Quienes habitamos la República Bolivariana de Venezuela entendemos de primera mano que “la paz de Colombia es la paz de Venezuela”, por eso, desde estas tierras se han hecho innumerables gestiones para dar inicio a diversos procesos de paz, o a conversaciones que conlleven bien sea a reducir el conflicto o a liberar secuestrados por parte de grupos al margen de la ley.

La postura venezolana de coadyuvar en el fin del conflicto interno colombiano ha sido histórica, sin embargo, es perentorio destacar que fue durante los años de gobierno del presidente Hugo Chávez cuando más avances y esfuerzos hubo al respecto; las gestiones llevadas a cabo en el Gobierno bolivariano fueron el punto de partida del proceso de paz con las FARC, así se quiera ignorar esta realidad por el ahora hostil gobierno de Juan Manuel Santos y por la propia oligarquía colombiana.

Esta postura pacifista se debe a que Venezuela ha sido receptora de buena parte de los problemas que han aquejado a la sociedad colombiana producto del conflicto armado. De acuerdo a datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística venezolano (censo 2011), el número de extranjeros en el país era de 1,03 millones, de ellos el 70% provienen de Colombia, es decir 721.791 personas. Dicha cifra podría ser superior producto del ingreso continuo de desplazados sin ningún tipo de registro migratorio. Reportes de la ACNUR dan fe de por lo menos 173.529 colombianos con necesidad de protección en Venezuela para 2014.

El auge del éxodo de neogranadinos a tierras venezolanas concuerda a plenitud con el incremento del conflicto armado colombiano: de acuerdo a un artículo publicado por Alcides Gómez Jiménez en El Espectador, “el gran salto de la emigración de colombianos a Venezuela se dio en la década del setenta del siglo pasado, cuando de 180.100 en el censo de 1971, se pasó a 508.200 en el censo de 1981, para en adelante estabilizarse: 529.900 en 1990, 608.700 en 2001 y 721.800 en el censo de 2011”.

El ingreso desmedido de personas huyendo de la violencia generó un sinfín de inconvenientes a lo interno de la sociedad venezolana: crecimiento de los cinturones de miseria alrededor de las grandes ciudades, aparición de actividades delictivas desconocidas hasta finales de la década del 70 como extorsión, secuestro y sicariato, pérdida de soberanía por parte de grupos al margen de la ley e incremento en los niveles de pobreza.

Contrario a lo que se cree, la ola de inmigrantes colombianos continúa. Recientemente municipios fronterizos como García Hevia en el estado Táchira y Jesus Maria Semprum en el estado Zulia han recibido de manera permanente refugiados producto de la agudización del conflicto en la zona del Catatumbo colombiano. Dada la violación de los acuerdos firmados en La Habana entre el gobierno y las FARC, muy seguramente el ingreso de campesinos y activistas políticos huyendo continúe, aún con la compleja situación venezolana. No es para menos, es preferible resistir los embates de la economía venezolana que perecer a manos del terrorismo de Estado colombiano.

Actualmente Venezuela vive la peor crisis económica, política y social de su historia, que amenaza con profundizarse a niveles, hasta ahora inimaginables. Si bien la crisis tiene un carácter estructural, dado el petro Estado instalado desde finales de la década de los 30 del siglo pasado, la República de Colombia ha jugado un importantísimo papel en la profundización de la misma.

Pocas veces del lado colombiano se reconoce que existe una permanente y nociva violación de la soberanía económica venezolana producto de la creación de un Banco Central paralelo que, con la complicidad del Estado, determina de manera arbitraria el valor del bolívar venezolano. Tampoco que la estatal Petróleos de Venezuela pierde por lo menos 12 mil millones de dólares anuales por concepto de subsidios al combustible, que en buena parte engrosan las cuentas de robustos grupos de poder que surten de combustible no sólo el parque automotor de departamentos como Norte de Santander, Guajira y Arauca, sino que también proporcionan la gasolina para el procesamiento de la hoja de coca en el Catatumbo, la segunda mayor zona productora de cocaína en el mundo, de acuerdo a la Oficina de las Naciones Unidos Contra la Droga y el Delito.

Ante todo esto, hay algo que no se quiere ver: la llegada desmedida de productos venezolanos está generando una especie de reflujo que, de no controlarse, generará un shock en el aparato económico colombiano volviéndolo estéril y malicioso. A la fecha ya son varios los sectores económicos golpeados por el contrabando, veamos:

La Federación de Ganaderos (Fedegan) ha denunciado las pérdidas del sector producto del contrabando de queso, leche y carne venezolana; ciudades como Cúcuta que requieren de 400 animales por día para alimentar a su población, están sacrificando no más de 70 reses. Semejante situación padece el gremio ganadero de departamentos como Cesar, Guajira, Atlántico, Magdalena, Santander y Bolívar. El gremio cafetero ha alertado de la presencia de café de contrabando “hasta en departamentos como Antioquia”, lo cual perjudica no sólo la producción sino la calidad de la misma debido a la falta de controles fitosanitarios.

El sector calzado, textil y marroquinero reporta el ingreso de más de un billón de pesos en prendas traídas de contrabando. La Asociación Colombiana de Gas Licuado no se queda atrás, denuncia pérdidas superiores a los 100.000 millones de pesos producto de llenaderos clandestinos cercanos a la frontera con Venezuela. En general, sectores estratégicos y que emplean buena parte de la mano de obra del país como construcción y producción agrícola, entre otros, dejan de recibir por lo menos 6 mil millones de dólares.

De continuar este panorama de violación de la soberanía venezolana, habrá un colapso no sólo económico sino social con implicaciones muy complejas que desde ya se comienzan a percibir. Es más que evidente que el Estado colombiano no cuenta con la capacidad de atender a la totalidad de sus conciudadanos en temas como salud, educación, trabajo digno o vivienda. No en vano es el octavo país más desigual del mundo y el segundo en número de refugiados internos, solo superado por Siria.

Tal panorama exige el desechar las posturas intervencionistas y profundizadoras de los conflictos que padecen cada uno de los países. Las posturas patrioteras y de vernos como enemigos están de más. Si en Colombia la violencia y la guerra continúan, Venezuela se verá impactada; si en Venezuela se profundiza la crisis económica, Colombia también sufrirá alteraciones. En pocas palabras “La paz de Colombia es la paz de Venezuela, y la estabilidad económica de Venezuela es la estabilidad económica de Colombia”.

No tenemos opción alterna a la unión, pareciera que la providencia se encargó de enraizar nuestros caminos. Por algo el Libertador Simón Bolívar vislumbró que “La unión de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres sino inexorable decreto del destino”.

*Economista

A las tres de la mañana se rompió la poca calma que se respiraba en el caserío. Entre patadas a la puerta y gritos de “salgan hijueputas”, miembros de la Policía, el Ejército y la Fiscalía allanaron la casa de Isidro Alarcón, en Micoahumado, Sur de Bolívar. A esa hora se encontraban en ella la compañera de Isidro y su nieta, una niña de cuatro años. Los invasores maltrataron a la mujer y a la niña, y dijeron de mala manera que estaban buscando a Isidro y las armas que, según ellos, se encontraban allí. “Voltiaron todo patas arriba pero no encontraron nada, porque nada teníamos escondido”, dice la señora. Era la madrugada del 22 de marzo de 2017.

