Carlos Mario Palacio

Carlos Mario Palacio

Era un martes frívolo y oscuro en las calles de Ituango. Sonaban las campanas de la iglesia. Exactamente a las 5:30 de la tarde, en uno de los tres resguardos indígenas, fuimos recibidos por integrantes del Movimiento Social Ríos Vivos, quienes nos compartieron sus procesos de lucha y defensa de la vida en el Norte de Antioquia, un territorio en disputa. Mientras pasaban los minutos, sentía cómo se me arrugaba el corazón al observar esos rostros insensibilizados por una guerra que no les pertenece. Media hora después, pude comprender que la Caravana Humanitaria, que tenía como propósito compartir una palabra de alegría y esperanza a líderes, lideresas y habitantes de estas comunidades, había comenzado. “En resistencia por el territorio y por nuestro río –decía en letras mayúsculas y minúsculas la pancarta que sostenían dos mujeres alzadas en coraje–, ¡Seguimos vivos y vivas, cañoneros y cañoneras!”.

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Varias agujas entre unas manos heridas sirvieron para reconstruir la memoria de un pueblo olvidado. Varios hilos tejidos en una lona de diversos colores y texturas fueron el inicio de la juntanza llamada Asociación de Mujeres Defensoras del Agua y la Vida (AMARUD), creada en marzo de 2015 bajo la premisa: tejemos memorias y sueños.

Cuatro mujeres –madres, viudas, desplazadas, amenazadas, discriminadas– paridas en el cañón del río Cauca, y víctimas de una guerra sucia perpetrada por todos los actores habidos y por haber, se convirtieron en el símbolo de la resistencia en medio de una historia escrita con los calificativos más nefastos.

Hace 25 años comenzó una historia tan común como enigmática. Amenazar la tranquilidad de los suyos, desplazar la gente, matar la vida, talar la montaña, apagar los sonidos sabios de la naturaleza, represar el río, revictimizar a las víctimas y humillar la dignidad humana era el fin único de esta. Y entonces pulularon los desplazamientos forzosos y masivos que desterraron las raíces más profundas de la tierra a las grandes ciudades.

Aunque no pudieron lograr totalmente esa meta, a las 5:40 de esa tarde, doña Elena*, mientras estiraba su mirada hacia nosotros, soltó la primera de sus tantas pesadillas: “Cuando tenía 14 años fue mi primer desplazamiento cometido por los grupos armados. En medio de esta tormenta perdí a tres familiares: dos hermanos y mi esposo desaparecido. El segundo desalojo fue en el 2011 cuando nos desplazaron para construir el muro de la presa [de Hidroituango]. Recuerdo que nos montaron a un helicóptero y nos subieron hasta la montaña. Poco después cogimos para las playas de más arriba”.

En ese entonces la violencia parecía –y parece ser– un mal sin salida. Doña Elena fue víctima del conflicto armado que azotó esta zona geoestratégica, y de EPM. Catorce desplazamientos bastaron para comprobar que existe una crisis humanitaria que perdura hasta el día de hoy. Abandono y olvido traen consigo la violencia que significa un insulto a la paz y una bofetada a la tranquilidad de las comunidades.

El 95% de los ituanguinos se reconocen como víctimas. En el tercer piso de una casa sin equipamientos, los relatos de Elena y su amiga Julia* traspasan las barreras de la impunidad, aunque representen un mínimo porcentaje de esa cifra: “El último desplazamiento fue el año pasado cuando 700 hombres armados y varios encapuchados nos desarraigaron”.

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Para AMARUD, cada tejido ha servido para sanar muchas de sus heridas. También ha servido para tramitar ese dolor impune, esa desaparición forzada y esa injustificada pérdida humana. El miércoles en la mañana, la Caravana Humanitaria arribó a Toledo, un municipio empinado que es sostenido por una montaña ubicada en todo el meollo del megaproyecto Hidroituango. Fue allí donde conocí el lado más humano de toda esta resistencia. Entendí que el liderazgo social no admite puntos de comparación y de represalia. La transformación social debe fomentar respeto por el otro y lo otro. Pese a los innumerables intentos de apagar la vida, dicen las mujeres, el perdón constituye la virtud que destaca a la asociación en su quehacer diario.

Sentadas en una silla de madera que adorna el parque principal, explican que la pancarta ha recorrido 16 países, cinco universidades, y multitudinarias marchas, “el mensaje lo construimos en un momento muy doloroso porque habíamos perdido todo: nuestras casas, nuestros bienes, nuestro río… no sabemos de dónde sacamos el valor de coger una aguja y tejer cuadrito por cuadrito lo que nuestros corazones sentían”.

De repente, las dos mujeres liberaron los brazos y nos contaron sobre quienes la tejieron: “El trabajo colectivo nos permitió expresar las vivencias de cada una de nosotras. Por ejemplo, este dibujo lo tejió el compañero Oscar* cuando tenía pareja. El de allá lo tejió otro compañero. Este lo hizo mi hijo. Abajo está plasmada la casa de la memoria. Este es el río Cauca con el color natural. Esta culebra, esta montaña y este tigre lo hizo el compañero Rubén. Esta otra montaña la hizo el compañero Chucho. Esta serpiente y este sol la hice yo. Es decir, una obra de arte contada desde diferentes historias”.

Según Elena, la casa de la memoria quedaba a un lado del río, en la playa conocida como la “arenera”. Para construirla aprovecharon los plásticos y los troncos que bajaban por el río. Una vez terminada decidieron destinarla exclusivamente para hablar de las víctimas, cómo iba el asunto de la reparación, y pegar en las paredes, en forma de postal, las fotos de sus víctimas.

La inundación del año pasado represó las memorias y los sueños de los hijos y las hijas del río Cauca. La incertidumbre creció con el paso de los días y hoy solo queda el legado de sus descendientes. Insisten en conservar su oficio y convertirlo en tradición, así como en algún momento la pesca y el barequeo fueron la tradición cultural de Ituango.

Elena toma un suspiro, el tono de su voz aturde todo lo que toca. Ahora se lamenta porque el 11 de noviembre tienen que entregar el sitio donde viven: “Estamos en el albergue nada más con lo básico. Algunas veces no tenemos la forma de dormir bien y mucho menos contamos con una escoba para barrer. Dependemos de la venta de las mochilas”.

