La flaca de los buses

Le dicen La Flaca, me la encuentro habitualmente en las noches en el bus, vende dulces. Me llamó la atención que, generalmente, nos cuenta a los pasajeros un pedacito de su vida, por lo menos de lo último que le pasa. Así me enteré de que hacía poco la habían atracado por quitarle lo que se había hecho una noche con las ventas; le dieron un fuerte golpe en la cabeza, tan fuerte que un taxista, escandalizado por la cantidad de sangre que le salía, la llevó al centro médico de Buenos Aires, pero la dejó a una cuadra para que esta terminara de llegar por su cuenta. Allí no le quisieron atender porque no cuenta con ninguna E.P.S. y no tenía dinero; pero una enfermera, que salía de turno, quiso hacerle el favor de limpiarle la herida, cogerle 8 puntos y sugerirle qué podía tomar para el dolor. Al otro día de este incidente, fue la única vez que la he visto subirse a pedir plata para poder volver a comprar los dulces, comer y poder llevar algo para su casa. En el tono se le sentía la rabia, se preguntaba: a mi, tan pobre, ¿cómo pueden robarme?

La Flaca, aunque ya no tiene marcado su acento samario, es de Santa Marta, de una familia de 8 hijos y tres hijas en donde ella es la menor de las hermanas. No sabe muy bien cuántos años tiene, dice que ella misma prefirió olvidarlos porque marcan el paso del dolor, de muchas pérdidas, así que dejó de llevar la cuenta. Su padre, Don Samuel, un señor que se quedó ciego a causa de las cataratas, era comerciante; con mucho esfuerzo compro un lote allá en Santa Marta y se dedicó a hacer negocio con los que vendían frutas; él les mantenía el precio todo el año, y estos los vendían a algunos almacenes pequeños cercanos y en la plaza de mercado los fines de semana. Este trabajo les dio para vivir en la familia, no holgadamente pero al menos les permitía pensar en terminar de construir la casa, comer todos y hasta para estudiar alcanzaba. Gracias a esto la Flaca hizo hasta sexto.

Cuenta que las cosas se pusieron mal con la llegada de los paramilitares, cerca de donde habían comprado el lote se formó un pequeño barrio de invasión y estos comenzaron a ocupar las tierras que no eran de ellos. Así las cosas, los dueños de los lotes decidieron acudir a los paramilitares que eran los más efectivos para este tipo de asuntos, pero estos se fueron radicando y quedando en el barrio, dizque para prestar vigilancia e imponer el orden; pero mas temprano que tarde se adueñaron de todos los negocios de la zona que les parecía rentables y al que no les interesaba le impusieron fuertes vacunas. El negocio de Don Samuel les gustó y lo amenazaron, le dijeron que si lo veían comerciando nuevamente lo iban a matar, así los que antes le vendían sus productos a don Samuel pasaron a tener que venderlo por el precio que les diera la gana a los paramilitares. Esta situación llevó al traste la economía de la familia de la Flaca y de muchas familias más.

La Flaca tuvo que salirse de estudiar junto con sus hermanas. Ella considera que de no ser así, las mujeres de esa casa habrían tenido otra vida y la posibilidad de soñar con otras cosas, pues, como ella misma lo dice: “las mujeres de esa familia y mi papá hemos sido los únicos berracos, a ninguno de mis hermanos le gustó estudiar y todos fueron flojos para trabajar, tanto que ahora a mí me toca trabajar para mantener a mis tres hijas y a los dos hermanos que todavía viven. Uno de ellos, mientras trabajaba en una fábrica de arepas que quedaba por allá en Niquía, se le cayó una máquina encima y le estripó una tripa por allá adentro y desde eso quedó que no puede hacer nada, no puede trabajar en nada que necesite fuerza y la fuerza es de lo poquito que tiene uno como pobre”.

Desesperado por la situación económica de la familia, Don Miguel se vino a Medellín a buscar trabajo, pensando que en una ciudad grande sería más fácil encontrarlo. Pura ilusión. Medellín no lo recibió bien, aguantó hambre, humillaciones, vivió de arrimado donde una prima que también tenía una familia muy numerosa y donde mantener a alguien de más era sumamente dispendioso. Así que le tocó regresar a Santa Marta, allí las mujeres se las ingeniaban para aportar algo en la casa, pusieron ventas callejeras, trabajaban en casas y demás cosas varias que les resultara.

De esta época la Flaca recuerda que como su padre era muy machista poco soportaba que fueran las mujeres que le ayudaran con el sostenimiento de la casa; además la madre, que habitualmente no salía sin él de esa casa, ahora tenía que salir a menudo y él, que en ese tiempo se dedicaba al reciclaje directo, mucho de lo poco que conseguía se lo gastaba en licor. Gracias al alcoholismo del padre, la andadera de calle de los hermanos que solo volvían a casa cuando les convenía y tenían problemas, las constantes peleas entre todos, y las atribuciones de los paras para controlar el orden como lo considerara, la Flaca se fue cansando y lo primero que se le apareció para salirse de esa casa fue un paisa, que además le decían El paisa, del cual nunca entendió muy bien cómo y por qué fue que llegó a Santa Marta, solo guarda la sensación de que fue huyendo de algo. El paisa no tenía nada, absolutamente nada, ella era la que lo alimentaba, con lo poco que podía, por esos días en Santa Marta.

Una noche llegaron a la casa los paramilitares encapuchados y se llevaron a dos de sus hermanos, nunca los volvió a ver, tampoco sabe por qué se los llevaron, pero la situación en la casa se puso cada vez más difícil. Después de dos meses decidió marcharse, con el paisa, a Medellín. A parte del miedo que sentía en su casa, de tener que salir de allí, se sumaba la tristeza de salir con un recién conocido, porque amor ahí no había.

Sin embargo, con muchas dificultades, convivieron varios años, tuvieron tres hijas y se acostumbraron a odiarse cordialmente. Mientras tanto, de a poquitos comenzó a llegar la familia de la Flaca. La casa de ellos en Santa Marta, por arte de magia, había cambiado de dueño, otro señor llegó allí alegando que esa propiedad le pertenecía, con papeles en mano. Como no quisieron desocupar, los apersonados del orden se encargaron de que se fueran, el último en salir fue el padre, quien nunca se repondría de semejante pérdida. Dice la Flaca que murió en el alcoholismo y las sombras de la ceguera.

Por entonces ella ya trabajaba en los buses vendiendo dulces, trabajo al que se uniría la madre hasta que su estado de salud se lo permitió. Murió, dice la Flaca, de gripa, porque nunca hubo dinero para llevarla a un médico y saber qué tenía. Se dio cuenta que el paisa andaba metido en vainas raras el día que lo mataron, le habían puesto a que recogiera determinada cantidad de plata, pero esa plata no estaba completa, entonces el paisa aprovechó y sacó una parte, y pasó el reporte aumentando la cantidad faltante, le habían puesto una cascarita y por esto lo mataron.

“Ahora, dice, me siento cansada de saber que voy a seguir sufriendo. Va siendo tiempo de que me muera también, pero nunca dejo de rebuscármela. En el día trabajo en la calle y en la noche trabajo en los buses, ¿haciendo qué?… mírame… y no preguntes más”

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Angela Cardona

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