Maria Isabel Giraldo

Maria Isabel Giraldo

Wednesday, 02 November 2016 19:00

Lo femenino y lo sagrado

Colombia está inmersa en un proceso de  trasformaciones como lo estuvo África, Centro América, Vietnam, y lo que vino después de los desastres, los genocidios  y la desolación; fueron conflictos generados por lo humano, porque como seres humanos somos diferentes. Así mismo,  la paz parte del nivel humano y de la  complejidad del ser humano que  entra en  conflicto, pero es la  ideología la que se mueve, por eso el concepto de la paz va a ser siempre diverso y amplio, pero  hay que enfrentarlo como un constructo colectivo y civilizado.

Sabemos que este proceso remueve estructuras de toda índole, hay nuevos  sujetos en el campo político que irrumpen desde la sociedad civil, posicionando nuevas propuestas y universos simbólicos en el campo político, así como nuevas formas de articulación democrática, ampliando sus límites y otorgándole un contenido distinto, que revelan elementos simbólicos que siguen marcando, por ejemplo, la situación de las mujeres en general, sobre todo de las mujeres víctimas de este proceso, como antes del comienzo de los diálogos, y como sigue sucediendo con frecuencia en Colombia, con los altos índices de  violencias contra la mujer y  los feminicidios.

El trabajo de incorporar el enfoque de género en los diálogos de La Habana comenzó en septiembre 2012, cuando se creó la subcomisión de género en desarrollo de las negociones entre el gobierno nacional y la guerrilla de las FARC. Fue una petición de las organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBTI, que no se veían representadas en los primeros tres puntos acordados en la mesa (desarrollo agrario integral, participación política y solución al problema de las drogas ilícitas). “Es la primera vez que la voz de las mujeres es tenida en cuenta en todos los temas en un acuerdo de paz, es inédito, no sucedió así en ningún proceso de paz en el mundo. Si el país entendiera la dimensión del asunto, lo estaría celebrando como cuando se dio el anuncio del fin del conflicto”, dijo Adriana Benjumea directora de la Corporación Humanas, quien hizo parte de una de las comisiones que viajó a La Habana.

Esta problemática trasciende lo meramente sexual, es una manera de ver el mundo, de los contrarios, de lo no lineal,  lo que es dialéctico, donde se muestran  las diferencias de los seres humanos en sus opciones  individuales, como  la opción política, opción de tomar decisiones, opción de mirar el mundo de diferente manera, y tiene que ver con el desarrollo de  pensamientos, sentires y necesidades. Desde tiempos ancestrales la mirada de los cuerpos era andrógeno, era natural, no se veía evidente 'hombre-mujer', porque eso no es un problema, es una congruencia entre lo estético y ético, es una manera sana y tranquila de estar en el mundo  del erotismo, del placer; además del mundo de  la vida cotidiana, del diario vivir de los niños y las niñas, que juegan a ser mamá y papá, sin distinción de género y  sexo.

Por ejemplo,  en la información paleolítica y neolítica, durante miles de años, la sexuación humana sólo fue dibujada y torneada en femenino, por ejemplo la presencia de la vulva fue un símbolo fundamental en las cuevas, con la sangre. Otros sentidos están relacionados con los ciclos de la vida y la naturaleza, ciclos que el cuerpo femenino también señala y que durante miles de años fueron respetados hasta ir desapareciendo, aunque nunca del todo, frente al desorden que los nuevos ritmos del mercado y las ciudades, entonces industriales, ahora postcapitalistas, crean en los cuerpos sexuados, en mujeres y hombres.

Por eso el enfoque de género es polémico, porque permea  la mercantilización de  los cuerpos, el mercado pierde una pieza de su mercancía, el capitalismo industrial cambia sus esquemas. El enfoque de análisis se queda en lo económico, pero  develado, porque no  incluye diversidad y pluralidad sexual, que debe ser integrado a los sujetos y sus prácticas cotidianas. Numerosos estudios confirman la tesis de antropólogas, historiadoras y pensadoras que sostienen desde los años ochenta que el cuerpo y la sexualidad femenina han sido hartamente castigados, somatizando en el cuerpo de las mujeres de ahora el miedo y la represión, cuyos síntomas despuntan a cada rato en enfermedades.

