Venezuela: Revolución o involución

 

Hace dos o tres años escribimos un artículo para Periferia en donde hacíamos elogios del proceso revolucionario venezolano, pero al mismo tiempo señalábamos las grandes fisuras que presentaba. Deseábamos que a estas alturas la mayoría de ellas se hubieran superado, pero no ha sido así.

 

Antecedentes

En principio, ubicábamos esas fisuras en la débil estructura administrativa del gobierno, que según los comentarios populares estaba infiltrada por politiqueros de la cuarta república, o sea los mismos corruptos de los partidos tradicionales a los que el proceso revolucionario debería haber desterrado, especialmente de los manejos económicos y políticos de la nación. Ellos hacían del proceso administrativo estatal un verdadero drama burocrático, cada vez más pesado y lento, esa era su forma de torpedear y evitar los cambios sociales.

Por otra parte, se manifestaba que los asesores y hombres de confianza de Chávez eran un séquito de oportunistas, que en cualquier momento le darían la espalda y que seguramente conspirarían contra él y a favor de posibles golpes de Estado. Esto también resultó siendo cierto y son varios los ex amigos de Chávez que lo han abandonado, traicionado, atacado, o de los cuales Chávez ha tenido que prescindir por su incompetencia o desconfianza. Otros prohombres cercanos al presidente son repudiados por el pueblo por su mediocridad, por reconocidos actos de corrupción, extralimitaciones o excentricidades en el poder. Todo esto sigue igual. Alrededor de Chávez todo el mundo es revolucionario, se ponen la camiseta roja y listo; sin embargo, a la hora de adoptar actitudes de cambio desde su propia práctica personal y de influir desde sus cargos para el bien del proceso, nadie responde, todos están ocupados mirando cómo resuelven sus apetitos económicos y sus intereses.

Sin embargo, todo sería superable, si uno de los motores que propuso Chávez en las estrategias para dinamizar y acelerar el proceso revolucionario, más exactamente el quinto motor, denominado “la explosión del poder popular”, que consiste en el apropiamiento del proceso por parte de las comunidades, en la construcción del poder popular, se estuviera fortaleciendo y hubiera alcanzado ya, diez años después de su arribo al poder, la fortaleza necesaria para dirigir el proceso. Tristemente debo decir que no, que es muy lento, casi nulo y en oportunidades involutivo.

La gente no quiere o no puede
En el ambiente han quedado dos derrotas del proceso, que aunque se han querido disimular, hay que aceptar. Una fue aquella que sufrió el proceso en el referendo que reformaba la constitución hacia la estructura socialista y la otra que no parece derrota, pero que sí lo fue, es la reciente elección de gobernaciones. Aunque el chavismo ganó más del 90% de las gobernaciones y alcaldías, la oposición, léase la burguesía rancia y ultraderechista, se hizo al poder en las más grandes y pobladas, incluida Caracas. ¿Quién lo permitió? ¿A quién responsabilizar?

Ahora viene el gran debate por la enmienda constitucional para aprobar la reelección de Chávez. Al momento de cierre de esta edición aún no se conocían los resultados de las votaciones en el referendo. No obstante, cualquiera sea el resultado bien vale la pena tomar en cuenta las críticas al proceso. En todo caso me consta y escuché de voz de funcionarios chavistas que no le iban a jugar a este propósito.

Y reitero: este no sería un problema si la construcción de poder popular estuviera andando a paso firme. Pero en este sentido soy aun más pesimista porque observo el comportamiento cotidiano del venezolano de a pie, del que vive en el barrio hacinado y miserable que rodea el paisaje de Caracas y me llena de indignación su relajamiento, su falta de sacrificio, su interés desmedido por la plata o los reales como ellos le dicen, su desorden, su culto a la corrupción, a los vicios, al consumismo, su desinterés frente a la limpieza de las calles, a la ecología, a fenómenos como la especulación y el acaparamiento de alimentos, y de bienes necesarios para el consumo humano. Su actitud sigue siendo la del ciudadano buena vida que no se preocupa por nada porque tiene el oro negro que todo lo resuelve. Sus antivalores capitalistas propios de la cultura rentista petrolera están casi intactos. No sobra decir que esta es, desde luego una observación angustiada, pero objetiva.

Ejemplos concretos
La inflación en Venezuela superó el 30%, la más alta de Latinoamérica. Sin embargo, me encontré con realidades que sorprenden al más avezado economista. Siguiendo mi papel de comunicador y de simple observador verifiqué lo siguiente: en diciembre de 2008 un minuto de celular costaba 200 o 300 centavos de bolívar, más o menos 100 o 150 pesos colombianos; sólo un mes después sin ninguna explicación, porque los planes de minutos a celular bajaron en enero de 2009, me encontré con minutos de 500 a 800 centavos de bolívar, lo que quiere decir incrementos de entre 100% y 400%. Cabe anotar que en Venezuela el gobierno en un acto de soberanía tomó las riendas de las compañías de comunicación y por ello el servicio es muy barato.

La gasolina en Venezuela comparada con Colombia parece un chiste, un galón cuesta aproximadamente 400 pesos colombianos, además las calles están pavimentadas. Sin embargo, el costo de las carreras en taxi es exagerado; en Venezuela no existe taxímetro y cualquier carro puede ser taxi. Son increíblemente caras las tarifas, la mínima está como en 10 mil pesos colombianos, también han sido incrementadas al libre albedrío de los taxistas sin que medie razón y sin recibir a cambio una protesta popular.

El mercal y todas aquellas excelentes iniciativas del gobierno bolivariano en beneficio de los más pobres son saboteadas por los propios encargados de atender esos establecimientos; los alimentos son escondidos y escaseados a propósito para hacer subir el precio, el pollo y el azúcar principalmente, y no hay poder humano que resuelva ese tema, ni pueblo que se rebele y exija.

Me preguntaba si entre tantos revolucionarios que viven en la hermana república no existe un grupo que se apersone y haga respetar el proceso, especialmente en estos aspectos que persiguen el equilibrio y la justicia social. La revolución es un asunto de conciencia, de humanismo, de justicia, de solidaridad y en este sentido se deben dirigir los mayores esfuerzos para que el proceso sobreviva; me asusta mucho que los venezolanos dejen pasar esta inmensa oportunidad que sus propios esfuerzos han producido y regresen a la deshumanización capitalista. Gran parte de la esperanza que tenemos los que luchamos por transformaciones sociales en el mundo están cifradas en el proceso bolivariano, en el socialismo del siglo XXI.

 

Modificado por última vez el 16/06/2012

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