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Era un lunes cuatro de enero cuando percibí que mi cuerpo empezaba a sentirse algo diferente, mis pechos se hinchaban y me dolía el abdomen. Supe que tenía que hacerme un chequeo, así que fui a uno de los laboratorios en el que las pruebas de sangre tienen un mínimo valor de 12 mil pesos. En una sala de espera pequeña como las que suelen estar en los laboratorios de los barrios pobres me extrajeron sangre. Luego de cinco minutos la enfermera, con emotividad, me entregó un sobre con los resultados y dijo: “felicidades, ya eres madre”. Todo en ese instante se derrumbó y sentí que mi profesión y mi vida estaban dando un giro que quizá nunca daría vuelta atrás.

Para ese entonces vivía y trabajaba en uno de esos lugares adentro, bien adentro de la tierra, en el corazón de un páramo, en la tierra luchada y defendida por los indios y campesinos que agitaban las banderas de rebeldía; pero justo en ese momento estaba pasando vacaciones en la ciudad. Por eso lo que más me preguntaba a mí misma era cómo mantener un embarazo en la ruralidad del país siendo madre soltera, porque era cierto, sabía que la compañía del hombre cobarde que germinó en mí, era de esas que solo responde a instintos carnales de una noche, mas no de esas que te alientan al calor de la solidaridad. Por eso, bajo mil interrogantes, busqué posibles soluciones en la web y vi entre ellas un fármaco que podría ayudarme. Parecía sencillo y por eso llamé a varias amigas pidiendo su opinión. Todas respondieron positivamente. En una de esas páginas había un anuncio con un número de teléfono que decía pastillas en Medellín, Manizales, Cali, Bogotá y Pereira. Al llamar inmediatamente me contestó un hombre de voz gruesa y le consulté. Me dijo: “se las llevamos a su casa y tiene un costo de 80 o 120 según la dosis”. Acordé una cita en la plaza principal y colgué. A las dos horas estaba allí sentada, con las piernas temblando pero segura, porque si algo me dejó ser una mujer feminista fue afirmarme a mí misma que ser gestante debe partir de un deseo más no de una obligación como única opción de vida.

Al trascurrir un rato llegó una mujer de unos 40 años al lugar pactado. Ella era la encargada de entregarme un sobre con unas pastillas adentro. Le pregunté cuáles eran las instrucciones, me explicó paso por paso, luego le pregunté si esa era la única entrega que realizaría ese día, y ella respondió: “Son aproximadamente unas 30 o 40 dosis que entrego por toda la ciudad cada día. Tranquila no eres la única”. Me sorprendió pensar cuántas mujeres, cuántos cuerpos, estarían en mi misma situación.

Esa noche, quizá una de las más largas de mi vida, me introduje la dosis como me fue explicado. Según calculaba, solo tenía 15 días de gestación y el proceso debía ser corto, sin tanto dolor. Me recosté y esa noche, al parecer, todo había pasado.

Una semana después viajé de nuevo hacia mi lugar de trabajo, que como ya había explicado es un lugar rural. Luego de unos días debía hacerme nuevamente la prueba de embarazo para confirmar mi aborto. Bajé al pueblo que quedaba a 4 kilómetros de la vereda donde habitaba y me realicé la prueba. Para sorpresa mía aún salía positiva. Opté entonces por hacerme una ecografía transvaginal.

La ciudad más próxima en la cual podía hacerme el procedimiento quedaba a 3 horas y media, por eso cogí el chivero que atravesó las espesas montañas de la cordillera central y llegué al sitio. Es difícil describir lo que es sentir y oír algo dentro de ti. En realidad son dos cosas que se cruzan, la racionalidad y la emotividad, es una batalla incesante en donde todo pasa por tu mente, desde las viejas estructuras conservadores que nos han instalado en nuestras mentes hasta las ideas progresistas que estamos construyendo día a día.

Nuevamente la odisea. Esta vez sería más difícil que la anterior porque sería la segunda dosis y tenía que ser más alta. Estaba en un lugar alejado y abandonado por Estado y no tendría el acompañamiento adecuado para efectuar el procedimiento.

Esa noche recuerdo que llovía a cántaros, el frío era abrumador y la oscuridad y soledad como en toda zona rural era insoportable. Realicé el procedimiento. Esta vez fue diferente. Los dolores se intensificaron a tal grado que sentía que me iba a desmayar, vomité toda la noche, el frío hacía que mi cuerpo temblara cada vez más, las contracciones eran muy fuertes y el sufrimiento era gigante. Por fortuna tuve la compañía de una gran amiga, compañera, cómplice y madre, una mujer luchadora y solidaria. Gracias a ella pude resistir, porque sin la voz de solidaridad que emitimos cuando las mujeres nos juntamos, hubiera sido imposible persistir. La noche acabó y con ella su espantoso sufrimiento.

Pasó una semana, mi aspecto era pálido y mi cuerpo se sentía débil. Para reponerme de una mejor manera recurrí a métodos ancestrales de limpieza del útero, como la ruda. Durante toda la semana hice bebidas de esta planta con la que millones de nuestras abuelas y madres abortaron. Sin embargo, mi espíritu continuaba débil, necesitaba el calor del hogar porque solo allí, en los brazos de otra mujer fuerte como el roble que es la madre, era donde podría reponerme. Cogí una kía para viajar a la ciudad de Popayán y allí dirigirme a mi ciudad natal.

