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Ramón Emilio Arcila, el líder cívico, el intelectual comprometido, el futbolero. El hombre de pensamiento y acción. El gran dirigente popular del Oriente antioqueño, máximo referente de la historia política del siglo XX en la región. Hablar de Ramón es hablar de las luchas sociales, de la resistencia, de los movimientos cívicos y de la vigencia de una propuesta política construida desde las bases.

A Ramón lo silenciaron las balas del establecimiento, los sicarios del poder que no toleran la democracia. A él, a sus amigos, a sus compañeros, y a su movimiento, los tacharon uno a uno en las “listas negras” de los poderosos. Transcurría la década de los 80 en Colombia, un período de avance de las expresiones populares. Los movimientos sociales y políticos ganaban terreno en la movilización social y en la partición política-electoral. Emergieron expresiones como ¡A Luchar!, la Unión Patriótica, el Frente Popular, el Concejo Regional Indígena del Cauca y el Movimiento Cívico del Oriente antioqueño, todos perseguidos, estigmatizados y asesinados de manera sistemática por élites políticas y económicas que empezaban a patrocinar a los primeros grupos paramilitares que luego propagaron.

La década sangrienta se cerró la noche del 30 de diciembre de 1989 cuando cayó asesinado Ramón Emilio Arcila junto a Saturnino López (joven estudiante de la Universidad Nacional) en Marinilla, pueblo donde nació, creció y dio sus principales luchas. Fue asesinado siendo el candidato del Movimiento Cívico para la Alcaldía. Él encarnaba la posibilidad de darle un vuelco político a uno de los municipios insignes del conservadurismo en el país, pues había osado desafiar a los gamonales y caciques de la región, apoyado por el mandato popular de la comunidad que se sentía representada en su movimiento. Su sepelio fue una manifestación política multitudinaria en las calles, todo el pueblo manifestó su rabia, en la plaza pública lanzaban arengas mientras ondeaban banderas de Colombia y del M-19.


Desde muy joven se había vinculado a la lucha por el deporte y la cultura en su municipio. Más tarde en la década de 1960 fue líder estudiantil, se destacó por ser uno de los principales dirigentes de la huelga general de la Universidad de Medellín en el año de 1966, esta jornada terminó en un tropel de los estudiantes con la Policía, se militarizó el barrio Belén y las demás universidades. Allí cursaba sus estudios en derecho, pero su participación en el paro le conllevó una expulsión junto a varios estudiantes y profesores de la institución.

Sus primeros pinitos en la política se dieron en las luchas por la educación pública. Hizo parte de la Federación Universitaria Nacional que apoyaba al Frente Unido del cura y sociólogo revolucionario Camilo Torres. A raíz de los hechos acontecidos en la Universidad de Medellín, fundó, con un grupo de intelectuales de la ciudad, la Universidad Autónoma Latinoamericana que tenía como principios el cogobierno con los estudiantes y el pensamiento crítico. En la UNAULA empezó su formación intelectual, fue maestro, y escribió el libro La Universidad en América Latina.

Su trayectoria política en el Oriente antioqueño inició en la década de los 60 cuando resultó elegido concejal de Marinilla por la ANAPO, partido opositor al Frente Nacional bipartidista. Desde entonces puso en discusión los conflictos que la comunidad mantenía con la Electrificadora de Antioquia por los excesos en el cobro de la energía. Este asunto sería más tarde el motivo desencadenante de tres paros cívicos regionales, entre 1982 y 1984, de los cuales surgió el Movimiento Cívico del Oriente antioqueño. En mayo de 1975 fue apresado cuando lideraba un paro cívico en Marinilla en contra del alza de los servicios públicos. La comunidad armó una asonada cuando supo del suceso y radicalizó la manifestación que derivó en fuertes pedradas con la Policía. No se negoció un cese hasta que Ramón no fuera liberado, incluso la protesta alcanzó un carácter regional y llegaron al municipio buses con habitantes de municipios aledaños. Esta lucha lo lanzó al escenario regional, pues la inconformidad se venía manifestando en la mayoría de los municipios del Oriente.
Ramón supo recoger las diversas expresiones políticas y sociales del Oriente antioqueño y el trasegar de más de dos décadas de resistencia de las comunidades contra las imposiciones de los proyectos que supuestamente promovían el desarrollo, por ejemplo, las centrales hidroeléctricas. Su postura política siempre fue apartarse del sectarismo y las capillas de izquierda para hacerse del lado del sentir de las comunidades, su apuesta era por la participación política desde las bases, por generar escenarios deliberativos de carácter popular como las asambleas, por construir agendas que nacieran de las necesidades reales de los territorios.

Para la década de los 80, fue Ramón quien dio inicio a la propuesta de articulación regional para la lucha contra la Electrificadora de Antioquia. En compañía de otros líderes y organizaciones sociales, recogió la expresión organizativa de las Juntas Cívicas que habían nacido en municipios como El Peñol, San Carlos, La Ceja y La Unión, fruto del descontento con los gobernantes. A raíz de esta experiencia se empezó a vertebrar un proceso de carácter regional que puso en jaque el establecimiento en el departamento de Antioquia. En este período no solo dirigió sino que escribió artículos de alto valor académico como De la protesta a la propuesta, y El Movimiento Cívico del Oriente antioqueño 1981-1985, en ellos analizaba el proceso de desarrollo del movimiento cívico de mayor trayectoria que tenía para entonces el país.

