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La solidaridad del campesinado

El planeta nunca ha estado preparado para enfrentar la crisis que genera la guerra, los desastres naturales, y tampoco una pandemia. En la mayoría de los países, de una manera inmediatista, cerraron las fronteras, los comercios, las instituciones; sin tener resuelta las grandes necesidades de las mayorías, los pobres, los excluidos.

¿Qué es lo que preocupa a las mayorías?, sin duda, el alimento.
La pandemia generada por el Covid 19 puso en evidencia la fragilidad del sistema capitalista transformada a una crisis social; gobiernos incapaces de responder a sus pueblos por lo básico: alimentación, salud, vivienda y protección; generando con sus políticas de desigualdad y profunda exclusión, más pobreza.

En el mundo existen más de 800 millones de personas con hambre, es por eso que la muerte siempre va de la mano con los menos favorecidos y desnutridos. En la Vía Campesina se encuentran organizados alrededor de 200 millones de campesinos y campesinas, agricultores, pescadores, pastores y protectores de semillas. Entonces, ¿por qué tanta hambre en el mundo si somos muchos y muchas produciendo alimentos? El problema en realidad no es de escases sino de acceso.

En los primeros meses de la pandemia se dieron rupturas de las cadenas de abastecimientos y comercio en el mundo, pero se mantuvieron los beneficios para las grandes multinacionales y empresas en el marco de los tratados de libre comercio. Para los campesinos y campesinas bloqueo y represión para la comercialización, baja de precios, cierre de mercados locales, y acaparamiento por parte de las grandes plataformas.

En países como el nuestro, pasamos de ser autosuficientes en la producción de alimentos a importar alrededor de 15 millones de toneladas de alimentos. Este fenómeno no permite que el campesino produzca la misma cantidad de alimentos. El despojo generado por la guerra, la negación del campesino como sujeto de derechos, la violación al derecho fundamental de la restitución de la tierra y la imposición de nuevos modelos de producción que van en contra de la cultura y la tradición campesina, entrega tierras a las multinacionales para la explotación de los bienes naturales, genera necesidades que obligan a cambiar la vocación del ser campesino y campesina.

Aún bajo este panorama el campesinado resiste y se niega a desaparecer, nuestro ser está basado en la solidaridad, en el hermanamiento, en hacer efectivos los principios del humanismo. En los distintos momentos de la pandemia, especialmente cuando se cerró el país, muchas comunidades campesinas se volcaron a producir alimentos, a desempolvar las recetas de los abuelos y abuelas, a buscar las plantas medicinales, a cuidarse de una manera distinta. Se logró pasar del discurso a la práctica, a fortalecer la soberanía alimentaria, la agricultura campesina, los saberes ancestrales.

En muchas regiones, fueron los campesinos quienes garantizaron el alimento para los menos favorecidos, dando una batalla contra el hambre y la exclusión, estrechando los lazos entre el campo y la ciudad, construyendo procesos importantes de solidaridad.

En Antioquia, la Asociación Campesina de Antioquia (ACA), inició una campaña llamada Quédate en el territorio, invitando a los campesinos y campesinas de esta región a cuidarse, a apostarle a la soberanía alimentaria, y a fortalecer las organizaciones comunitarias que permitieran permanecer en condiciones de dignidad. En el Cauca, la Organización para el desarrollo urbano y campesino (ORDEURCA) materializó la propuesta de cuidado y autocuidado con el ejercicio de las guardias campesinas, esto ante la ausencia y falta de capacidad de los gobiernos locales para dar respuesta a las necesidades de las comunidades.

En otros territorios la solidaridad se hizo evidente. En el Norte de Santander el Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA) y recogió toneladas de alimentos que fueron distribuidos a las comunidades. Con la entrega de alimentos se invitaba a la comunidad a volver a la siembra de alimentos sanos, con prácticas agroecológicas, intercambios y trueques, destacando el papel fundamental de las mujeres en la producción de plantas medicinales y transformación en productos que mejoran la salud en tiempos de pandemia.

En el Tolima, asociaciones pequeñas como la Tienda Comunitaria de la vereda La Esmeralda y Villahermosa, a través de su proyecto productivo y comunitario lograron también solidarizarse con familias necesitadas en el municipio del Líbano, llevando la panela para el alimento diario. En los Territorios Campesinos Agroalimentarios de Arauca se volvió a la siembra de alimentos, a la huerta, a las plantas medicinales como ejercicios de soberanía alimentaria, al fortalecimiento organizativo, al trabajo comunitario.

Estos ejemplos dan cuenta de la capacidad organizativa campesina, entre otras cosas, para producir el alimento y ser solidarios. Producir nuestros propios alimentos nos hace estar más seguro, más fuertes, más sanos en una pandemia.

Las mujeres campesinas han jugado un papel estratégico en la pandemia, sembrando, cuidando, siendo maestras, enfermeras, trasmisoras de conocimientos alrededor de los cuidados de la salud, protectoras y dadoras de vida; sin embargo, son las más afectadas pues el confinamiento desató con más evidencia la pandemia del machismo, de la violencia, de la opresión.

La pandemia continua y con ella las afectaciones directas al campesinado, el conflicto se acentúa cada día más en los territorios, nuevos actores, nuevas políticas, masacres, violencia, gobiernos incapaces de responder, un sistema de salud que no tiene al campesinado en su lista de prioridades, mayor importación de alimentos, reformas tributarias, entre otras tantas pandemias. La organización y la movilización siguen siendo la opción para resistir y confrontar un modelo que busca desaparecer a los habitantes del campo: Por la recuperación del campo colombiano, vida digna y soberanía popular.

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