Es importante revelar elementos simbólicos que siguen marcando la situación de las mujeres en general, sobre todo las mujeres víctimas y la población LGTBI.  Hay que imaginar un mundo nuevo, situándose en relación con lo femenino y lo sagrado,  transcendiendo el análisis. Es decir, ese cuerpo femenino, las mujeres, la vida, sentidos, y algunas singularidades para pensar, leer y sobre todo el profesar de los cuerpos de las mujeres, las afros, indígenas, desplazadas, población LGTBI, discapacitadas, víctimas en las diversas circunstancias de las violencias divulgadas, desde los diálogos y acuerdos  porque pretendo  develar que  también es una cuestión simbólica y del lenguaje hegemónico del capitalismo.
Recordando la sabiduría ancestral,  retomo la categoría de lo sagrado femenino, que opera a distintos niveles y ha producido desarrollos, pensamientos, sentires, e investigaciones cualitativas,  donde han reconocido, entre otras cuestiones, el deseo femenino en la sociedad y en la historia. Hay que  volver  a lo sagrado, para que volviendo lo femenino sagrado,  el cuerpo no sea profanado, ni mutilado, ni hostigado. Todos estos sentidos que el patriarcado se ha empeñado en ocultar, aunque no ha podido borrar del todo, son sentidos de unidad, totalidad y divinidad; sentidos de lo sagrado vinculados a la sexualidad femenina, a la menstruación y a la capacidad de ser nombrada tranquilamente.

Nuestra sangre es el agua primordial, en donde está almacenada la memoria de todas las emociones de la humanidad, expresadas a través de nuestra alma. Somos redes de archivos emocionales. Los cristales de agua de nuestro cuerpo llevan la huella de todo lo experimentado por nosotras. Somos el agua hecha conciencia. Esta memoria molecular del agua, crece y se expande, siempre fluida, se hace cuerpo y carne. A través de nuestro sangrado, desarrollamos el máximo nivel de energía, es el secreto de la Diosa. A través de este flujo es como germinamos a la vida.

Somos nuestras abuelas, somos nuestras futuras nietas y nietos, somos el agua que se recicla, circula en nuestro ser y encuentra su cauce hacia la unidad. Esta única manera desde nuestros ritos, ceremonias, conversas, encuentros, es como nos  curamos, sanamos, dejamos y entregamos nuestras enfermedades al fuego, a la tierra, y como la placenta viene siendo recuperada por las mujeres gestantes para sanar a sus progenitores, y a sí mismas.

Ya que somos cuerpo, pensamiento, poesía y espiritualidad, no dejamos de sentipensar, somos una parte de sí mismas, somos conflicto y solución a vez, la defensa de nuestro cuerpo como territorio está en el corazón, desde la rabia, la cólera, la resistencia; la cabeza piensa y soluciona, pero se vuelve compleja por las contradicciones, las piernas caminan con ahínco y soltura; aunque denota cansancio; comprobamos que casi todas pintamos cuerpos de mujeres, o hacemos muñecas de trapo, para ponerlas a conversar con las historias de las otras mujeres y así  desandar  caminos, allí se buscan salidas, atajos  y nuevos proyectos de vida.

Porque somos un mapeo de símbolos que solo  nosotras  podemos interpretar y sentir, tejemos una urdimbre que muestra el dolor, las tristezas guardadas;  que si desenredamos la madeja en el sentido metafórico, nos encontramos casi siempre con la espiritualidad perdida. Por eso, todas esas historias contadas por las mujeres es una herramienta explicativa y auto-reflexiva, que nos ayuda a ubicarnos en nuestro propio conflicto interior, para sacar las vivencias de adentro, hacia fuera; pero en es de afuera hacia adentro de nuestro abismo interior.

Tuesday, 21 June 2016 19:00

El agua santa de una mujer lavandera

“Sigue lavando, lavando la lavandera inmolada, sigue lavando, lavando al final de la quebrada…ella sigue sentada en el filo de la quebrada, con el agua brillante de tanto lavar y lavar”.
Garzón y Collazos

Año 2012. La matrona me muestra su cédula, el documento dice: María Angélica Saldarriaga Ríos, nacida en Medellín un 19 de abril de 1904. Y compruebo que es verdad, tiene 108 años, de los cuales fue lavandera durante treinta y cinco años.

