Periferia

Periferia

Por: Ingrid Lorena Jiménez Díaz

Amanecer con la noticia de pasar de un ensayo de cuarentena a una en propiedad, hace que muchos sean incredúlos de la situación, gente desesperada luchando hasta por conseguir un tapabocas, a otros simplemente no les interesa  tenerlos, hay afanes más urgentes: ¿qué vamos a comer? ¿Cómo vamos a pagar las deudas, los impuestos, la renta? Preocupaciones que no dan espera. Mientras tanto los medios masivos de comunicación informan que en todo Colombia existen las posibilidades de aislamiento, sin embargo, en los barrios populares, en el campo, en las periferias de las ciudades, se viven las cosas de otra manera, no como nos lo quiere pintar el gobierno de Duque en cada reunión con su gabinete, con el fin de suponer un ambiente de seguridad y tranquilidad cuando los números de contagiados suben y los  señalamientos crecen. Casualmente los que padecen tal mal son de la clase pobre, obrera, los sin salarios, los de a pie, los vendedores ambulantes, las trabajadoras sexuales, los artistas, los muchos, la mayoría.

En la  actual crisis por el coronavirus, las mujeres de los barrios populares vivimos en hacinamiento y no existe ninguna posibilidad de hacer trabajos en casa, porque simplemente los trabajos son otros que se hacen en los hogares y no tienen remuneración alguna: servicios generales, seguridad, domicilios, confección, trabajos del cuidado de personas enfermas, ancianos o niños. 

Es importante resaltar que los trabajos del cuidado y labores domésticas representan entre el 15 y 20 % del Producto Interno Bruto de los países. Ante este panorama el presidente no dijo ni una sola palabra sobre el tema, ni mucho menos fueron tenidas en cuenta estas realidades por quienes toman las decisiones locales.

En el campo muchas mujeres nos enfrentamos al olvido, al aislamiento estatal, a la marginación, la unica manera de ver la pelicula que estamos vivendo es por medio de los canales comerciales, en las  noticias solo se ven notas viciadas de intereses globales, nada es real. Mentiras contadas a medias para seguir engañando y posicionando cortinas de humo… Mensajes comerciales como “lavarse frecuentemente las manos” es una recomendación difícil de acatar cuando el  agua potable no llega todos los días por el racionamiento. Si se tiene agua para comer no se tiene agua para lavar las manos.

"Resguardarse en la casa es un elemento importante, para salvaguardar la vida”, dicen muchos. “No salir y denunciar al que lo haga, es una tarea de todos”. Sin embargo, eso no es aplicable en muchos lugares donde el hambre y las necesidades básicas no están resueltas, donde culturalmente los tejidos sociales, las relaciones con los vecinos son distintas a las que nos toca aconstumbranos en  tiempos de pandemia… Empezando porque muchas no tenemos claro qué es,  ni mucho menos qué implicaciones tiene.

Todas estas condiciones originadas e implantadas a las mujeres, a las clases pobres, ponen en confrontación al gobierno y al Estado, motivan a que Organizaciones feministas barriales hagamos el llamando a todas las mujeres organizadas o no, para construir estrategias que nos permitan juntarnos y contextualizarnos de lo que realmente está pasando. Descubrir, investigar, leer hasta de manera colectiva, y compartir el conocimiento con otras es el reto.  Superar los obstáculos tecnológicos y dar la batalla ahora desde las ideas, la comunicación en estos tiempos de crisis es clave.

Como mujeres hemos construido encuentros virtuales que nos han permitido informar sobre las luchas populares y feministas históricas, y que con o sin Coronavirus siguen en pie. La pandemia no la  entendemos como un hecho social del momento, sino que esta asociada a la crisis estructural que están viviendo los estados neoliberales como el nuestro y que por ende nos afecta directamente.

Todo este proceso coyuntural de salud pública, el colapso de las pequeñas economías y demás, nos están confirmando que los movimientos sociales en Colombia, Latinoamérica y el mundo tenían la razón, que todas nuestras exigencias y reivindicaciones son legítimas y que los Estados y los gobiernos no tienen las infraestructuras sociales ni culturales para poder garantizar nuestros derechos.

En nuestros espacios nos hemos acogido a la premisa que distanciamiento físico no implica un aislamiento social. Es decir, nosotras debemos pensar en como sostener  las luchas populares y feministas, nos preguntamos entonces ¿cómo hacer resistencia a la gestión de los estados patriarcales de la vida cotidiana en medio de la pandemia? Ejemplo de ello lo que está haciendo el gobierno colombiano con la entrega de los mercados bajo un argumento de solidaridad, cuando entendemos que en realidad no es más que corrupción en la contratación y tercerización. O las líneas de atención de violencias de género que nunca responden a pesar de que las cifras de maltrato en tiempo de cuarentena han aumentado un doble, o hasta el triple de casos (98.583) en comparación con el  año pasado, y ni hablar de los feminicidios, problemas de salud mental, entre otras.