Piden al Estado que de una vez por todas solucione la situación que afrontan, pues no tienen para dónde irse. “Nos quitaron el trabajo, nos quitaron el sustento, nos quitaron la comida, nos quitaron la tierra, nos humillaron, nos discriminaron, nos desplazaron”. Aún no se resignan porque confían en recuperar su río.

Por ahora estas dos mujeres –madres, lideresas, defensoras, luchadoras, reconciliadoras– estiran la mirada, arrugan las cejas y engrandecen la esperanza: “Entonces las personas que vean este mensaje, que les guste el tema de los derechos humanos, ayúdenos a tejer nuestro territorio porque cuando compran estas mochilas, están comprando miles de sueños, puntadas, tejidos, recuerdos, memoria y resistencia”.
- ¡Bueno pues, ahí tienen la invitación!

*Los nombres de las personas entrevistadas fueron cambiados por seguridad

Saturday, 07 September 2019 00:00

Un abrazo sagrado a las montañas del Suroeste

En el Suroeste de Antioquia, los territorios son sagrados para la vida y las majestuosas montañas son la inspiración para que sus pobladores persigan firmemente ese ideal. De principio a fin, las luchas promueven un sentimiento conjunto hacia la justicia social y dignidad de las comunidades. Allí las amenazas están más vivas que nunca. La AngloGold Ashanti (AGA), una de las multinacionales que más contamina el ecosistema en el mundo, desea convertir los bienes comunes –el medio ambiente– en mercancía de primera mano. Minería de oro, plata, cobre y otros minerales a gran escala.

Cuenta Herman Vergara, líder comunitario del Cinturón Occidental Ambiental (COA), que la multinacional africana solicitó a la Secretaría de Minas del departamento una licencia ambiental para explotar las montañas de Jericó –municipio multicultural y colonial ubicado a 114 km de Medellín– durante aproximadamente 23 años, por lo que dice no confiar en esa supuesta vigencia, “en caso tal de concesionarse el proyecto, los territorios quedarían totalmente explotados, de igual forma si el material continúa, de seguro les renuevan los contratos y la minería no tendría una fecha límite de cierre”.
Hace catorce años llegó a Jericó la AngloGold Ashanti. De inmediato, emprendió la compra de seis títulos mineros con una extensión de 7.594 hectáreas, terrenos pertenecientes en un 80% a Jericó y un 20% a Támesis. El proyecto Quebradona es una de las principales aspiraciones mineras de todo el país y estaría ubicado en la Provincia de Cartama, compuesta entre otros municipios, por la vereda La Soledad y el corregimiento de Palocabildo de Jericó.

Según explicó un geólogo que adelantó estudios en el área de influencia del proyecto, en los que evaluó el grado de contaminación y cómo se encontraba la calidad del agua, hasta el momento la meta es construir siete kilómetros de túneles por debajo de la superficie de la tierra donde se encuentra localizado el depósito con los correspondientes minerales.

Es por eso que la multinacional se niega a desistir de Quebradona, más que todo cuando se estima que el proyecto producirá 3,92 millones de toneladas de cobre, 6,13 millones de onzas de oro y 85 millones de toneladas de plata. Por tal razón, la AGA es un actor no grato para el Suroeste de Antioquia, tanto así que los campesinos de La Soledad y Palocabildo se niegan a dejarla entrar a su territorio, porque ningún oro calma la sed y ninguna draga remplaza las manos para sembrar y cultivar la tierra.

–Les decimos que ni un centímetro de minería de Palocabildo hacia arriba. Nos hemos ido treinta y cuarenta campesinos a bloquear los estudios de la AGA y les decimos, ¡ustedes de aquí no pasan! Por fortuna no han podido avanzar. Si llegarán a entrar no estaríamos preparados para cargar con esa condena de por vida­–, asegura José Raúl Tamayo Escobar, caficultor de la vereda La Soledad

Mandato popular del COA
El Cinturón Occidental Ambiental ha sido la piedra en el zapato para la AngloGold Ashanti. Sus cosmovisiones son para la empresa una sombra oscura, rebelde y un estorbo que no deja avanzar el “desarrollo y progreso” de una región prometida. A partir del año 2011, este movimiento regional como proceso de articulación ha logrado que organizaciones campesinas, indígenas, ambientales, sociales, juveniles y artísticas del Suroeste antioqueño defiendan sus territorios frente a la explotación minera por parte de transnacionales productoras del deterioro ambiental, económico y social.

Ante eso han surgido propuestas alternativas al desarrollo orientadas hacia la participación y la autonomía de las comunidades. El mandato popular COA se define como una apuesta social, cultural y política de autodeterminación territorial y ha sido, durante años, la principal solución a los conflictos socio-ambientales que amenazan al Suroeste antioqueño. Sus pobladores creen en otras formas de estar y habitar en el territorio sin necesidad de desplazarse a los centros urbanos. El mandato popular, en sí mismo, busca resignificar los usos del suelo y el agua, la tradición campesina, las fuentes hídricas, la participación social y la educación popular territorial con el propósito de que el campesinado no abandone lo que tanto ama, cuida y valora: la tierra.

Un sueño llamado Plan de Vida Comunitario
En medio del Suroeste se forma un collar verde agreste, exuberante y rebelde que acoge a Caramanta, un municipio inmarcesible ubicado en el área de confluencia de los ríos San Juan y Cauca. Escondida en las montañas, aparece el rostro genuino y la fuerza femenina de Olga Rocío Ospina, quien encontró en el COA la mano amiga para fortalecer sus circuitos económicos por medio de los planes de vida comunitarios. “En la vereda San José la Guaira comenzamos a construir nuestros propios planes de vida a través de la diversificación de los productos que daban nuestras fincas. Lo que hicimos fue poder tener especies menores y no vivir de un solo cultivo, eso nos permitió mejorar la economía familiar”, cuenta mientras suelta una mirada dulce y una sonrisa de oreja a oreja.

Olga Ospina hace parte activa de la Asociación Agropecuaria de Caramanta (ASAC) desde poco tiempo después de la muerte de su padre, “uno siendo niño empieza a soñar con unos planes de vida permanentes en el tiempo. Sin embargo, mi papá no permitía que uno tuviera un sueño porque a diario decía que eso valía mucha plata. Él se cerraba a lo negativo, pero cuando quedé sin la compañía de mi padre vi la necesidad de abrazar un sueño llamado plan de vida comunitario”.