Cuando llegué a su casa ubicada en el corregimiento Santa Elena de Medellín, me adentré en un lugar acogedor, por la sombra que hacen los árboles, las enredaderas y flores nativas, y los pollitos detrás de las gallinas. Se formó una pintura cuando apareció ella, mujer campesina enderezada y modesta, con delantal y pañuelito impecablemente blanco, falda larga y zapatos cómodos. Con una sonrisa amplia me saluda: buenos días amor ¿cómo está? entre, bien pueda y siga.
Recuenta con regocijo que tuvo doce hijos, diez que sobrevivieron y dos que perdió; estuvo casada con Adán de Jesús Alzate, quien trabajó por treinta y tres años en las Empresas Públicas de Medellín, “por eso vivíamos en casas de las Empresas, ahí críe a mis hijos; también lavé un poco, por treinta y cinco años nada más. Ella es Luz Elena mi hija –dice señalando a una señora de 38 años–, nunca se ha separado de mí y me acompaña desde siempre”. También vive con Jovan Felipe, su bisnieto, hijo de su nieta Ana Lucía, a quien crió. Ahora tiene trece años, me explica: se va donde la mamá a coger el estudio toda la semana y regresa nuevamente los sábados. Hace veintidós años es viuda y por eso tiene una pequeña pensión. Tiene, cuenta con sus manos, más de setenta y cinco nietos, treinta y cinco biznietos, y no sabe cuántos tataranietos, porque son muchos.

María Angélica narra cómo lavaba: “hacía un murito de madera, como una batea, cogía una piedra grande y ahuecada en la mitad, –todavía la tiene en su casa y me la muestra–, la piedra tiene 100 años. Cuando lavaba la ropa, la colocaba en un llanito que me prestaba y autorizaba el doctor Giraldo de las Empresas, porque sin su permiso no lo podía hacer, y allí asoleaba la ropa y la ponía al sereno para que blanqueara, eran casi siempre camisas blancas, usaban pecheras, puños y cuellos blancos que yo almidonaba, porque eran de doctores de leyes y de medicina. Cuando lavaba ropa oscura y pantalones gruesos lo hacía con una media y la untaba de jabón, que eran barras blancas y largas, con las medias untadas de jabón refregaba la ropa, hasta dejarla limpiecita”.

Allí donde lavaba era abundante el agua de las quebradas cercanas y hacía un charquito separado con piedras, para detener el agua y poder lavar. Separaba el agua para los riegos y el agua limpia para los alimentos, se preocupaba mucho para que el agua se utilizara bien, la colocaba en vasijas que había que cargar, porque no había ni mangueras, ni acueducto, ni nada por el estilo. Cuando había manchas le echaba una frutita azul, lo que llamaban azul de metileno o de Prusia, y entonces la mancha se desaparecía en un instante.

“Lavaba por docenas y las llevaba a Medellín; cobraba dos pesos por cada una, siquiera el mercado era muy barato, como los huevos a cinco centavos, y alcanzaba para todo; luego subió a cuatro pesos la docena. Entonces las sobre sábanas y las colchas las cobraba según el peso, por ejemplo, tres por una, o dos por una y así de acuerdo al tamaño de la pieza, ya que el valor de una pieza era muy barato, pero con esa plata nos alcanzaba para comprar muchas cosas”, dice María Angélica.


Cuando ella lavaba la ropa, recuenta, la empacaba en costales muy limpios, bajaba la carga de doce docenas en dos bestias por camino de herradura, por trochas, por el Cartucho, buscando senderos, porque no había carreteras; del mismo modo la ropa planchada, porque también planchaba, como lo explicaba, almidonando los cuellos, los puños y pecheras. “La ropa planchada la montaba en mi cabeza; como veinte docenas. La bajaba por ahí por donde está la tienda El Rosario, que eran puras mangas, y de ahí subía y bajaba pero no tenía que ir a Santa Elena”. Esos caminos eran los caminos de los arrieros, por ahí llegaba al Parque de Bolívar donde vivía toda la gente rica de Medellín y allí amarraba las bestias mientras volvía; iba al edificio los Búcaros, a las Torres, y a otros edificios, a entregar ropa.