Mientras esperaba en la terminal de trasportes de la ciudad blanca, sentí que algo grande empezó a bajar de mi útero, era como si toda mi matriz se comenzara a desprender. Entré inmediatamente al baño. Cuando observé, la hemorragia era tan grande que ni mis manos la podían controlar. Asustada, devasta, sola, en una ciudad invadida por la moralidad, tomé un taxi hacia un hospital. Allí, en la sala de urgencias me senté a esperar. Seguía teniendo hemorragias y contracciones mucho más fuertes, mis lágrimas no paraban y mi corazón estaba roto como una vasija de barro impactada con fuerza.

Me atendió una mujer joven de unos 25 años de edad. Por miedo, desinformación y confianza por ser mujer le conté mi historia. Inmediatamente su mirada se clavó en mí y desde ese momento tuve que sentir el verdadero infierno por ser una mujer que decide suspender su gestación. Me remitieron al piso de gestación que tenía un pasillo largo y gris en donde se oía el ensordecedor grito de tres mujeres que estaban a punto de parir. Había enfermeros y médicos por todos lados. Era uno de esos días donde los hospitales están llenos de casos urgentes. Me dieron una camilla en uno de los rincones más oscuros del lugar y me formularon nuevamente dosis del mismo fármaco que había consumido días atrás.

Esta fue aplicada por un enfermero joven que me miraba con desprecio mientras me limpiaba la incesante sangre que salía de mi cuerpo. Aún recuerdo lo que negligentemente me dijo al oído mientras introducía las pastillas en mi boca: “ve usted cómo viene matando, no sé da cuenta que está siendo una asesina, mire cómo esto que usted está expensando es un bebé, debería sentirse avergonzada”.

No solo fue él, fueron todos quienes trabajaban allí. Ellos pasaban, miraban con desconfianza y dureza, deshumanizando todo mi ser y desdibujando mi sentir. Por eso, mi permanencia en el hospital San José de Popayán me responde por qué realmente muchas mujeres terminan desangrando en sus casas, antes de optar por ir a un hospital, y con tristeza me hace comprender la efectividad de la presión social ejercida a todas nosotras quienes no pudimos buscar en los centros hospitalarios la ayuda inicial necesaria.

Quizá este solo fue un hecho para visibilizar, pero refleja las historias de cientos de mujeres que a falta de las garantías que debe propiciar el Estado, viven a diario situaciones similares o peores en diferentes lugares del país. Según el Espectador, “en Colombia se registran anualmente 911.897 embarazos no planeados, lo que significa 89 por cada 1.000 mujeres, y cerca del 44% de ese tipo de embarazos termina en aborto inducido, [solo] en 2008 el 99,92% de abortos practicados fueron clandestinos e ilegales”. Por eso es realmente importante pensar en los casos con un final diferente, en los cuales muchas mujeres terminan en sus camas siendo recogidas por sus madres y amigas como cuerpos inertes. Según la ginecóloga Laura Gil, “El 13 por ciento de las muertes maternas son debidas al aborto [clandestino], cosa que no debería suceder porque son absolutamente prevenibles”. Es incoherente entonces que en el país se prime la vida de un ovulo fecundado que aún no ha desarrollado sistemas nerviosos sobre la de una mujer.

Esto es un tema de género, pero también de clases, y ahí es donde radica la mayor problemática, pues la mayor parte de las mujeres que mueren en estas prácticas son mujeres de los barrios pobres de las ciudades quienes al no tener una elección más digna y humana abortan en la clandestinidad, sin ayuda ni atención hospitalaria adecuada. Pero son quienes administran el poder del Estado, hombres y mujeres de la oligarquía, los que nunca comprenderán que en nuestro cuerpo somos nosotras quienes decidimos. Ahora habrán podido consensuar este debate dentro del Congreso, pero nunca podrán acallar nuestras voces y nuestro derecho a seguir eligiendo.

Desde el 2011 se realiza entre los municipios de Campamento y Yarumal, en Antioquia, la carrera atlética en honor al “Combate de Chorros Blancos”, cuyo objeto primordial es recordar la historia para dar sentido a nuestro existir como colombianos y para construir ciudadanía. Hasta ahora, cuando completa siete versiones, la carrera mantiene su carácter informal y permite disfrutar no solo el hecho cívico-histórico, sino también la naturaleza y la práctica deportiva al paso entre estos dos municipios, además del monumento conmemorativo, lugar donde justamente los participantes se dividen simbólicamente en dos grupos: los pertenecientes a la subregión norte de Antioquia, que representarán las tropas republicanas, y los provenientes de otros lugares de Colombia y el exterior, que representarán las tropas realistas. Este evento coincide con el día que se celebra el aniversario del combate ya citado.

Pero, ¿qué fue lo que pasó allí un 12 de febrero de 1820? Como consecuencia de los triunfos de las tropas republicanas sobre las realistas españolas, tanto el 25 de julio (Pantano de Vargas) como el 7 de agosto (Puente de Boyacá), ambas en 1819, y declararse verdaderamente la Independencia de la Nueva Granada (Colombia), la corona española no ahorró esfuerzo alguno para emprender la operación de reconquista de estos territorios ya perdidos, y en ese sentido “Chorros Blancos” fue la base angular para recuperarlos, pues era el sitio de enlace de movilidad general para ese momento entre las tierras de la Costa Caribe y las tierras del sur, con radio de acción amplificada hasta las tierras del Perú, para nada despreciables por sus riquezas y su búsqueda como forma de financiar la compaña de reconquista.

