Una tragedia ocultada

Esa parte de la costa chilena que vio fraguarse una sublevación de la marina meses antes del golpe de estado en 1973, es el mismo Valparaíso que en 1908 vio nacer a Salvador Allende o “el Chicho”, como era conocido de niño entre sus familiares y amigos. Cuentan algunos de los amigos que compartieron allí la infancia con Allende, que este solía compartir con un lustrabotas anarquista que influyó mucho en su primeras ideas; de él recogió esa tradición de tantos inmigrantes europeos que llegaron al sur del continente a fines del siglo XIX y principios del XX.

 

“En Medellín no hay paramilitarismo sino una sensación de paramilitarismo”, manifestó hace poco el secretario de gobierno de Medellín, Jesús Ramírez. Esta opinión la comparte el alcalde Alonso Salazar y la compartía el alcalde anterior Sergio Fajardo, este último incluso negaba la existencia del fenómeno y colocaba a la comuna trece en casi todas sus conversaciones, como ejemplo de pacificación para Colombia y el mundo. Sin embargo, en la cotidianidad de los barrios de Medellín se vivía y se vive otra cosa. El paramilitarismo totalmente organizado en “oficinas” sigue controlando las plazas mayorista y minorista, cobrando las vacunas, eso sí muy respetuosamente, y controlándolo todo, hasta la administración de la justicia en los barrios: Ellos les parten las piernas contra los andenes a los jóvenes delincuentes que cometen sus fechorías contra la comunidad.

Por supuesto, en la comuna trece las cosas andan de mal en peor. Doña Astrid*, una habitante de La Independencia II, en donde vive desde hace más de 20 años, nos cuenta: “Yo tenía 9 hijos, pero las milicias me mataron dos, hace 12 años; uno de 17 años y al año siguiente me mataron otro de la misma edad. Cuatro estudian en primaria y bachillerato, o mejor, estudiaban porque ya no pueden ir al colegio porque los tienen amenazados de que los matan por ser de este barrio. Es que toda esta zona está manejada por bandas y como cada banda maneja un territorio, entonces los de un barrio no podemos movernos para el otro. Los otros tres hijos trabajan en lo que puedan, cuidando carros o lo que salga. Yo lavo ropa o hago otros oficios domésticos, pero cuando uno dice que vive en la comuna trece a veces no le dan trabajo”. Esto último me lo cuenta la señora después de preguntarle por qué no se van de un barrio tan violento, si no le da miedo de que les maten a los otros hijos. Es claro que no tienen a dónde ir, ni con qué sobrevivir, lo único que tienen es una humilde casa.

Además, hace poco los paras o las bandas, porque ella dice que no sabe si son paras o simplemente bandas de delincuentes juveniles, a pesar que los conoce desde que eran niños, le iban a matar a otro hijo porque según ellos les habían dicho que era simpatizante de la guerrilla. El joven había tenido que esconderse cuatro meses para ver si lo dejaban en paz y ella misma enfrentárseles con la autoridad de una señora mayor que los había visto crecer, recriminarlos por querer arrebatarle otro hijo, cuando a los otros dos la guerrilla los había matado por paracos o por ser delincuentes. Ahora en el barrio no habían milicias, ni vestigios de guerrilla, ¿entonces por qué lo querían matar? Finalmente los jóvenes lo dejaron quieto, pero amenazado y bajo vigilancia.

Y continúa contando doña Astrid: “Esto por acá esta muy peligroso y se puso peor con la matada del duro del otro barrio de arriba, un tal Felipe. Entonces ahora están en guerra y al que le pise el territorio al otro lo van matando. Ellos viven agarrados por el dominio sobre el negocio de las drogas, las armas y seguramente las vacunas, aunque eso no me consta. Todo el mundo sabe cuáles son las casas donde venden la droga y quién manda sobre el negocio. Hasta los soldados se sientan a fumar marihuana con los de las bandas y la policía conoce y sabe todo y no hacen nada; eso sí, hay toque de queda después de las siete de la noche, nadie puede salir a la calle”.

Finalmente doña Astrid le contó a Periferia que el asesinato de sus dos hijos sólo lo pudo denunciar hace dos años ante la alcaldía para que lo incluyeran en los procesos de la ley de Justicia y Paz. Desde entonces la han tenido visitando la Defensoría del Pueblo cada rato para que busque entre una cantidad de listas con cientos de nombres que ella por su poca visión casi no puede leer. Allí supuestamente debe aparecer el caso de sus hijos para asignarle un abogado. Esto aun no ha pasado, quién sabe si pasará.

El caso de Flor y su pequeño Arnold*
Pero más indignante, doloroso y hasta repugnante resulta el caso de Flor*, o mejor el de su pequeño Arnold, de 12 años de edad. Ellos viven hace un poco más de 11 años en la Independencia II, entre la Torre y el 20 de Julio, en la comuna trece. Arnold es el mayor de cinco hijos de una joven madre que al igual que doña Astrid vive de cualquier trabajo ocasional.

Flor recuerda: “Hace como 12 años a mi papá lo mataron las milicias. Él estaba arreglando un carro y bajaron y lo mataron, según mi mamá fue porque cada que ellos pasaban pidiendo colaboración el nunca les quiso dar nada. Hace seis años fue la operación Orión y en medio del agarrón entre los paras y los milicianos pusieron una bomba y ahí mataron a una hermanita mía y a un poco de gente. Dicen que fueron las milicias. Con la operación Orión llegaron los militares y era muy claro para toda la comunidad que ellos y la policía apoyaban a los paracos, como la gente andaba enojada con las milicias les pareció bien que los apoyaran. Luego de la operación Orión se militarizó la zona totalmente y se creó un fenómeno y era que las jovencitas del barrio se la pasaban con los soldados y se establecieron toda clase de relaciones. Al poco tiempo empezaron a crearse las bandas, una en La Torre, una en El Salado, en el  20 de Julio, en todo lado”.