¿Cuál es el llamado como feministas populares para afrontar la pandemia? Mantener la lucha de los comunes. Es el momento para seguir legitimando las demandas y exigencias al Estado y clases tradicionales burguesas por la garantía de nuestros derechos para la vida digna, no mediada por el lucro sino por el bienestar general. Reformas estructurales, polítcas públicas, leyes a favor de nosotras las mujeres, planes de desarrollo, políticas ambientales, y salud integral.

El camino es la resistencia, la autonomía, y la auto- gestión. Interiorizar esa premisa que descentraliza el autocuidado, según la cual “el estado no me cuida me cuidan mis amigas". Recurrir a la medicina preventiva y ancestral como nos lo han enseñado las mujeres bolivianas.

El momento histórico requiere generar y fortalecer las organizaciones barriales contra el hambre, además de construir estrategias colectivas que nos permitan organizarnos y ser empáticas con los vecinos. Brindar ayudas solidarias más allá del asistencialismo, y hacer veedurías a la entregas que está haciendo el gobierno nacional, regional, y local.

También seguimiento a los decretos establecidos por la administracción local, regional y nacional (movilización individual, pico y cédula, pico y género, educación virtualizada, obligaciones de los trabajadores de salud, entre otras). Redes locales con vinculación a lo regional y nacional que brinden ayuda frente al manejo de la salud mental en confinamiento (ideas suicidas, miedo al contagio, miedo al futuro, depresión, ansiedad, deudas).

Economías del trueque y comercio amparadas bajos los principios de solidaridad, esto ha permito sostener y apoyar económicamente familias, además de hacer donaciones a procesos barriales feminitas manteniendo el precio justo. Redes para socializar estrategias de cuidado y auto-cuidado durante y después de la cuarentena.

Redes de compras sin intermediarios (mercados virtuales presentando los productos de las personas), red de productos locales e inter-veredales y barriales promocionándolos entre los vecinos y amigues. Construir tejidos, escuchar las posiciones de las otras y desde allí hilar propuestas para mantenernos vivas en la pandemia y posterior a ella.

En este contexto nos queda no perder de vista que la juntanza es la salida para hacer fuerza y seguir con la resistencia, ejerciendo un papel protagónico que motive a otras y otros exigiendo el libre cumplimiento de sus derechos, y la garantía de una vida digna, soberana y autónoma. Nuestro deber es seguir salvaguardando la vida, sin embargo no basta con defendernos contra el  virus si es el mismo estado quien recrudece la situación con sus decretos, sanciones, desigualdades, injusticias y exclusión.

Es por eso que hacemos el llamado, y lo seguiremos haciendo hasta que muchas más despierten y se unan a nuestras luchas, que son las mismas. La lucha es contra un virus, pero también contra un mal gobierno, contra las clases dominantes. Seguiremos generando conciencia colectiva con cada vecino, con la señora de la tienda, con amigos, con las guardias indigenas que hacen su trabajo desde la pedagogía del amor. Ellas no dan sabiduría desde sus territorios ancestrales sobre cómo cuidarnos entre todos sin militarizar la vida. Dejamos este mensaje de solidaridad y compromiso colectivo para mantener las redes abiertas.

 

Fotos tomadas de: Ciudad en Movimiento

Tuesday, 28 April 2020 00:00

En Altos, voces y trapos rojos se alzan

Texto: María Camila Carmona, Carolina Villalba y Daniela Zuluaga

Fotos: Julián Jiménez, María Camila Carmona y Ruido

Estos tiempos donde no sabemos qué nos deparan los días, donde los gobiernos que nos rigen no son conscientes de las necesidades de los territorios que habitan, donde el hambre se agudiza y se empieza a convertir en la peor pandemia de todas; sentimos la necesidad de unir fuerzas para acompañar desde la palabra, la presencia, y la convicción de que juntos y juntas podemos emprender acciones colectivas de resistencia a las prácticas individualistas y poco empáticas que se van posicionando con fuerza y sin distinción alguna. Como bien dice Caparrós: “El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre”.

Altos de la Torre es uno de los tantos barrios no legalizados de la ciudad de Medellín, está ubicado en una de las periferias de la comuna 8. Allí, las prácticas de resistencia y solidaridad han hecho que pese al abandono estatal, se sientan “viviendo en el Poblado”, como menciona una de sus lideresas después de contar que ahora gozan de vías de acceso, energía y  camillas por si hay algún enfermo. Beneficios que como muchos otros, se han logrado gracias al convite y la “gestión” de sus mismos habitantes.

Es también el barrio que nos permitió acompañar a algunas de sus mujeres desde el ser maestras, el mismo barrio que con trapos rojos en sus casas llama a gritos la dignidad, un grito cada vez más agudo porque el hambre no da espera. “Mis animalitos y yo no teníamos nada que comer, yo creo que me va a tocar volver a salir a trabajar porque no nos podemos morir de hambre”, decía una de las mujeres que como muchos y muchas encuentra en las ventas informales su sustento diario, “¿dónde están las supuestas ayudas de la alcaldía?”. Por eso alzamos la voz, con ellas, para que se sientan acompañadas en su lucha, que no están solas, ni sus familias y vecinos.

