La medicina es la reina y los médicos sus esclavos

La medicina y los médicos habían tenido, a través de la historia y hasta hace apenas unas décadas, un alto reconocimiento, status y respeto de parte de toda la sociedad y, en particular, de los pacientes. Pero, para desgracia, principalmente de los médicos, esas condiciones han cambiado drástica y lamentablemente.

 

La medicina occidental (Alopática) ha sufrido grandes transformaciones y avances en los dos últimos siglos. En esa lucha histórica entre el signo y el síntoma ha ganado, al parecer y desafortunadamente para los pacientes, el signo. Es por ello que los pacientes, en su inmensa ignorancia, creen que con las famosas ayudas diagnósticas y los exámenes de alta tecnología se hace una mejor medicina; a su vez, los médicos generales, los especialistas y subespecialistas piensan, y hacen pensar, que dicha medicina tecnológica y tecnócrata puede llegar a ser la solución a todos los problemas de salud.

Por otro lado, los mercaderes y traficantes de la salud, llámense intermediarios, EPS o IPS no escatiman esfuerzos por disminuir costos o aumentar costos, según sea la necesidad de cuidar las ganancias o percibir ingresos por concepto de exámenes paraclínicos. Al perderse la esencia del síntoma, lo que siente y percibe el enfermo, la medicina va ganando en deshumanización y, es por ahí por donde las otras medicinas alternativas y bioenergéticas ganan terreno, pues estas sí se interesan por los pacientes de una forma integral y humana, aunque su “ciencia” no tenga bases sólidas ni demostrables.

La medicina todavía ha logrado mantener su prestigio soportada en aspectos como: los equipos de alta tecnología, los trasplantes, las cirugías complejas, tratamientos especializados, manejo del trauma y urgencias, vacunas, terapias genéticas e inmunológicas, etc. Pero la más perjudicada y la cenicienta del paseo ha sido la medicina general y, por ende, los médicos generales. Y es a esos esclavos y mercenarios de la medicina y la salud que me voy a referir.

Son millones de jóvenes en el mundo, y miles en este país, que quieren ser médicos. Las causas para tan singular fenómeno son muchas y, entre otras, tenemos: los jóvenes piensan que la profesión médica y su ejercicio sigue siendo de fama y respetado; creen que es muy bien paga, tanto para especialistas como para médicos generales, quieren es dinero; buscan status y reconocimiento social que ya casi ha desaparecido; quieren, desde una mirada curiosa y científica, conocer el cuerpo humano con sus procesos de salud y enfermedad; hay también los ingenuos que quieren salvar el mundo desde la medicina; los hay con su limitada visión caritativa religiosa de “amor al prójimo”; los hay obligados por sus padres y familiares frustrados que nunca pudieron ser médicos; hay jóvenes que se comieron el cuento de que es una profesión para genios y superdotados; los hay por tradición familiar ya que sus tatarabuelos, abuelos y padres fueron médicos; los hay que con una mirada humanitaria y de compromiso social quieren aportar honestamente e ingenuamente al grave problema de salud de nuestro pueblo; y mil razones más. Lo único claro y concreto es que la mayoría de esas razones son débiles y falsas y lo que primero hace el pichón de médico es bajarse de esa nube y buscar sus intereses personales.

Los jóvenes que no tienen dinero, pero que son inteligentes y disciplinados, logran pasar a las universidades públicas, y sabemos que los pequeños burgueses y burgueses pueden ingresar a las universidades privadas pagando entre cuatro y ocho millones de pesos por semestre. Y también sabemos que el ingreso a dichas universidades está mediado por la chequera, la rosca y el status social. La dificultad de pasar a la universidad pública es muy grande; por ejemplo, a la Universidad de Antioquia en Octubre de 2008 se presentaron más de 6200 jóvenes a medicina y sólo pasaron 120; luego vienen como mínimo seis años y medio – si no se pierden materias, si no hay enfermedades, si no hay calamidades familiares o económicas, etc. –. Son años de estudio profundo y prácticas extenuantes, para poder salir al rural, allí se aprende y se trabaja duro, para salir a venderse a una IPS.

Es y debería ser indignante para todo médico la falta de libertad en su práctica profesional donde se restringe su tiempo, la cantidad y calidad de medicamentos que puede recetar, la cantidad de exámenes que puede solicitar y los diagnósticos y remisiones que puede hacer. Es muy triste y doloroso tanto esfuerzo, el estudio profundo de las complejidades de la fisiología, patología, medicina interna, etc. para que después, por causas estructurales y económicas del sistema de salud, diga la mayoría de pacientes “¿para qué va uno donde el médico? Para que le mande ibuprofeno y acetaminofén”. Esto es reprobable desde todo punto de vista.

Existe algo que por su escasez y belleza tiene mucho valor aunque no tiene precio. Y ese algo, raro en la sociedad en su conjunto y, más raro aún en la profesión médica, se llama DIGNIDAD. Y eso es lo que le falta a la mayoría de médicos colombianos, Dignidad para hacer valer la ética y la filosofía humanista que sustenta la medicina desde los antiguos maestros como Hipócrates y Galeno, y no permitir que esos mercaderes de la muerte, EPS e IPS, degraden cada vez más la profesión a los médicos y, sobre todo, a los pacientes que deberían ser la razón de ser de la medicina y de la práctica médica. Participar y enriquecerse  en ese negocio es criminal contra los clientes, disculpen, contra los pacientes.

El problema lo genera el sistema social dominante y se materializa por medio del sistema de salud, pero lo sufrimos los médicos y pacientes. Por ello mismo somos los llamados a luchar contra dicho monstruo, de una forma organizada y contundente. Aunque los médicos no somos los directos responsables de tanta infamia y porquería, sí tenemos parte de la responsabilidad dado que, por acción y por omisión, no hemos logrado derrumbar tal engendro. Toda la grandeza de la medicina se cae hasta el fondo del abismo cuando se estudia y se investiga la verdadera condición del gremio médico y la miserable situación de la salud de nuestros pacientes.

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Luis Alfonso Vásquez

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