Para eso llegó la tropa realista al mando de Francisco Warleta días previos al combate, al punto llamado “Cañaveral”, hoy municipio de Campamento, haciendo alusión precisamente al campamento instalado allí por las tropas realistas. A su vez, las tropas republicanas al mando del Teniente Coronel José María Córdova pernoctaban en el sector de “Pajarito” en predios del hoy municipio de Angostura, donde incluso hubo un pre-combate con saldo de 25 bajas realistas, y dicho sea de paso es un lugar cercano al sitio donde se levantó, en la década de los setenta del siglo veinte, el monumento en honor al “Combate de Chorros Blancos”. Este mismo lugar es cercano a la cuenca alta del río Nechí y punto confluyente de tres cabeceras municipales: Angostura, Campamento y Yarumal.

En principio, tal cual lo indican los historiadores Pilar Moreno de Ángel, Orlando Montoya Moreno y Humberto Barrera Orrego, el “Combate de Chorros Blancos” no ocurrió en el sitio donde está apostado el monumento conmemorativo. Ocurrió en realidad kilómetros más arriba, en el Alto Boquerón en predios de Yarumal, junto al viejo camino real que sirvió como antiguo enlace entre esta población hacia Campamento e incluso hacia Anorí para el movimiento de personas, bestias y mulas con carga pesada, y el paso de víveres. Las tropas de Warleta y sus 80 efectivos emprendieron la retirada al verse rodeados por todos los flancos posibles por cuenta de las tropas republicanas y la superioridad avasallante de éstas, y con este triunfo republicano se dio la refrendación de lo ya logrado seis meses antes en las tierras de Boyacá. Las tierras del corredor estratégico antes descrito quedaron libres de las perversas manos del Virrey Sámano y se puso a salvo la ciudad de Cartagena y las sabanas de Corozal, amén de otras consecuencias altamente positivas.

Pero esto no es importante solo para recordar y nada más por medio de la competencia atlética y la conmemoración cívico-histórica. Esto tiene un fin libertario a tener en cuenta para el presente que estamos viviendo, y lo resume su promotor y mentor principal, Samuel Cesar Valero Muñoz, en un lema muy sencillo y simple para la ocasión: “Corra por un hecho histórico patrio resignificado hoy como acto fundacional de Colombia, y convertido en epicentro para la renovación política y democrática de un país en crisis por culpa de la corrupción. Corra por la regla del retorno a cero en política”.

El significado de esta frase es la relevancia del correr como diversión y libertad al relacionarse con la celebración cívico-histórica patria, para repensar el presente de nuestra nación de la misma manera que los criollos pudientes y los nativos más humildes, quienes ya cansados de la falta de libertades, el pago desproporcionados de impuestos y de una tiranía muy fuerte de la Corona Española en tiempos de la colonia, tuvieron la firme convicción de no necesitar a los colonialistas y decidieron gobernarse a sí mismos.

Hoy la resignificación, como lo plantea Valero Muñoz, es un acto fundacional de una nueva política y una nueva democracia, para que nuestro pueblo despierte de la actual tiranía que nos gobierna a través del capitalismo corporativo, acumulador y despilfarrador de nuestros recursos y bienes humanos y materiales. Y lo respalda el Alcalde de Campamento, Jorge Iván Durán Lopera, al resaltar este evento deportivo y la conmemoración como una exaltación de nuestra independencia, y en dirección a proteger el derecho a pensar diferente, a la libre circulación y a exigirle a los entes gubernamentales una inversión de los recursos públicos para el bien común y la vida digna.

Guillermo Saldarriaga es el presidente del Sindicato Único de Vigilantes de Colombia, SINUVICOL, y nació en Santa Elena, corregimiento de Medellín. Él empezó a trabajar en la Hidroeléctrica de San Rafael con Seguridad Atempi. Participó de las reuniones del sindicato que se hacían clandestinamente para que los patrones no los sabotearan. Primero fue antisindical porque en el ejército los habían adoctrinado. Empezó sin interés, de “bacán”, pero poco a poco se fue metiendo más de lleno; por un problema con los jefes lo trasladaron a Medellín, se resintió con la empresa y se animó a unirse al sindicato; sus compañeros le dieron un cargo, lo comprometieron y el asumió el reto. Su familia no entendía qué significaba ser sindicalista, pero ahora todos reconocen su labor. Guillermo trabajaba en la noche y en el día iba al sindicato, en cualquier espacio que tenían.

Heliberto Sossa es el vicepresidente. La oportunidad de entrar al sindicato la tuvo por mucho tiempo pero no le interesaba, hasta que un problema en los pagos lo llevó a afiliarse al movimiento. Sus patrones le decían que renunciara a la asociación y hasta llegó a escribir la carta, pero nunca la entregó. Tanta insistencia lo inquietó y averiguó por qué a ellos no les gustaba el sindicato.

La oficina del Sindicato, en donde nos reunimos con ellos para realizar la entrevista, está ubicada en el centro de Medellín. En sus paredes cuelgan por lo menos 16 cuadros con poemas, fotografías del Fidel Castro, El Che, Simón Bolívar y algunos personajes, para muchos anónimos, protagonistas del sindicato.