“Todavía lavo ropita y le ayudo a Luz Elena, mi hija la que le presenté ahorita, le ayudo en la cocina y no me da pereza, solo que me siento muy ciega y muy triste, porque tengo un terigio en este ojo que no me pueden operar”. Dice además, sentirse muy orgullosa de su oficio de lavandera. Las señoras a las que les lavaba la querían mucho y la socorrían con ropita. Cuando hubo carretera por fin, bajaba en bus escalera, y en ese entonces guardaba la ropa en la calle Guarne, por un puente que existía”.

María Angélica llegó a un punto de la vida sin preocupaciones, dejando ver y sentir su paz. Hay vivencias que solo se pueden entender a cierta edad y no antes, entre éstas, el vínculo y la conexión de las mujeres con la casa, y todo se va hilvanando y urdiendo, porque de igual modo María Angélica me recuerda el encuentro perfecto entre la prosperidad y la naturaleza de la supervivencia. Ella, una mujer de 108 años absolutamente lúcida y prudente, por todo lo que ha vivido.

No lo dudo, esta reminiscencia nos debe seducir a buscar señales y puntos de encuentro con las relaciones que atañen redes, que entretejen las mujeres, y por ello no solamente me he ocupado del pasado como complacencia, sino como rescate de la memoria, porque recordar significa, en este caso, pasar por el corazón de las mujeres, o del mismo modo por manos callosas y laboriosas que con la magia del agua, hicieron de una labor el servicio a la humanidad como fuente de vida y de sustento para su familia. Ese recuerdo irrumpe para ir y volver donde el corazón me ha llevado: al agua santa de esta mujer lavandera.

Tuesday, 19 April 2016 19:00

Nada para la guerra

Quiero traer a colación este párrafo de cien años de soledad, que nos relata en parte lo que hemos vivido las mujeres milenariamente: “La crónica de los Buendía, acumula una gran cantidad de episodios fantásticos, divertidos y violentos, y la de Macondo, desde su fundación hasta su fin, representan el ciclo completo de una cultura y un mundo. El clima de violencia en el que se desarrollan sus personajes es el que marca la soledad que los caracteriza, provocada más por las condiciones de vida que por las angustias existenciales del individuo”.

La soledad que marca a las mujeres con las que he conversado y escuchado, además de sus condiciones precarias de existencia, se suma a la situación de violencia en que les ha tocado vivir, ya que es un cuerpo femenino el que sufre, reducido por las circunstancias que pasan,  como es  la muerte violenta de sus hijos, esposos, y/o padres; pero además son discriminadas por la estructura de poder  y de género,  usado por la colonización y hegemonía del mundo. La mujer más que nadie es dominada y subyugada, y esto atraviesa la historia del movimiento social de mujeres y de la humanidad.

Las historias de las víctimas se usan como principal argumento para la guerra. Pero en verdad son el principal argumento para la Paz; esta frase fue dicha en la mesa de diálogos en La Habana por una víctima, a sus victimarios. Es muy contundente empezar a entender las posturas de las mujeres en este proceso del “pos conflicto”, que más pudiéramos decir, es de  pos-acuerdo ya que entramos en diálogos y propuestas, y seguramente el conflicto no terminará.

Casi todos los testimonios de las Mujeres víctimas, tienen características de lucha, como la resistencia a la guerra, la búsqueda de la Paz en todos los rincones,  donde se colocan nuestras huellas diarias, y el caminar hacia el reconocimiento, porque la exclusión permanente de ser sujetas políticas marcó mucho, pues no éramos escuchadas en nuestras prácticas históricas de paz,  y a la vez, la participación política y social era incipiente; por esto ahora como constructoras con voz,  cuerpo, mente y letra de mujer hacemos que esta realidad sea mirada con lente diferencial, porque hemos aprendido de las experiencias del mundo a hacer de la  noviolencia una forma de vida.

Los rostros de las mujeres tienen una mirada infalible, pero la misma sensación de esperanza, más que de desesperanza. La resistencia, la capacidad de sobreponerse a las atrocidades y la lucha por la sobrevivencia, son aportes de las mujeres en la defensa de la vida, en este contexto de guerra interna que desde hace cinco décadas tiene lugar en el país.

