El mundo seguirá igual

Texto: Juan Camilo Gallego Castro

Ilustración: Valentina González

 

En mi mesa de noche hay una pila de libros a mitad de camino. Hace casi un año que me cuesta terminarlos. Llego a la casa y estoy demasiado cansado, pareciera que solo los utilizo como un ritual antes del sueño, pues con dos páginas, a veces media, me quedo dormido.

Esto cambió desde que empezó este simulacro de fin del mundo. No paro de trabajar en casa, es cierto, pero tengo espacio para leer de nuevo una historia fascinante sobre ciudad de México, que escribió Juan Villoro, o el perfil del periodista Alberto Donadío. Estar en casa me reconforta, es transitar de nuevo por las hojas de mis libros. Trabajo en una ONG y en una universidad, a lo mejor comprendan por qué en el último tiempo las lecturas de noche fueron esporádicas.

No viajo las tres horas diarias entre mi pueblo y Medellín, ni estoy corriendo para llegar a tiempo a una entrevista o una reunión, ni renegando por que el bus que tomo en la terminal es el lugar más caliente de toda la ciudad. No está el aire contaminado ni el calor sofocante, ni el estrés ni el afán ni el temor de que abran un bolsillo del morral mientras voy en el Metro. Solo en este momento soy consciente de todo eso.

Sigo madrugando como siempre. En la sala encuentro a mi mamá escuchando la misa de las siete. No más empezaba la cuarentena, un bello sacerdote, abrumado ante la iglesia vacía, dijo que le olía a muerte, que le olía a sangre. Debe ser un buen consejero para mantener la calma. Con el paso de los días se la pasa vendiendo cirios, el de cincuenta y el de cien mil.

En la mañana intento escribir o entrevistar a alguien. Mientras, me acompañan un par de perros. El más grande acaba de cumplir diez años y el pequeño, al que llamo Satanás, hoy cumple seis meses. Es un lobo, ya se tragó dos billetes de cincuenta mil y persigue las gallinas de mi abuela como un poseso. Ya desplumó un par de gallos que, por suerte, se salvaron con mi aparición.

Al final de la tarde me reúno con mi familia y jugamos parqués. Es posible que haya pasado una década desde la última vez que estuvimos tirando dados. Mi hermana será mamá en tres meses. Mi sobrina no puede escucharme, pero en esta época de miedo y precaución es un mal momento para nacer; mi mamá está conmigo siempre, pero mi papá está por fuera casi toda la semana, mientras transporta legumbre entre Medellín y Sincelejo. Una vez allá, va hasta Cartagena o Barranquilla. Esta vez le tocó en la capital del Atlántico, en donde lleva dos días esperando que carguen su camión porque la cantidad de carros para cargar es más larga que un viacrucis. El viaje de regreso será eterno.

No mucho ha cambiado en estas semanas, salvo que estoy todo el día en la casa y que mi papá está expuesto todo el tiempo a ese virus del que no paran de hablar en las noticias. Mi única licencia para abrir la puerta de la calle es salir con mis perros a las cuatro de la tarde, luego de comer. Continuamos con las rutinas de siempre, pero con el encierro de nunca. Esto nos tomará varios meses más. El mundo sigue igual de ruin allí afuera. En estos días he escrito sobre personas que perdieron sus trabajos o que les cambiaron el salario de forma unilateral, de campesinos cocaleros a quienes les están erradicando sus matas de manera forzada, aprovechando esta situación, de exguerrilleros que ahora se tienen que ir de Ituango porque este Gobierno no les garantiza su propia existencia, de hidroeléctricas en una región como el Oriente, en donde antes eran guerrillas y paramilitares y ahora son empresas públicas y privadas que quieran quedarse con cada río que encuentran libre.

El mundo seguirá igual. No creo en las encuestas que preguntan si somos más solidarios que antes. No cambiará el sistema, seguiremos en el capitalismo, en la misma depredación de la naturaleza. Cuando todo esto acabe, lamentaremos las vidas que no están, seguirán matando líderes sociales, continuará el amago de presidente y el aire de Medellín volverá a ser la misma mezcla de hollín e ineptitud de algunos políticos y funcionarios públicos.

Mucho han comparado a la Segunda Guerra Mundial con el Coronavirus. Al final de la primera surgió la ONU, se firmaron acuerdos y tratados, el mundo supo lo cruel que era la guerra, pero le siguieron las guerras de Corea y de Vietnam, de los Balcanes y el Golfo Pérsico, de Afganistán y Siria. Igual aprendimos, igual nos seguimos matando. Decimos que nuestras vidas no serán iguales luego de esto, pero, a lo mejor, y como en la guerra, todo seguirá siendo igual.

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