Periferia Prensa: ¿Qué significa ser dirigente Sindical del gremio de los vigilantes?
Guillermo Saldarriaga: Eso significa mucho, porque el sindicalismo en las empresas de seguridad es muy difícil. La mayoría de empresas las fundaron exmilitares que traen algunas mañas contra lo social. Hay que concientizarlos de que los sindicatos son buenos y no malos como les han hecho creer. Esos militares saben muy bien que la seguridad es un negocio muy lucrativo, porque usted desde que hace el contrato sabe cuánto se va a ganar.

PP: ¿Quiénes son los trabajadores de la vigilancia?
GS: Cuando se inició el Sindicato la mayoría eran campesinos, hoy en día no. Ahora hay tecnólogos de diversos campos, secretarias, profesionales de diversas áreas y en formación como abogados que van en cuarto o quinto semestre. Esos son los que están ahora en la seguridad.

Antes entre más analfabeta era el trabajador más servía para la seguridad, porque él no sabía ni qué le estaban pagando y decían que para cargar una escopeta solo necesitaba disparar. El único requisito era que tuviera libreta militar de primera, nada más. Ahora ha cambiado mucho, ya ni la libreta la piden, pero sí tienen que ser al menos bachilleres, que tengan unos cursos de sistemas y deben hacer tres cursos de seguridad en alguna academia. Si es gordo lo discriminan. El usuario exige el perfil y los han pedido con ojos azules, 1.90, jóvenes entre los 25 y los 40 años. Por eso la mayoría que son viejos y barrigones casi no los ponen a trabajar, porque no cumplen el perfil de los usuarios.

PP: ¿Qué tipo de contratos tienen los vigilantes?
Heliberto Sossa: La mayoría tienen contratos basura, porque son de tres o cuatro meses, algunos son contratados para reemplazar vacaciones o para coger globos, a finales de noviembre y en diciembre. Los globeros se mantienen en los techos de grandes almacenes de cadena, empresas o bodegas. Algunos van renovando el contrato y llegan a firmar hasta 16 meses. Si hacen algún reclamo no les renuevan.

PP: ¿En qué año entran las mujeres a trabajar en la seguridad?
GS: En los últimos 10 años es que se ha aumentado. Yo creo que las mujeres han estado vinculadas a este gremio desde su origen; muy poquitas, pero sí había y ahora hasta nos están sobrepasando. Al comienzo era más recepcionistas pero ahora usted las ve por cualquier parte, igual con los hombres. No hay discriminación con ellas, pero sí hay acoso sexual, especialmente para renovar el contrato.

PP: ¿Cuál es su perspectiva frente a la paz en Colombia?
GS: Gremialmente no nos afecta mucho, una vez desmovilizados ahí empieza el proceso de paz, las etapas para iniciar un proceso que nos dé la verdadera paz, donde se estreche la brecha entre ricos y pobres y desaparezca la inequidad. Hace falta que los de las zonas urbanas reconozcamos a la gente del campo y que los necesitamos.
HS: Yo agrego que nosotros como sindicalistas del sector clasista, vemos que puede haber perspectivas con los acuerdos pero necesitamos que el pueblo los haga cumplir movilizándose. Que no nos sigan asesinando con pretextos de que los sindicatos clasistas son guerrilleros. Ahora que no habrá guerrilleros no se bajo qué argumentos nos van a seguir asesinando.

PP: ¿Algunos ex-guerrilleros podrían trabajar en las empresas de seguridad?
GS: Lo veo difícil por los empresarios de la seguridad, ya que muchos de ellos eran militares… y es evidente porque yo diría que la mayoría de los empresarios de la seguridad privada estaban en contra del sí, y no se ha visto ninguna declaración sobre el acuerdo de paz. De pronto los únicos que pueden entrar ahí serían los escoltas del nuevo partido. Por exigencia de ellos, ya que no deben poner a cualquiera a que los cuide. Pero de resto para trabajar en otras partes está duro.

 

PERFIL DEL SINDICATO

Operadores de seguridad con sueldo de celadores
El Sindicato Único de Vigilantes de Colombia, SINUVICOL, cuenta ahora con 250 afiliados. Es un sindicato de gremio que reúne a trabajadores de empresas de la vigilancia y fue fundado por Manuel Sossa y Carlos Lazo en 1977 en Bogotá. En 1981 se fundó la seccional de Medellín y empezó articulada a la Federación de trabajadores de Antioquia (FEDETA), con Atempi.

Trabajar por 12 horas y recibir el pago de 8, la discriminación e injusticias, y las malas condiciones de trabajo abonaron el nacimiento del Sindicato. Como organización casi desaparecen entre los años 1991 y 1992 cuando empezaron a salir los pactos colectivos impuestos a raíz de la ley 50 del 90. El laboratorio fue Atempi, Simesa y Sofasa. El pacto consistía en darle las mismas garantías de los afiliados a los no sindicalizados, además de un aporte económico. Con eso se salieron de la seccional 480 trabajadores y después 320.

Una de las particularidades de este sindicato es que tiene en diferentes empresas a todos los sindicalizados por eso les toca buscarlos uno por uno, sin que el empresario se entere, porque los echan y eso hace más difícil el proceso. En la actualidad hay siete empresas de seguridad con afiliados, donde las condiciones de trabajo han cambiado igual que la relación con los patrones. Afortunadamente los trabajadores tienen quien defienda sus derechos laborales.

