Diego Andrés Díaz

Diego Andrés Díaz

William llegó a los Llanos Orientales en 1984, buscando un mejor destino. Eran los tiempos en que la frontera agrícola seguía extendiéndose en el oriente del país, ejerciendo una atracción especial en muchos colombianos. William decidió adentrarse en esas tierras con machete en mano, junto a tres de sus hermanos, con los que abrió trocha para “civilizar montaña”, como se solía decir en la jerga colonizadora. Un día, en tierras baldías del norte de la Sierra de la Macarena, levantó El Sansa, un fundo que con el paso del tiempo se convertiría en la vereda La Argentina, ubicada en el municipio de Mesetas.

Conocedor del terreno como pocos, William orientó al sociólogo y periodista Alfredo Molano en las correrías que éste realizó por la Sierra de La Macarena en décadas pasadas, y colaboró en el censo de investigación que hizo la Universidad Nacional en 1989 en esta parte del país. Desde su experiencia aportó al reconocimiento de lugares desconocidos en el inventario de la geografía colombiana. Muchos de esos sitios conservan el nombre con el que él los bautizó en sus andares, y hoy son testigos de la magia de los paisajes que guarda la sierra: Caño Sancocho, Caño Dantas, entre otros.

Amante y defensor empedernido de la naturaleza, pero también líder comunitario por vocación, sintió interés por la política, la cual entendía como un oficio para promover el bienestar de la comunidad. En alguna oportunidad fue escogido como concejal del municipio de Mesetas, y de su gestión los habitantes recuerdan su papel en la creación del acueducto comunitario de Santa Lucia, la promoción de los cabildos verdes para la conservación del medio ambiente y el trabajo arduo por el desarrollo del municipio. Esto lo motivó para seguir por esa senda. Quiso ser alcalde de Mesetas, pero no pudo lograrlo porque un atentado casi acaba con su vida. Sus más cercanos amigos dicen que los autores fueron guerrilleros que visitaban el pueblo, quienes lo habían vetado para hacer política. William se inscribió por la recién creada Alianza Democrática M19, y su pretensión casi le cuesta la vida.

En los primeros días de octubre de 1991, y con una bala en el pie, partió con su esposa rumbo a Villavicencio, dejando atrás lo que había construido con mucho esfuerzo durante varios años. Con la marca del desplazado llegó a la capital del Meta, buscando refugio y ayuda económica. Una vieja amiga les tendió la mano, permitiéndoles vivir durante varios días en una casa del barrio El Jordán, mientras encontraba donde vivir y emplearse. Al poco tiempo su esposa volvió a Mesetas para tratar de recuperar parte de las cosas abandonadas, y con lo recogido de la venta de la tierra arrendaron una casa en el barrio Villa Ortiz, donde vivieron cerca de seis meses. Pero la situación era dura y con el deseo de obtener una casa propia, para el mes de junio de 1992 se trasladaron a El Manantial, un barrio que crecía al capricho de sus habitantes, a través de la autoconstrucción.

En Coroncoro
La llegada abrupta a la ciudad no menguó su interés por ayudar a las comunidades. De hecho, contribuyó a la organización popular y la consolidación del barrio El Manantial, lo que le mereció ser el primer comunero elegido por voto popular en la Comuna 4. Como presidente de la Asociación de Padres del Colegio Narciso Matus, William defendió la gratuidad de la educación y la atención de los estudiantes en materia de salud. Junto al licenciado Nelson Vivas se involucró en la búsqueda de soluciones a los problemas que vivían las familias ubicadas en la margen derecha del río Guatiquía, a la vez que promovió su reforestación.

Además, comenzó a realizar recorridos por los terrenos que colindaban con el barrio donde residía, descubriendo un lugar de gran importancia natural: el Humedal Coroncoro, un ecosistema rodeado de árboles de más de 300 años, con cerca de 57 especies de aves, dos clases de murciélagos no identificados y una abeja que no se ha clasificado. El encanto del lugar lo reforzaba el nacimiento de tres caños, entre ellos Caños Negros, un afluente del río Guatiquía. Empezó a buscar información oficial sobre el terreno, encontrando en expedientes del municipio que este figuraba a nombre de Sociedad Mariño Plata y CIA (Decreto 00161 de 1996). El predio titulado, conocido como Hacienda Santa Martha, tenía una extensión de 140 hectáreas, y en ellas un área considerada como de conservación ambiental. William también descubrió que en el Numeral 4 del Decreto, la Junta de Planeación Municipal consideraba necesaria la reglamentación como sector especial de los terrenos mencionados, como también la posibilidad de construcción de vivienda de interés social.

Con esa información logró que 14 hectáreas fueran decretadas como área de preservación y conservación ecológica, mediante el Decreto 109 de septiembre de 1997, entrando a hacer parte de la cartografía ecológica de la ciudad. Este sería el punto de partida de la lucha que libró contra el abandono en que se encontraba el humedal y denunció la ocupación ilegal de sus predios y el interés de construir un proyecto urbanístico sobre el área del ecosistema. Visitó el Ministerio del Medio Ambiente para que revocara las licencias de construcción otorgadas, y blindara jurídicamente el humedal de la acción de los urbanizadores legales e ilegales. Suerte que, por cierto, no han tenido los 14 humedales que existen en Villavicencio, de los cuales cuatro desaparecieron por la acción despiadada de los constructores de vivienda.

Guardián de la selva
En marzo de 2005 la revista Semana publicó una nota donde daba cuenta de la labor que venía realizando William Barrios por la preservación del Humedal Coroncoro en Villavicencio. La nota destacó el trabajo del pereirano, al que llamó el “Guardián de la selva”, y quien sin “contraprestación e incluso con dinero de su propio bolsillo”, defendía la existencia de uno de los últimos ecosistemas de la ciudad. Al ser interrogado sobre su actitud, Barrios afirmó: "Desde pequeño he sido enamorado de la naturaleza porque mi abuelo me inculcó el amor y el respeto que se le debe tener… Amo este lugar como a mi familia".

Con la defensa del humedal arribaron problemas de seguridad para William y su familia. Urbanizadores piratas y finqueros vieron en esta labor un obstáculo para sus intereses. Sin embargo, las presiones para que desistiera no dieron frutos: "Seguiré siendo un guerrero sin arma y defendiendo este lugar con mi propia vida si es necesario, para que en un futuro mi hijo y otras personas que han crecido aquí conozcan la dimensión de proteger esta joya de la naturaleza en medio de la ciudad", se le escuchó decir. Incluso Barrios cuestionó la labor de varias ONG y “ambientalistas” que se presentaban como defensoras de la naturaleza, a los que consideró “los peores enemigos de los humedales y del medio ambiente (…) que dicen ser defensoras de la naturaleza pero resulta que sólo son personas que quieren lograr un objetivo económico. Hay algunas que se esmeran por sacar adelante sus proyectos, pero la mayoría se escuda en la ecología para sacar provecho financiero y vivir de eso”.

En enero de 2007 un sicario acabó con la vida de William. Su cuerpo quedó tendido en una de las calles del barrio que habitó y ayudó a crecer. No obstante, la labor que emprendió surtió, igual que la naturaleza, oportunos frutos. El más importante fue poner en el debate público de la ciudad la necesidad de preservar la naturaleza y velar por su conservación.

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