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50 años de una lucha milenaria

El himno del Consejo Regional Indígena del Cauca es una tonada bailable. Una consigna, una ley de origen musicalizada. “Pa' delante compañeros, dispuestos a resistir, defender nuestros derechos, así nos toque morir […] compañeros han caído, pero no nos vencerán, porque por cada indio muerto, otros miles nacerán”, dicen un par de estrofas. El himno del CRIC no habla del CRIC, exalta y honra a la Guardia Indígena, la que según el mayor Pablo Tatay es “un baluarte para tratar de salvar la vida”.

La Guardia supervisa quien sale y quien entra al evento. Hace ronda y revisa que estén durmiendo a la hora indicada. Diseña y levanta los cambuches. Transporta madera, tanques y víveres. Reprende cuando se sobrecostea un producto, se vende algo que no es “propio”, se fuma marihuana, o se defeca donde no está permitido. Evita que suban a la tarima más personas de la cuenta. Mete en la jaula al comunero indisciplinado y desobediente, y juetea al soldado o policía que se infiltra en la reunión o la celebración. Los guardias son los primeros que se levantan y los últimos que se acuestan.
Hace 50 años los llamaban vigías. Eran quienes subían a la parte más alta de la montaña, y con el cacho alertaban a los recuperadores de tierra cuando se acercaba la policía o 'los pájaros', los mercenarios políticos del partido Conservador en aquella época. Descalzos y con azada en mano, decenas de indígenas invadieron las tierras que usufructuaban los gamonales del departamento hasta hacerlas suyas nuevamente. Por cada hectárea recuperada, recuperaban un metro de dignidad. También sembraron alimento y se emanciparon del terraje, un impuesto colonial que obligaba al indio a cambiar su trabajo por el derecho a vivir, comer, y trabajar una parcela.

De esas primeras azadas brotó el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), una de las muchas organizaciones sociales que florecieron en el siglo XX, pero una de las pocas que sobrevivió a la despiadada guerra colombiana. El 24 de febrero de 1971 fue su bautizó formal en La Susana, resguardo Tacueyó, municipio de Toribio; pero el origen, proclama el CRIC, es más antiguo y profundo.

En la raíz del árbol genealógico sobresale La Cacica Gaitana, la primera prócer del movimiento indígena del Cauca. En 1583, la Gaitana y el Cacique Pigoanza juntaron 20.000 indígenas paeces, pijaos y yalcones para enfrentar la sangrienta campaña colonizadora. Antes de que los colonos españoles asaltaran el departamento en el siglo XVI, se calcula que en la provincia de Popayán –hoy ciudad capital del Cauca– vivían 60.000 indígenas de 24 pueblos. De Popayán a Ibagué, es decir, por toda la cordillera central, los alzamientos indígenas continuaron hasta casi un siglo después. El armamento de los conquistadores inclinaría la balanza a su favor.

En la memoria del indio caucano también ocupa un lugar especial Manuel Quintín Lame. En las primeras décadas de 1800, el país gritó independencia y expidió leyes que en teoría favorecían a los pueblos indígenas, pero que en la práctica entregaron a terratenientes criollos las tierras despojadas por los españoles. Quintín Lame se opuso al terraje, consolidó los cabildos indígenas como centro de autoridad y base de la organización indígena, y participó de la rebelión que les arrebató la tierra a los gamonales. “Porque yo me opuse a obedecer a lo injusto, a lo inocuo, a lo absurdo; pues yo miré como cosa santa y heroica el no acatar a la injusticia y la inequidad, aun cuando llevase la firma del más temible juez colombiano […] Llegará ese día en que la legislación indígena será encaminada rápidamente a formar su tribunal y destruirá la envidia y el error que ejecutaron a sabiendas y con conocimiento de causa los señores aristocráticos, que sin justicia y sin caridad nos han hecho desterrar por medio de leyes subversivas”, predicaba Manuel. Él y la Gaitana son responsables de que hoy en el Cauca la desobediencia no sea considerada un delito.

 

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“El Ejército recibe órdenes, la Policía recibe órdenes, nosotros no recibimos órdenes, respondemos a un favor […] cuando yo grito no quiero que escuchen mis órdenes, quiero que escuchen mi voz”, me dijo Vicente, una voz de autoridad al interior de la Guardia Indígena del resguardo Pueblo Nuevo, que hace parte del territorio ancestral Sa´th Tama Kiwe –ubicado en Caldono– donde se realizó la conmemoración de los 50 años de vida del CRIC.