Vemos que cada vivencia es única e irrepetible, tiene alma de Mujer, es un ejemplo de entereza y de coraje, como la de Fabiola Lalinde, con su operación Sirirí, incansable hasta dar con su hijo y señalarle al Estado su obligación a la verdad, justicia y reparación; lo mismo la de Teresita Gaviria una de las madres de la Candelaria,  que perseverante repica junto con las campanas de la iglesia cada miércoles su pedacito de historia, que guarda en la memoria con afán de que su hijo sea recordado y no olvidado. O Manuela, quien me dice cansada, con desánimo y sin rabia, que no sabe ni volvió a ver a su esposo nunca más,  desde aquel día que salió con su desayunito que ella le empacó para irse  a la fábrica donde trabajaba.


Pero no solo la guerra ha dejado muertos; la muerte llega sin estar en ella, es una simple paradoja, pero es una realidad que pasa en Colombia, como en ningún país del mundo. Es simple y llanamente unir pedazo a pedazo las memorias de cada mujer que ha sido víctima, de paramilitares, de la guerrilla, de bandas de sicarios, de muchos victimarios que no se conocen; porque  con las que he dialogado, de casi todas las edades, sus relatos  señalan la manera de romper el círculo de la violencia, vienen intentando  resarcirse de la miseria que deja la guerra para reinventarse la Paz, recuperando ese tejido social tan necesario. Simbólicamente hablando es hacer la colcha de retazos, y al unirla, colocar el poder de convicción que nos caracteriza; solo necesitamos creer en ellas,  es decir en nosotras, para la reconstrucción de la verdad, ya que con la guerra nada.

Encuentro estas cifras que suministra la Unidad de Víctimas,  que son aterradoras. Hasta este momento hay 3.657.438 mujeres que han sido reconocidas como afectadas personalmente en el marco del conflicto armado. Eso significa, ni más ni menos, “que más del 50 por ciento del total de víctimas son mujeres”, dice al periódico El Tiempo Gabriel Bustamante Peña, subdirector de la Unidad de Victimas.
Sigue informando el señor Bustamante, de ellas, más de 3 millones fueron desplazadas a la fuerza de sus pueblos, veredas y hogares. Otras 440.000 han sido asesinadas. La lista es sobrecogedora: siguen luego las amenazadas, las torturadas, las que desaparecieron sin dejar rastro, las niñas y adolescentes reclutadas a la fuerza, las mutiladas por minas explosivas, las secuestradas.

Y termino comentando que el mayor número de desplazamientos se ha cometido en Antioquia, contra 528.626 mujeres, que son el 14.5 % del total. Le siguen dos departamentos de la región Caribe: Magdalena, con 226.000 víctimas, y Bolívar, con 223.000. En cuarto lugar aparece Nariño. El quinto es Cesar.

Trato de hacer que este recuento, a pesar de los pesares, sea elocuente,  pensando en mi rostro de Mujer y la ojeada a esta Colombia desangrada -porque este cielo no me ha abandonado jamás- para inventarnos desde nuestra vida cotidiana una solución pacifica de los conflictos y “el derecho a vivir sin miedo”, como lo dicen las mujeres de María la Baja, al pie de los Montes de María, en el centro de Bolívar.

Sunday, 10 April 2016 19:00

La mujer más bonita es la que lucha

Pocos saben por qué el mundo conmemora el 8 de marzo el Día internacional de la mujer. Es una cadena sangrienta de hechos trágicos, que comenzó en 1857 cuando decenas de obreras textileras del Bajo Manhatan en EEUU, se lanzaron a las calles y declararon la huelga por las miserables condiciones laborales que padecían. El abuso, la explotación y la impunidad continuaron por varias décadas, y en 1908 en la fábrica Cotton Textile Factory de Nueva York, ante la protesta por mejoras laborales, los dueños de la fábrica cerraron los accesos para evitar robos y desórdenes, provocando además un incendio que causó la muerte de 129 mujeres trabajadoras, algunas quemadas y otras arrojadas al vacío ante el temor de las llamas; otras 71 resultaron heridas. La mayoría eran inmigrantes italianas y judías de entre 14 y 23 años.

Arrancando hojas rápidamente de un calendario llega la fecha que conmemora a estas revolucionarias pioneras, indignadas, las sublevadas, las emigrantes y las que pedían mayor equidad en la vida conyugal y laboral en Copenhague en 1910.