Las voces del pueblo se escuchan rozando el cielo como una plegaria en la mañana que se levanta entre un círculo de mujeres. Al decir: “primeramente, gracias a Dios por esto que hoy estamos recibiendo y a ustedes por subir hasta acá”,  a nosotras nos hace eco este rezo como un resonar de esperanza. Una comunidad que narra su cotidianidad a través de escenas que le dan sonoridad, por medio de un fogón de leña encendido, a través del cacareo de las gallinas en el corral, y entre palabras místicas que nos regalan diciendo: “que dios las suba al cielo y las vuelva a bajar”.

Cada mirada tan profunda y determinante pareciera que nos pusiera en un estado de levitación, pero como bien nos decía alguna vez una de las lideresas: "el dolor siempre va a existir, pero no para paralizarlo a uno, sino para enseñarle a caminar’’.  Todo al unísono, entre el orar y el andar, nos hace entender que esta es una invitación a caminar –con los pies en la tierra–  uniendo estas realidades que nos nombran como pueblo que va hacia la esperanza en su modo de vivir, como diría Cabral, en su canción Buen día América del Sur:

Hay una forma de saber tu casa y es la misma forma de saber tu patria, hay una forma de saber tu patria, y es la misma forma de saber el mundo. Hay una forma de saber el mundo, y es la misma forma de saber el cosmos. Hay una forma de saber el cosmos, y es la misma forma de saber tu alma. Hay una forma de saber tu alma, y es la misma forma de saber tu casa, sabe tu casa no más y lo sabrás todo.

Una casa llamada la 8, que nos deja la puerta abierta y nos dice: “¿cuándo van a subir para hacer un arroz con leche en leña y a pilar mazamorra?” Una casa que nos ha hecho saber el mundo como una realidad posible y diferente, como una verdad de lucha que sin decir mucho, nos enseña a entregarlo todo en comunidad.

 

 

Referentes

Caparrós, M. (2018). El hambre. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta Colombiana.

Facundo Cabral. (1972). Buen Día América Del Sur. En Buen Día América Del Sur [LP]. España: RCA Victor.

 

Monday, 27 April 2020 00:00

El patio de mi casa

Texto: Malú

Ilustración: Valentina González

En esta situación observo que "el patio de mi casa es particular, se llueve y se moja pero no es como los demás".

Vivo en medio de una pandemia llamada microtráfico. En donde el hambre no tiene cara. Cuerpos de hombres y mujeres expuestos al virus porque el estómago no da espera. Se mueven entre billetes que no son de ellos, pero necesitan camellar, ahora no hay trabajo.

Se escucha: ey, ¿un blond o un crespo? ¿A cómo el popper?  ¿Ha subido o vale lo mismo?

Para esto no hay regateo, los compradores saben muy bien que cuesta una papeleta de perico, o una de tusi, la llamada diadema, ese polvo rosado vendido por la reina del tusi que se hace en mi patio toda la noche y lo camufla en sus pechos. Es una mujer mayor que, para no ser agredida o disimular ante la policía, la acompaña su amante, un migrante mayor que la susodicha ve noche tras noche en el mismo desván.

Yo, desde mi casa, no puedo objetar, porque mi patio es una plaza de drogas. Los mandamás me callarían y sirvo más estando viva. Ellos no usan tapabocas o guantes, dicen que el virus es un invento, que están sanos, otros dicen que si se han librado de los tombos, Dios los librará de esto.

Es normal ver cómo vienen de todos los lados a comprar, como si fuese feria, entre risas musitan: “que falte todo menos la marihuana”.

Juana, una mujer en extrema delgadez, esconde los paquetes entre matorrales mientras llega la hora de la venta. Juana es prostituta, pero en esta situación no puede trabajar, sus clientes están encerrados, por eso buscó la manera de levantar para comprar una libra de arroz, cinco huevos, panela para hacerle cena a sus pequeños, compró además cuido para su gato. Sin importar lo expuesta que esté. No puede coronar hombres, pero posiblemente el virus se la corone a ella.

Marcos, un trabajador de construcción, se le veía pasar a consumir, incluso peleé con él porque el olor a maracachafa, como yo le digo al cannabis, lo evaporaba al lado de mí ventana. Objeté por esta acción, y yo terminé siendo el ogro del barrio.

Marcos esta vez no fue a fumar, ni a comprar, estaba de jibaro, me dolió ver a este tipo comercializar la droga, pero tenía que ajustar para el arriendo porque el cucho de la casa quería sacarlo a él y su familia. Acá no aplica el vivir honradamente mientras pasa la pandemia, eso es para otros sectores, si no paga, hay unos que hacen que pague con fierro en mano. A Marcos no le exigieron un currículum, experiencia, simplemente los lanzan como carne de cañón a movilizar lo que manda la parada en un sector que no cumple leyes.

A mi puerta se han acercado personas que, en su momento, tuvieron abastecimiento pero la situación del covid-19 cambió sus vidas. Señora, ¿tiene manera de ponerme en una lista para una ayuda?, con la cara baja por vergüenza a pedir. Por eso digo que el hambre no tiene cara, le respondo: señor, en cuanto pueda le comparto, porque eso no es cuestión de dar es de compartir.

