Por la defensa del río Cauca, hasta la vida

Lo asesinaron de cuatro impactos de bala y luego lo degollaron. Así relataban los medios de comunicación la muerte de Nelson, así llegó aquella trágica noticia al coliseo de la Universidad de Antioquia, donde se encontraban sus compañeros de lucha. Dura, fría, sin anestesia, sin tacto, así de fuerte como se lee al inicio fue su muerte para quienes le conocieron.

Nelson Giraldo Posada hacía parte de Ríos Vivos Antioquia, un movimiento social que lucha por la defensa del territorio, del agua, los ríos y la biodiversidad. Se había sumado a la defensa del río Cauca, lo amaba, y fue justo ese amor el que lo llevó a retornar a Sardinas, una de las tantas playas que están a lo largo del cañón del río Cauca y que pertenece al municipio de Ituango. Había llegado allí en busca de oportunidades para el retorno. Lideraba un grupo de más de 50 barequeros que se encontraban, desde hacía meses, alojados en el coliseo de la Universidad de Antioquia en Medellín, en espera de respuestas por parte del Gobierno frente a las afectaciones del megaproyecto hidroeléctrico Pescadero Ituango – Hidroituango, el mismo que hoy se derrumba ante los ojos del país.

Desesperado por no tener soluciones y por las malas condiciones en las que se encontraba su familia, se aventuró, pese a las amenazas que habían recibido, a viajar a aquella playa. “Nelson amaba a su familia”, relata con nostalgia Stella, una de las voceras del grupo de barequeros y pescadores que hoy se encuentra en el Coliseo de Ituango afectados por el megaproyecto y su mala planeación. Stella fue compañera de Nelson, e igual que él ama el río, le hace falta. Mientras termina de coser un bolso en una vieja máquina a la que le falta el motor, va contando lo poco o mucho que se acuerda de aquel hombre de 31 años, a quien todos consideraban un líder innato y que hoy se ha convertido en un símbolo de resistencia. Ese hombre luchador aún se refleja en los ojos de Elver, un niño de más o menos 10 años, hijo de Nelson, que a veces los visita en el coliseo de Ituango.

Falta poco menos de dos meses para que se cumpla el quinto aniversario de su muerte. A eso de las 6:30 p.m., un 17 de septiembre de 2013, se escucharon los disparos. El cuerpo sin vida de Nelson cayó a orillas del río, del “mono”, como cariñosamente le llaman al Cauca quienes desde niños han vivido de lo que su arena y sus aguas les proporciona. Han pasado cinco años ya desde su muerte y los asesinatos en contra de sus compañeros y otros tantos líderes que defienden sus territorios como un día lo hizo él, no paran. Asistimos todas las semanas a ver cómo la muerte se pasea por nuestros campos y ciudades, así como un día se paseó por Sardinas.

Desde inicios de la construcción del proyecto en el 2010, barequeros, pescadores y campesinos se opusieron a que se desarrollara. Sabían que represar el río no solo iba a traer consecuencias para su economía, sino que era algo fuera de cualquier proporción. Hoy saben que tenían la razón. Más allá del silencio cómplice de los medios y de la falta de claridad en la información que EPM entrega, hoy lo que ha quedado demostrado es que la construcción de la represa cambió sus vidas, las cambió a tal punto de dejarlos en la calle, con solo la ropa que llevaban puesta el día de la inundación. Más allá de las pérdidas materiales, los cañoneros perdieron su arraigo cultural, cambiaron a la fuerza su paisaje: “es como si a uno le arrancaran un pedazo del corazón, porque el Cauca era todo para nosotros y ahora ni verlo podemos. Ahora hasta amenazados nos tienen”, dice Conrado de Jesús Correa “Chucho”, mientras revuelve unos frijoles que cocina para el almuerzo de todos.

La muerte de Nelson se pudo evitar. Eso es lo que sus compañeros mencionan, es lo que abogados y defensores de derechos humanos que acompañan a Ríos Vivos han manifestado. Días antes de que le cegaran la vida, el nueve de septiembre del mismo año, el Tribunal Superior de Medellín había emitido un fallo en el que ordenaba, en un plazo de seis días, que se solucionaran y se dieran las medidas de protección que el movimiento había solicitado. Nelson había denunciado las amenazas en su contra y el Estado no hizo nada para protegerlo. A aquel hombre alto, moreno, robusto, de cabello corto negro y gran sonrisa, que manoteaba al hablar, lo dejaron sin ver crecer a Elver y a Mariana, sus dos hijos, por los que fue capaz de arriesgarse para darles la vida digna y estabilidad que EPM les había quitado y que jamás podrá reparar.

El recuerdo de Nelson sigue vigente. Su nombre (junto al de otros compañeros y al de muchos desaparecidos, cuyos restos se cree que están en el cañón) lo han pintado en una tela por la memoria para así honrarlo. Su muerte sigue impune, como muchas de las muertes de líderes en este país del “sagrado corazón”. Nelson Giraldo sigue vivo en la memoria de Ríos Vivos; camina entre ellos en cada marcha; está en la fuerza del grito que exige con vehemencia que se detenga Hidroituango; acompaña a Elver y a Mariana en cada caminar. Nelson seguirá en nuestra memoria, como permanecen los hombres que nunca dejan de luchar.

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Gabriela Gil

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