Andrés Idárraga y Diana Milena Laverde

Andrés Idárraga y Diana Milena Laverde

Monday, 09 April 2018 00:00

Ciro y yo

Miguel Salazar es un fotógrafo que hace 20 años visitó La Macarena en Caño Cristales para capturar en 360 grados algunos de los paisajes más hermosos de Colombia. Allí conoció y se hizo amigo de Ciro Galindo, un guardabosques que ha vivido en carne propia las atrocidades de la guerra, desde la muerte de sus más queridos familiares, el reclutamiento forzoso de sus hijos por parte de varios grupos armados, hasta la revictimización institucional que el Estado provoca cuando no comprende (o no quiere comprender) a lo que se enfrenta cuando trata con víctimas. De allí nació el documental Ciro y yo.

En un fragmento de la película el director fuera de cámara le pregunta: “¿Ciro entonces no hay casa?”. Están allí, en un pueblito de Villavicencio al frente de un solar abandonado, en el que alguna vez empezó una construcción que solo llegó a las bases, ni siquiera hay paredes, solo unos alambres y unas vigas que salen del suelo, ruinas de un rancho que nunca lo fue. La esperanza de que el Estado le devuelva lo que le fue arrebatado es lo que los empuja allá, se supone que la casa debería estar, así se lo dijeron en una de las tantas instituciones que debería velar y acompañar la rehabilitación y la reubicación de desplazados. Ciro responde: “Ni esperanzas”.

Esta misma revictimización por parte del Estado es la que acompaña no solo la vida de Ciro, sino también la de sus hijos. Elkin quien es reclutado durante el despeje del Caguán por parte de las FARC a los 11 años, abandonará la guerrilla para luego ser “acogido” por el Estado con el fin de que rinda indagatoria y testifique contra sus antiguos compañeros, luego de esto la Policía lo entrega a grupos paramilitares para apoyar la búsqueda de la guerrilla.

La vida de Elkin termina siendo una persecución sin cuartel, escondiéndose de todo y de todos, olvidado por el Estado en el mejor de los casos, y en el peor, entregado a grupos paramilitares. Al final es asesinado por miembros del Bloque Centauros, porque como tiempo después le dirán a su hermano “de aquí nadie sale”. Esto es lo que (sobre) vive Ciro y su familia; encarnan el dolor de un país como Colombia, envuelto en un conflicto que no pareciera tener fin.

Al final de la película y luego de siete años, a Ciro (quien ha visto morir a su hijo, y a su esposa Anita de depresión) se le entrega una casita. Es una burla más; el presentador de la ceremonia cree que está en un programa de televisión donde el alcalde es el protagonista y el salvador de los pobres desplazados; viendo las lágrimas de Ciro no para de sonreír y ponerle el micrófono en la boca “¿qué siente?”, Ciro no puede decir qué siente, posiblemente no sienta mucho, la guerra insensibiliza los corazones de los hombres, los vuelve como una piedra. Pero Ciro Galindo merece más, luego de ese show mediático recorre el río de La Macarena con el único de sus hijos que queda vivo, dejan unas flores en la tumba de su único hijo al que no lo mató el conflicto (murió ahogado allí) y se van mirando al horizonte, con la esperanza de que la paz exista más allá del dolor vivido.

Igual que Paula, Natasha Jaramillo llega al aeropuerto con una sonrisa en la cara. Luego de la entrevista se tiene que poner a escribir un ensayo sobre el equilibrio en la pintura y los colores. En Matar a Jesús (película ganadora del Premio del Público en el FICCI) hace el papel de Paula, o Lita, como le dicen los amigos, quien verá morir a su padre en manos de un sicario en moto, a quien luego conocerá en una fiesta de salsa y con el que se enfrentará a la disyuntiva de si matar o perdonar.

Laura Mora, la directora, nunca le dio un guion a Natasha ni a Giovanny Rodríguez (Jesús), pero les narró el cuento de la película, la historia que iba a transcurrir basada en fragmentos de su propia vida, como el día en que mataron a su papá, abogado y profesor universitario. Esta fue una de las escenas más complejas para Natasha por el contenido emocional y la dificultad de interpretar algo por lo que no había pasado en carne propia: “Para un estudiante de teatro debe ser fácil llorar, pero para mí no. Había un preparador de actores y con él hacíamos algunas tareas de confrontación, en las que uno se pone triste, entre otras cosas, por la posición del cuerpo y la respiración; el problema con la parte del asesinato del padre de Paula fue que justo para esa escena no era capaz de llorar. Para entrar en esa emoción, el preparador de actores tuvo que llorar él desconsoladamente y así me pude identificar con su sentimiento. Luego el problema era cargar con ese dolor evocado varios días, uno se envuelve mucho en esa nostalgia, además creo que una pérdida por la violencia de alguna manera la hemos vivido todos los colombianos”.