Una vez constituido el CRIC, esas alarmas humanas de la recuperación de tierras llamadas vigías, pasaron a ser guardias cívicas encargadas de ejercer control en las fiestas, las asambleas y las mingas. Portaban un brazalete verde y rojo en el brazo que simbolizaba la riqueza natural del territorio y los mártires del pueblo indígena. A partir de los noventa, la Guardia adquirió su actual nombre y su carácter político y reivindicativo. Hasta hace unos años, me contó Andrés, a los comuneros les daba pereza y vergüenza ponerse el chaleco de la guardia. Hoy es símbolo nacional de autodeterminación y un orgullo para el indígena caucano.

“Hay un lema en el movimiento: se dice que todos somos Guardias desde que nacemos. Como se inculca desde muy pequeño el cuidado por el territorio, uno podría decir que pertenece a la guardia desde que está en el vientre de la madre”, me explicó Andrés Ascue, otro joven guardia del Resguardo Pueblo Nuevo. La Guardia está integrada por miles de ancianos, niños, jóvenes, hombres y mujeres. Lucen chalecos negros, verdes o azules. Algunos usan gorra, otros boina negra. Hay quienes llevan terciada una mochila del Atlético Nacional o mochilas con figuras geométricas de colores tierreros. Casi todos tienen tres extremidades superiores porque en la cintura o en el pecho siempre llevan su machete.

La Guardia es un símbolo hecho de muchos otros símbolos, Robert Molina, poblador del resguardo Kokonuko y coordinador de la Guardia, me contó que: “Nuestras autoridades espirituales nos dan un bastón de autoridad. Un bastón que representa la orientación, el direccionamiento político de nuestra comunidad para poder pervivir y autoprotegernos nosotros mismos. El bastón de la Guardia indígena es diferente al de nuestras autoridades. El de nosotros es de chonta o de madera, pero sin anillos. Los bastones siempre llevan la cinta roja y verde, las cintas de otros colores representan la cosmovisión de cada pueblo”.

La formación de los guardias comienza en la escuela, sin embargo, no hay una edad, ni unas aptitudes físicas o psíquicas establecidas para hacer parte de ella, la consciencia y la voluntad son los únicos requisitos: “La guardia es un espacio de encuentro de pensamientos afines al interés por cuidar el territorio –me explicó Andrés–. No hay una estructura que diga que tienes que ser de esta manera para ser guardia, lo importante es tener claro que el territorio se debe defender y se debe cuidar a como dé lugar”.

Así como la Guardia ganó reconocimiento dentro y fuera del Cauca con el pasar de los años, los colombianos tienen percepciones erradas de ella. El joven Andrés y el experimentado Robert dejan claro, antes que nada, que la Guardia no fue concebida como un grupo de choque, que no apoyan a grupos de derecha ni tampoco de izquierda, que no son los “tirapiedras” que bloquean la vía Panamericana y que la confrontación es la “última medida que se toma”. También admiten que donde hay más de dos es natural que existan diferencias. La Guardia –como el CRIC– es “una familia extensa” conformada por 10 pueblos indígenas y 126 cabildos, por tanto no está exenta de tensiones. “Son procesos políticos, y en la política siempre va haber una tensión –me confesó Andrés–. Esa tensión es la que en este proceso se debe ir solucionando. Obviamente hay rivalidades, es el carácter del ser humano que siempre va estar ahí. Esa es una de las visiones erradas, pensar que los indígenas viven abrazados como hermanitos; no, porque también somos personas y también hay intereses”.

Quien entra a la Guardia, lo hace consciente de que eso le pude costar la vida; pues al fin y al cabo vivir en el Cauca es un oficio de alto riesgo. En 2020 Indepaz documentó 91 masacres en todo el país, 14 de ellas cometidas en el departamento. A pesar de las cifras, la boca de Edith Ester Ulchur, quien desde hace 20 años es Guardia del territorio ancestral Ampiule, ubicado en Silvia, nunca ha pronunciado la palabra miedo: “No hay temor. Uno cuando se mete a esto, va decidido. Nosotros hemos dicho que hay que dar la vida por nuestro territorio, por nuestros compañeros, por nuestros hijos”.

 

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El CRIC resume su designio político y su horizonte de vida en cuatro máximas complementarias: unidad, tierra, cultura y autonomía. Rosalba Pai, indígena Awa y gobernadora del resguardo La Brava, ubicado en Tumaco, me lo tradujo así: “La política del mundo occidental es dura porque es una política que juega con la vida de los demás, y también un engaño. Los indígenas no nos podemos confundir. Yo entiendo política occidental, pero no la aplico a mi comunidad porque yo sé que mi gente se va confundir. La política cultural indígena es algo sagrado, y la política occidental es del cogollo pa´ arriba. La de nosotros es desde la raíz, desde las aguas que corren, los peces, las plantas, desde abajo vamos subiendo y nos fortalecemos”.