 

La organización ambiental del territorio es quizás una de las prácticas sociales que constata con mayor crudeza las dinámicas del conflicto social y político que caracterizan a Colombia. En el caso del Sumapaz se destaca la implementación de mega proyectos como centrales hidroeléctricas y explotación de minería y de hidrocarburos. La respuesta de las comunidades sumapaceñas, ante estas dinámicas extractivas, se ha reflejado en la organización en torno a la defensa del agua y la vida, la permanencia de las comunidades en sus territorios, y el rescate de la cultura campesina de la región.

Un claro ejemplo de esta disputa se vivenció el pasado domingo 26 de febrero en el municipio de Cabrera Cundinamarca, donde se llevó a cabo el proceso de la Consulta Popular que giró en torno a la siguiente pregunta: ¿Está usted de acuerdo SÍ o NO que en el municipio de Cabrera como Zona de Reserva Campesina se ejecuten proyectos mineros y/o hidroeléctricos que transformen o afecten el uso del suelo, el agua y la vocación agropecuaria del municipio? La respuesta de la comunidad fue contundente. El 97% de los votantes dijo NO, y expresó de esta manera su total rechazo a las pretensiones de la empresa EMGESA de desarrollar proyectos de explotación en su territorio. El resultado fue entonces una victoria histórica en la tierra donde Juan de la Cruz Varela luchó por los derechos de los campesinos en el siglo XX.

Estuvimos en la Zona de Reserva Campesina de Cabrera dialogando con Paola Bolaños, una de las líderes de este proceso, y quien hace parte del Comité de Impulso de la Zona de Reserva Campesina. Ella nos explicó en qué consiste el proyecto de explotación, quiénes están detrás y cómo fue el proceso para hacer del 26 de febrero del 2017 un día histórico para la lucha campesina del Sumapaz y de Colombia.

Tierra Libre: ¿En qué consiste el Proyecto Hidroeléctrico?
Paola Bolaños: El proyecto hidroeléctrico a filo de agua El Paso es un proyecto que viene presentando la empresa Emgesa en las comunidades de cuatro municipios donde tendría su área de influencia. De estos, tres son de Cundinamarca (Cabrera, Venecia y Pandi) y uno en el departamento del Tolima (Icononzo). Ellos proponen hacer 14 microcentrales y tres bocatomas a lo largo de la cuenca media y baja del río Sumapaz. El proyecto incluye hacer la desviacion del caudal del río por medio de una serie de tuberías y perforaciones en las montañas. Las primeras perforaciones se harían en la vereda La Cascada del municipio de Cabrera, en la cual existe una serie de humedales y nacederos de gran importancia para la región.

Este proyecto lo viene imponiendo la empresa EMGESA ENEL desde hace más de ocho años en el territorio, y ha intentado hacer socializaciones a las comunidades de unos estudios de impacto ambiental que hicieron junto con una empresa contratista denominada INGETEC, pero las propuestas han sido rechazadas rotudamente desde un inicio debido a las consecuecias negativas que traen en varios aspectos, primero en lo económico ya que esta es una región netamente de vocación agropecuaria y campesina; segundo en el tema social y cultural ya que al ver una intervención de poblaciones ajenas al territorio se rompen los lazos, el tejido social y la cultura que se ha venido cultivando durante muchos años; otro tema es el de los derechos humanos, y por último se tendrán unos cambios drásticos en las constumbres que han venido desarrollando los campesinos en el momento de cuidar, cultivar y proteger los recursos naturales. Todo esto está enmarcado en un tema ambiental tan importante para la región a la que pertenecemos, que tiene un ecosistema tan frágil y tan vital como lo es el Páramo del Sumapaz y su zona de amortiguamiento.

TL: ¿Cuál ha sido la respuesta de los habitantes de Cabrera, las comunidades campesinas y los procesos organizados?
PB: En vista de que esta empresa multinacional ha venido haciendo este tipo de propuestas, las comunidades organizadamente hemos hecho foros, conversatorios y cabildos abiertos en los cuales tenemos la oportunidad de exponer nuestros pensamientos, opiniones y criterios frente a este tipo de actividades, igualmente hemos podido contar con el apoyo y las experiencia de otros territorios que han sufrido las terribles consecuencias de estos proyectos en otras zonas del país.

TL: ¿Por qué se animaron a hacer la Consulta Popular y cómo fue el proceso?
PB: La Consulta Popular en el municipio de Cabrera nace como resultado de un cabildo abierto por la defensa del agua, el territorio y la vida, realizado el 27 de febrero del 2016, en el cual los campesinos y campesinas en sus ponencias manisfestaron la importancia de ejercer los mecanismos de participación ciudadana para poder decidir si queríamos o no este tipo de proyectos en nuestro territorio. De allí surgió la propuesta de la Consulta Popular y tanto la Alcaldía como el Consejo Municipal manifestaron que estarían de acuerdo en apoyar esta iniciativa junto a las comunidades de Cabrera.