Hoy, muchas mujeres y niñas siguen padeciendo violencia, privaciones, abusos y discriminación. Sin embargo, siguen actuando con coraje y fortaleza. Mientras honramos a las mujeres del Holocausto, hagamos el compromiso de crear un mundo donde todas las mujeres de todas las edades puedan vivir en paz, libres del miedo y con todas las oportunidades y libertades que corresponden a los derechos inalienables y fundamentales.

La Juntancia en Círculos...
“Con frecuencia se utiliza una metáfora, para hablar de las relaciones que establecen los seres humanos, y se dice que conforman la tela de la sociedad. En virtud del papel que ha desempeñado la mujer, podríamos decir que es la urdimbre o recto del hilo; el conjunto de hilos paralelos que se colocan en el telar para empezar la tela. Es el primer proceso, sin el que no podrían darse los demás. Por otra parte la dirección del tejido que posee mayor resistencia...El hombre al entrar en relaciones específicas con la mujer, conforma la trama. La tela entonces es una función de enlace correcto de urdimbre y trama, estructura que es producto de la inserción de una dirección con la otra..."

Los círculos entre mujeres eran para soñar y tejer juntas, desde tiempos ancestrales se trababan conversaciones sobre sueños de vida y experiencias personales. La Juntancia es tiempo del compartir, del dar, de entregar lo más preciado, los tesoros que salen del corazón. Como hermanas aprendemos de las otras mujeres, que instruyen entregando su regazo, revelando historias y testimonios de vida, iguales a todas las historias de la humanidad. Tienen vida propia, porque ahondan conscientemente sus luchas, violenta y tierna a la vez, porque sana y evoluciona. Cada palabra, una enseñanza; cada día, una promesa y un milagro. Ellas interpretan la falsa ilusión de la escasez, haciendo gala de la abundancia de espíritu en sus faenas diarias; por eso estas conmemoraciones nos suelen poner a cavilar y tejer lo entretejido. Tomo ese hilo y empiezo a hilvanar con ellas sobre lo que saben y como se sienten.

Laura Vuelvas Martínez, madre de una niña de cuatro años, como muchas mujeres, piensa que el 8 de marzo no es un día para regalar rosas. Rafaella, de 27 años, es comunicadora audiovisual y considera que el día de las mujeres es una conmemoración, es para recordar a quienes lo han dado todo “para que muchas podamos disfrutar de salud, vivienda, recreación trabajo, derechos sexuales y reproductivos; las pioneras nos consiguieron el derecho al voto femenino y una serie de posibilidades que nos ayudan a ser reconocidas”. Ellas mantienen interrogantes sobre la desigualdad que persiste entre hombres y mujeres, y la discriminación en el empleo que hace que a las mujeres nos paguen menos.

Hortensia Díaz, una mujer muy pilosa y guerrera, trabaja con víctimas y con un grupo de venteras y venteros ambulantes, en la zona centro de Medellín. Conversando me dice: “Un día como hoy es para resaltar la lucha de las mujeres a nivel interno y personal, porque cada mujer conoce su liderazgo, en su familia, en la comunidad, por eso es una grandeza reconocer a las mujeres luchadoras, “reinas” de los procesos, dispuestas a dar hasta la vida. No debe ser un día de fiesta, sino de conmemoración. Un homenaje a esas grandes mujeres que entregaron su vida, para que seamos visibilizadas en nuestros Territorios. Las venteras ambulantes son mujeres que luchan por su subsistencia y la de su núcleo familiar -pienso que ponen en escena la economía del cuidado en esencia-, y las mujeres víctimas son heroínas capaces de dar su vida, buscando la verdad y la reparación, para que haya Justicia”.

Carolina Morales Orrego, Carito, abogada de familia y defensora yo diría de todas las causas, conversa conmigo sobre las luchas cotidianas. Las reivindicaciones de las mujeres, dice Caro, no se ven reflejadas en políticas públicas, por eso insiste en el reclamo permanente: “¿Dónde están todos los programas, proyectos, leyes, acuerdos para las adultas mayores?, para nosotras no hay casi nada, es casi lo mismo, gimnasia, recreación, no se han tenido en cuenta los diálogos intergeneracionales, los saberes y las experiencias recogidas por ellas, ni la transversalización de las necesidades, ¿qué hacer entonces?”.