Dos días antes habían llegado al corregimiento Micoahumado unidades del Ejército y la Policía, acompañados de civiles sin identificar, se dedicaron a patrullar el caserío, a preguntar por los líderes y a vigilar las casas de estos. Preguntaron insistentemente por Pablo Santiago, el líder más reconocido del corregimiento y fiscal de la Federación Agrominera del Sur de Bolívar; Pablo estaba de viaje, pero eso no los detuvo, consiguieron su número de teléfono y lo llamaron con la excusa de que lo necesitaban para que convocara a la comunidad a una reunión para “conversar sobre la situación de seguridad del caserío”. Similar procedimiento siguieron con Arisolina Rodríguez, lideresa del mismo corregimiento que tampoco se encontraba allí; presionaron a su familia hasta obtener su número de teléfono y también le insistieron en que regresara para que estuviera en la mencionada reunión.

Mientras se llevaba a cabo el allanamiento en la casa de Isidro y el corregimiento se encontraba sitiado, se adelantaba un operativo sin antecedentes en la región y simultáneamente fueron detenidas varias personas. Allí mismo fueron detenidos dos jóvenes, hombre y mujer, a quienes obligaron a recorrer semidesnudos el trayecto que había desde el sitio donde fueron detenidos, hasta donde se encontraba el helicóptero en que se los llevaron.

La noche del 21 de marzo, en el casco urbano del municipio de Arenal, ya había sido detenido Isidro Alarcón, quien ha liderado procesos organizativos desde 1985 y fue uno de los fundadores de la Asamblea Popular Constituyente de Micoahumado. En la madrugada del 22 de marzo fue detenida Milena Quiroz, a quien le invadieron su casa por el techo en un operativo digno de película. Milena es vocera de la Comisión de Interlocución del Sur de Bolívar y directiva de la Cooperativa Multiactiva de Arenal. A Floro Edilberto Díaz, el conductor que presta servicio de transporte hacia Mina Proyecto, lo capturaron en Aguachica en la tarde del 21. Floro desde hace muchos años ha sido quien, sin importar las circunstancias, ha puesto su vehículo al servicio de las personas que lo requieran, sea para transportar carga, para sacar enfermos al hospital más cercano o para mover a una persona así no tenga con qué pagar el pasaje.

En el corregimiento Casa de Barro, del municipio de Norosí, fue capturado en la madrugada del 22 Manuel Francisco Zabaleta. Kito, como es conocido por todos, es tal vez el líder más antiguo y reconocido del Sur de Bolívar. Es uno de los fundadores de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, fundador junto a otros campesinos de Fedeagromisbol, vocero de la Comisión de Interlocución del Sur de Bolívar y presidente de la Asociación Agrominera de Casa de Barro.

Ese mismo 22 de marzo fue detenida Nubia Gómez en el municipio de Arenal, y allanada la finca del señor Joaquín Gómez Quiñonez, padre de Nubia y directivo de la Junta de Acción comunal de la vereda Unión Doradas. Joaquín fue detenido en mayo de 2017.

Ese operativo fue ordenado por la Fiscal Tercera Especializada de Cartagena, María Bernarda Puentes, quien basándose en dichos de supuestos desmovilizados del Ejército de Liberación Nacional, actuó contra los líderes comunitarios que presuntamente eran miembros o auxiliadores de esa organización insurgente. Es de resaltar que pocos meses después de ordenar estas capturas, la fiscal María Bernarda fue detenida por graves hechos de corrupción vinculados con organizaciones paramilitares de la Costa Caribe.

Los líderes y pobladores capturados fueron trasladados a la ciudad de Cartagena. En la audiencia de legalización de las capturas y allanamientos, que duró 12 días, uno de los argumentos utilizados por la Fiscalía fue que “organizaban marchas y eran un peligro para la sociedad”. El juez de control de garantías acogió los argumentos de la Fiscal y ordenó el encarcelamiento de todos los capturados por los delitos de rebelión y otros conexos.

Ocho meses después de las capturas, un juez de segunda instancia concedió la libertad a varios de los detenidos y reconoció que la actuación de la Fiscalía Tercera de Cartagena se asimilaba a un falso positivo judicial en contra de reconocidos líderes de la región. Sin embargo el proceso sigue su curso y catorce meses después de las detenciones aún no se inicia el juicio en contra de los imputados.

La arremetida contra líderes regionales no paró allí: en septiembre de 2017 en otro operativo espectacular, que incluyó helicópteros, la Fiscalía Primera Especializada del Magdalena Medio intentó capturar a la lideresa de Fedeagromisbol, María Antonia Rangel, bajo el pretexto de ser la determinadora de dos homicidios cometidos por las FARC años atrás. La firmeza de la comunidad y de los líderes de la región impidieron la captura, y meses después la Fiscalía se vio obligada a suspender esta orden ante lo endeble de las pruebas que tenían en este caso.

Sin embargo, mientras se judicializaba a los detenidos, en operativos repetidos y sistemáticos, el Ejército nacional intimidó a los líderes que no habían sido capturados y a sus familias, bajo el argumento de que eran guerrilleros y tenían orden de captura. Fueron más de 365 días y noches en los que esta situación irrumpió con su tranquilidad. La presión nunca se detuvo, tanto por la presencia de los llamados “zorro solos” que vigilaban las viviendas, o por la actitud de miembros del Ejército nacional que “no dejaban de joder noche y día acusando de guerrilleros a los líderes”.

Fue tal la presión que el 11 de abril de 2018, y después de un año de soportar los continuos hostigamientos a que fueron sometidos, cinco líderes regionales decidieron presentarse voluntariamente ante la Fiscalía General de la Nación “para de una vez por todas saber qué estaba pasando con nosotros que no nos dejaban en paz”.

Pablo de Jesús Santiago, Eugenio Gómez Quiñonez, Raúl Balmacea, Julio Arboleda y Andrés Trillos llegaron hasta Bogotá y se presentaron en las instalaciones de la Unidad de Reacción Inmediata ubicada en el búnker de la Fiscalía. El trámite fue atendido por Leonor Merchán, Fiscal Segunda Especializada Delegada para Seguridad Ciudadana. Realizada la consulta en los diferentes sistemas de antecedentes, se constató que ninguno de los líderes que hizo su presentación registraba algún tipo de requerimiento judicial.

Aunque esa verificación dio un parte de tranquilidad temporal a los líderes y sus familias, queda en el aire la inquietud acerca de las intenciones de la Fuerza Pública que durante un año los señaló y persiguió, y de lo que pueda pasar ahora que la Fiscalía General de la Nación ha dicho que desde lo jurídico no hay requerimientos contra estos líderes, que en su momento le hicieron el quite a las capturas masivas que se adelantaron en la región.

Un capítulo de violencia está viviendo nuevamente, desde hace algunos meses, el Bajo Cauca, subregión de Antioquia históricamente ocupada por grupos paramilitares. Los grupos en disputa no son pocos, y tienen como escenario de confrontación un corredor que empieza en los municipios de Ituango y Valdivia (último municipio del Norte antes de comenzar el Bajo Cauca), atraviesa Tarazá, Cáceres, y Caucasia, y llega hasta San José de Uré, municipio de Córdoba que limita con estos. A raíz de las confrontaciones armadas en estos municipios, 732 familias (2.192 personas) han sido desplazadas, según la Defensoría del Pueblo.

¿Cuáles son los grupos armados que actúan en esta región? En Tarazá y en Cáceres hay presencia de la Compañía Móvil Héroes y Mártires de Tarazá y del Frente de Guerra Compañero Tomás, del ELN. En los límites entre Tarazá e Ituango está la disidencia del Frente 36 de las FARC-EP. Sin embargo, los dos actores que encendieron la violencia en la región fueron el Frente Virgilio Peralta Arenas de las Autodefensas Campesinas, los llamados caparrapos, un reducto paramilitar que viene desde la desmovilización de las autodefensas del Bajo Cauca, y el grupo que tiene mayor dominio en la zona, el mismo que se ha convertido en el centro de la persecución criminal del Estado colombiano: las Autodefensas Gaitanistas de Colombia -AGC-. Los caparrapos estaban subordinados a las AGC, pero el año pasado se sublevaron y decidieron enfrentarlas.