Ramón Emilio, más que un dirigente popular, fue un gran intelectual orgánico y sentipensante. A la propuesta del “socialismo raizal” del maestro Orlando Fals Borda, aportó una experiencia real de democracia participativa, y planteó, en la Coordinadora Nacional de Movimientos Cívicos, la necesidad de construir un Estado-región en Colombia, es decir, de abajo hacia arriba, de lo local a lo regional, luego lo inter-regional y lo nacional recogiendo su propia experiencia. Su pensamiento sigue vigente para la región del Oriente antioqueño y para los movientes sociales y políticos del país. Su vida y obra es faro en las luchas actuales, memoria viva para la generación que renace en el Oriente antioqueño.

El 21 de noviembre ya hace parte de la historia de Colombia, pero sobre todo de nuestro presente y futuro. Después de dos semanas de manifestaciones multitudinarias, rebeldes, diversas y multicolores llevadas a cabo en casi todos los rincones de esta sociedad hastiada, los rostros adustos, inexpresivos e indiferentes de colombianos y colombianas de todas las estirpes se transformaron por unos más frescos, llenos de luz, esperanza, alegría, solidaridad, complicidad y valor.

Los gobernantes de hoy y de siempre, y quienes los patrocinan desde la oscuridad de sus privilegios alcanzados a través del pillaje, el saqueo, el desplazamiento y la muerte, creyeron que el teflón había recubierto los cuerpos y las almas de todos y todas quienes nacimos en este hermoso pero desquiciado país. Y que sus políticas injustas, emanadas de lo que ellos con la boca llena llaman “institucionalidad”, seguirían pasando por encima de nuestros seres como un tractor. Pero se metieron con la generación equivocada, y el tiro les está saliendo por la culata.

Las calles se llenaron principalmente de jóvenes y estudiantes de secundaria como Dylan Cruz, quien dejó literalmente su alma en la lucha por la emancipación. Dylan hoy se erige como símbolo de resistencia y combustible para el cambio, y su muerte desató el debate sobre la necesidad de desmontar el ESMAD. También de jóvenes que apenas superan la mayoría de edad, como Brandon Cely, el soldado rebelde y valiente que con uniforme militar se atrevió a desafiar a la institución más reaccionaria de Colombia con un video de denuncia en el que apoyaba el paro nacional, tras su osadía, Cely decidió quitarse la vida, hecho que abrió un boquete muy grande que pone en cuestión la necesidad de revisar la despiadada e inhumana doctrina militar colombiana. Miles de jóvenes profesionales para los cuales no hay empleo o a los que se les explota en precarios trabajos malpagos. Y mujeres, muchas mujeres que desde su aparición en los espacios públicos vienen subvirtiendo la sociedad, transformándola con sus acciones, sus consignas y su justa lucha contra el patriarcado y el capitalismo.

Una generación sin nada que ganar y por tanto sin nada que perder, como ellos y ellas mismas lo escribieron en sus carteles, pancartas y en sus cuerpos… “perdimos hasta el miedo”.
Desde luego la izquierda tradicional, el movimiento social, el sindicalismo, los pueblos afro e indígenas, y en general los procesos sociales y populares que por décadas han propiciado la movilización y la lucha contra la injusticia de un modelo económico y cultural de muerte como el neoliberal, han visto en estas protestas y manifestaciones multicolor un premio merecido por su resistencia y persistencia. Pero también han recibido una lección y un llamado de atención a sus rígidas estructuras, no solo físicas sino ideológicas y políticas, que se quedaron en la inercia en sus formas de acumular, de protestar y especialmente en la capacidad de observación y escucha que no les ha permitido renovar su repertorio reivindicativo en el marco social, ambiental, laboral y cultural.

Los sujetos que hoy están poniendo la carne en el asador son variopintos, diversos en todo el sentido de la palabra. No son militantes de partidos ni borregos de camarillas o burocracias, y algunos apenas han salido alguna vez de su vida a una protesta, justamente porque nada los increpaba, nada los sacudía, nada los interpretaba. Las masas que hoy le dan a la cacerola tan fuerte como quisieran darle a sus problemas más sentidos, necesitan organización, pero no están pidiendo que alguien les ordene y les dirija sino que alguien, ojalá con carácter colectivo, los escuche y les invite a construir nuevos espacios donde sus reivindicaciones, así se trate de listas de mercado, sean escuchadas.

Nadie puede ni debe apropiarse de este despertar colectivo, despertar de nación. Aunque al movimiento social tradicional le asista alguna razón por haber resistido y persistido durante años, este mismo debe acoger con sabiduría y humildad la sangre nueva que alimenta al sujeto transformador cuyas luchas y ejemplo ayudaron a formar. La unidad, tan manoseada en los discursos de unos y otros, es imperativo ético y político, y se está fortaleciendo en la práctica, en la calle, en los cacerolazos, las bailatones, las tamboradas, los canelazos, los plantones, las asambleas populares, los bloqueos de carreteras. En las ciudades y ahora en la ruralidad, esta Colombia palpita y se levanta una y otra vez, digna, hermosa, altanera. El ejemplo de Nuestra América por fin tocó el corazón dormido de su hermana bañada de mar, selva, montaña, piel negra e indígena, juventud urbana irreverente. Vamos para adelante, el paro sigue, vamos a darle como a cacerola en paro.

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