Reconoce que los abrazos no solo se dan con las manos sino también con la palabra liberadora y el espíritu transformador. No importa si los sueños fueron estropeados, si, a fin de cuentas, se puede convivir con ellos. De esta manera, en gratitud al amor y cariño que diariamente le ofrece la madre tierra en su finca, Olga participó inagotablemente, de principio a fin, bajo el sol y la lluvia, en la Tercera Travesía por el Suroeste: “un abrazo a la montaña”, que tenía como propósito ratificar a la AngloGold Ashanti como actor no grato en Antioquia y posicionar las voces sinceras y protagónicas que, como la suya, dieron un aliento de fuerza por el agua, la vida y la defensa del territorio.

Cuando la conocí en Jardín pensé: Olga –como muchas mujeres– representa la montaña madre que, a futuro, le quiere regalar muchos sueños a sus hijos que todavía viven y faltan por vivir.

El temperamento de las comunidades campesinas y organizaciones de base comunal del Cesar y El Catatumbo se reveló después de estar escondido y callado durante 18 meses de presión y ataques por parte de los militares del Ejército nacional acantonados en límites del Catatumbo y el departamento del Cesar. Las comunidades manifestaron no estar de acuerdo con las acciones represivas llevadas a cabo por el batallón número 10, quien tiene a su mando miembros de la Primera y Segunda División del Ejército nacional, olvidando completamente su compromiso y responsabilidad de proteger la vida en una zona de alta concentración de riquezas y grupos armados.

Tras la detención de cédulas por más de dos horas con fines de empadronamiento, la retención de vehículos particulares y públicos, el hurto de bienes personales, el ingreso a las casas sin autorización, los continuos tiros al aire cerca de las casas, escuelas y la tienda comunitaria, los controles de mercados y ofrecimientos económicos a campesinos, especialmente menores de edad, para que se vinculen o hagan parte de la red de cooperantes, la única alternativa que encontraron las comunidades fue manifestarse frente a la base militar ubicada en la vereda El Tigre del municipio de Chimichagua, departamento de Cesar, la cual limita con la vereda El Edén del municipio de El Carmen, en Norte de Santander, y refugiarse en la palabra como medio para llegar a un acuerdo y exigir la desmilitarización del terreno perteneciente a las Juntas de Acción Comunal que tiene fines comunitarios.

Aproximadamente 500 campesinos y campesinas integrantes del Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA), el Movimiento Comunal, el Movimiento de Trabajadores y Trabajadoras, Campesinos y Campesinas del Cesar (MTCC) y la Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT), se encontraron en esta zona conocida como el Alto Bobalí acompañados de representantes de los indígenas Barí, la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia (REDHER) y profesionales del Equipo Jurídico Pueblos para realizar durante una semana un plantón, denominado Asentamiento Humanitario Alto Bobalí, y de ser necesario darle un carácter indefinido hasta obtener una clara respuesta de un superior del Ejército nacional.

“El pasado y el presente nos puso los pies aquí”
En esta región, el modelo de desarrollo extractivista ha hecho que los campesinos se acostumbren a convivir con los intentos de sabotaje por parte del Ejército para desplazarlos. Por eso, estaban preparados ante cualquier irregularidad que se presentara durante esta movilización.
Desde la firma del Acuerdo de Paz se han presentado múltiples atropellos contra los Derechos Humanos y contra el Derecho Internacional Humanitario que cobija a los campesinos. Por eso con el Asentamiento Humanitario, este pueblo, que ha sido asesinado, silenciado y judicializado, pretendía reclamar la protección de sus vidas y el desmonte de la base militar.

Muchos no salían a una movilización desde hacía ocho meses por el miedo esculpido a causa de las insurgencias y las armas del Estado, aunque eso no impidió su presencia en el plantón. Otros aún tienen miedo de reclamar sus derechos y no asistieron. Alguien dice que en el Catatumbo naturalizaron la guerra, en otras palabras, les robaron el miedo.
Y cómo no perder el miedo si la guerra ha degradado esta región y su entorno. Un campesino cuyo nombre se omite por cuestiones de seguridad, denunció que el pasado mes de marzo casi lo pierde todo luego de que un helicóptero del Ejército despegara tras entregarle las raciones a la tropa. “Por lo general los helicópteros del Ejército aterrizan en una zona alta y plana. Estratégicamente en mi finca se presentan estas dos condiciones y ese día tipo seis de la tarde, una vez se levanta el helicóptero, el potrero se prende, casi hasta se queman ellos mismos. De la vereda fui el único afectado. Me quemaron el cercado, las mangueras, acabaron con los nacimientos de agua, quemaron una parte de la montaña equivalente a 30 hectáreas de bosque, me dejaron sin pasto para el ganado, afortunadamente se me salvaron mis dos mulas y un caballo. A un campesino por rescatar unas mulas se le quemó el celular. Imagínese el daño que me hicieron y hasta el momento nadie me ha respondido”.

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El Catatumbo es un imponente despliegue montañoso que a la distancia forma un nudo verde cobijado de nubes grisáceas que se precipitan tras los fuertes vientos, en una altura promedio de 1500 metros sobre el nivel del mar. El martes, primer día del Asentamiento, los campesinos y campesinas que llegaban representaban una figura de valentía, sus rostros rodeados de sudor marcaban el inicio de una jornada histórica, definitiva y trascendental.

Poco a poco el lugar se transformaba en un asentamiento humanitario rodeado de carpas negras hechas con troncos húmedos arados a punta de azadón y machete y clavados firmemente a la tierra. A lado y lado de la pantanosa carretera se formaban círculos de conversación y se propiciaban los reencuentros. Tres líderes sociales templaban varios pendones del MTCC. En su fondo se leía: “Por la defensa del territorio y la vida, MTCC presente”, “los derechos del pueblo se arrancan al calor de la lucha organizada, MTCC”, y “el departamento del Cesar avanza a través del MTCC”.

