La tragedia del bajo Mira y Frontera

¿Alguien sabe en dónde queda el Bajo Mira y Frontera? Hay que ir a Tumaco, esa tierra olvidada de Dios y de los hombres, en la costa pacífica, en el departamento de Nariño, y de allí avanzar por los ríos durante cuatro horas. Si después de atravesar el río Mira existiera una carretera de 7 u 8 kilómetros sería más fácil llegar a esa zona habitada y titulada a comunidades negras. Escuchando a Héctor, un habitante del Consejo Comunitario Bajo Mira y Frontera en límites con Ecuador, uno se queda cada vez más desilusionado. Allá, del Estado solo llega la corrupción y también la violencia a través de las fumigaciones y de la presencia militar, que de nada sirve; porque, además, existen decenas de grupos armados al margen de la ley.

 

 

Héctor Hugo Marcillo nació en Ricaurte, en el Departamento de Nariño. Se crió en Putumayo, pero hace 12 años regresó. Ahora hace parte del consejo comunitario Bajo Mira y Frontera, que es una comunidad afrodescendiente, y es delegado de la junta veredal. Su vereda queda cerca a la población ecuatoriana San Lorenzo  y para llegar allí hay que ir en lancha desde Tumaco durante tres o cuatro horas.

“La gente vive cangregeando y de la pesca, y un poco de la agricultura-dice Héctor-. Pero en este momento el campesino no tiene ayuda de nada, estamos abandonados; el desempleo es el común denominador. Los pocos productos que se pueden sacar hay que transportarlos por los ríos y es demasiado caro;  hay que tener canoa y motor. Por ejemplo, para sacar un ciento de plátano que vale 10 mil pesos hay que pagar 8 mil para que lo lleven a donde se puede vender; no hay un centro agrario o de acopio, una institución que apoye la producción. Entonces no vale la pena sembrar para vender. Para colmo, en estos días de agosto el gobierno mandó las avionetas a fumigar y nos dejó barridos, nos dañó todo. El veneno acaba no solo con sembrados ilegales; a los que nos metimos a sembrar plátano y cacao también nos los daño”.

“Antes- continúa Héctor- la economía era la de la coca y la gente se dedicaba a raspar hoja de coca. Eso estuvo en su apogeo hacia los años 99 y 2000 y en esas épocas no había qué comer, hasta el plátano había que comprarlo en Tumaco y llevarlo a las veredas porque no había en donde sembrar comida. Eso es cierto; pero con las fumigaciones de glifosato acabaron con todo y es difícil recuperar las parcelas para sembrar comida porque quedaron estériles las tierras. También las especies y animales sufrieron. Y también se fumigaba territorio ecuatoriano y por eso se vinieron las demandas”.

En esta zona hay títulos colectivos de las negritudes. Existen 55 veredas que oscilan entre 100 y 300 habitantes cada una. El principal problema es el desempleo por lo que la gente se ha dedicado a cortar madera y eso viene deteriorando el medio ambiente y devastando la selva. Pero, como dicen ellos, ante tanta necesidad qué más puede hacer la gente. Además, por culpa de las malas relaciones de Uribe con el Ecuador, los nativos y habitantes colombianos de la zona son los que pagan las consecuencias, los maltratos y las requisas indiscriminadas, el decomiso de las mercancías y la aplicación rigurosa del reglamento fronterizo que significa pagar permisos y otros papeleos. Esto perjudica a la comunidad que encontraba más fácil mercar y comerciar algunas mercancías en San Lorenzo que ir a Tumaco en donde todo es muy caro. 

“Esta zona está desprovista de servicios básicos -comenta Héctor-, no hay centro de salud y toca acudir de urgencia a Tumaco. Se da mucho la mordedura de culebra. La marea sube y baja constantemente, y cuando baja llega mucha víbora y si muerde a la gente no hay forma de sacarla porque el río está seco, entonces se muere la gente. Por ejemplo, mi padre se murió porque no pudimos llevarlo a tiempo a un centro de salud. En educación también estamos mal porque, aunque hay escuelas, los maestros son escasos y hay que esperar que lleguen de Tumaco. En mi vereda hay 60 alumnos y un solo profesor. No hay agua potable  en ninguna de las 55 veredas, a pesar que hay fuentes de agua: Las veredas que están a la orilla del mar sufren mucho más por el salitre”.

Pero lo peor es el tema de la energía eléctrica. “La energía es manejada por Electrosor, que es una empresa privada. Esta empresa debe suministrar el combustible a cada vereda para alimentar una planta diesel que produce 30 o 40 kilovatios. El Estado entrega 6.5 millones de pesos para cada vereda y Electrosor nos debe dar esa cantidad en ACPM para las plantas; pero si acaso nos da lo de 3 millones y aparte de eso nos toca reunir 750 mil pesos mensualmente y dárselos a Electrosor para que nos entreguen el poder para ir a reclamar el combustible. O sea que nos toca pagar el transporte, y el mantenimiento también nos toca de cuenta nuestra porque, según la empresa, nunca hay fondos. O sea que Electrosor se gana muchos millones por hacer nada; no es dueña de las bombas ni del combustible ni presta el mantenimiento ni nos lleva el combustible a las veredas; lo único que hace es recibir la plata y manejarla a su antojo. Ni la gobernación ni la alcaldía hacen nada para resolver esta corrupción dizque porque es muy difícil conseguir otra empresa. Nosotros en la comunidad pensamos que el mismo consejo comunitario puede organizar el tema de manejo de recursos y distribución del combustible para garantizar la energía eléctrica”.

Héctor nos cuenta que había un líder llamado Felipe Landazuri, muy bueno, que gestionaba muchas cosas para la comunidad. Él estaba trabajando un proyecto de interconexión, habló con las electrificadoras, se hicieron las trochas y estando en eso lo mataron. Dicen que lo mataron por responder una entrevista a un medio en donde habló a favor de una base militar en Candelilla de la Mar, frontera con Ecuador. El proyecto de interconexión quedó tirado. No se sabe quién lo mató cuál de los muchos grupos armados de la zona lo mató. Lo más triste es que las redes están listas por la orilla del río y no hace falta sino llevar la electricidad a las veredas, lo cual no es difícil; pero ellos no saben a dónde hay que reclamar.

Otro gran problema es la situación de los jóvenes. Justamente por la proliferación de bandas criminales y el creciente desempleo, ellos son reclutados o se meten voluntariamente a esos grupos y las niñas terminan en la prostitución o también delinquiendo. Los niveles de violencia son muy altos y no hay policía que valga porque ellos, como en todo el país, se confunden entre las mismas bandas o voltean a mirar para otro lado ante sus fechorías. La falta de vías es otro problema grande de esta comunidad; lo único que se necesita es pasar el río Mira y desde allí son sólo 8 kilómetros para llegar a las veredas y eso serviría para que la gente pudiera resolver parte de sus necesidades, pero tal vez ni al mismo Estado le interesa resolver estas infamias.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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