Mi barrio es otro mundo, en donde cada quien piensa en sí mismo, lucha por sobrevivir a costa de una muerte fija, a los que se les llenan las arcas no les interesan sus trabajadores.

Un mundo tan distinto al de los que, desde el privilegio, están protegidos, ataviados de comida. Pensando en la comodidad de sus casas, en cómo no salir gordos de está cuarentena.

Muchos saldrán como vacas, otros ya no saldrán.

 

 

 

 

 

 

Texto: Equipo Jurídico Pueblos

Ilustración: Botello

Los campos de exterminio fueron “fabricas de muerte” que emplearon los nazis durante la segunda guerra mundial en su proyecto de salvar el capitalismo europeo de la amenaza de los países socialistas. A diferencia de los campos de concentración, cuya esencia era la mano de obra esclava, el objetivo central del campo de exterminio fue asesinar en masa a población que no encajaba en el proyecto hegemónico nazi. 

La crisis estructural de las cárceles colombianas hace que esta institución concentracionaria se asemeje a los campos de exterminio nazi. Aquí la racionalidad se explica desde la adopción de una política criminal en la que predomina la seguridad por encima del respeto de los derechos de los presos y presas, y que busca encarcelar al pobre, al disidente, y a todo aquel que no encaja en el proyecto de sociedad capitalista. 

La diferencia del campo de exterminio con la cárcel colombiana es la prontitud en que ocurre la muerte física y simbólica de la persona privada de la libertad; mientras que en la primera experiencia la muerte ocurría de manera pronta, en la prisión el exterminio se da paulatinamente, exponiendo al detenido a una vida desnuda entendida esta como “la desposesión material y simbólica experimentada por los internos en una situación de control severa y arbitraria”[1].

El corona-neofascismo

El escritor argelino Albert Camus sentenció: “La peste reaparece cuando nadie ya la esperaba, porque el bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido durante décadas, en los muebles o en las camas, aguardando pacientemente en los dormitorios, los sótanos, los cajones, los pañuelos y los papeles viejos, y quizás un día, sólo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas”.

Todo indica que en La Peste, novela escrita en 1947 y publicada en 1951, Camus hacía alusión al regreso del fascismo en Europa. Lo asimila a una peste que se extiende pero que lleva a la in-movilización (cuarentena) de las luchas sociales. Hoy el neo-fascismo encuentra su mejor pretexto para expandirse en el covid-19 que origina un despertar masivo de las ratas. 

El virus covid-19 es selectivo y clasista, como lo es la política criminal que persigue la pobreza. Los ricos podrán soportar el tiempo que sea necesario para evitar la pandemia, incluso tienen asegurado una cama con ventilador en una UCI de un hospital privado. Así como la pandemia del covid-19 mostró el rostro asesino del capitalismo, para el cual la salud es un negocio, el virus letal también permitió conocer la tragedia de quienes están hacinados en los centros de reclusión colombianos.

El hacinamiento, sumado a las precarias condiciones de alimentación, salubridad y atención en salud, son condiciones propicias para que el virus se esparza con facilidad y genere un exterminio masivo de población privada de la libertad. Situación extrema que era perfectamente previsible, y denunciada, desde hace décadas.

Al momento de escribir este artículo, el covid-19 ya había contagiado a más de 2.5 millones de personas y causado la muerte de 172.551 en todo el mundo, según cifras de la Universidad Johnks Hopkins. En Colombia el número supera los 4.149 pacientes confirmados y los 196 muertos.

En el Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad de Villavicencio ya se han confirmado 70 casos positivos y 3 muertos por covid-19, todos adultos mayores. Esta cárcel reporta capacidad para 899 presos, pero su población interna es de 1814, lo que equivale a un 101,8% de hacinamiento.

Por otro lado, el 18 de abril en la cárcel Picota de Bogotá y Las Heliconias de Florencia, se confirmaron varios casos de detenidos que resultaron portadores del coronavirus. Ellos resultaron contagiados porque estuvieron en contacto con internos de Villavicencio, que fueron trasladados de manera irregular a esos establecimientos. Quienes sostuvieron contacto con estas personas infectadas no han sido aislados. Al contrario, ya fueron ubicados en los patios con otros detenidos. Toda una cadena de actuaciones que parece premeditada. La muerte implantada, al mejor estilo del nazismo.

Decreto (No. 546) de pena de muerte: La trampa del ilusionista

El anunciado decreto para descongestionar las cárceles colombianas es un saludo a la bandera que condena al exterminio a la mayoría de las personas privadas de la libertad. Su redacción, medidas y alcance reflejan el carácter genocida de la clase política que gobierna Colombia.   

El 21 de marzo de 2020, mientras los presos de varias cárceles del país realizaban un cacerolazo exigiendo medidas de fondo para afrontar la pandemia, fueron masacrados en total estado de indefensión 23 reclusos en la cárcel Nacional Modelo de Bogotá, mientras que otros 85 resultaron heridos con arma de fuego. Esa fue la antesala de jornadas de protestas expresadas en desobediencias, huelgas de hambre, plantones, comunicados y acciones urgentes que replicaron miles de presos.