Según Elías Nahum Quintero, el orden de las frases tiene un trasfondo: “Nuestro proceso propende por la defensa de la vida, cuando nosotros hablamos de la defensa de la vida tenemos que hablar de la defensa del agua, de los ríos, de las ciénagas, de los caños, de las montañas y de la vida de quienes habitamos el territorio. Es una palabra plural e incluyente. Primero se defiende la vida, luchando en la organización, luchando por los derechos del pueblo y creemos que aquí ya venimos avanzando, organizando las mujeres y organizando los jóvenes. Luego de eso exigimos nuestros derechos”, explica Nahum con un conocimiento impecable.
En la vereda Maicitos, municipio de La Gloria, departamento del Cesar, la tranquilidad de uno de sus habitantes dejó de ser la misma desde el día que apareció con otros seis compañeros en un intimidante listado donde lo tildan de guerrillero y lo amenazan con quitarle la vida. “Por medio de los abogados que trabajan en el territorio me di cuenta que estaba en esa lista. Allí aparece mi nombre y también el nombre de mi yerno y unos vecinos, no sabemos cuál grupo armado nos amenazó, solo sé que de la vereda aparecemos seis o siete. Por ejemplo, a mi yerno lo señalan de ser el cabecilla de la guerrilla… somos personas que trabajamos en la agricultura, no obstante, eso nos llena de mucho pánico –dice mientras piensa por unos segundos cómo proseguir en medio de un silencio extraño–. Hoy en día como campesinos no vamos a tener una vida digna, el Estado nos quiere acabar”.

Él todavía desconoce las razones por las cuales apareció en ese papel, y sostiene que nunca en su vida le han gustado las armas, y durante el conflicto les huyó varias veces a los grupos armados. Esto lo obligó a protestar con mucha dignidad en el Alto de Bobalí, aunque corriera el riesgo de morir en el momento menos esperado.

La tienda comunitaria
A pico y pala las comunidades mantienen transitables las vías de acceso; a punta de autogestión en el Catatumbo pueden pagar una retroexcavadora, una motoniveladora y una volqueta; gracias a las ventas de paletas y otros productos los habitantes pueden solventar el olvido del Estado que solo aparece una vez al año por medio de la Gobernación o las Alcaldías. Allí no saben qué es un ingeniero civil, un arquitecto ni un topógrafo. Ellos mismos han planificado sus vías, sus escuelas y han utilizado las tiendas comunitarias como puestos de salud y a la vez como droguerías.

Los puestos de salud que había en el Alto Bobalí se cerraron desde el 2000 y actualmente no hay personal médico, pero los campesinos han aprendido a ser sus propios enfermeros. Además, en cinco veredas no hay escuela primaria. En el Catatumbo solo el 1% puede acceder a una educación superior, esto quiere decir que el 99% termina trabajando el campo.

Sin embargo, la recursividad es la única mirada para enfrentar esta problemática. Desde que está la tienda comunitaria llamada La Sierra en el Alto Bobalí, 24 comunidades se benefician de ella, “la idea surgió del Comité de Integración Social del Catatumbo, de cómo inventar las tiendas de economía solidaria. Entonces se recogieron unos fondos de las mismas comunidades y poco a poco comenzó su funcionamiento. Esto lo hacemos para regular precios y evitar la especulación de algunos campesinos. Tratamos de que los precios sean justos y equitativos, buscamos que la administración sea propia y que todo nos salga más económico que comprarles a los comerciantes que vienen a la región. Consideramos que es un modelo de economía solidaria donde representamos el cooperativismo, la justicia y la solidaridad entre las mismas comunidades. En definitiva, cambiamos ese modelo mercantil que busca la acumulación del capital para generar posibilidades comunitarias de vida digna”, plantea Pedro Duarte, líder social de la vereda Dos Quebradas.

Esta propuesta ha sido estigmatizada por la Fuerza Pública que hace presencia en la zona. Estas iniciativas comunitarias, autóctonas y de autodeterminación de los pueblos tienden a ser señaladas por el Ejército de ser financiadas por los grupos armados y las insurgencias.

En los últimos meses, la tienda ha quedado en medio de los fusiles. El Ejército se ha burlado de la población al ver sus reacciones de miedo después de disparar al aire a menos de 50 metros de la residencia de una familia que tiene dos niños de dos y nueve años de edad.


Objetivo cumplido o la palabra cumplida
Por ese espíritu de sacrificio en medio de la brisa, la niebla, el frío, el calor, la lluvia, el hambre y el desvelo de la noche, fue que las comunidades lograron reclamar los derechos que les han quitado. Por esos rostros agotados, por esos pies descompensados tras el cansancio acumulado de la semana fue como los catatumberos ganaron legitimidad y recuperaron un poco de su dignidad. En medio de la última asamblea, un líder social dijo que por creer en el diálogo como la principal arma para llegar a una solución fue que el Estado y las Fuerzas Militares tuvieron que someterse a las exigencias de las 24 comunidades movilizadas en el Asentamiento Humanitario, y anunciaron su traslado de la zona.

Una de esas reivindicaciones la ha dado Miguel Quintero, líder social e integrante del MTCC, satisfecho con la actitud de todos y todas durante los seis días de movilización: “El tiempo es una gran victoria y por eso nos llevamos en las manos ese honor, esa la lucha y esa la valentía de que en el primer encuentro hayamos logrado hacer salir a la fuerza militar del territorio. A nosotros nos obligaron a hacer esto, felicitamos a cada comunidad por su aguante y perseverancia”, agradece Miguel con una inigualable emoción en su voz. “El territorio no se vende, el territorio se defiende”, finaliza en medio de la euforia del pueblo.

Recuerda y repite resplandeciente el gran triunfo que se llevan a casa y la posibilidad de revivir y hacer creer a los que no fueron, que vale la pena buscar la unidad del pueblo catatumbero. La militarización ha sido una forma de represión que el Estado ha utilizado para desplazar el campesinado y condenarlo a un abandono que no parece tener fin. Por años, a ellos los han querido acabar viendo cómo se llevan los mejores hombres de sus manos. De todas maneras, estas comunidades se aferran a permanecer en este territorio donde la gente es la gran riqueza.

Wednesday, 29 May 2019 00:00

El despojo del río Cocorná

Querido Cocorná: de aguas cristalinas que rebosan desenfrenadas por imponentes cascadas formando a su paso charcos fríos, torrentosos, serenos. Ríos trasparentes cuyas aguas desafiantes chocan contra las piedras exigiendo libertad y respeto. No aniquilen las venas de la vida, no asfixien el pulmón airoso que quieren acabar ingenieros y empresarios enemigos de la vida, ensimismados por el valor del peso, por la injuria camuflada en sus cascos amarillos y blancos, por la falsa sabiduría plasmada en sus planos y libretas, engañando territorios con sus efímeras palabras y deslegitimando las prácticas y sabidurías ancestrales. A ellos, les ruego parar con la avaricia que capta ríos para convertirlos en energía, fomentando la sequedad de los ecosistemas. Mientras a los gobernantes de mi pueblo, pido voluntad para prohibir estos proyectos.