Las AGC se adueñaron de la región
Según el informe “Presencia de grupos paramilitares y algunas de sus dinámicas en Antioquia”, realizado por la Coordinación Colombia Europa Estados Unidos –CCEEU–, Nodo Antioquia, las AGC tienen presencia en 22 departamentos del país, y están en 97 municipios de Antioquia.

Su incursión en esta región empezó en el 2008, año en que tuvo que enfrentarse –según un informe de la Fundación Ideas para la Paz– “a dos estructuras herederas de las AUC, particularmente a 'Los Paisas', una extensión rural de la llamada 'Oficina de Envigado' conformada por antiguos miembros del Bloque Mineros, y a una facción de 'Los Rastrojos', integrada por ex paramilitares del Bloque Central Bolívar (BCB)”. Esta primera confrontación ocasionó el retiro de “Los Rastrojos”, y el fortalecimiento en la región de las AGC.

Hubo un tiempo de relativa calma, signada por el empoderamiento de las AGC y por la salida de las FARC-EP de algunos terrenos circundantes al Bajo Cauca. Pero al finalizar el 2017 dicha calma se rompió, primero, por confrontaciones internas de las AGC, y segundo, por la incursión de otros grupos que querían hacerse al control de las rentas ilícitas. Estos grupos, según Oscar Yesid Zapata, representante en Antioquia de la CCEEU, no son solo locales. Para él hay una relación entre las confrontaciones en la región y los carteles internacionales de la droga. “Por informaciones que hemos recibido sabemos que eso también debe estar relacionado con carteles mexicanos de la droga, que pueden estar apadrinando a uno de estos dos grupos. Eso puede estar generando una explosión criminal en Bajo Cauca”, explica. Dice además que estas rentas ilícitas son de los cultivos de coca, la minería, el tránsito de sustancias de uso ilícito, y la extorsión.

Pero de estas, la principal economía ilícita por explorar es la producción de la coca. Por eso, cuando se vio reducida en el 2017 por los planes de sustitución del Gobierno, las confrontaciones y el control sobre la población se intensificaron. Según una alerta temprana de la Defensoría del Pueblo, “el principal objeto de disputa de las estructuras asociadas a las AGC, está centrada en las necesidades de control de la cadena del narcotráfico”. Agrega que son precisamente “los territorios del cultivo de coca vinculados al PNIS –Plan Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito–, el escenario principal de riesgo de las comunidades rurales en los municipios de Tarazá y Cáceres”.

El centro de la confrontación
En los corregimientos y en la zona urbana de Cáceres y Tarazá, fue donde inició la confrontación. Tarazá, por ejemplo, fue noticia los primeros dos meses del año, luego de que se conociera que hubo 26 asesinatos, cuando en el mismo periodo del año pasado solo hubo seis. Se trata de un incremento del 383%. Además de eso, en cuatro eventos de desplazamiento se produjeron cerca de 1600 víctimas, como muestra de lo que la Defensoría llama “una clara estrategia de vaciamiento del territorio”.

En este pueblo, además de los desplazamientos, hay serias restricciones a la movilidad, pues según registra la Defensoría, los residentes no pueden movilizarse hacia algunos lugares aledaños. También ha habido toque de queda: “Desde marzo de 2018 circula un panfleto firmado por el Bloque Virgilio Peralta Arenas, en el que se restringe la movilidad a partir de las 7:00 p.m. en los sectores en los que tiene injerencia”. Además, se han visto afectadas las dinámicas económicas de estos municipios, donde en dos ocasiones varios grupos de mineros han sido expulsados de sus lugares de trabajo por miembros de las AGC y los caparrapos.

No es distinto el panorama en Cáceres. Según un comunicado de Derechos Humanos sobre la situación de seguridad en este municipio durante los primeros meses del año, en la población hay temor a causa de los enfrentamientos y por el límite en el control territorial que ejercen los grupos armados ilegales, por lo que los sitios públicos y establecimientos comerciales permanecen vacíos, afectando las actividades económicas.

Poder político y grupos ilegales
Según Oscar Yesid, “ha existido en el correr de este tiempo una serie de nexos entre las AGC y las autoridades locales. Todavía hay una connivencia que les facilita accionar en este territorio. El problema está dentro del mismo Estado”. No son pocos los casos que sustentan esta idea. En enero fue capturado el alcalde de Cáceres, José Mercedes Berrío, por nexos con las AGC. Según la Fiscalía, Berrío llegó en las elecciones del 2014 al cargo gracias a una alianza con este grupo.

En febrero, el capturado fue Mario Eliecer Sierra Correa, vicepresidente del Concejo de Tarazá, a quien la Fiscalía señala de dar información a “polocho”, un cabecilla del Frente Julio César Vargas, para que este supiera cuándo habría operativos en su contra. Alias “polocho” fue abatido por la policía ese mismo mes y ejercía su control en el corregimiento Barro Blanco de Tarazá. Además de ellos dos, ya habían sido capturados desde el año pasado el concejal de Tarazá, Carlos Mario Mira, el jefe de personal del hospital de dicha localidad, Boby Bedoya, y una enfermera del hospital.

Lo más grave es que al parecer vienen más capturas en camino, precisamente en Cáceres, Tarazá y Caucasia. Esto cuenta Leiderman Ortiz, periodista de Caucasia que ha denunciado a los dirigentes políticos por sus nexos con los grupos criminales: “A la alcaldesa de Tarazá están que la capturan. Al de Caucasia están que lo capturan por concierto para delinquir, por nexos que tiene con grupos armados, y por corrupción. Eso ya está que revienta”.

El Bajo Cauca, históricamente fortín paramilitar, está volviendo a vivir las manifestaciones de violencia que vivió a finales de los noventa y principios de la década pasada. Según Leiderman, a la zona, que está intervenida militarmente desde hace unos meses, va a llegar una nueva intervención grande, de inteligencia, contrainteligencia, ejército”. Por esto, una compleja situación de derechos humanos, y el riesgo de desplazamiento para las comunidades, siguen latentes. A esto se suma la reciente tragedia a causa de las fallas del proyecto Hidroituango, en donde resultaron afectadas las comunidades de estos mismos municipios.

La primera vez que Lucía vivió la guerra fue el 22 de octubre de 1997. Ese día los paramilitares se tomaron el Corregimiento de El Aro, en Ituango Antioquia. Ella estaba embarazada de una niña, vivía con su esposo y con un hijo de siete años. “Nosotros nos habíamos escondido en el monte, teníamos un mero hijo, la niña venía en camino. Los que pasaron haciendo estragos nunca nos vieron. Pero cuando los paramilitares se fueron, la guerrilla dijo que nosotros éramos amigos de ellos, entonces nos quitaron la finca que teníamos”.

De esta manera empezaría el triste historial de despojo y desplazamiento que sufriría esta mujer, cuya vocación de líder la llevó a enfrentarse, directamente, a los poderes políticos y a los grupos armados.

“Guerrilleros”
En Valdivia, el pueblo de su corazón, al que llegó luego de ser desplazada de Ituango, y donde vio crecer a sus tres hijos, emprendió unas luchas con las que tocaría los intereses criminales de la zona. La principal tenía que ver con la transformación del sustento de ella y de su comunidad: la erradicación de los cultivos ilícitos. “Vi que por los cultivos ilícitos había hogares sin papás. Hogares sin hijos. Todo el flagelo que se vivía allá era debido a los cultivos ilícitos”.