TL. ¿Qué procesos están al frente de esta iniciativa y quiénes han acompañado?
PB: Al frente de todo este proceso por la defensa de la vida, el agua y el territorio siempre han estado primero las comunidades cabrerunas, campesinos y campesinas jóvenes, adultos y niños que habitamos el territorio. Muchos hacemos parte de diferentes organizaciones, como el Comité de Impulso de la Zona de Reserva Campesina de Cabrera, que fue el que tomó este bastón para sacar adelante junto a las comunidades esta iniciativa. También hemos podido contar con el acompañamiento y el apoyo de organizaciones amigas de diferentes sectores del país, como organizaciones ambientalistas que han estado defendiendo también los recursos naturales, la vida y el agua. Entre ellas podemos contar con ILSA, Censat Agua Viva, Tierra Libre, Asoquimbo, Red Tejiendo Páramos, el Cinturón Occidental Ambiental, entre muchas otras, con las cuales se ha hecho un trabajo interesante de empoderamiento y de conocimiento de aquellos mecanismos de participación ciudadana y de cómo las comunidades podemos aplicarlos en los territorios.

TL: ¿Después de la histórica victoria del 26 de febrero, qué se viene ahora, cuál creen que sea la respuesta de la empresa?
PB: El resultado de la Consulta Popular fue una victoria contundente de las comunidades frente a la posición de las multinacionales. Consideramos que de ahora en adelante se viene un trabajo arduo para que otras comunidades puedan hacerle frente a este tipo de proyectos antes de que hayan muchas consecuencias terribles, así como lo hicimos nosotros en Cabrera, antes de que la empresa hubiera podido intervenir la primera vez en el territorio. Sabemos que no es una tarea fácil, que las multinacionales tienen mucho poder y mucha plata y van crear muchas estrategias para mirar cómo pueden cambiar esto. Incluso dentro de este proceso la empresa EMGESA ENEL, ocho días antes de realizar nuestra Consulta, nos hizo llegar un oficio en el cual manisfestaban que ya no iban a hacer el proyecto desde nuestro municipio, seguramente con el ánimo de desmotivar la Consulta Popular, para que las comunidades no participaramos. Pero era una desición tomada por las comunidades, por eso el grado de compromiso de los campesinos y campesinas que habitamos en este territorio de acudir masivamente a las urnas y poner nuestra voz en contra de este tipo de proyectos en nuestro territorio, y no solo en contra de las hidroeléctricas, sino también en contra de proyectos mineros, incluso de hidrocarburos, porque tenemos conocimiento de que en nuestro territorio se pretende implemetar un bloque petrolero denominado el COR 61, que también tiene área de influencia en los municipios de Venecia y de Pandi, y cuyos efectos negativos son mucho más grandes que lo que proponen como beneficios para las regiones.

TL: ¿Qué invitación le hacen a los demás territorios afectados por las diferentes formas de explotación extractivista?
PB: La invitación es a que sigamos trabajando unidos, a que nos apoyemos mutuamente para que con los mecanismos legales que existen en Colombia podamos hacerle frente a este tipo de proyectos, y podamos sacar a delante esas propuestas de desarrollo endógenas desde las comunidades campesinas, afro e indígenas que habitamos en este hermoso país, lleno de biodiversidad, lleno de vida y de agua. De eso nos sentimos orgullosos y por eso estamos habitando, produciendo alimentos, conservando y conviviendo con estos recursos.

Los campesinos residentes en el corregimiento de San José de Apartadó formaron la Comunidad de Paz (CdP) en 1997, después de una ola de violencia paramilitar. “Yo tenía 17 años y un bebé de brazos, cuando bajó el ejército dándonos ocho días para desocupar La Unión”, cuenta Angela*, y agrega que “venían los paramilitares atrás ellos llegaron en la tarde con la misma orden ya habían pasado por La Esperanza, El Porvenir, Las Nieves, y en esto mucha gente se fue de la región para Bogotá, Medellín, o el mismo Apartadó. Los que nos quedamos en San José firmamos la declaración de la Comunidad de Paz el 23 de marzo en el casco urbano”.

Luego de ver un vídeo realizado por Oxfam sobre los primeros momentos, Beatriz se ríe y dice mirando hacia abajo, a sus botas pantaneras, “éramos tan jóvenes, tenía apenas 15 años, y tan animados... empezamos esta comunidad miles de personas, y tantos han sido asesinados, desplazados o desaparecidos. Es difícil mirar esos vídeos a veces, y pensar en todos los que hemos perdido en esta lucha, pero también nos recuerda de dónde venimos. Al principio hicimos todo juntos. Todo tuvimos reuniones dos veces al día, y contamos gente, supimos siempre dónde estábamos. Es increíble pensar todo lo que hemos logrado”.

Hoy día la CdP está conformada por familias campesinas de múltiples veredas. Vallas de madera, pintadas a mano, anuncian los principios no violentos de la CdP y demarcan sus territorios protegidos, salpicados adentro del bosque tropical de la Serranía de Abibe, entre los departamentos de Antioquia y Córdoba. Es una región de selva densa, un pulmón al lado de los monocultivos de banano por los cuales la región es reconocida. En estos cerros al lado del mar crece la cordillera Occidental de los Andes y es un territorio como muchos que han sido escenario del conflicto armado, rico en flora, fauna, agua, y minerales naturales. Además de esta abundancia, las veredas de la CdP se encuentran en un corredor estratégico que permite sacar estos recursos de Colombia por tierra, o por cualquiera de los dos mares: el golfo de Urabá o el Pacífico.