Los silencios de la madre tierra

En la vereda La Aurora, el acento de María Irene Ciro se quebranta cuando le hablan del charco El Ocho, convertido en lo que hoy se conoce como la PCH –pequeña central hidroeléctrica– El Popal, ubicada a ocho kilómetros del casco urbano de Cocorná. Ella jamás pensó vivir entre silencios. Recuerda cuando iba al charco a sumergirse con sus hermanos varias horas, para luego, quemados por el sol, finalizar vendiendo sancocho a los complacidos turistas. Esos largos silencios en el ambiente son ahora secuelas profundas porque les prometieron un futuro mucho mejor. “Llegaron prometiendo verdades de toda clase. Nos convencieron de que el progreso va de la mano de los bienes materiales, mejor dicho, nos endulzaron por completo. No nos cambiábamos por nada del mundo. No sabíamos que trabajar con ellos podía ser la oportunidad de abandonar nuestra esencia: la tierra”.

Así fue como el sonido de los machetes perdió su fuerza y su eco. Algunos campesinos prefirieron abrocharse el casco que decía HMV Ingenieros, en lugar de afilar el machete, que no tiene distinciones ni intereses de por medio. Claro está, con el machete se puede cultivar el alimento, y con el agua se puede vivir y comer; mientras que ni la energía ni la plata se pueden comer. Pero la empresa se negó a entender esa noción del habitar.

HMV Ingenieros, la empresa que construyó El Popal, llegó al territorio cuando el conflicto armado había perpetrado en la población un sinnúmero de acciones. Los habitantes apenas estaban regresando, muchos de ellos sin sus seres queridos. El desplazamiento que padeció Cocorná dejó al 95% de la población afectada. La cifra de Cocorná en esta categoría de violencia está entre las tres más altas del Oriente antioqueño. Así lo sostuvo un Informe del Centro Académico Andino para la investigación de Ciencias Sociales, el cual registró 19.732 personas desplazadas entre 1995 y 2005. La llegada de la constructora significó una nueva modalidad de desplazamiento en tiempos de paz donde no se utilizaban las armas ni el secuestro, sino el engaño y la promesa.

En agosto del 2011, las montañas tupidas gritaban ante las heridas causadas por el hombre avaro, amo de su tierra, víctima de una ingenuidad que lo hizo cómplice de sí mismo. Ya no eran los machetes y los azadones, sino las retroexcavadoras y las volquetas. El agua se manchaba de ocre intenso, los bosques eran víctimas de la tala de árboles. El silencio susurraba que algo malo iba a pasar sobre el cauce del charco.

El hilo de la vida

Hasta hace diez años, los extensos cañaduzales se esparcían a lo largo y ancho de las riberas del río. Fácilmente los viernes y sábados, desde la carretera polvorienta, se veía cómo descendía el campesino detrás de su caballo cargado con pacas de panela, ambos derramando gotas de sudor en el camino de herradura.

Ahora, diez años después, todavía hay cañaduzales, pero no predominan como antes. Desde la autopista Medellín-Bogotá se detalla La Aurora como una vereda conquistada por el “desarrollo”. La primera colonización llegó en los años ochenta con la creación del corredor vial que conecta a Bogotá y Medellín. La segunda, con la llegada de un nuevo desarrollo económico donde las empresas aprovecharon el ímpetu del agua para la producción de energía eléctrica, desdibujando la cultura campesina, y la identidad ancestral, provocando la descampesinización y la pérdida del arraigo.

El hilo delgado que abastece El Popal es el río Cocorná. El cual desemboca al río Calderas, luego al río Samaná Norte y finalmente al cinturón del río Magdalena. ¿Quiénes saben el futuro de nuestros ríos y nuestros pueblos? ¿Acaso no basta con que el 30% de la energía que consume el país la produzca nuestra región? ¿Tan ambiciosos se creen, que piensan convertir el río Cocorná en una cadena miserable de cuatro microcentrales? ¿Nos estarán matando lentamente y no nos hemos dado cuenta? Hasta cuándo…

En el tramo donde se juntan el río Cocorná con el río Calderas, la corriente ya no baja impetuosa, imponente y natural como cuando el muro no existía y la desviación del río la ocasionaba únicamente una creciente o borrasca. Así, el muro de la muerte permitió forzar el agua desviándola por un túnel, pues HMV Ingenieros tenía permiso de la Corporación Ambiental Cornare para utilizar el 75% del caudal, aunque tan solo represar el 25% perjudicaría la esencia de El Ocho. “Llegamos a ver hasta 10 buses completamente llenos de turistas –interrumpe Irene– para gozar de nuestros ríos y montar un sancocho en leña, pero mire cómo está esto”.

No hace falta preguntarle a María Irene por el turismo. Es una inquietud que se responde con solo bajar al sector conocido como El Ocho y comparar el panorama de hoy con lo que sucedía antes de la construcción de la PCH El Popal, una microcental que produce 19,8 megavatios de energía. Es posible ver con ojos propios la soledad causada por foráneos contratados por empresas “poderosas”, cuya intención consiste en calcular ganancias, ignorando los bienes innegociables: el río, la naturaleza, los animales, la historia.

–¿Sabías que aguas arriba piensan hacer cuatro hidroeléctricas sobre el río Cocorná? –le pregunto a Irene.
–¿Eso cómo será entonces? Ojalá las que piensan desarrollar no las nombren como minis o pequeñas hidroeléctricas, porque así es como embolatan a los campesinos, quieren reducir el impacto cambiándonos la mentalidad.

Ojalá los proyectos que piensan hacer no se hagan. Ojalá las futuras generaciones vivan en el campo y no se marchen a las ciudades. Ojalá el mismo pueblo escriba el presente y el futuro aprendiendo del pasado. Ojalá los foráneos sean quienes disfruten de las riquezas y no quienes las destruyan. Ojalá nos llenemos de argumentos para decir contundentemente: Ni una más en el río Cocorná, ni una más en los ríos de Colombia; ¡Que la historia de las hidroeléctricas no se repita, carajo!

Friday, 02 November 2018 00:00

¡Es domingo de feria digna!