Como había tantas veredas con coca en su pueblo, ella, y otros líderes del municipio, crearon un comité cocalero. Este comité sirvió para formar unas mesas de discusión con el Gobierno Departamental y con las Fuerzas Armadas, en busca de un acuerdo para sustituir los cultivos, pero este acuerdo, que para muchos se visualizaba como un plan piloto que se extendería en toda la región, se vio truncado por la indelicadeza de una funcionaria.

“Ahí estuvimos todos los líderes campesinos para pedir cultivos que realmente estuvieran acordes con el clima de la región. Íbamos a erradicar todo lo que había en el municipio de Valdivia. El Gobierno nos iba a dar un cultivo alternativo y una mensualidad para que subsistiéramos cultivando. Era el mejor comienzo, y eso se iba a ampliar para todo el Bajo Cauca. Pero la secretaria de gobierno de Antioquia, lamentablemente, dio unas declaraciones a la prensa, donde dijo que se había reunido con líderes “guerrilleros” de Valdivia. Entonces ya ninguno quiso volver a las mesas de negociación y ahí se dañó todo”.

A pesar de esto, en Valdivia, y específicamente en la vereda en la que Lucía ya era presidenta de la Junta de Acción Comunal, se decidió continuar con el proceso de sustitución, así no se contara con el apoyo del Gobierno Departamental. Posteriormente, se acogieron a los planes nacionales de sustitución y Lucía tomó la iniciativa erradicando su cultivo de coca que ya tenía tres años y estaba floreciendo, e impulsó la siembra del que sería el símbolo de su lucha: el cacao.

Pero el apoyo del Gobierno no fue ni tan efectivo ni tan amplio como se prometió, incluso se prestó para los intereses privados de algunas entidades intermediarias en el proceso, tal como pasó con Fedecacao, entidad que debía prestar acompañamiento a Lucía y su comunidad. “Siempre ponen un tercer y cuarto intermediario, y esa plata que nos envían a nosotros se queda ahí. ¿Sabe qué pasó con Fedecacao? Erradicamos, y supuestamente teníamos derecho a alimentación y a todo, mientras esos cultivos estaban produciendo. Pero solo nos dieron herramienta. ¿Nosotros de qué íbamos a vivir? Hoy por hoy me entero de que el Gobierno sí le daba a uno la comida, pero Fedecacao se quedaba con esa plata”.

Alcaldes
Lucía participó en la creación de un comité de veeduría, para supervisar el gasto de los dineros públicos en su municipio, especialmente los provenientes de Hidroituango. Desde allí se enfrentó con el alcalde de ese entonces, Francisco Javier Cárdenas, y con el exalcalde, amigo y compañero político de este, Mauricio Gómez. Dos dirigentes políticos que desde entidades distintas, y turnándose en el poder, se apoyaban mutuamente.

“El alcalde era Francisco Javier Cárdenas, que hizo todo lo malo que hacen los alcaldes. Fui su peor enemiga, por mí tenía 27 denuncias en Procuraduría. Pero en Procuraduría nunca lo investigaron, porque allí estaba Mauricio Gómez, el antiguo alcalde, que era su amigo. Se perdió gran cantidad de plata que nunca llegó al campesinado. Uno como líder investiga, se mete en los rincones donde nadie se mete. Nuestro primer descubrimiento fue que quien creó el modelo para la campaña de Francisco había sido Mauricio, y desde ahí empezó la relación”.

“Lo que le dije al policía, me lo dijeron “ellos” a mí”
En una ocasión, un sábado en la noche, a las 2 a.m., mientras Lucía se encontraba dormida, hubo un tiroteo justo a dos casas de ella, en un negocio. Habían asesinado a un hombre propinándole 16 disparos. Como la situación en el pueblo estaba tan delicada, los inspectores habían delegado a los presidentes de las juntas la tarea de firmar las actas de levantamiento de cuerpos. Entonces esa noche unos oficiales tocaron a la puerta de Lucía. “Necesito que esté presente en el levantamiento del cadáver y que me firme el acta de levantamiento”, le dijo uno de ellos.

Ella supervisó el levantamiento del cuerpo y fue hasta la inspección a firmar el acta. Allí tuvo una conversación con el segundo oficial al mando en el municipio. Conversación que, como se sabría luego, sería el inicio de su martirio. Lucía había sido nombrada líder de la juventud en su municipio, y tenía entre sus planes desarrollar proyectos para sacar a los jóvenes de la drogadicción. El oficial la cuestionó por dichos proyectos. Lucía le dijo que, en su concepto, había que ayudarlos a que dejaran las drogas, y que ello requería de educación, de programas deportivos, de acompañamiento. Le dijo que ella implementaría todo eso en su municipio. Lo curioso es que esta respuesta no solo quedaría en los oídos del oficial.

“Cuando me desplazaron me enteré de que esa gente (las autodefensas) sabía puntualmente lo que yo le había dicho al policía, y eso solo lo sabía él. ¡Y como ellos manejan casas de vicio en el Bajo Cauca…! Yo estaba en contra de lo que ellos sobrevivían. Como yo iba a hacer eso, los jóvenes no iban a ir a comprar esas drogas. Yo los iba a educar. Entonces tal cual las palabras como se las dije al oficial, me las dijeron ellos a mí…”.


En un segundo momento, ese mismo día, en esa misma conversación, el oficial le preguntó a Lucía que si sabía quién había matado al muchacho. “Yo le dije: no sé, como en esta zona hay tantos grupos al margen de la ley, no sé quién pudo haber sido. Le dije las palabras correctas. Pero las palabras que él les dijo (a las autodefensas) era que yo había dicho: “ustedes saben quiénes manejan la zona, las autodefensas fueron las que lo mataron”. Viendo que yo ni sabía, solo fui a firmar un acta de levantamiento”.

***

Solo unas semanas después Lucía fue visitada en dos ocasiones por los paramilitares. La primera vez se encontraba en el negocio donde habían matado al muchacho en esa ocasión. Un grupo de hombres fue hasta allí y preguntó por el hijo de la dueña del negocio, que si estaba, pero fue negado por Lucía por temor a que le hicieran algo. “Yo dije: no, no tengo conocimiento de quién me hablan. Y apenas se fueron le dije al muchacho: vea, esa gente lo está buscando. El muchacho me respondió: “Que me busquen. Casualmente a ellos los están esperando para hacerles un atentado”.

Lo malo fue que alguien le dijo a los paramilitares que habían estado allí que Lucía sabía que les iban a hacer un atentado. Por eso la buscaron y le reclamaron, pero ella no dudó en responder: “Yo trabajo con la comunidad, soy líder comunitaria. No trabajo con ningún grupo. No tenía por qué contarles todo chisme que me cogiera en la calle”.

El último encuentro directo con estos paramilitares lo vivió en su propia casa, un día que estos fueron a pedirle las listas de los cultivadores cocaleros de su vereda, pero ella se negó. “Ese grupo vino a mi casa a exigirme a mí que le entregara todos los nombres de las personas de mi vereda que cultivaban. Porque esas personas no les vendían a ellos. Y yo nunca les quise entregar ese listado, esa fue otra de las cosas...”.


“Avísele a su hermana”
Un hermano de Lucía, que tenía un negocio en un corregimiento cercano, pero que vivía en Medellín, recibió una llamada que la alertó de una amenaza de muerte contra su hermana: “Avísele a su hermana que la van a matar para que se vaya. Llévesela antes de que la maten”. Su hermano viajó hasta donde ella, y le dijo las palabras que más la marcarían desde que su desplazamiento comenzó: “Lucía, hay un problema con usted. A usted la van a matar. Se va a tener que ir”.

