Un cerro de basura en la administración de Bogotá Destacado

John Jairo López es un hombre que habita desde hace más de 40 años la localidad de Bosa. Vive en el barrio Potreritos, un lugar ubicado en los márgenes del río Bogotá, y diariamente junto a su esposa María y sus dos hijos mayores, Cristian y Jonathan, recorre desde la madrugada los shuts de basura de la ciudadela El Recreo en busca de desechos reciclables que les permitan hacerse a unos pesos, para sobrellevar los gastos de una familia numerosa. Mientras desarrollan el proceso de separación y clasificación de las basuras de uno de los conjuntos a los que tienen acceso, John Jairo nos contó sobre la situación del manejo de las basuras en la ciudad y las implicaciones que las recientes determinaciones de la administración distrital traen para su vida.

En primer lugar, cuenta John Jairo, existe una gran estigmatización en contra de las personas que se dedican al negocio del reciclaje, pues las personas “de bien” asumen que por sus ropas sucias y gastadas son habitantes de calle o consumidores de droga. “La gente no entiende que les estamos haciendo un bien, simplemente nos menosprecian por cómo nos vemos y porque andamos en los zorros en los que transportamos el material”. Así las cosas, el trabajo del reciclador no solamente es tremendamente mal remunerado, sino que es despreciado socialmente. Para el grueso de los bogotanos, las personas que reciclan son drogadictos o ladrones en potencia.

De allí que, con la reciente adjudicación del negocio de las basuras a empresas privadas por parte del alcalde Enrique Peñalosa, a nadie le interese si la empresa es privada o pública, pues lo único importante es que las montañas de basuras que se producen diariamente, desaparezcan con la mayor rapidez posible. Mientras sus dos hijos y la señora María separaban la basura, de las cuales emanaban unos penetrantes olores y unos líquidos viscosos que embarraban toda su ropa, le preguntamos al señor John por las implicaciones en el cambio del esquema de recolección, y este sin dudarlo respondió contundente: ¡nos volvieron a joder esos hijueputas!

John Jairo nos cuenta que con la creación de la empresa de Aguas de Bogotá, en septiembre del año 2012, en el marco de la administración de Gustavo Petro, la vida se les modificó sustancialmente, pues como él mismo afirma “a algunos les cambiaron los caballos por camionetas, a otros los organizaron en gremios o cooperativas de trabajo, a mí me asignaron un punto de recolección en el que el kilo de material lo pagan a un precio más justo”. Esta incursión de los recicladores en los esquemas de recolección, no suponía en ese entonces una decisión unilateral de la alcaldía de Petro, sino la aplicación del pronunciamiento de la Corte Constitucional, el cual obligaba a vincularlos como agentes medio-ambientales.

Mientras John Jairo enciende un cigarrillo, le preguntamos a Jonathan, su hijo mayor, por el caos ambiental que está sufriendo Bogotá en las últimas semanas, y este nos cuenta que se debe a que el alcalde Peñalosa “sacó a miles recicladores que trabajaban en Aguas”. Efectivamente las protestas realizadas por los trabajadores de la empresa pública, se generaron luego de que la administración distrital determinara entregar la recolección y el sistema de aseo en general a seis empresas privadas, excluyendo a los recicladores de la operación diaria.

La lectura que hacen John Jairo y su familia desde su trabajo como recicladores, pone en evidencia la dimensión real del negocio de las basuras, pues diezmarles los ingresos a los agentes primarios en el proceso de recolección (los recicladores de a pie, que por lo general andan con una zorra en su espalda) supone maximizar las ganancias económicas para los operadores privados que se han hecho a las licitaciones con la alcaldía de Enrique Peñalosa, pues como expresa la señora María desde un rincón del maloliente shut, “ellos no nos permiten reciclar y si nos dejan, nos pagan muy barato el kilo de cartón, y cuando llenan sus camiones los venden a las empresas procesadoras por cinco o seis veces más de lo que nos dan a nosotros”.

El negocio de las basuras es un gran botín para los empresarios privados, los cuales ubican en el último renglón de las prioridades a los recicladores, quienes en últimas son los que se ensucian las manos y la ropa para que la ciudad y el planeta no se intoxiquen tan rápido. Cuando preguntamos a John Jairo, sobre sus proyecciones hacia el futuro, su respuesta es poco alentadora: “seguir reciclando hasta que se pueda, no nos vamos a dejar morir de hambre y no sabemos hacer otra cosa, tampoco tenemos educación para buscar un trabajo, así que hay que seguir madrugando a buscar la papita”.

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