreza y marginalidad del condenado. Todos fueron excluidos del beneficio previsto en el Decreto, que vale la pena decir es temporal,  pues vencido el tiempo de vigencia de la norma, los internos tendrán cinco días hábiles para presentarse ante los jueces de control de garantías quienes definirán si ya cumplieron sus penas o deben regresar a prisión.

En suma, a las jornadas de protesta carcelaria, las recomendaciones hechas por organismos como la Comisión Interamericana de derechos humanos de la OEA y muchas otras voces que exigieron medidas urgentes, el gobierno Duque responde con una norma inocua.

Fiscal duquista y genocida

El 6 de abril, el fiscal general de la nación, Francisco Barbosa –íntimo amigo del presidente de la república–, envió un documento de 17 páginas al gobierno y las altas cortes con sus observaciones al borrador del decreto legislativo.

En esencia se oponía a la excarcelación masiva de presos, justificándose en un discurso estigmatizador y prejuicioso, a través del cual se reafirma una cultura segregacionista que tiene alto peso en la sociedad colombiana. Barbosa afirmó que “la criminalidad (quebrantando el principio de presunción de inocencia de los sindicados) es más peligrosa que la pandemia”; e implantó un falso dilema entre los derechos humanos de la población reclusa y la seguridad ciudadana. El fiscal legitimó el genocidio en curso en las prisiones de Colombia.

Barbosa se inclinó por una “excarcelación minimalista”, es decir la salida del mínimo posible de presos y presas, bajo el argumento de que estas medidas “pueden alentar la criminalidad al propiciar una sensación generalizada de impunidad”. Este fue el criterio que finalmente primó, junto a la idea de que es preferible someter a la pena de muerte a las personas encarceladas para evitar un peligro –abstracto y discursivamente creado– contra la sociedad. La población reclusa fue deshumanizada y demonizada. La clásica fórmula a través de la cual las clases en el poder han construido las alteridades negativas, para justificar su aniquilamiento.

Lo que se requiere para evitar una masacre

El movimiento nacional carcelario ha planteados propuestas concretas y serias para afrontar no solo la crisis provocada por el covid-19, sino para superar el problema estructural carcelario. El gobierno debe escuchar sus peticiones.

Ante la situación inminente de una propagación acelerada del virus, como mínimo se requiere la excarcelación del 40% de la población carcelaria. Por lo tanto es necesario expedir un nuevo decreto que suprima o limite drásticamente el artículo 6 referente a las exclusiones, y aumente la cantidad de reclusos beneficiados.

Pero adicionalmente urge nombrar más jueces de ejecución de penas que apliquen no solo las medidas de excarcelación extraordinaria, sino también la legislación vigente sobre libertades. Igualmente reestructurar las oficinas jurídicas de las cárceles, que igual que la rama judicial son monumentos a la decidía y modorra burocrática.

Se necesita una excarcelación maximalista. En Brasil, con un ultraderechista en el poder y donde hay unos 690.000 reclusos, liberaron a casi 30.000 personas. En Irán, donde hay unos 230.000 presos, excarcelaron a más de 85.000, el 36 %. En Indonesia salieron 30.000 personas para evitar el hacinamiento. En Italia anunciaron la libertad con vigilancia electrónica para alrededor de 6.000 reclusos.

Deben existir medidas diferenciales para las personas bajo detención preventiva, pues mientras no sean condenadas se consideran inocentes. Según cifras del Inpec, el 33% de los internos en cárceles son sindicados, es decir casi 41.000.

Asimismo, deben adoptarse medidas de tratamiento diferencial para las mujeres, en su mayoría pobres y a cargo del cuidado de niños y niñas o ancianos y ancianas. Se necesita también un procedimiento expedito que permita la excarcelación de manera inmediata, pero con posibilidad de acudir a la doble instancia, opción cercenada en el Decreto de Duque.

Es fundamental adoptar medidas concretas según la realidad de cada cárcel. Hay centros penitenciarios donde el hacinamiento está incluso por encima del promedio nacional. Además, fortalecer el sistema de salud penitenciaria, garantizar el abastecimiento de agua potable 24 horas al día y la implementación real de protocolos de contención y prevención del virus al interior de los establecimientos.