Natasha y Giovanny fueron seleccionados como actores naturales por la similitud de sus vidas con los papeles que iban a interpretar; Natasha es estudiante de Artes en la Universidad de Antioquia, le gusta la calle, tiene un espíritu rebelde y el cabello larguísimo. La directora la vio en el Museo de Arte Moderno de Medellín -MAMM durante el estreno de Todo comenzó por el fin (2016, Luis Ospina), pero se le voló en mitad de la película. A los días cuando la vio caminando por Junín salió corriendo para hacerle la propuesta y convencerla de ser la protagonista, de ser Paula; y aunque para Natasha fue una experiencia muy enriquecedora confiesa que “si alguna vez vuelvo a trabajar en cine espero hacerlo detrás de cámaras”.

En la película, Jesús es un sicario de Medellín que hace parte del aparato criminal de la ciudad, su día a día es apretar un gatillo no por odio ni por rabia sino porque ese es su trabajo, él ni siquiera sabe quiénes son sus víctimas o qué hacen, se limita a cumplir órdenes: “no lo hace porque quiere sino porque le toca, entonces, ¿quién es el verdadero victimario? No es Giovanny, no es Jesús, no son estos pelados a los que les toca guerreársela y encuentran en esto una forma de tener dinero; creo que son personas que no encontraron muchas veces en su familia el amor, el cariño y esos valores que nos hacen decidirnos por otras cosas diferentes. Los verdaderos victimarios nunca se nombran, nunca se conocen, no tienen rostro, ejercen una violencia silenciosa que termina calando en toda la sociedad”.

Matar a Jesús fue grabada en orden cronológico, es decir, en el orden en que iban pasando los sucesos, esto genera unas exigencias desde la producción, pero también desde las actuaciones. A medida que el rodaje avanza hay un cansancio mayor y una tensión que aumenta no solo por el desgaste físico sino también emocional: “había que vivir el personaje todos los días, yo sabía a dónde iba a llegar la historia, pero también tuve que vivir las escenas de la cotidianidad de Paula, por ejemplo llegar aquí al aeropuerto, pedir un bareto… yo no sabía que eso lo íbamos a grabar, pero no son cosas que se alejan tanto de mi realidad, era una indicación que nos daba Laura y nosotros la interpretábamos como nos daba la vida, como actuaría normalmente Natasha”, cuenta.

“De esto fueron solo tres días en que Paula estaba bien, contentica, normal, antes del asesinato de su padre; a partir de ahí ella va en picada todo el tiempo, entonces también eso me afectaba mucho, porque aparte de que una producción cinematográfica es como prestar un servicio militar durante tres meses, levantarse muy temprano, terminar muy tarde y todo el día es camelle, porque cada minuto cuenta, llegaba a mi casa no solo muy cansada sino al mismo tiempo muy abrumada por todo lo que yo estaba viviendo. Aparte no podía hacer algunas cosas que hago normalmente, montar en cicla, hacer Conspirarte (propuesta artística personal) o trabajarle al proyecto de agricultura sostenible que estoy haciendo con unas parceras; al final, aunque todo fue muy agobiante, disfruté de aprender desde adentro cómo se hace el cine, era como abrir mi mirada a otras perspectivas porque para mí el cine es un arte demasiado completo, tiene de todo un poquito. Luego de que terminamos de grabar fui entendiendo lentamente lo provechoso que había sido todo”, explica Natasha.

Matar a Jesús ha tenido buena atención de las exhibidoras del país. Es heredera del cine de Víctor Gaviria, que a la vez es heredero del neorrealismo italiano; un cine que ha pretendido mostrar la realidad no solo como es sino también con los elementos que la componen. En Matar a Jesús las calles, los personajes y los hechos (como la sospechosa incompetencia del aparato judicial) son sacados de una Colombia real donde el amor y el odio conviven en la misma cuadra.