La respuesta del Fiscal General de la Nación ante la masacre fue des-informar sin prueba alguna, afirmando que lo ocurrido el 21M fue un plan de fuga liderado por el ELN. Una vez más, se protege a los responsables de los crímenes de lesa humanidad y el genocidio con la vieja táctica de desviar la investigación. Simultáneamente, la ministra de Justicia Margarita Cabello Blanco, en rueda de prensa disparó la frase que resume la necro-política del uribismo: “Lo que hubo fue un intento masivo y criminal de fuga en el centro penitenciario de la Modelo y motines en varios centros penitenciarios del país". "Hoy no hay un solo contagio, ni un privado de la libertad, ni del cuerpo administrativo o de custodia que tenga coronavirus o que podría estar aislado por coronavirus”, luego concluyó que “ningún preso logró fugarse”. 

Es cierto, ningún preso se fugó, pero 23 fueron asesinados por la guardia, a muchos de ellos les faltaba poco tiempo para obtener libertad, otros tantos jamás debieron llegar a la prisión. Esa noche Bogotá estaba bajo un simulacro de cuarentena, sus calles estaban vacías, la tesis de la fuga era absurda ya que ante un acto desesperado por parte de los internos su recaptura era cuestión de horas.

Transcurrieron 23 días para que el gobierno nacional expidiera el Decreto 546 de 2020 con el que supuestamente buscaba reducir la población carcelaria a través de la detención o la prisión domiciliaria.  Según los cálculos iniciales del Ministerio de Justicia, estas medidas permitirán la salida a sus casas de aproximadamente 5.000 personas.

De acuerdo con las cifras del Inpec, el hacinamiento en los establecimientos carcelarios del país, a febrero de 2020, era de 53,7%. Actualmente, la capacidad penitenciaria del país es de 80.763 cupos. Sin embargo, la población privada de la libertad es de 124.105. Así las cosas, quienes se irán a sus casas representan solo el 3,3 % de la población recluida.

Los beneficiarios del cuestionado decreto serán los presos y presas mayores de 60 años, madres gestantes y lactantes o con hijos menores de 3 años dentro de los establecimientos penitenciarios, personas que padezcan enfermedades graves o en condición discapacidad, quienes hayan sido condenados a penas menores de cinco años, o hayan cumplido el 40% de la sanción. Sin embargo, en ninguno de estos casos se podrá otorgar la detención o prisión domiciliaria a quienes estén vinculados y vinculadas por una larga lista de delitos excluidos. La norma pretende favorecer a personas sentenciadas o sujetas a detención preventiva por delitos culposos, lo que representa un mínimo de la población, pues difícilmente por esta modalidad de punibles se llega a la prisión.

En total, 79 delitos quedaron por fuera de toda posibilidad de conseguir prisión o detención domiciliaria transitoria. Entre ellos figuran todos los relacionados con la protesta social, rebelión, terrorismo, concierto para delinquir, entre otros que normalmente imputan a miembros del movimiento popular. Campesinos, compañeros y compañeras de movimientos sociales, barriales, y estudiantiles que están actualmente privados de la libertad fueron condenados a muerte. También se excluyeron los delitos de drogas, el cual está entre los cinco delitos más numerosos de las cárceles. Un estudio que hizo DeJusticia mostró que más del 15% de la población carcelaria está presa por tráfico de estupefacientes en pequeñas cantidades. Este porcentaje es mayor en las mujeres.

Los otros delitos punibles con mayor población en prisión son hurto agravado y calificado, homicidio y concierto para delinquir, los cuales casi siempre están relacionados con condiciones de pobreza y marginalidad del condenado. Todos fueron excluidos del beneficio previsto en el Decreto, que vale la pena decir es temporal,  pues vencido el tiempo de vigencia de la norma, los internos tendrán cinco días hábiles para presentarse ante los jueces de control de garantías quienes definirán si ya cumplieron sus penas o deben regresar a prisión.

En suma, a las jornadas de protesta carcelaria, las recomendaciones hechas por organismos como la Comisión Interamericana de derechos humanos de la OEA y muchas otras voces que exigieron medidas urgentes, el gobierno Duque responde con una norma inocua.

Fiscal duquista y genocida

El 6 de abril, el fiscal general de la nación, Francisco Barbosa –íntimo amigo del presidente de la república–, envió un documento de 17 páginas al gobierno y las altas cortes con sus observaciones al borrador del decreto legislativo.

En esencia se oponía a la excarcelación masiva de presos, justificándose en un discurso estigmatizador y prejuicioso, a través del cual se reafirma una cultura segregacionista que tiene alto peso en la sociedad colombiana. Barbosa afirmó que “la criminalidad (quebrantando el principio de presunción de inocencia de los sindicados) es más peligrosa que la pandemia”; e implantó un falso dilema entre los derechos humanos de la población reclusa y la seguridad ciudadana. El fiscal legitimó el genocidio en curso en las prisiones de Colombia.