Los habitantes de la zona están acostumbrados a los ciclos de vida abundantes de su entorno: plantas, animales e insectos batallan en crecimientos furiosos por espacio en el ecosistema. Los elementos naturales son potentes: después de una tarde lluviosa, las quebradas son tan fuertes que prohíben el paso entre veredas, y en el sol del mediodía, los trabajadores buscan sombra mientras podan el cacao. Los senderos de esas montañas no permiten los carros, y solo campesinos a pie y bestias de carga transitan los espacios naturales. Hasta las emergencias cotidianas, como una picadura de culebra, por ejemplo, requieren organización y solidaridad de todos, entendiendo que la manera más rápida de sacar a alguien herido de la zona es en una hamaca colgada de un palo, cruzando la serranía a paso corrido. Aun así, con todos los riesgos inherentes del lugar, cualquier integrante de la CdP dice fácilmente que lo más peligroso de su entorno son los hombres armados, pues como su historia lo muestra, la CdP ha sufrido diversas situaciones a manos de los diferentes ejércitos de la zona, tanto legales como ilegales.

Sus casas, aguas y comidas han sido fumigadas con glifosato; sus animales, igual que ellos han pisado minas antipersonales; hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas han sido masacrados, desplazados y violados, así que conocen de manera personal los efectos psicológicos, emocionales y ambientales de los bombardeos, combates y tiroteos. Entienden que su territorio es el tesoro, y al precio de sus vidas han defendido su derecho a trabajarlo, y a vivir de forma digna como campesinos y campesinas que cuidan la tierra y viven de ella. “La presencia de esta CdP sigue totalmente vigente”, dice Sofía, una mujer fuerte y solidaria que sigue analizando la necesidad de su proceso. “El conflicto por esas tierras no se ha acabado y tampoco la amenaza armada por la misma presencia paramilitar, entonces la CdP sigue apoyando a la gente para que puedan trabajar sin tener que desplazarse. La pelea sigue siendo para el territorio y la tierra, y esa CdP ha servido y todavía sirve mucho por acá, no solo a los miembros, sino a todos los campesinos de la zona”, puntualiza.

El proceso ha sido afectado por el conflicto, y el mismo conflicto ha inspirado soluciones creativas a las situaciones macabras vividas por la gente integrada en este proceso. El bloqueo de comida por parte de los paramilitares, por ejemplo, forzó a la comunidad a pensar en su propia soberanía alimentaria, y de esta necesidad nació el centro agrícola comunitario. Grupos de trabajo fueron formados en respuesta de altos asesinatos y poca seguridad por los senderos. “Al principio había mucha formación en las veredas, como los evangélicos hablando la biblia hoy en día, pero la CdP hablando de la comunidad y de por qué era necesaria, enseñando sobre las razones del desplazamiento, explicando cómo trabajar en grupo para cultivar toda nuestra propia comida, apoyándonos entre todos a trabajar las fincas de todos y repartir cosechas de frijoles, yuca, arroz, maíz, y comida para toda la gente. Nos apoyamos con todos nuestros tajos, trabajando en grupos”.

La educación alternativa y popular nació porque las enseñanzas del Estado no incluían la sabiduría tradicional necesaria para la vida en el campo, ni la solidaridad para la convivencia como la CdP lo imaginaba. “Mira –dice Sofía–, la oportunidad para los jóvenes de haber crecido en la CdP les brindó una seguridad que nuestras generaciones previas no tenían”. Así mismo, todos los hijos de Ángela crecieron en la CdP, y ella cree que eso les brindó algo importante: “Mis hijos participaron en comités de los niños y todos los procesos de formación de la comunidad que trabajaban la solidaridad y los principios, y también tuvieron formación en la Universidad Campesina”.

“Sigue siendo necesaria hoy también la CdP porque por ejemplo con el proceso de paz el cambio que viene ya que no están ellos (Las FARC-EP) ni se sabe, porque los paramilitares siguen aquí y no veo nada bueno ahí –dice Angela–. También está la cuestión de la minería. La CdP no quiere que la carretera pase por su territorio, y hasta ahora no puede pasar, pero hay carbón y petróleo. Entonces, explotando esto, se puede dañar mucho el territorio, y la CdP está ahí pendiente de esto”.

Las celebraciones son necesarias para esta comunidad, dice Beatriz, “para darnos fuerza a seguir luchando por nuestras vidas y nuestra comunidad”. A Sofía no le gusta bailar, pero siempre está presente en las celebraciones porque respeta su importancia para todos: “Para decirlo, sin este proceso de la CdP por estos 20 años, no estaríamos nosotros en esas tierras. Quién sabe dónde estaríamos, pero aquí no, es por medio de la comunidad que seguimos acá. Todo lo que hicimos y todo lo que sigue haciendo la CdP me parece muy interesante. Sin este proceso, las cosas serían a otro precio”. La CdP ya se está preparando para conmemorar su resistencia, y si es como en años anteriores, el toque del equipo de sonido será vallenato a todo volumen, para bailar bajo las estrellas hasta amanecer en la celebración de este fuerte proceso, y de esas frágiles y sagradas vidas.

*Todos los nombres de las mujeres citadas en este artículo están cambiados por petición de las entrevistadas.

Se siente en el ambiente, se deja ver por todos los rincones, se toma los noticieros, las páginas de los periódicos, los programas de radio, y especialmente el espacio por el que navegan a diario miles de millones de mensajes. Es el miedo, el contenido básico de un discurso que se vende en todos lados, a diario, y que busca normatizar a la humanidad, uniformarla, ponerle en su boca las mismas palabras, en su cerebro una sola y única forma de pensar y actuar.