Saturday, 03 February 2018 19:00

Una mirada atrás

El 2017 fue otra vez un año importante para la cinematografía nacional, hubo una gran participación de producciones nacionales en varios de los festivales más influyentes de la industria, y muchos festivales regionales y comunitarios se fortalecieron en el territorio colombiano.

Según Jerónimo Rivera, se estrenaron el año pasado 41 películas producidas o co-producidas en Colombia, entre las que se destacan géneros como la comedia o el terror y estilos narrativos como el documental. Entre estas producciones resaltan la más reciente película de Víctor Gaviria: “La mujer del animal”, una necesaria y cruda historia sobre el papel de la dominación y el terror al que puede ser sometido un cuerpo; también el último documental de Nicolás Rincón Guille: “Noche herida”, el cual pone en evidencia, frente a la cámara, sin pretensiones ni puestas en escena (más allá de la puesta en escena de la vida misma), la realidad represiva de la periferia bogotana.

También hubo momentos para el buen humor, la psicodelia desenfrenada y el sinsentido desesperado en una película que no deja indiferente a nadie: “Sin mover los labios”, del director Carlos Osuna; además hubo una obra que retrató de manera un poco institucional el fin de los diálogos de paz entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, uno de los temas coyunturales que mayor protagonismo tuvieron en los últimos años en el país: “El silencio de los fusiles” de Natalia Orozco.

Más allá de las realidades comunes y las experiencias compartidas como país, se presentaron relatos íntimos y personales como “Amazona” de los directores Clare Weiskopf y Nicolás Van Hemelryck, o “Epifanía” de Oscar Ruíz Navia y Anna Eborn. “La defensa del dragón” de la directora Natalia Santa fue la única película colombiana que participó en Cannes, en la sección de la Quincena de realizadores. Por último, resalta el reciente documental de Rubén Mendoza: “Señorita María: la falda de la montaña” –del cual se han escrito ya algunas palabras en Periferia–, un documental que va más allá de lo evidente, una historia del campo colombiano y del abandono por parte del Estado a cosas tan necesarias y simples como el derecho a construir una propia identidad.

Estas películas ofrecen un panorama no solo de lo que fue el cine nacional el año pasado, sino que además plantean interesantes preguntas de cara a lo que se viene en el futuro. Las mujeres tuvieron un papel protagónico en la dirección; los protagonistas fueron de nuevo personas comunes y corrientes, más agobiadas por la cotidianidad o la vida misma que por cuestiones heroicas; la experimentación en las películas de ficción cada vez se logra de manera más orgánica y natural; y los documentales vuelven a tener una relevancia única, no porque retratan la realidad sino porque dan voz (o escuchan) a aquellos personajes de la vida que poco descubrimos.

Vale la pena mencionar también algunos de los festivales regionales que mayor relevancia tuvieron y que se han fortalecido, ofreciendo mucho cine a las comunidades donde participan y ampliando las posibilidades que el séptimo arte tiene para enseñar. Uno de los más destacados es el Festival Internacional Cine en la Isla que este año cumplió su cuarto certamen. Se lleva a cabo en Isla Fuerte, Córdoba, y vale la pena mencionarlo porque a diferencia de varios festivales del país, en este se trabaja fuertemente para que los protagonistas sean los habitantes del territorio; este año la programación incluyó un taller de Stop motion para niños, uno de tradición oral y cuentería, un seminario de Cine y pedagogía, taller de cine para jóvenes, taller de dirección de no actores y una programación e invitados que cualquier gran festival envidiaría.

Otro festival que ha tomado una fuerza imbatible es el Festival Internacional de Cine de Cali. Su director, el cineasta Luis Ospina, ha hecho de este un escenario sin igual, basta decir, por ejemplo, que en noviembre pasado uno de los invitados especiales fue Barbet Schroeder director de “La virgen de los sicarios” (2000) o “Reversal of Fortune” (1990), película con la que fue nominado al Oscar como mejor director.

Por último, la versión 6 del Festival Audiovisual de los Montes de María, cuyo slogan fue “A son de paz”, se estableció como una ventana para descubrir esa Colombia sistemáticamente olvidada, allí la memoria y la construcción de identidad son los protagonistas, y la voz de las víctimas se alzan imponentes ante el silencio.