Barbosa se inclinó por una “excarcelación minimalista”, es decir la salida del mínimo posible de presos y presas, bajo el argumento de que estas medidas “pueden alentar la criminalidad al propiciar una sensación generalizada de impunidad”. Este fue el criterio que finalmente primó, junto a la idea de que es preferible someter a la pena de muerte a las personas encarceladas para evitar un peligro –abstracto y discursivamente creado– contra la sociedad. La población reclusa fue deshumanizada y demonizada. La clásica fórmula a través de la cual las clases en el poder han construido las alteridades negativas, para justificar su aniquilamiento.

Lo que se requiere para evitar una masacre

El movimiento nacional carcelario ha planteados propuestas concretas y serias para afrontar no solo la crisis provocada por el covid-19, sino para superar el problema estructural carcelario. El gobierno debe escuchar sus peticiones.

Ante la situación inminente de una propagación acelerada del virus, como mínimo se requiere la excarcelación del 40% de la población carcelaria. Por lo tanto es necesario expedir un nuevo decreto que suprima o limite drásticamente el artículo 6 referente a las exclusiones, y aumente la cantidad de reclusos beneficiados.

Pero adicionalmente urge nombrar más jueces de ejecución de penas que apliquen no solo las medidas de excarcelación extraordinaria, sino también la legislación vigente sobre libertades. Igualmente reestructurar las oficinas jurídicas de las cárceles, que igual que la rama judicial son monumentos a la decidía y modorra burocrática.

Se necesita una excarcelación maximalista. En Brasil, con un ultraderechista en el poder y donde hay unos 690.000 reclusos, liberaron a casi 30.000 personas. En Irán, donde hay unos 230.000 presos, excarcelaron a más de 85.000, el 36 %. En Indonesia salieron 30.000 personas para evitar el hacinamiento. En Italia anunciaron la libertad con vigilancia electrónica para alrededor de 6.000 reclusos.

Deben existir medidas diferenciales para las personas bajo detención preventiva, pues mientras no sean condenadas se consideran inocentes. Según cifras del Inpec, el 33% de los internos en cárceles son sindicados, es decir casi 41.000.

Asimismo, deben adoptarse medidas de tratamiento diferencial para las mujeres, en su mayoría pobres y a cargo del cuidado de niños y niñas o ancianos y ancianas. Se necesita también un procedimiento expedito que permita la excarcelación de manera inmediata, pero con posibilidad de acudir a la doble instancia, opción cercenada en el Decreto de Duque.

Es fundamental adoptar medidas concretas según la realidad de cada cárcel. Hay centros penitenciarios donde el hacinamiento está incluso por encima del promedio nacional. Además, fortalecer el sistema de salud penitenciaria, garantizar el abastecimiento de agua potable 24 horas al día y la implementación real de protocolos de contención y prevención del virus al interior de los establecimientos.

 

[1] Resistiendo la "Nuda Vida": los prisioneros como agentes en la era de la Nueva Cultura Carcelaria en Colombia, 2015. Disponible en https://revistes.ub.edu/index.php/CriticaPenalPoder/article/view/9853

 

 

Wednesday, 22 April 2020 00:00

Bandera rojo invisible

Texto e ilustración: Valentina González

En el centro de Medellín ya nos habíamos resignado a vivir día tras día entre el aire más fétido del valle, pero hoy la alerta roja se alza por otras razones igual o más preocupantes. Nos vemos hoy en un confinamiento que está excavando cada día la raja insoldable que separa nuestra sociedad mediante el dinero y la posibilidad de sobrevivir entre la frágil economía.

La crisis no es algo nuevo, la presencia del covid-19 en la ciudad, y en el país en general, solo ha hecho evidente lo que se ha intentado ocultar durante años, porque esta distopía que hoy caminamos tiene raíces profundas en nuestro suelo. Pareciera que los Colombianos hemos cimentado nuestra identidad desde los causes del Hambre, la desigualdad, el miedo y el dolor, no por nada el rojo sigue presente  y creciente en nuestra bandera Nacional.

Hoy escucho desde mi ventana, mientras escribo desde la comodidad de mi clase media, como a pocas cuadras de distancia la gente golpea sus cacerolas y grita porque no hay esperanza. El olvido al que se han sometido los empobrecidos durante años, hace que la única presencia estatal ante la vulnerabilidad de esta cuarentena sea la vigilancia constante del ejército y la policía en las calles, el arrinconamiento e identificación de los transeúntes y los operativos de desalojo en los inquilinatos, ofreciendo casi ninguna solución efectiva para montones de personas que hoy están en riesgo de morir de Hambre.

Entre tanto, veo como el abogado con el que convivo recibe una orden de teletrabajo de su superior, uno de los empresarios más acaudalados de la ciudad. Le ordena suspender masivamente la mayor cantidad de contratos laborales posibles, utilizando todos los tropiezos y vacíos que la ley y los actuales decretos puedan tener. Este Patrón, como muchos otros, no ha logrado tomar suficientes respiros entre whisky y whisky, y se ha olvidado de la situación a la que está arrinconando a quienes han cedido, desde sus derechos mínimos laborales hasta su libre ejercicio de la democracia, con tal de continuar en sus puestos de trabajo.