Rosmery Agudelo vive reproduciendo lo que aprendió de su padre, Juan Agudelo, de 80 años. Madrugar antes de que salga el sol, cumplir con la rutina hasta que se esconda la tarde, profanar las oraciones de la virgen, levantarse tomando agua panela, criarse con regaños incluidos, y darle la bienvenida a la noche para retomar, de nuevo, a las 4:30 a.m.

Para ella, trabajar lo representa todo. Y el descanso es el resultado de un esfuerzo ganado. “El cuerpo me acostumbró desde niña a trabajar a diario”, comenta Rosmery. Por eso, en su casa está prohibido refunfuñar. “¡Si usted se queja no sirve!” Aprendió que el silencio es indispensable para equivocarse menos.

En San Francisco, Antioquia, las normas del campo se deben practicar con rectitud y sin mediocridad. Lo más importante para esta mujer, con aproximadamente 40 años de edad y dos hijos, son los domingos de feria campesina. Mientras hablamos, no para de señalarme que pocas veces ha dejado de participar en la feria, y que cuando lo hace es por fuerza mayor. Desde el 2011 participa con otras madres de familia en este mercado campesino. “Pasé de vender la yuca, el plátano, el limón, el frijol, a transformar esos mismos productos en una bandeja paisa que me dejará mayores ganancias”. La bandeja paisa viene acompañada de una tazada de limonada hecha en la mañana de cada domingo de feria.

- ¿A cómo vende el plato de bandeja paisa? -. Se retrae por unos segundos: “El frijol con el que hago la bandeja paisa se llama Lima y lo cosecho en la finca de mi esposo”, me cuenta mientras golpea con las manos un cortaúñas. “¿Ha probado la tinta del frijol? Trato que el plato quede tintudo para darle al arroz un toque distinto”. ¡Ahora sí –concluye–: vale 6000 pesos la bandeja!”.

El cacao de la Maravilla
“Nuestra devoción se cumple antes de acostarnos, y a las cuatro de la mañana me voy para donde tengo los santos y rezo. A las siete escucho la misa por la radio. Reflexiono. A los tres dulces nombres ­–Jesús, María y José–, les entrego las labores del día. Ellos son mi guía, mi compañía a donde quiera que vaya. Jesús, José y María. Que nos libren de todo mal y peligro”. Esa es la devoción diaria. Así comienza el amanecer de Margarita Daza en la vereda La Maravilla, bajo la protección de sus oraciones. Vive con el temor de que le estanquen el agua cristalina que riega a San Francisco, rincón de cascadas y promotor del turismo ecológico.

A Margarita la despierta la costumbre. Si a las cuatro de la mañana la alarma no ha sonado ella le sale adelante. El cantar de los gallos nunca falla, desde la una de la mañana están dando lidia, descansan de las dos hasta las tres de la mañana, y a las cuatro retoman su canto hasta las seis.
– ¿Cuál es el producto típico de la vereda?
–Ha escuchado el cacao de La Maravilla.
–No señora.
– Mira, sin cacao la feria no es lo mismo. Si no fuera por el cacao no hubiéramos dado el primer paso para potenciar la seguridad alimentaria. Es transformado por quienes conformamos la Asociación de Familias Guardabosques (Asofagua). La persistencia a la hora de fabricar este típico producto nos enorgullece y es un ejemplo claro de los procesos organizativos liderados por la Asociación Campesina de Antioquia –ACA–­.  

Aquí el cacao manda la parada, porque hay motivación y ganas de salir adelante. Sin embargo, todo lo bueno lleva un proceso minucioso y lleno de paciencia. Son seis pasos que requieren varias horas de trabajo. Al final, el producto estará en el mercado y la pasta de chocolate se remojará en la batidora con agua o en leche caliente. Cuando el palo de cacao ha cumplido dos años después de la siembra, empiezan a germinar los primeros granos, que son seleccionados según su grado de madurez. Tuestan el grano en un sartén y lo pelan. Quitan la cáscara del cacao hasta quedar en almendra. Muelen la almendra en la máquina de la ACA y sacan el licor del cacao caldudo como si fuera tinta de chocolate. Ese caldo se echa en el diseño del molde y finalmente lo ponen en el refrigerador durante varias horas para empacar el cacao y comercializarlo en el mercado.

Pueden preguntar por el toldo de Margarita y Socorro. Seguramente la buena atención ayuda a que los vendedores y los compradores se sientan identificados con la fiesta del trueque. Mientras tanto, Margarita improvisa una oficina para la recolección del dinero ganado con el sudor de la frente.

Las Soñadoras del Pajui
Entre mujeres se entienden. Tienen un sueño en común. Llevan reunidas diez años. En el 2008 les llamó la atención trabajar en grupo las huertas campesinas. Cuando dialogan, la palabra les ofrece cambio. Cada una tiene el derecho a ofrecer nuevas ideas. Se reúnen los jueves antes del domingo de mercado campesino. Hablan pausado, seguras de que la lucha nunca acaba. Sus tareas son varias, y tienen prohibido utilizar cualquier conjugación en negativo, piensan que si lo hacen comienzan los problemas. Caminan hacia el mismo lado, sincronizadas. De ahí parte el principio fundamental de las Mujeres Soñadoras del Pajui: buscar un fin colectivo que potencie las capacidades individuales. Para las Soñadoras la unión es el valor central del grupo. Nancy, la presidenta, guía este proyecto integrado por 10 mujeres.

¿Qué le podría faltar a la feria campesina? Ya está la bandeja paisa, el chocolate y la mazamorra. Pero… ¿Y el sancocho? Estas mujeres se encargan de preparar el mejor sancocho de San Francisco. Cuesta solo 7000 pesos. Trae arroz, ensalada, papa, plátano, limón... El domingo, a las seis de la mañana, se encuentran para preparar el delicioso plato. Y cuando cae la tarde reparten los beneficios colectivos de la venta, que serán destinados –­aseguran- a los regalos de navidad de sus hijos.

Cuando a Nancy la ponen a hablar de la feria dice, entre risas: “Con la feria campesina me voy a pensionar. Yo nunca he dejado de participar”.

*Artículo original publicado en la edición nº 4 del periódico del Movete.