De esta manera relata ella lo que sucedió después. “Estaba fría. No sentía las manos, no sentía nada. Me fui para mi casa y me estiré en la cama. Me quedé tres días en esa casa. No me daba hambre, no me daba sueño. Estirada en esa cama con las cortinas bajadas y las puertas cerradas. No podía salir porque cuando dijeron que me iban a matar, llegaron dos hombres y se hicieron pasar por guerrilleros de las FARC, pero un sobrino mío que estaba en el negocio les tomó una foto, y eran de ellos mismos (las autodefensas). Solo que ellos querían matarme y hacerse pasar por otro grupo para que no los culparan a ellos”.

“Yo ya no era yo, era como si me hubiera muerto. Ya no sentía nada. Con el cuerpo entumecido. Mi hermano hacía comida para todos. Pero no prendíamos la luz y hablábamos pasitico. No podíamos salir. ¿Cómo me iba a volar de ahí?”.

Después de este confinamiento de tres días que vivió Lucía con su familia, los hombres que habían merodeado la casa bajaron la guardia, situación que aprovechó con su familia para huir. El hermano había cuadrado su salida en un carro, con la ayuda de una joven de una organización social que dispuso el auto, los ayudó a salir y a quedarse en una casa a las afueras del pueblo un día y una noche, antes de viajar hasta Medellín, en donde comenzó su vida como desplazada.

“Ojalá a ustedes les tocara”
Una vez desplazados las amenazas siguieron. Al hermano lo llamaron al celular y le dijeron que ella no podía contarle a nadie que la habían desplazado porque le mataban el resto de la familia. Y a ella, por Facebook, la contactó un comandante paramilitar para intimidarla. “Estando acá, que cambié mis redes sociales, me apareció un comandante de esa gente persiguiéndome en el Facebook. Dizque ya sabemos dónde estás. Yo lo bloqué y lo cambié, pero me apareció en el otro con otro nombre”.

En Medellín ha vivido el maltrato de la comunidad que la recibió. Empezando por los policías del barrio en el que alquiló una pieza para vivir con sus hijos, que estigmatizaron a la familia, especialmente a su hijo mayor. “Cuando llegamos al barrio, como se supo que veníamos de esa zona, la policía se lo llevaba en la camioneta, lo requisaba siempre. No podía salir a la calle. Usted viene de allá, usted es un paraco, le decían”.

Sus otros dos hijos también han sufrido por el desplazamiento, sobre todo psicológicamente. Su hija de 16 años, que tiene síndrome de Down, se ha vuelto más agresiva. Lucía cuenta la anécdota de un día, en una brigada de salud, en la que su hija se escondió debajo de una mesa y gritó que la iban a matar. Y su hijo menor, de 14 años, que había llegado antes del desplazamiento a tercer grado de primaria, tuvo que estar en tratamiento psicológico durante dos años porque, a raíz del trauma, olvidó todo lo aprendido y tuvo que volver a empezar desde preescolar.

Además de ello, ha vivido la incompetencia y el maltrato de los funcionarios de la Unidad de Víctimas, quienes le han retrasado las ayudas económicas, o se las han negado aun cuando ya las tiene autorizadas. En ocasiones, al ver con impotencia la mala atención y la indiferencia de los funcionarios con las víctimas, sobre todo desplazadas, les ha expresado su descontento. “Ojalá a ustedes les tocara que los desplazaran para que vieran lo duro que es”, les ha dicho.

No ha recibido la ayuda que, asegura ella, es la que más necesita con su familia, la ayuda psicológica. Desde que está en la ciudad solo ha recibido unas cobijas, dos mercados pequeños, y una ayuda económica. Por otro lado, ha tenido que ver a su hijo mayor, de 21 años, trabajar en construcción, mientras ella debe estar pendiente todo el tiempo de su hija.

Ahora Lucía es una de las 2.175 personas (781 familias), que han tenido que dejar sus hogares en el Norte y el Bajo Cauca antioqueño por la violencia paramilitar, desde finales del 2017 hasta abril de 2018. Una líder más que por su entrega a las comunidades, y por no temer a los poderes políticos ni a los actores armados, perdió todo lo que había construido y luchado desde su comunidad.

Líderes y lideresas, no simplemente cifras
Prisciliano Manuel Mercado García, de 63 años, era reclamante de tierras en el corregimiento de Guaripa, Sucre; él venía exigiendo trazar los linderos en su finca La Concepción, pero la vigilancia privada del exdirector de la Caja de Compensación Comfasucre, William Martínez, se lo impedía. Yolanda Maturana era lideresa social y ambientalista del municipio de Pueblo Rico, Risaralda, y venía desarrollando una férrea lucha contra la actividad minera en esta región controlada por las nuevas bandas paramilitares. Luis Díaz López, de 22 años, era secretario del Cabildo indígena de Tame, en Arauca, y su hermano Miller Díaz López era el fiscal de la comunidad indígena del Juliero de Betoyes. Estos hombres y mujeres tenían una cosa en común y era que ejercían la vocación más peligrosa en Colombia: ser líderes y lideresas sociales. Ahora tienen una dolorosa razón más que los identifica: todos ellos fueron asesinados. En el caso de los hermanos Díaz López, fueron asesinados por el Ejército nacional y presentados como guerrilleros del ELN, según denunció la ONIC.

Estos nombres, con sus luchas y sus vidas, según la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular (CACEP), hacen parte de los más de 220 líderes y lideresas sociales, defensores de derechos humanos y ambientalistas, asesinados desde el momento en que se firmó el acuerdo de paz entre el Gobierno nacional y la ya extinta guerrilla de las FARC, el 26 de septiembre de 2016. Estas muertes causadas por el Estado (Ejército y Policía) y por el neoparamilitarismo, se suman a los 48 excombatientes, luego integrantes del partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, y los 13 familiares suyos también asesinados.

¿Por qué nos están matando?
Cínicamente el ministro de defensa Luis Carlos Villegas señaló un par de meses atrás que estas muertes obedecían a “un tema de linderos, un tema de faldas, de peleas por rentas ilícitas”. Lo que no explica este funcionario encargado de la defensa de las élites económicas del país, es que dichos linderos son los que reclaman los campesinos a grandes hacendados y a multinacionales que se han valido del paramilitarismo y el terrorismo de estado para quitarle la tierra a quien la trabaja; que las faldas envueltas en líos son las de muchas tierras productivas que son arrebatadas mediante la violencia a la gente del campo, para entregarla a compañías mineras; que las rentas ilícitas son las que financian a esas nuevas bandas paramilitares que ejecutan el asesinato de todo líder social. En síntesis, el mismo ministro explica en un lenguaje cifrado y cínico, algunas de las razones por las que se asesina a muchas personas que tienen por vocación liderar causas justas en favor de sus comunidades.

También nos están matando por protestar contra las injustas condiciones laborales que impone el empresariado poderoso del país, por movilizarse por una mejor salud, educación, vivienda digna, por denunciar y evidenciar la criminalidad estatal y exigir garantías de protección de los derechos humanos.

No es algo nuevo
Pero lo más grave es que las razones de fondo se siguen ocultando. Estas tienen que ver con la profunda desigualdad social y económica que impera en Colombia, y que ha sido la causa principal del conflicto armado interno. Aunque el Gobierno dice que estos asesinatos no son sistemáticos, la realidad misma de nuestro país demuestra que estas muertes sí corresponden a un patrón de sistematicidad impuesto por décadas.

Son una práctica histórica de las clases dominantes encabezadas por las viejas castas políticas y económicas (Santos, Vargas Lleras, Pastrana, Ardila Lülle, Santo Domingo, Sarmiento Angulo) y por las emergentes provenientes del narco paramilitarismo (Álvaro Uribe, Cabal, Lafaurie) que se resisten no solo a brindar posibilidades de participación real a los sectores sociales empobrecidos, para que con dicha participación se puedan superar sus problemáticas, sino que también se niegan a reconocer el pensamiento diferente y las formas distintas de construir sociedad. Lo hacen eliminando al otro porque ese pensar y actuar diferente de las comunidades, de sus lideresas y líderes sociales, toca los intereses económicos de esas mismas élites que han gobernado los últimos 200 años.