Cuando voy  al mercado veo como cada vez más y más casas de este borde del centro se van tiñendo de camisas rojas, mientras que en las redes sociales nos invaden con retos creativos para abolir el tedio, o rutinas para mantenerte delgado y sonriente, otras maneras para que no sea tan difícil la autoexplotación desde casa –¿en serio me dicen que soy un héroe si me quedo en casa compartiendo memes, hipnotizado ante las pantallas brillantes todo el día?– Y es cierto, a otro montón de personas no les importan ni saben de esas banderas rojas, solo cuentan los días para volver a la normalidad.

Voy al jardín cuando gana la ansiedad, allí me siento a ver cómo pasa todo en el exterior. Pasa un niño venezolano recolectando comida por todas las casas, pasa una anciana vendiéndome dulces, pasan los carreteros con cada vez menos verduras, pasan los innombrables de la cuadra en sus negocios turbios de siempre, pasan los carros de jóvenes recogiendo ayudas para sus barrios periféricos. Y pienso: ¿es insuficiente esto que logro compartir?, porque la desigualdad es tan evidente y tan violenta, que ahora solo quisiera salir a las calles y romperlo todo, gritar en contra de quienes quieren aumentar sus cuentas bancarias a costillas de la vida de todos. Pero no puedo, ni podré en un buen tiempo.

Es extraño, y sobre todo escalofriante, ver como los libros de ciencia ficción que devoraba en mi adolescencia ahora son ciertos. Este lado de la historia la versión no estará acompañada de alta tecnología ni de viajes interplanetarios, solo nos tocará la avanzada totalitarista ya anunciada. Desde aquí puedo observar la ciudad con la enorme sensación de estar a punto de desbordarse, y con la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

Texto: Icaria

Ilustración: Orión

En tiempos sombríos, ¿se cantará también?

También se cantará sobre los tiempos sombríos

                                                                                                                                                                                            Bertolt Brecht

Han sido muchos los impactos desde la irrupción del covid-19. Lentamente se configura un parteaguas sobre los últimos 50 años. La punta de un iceberg económico promete un agudo panorama entrado en crisis. En lo que va corrido del año, la cadena productiva ha tenido duros embates para sus últimos eslabones. El consumo, recluido a intramuros, propone a WhatsApp, Facebook, Netflix, entre otros, como una rara forma de continuismo de capital. Son otros renglones de la economía quienes brindan un respiro al asfixiado momento productivo, para no hablar de la industria farmacéutica por su puesto.

Al detenerse sobre los indicadores del año anterior, surge un evidente contraste: la ocupación hotelera en Colombia alcanzó un 57,8%, los ingresos nominales de las agencias de viajes aumentaron un 3,7%. Además, los ingresos de los hoteles subieron un 10,6% si se le compara con el 2018. Según el Banco de la República, el PIB de obras civiles aumentó el 13%, la actividad financiera un 8,2%, a la par de la construcción de obras viales que generó un ascenso del 13%.

Estas brillantes cifras correspondientes al periodo anterior, parecen ahumadas en medio de una cuarentena que deja frágil el consumo interno. Todas ellas atañen al desarrollo de un modelo que impulsa y estimula la actividad extractiva, la folclorización cultural en medio del turismo y el equipamiento a gran escala por cuestiones logísticas de la actividad minero-energética. Desde el inicio del confinamiento voluntario la economía colombiana ha mostrado graves signos de laxitud. La postal drástica que golpea el consumo, pilar elemental en la cadena de flujo, se repite en todo el mundo.

Hay quien argumenta la creación del patógeno en algún laboratorio de Estados Unidos. Malaria reforzada, cadenas de VIH, y SARS, parecen un coctel servido por el Pentágono al candor de una China efervescente y adversada en el terreno comercial. La potencia del norte tiene capacidad meritoria que sustenta una idea de este tamaño. Sin embargo, aún no hay evidencia científica que pruebe un mordaz ataque. En contraste, La revista Nature Medicine, publicó un artículo que expone de manera sintética un estudio realizado a la cadena del virus, en él se concluye con fuerte evidencia que no hay derivación alguna de la espina de otro virus conocido, por tanto, no hay manipulación genética.

Resulta innegable la afección económica al compás del neófito Covid-19, no siendo escenario reservado al comercio chino. La economía global hoy está al borde de una crisis, más allá de las conspiraciones químicas, el sistema de acumulación se tensiona en el corazón de sus más sensibles fibras. El pasado 9 de marzo, las bolsas mundiales sufrieron una de las más duras caídas, desde entonces la situación parece empeorar. A pocos días, el 16 de marzo, la bolsa de Nueva York, (con estabilidad distinguida) despertó con una caída de casi el 16%, acercando su panorama al Ibex 35 de España y a la bolsa italiana, países duramente golpeados por el mismo influjo.

La crisis derivada de esta pandemia nos recuerda el 2008, una crisis financiera producto de la burbuja inmobiliaria de EEUU, contagiándose en primer momento la economía norteamericana y luego el resto del mundo, tal como hoy lo hace el covid-19. La crisis del 2018 derivó en una gran crisis alimentaria que evidenció el desplome del edificio bursátil. Este episodio, bautizado como La Gran Recesión, obtuvo un gran héroe: la economía China, quien esquivando este episodio pudo salvar la economía de su lodo crítico. ¿Qué tiene en común este episodio con la pandemia decretada?