Efectivamente, a partir de los jóvenes que quedaron desmovilizados de las organizaciones paramilitares que manejaban la zona se empezaron a crear bandas territoriales por cada barrio. Al parecer el fenómeno se da porque estos exparas a los que les dan una suma de dinero siempre y cuando estudien, fueron dejados a su suerte y ni estudiaron ni nada, se dedicaron a lo que saben hacer, la guerra. “Ahí fue cuando empezaron mis mayores sufrimientos porque yo tengo un hijo ahí de doce años, en esas bandas. A él me lo tienen de carrito, o sea llevando droga para arriba y para abajo, a que haga inteligencia. Además, él carga armas porque no lo requisan los militares. Ahora el sábado mataron a uno de los duros, un tal Felipe, y las cosas se pusieron muy duras. Yo no sé si esos niños y muchachos sean de los mismos paracos porque yo conozco muchos de ellos desde pequeñitos y les pregunto porque hacen tanto mal y ellos dicen que hay que acabar con todo lo que huela a milicia, que hay que darles piso, pero ellos también atracan en otros barrios y matan por contrato”.

De todas maneras, aunque ya no hay milicias es extraño que niños de tan solo 10 y 12 años que son reclutados por las bandas hayan desarrollado un odio casi enfermizo contra los milicianos a pesar de no haber nacido cuando las confrontaciones más duras se dieron en la zona; es decir, cuando ninguno de ellos vivió en carne propia los desmanes de estos grupos. Ante esto Flor nos manifiesta: “Es que los mayores de las bandas son los que fueron maltratados por las milicias, entonces ellos han reclutado a los niños para que les sirvan en sus labores de inteligencia para poder enfrentar mejor a las bandas enemigas, ellos les han metido en la cabeza a estos niños todo el odio que tienen con las milicias, como ya no hay milicias entonces buscan a familiares o excompañeras de los milicianos o a cualquiera que se sepa que tuvo alguna relación con ellos y los matan”.

Y continúa su relato: “El caso de mi hijo es terrible. Él vivía con su papá en otro barrio de la comuna nororiental, pero el papá no lo soportó y dijo que se le había salido de las manos, entonces hace cinco años me lo devolvió, tenía 7 años. Yo lo metí a estudiar y sólo terminó segundo de primaria y lo sacaron porque su disciplina era tenaz, hacía lo que se le daba la gana y lo mismo en la casa. Hasta que por ahí me dijeron que pilas, que estaba tirando vicio. Cuando empezó apenas tenía 10 años de edad, efectivamente llegaba a la casa trabado y traté de apretarlo pero me trataba mal; él ya andaba con la banda y en oportunidades no iba a la casa en todo el día. Él tiraba vicio con otros niños de la misma edad; traté de internarlo y no se dejó. Ahora él ya se va con la banda a atracar y a hacer vueltas con armas. Él en oportunidades se pone a llorar y me dice que lo ayude y yo lo aparto un poco de todo esto, pero regresa y me dice que él no puede dejarlos, que es que los milicianos fueron muy malos y que hay que acabarlos; definitivamente no sé qué hacer con él”.

Volvemos a indagar sobre el papel de las autoridades y encontramos la misma respuesta de doña Astrid, por allá no se hace presente la alcaldía ni el bienestar familiar; solo presencia militar. Los soldados fuman vicio con los muchachos, la policía ve todo y allí nadie hace nada. Le preguntamos también la razón por la cual no se va del barrio para otro lado y la respuesta es la misma: “si yo fuera sola lo haría, pero es que yo tengo cinco hijos y no tengo cómo pagar arriendo en otro lado. Además, Arnold me dice que él no se va conmigo y que además él tiene una casa de la banda donde se puede quedar. Yo estoy en una sin salida acá, todos los fines de semana matan jóvenes de las bandas y ya me han dicho que a mi hijo lo tienen en la mira porque él se hay vuelto uno de los duros, como dicen ellos, él ya probó finura, es decir ya mató gente”.

La hermana Rosa
La hermana Rosa del convento de las Lauritas de Belencito fue quien angustiada nos acercó a estas personas para hablar de su problema, para difundirlo. Ella es un apoyo moral y material para toda esta gente, todos los días llegan al centro religioso cantidades de niños y jóvenes y se “confiesan” con ella. Dice la hermana Rosa: “Tengo un grupo como de 25, yo les pregunto por qué se drogan tanto y ellos me dicen que para no sentir, sentir qué me pregunto, debe ser para no sentir miedo, para no enfrentar la realidad. Yo le he dicho a Arnold que se deje ayudar, que si los de la banda le pagan con unos zapatos o una camisa que yo se los regalo, pero me he enterado que a él le pagan con droga. He hablado con la alcaldía, con bienestar familiar y ninguno presenta soluciones. Yo creo que se hacen los de las gafas, los de la alcaldía creen que la solución es meter mas policía sabiendo que los policías conocen todo y son cómplices. Este país está descompuesto. Yo tengo una hermana que tiene una tiendita en la Toma por el barrio Caicedo, en estos días la llamó un tipo a extorsionarla a nombre del grupo “limpieza social por Medellín”, le pidió 500 mil pesos en medicamentos o mercado; un señor llamó a la policía y al gaula y lo entretuvo en la línea para que lo agarraran pero cuando la policía contestó le preguntó que si era que tenían detenido al extorsionista, ¡imagínese! Yo lo que creo es que esos grupos mal llamados de limpieza social van a empezar nuevamente a matar jóvenes por todo Medellín”.

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Olimpo Cárdenas Delgado

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