Wednesday, 24 October 2018 00:00

Un viaje por Cuatro Esquinas

Llegas a aquel sitio que se ha convertido en patrimonio cultural de Cocorná, Antioquia. Nadie lo sabe, casi nadie. Encuentras un perro lamiendo una bolsa negra abandonada. Ante cualquier señal de movimiento, los gallinazos se abren para no volver, y la miseria permanece inmóvil. Allí donde solo llegan toneladas de basuras, donde se reúnen las historias a conversar, donde el ojo humano solo ve destrucción, advierto, al observar por unos minutos, el despreciable entorno que muy pocos se atreven a visitar. Concluyo enfático que lo que un día estuvo en nuestras vidas ahora muere lentamente en boca de los gusanos, los insectos y los gallinazos que se pelean por un alimento descompuesto que para ellos representa la necesidad su supervivencia.

Corea y sus cuatro esquinas: el cementerio, el matadero viejo, el burdel y el relleno sanitario. Aquí también vive la calma, una que llegará para quedarse y terminar en otros brazos.

Pasa que en Corea nadie tiene vida, lo percibo mientras me encuentro debajo de una sombra que sale todos los días a esta misma hora como señal de acompañamiento. ¿Vida? Pero si estamos en la tierra. Hay vida cada cinco minutos cuando pasa una moto manejada por una joven, cuando don José Luis sale a la puerta con su bastón y una mujer a extender una muda de ropa al sol. De repente todo vuelve a la normalidad. Otra vez Corea se queda fúnebre.
De lejos un cúmulo de objetos decora el apartado lugar. De cerca un olor fuerte sofoca mi paciencia. Caminas y ves abandono, por momentos quisieras detenerte y morir. Me pregunto por qué llegué hasta aquí, ¿será que el destino me llevó a hablar con la soledad ahora que estoy vivo?

Todo el mundo solía evitar bajar hasta Cuatro Esquinas, donde convergen los contrastes. Los lunes, por ejemplo, se escucha la maldición de un vocabulario adaptado al machismo; los martes y los viernes la brisa despierta la intranquilidad producida por nuevos olores; los jueves los recicladores se llevan lo poco que queda, y los sábados el sepulturero se encuentra con esos que murieron para luego existir.

Relleno sanitario
Se puede considerar a Cuatro Esquinas como un terreno miserable y triste, al que le han dado la espalda y se la seguirán dando. Allí ha llegado la dignidad propia de un país injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está viviendo una tragedia.

Claro que ya hay una tragedia, invisible, tibia. Unos metros al oriente, hacia la vereda San Antonio, las gallinas se la pasan picoteando las hojas de guayabos, acechando a sus presas. Detrás, a unos diez metros, doña Rumelia Jaramillo coge sus dedos y los pasa por su cabello de arriba a abajo para armar una trenza. Verse bella a pesar de sus arrugas. Su marido, Manuel Giraldo, coge la radio al tiempo que pasan las motos esquivando las piedras. Hasta luego –me despido de ellos y continúo el camino–. Bueno, a la orden, que le vaya bien y vuelva.

Si me devuelvo y camino un poco más de diez minutos, ya no son las gallinas, sino el rugido de unas motos manejadas por unos niños que no sobrepasan los trece años. En un pueblo pequeño la ley se mantiene escondida, las normas no se cumplen, y los policías transitan por las calles como simples observadores.

A tan solo unos metros está el relleno sanitario. Veo partes de televisores, colchones arrugados, juguetes incompletos, todo lo que estuvo en unas manos. Cosas que terminaron abandonadas por nosotros. Aquí la justicia no existe, tal vez porque al final de cuentas el discurso del capital consiste en decirle a las personas, “consuman aceleradamente” y digan “hasta aquí llegue”.

En Colombia un relleno es un simple avatar de la vida, una palabra conjugada con los más deshonrados calificativos, un lugar que cuando llueve se desquita con los habitantes, los animales y los muertos que habitan a Cuatro Esquinas. Si eres turista, ambientalista o un curioso que quiere indagar sobre el proceder de las basuras, te dirán: Cuatro Esquinas, o Corea. Son y significan lo mismo. Solo cambian las referencias. Se llama Corea porque el padre de una de las primeras familias combatió en esa guerra y al volver quedó este apodo en alusión a su trabajo. Por su parte, el nombre de Cuatro Esquinas proviene de un antiguo prostíbulo, cuyo auge permaneció constante hasta tomar fuerza y convertirse en testigo de varias peleas.

El antiguo matadero
El verbo matar hizo parte de la idiosincrasia de Cocorná. Es un símbolo que aún guarda una estrecha relación con la mayoría de los habitantes. Y como la muerte, también el matadero es cuestión del pasado. Quizás a los cocornenses nos afectó tanto la violencia que no queremos saber nada de ella.

Según Mioriente, en el año 2017 no se presentaron víctimas por actos de intolerancia. En el 2018 ha sido distinto. En marzo acribillaron con arma blanca a una pareja de abuelitos. El pueblo marchó dos veces con banderas blancas: una el día del entierro, y la otra, el sábado 21 de abril. Somos un pueblo unido socialmente, pero dividido políticamente.

Las rejas del matadero todavía se conservan, ya no como matadero, pero sí como la feria ganadera que se realiza los lunes cada quince días. Por ser un pueblo rodeado de praderas tupidas de bosques, ganado y agricultura, y cuya población es de descendencia campesina, el lunes se viste para la ocasión: de sombrero, poncho y sogas de cuero.

Los ganaderos montan en sus caballos muy de noche. Las reses son traídas de las veredas a punta de rejo para ser intercambiadas al mejor postor. Los gallos traídos de San Francisco, Santuario y Cocorná se preparan para el círculo de rechifles. Algunas reses se devuelven con el amo, y algunos llegan al extremo de sacrificarlas en otro matadero porque el de Cocorná ya cerró sus puertas.

El cementerio
Muy pocos asimilan lo sagrado que es un cementerio para un católico. Por obligación pensaría que, así como los domingos se visita la iglesia, se debería también visitar el cementerio donde reposan los que un día estuvieron en nuestras vidas. Sería un acto para pedir por el descanso eterno de quienes ahora están en los recuerdos.
El cementerio, una negligencia convertida en abandono. El blanco del cementerio está invadido por el verde del musgo que sale por el deterioro propio de la intemperie y el olvido. Veo los dos ángeles que tocan un instrumento de viento, los reparo, no son lo mismo que antes. ¿Qué pasa con el cementerio? ¿Es ahí donde voy a parar algún día?