Tal práctica histórica se recrudece hoy como lo señala recientemente la CACEP en un comunicado: “Hoy nuevamente recordamos que existe un fortalecimiento del paramilitarismo en las regiones, la militarización de los territorios, una guerra contra el movimiento social y popular y falta de diligencia en los deberes de respeto, prevención y protección efectiva y garantía a los Derechos Humanos por parte del Estado Colombiano”.

En un momento en que se habla de paz por el logro de un acuerdo entre FARC y Gobierno, acuerdo por demás hasta hoy incumplido por este último, pero también en un momento de profunda tensión en los diálogos entre Gobierno y ELN en Quito, resulta sumamente preocupante la manifiesta falta de voluntad política de las élites, que se expresa en los incumplimientos mencionados, y también a los acuerdos con el movimiento social y popular, pero sobre todo por el tratamiento de guerra que sigue dando a las luchas populares del campo y la ciudad.

Tal situación se hace evidente en un momento de escalamiento del conflicto armado interno luego de terminado el cese bilateral entre la guerrilla elena y el gobierno de Juan Manuel Santos, cuando ante las acciones de la insurgencia contra la infraestructura petrolera, con la Fuerza Pública y las fuerzas militares al servicio de esas élites, la respuesta del Estado con sus aparatos legales e ilegales se enfila contra el movimiento social, contra los líderes y lideresas en los territorios, para encubrir su incapacidad tanto de contener a la insurgencia, como de cumplirle a las comunidades y a la misma FARC, y se excusa diciendo que las víctimas eran guerrilleros de civil, auxiliadores o en el mejor de los casos cómplices.

La paz es de los pueblos
Tenemos la fuerza, el coraje y la razón desde las clases populares para hacer emerger la posibilidad de vivir en paz, solo si creemos en nosotros mismos, nos juntamos, defendemos y protegemos a nuestros líderes y lideresas, en el día a día de batallar contra las penurias personales y las amenazas permanentes que el terrorismo de Estado impone. Tenemos que cuidarnos mutuamente, no solo porque hacer un líder es un esfuerzo individual y colectivo, sino ante todo porque es una vida al servicio de la gente, y toda vida vale, más cuando está en función del otro.

Hay algo que a mí me duele en el alma: ver cómo mochaban los cultivos, eso es un asesinato. Eso siempre me ha dolido a mí en la vida. Con tanta hambre que hay en un país como Colombia, por cada árbol que usted mocha está asesinando a cien personas.

Yo estaba escondido, mirando todo, llorando, impotente. Viendo cómo sacaban a mi mujer, a mi mamá, a mi hermano, a la gente. Si tan siquiera hubiera tenido un palo para tirarle al ESMAD, me hubiera sentido un poco feliz. Pero hasta eso me quitaron.

Mi familia tenía más o menos 50 reses, sembrábamos maíz, yuca, vivíamos del pancoger, con eso le di estudio a mi hija. De esas 25 hectáreas dependía todo este corregimiento: los propietarios de las tierras, los arrendatarios, los que vendían la leche, los que hacían el quesito. Todos nos beneficiábamos. Si nosotros perdemos esas tierras que hemos trabajado por más de 50 años, a la mayoría nos toca irnos de acá. El día del desalojo el pueblo quedó en silencio, como si hubieran matado a alguien.

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Son más de un centenar de campesinos iracundos, afligidos, insumisos. No es la primera ni la última vez que intentan recuperar lo que les arrebataron: los predios San Felipe y Altamira. La mayoría lleva trapos sobre la cabeza y un machete o una estaca en la mano.

Una parte del grupo peregrina durante cuarenta minutos por un camino entorchado de verdes y serenos pastizales. El resto irrumpe por los potreros para flanquear la casa. Nadie sabe qué se va a encontrar -tal vez llueva gas lacrimógeno, quizá suenen disparos al interior de esas cuatro paredes naranjas- pero todos, como yo, van preparados para lo peor.

En la parte trasera de la casa, un hombre echa varios barriles en la canasta de una moto y abandona el predio antes de que los guayaberos se hagan con el control territorial del lugar. Más tarde nos enteramos que con él escaparon varias armas cortas.

Una pareja con dos bebés en brazos, un anciano con el esternón desnudo que no aparenta sus 67 años, y un joven de 18 años son inmovilizados sin violentar su integridad física. Tienen los ojos aindiados, harapos sucios, y la mirada perpleja de quien nunca ha sido dueño de su propio destino.

Mientras los guardias campesinos interrogan a los ocupantes del predio, los dueños legítimos sacan las pertenencias de la casa: colchones, la ropa de los retenidos, un ventilador, un aire acondicionado, elementos de arriería, frenos para caballos, ollas, el esqueleto de una cama, una escopeta y 28 cartuchos que, según reconocieron los ocupantes del predio más tarde, habían sido traídos hasta la finca por Rodrigo López Henao el 13 de diciembre del año pasado, después de que la fuerza pública desalojara violentamente a las personas que allí se encontraban trabajando.

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A orillas del río Magdalena, uno de los cementerios vivos más grandes del país, queda El Guayabo, corregimiento de Puerto Wilches, Santander. Si este río hablara, solo hablaría de muertos, de llanto, de dolor, de injusticias, de victimarios impunes.

En El Guayabo vivimos una familia de casi 600 personas; en invierno, las calles de tierra se convierten en lodazales; los niños solo pueden estudiar hasta octavo de bachillerato; los enfermos de gravedad los llevamos a Simití porque Puerto Wilches está a 3 horas en lancha; las gallinas desfilan por las salas de las casas; los marranos casi siempre están empantanados; los vallenatos de Diomedes Díaz son nuestro himno nacional; nos burlamos de nuestro propio miedo. Aquí nunca viene el Estado, solo el ESMAD y la fuerza pública para atacar a los campesinos.

Antes de que Rodrigo López apareciera el 17 de septiembre del 2002, los paramilitares ya habían entrado a la comunidad. Los campesinos les teníamos que pagar una vacuna de diez mil pesos por hectárea, veinte mil pesos por cabeza de ganado y dos mil pesos por cada bulto de lo que usted cultivaba. Los campesinos resistimos, dijimos “no, aquí mandamos nosotros”. Ellos maltrataban a la gente, la llevaban obligada a los paros, les pegaban, y nos sacaban de las tierras. Llegaban cada cinco días haciendo disparos, la base paramilitar la tenían en Vijagual, a veinte minutos de aquí. Siempre la intención de ellos fue venir a asesinar a alguien… pero cuando venían a matar preguntaban: “¿qué es lo que pasa en este pueblo que cuando uno viene a asesinar las ganas de matar se le quitan?”. Ellos no entendían por qué siempre se ponían a tomar.

Mi nombre es Erick, Erick Yesid Payares, líder del corregimiento El Guayabo. Estoy motilado con una precisión milimétrica. Soy alto y macizo. A veces voy por la vida descalzo. Han intentado matarme tres veces. Hace unos años emitieron una orden de captura en mí contra, estuve seis meses y tres días huyendo de la autoridad. Me presenté a la Fiscalía y en estos momentos tengo libertad condicional. Sonrío, sonrío todo el tiempo, porque tal vez sea el mayor acto de rebeldía contra tantas injusticias.