 


Es una obviedad que el mundo esté hecho para los hombres, de clase media-alta, blancos, heterosexuales y de “occidente” (esa denominación simbólica en la que se ubica la población que está empezando a vivir como un estadounidense), por eso, lo común es que queden invisibilizados los referentes culturales ubicados fuera de esa normalidad, incluso cuando son algunos de los artistas más influyentes en su oficio, como es el caso de Alice Guy, una de las pioneras del cine a principios del siglo pasado, de quién se hizo un artículo en números pasados de Periferia.

Tan desconocida es Alice como Marta Rodríguez (por lo menos en el ámbito cultural del país), pero aquí, que siempre estamos en el centro de la periferia, hemos decidido hacerle este corto pero valioso perfil de su obra pasada y sus proyectos futuros. Porque Marta está viva y haciendo mucho cine.

Marta Rodríguez nació en Bogotá en el año 1933 y al terminar sus estudios, en 1951, viajó a Barcelona para estudiar filosofía, pero cambió de opinión e ingresó a la facultad de sociología. En 1957 viajó a París y se dedicó especialmente a ver cine y a establecer contacto con los círculos obreros, a conocer las problemáticas sociales por las que pasa el país y Europa. Volvió a Colombia un año después, donde conoció al sacerdote Camilo Torres y juntos llevaron a cabo trabajos de campo en Tunjuelito, Bogotá.

Un año después volvió a París a estudiar cine, conoció a Jean Rouch, uno de los principales referentes dentro del movimiento conocido como “Cinema verité”, una corriente cinematográfica que usaba como materia prima las imágenes reales, los actores reales y las situaciones que viven las comunidades para narrar una historia sincera. Sus primeros trabajos cinematográficos dieron cuenta de una profunda preocupación por lo social, por esos protagonistas marginales, invisibilizados en la cotidianidad, y por los medios tradicionales de difusión.

En 1965 volvió a Colombia a terminar sus estudios en antropología y conoció al fotógrafo Jorge Silva, con quien realizó uno de sus documentales más importantes de la cinematografía nacional: Chircales (1972), un registro etnográfico, casi sin diálogos, de una familia de Bogotá que de manera artesanal y en las peores condiciones laborales hace ladrillos. Las imágenes de Chircales no necesitan palabras; los rostros, las tonalidades, los personajes y el trabajo cotidiano es el hilo conductor de una historia triste que se repite en Colombia todavía hoy (Chircales se puede encontrar en plataformas de video como YouTube y muy seguramente en cualquier biblioteca del país que cuente con videoteca). La pre-producción de Chircales se realizó con varias técnicas de investigación social como la observación participante, estrategias que evidenciaban un compromiso social y un interés teórico práctico; Marta Rodríguez y Jorge Silva asumirían las cámaras como una herramienta de difusión social y de resistencia política.

Antes de que Chircales se terminara de pos-producir, Marta Rodríguez y Jorge Silva viajaron a los Llanos orientales y grabaron el documental de denuncia Planas, testimonio de un etnocidio (1971), sobre las masacres y torturas de los indígenas guahibos. Con él reciben el presupuesto para finalizar Chirchales y ambas películas ganan la Paloma de Oro en el Festival de cine de Leipzig, Alemania.

Sus documentales siguieron dando voz (es decir, escuchando) a las personas reales y en conflicto, entes de un país olvidado y olvidador. Sus siguientes realizaciones fueron Campesinos (1976), La voz de los sobrevivientes (1980), Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1982), Nacer de nuevo (1987), Amor, mujeres y flores (1989), Memoria viva (1992) junto al documentalista boliviano Iván Sanjinés. Con su hijo Lucas Silva realizó Amapola, la flor maldita (1998), Los hijos del trueno (1999) y La hoja sagrada (2002). Junto a Fernando Restrepo Nunca más (2001), Una casa sola se vence (2004) y Soraya, amor no es olvido (2006).

El trabajo de Marta Rodríguez es sin duda uno de los más importantes en la historia del cine colombiano (y del cine mundial). Su incesante lucha por visibilizar los rostros de Colombia sigue en pie; en este momento se encuentra realizando una campaña para recoger fondos y poder realizar la pos-producción de su más reciente documental: La sinfónica de los Andes. Su obra no es lo suficientemente difundida en un país que olvida fácil, que desdeña la memoria porque sabe que es materia prima de la lucha y la resistencia. Afortunadamente tenemos la palabra, para exigir a los administradores de cultura más difusión y más apoyo a un cine nacional que no pretende vender, sino contar un país con muchas historias pendientes.

 

 

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