Sin embargo, se ven avances adaptados a la era tecnológica. Las cámaras de seguridad cuidan el entorno, aunque se mantengan apagadas. Las rejas están aseguradas por una cadena gruesa difícil de violar. A un lado, en la entrada, las ramas caen de a poquito. Ya no hay huecos disponibles. Los NN oscilan entre los 50 y 60. Nadie los reclama, unos ya pasaron los cuatro años, otros los veinte.

En la parte de atrás permanecen tres lápidas con sus respectivos cadáveres que cargan el peso de su peregrinaje por la tierra. Probablemente las familias no se acuerden de ellos. O esperan que la Fiscalía proceda a llevárselos; o que continúen allí indefinidamente.

Mientras tanto, el sepulturero –de gorra, chaqueta reflectora, y botas cafés–, transita conmigo al tiempo que el frío se asienta y los pájaros comienzan a cantar.
–Un día me tocó venir a las seis y media de la tarde. Tenía que cerrar la llave del agua que estaba abierta. Miraba de reojo hacia mi espalda, pero no vi nada raro. Al cabo de unos días, mi otro compañero me dijo que se le había aparecido una mujer con una bata blanca. Se salía y se metía del hueco donde estaba su cadáver.

El burdel
Los envases de cerveza se convirtieron en la fiel compañía. Cuando la gente parte de Cuatro Esquinas deja el recuerdo abandonado. Por el calor que está haciendo me dan ganas de comprar una cerveza y dejar mi recuerdo. Nada de eso. Prefiero limpiar que ensuciar. Proteger que contaminar. No todo es paupérrimo como muchos creen. Cuando hay muerte, también hay espacio para la vida. En Cuatro Esquinas han crecido familias numerosas. Solo don José Luis levantó a dieciséis hijos: cuatro mujeres y el resto hombres. Ahora las familias oscilan entre los tres y cuatro hijos.

En el año 2000 el ruido lo promovía el intercambio de disparos, en medio de un conflicto que nos arrebató el derecho a dormir en paz. Ahora la bulla proviene de dos cantinas.

–Yo no le paraba bolas a la bulla. Llevo treinta y cinco años viviendo en Cuatro Esquinas–, dice José Luis. Me mira y remata: -Vea estas canas, mire el pie como lo tengo, detalle la casa en la que vivo, la gente de Cocorná es como si nada. Solo tengo un par de panela, media caja de huevos y un machete encima del escaparate. ¿Podés decirle al Alcalde que me regale unos cuantos bulticos de cemento para cuadrar la entrada?- Creo que la vejez es el reflejo de los actos que uno construye con el paso de los días.

Thursday, 07 December 2017 19:00

Mi casa entre el lodo y la inundación

De regreso a Marinilla estaba perdida por la gritería de la muchedumbre. “Desalojen, desalojen”, decían los bomberos con las caras salpicadas de pantano.

–Soy Claudia la dueña de esa casa que se le está entrando el agua.

Minutos después me estrujaron hacia la salida. Encima tenía la maleta negra en la cual cargaba los papeles personales, los papeles judiciales del barrio, los accesorios, además del sueño de la comunidad “La Quebradita” que esperaba el juicio final de la Gobernación.

El reloj suizo vibró por primera vez a las cinco de la mañana con la intención de levantar a Claudia de las cobijas rigurosas que utilizan los marinillos. Se paró de su cama en forma de marcha, se estiró como un resorte, se persignó como lo hacía todos los días y se dirigió a la tina del baño.

Se duchó cantando los vallenatos del Binomio de Oro, según dice es la única forma de desestresarse.  Se secó, se enjuagó los dientes postizos y se dirigió a la pieza para retocarse la cara. Claudia -cuarentona jodida, sonrisa resplandeciente, pelo rojizo como la sangre, seduciendo como de costumbre a sus vecinos por su forma particular de arreglarse- tenía como fin protestar frente a los encopetados y lujosos edificios de La Alpujarra.

Salió de Marinilla a las siete de la mañana. A las 8 y 30 ya estaba en el centro de Medellín por su ímpetu de gloria. Cuando se bajó del bus de Sotramar, estiró la mano derecha y se la puso a un Renault amarillo vivo de los años 80.

–Señor me lleva a la Gobernación por favor.

–Sí mi amor-, le respondió con voz morbosa el taxista.
–¿Cuánto cuesta?
–Para usted mi amor, solo 5000 pesitos y le abro la puerta gratis como se lo merece.

Vio los edificios magníficos de la Gobernación y le preguntó a un peatón la dirección que tenía en la libreta. Por fin llegó al despacho de la Secretaria de Gobernación y diligenció la correspondiente cita. El gobernador la estaba esperando a las diez de la mañana. Tocó la puerta tres veces.

–Señor gobernador mucho gusto. Mi nombre es Claudia del municipio de Marinilla y vengo para cuadrar los papeles del proyecto La Quebradita–, dijo segura de sí misma.

–Listo señorita, bien pueda entre a mi despacho y conversemos acerca del tema.

Pasaron dos horas y salió la señora con una emoción en su brazo, como si se hubiera ganado la lotería. Le pregunté el motivo de semejante felicidad y no tardó en decirme que los papeles habían cumplido con todos los requisitos y aproximadamente en un mes comenzarían con la remodelación del barrio y la quebradita.

Cuando se bajó del bus de Sotramar miró hacia el fondo de la calle donde quedaba su digno hogar. Desde la distancia observó una multitud acompañada de los carros del cuerpo de bomberos y pensó que algo malo estaba pasando.

De repente aceleró las pisadas hasta llegar a la zona acordonada por unas cintas rojas y negras que advertían “lugar de peligro, por favor no pasar”. Claudia vio su casa entre el lodo y la inundación. Del desespero se le olvidó la advertencia de la cinta. Se agachó unos cuantos centímetros, caminó por la acera cinco metros con el bolso terciado. Abrió la puerta verde de la casa. “¡Uyyy mami!”, le respondieron los hijos encima de los colchones y los ratones flotadores.

-Tranquilos mijitos, voy a decirle a la comunidad que el gobernador nos va a solucionar el problema con el cauce de la quebradita. Todo comienza el mes entrante.

*Este artículo es resultado del taller de Prensa Escrita durante el proceso de Comunicadores Comunitarios del Movimiento social por la vida y la defensa del territorio, MOVETE.

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