El miedo no solo paraliza sino que impulsa a abrazar al más fuerte, a sumarse a sus causas, así estas vayan en contra de la justicia, de la libertad y las transformaciones. El miedo empuja a abrazar el atraso y la violencia. El miedo ya no es solo una forma de protección y de preservación de la humanidad, es un arma letal en manos del sistema y se mueve vertiginoso por sus venas: los medios masivos de información.

Y no es de ahora, el miedo ha estado ahí siempre. En la iglesia, en la escuela, en el hogar, en la política que siempre se ha hecho con armas y en el poder que se soporta en ellas y en el miedo que provocan. Los Estados y sus regímenes han impuesto una estructura social, económica y política injusta, y han construido un andamiaje ideológico, una forma de pensar que permite aceptar y defender ese estado de cosas; lo han hecho a sangre y fuego, y con sutiles formas en las que el miedo está siempre presente. Primero, el miedo al comunismo justificó en América Latina las dictaduras militares de los años 70, y la intromisión de los Estados Unidos en Centro América para evitar las revoluciones en en los años 80 y parte de los 90; después llegó el miedo al terrorismo en el mundo entero a partir del 2001, cuando fueron derribadas las torres gemelas, y se le dio patente de corso a los Estados Unidos para invadir a Irak y Afganistán en busca de armas químicas de destrucción masiva, y del responsable de derribar las torres.

Y en nuestro maltrecho país, las élites se convirtieron en maestros del uso y el abuso de ese dispositivo, instalado en los cerebros de la gente. Aquí se combinan todos los miedos al comunismo, al narcoterrorismo, y a un tal castrochavismo que nadie sabría explicar, pero al que le tienen miedo. Ese miedo a lo que la gente no sabe qué es ni cómo opera es lo que ha permitido a las élites la morbosa concentración de la riqueza en sus manos y la vergonzosa pobreza en las de la inmensa mayoría. Y es lo que ha impedido por décadas la construcción de una propuesta social y política fuerte, y el levantamiento popular en contra de esas élites. ¿O de qué otra manera podríamos explicar la sumisión y la paciencia con la que colombianos y colombianas soportamos toneladas de injusticias todos los días de nuestras vidas?

En un artículo, el periodista mexicano Luis Alberto Rodríguez, quien usa el seudónimo “Alberto Buitre”, presenta los fundamentos de un médico, neurobiólogo y científico social noruego, Gernot Ernst, para explicar las razones por las que las mayorías en el mundo se están sesgando hacia comportamientos conservadores, reaccionarios, de derecha. Según Ernst, “el contexto social actual es el caldo de cultivo para esto. Internet literalmente bombardea con mierda los cerebros de las personas… las redes están plagadas de pseudoargumentación, generan egoísmo y con ellas es fácil burlarse de asuntos realmente serios, como una tragedia humana, un acto de corrupción política, y la lucha de un grupo de personas por sus derechos… Y los más peligroso de todo: generan miedo. Y el miedo es la materia prima de la derecha”, y dice además que “la derecha crea enemigos abstractos: Migrantes, homosexuales, mujeres, anarquistas, y en ellos se funda el miedo, y un candidato o candidata de derecha aparece como una figura paternal que es capaz de arreglar tus problemas. Provoca patriarcado”. Y al padre, dice, se le cree todo.

Aram Aharonian, periodista e investigador uruguayo, experto en temas de comunicación, explica en su libro “El asesinato de la verdad” cómo es que vivimos en una sociedad conectada, espiada y controlada, a través de un multimillonario negocio monopolizado por seis grandes transnacionales de la comunicación, que incluye la web, el internet y todas sus derivaciones. Millones de mensajes que se mueven a diario en ese universo virtual suman a la estrategia de construcción de un discurso único, basado en un nuevo concepto que se abre camino, el de la post verdad, que consiste en alimentar a las sociedades con información que atienda a las emociones, las creencias y los imaginarios personales por encima de los hechos objetivos. Es decir que hoy en día preferimos que nos mientan de manera reiterada, y lo peor es que somos conscientes de ello.

Detener esta difícil realidad, por supuesto, no es tarea fácil, ya que se trata de un acumulado que durante décadas ha elaborado detalladamente el sistema y sus élites. Su mayor logro es el individualismo como una religión; ponernos a pensar solos, por separado, a tener amigos y amigas virtuales que se consiguen por las redes, a los que casi nunca podemos abrazar ni besar; impulsarnos hacia la competencia por alcanzar niveles de riqueza y reconocimiento. Nos tienen sentados y sentadas frente a un dispositivo digital o electrónico en donde recibimos sus instrucciones egoístas.

Aunque pareciera que no hay salida, podríamos insistir en un elemento básico para escapar de la burbuja, advirtiendo que por básico no es sencillo, así como en el fútbol “lo más difícil es hacer la jugada fácil”. Pero hay que intentarlo. Para escapar del opresor y del esclavo que tenemos por dentro es necesario pensar en colectivo, relacionarnos con gente de carne, hueso, y corazón; desarrollar pensamiento y economía propia, sospechar de la “verdad” mediática, atrevernos a pensar y actuar diferente; participar en los espacios sociales que plantean transformaciones y otras formas de hacer la política; construir procesos de comunicación popular y medios propios; desarrollar en nuestros territorios formas de autogobierno. En suma, se trata de creer en nosotros y nosotras mismas y construir poder popular.

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