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Editorial 157: La pelea sí es por cambiar el país

Sin duda este es un momento de país en donde hay que asumir retos y hablar claro. Esto va para todas las fuerzas y opiniones políticas, para los partidos, para los gobiernos alternativos, las organizaciones sociales, sindicales y populares; y especialmente para esas nuevas subjetividades que se han mostrado activas en la protesta popular de los últimos tres meses en todo el territorio colombiano. También debería increpar a toda la sociedad que, aunque quiera mirar para otro lado, sabe y siente que las cosas en Colombia están muy mal. En las últimas dos décadas, sensaciones como las que hoy sienten los colombianos y colombianas llevaron a los pueblos de Nuestra América a cristalizar gobiernos de transición democrática que mejoraron el nivel de vida y los indicadores sociales de esos pueblos. Sin embargo, la arremetida del modelo económico y el pataleo de las élites y del imperialismo hoy tienen convulsionada a toda la región. La nota predominante es el auge de la lucha social, pero también la peor arremetida fascista de las burguesías locales y el imperialismo en los últimos tiempos.

Existe desde hace buen tiempo un debate profundo sobre el poder y el gobierno: ¿es lo mismo tener el poder que el gobierno en un país o una ciudad? Este debate se ha profundizado en Latinoamérica, donde los gobiernos progresistas, democráticos o tildados por la derecha internacional y el imperialismo de socialistas o comunistas, han sufrido ataques demenciales contra su forma de gobernar y distribuir su riqueza, o reveses increíbles y sangrientos como el caso de Bolivia, uno de los países con los resultados económicos, sociales y políticos más exitosos de los últimos 15 años, víctima de un golpe de Estado violento, racista, elitista y religiosamente retrógrado; golpe propinado con el apoyo del imperialismo y el silencio pasmoso de los organismos y la prensa internacional.

Están los casos de Ecuador y Chile, que, habiendo transitado por gobiernos progresistas o democráticos, observan como los avances sociales alcanzados fueron rápidamente destrozados por gobiernos de derecha que usan toda la violencia de las fuerzas militares para proteger el sistema y el modelo que tienen a sus pueblos en la ruina, y a las élites nacionales y transnacionales con los bolsillos llenos.

Muchas cosas fueron transformadas en estos países de diferentes formas. Algunas de estas transformaciones tocaron las estructuras moderadamente, otras apenas hicieron reformas sociales dentro del mismo sistema, incluso manteniendo concepciones desarrollistas y confrontándose permanentemente con sus propias bases que rechazaban, por ejemplo, la explotación minero-energética. La coincidencia en todos estos gobiernos progresistas, salvo el caso de Venezuela, es que sus fuerzas militares tampoco fueron transformadas ni orientadas a una concepción democrática. Su doctrina de confrontación a un supuesto enemigo interno, sus prácticas fascistas y su clara tendencia de ultra derecha siguieron intactas esperando el momento de saciar toda esa violencia, reprimida por años, contra su propio pueblo. El poder político y económico de las burguesías reside y se defiende con la fuerza y el poder coercitivo militar del capitalismo.

Por eso, el gobierno chileno en cabeza de Piñera, con apenas un 4% de aceptación, no ha podido ser derrotado a pesar de que los chilenos llevan más de tres meses en las calles. Por eso, la autoproclamada presidenta de Bolivia, la señora Añez, jura sobre la biblia que va a devolverle la democracia al pueblo boliviano que es 70% indígena, y da carta blanca a los militares para que los asesinen. Y por esa razón, gobiernos criminales como el de Brasil y Colombia, con terribles resultados en materia social y económica, con pésimos y mediocres gobernantes, pueden desatar genocidios contra su propio pueblo y seguir orondos a pesar de las encuestas desfavorables.

Es sobre esta realidad que los gobiernos alternativos, los partidos de izquierda, y los movimientos sociales deben trabajar sus propuestas. Hablando y actuando en beneficio de los más desfavorecidos. Tomando partido por sus reivindicaciones sin pretender que maquillando el modelo, estas desigualdades e injusticias se van a resolver. Se requieren decisiones que alteren el modelo, que por lo menos lo fisuren. Se requiere un trabajo permanente, educativo, político, y humanista que debata frontalmente el papel de las fuerzas militares en la democracia, en el respeto por la vida, los derechos sociales, la soberanía, la autodeterminación y el amor por su pueblo y su cultura.

Se necesita leer bien el momento político, valorar los sentires y dolores de todas las capas sociales y populares que de alguna manera se han manifestado en medio de la crisis. Construir unidad en medio de la diversidad y la diferencia. Caminar sin afanes por la senda de la organización de esos procesos y comunidades no alineadas. Desarrollar procesos de formación de nuevos liderazgos, y de intercambio de saberes. Es necesario construir verdaderas redes y consensos alrededor de la defensa de la vida, los territorios y los derechos humanos. Pelear mucho y muy fuerte contra las injusticias. Convencernos que las soluciones pueden estar a la vuelta de la esquina, pero que no se van a encontrar con las recetas de siempre. Que resolver las graves injusticias incubadas durante dos siglos por una oligarquía asesina requiere más que una mesa de negociación y 104 puntos que son apenas un pálido reflejo de las ausencias padecidas por la clase popular que se ha sacrificado, pero no ha logrado ganarse la representación y confianza de esas franjas de la sociedad que hoy podrían ser sus aliadas. La pelea, así le duela a las elites, es por cambiar el país y por darle dignidad a un pueblo que lo merece.

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