 

[1] Resistiendo la "Nuda Vida": los prisioneros como agentes en la era de la Nueva Cultura Carcelaria en Colombia, 2015. Disponible en https://revistes.ub.edu/index.php/CriticaPenalPoder/article/view/9853

 

 

Wednesday, 22 April 2020 00:00

Bandera rojo invisible

Texto e ilustración: Valentina González

En el centro de Medellín ya nos habíamos resignado a vivir día tras día entre el aire más fétido del valle, pero hoy la alerta roja se alza por otras razones igual o más preocupantes. Nos vemos hoy en un confinamiento que está excavando cada día la raja insoldable que separa nuestra sociedad mediante el dinero y la posibilidad de sobrevivir entre la frágil economía.

La crisis no es algo nuevo, la presencia del covid-19 en la ciudad, y en el país en general, solo ha hecho evidente lo que se ha intentado ocultar durante años, porque esta distopía que hoy caminamos tiene raíces profundas en nuestro suelo. Pareciera que los Colombianos hemos cimentado nuestra identidad desde los causes del Hambre, la desigualdad, el miedo y el dolor, no por nada el rojo sigue presente  y creciente en nuestra bandera Nacional.

Hoy escucho desde mi ventana, mientras escribo desde la comodidad de mi clase media, como a pocas cuadras de distancia la gente golpea sus cacerolas y grita porque no hay esperanza. El olvido al que se han sometido los empobrecidos durante años, hace que la única presencia estatal ante la vulnerabilidad de esta cuarentena sea la vigilancia constante del ejército y la policía en las calles, el arrinconamiento e identificación de los transeúntes y los operativos de desalojo en los inquilinatos, ofreciendo casi ninguna solución efectiva para montones de personas que hoy están en riesgo de morir de Hambre.

Entre tanto, veo como el abogado con el que convivo recibe una orden de teletrabajo de su superior, uno de los empresarios más acaudalados de la ciudad. Le ordena suspender masivamente la mayor cantidad de contratos laborales posibles, utilizando todos los tropiezos y vacíos que la ley y los actuales decretos puedan tener. Este Patrón, como muchos otros, no ha logrado tomar suficientes respiros entre whisky y whisky, y se ha olvidado de la situación a la que está arrinconando a quienes han cedido, desde sus derechos mínimos laborales hasta su libre ejercicio de la democracia, con tal de continuar en sus puestos de trabajo.

Cuando voy  al mercado veo como cada vez más y más casas de este borde del centro se van tiñendo de camisas rojas, mientras que en las redes sociales nos invaden con retos creativos para abolir el tedio, o rutinas para mantenerte delgado y sonriente, otras maneras para que no sea tan difícil la autoexplotación desde casa –¿en serio me dicen que soy un héroe si me quedo en casa compartiendo memes, hipnotizado ante las pantallas brillantes todo el día?– Y es cierto, a otro montón de personas no les importan ni saben de esas banderas rojas, solo cuentan los días para volver a la normalidad.

Voy al jardín cuando gana la ansiedad, allí me siento a ver cómo pasa todo en el exterior. Pasa un niño venezolano recolectando comida por todas las casas, pasa una anciana vendiéndome dulces, pasan los carreteros con cada vez menos verduras, pasan los innombrables de la cuadra en sus negocios turbios de siempre, pasan los carros de jóvenes recogiendo ayudas para sus barrios periféricos. Y pienso: ¿es insuficiente esto que logro compartir?, porque la desigualdad es tan evidente y tan violenta, que ahora solo quisiera salir a las calles y romperlo todo, gritar en contra de quienes quieren aumentar sus cuentas bancarias a costillas de la vida de todos. Pero no puedo, ni podré en un buen tiempo.

Es extraño, y sobre todo escalofriante, ver como los libros de ciencia ficción que devoraba en mi adolescencia ahora son ciertos. Este lado de la historia la versión no estará acompañada de alta tecnología ni de viajes interplanetarios, solo nos tocará la avanzada totalitarista ya anunciada. Desde aquí puedo observar la ciudad con la enorme sensación de estar a punto de desbordarse, y con la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

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