Editorial edición 96. ¿Ganó el menos malo?

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Muchos se preguntan hoy como hemos llegado a una situación en que las únicas opciones para elegir presidente de la república estaban entre un candidato de derecha y otro de ultraderecha. Lo peor es que creyendo que de verdad había diferencias de fondo en las propuestas algunos analistas cercanos a la izquierda se animaron a proponernos votar por el candidato de derecha e incluso uno llegó al exabrupto de proponer votar por la ultraderecha.

 

Intelectuales tan lúcidos y sensibles como Alfredo Molano expresaron reiteradamente su convicción de que los candidatos en contienda representaban una opción o bien por la guerra o bien por la paz. Y sugería entonces votar por Santos, porque, a su juicio, era quien se la estaba jugando toda por los diálogos en la Habana con las Farc. En la misma línea, el escritor William Ospina llegaba a una conclusión contraria. Con un argumento bastante confuso, Ospina aseguraba que el mal menor entre Santos y Zuluaga era el último, y que una verdadera paz no podría lograrse sin que en ella interviniera el sector representado por Zuluaga y Uribe. Lo que nunca explicó el escritor fue cómo comprometer con la paz a un sector que vive justamente de la guerra, y cuyo triunfo electoral lo envalentonaría todavía más.

Todo lo anterior refleja una inmensa confusión en la elite intelectual de este país, sobre todo la comprometida con un cambio social profundo en favor de los empobrecidos y oprimidos. No se evidencia en la mayoría de estos analistas una comprensión cabal del momento histórico, y todo porque su análisis se queda en los alrededores de la política institucional, sin atreverse a considerar las dinámicas sociales que hay detrás de ésta.

Santos ganó, pero nosotros no podemos beber de ese triunfo porque es un triunfo de la derecha. Con Santos ganaba ella y con Zuluaga perdía el pueblo. Nuestro enemigo es la derecha capitalista y autoritaria que se ha residenciado en la casa de Nariñño, y tenemos que enfrentarla cualquiera sea la máscara que se ponga. Y sobre todo no podemos caer en la confusión en que nos querían enredar.

La primera gran confusión consiste en creer que efectivamente esta es una situación inédita, que en el pasado siempre ha existido alguna alternativa electoral frente al proyecto capitalista, neoliberal y autoritario de esta derecha. Quienes así piensan olvidan que cuando realmente dicha alternativa ha existido la derecha ha usado las armas para eliminarla. Ocurrió así con Jorge Eliécer Gaitán en 1948, cuando la derecha sintió un peligro real encarnado en un candidato salido de sus propias filas, pero sensibilizado con la suerte del pueblo. Y se repitió de forma tenaz en el contexto de las elecciones de 1990, cuando tres candidatos de izquierda, con carisma, con un proyecto popular y con todo el favor del pueblo, fueron vilmente asesinados: Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Osa y Carlos Pizarro.

Durante el resto de la historia, los partidos de izquierda han intentado construir infructuosamente un proyecto político de unidad, pero se han visto obligados más bien, por el pragmatismo político que los caracteriza, a hacer múltiples alianzas con la derecha. De hecho, cada vez que ha conquistado algún cargo de poder desde las elecciones, lo han hecho recurriendo a estas alianzas y han terminado prácticamente ejecutando el proyecto de la derecha, sin hacer ninguna diferencia. El ejemplo irrefutable lo tenemos en las sucesivas alcaldías de Bogotá, desde Lucho Garzón hasta el más vergonzoso de todos: Samuel Moreno.

La segunda confusión tiene que ver con el tema de la paz. Es cierto que superar el conflicto armado es fundamental para una sociedad que ha estado hundida por más de 60 años en una guerra sin cuartel. Pero, aunque algunos asuntos importantes de la política social se discuten en la Habana, es necesario reconocer que buena parte de las problemáticas sociales que padece este país, cuya superación es indispensable para que el camino de la paz sea posible, no pasan por allí. Además, porque si bien las Farc son la expresión de un sector importante del pueblo colombiano, tampoco pueden arrogarse la vocería de todos, que muy “amablemente” el gobierno de Santos les ha concedido.

Y como si fuera poco, tenemos que agregar que los acuerdos entre el gobierno y las Farc tendrán que ser refrendados por la supuesta sociedad civil a través de un referendo. Y los medios de comunicación están empeñados en fabricar un escenario político para rechazar cualquier propuesta que venga de la insurgencia; sobre todo intentando fijar en la conciencia ciudadana la idea de que la insurgencia es un grupo terrorista alzado en armas contra la indefensa “sociedad civil”, que son un enemigo público y que cualquier concesión a ella es una rendición del Estado. Lo que los medios promueven, y que el gobierno de Santos tácitamente ha aceptado, es que el único resultado posible de estos diálogos es la rendición de la insurgencia y su sometimiento a la justicia estatal.

Y aunque la voluntad de negociación de Santos fuera sincera, se le olvida a los analistas que ponen en él sus esperanzas, que una cosa es el gobierno de Santos tal y como ha podido ejercerse hasta hoy, y otra es como se ejercerá en el futuro. Con una bancada uribista envalentonada y vengativa en el Congreso, y con los jefes paramilitares libres y haciendo de las suyas en los territorios nacionales. Con toda seguridad, estas dos fuerzas, que son en realidad una y la misma, se pondrán en función de desestabilizar el proceso de diálogos en la Habana. Esta fuerza podría generar un caos tan grande en el país, que el gobierno de Santos tendría que atender sus reclamos más descarados o la insurgencia se podría ver tan acosada que tendría que levantarse de la mesa de diálogos y concentrarse nuevamente en su actividad bélica.

Lo que ha mostrado todo el proceso electoral este año es que la fuerza de ese sector traqueto y mafioso que llevó a Uribe al poder y lo sostuvo durante ocho años no se debilitó con la salida del “mesías” de la casa de Nariño. Y no lo hizo porque ya está profundamente imbricada y encajada con todo el aparato institucional del Estado. Pero muestra también otra cosa, no menos importante, aunque desatendida por el grueso de analistas políticos: que no es cierto que la mitad del país se haya convertido al uribismo, que de hecho más de la mitad de los colombianos sigue desconfiando profundamente de la estructura democrática del país, de las posibilidades de cambio en un proceso electoral, y de las supuestas diferencias entre los diversos matices de los proyectos políticos que la derecha pone en juego en estos procesos.

Es demasiado simple la lectura que sigue interpretando el enorme abstencionismo de los colombianos en los procesos electorales como un asunto de mera pereza o apatía política. En ello realmente se expresa el mayor inconformismo de los colombianos con sus instituciones y con las diversas propuestas que la derecha le cocina y le sirve a la carta.

Si desde los movimientos populares y sus plataformas de articulación logramos interpretar y canalizar bien esa inconformidad podremos cambiar la historia no sólo de las elecciones sino de toda la dinámica política y social, integrando a cada uno de esos seres humanos que expresan su inconformismo en la abstención, no solo como posibles electores sino como sujetos conscientes de su realidad y protagonistas en todos los niveles de los procesos de transformación social. Con ello garantizaríamos en un futuro una real fuerza electoral, capaz de poner los intereses de los sectores populares a jugar en la vida institucional. Pero sobre todo en ese momento debemos ser conscientes de que la apuesta electoral es sólo un medio, que en determinados momentos históricos ofrece posibilidades reales para la transformación social, pero que nunca es un fin en sí mismo.

Modificado por última vez el 01/07/2014

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