Yo era un pelado muy penoso, le huía a la gente. Era el 2002. Estábamos en los playones y nos avisaron que había llegado el dueño de la tierra, un tal Rodrigo López Henao acompañado por un inspector de policía que en estos momentos tiene detención domiciliaria. Cuando escuché que ese señor estaba tratando a la comunidad de guerrillera, diciendo que al papá lo habíamos desplazado nosotros con la ayuda de 60 hombres armados de la guerrilla… de mí salió como una rabia: “Ellos no son guerrilleros. Guerrillero usted que llegó con los paramilitares y trataron de asesinar al señor Alfredo, ¿no se acuerda?”, le dije. Ese día comenzó mi liderazgo.

En el 2012 apareció Rodrigo López con unos procesos jurídicos, con amenazas, con ayuda del poder político. Cuando salió la ley de víctimas, la 1448, Rodrigo fue incluido como víctima de desplazamiento forzado. Nos tocó hacer incidencia en Bogotá. Le expusimos el caso a la Unidad de Víctimas, gracias a Dios se demostró que fue él quien llegó con los paramilitares y lo excluyeron de la ley. También tenía las tierras blindadas en el registro de Tierras Abandonadas y Despojadas Forzosamente. Restitución de Tierras también le tumbó eso. Los representantes del Gobierno que participan de la mesa de interlocución han dilatado las medidas para darle solución a la problemática. Llevamos cinco años en este litigio jurídico y los abogados dicen que puede tardar diez años más.

Después que le desalojaran la finca a 'El Profe', el 11 de noviembre del 2014, ese señor metió 11 tipos armados haciéndolos pasar como una empresa de seguridad privada, pero eran puros paracos. Amenazaban a la comunidad, hacían retenes, atropellaban a la gente. Instalamos un campamento humanitario como acto de resistencia, porque estaban mochando los cultivos de cacao, las matas de plátano. Apenas alcanzamos a estar un mes en el campamento. Tener doscientas personas en un campamento requiere recursos, apoyo político, y no lo hubo. Los 11 paramilitares, que todo el tiempo estuvieron ahí, se dieron cuenta de nuestra debilidad. Tumbaron el campamento, pero la comunidad reaccionó. Ellos comenzaron a hacer disparos y la comunidad tomo la decisión de entrar, eran como 300 personas. Ellos salieron corriendo y los rescató el Ejército.

En varias oportunidades hemos retenido personas armadas en los predios. Más tardamos en dejarlos a disposición de la Policía de Vijagual o Barrancabermeja, que ellos en dejarlos libres. El pasado cinco de enero el señor Rodrigo López volvió con un grupo de hombres armados a amedrentar a la comunidad. Y el ocho de enero miembros del Ejército y la Policía llegaron hasta el corregimiento para fotografiar, requisar y empadronar a los campesinos que estaban trabajando en las parcelas.

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El capitán del Ejército acaba de llamar al celular de Erick para informarle que llegará en la madrugada a El Guayabo. Rodrigo López denunció que guerrilleros encapuchados del ELN secuestraron en horas de la mañana a sus trabajadores, ellos, diligentes y oportunos como siempre, quieren corroborar si la información es cierta.

Amanecemos invadidos por casi 40 miembros de la Policía, el Ejército y el Gaula. Los que llevan fusiles miran como robots que no parecen tener ni un átomo de humanidad. Dan miedo, pero también producen acidez estomacal. La comunidad los increpa tratándoles de hacer entender que desconfían de ellos, que esta no es su casa, que no son bienvenidos, que no son guerrilleros.

Aunque el plan era hacer entrega de los detenidos y del arma a representantes de la Defensoría del Pueblo, la Procuraduría o la ONU, estos nunca atendieron el llamado. No queda otra opción que dejarlos a disposición de los invasores. Los retenidos les aseguran a los funcionarios que no están secuestrados y que la comunidad ha sido hospitalaria con ellos. Firman un acta en la cual dejan constancia que quieren quedarse en el pueblo hasta que tengan las garantías de una entidad civil. Horas más tarde –a espaldas de la comunidad y desconociendo el acta que ellos también firmaron– la Policía y el Gaula convencen a los retenidos y se los llevan en una de sus lanchas.

Los ánimos están caldeados. La comunidad se siente traicionada una vez más. Para hacer entrega del arma y los cartuchos también se hace un acta. El capitán de la Policía se quita los guantes y manipula la escopeta con un cinismo retador. Consumado el acto de entrega, el capitán del Ejército dice que ellos “solo cumplen órdenes”.

Los verdugos se van río arriba. Sopla un sinsabor entre los guayaberos, como si tuvieran la certeza que, un día no muy lejano, esa arma pude acabar con la vida de uno de ellos.

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La zona que fue corredor estratégico para el paramilitarismo y el narcotráfico en el Magdalena medio –entre los departamentos de Santander, el sur de Bolívar y el sur del Cesar–, pasó a ser una zona de impacto estratégico de megaproyectos como el puerto multimodal de Barrancabermeja, el ferrocarril del Carare que pasa cerca de los playones, y el dragado del río Magdalena que no es para los campesinos sino para los ricos. Además, estamos seguros de que aquí hay oro y petróleo. También vienen incrementando los monocultivos de arroz y palma de aceite. Un coronel del Ejército y un fiscal de la Nación echaron 1516 búfalos a los playones para secarlos y sembrar palma. Han muerto peces. Destruyeron los pastos naturales. Están destruyendo toda la fauna de un patrimonio de la comunidad.

Mi rol, como líder campesino, es defender los derechos humanos a través del derecho a la tierra, un campesino sin tierra no viviría en este planeta. El alcalde de Puerto Wilches saca pecho diciendo que en diciembre ellos les traen un carrito y una muñeca a los niños. Yo le dije: “Nosotros les hemos dado regalos mejores: el estudio, el amor. Todo lo que ellos visten es de la tierra. Ese es el mejor regalo que usted les puede dar a estos niños: dejar que sus padres trabajen la tierra”.

—¿Erick no te da miedo asumir esa responsabilidad?
—Miedo sí. Yo le tengo más miedo a la cárcel que a la muerte. La cárcel es oprimir a la persona, tenerla ahí encerrada, eso mata más.
—Cuando escuchas en las noticias que mataron a un líder, ¿qué sentís?
—Impacta, es duro. Se pregunta uno: ¿el próximo seré yo? Da miedo. ¿Le digo qué hago? Muchas veces apago el televisor. Lo apago. No soy capaz de ver eso.
—¿Nunca pensaste en salir de El Guayabo?
—No, esta es mi tierra, yo aquí muero. Yo de aquí no salgo jamás. Por otra parte del país no cambio esto.
—¿Cómo te imaginas El Guayabo en diez años?
—Ay hermano, si Dios me tiene con vida, me imagino una comunidad de paz. Una comunidad llena de comida. Una comunidad próspera. Ver feliz a todo el mundo. Que cada campesino tenga tierra, ojalá Dios me diera esa oportunidad. Ojalá cuando ustedes vuelva, no estemos hablando de esto, sino comiéndonos un pescado; que yo le pregunte cómo está su familia y usted me pregunte cómo van mis cultivos.

Dicen que algunas no se conocían. Muchas familias huyeron de Machuca pues el recuerdo de sus seres queridos golpeaba tan fuerte que era imposible continuar con la vida. Hijos, madres, padres, hermanos y abuelos de las víctimas del incendio se encontraron allí, algunas llevan en sus cuerpos las huellas de una tragedia que como todas las partes dicen, nunca debió ocurrir.

Tras 20 años de los hechos, los sobrevivientes han continuado, pues no solo las tragedias traen dolor y desgracia; de las tragedias surgen los recursos individuales, familiares y colectivos para seguir. Desde la perspectiva psicosocial, a esto se le llama mecanismos de afrontamiento.