Los 50 años del CRIC –y toda la sangre que ha costado– no han sido en vano. No está terminado, pero en el Cauca avanza firme la movilización de la conciencia y la construcción de un Estado nación dentro del Estado colombiano. Los indios que no tenían tierra, ni derechos, solo un azadón y la dignidad mancillada, hoy tienen universidad propia, Instituciones Prestadoras de Salud propias, un sistema de gobierno y de justicia propio, mecanismos de protección propios, resguardos legalmente constituidos, cerveza, café, arroz, ungüentos, vino, tejidos, cantos, ritos, lenguas, todo propio.

Cuando el indígena caucano no tenía nada, comprendió que lo tenía todo: su espiritualidad y su saber ancestral. Sabiduría que no encuentra –ni necesita- justificación de la razón ni de la ciencia porque es aprendida en el vientre de la madre tierra, “la gran pedagoga”. “Yo no estudié sino hasta cuarto de primaria, la universidad que tengo es el caminar […] En el tiempo de antes la escuela eran las tres Tulpas donde se sentaban los abuelos y los mayores a enseñarles a sus nietos y tataranietos”, me dijo Marcial, autoridad mayor del resguardo ancestral Caquiona, ubicado en la bota caucana, zona fronteriza que separa al Cauca del Putumayo. “Después de muchos viajes, me di cuenta que el conocimiento está en el solar de la casa”, dijo más tarde en su ponencia el líder Alcibíades Escue en los 50 años del CRIC.

50 años son motivo de festejo, y oportuno momento de introspección. “Nuestros mayores nos dejaron tierra, ¿nosotros qué vamos a dejar?”, preguntaba un mayor en la conmemoración. En Sa´th Tama Kiwe hubo danza, chirrincho, mucha tambora. También preguntas incómodas y necesarias que la familia extensa del CRIC debe atender si quiere seguir tejiendo unidad y gozar de la misma vitalidad dentro de 50 años. Respecto al problema de los cultivos de uso ilícito no existe consenso, ni alternativa clara. Las sustancias psicoactivas y la cultural del consumo entorpecen el relevo generacional y contaminan el legado de los mayores. La dirigencia que capitanea el barco presenta síntomas de burocratización y verticalidad; dirigencia que antes se formaba en la Tulpa al regazo de los mayores, y que hoy se forma en la Universidad del Cauca o la Universidad del Valle. La manutención económica todavía depende, en gran medida, de recursos estatales. Son reiterativas las situaciones en las que los comuneros incurren en comportamientos machistas, especialmente cuando se toman unos chirrinchos de más. También hay integrantes de la familia que se sienten injustamente menospreciados.

Son 50 años de un camino milenario. El fin es tan profundo como su origen. En el Cauca no se conforman con otra hectárea de tierra, una ley, o la sentencia de un juez, juran luchar “hasta que se apague el sol”. No es ambición, es justicia propia. “Los psicólogos dirán que estamos locos, pero los cuerdos están acabando con el planeta”, me dijo Vicente. Son los movimientos sociales como el CRIC y las personas que los componen, quienes determinan una época, aunque no podamos entenderlo ni percibirlo. El indio, con justa razón, aún siente desconfianza del autodenominado “blanco” y en cuestión de segundos levanta una muralla con su lengua, cientos de siglos después perdura la “malicia indígena”. Pero al final se impondrá su generosidad y su nobleza con la que arroparan en su casa a la humanidad entera.

La historia de los pueblos indígenas del Cauca tiene forma de espiral violenta. La hostilidad se volvió habitual, “casi natural”. En la época de la conquista los obligaron a maldecirse por ser indígenas. A Marcos Avirama lo encarcelaron en 1979, y al resto de la dirigencia del CRIC los señalaron de hacer parte del M19. Hace unos años paralizaron la vía panamericana durante un mes y el Ejercitó echó veneno en el tanque de agua que los abastecía. La Policía y el Ejército fueron cómplices de la masacre de 21 indígenas Nasa en Caloto, en 1991. Esas y otras tantas modalidades de violencia mataron el miedo del indio que hoy muestra con honor el cráter que dejó en la frente una recalzada disparada por el Esmad. En el Cauca el “maíz nace fecundo” porque –como me dijo Vicente– “jamás nos podemos arrodillar ante nadie, es la disciplina ancestral y biológica de nosotros”.

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Acerca del Autor

Juan Alejandro Echeverri