La memoria de Camilo Torres: un legado sagrado del pueblo

Hoy como ayer, la memoria de Camilo Torres Restrepo vuelve a ser foco de tensión, de contradicción, así como de diferentes reacciones ante su legado tras cumplirse 50 años de su muerte en combate, siendo un insurgente del ELN.

 

Tras las exigencias del pueblo colombiano y de diversos sectores sociales de que sea entregado el cuerpo de Camilo Torres, muchos han salido presurosos a tratar de invisibilizar ese testimonio vivo que se ha convertido en símbolo para Colombia y toda América Latina. Por otra parte, diferentes sectores de la sociedad como los movimientos sociales, organizaciones comunitarias, campesinas, sectores de la iglesia católica, movimientos ecuménicos y en suma, la clase popular, lo han mantenido palpitante como un referente ético, político y espiritual, por su opción comprometida y su coherencia entre el hacer y el pensar; por ser un símbolo de unidad, e incluso, por ser un signo de reconciliación nacional, como lo señala el Arzobispo de Cali, Darío de Jesús Monsalve, lo que plantea nuevas lecturas para transitar la construcción de paz.

La manipulación mediática que hace la burguesía de su memoria -que es la memoria del pueblo colombiano-, a través de sus medios de comunicación, parece evidenciar que la clase minoritaria esconde otros fines al ponerlo en la opinión pública. Sin embargo, esto no es algo nuevo bajo el sol, pues desde que Camilo decidió amar eficazmente a su pueblo, buscaron menospreciarlo, desprestigiarlo y eliminarlo del corazón de quienes creyeron en su mensaje. Camilo fue calumniado y a través de “sesudos” análisis, fue puesto en duda su compromiso con las mayorías empobrecidas; también lo tildaron de títere, de ingenuo, de lobo vestido con piel de oveja, y un sinfín de remoquetes que no lograron, ni han logrado en el devenir de los tiempos, desvirtuar la coherencia entre su pensamiento y su práctica.

Después que Camilo cayó muerto en las montañas de Patio Cemento (Santander), no sólo volvieron a pulular las infamias, las mentiras triunfalistas con la que los usurpadores del poder trataron, inútilmente, de reducir su importancia histórica. Esta vez, lo mostraron como el cura descarriado que se había equivocado de camino al irse a la guerrilla y quisieron borrarlo para siempre de la memoria del pueblo, desapareciendo su cuerpo inerte, al que consideraban un trofeo de guerra. Creyeron ver en ello la oportunidad de enviar un mensaje a los luchadores y luchadoras populares, pues si Camilo había perecido en la búsqueda de las transformaciones sociales, todo aquel que lo siguiera en su ejemplo correría el mismo destino.

A partir de este momento se instauraron una serie de prácticas de terror que se repiten en la historia de nuestro país, y que buscan no sólo eliminar físicamente al contradictor político, sino también borrar su memoria. Luego de endilgarlo de fracasado en numerosas ocasiones, especialmente cuando se conmemoraba algún aniversario de su muerte, salían los coristas del reduccionismo a vociferar que ya solo un puñado de “desganados” lo recordaban, tal como lo muestra un artículo escrito en 1986, “Camilo: el cadáver de la izquierda”. También quisieron suprimirlo de la historia del pueblo colombiano, usando la estrategia de no mencionar siquiera su nombre. Pero Camilo Torres siguió teniendo vida, resonando en la memoria popular, resistiendo ese silencio bullicioso de quienes han visto en su legado un peligro contra sus intereses. Y si no era esa omisión la que se ponía en marcha, era usada la estrategia de encajarlo con el remoquete del cura guerrillero. Su vigencia es muestra de que no hay nada más alejado del sentir popular.

Suprimir al opositor y desaparecer su cuerpo es un acto que nunca más se debe repetir en Colombia, si en realidad queremos alcanzar la paz con justicia social. Por eso, el hecho de que podamos encontrar los restos de Camilo, tras cincuenta años de esa ignominia que es haber escondido su cuerpo al pueblo, a su madre, quien falleció sin poder lograr que se lo devolvieran, debe poner de relieve que esa práctica perversa no puede volverse a repetir jamás.

Para la clase popular colombiana, que devuelvan el cuerpo de Camilo Torres no sólo constituye la oportunidad de darle una cristiana sepultura a sus cenizas, sino sobre todo, recuperar su testimonio vivo, legado al pueblo colombiano: la necesidad de llevar la lucha hasta las últimas consecuencias. Es decir, mantener una opción ética y política que busque transformar de raíz la violencia estructural del Estado colombiano.

En el momento actual, como dice el refrán popular, “vuelve la burra al trigo”, pues los medios des-informativos vuelven a tratar de distorsionar la memoria, buscando con ello oficializarla y perpetuar las mentiras de ayer, hoy y siempre. Desviaciones abyectas con afirmaciones que dislocan los hechos, propenden por oficializar una mirada sobre este ejemplo que es, fue y será Camilo.

Para traer sólo un ejemplo a colación, basta mirar algunas noticias publicadas en medios como El Espectador, en donde apareció recientemente una titulada “Santos confirma que autorizó búsqueda de restos del cura guerrillero Camilo Torres”, en donde el solo titular ya demuestra un sesgo, pues si sus restos son buscados no es por una autorización del presidente, sino porque la presión política de algunos sectores de la sociedad lo han llevado a ese punto. Además, el viejo epíteto de cura guerrillero también es una mirada estrecha y reduccionista para un ser integral como lo fue él. En esa misma noticia, como si fuera poco, se hace una afirmación no menos recargada, en la que se dice que el ELN “le solicitó al Gobierno ubicar los restos de uno de los fundadores de esta guerrilla”. Y esto no es sólo una desfachatez, una falta de rigor investigativo, sino un engaño con fines políticos, pues cómo es posible que afirmen que él sea un fundador del ELN.

Es en este sentido que vale recordarle a la burguesía que aunque traten de usar la memoria de Camilo no son poseedores de ella, ya que los movimientos sociales, el pueblo colombiano, son quienes la han mantenido vigente, viva, palpitante en todas sus reivindicaciones y luchas. Es la clase popular la que por cincuenta años la ha vivido, la ha vuelto camino de liberación. Así lo confirma el hecho que en este cincuentenario diversos sectores sociales estén conmemorando la vigencia de su legado; que estudiantes, católicos, ecuménicos, organizaciones comunitarias, sociales, culturales, y un largo etcétera, a través de manifestaciones artísticas, producciones audiovisuales, acciones callejeras, tertulias, y entre muchas otras actividades que conforman la agenda nacional, estén celebrando que Camilo Vive.

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