Allí estábamos después de 20 años, aún con la negativa de las partes de generar acciones para reparar, atender y acompañar a las víctimas de la tragedia de Machuca. Una y otra promesa, un arreglo floral cada aniversario en el cementerio, otro rumor de reparación, pero nada de garantías reales de atención e indemnización a las víctimas. Allí nos dimos cita para participar de la presentación del libro Machuca de Gearoid O Loingsigh.

Este, como todos los encuentros de los familiares de víctimas, estaría lleno de emociones, dolor, frustración, rabia, miedo, culpa, entre otras. Estos espacios que ponen en el centro a las víctimas deben contribuir a su recuperación emocional. Por eso deben estar acompañados de acciones psicosociales que eviten el daño y la revictimización; el trabajo con las víctimas no solo requiere de buenas intenciones, también requiere de experticia y cuidado. Cada encuentro con las víctimas debe constituirse como una acción reparadora, es decir que reconozca el dolor de las víctimas, contribuya a la construcción de la verdad y permita la expresión del dolor, la solidaridad y el apoyo mutuo. Fue por eso que me invitaron para compartir con las familias de Machuca un encuentro psicosocial enmarcado en el lanzamiento del libro, pero que tenía como propósito central encontrarse, reconocerse y seguir caminando juntos y juntas.

Fue así como el encuentro se desarrolló en tres momentos: preparación del lanzamiento del libro, lanzamiento del libro y proyecciones organizativas. Tras mi experiencia por más de 20 años en acompañamiento a víctimas en Colombia, hoy tengo certeza que estos encuentros son potentes si se orientan de la manera adecuada, si se brindan las herramientas que permitan que las víctimas puedan resignificar lo ocurrido, identificar los daños, impactos o trasformaciones en su vida como consecuencia de los hechos, finalmente los mecanismos de afrontamiento o resilencia que le permitieron a las personas o colectivos continuar.

Los encuentros con víctimas deben tener un alto componente simbólico, de escucha y de contención emocional. Estos espacios deben propiciar la confianza y solidaridad. Según Paul Pérez la confianza es lo que rompe ante hechos de violencia. El encuentro contó con esta perspectiva psicosocial, se dio inicio invitando a los y las participantes a organizarse en círculo desde la persona mayor, hasta la más joven; algunos no se conocían, otros no se recordaban, otros solo se acordaron cuando se miraron a los ojos y se reconocieron todos y todas como testigos y sobrevivientes de aquel día trágico, que les cambió para siempre la vida. Desde allí se hizo una siembra simbólica de lo que necesitan como proceso de familias sobrevivientes de Machuca. Fue así como los y las asistentes sembraron las semillas de verdad, justicia, paz, reparación, reconciliación, tranquilidad, amor, esperanza, solidaridad, ayuda, entre otras.

Era muy importante el intercambio con el autor del libro, escuchar cuáles fueron las motivaciones para escribirlo. Estos diálogos son importantes y también son actos reparadores. El autor contestó cada una de las preguntas contribuyendo a la compresión de las partes de las expectativas sobre el contenido del libro. Este espacio fue muy complejo para las víctimas, quienes expresaban su rabia, molestia e indignación. Las intervenciones estuvieron centradas en la ausencia de verdad, la responsabilidad de las partes; tras 20 años las víctimas plantean que no han recibido atención por parte del Estado. Tenían dolor y frustración por el no reconocimiento de responsabilidad de Ocensa, y molestia ante la inasistencia de los delegados del ELN a los espacios que se comprometieron.

En el tercer momento, bajo la necesidad de continuar fortaleciéndose como proceso, y construir la verdad desde su propia experiencia, surgieron iniciativas como la de escribir un libro sobre lo sucedido y sobre los sueños y las expresiones culturales que se han convertido en acciones transformadoras.

Pasado, presente y futuro se configuran como un solo momento. El país que queremos necesariamente bebe incluir a las víctimas y sobrevivientes, pero también a las partes. Solo es posible la reconciliación cuando se transita desde la individualidad a lo colectivo, se resignifica la experiencia y se repara integralmente a las víctimas. Partir de la verdad, la de cada una de las partes, la que transformó la vida de las personas, familias y la comunidad de Machuca. Partir de los impactos que se generaron en todas las dimensiones, los daños permanentes.

Este encuentro terminó cargado de esperanzas, de compromisos e iniciativas. Las familias sobrevivientes de Machuca definieron seguir organizándose, para exigir sus derechos al Estado, Ocensa y al ELN. Se comprometieron con su proceso cada uno y cada una, aportando desde sus dones para evitar que tragedias como estas se repitan. Se compartieron ejercicios de respiración, de distención corporal, y cerramos este encuentro con semillas de girasol, adoptando sus características: buscar el sol que es la sabiduría, multiplicar la experiencia con otros y con otras, y germinar el territorio.

La apertura del mercado a nivel global modificó todas las reglas de la producción nacional, y en el caso de las industrias, las textileras en Colombia no fueron la excepción. Antioquia, el departamento más golpeado.

La industria textilera en Colombia fue una de las producciones más importantes para el país. El problema llegó cuando la globalización impuso ciertas reglas no escritas que obligaron a modificar las estrategias políticas y de mercado para los confeccionistas y las textileras.

En Medellín, Antioquia, se encontraba la tradicional Coltejer, hoy en manos de la compañía mexicana Kaltex, y Fabricato-Tejicondor, empresas textileras que trabajan a partir de algodón y sus mezclas. Para el 2008, producían el 34% del tejido nacional. Estas generaban más valor agregado que en Bogotá, y dedicaban más del 40% a la exportación, mientras la industria bogotana destinaba el 90% de su producción al consumo interno.

Hoy en Colombia las cifras son contundentes. Según la Cámara Colombiana de Confecciones y Afines (CCCyA), la producción de prendas de vestir en Colombia bajó 9,7 % entre enero y junio del 2017, y la producción de productos textiles 8,8 %.

Sin embargo, Álvaro de J. Rendón, empresario y quien trabajó para la Industria del Vestido, una planta de confección en Medellín, sentencia que todo es culpa de la CCCyA. Y es que, en teoría, esa cámara tiene como objeto promover la Industria de la Confección a nivel nacional e internacional, además de representar y defender los intereses generales del sector. Sin embargo, Rendón resalta que este órgano de consulta ha hecho que las textileras ahora sean sólo picadoras de telas.

Por otro lado, las plantas satélites, es decir, las personas que confeccionan desde casa y trabajan como terceros, están siendo explotadas y todos sus derechos laborales son violados. Para Álvaro Rendón, la situación se ha convertido en un problema social ya que este método de contratación genera esfuerzos abismales para quienes laboran en sus plantas satélites, conformadas principalmente por mujeres. Ellas trabajan desde las cinco de la mañana hasta las 10 de la noche, y se ven sometidas a redoblar esfuerzos y a abandonar a sus familias. En otras palabras, los comerciantes se benefician mientras los confeccionistas son víctimas.

Los talleres satélites de la confección le solicitan al senador Luis Fernando Velasco, promotor de la CCCyA, que con la misma presión que ejerce al Gobierno nacional para mejorar condiciones de la Cámara de Confecciones, exija mejora en la vida laboral y los precios de la confección, pues son las que más generan empleo a nivel nacional.

Este año la CCCyA ha venido advirtiendo una crisis monumental para la industria textilera, y dice que las expectativas son mínimas. Hoy son más de 200 mil empleos perdidos, y la cifra va en aumento. Las textileras esperan a que el Ministerio del Trabajo se pronuncie al respecto. Con ese panorama, la pregunta que se formulan los confeccionistas es: ¿Qué solución les están dando a los operarios de los talleres satélites de la confección?, porque de seguir siendo explotados, la industria textilera colombiana estará pronto contando sus días.

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