No hay propuestas que disminuyan estas necesidades y no hay apoyo a programas de salud mental especializados; vemos un panorama mas bien incierto y más aún para mujeres negras, campesinas, informales, desplazadas, penadas, y víctimas de las diferentes violencias, las mujeres con movilidad reducida, y/o problemas auditivos, sensoriales, emocionales, entre otros; las de talla pequeña, las LGTBI, entre otras; como las insertadas en la guerra, las mujeres policías, militares, mujeres reinsertadas, mujeres al fin y al cabo, con problemáticas especiales y diferentes, poco recordadas por la mirada sesgada del estado y las instituciones.

Le pregunto a Sandra Liliana López Olarte, artista plástica de 45 años, y se queda mirándome, me comenta que para ella es muy importante conmemorar este día, ya que desde adolescente comprendió que podía decidir sobre su cuerpo, y nunca pensó en ser madre, pues se dio cuenta que esa misión la había cumplido en otras vidas… fue madre de muchas generaciones y legiones; hace años, celebra los círculos de SiHembra, un ritual de mujeres para reivindicar la vida, el amor, la tierra, la paz y el arte. Dice que las mujeres nos hemos reunido por miles de años, simplemente a conversar, compartir y apoyarnos, alejadas de los ruidos de la vida diaria, la competencia y las prácticas vacías, para reconocernos, acompañarnos y nutrir nuestra femineidad.

 

Luz Imelda Ochoa Bohórquez trabaja en la Secretaría de la Mujer de la Gobernación de Antioquia. Expresiva, espontánea, con buen humor, con risa maliciosa, a sus 52 años puede asegurar que en su vida la marcaron dos cosas, la academia de su padre un físico-matemático, y el tradicionalismo de su madre, una mujer religiosa son personalidades que no casaban, pero que influyeron en su vida, porque tuvo que estudiar en un colegio elitista confesional, Jesús María, y allí sintió la discriminación y el control moral; “fui madre soltera a los 17 años,
tuve una hija muy bella que me acompaña siempre, las monjas me colaboraron después del parto y me ayudaron para terminar el grado 11, estudie Medicina en la UPB luego hice Pediatría, esta me encanta porque me da todo lo que soy ahora adoro el libre albedrío, no cargar nada, por eso estudie genética, programación neuro-lingüística, neurobiología, física cuántica, epigenética, en fin todo lo relacionado con el cerebro y como opera en la mente y en el cuerpo humano, lo que somos y lo que queremos ser…”.

Después de los derechos de las Mujeres, es la lucha por llegar a la Igualdad, dice Luz Imelda “somos diferentes, pero somos iguales, hay una unicidad como especie humana, si nos sentimos iguales, luchamos por acciones afirmativas que nos benefician a ambos mujeres y hombres. Las nuevas masculinidades hay que construirlas con los nuevos feminismos; aunque yo no soy feminista, creo en la evolución y desde ahí propongo luchar por los derechos para hombres y mujeres, desde donde creo se encuentra la ruta de los derechos, por eso soy pacifista”.

Y nos seguimos nutriendo de voces, celebrando ese manifiesto: Para la Guerra nada, Polifonías de Mujeres por el fin de la Guerra, ! Mujeres Antimilitaristas!

La voz de mi madre una Elena de Troya, hoy, ahora de 94 años, la escucho suave, casi en silencio, ella resolvió el cambio y el devenir de nosotras y nosotros, dedicando sus ratos de ocio, a enseñarnos a leer y escribir, ella pintaba acuarela, cocinaba manjares, dedicando su resto de vida como Penélope a guardar en secreto el recuerdo del amor de mi padre, sigue tejiendo sueños y promesas que la hacen pervivir en esta tierra amada.

Caigo en cuenta con los testimonios que con la A, se escribe Amor, Alimento, Agua, Albergue, Ancestral; que las mujeres nos jugamos el desafío de sanar y trasformar nuestro entorno, madurando y construyendo mundos alternativos, sobre todo encontrándonos con nosotras mismas. Este día de las mujeres es para reflexionar, para recordar que somos el 54% de la población en Colombia, que contra nosotras pesa el patriarcado, el capitalismo y la violencia de toda índole, los asesinatos y los feminicidios. También pesa la responsabilidad de transformar el mundo y acabar con las opresiones de toda clase.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.