Para cuando la OMS adjetivó a tamaño de pandemia el virus, el miedo se apoderó de todas nuestras fibras sociales, de allí brotaron incalculables preposiciones, casi todas sugerentes al colapso dirigido. A partir de la explosión viral, han muerto alrededor de 178.000 personas en el mundo, cifras que a simple vista podría resultar beneficiosas al actual modelo productivo, teniendo en cuenta que en su mayoría los decesos fueron de adultos mayores, personas que ya no están en edad productiva y por el contrario demandan gastos al modelo social. También es innegable que por cuenta del covid-19, el estallido social, que venía recorriendo el mundo, ha sido desplazado por una agenda de cuarentena. No obstante, hay otros hilos por tejer, el coronavirus parece brindar mayor margen de inestabilidad al modelo, que propiamente beneficiarlo.

China sostiene en sus manos algo más que un tamaño comercial, recordemos que durante la recesión del 2008 fue refulgente su papel. El gigante asiático tuvo que realizar una hazaña, a través del endeudamiento pudo sortear una serie de paquetes y estímulos que le permitieran salir relativamente indemne del fiasco. No solamente sorteó el crítico panorama, sino que le dio un vuelco a la polaridad mundial y al orden económico, convirtiéndose en esencial arteria para el ordenamiento planetario. La mecánica del capital conecta, entonces, una crisis asiática con el resto del mundo.

Este contexto pareció ignorado por la Casa Blanca. Al inicio del brote, tuvo hilarante recibimiento la entonces epidemia. Entre mofas, Trump celebró el castigo divino a la economía China. Pasó por alto la conectividad globalizada, pero poco a poco un miedo ortopédico fue corrigiendo su sonrisa. No habría sido necesario un juicioso estudio para entender que la aparición del virus, en el contexto de consumo masivo, ciudades superpobladas bajo el fundamento de segregación espacial, una economía globalizada y precarias condiciones sanitarias, harían del virus ahora sí, un mortal ataque al funcionamiento del sistema global.

El objetivo de la inversión capitalista no es propiamente incrementar la productividad, es obtener una mayor tasa de beneficio. Sin embargo, para cumplir esta meta, el capital sí necesita incrementar la productividad, y para ello nuevos medios de producción que ahorren trabajo.

Para el caso chino esta tasa ha sido gravemente desacelerada, con un porcentaje importante de su fuerza de trabajo confinada durante los pasados meses, los índices de beneficio se han desplomado. En la recién apertura, la fabricas operan a tan sólo un 60% de su capacidad, la producción industrial, midiendo actividad manufacturera, minera y de servicios públicos, cayó un 13,5% en lo que va corrido del año. Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas de China (ONE), el índice de gestores de compras, indicador de referencia del sector, cayó 14,3 puntos hasta los 35,7, después de haber alcanzado los 50 en enero de este año.

En tanto, esta restricción productiva ya afecta a compañías multinacionales como Apple, Diageo, Jaguar, Land Rover y Volkswagen, quienes no sólo están conectados al mercado asiático, sino que sostienen una clara relación de dependencia. David Harvey afirma que las crisis del capital son imposibles de solucionarse, la propiedad privada como modelo productivo es en sí misma una crisis. Por ello debe recurrir entonces al traslado geográfico de sus contradicciones, bien sea por la vía de la descentralización voluntaria o por el camino de la guerra económica y militar, de lo contrario habría rupturas irreparables.

Siendo este el paisaje, ¿cómo el capital solucionaría esta crisis prevista?, teniendo en cuenta que China probablemente no pueda repetir su redentor papel de 2008, la Unión Europea arroja intermitentes señales de recuperación, Italia se ahoga en un pantano hervido con endeudamientos públicos, el Reunido Unido da exiguos signos heroicos ante esta situación, y España tiembla ante el fantasma de una nueva crisis del sector inmobiliario. Además, para la reposición de esta catástrofe, será necesario algo más que el tonto concepto de resiliencia.

Ante este nerviosismo, la respuesta desde las élites ha sido digna de una tragicomedia. La imagen graciosa y lejana del "virus chino" se tornó terrorífica, cuando rebasó las fronteras del país asiático, únicamente fue necesario el brote italiano, para que se generara una cadena de pánico. A mediados del mes de marzo ya se contaba una caída superior al 30% en las bolsas de valores de todo el mundo.

Estados Unidos propuso reducir las tasas de interés en las reservas federales, resucitando el viejo fantasma que le acosa desde el 2008. Trump no oculta su deseo fetichizado en el petróleo venezolano, teniendo en cuenta que el pasado 23 de marzo el precio del crudo Brent se desplomó casi 30% durante la apertura de los mercados en Asia. El mandatario, de repente ofrece dinero por la cabeza de Nicolás Maduro. En Colombia, ante el incendio económico, el "presidente bombero" Iván Duque de inmediato ofreció transferencia de fondos para aliviar el sector financiero. El sistema de acumulación imperante un día se despertó con el brusco confinamiento de sus consumidores, el eslabón más importante del modelo productivo de la noche a la mañana demostró su flacidez.

En los borradores de El Capital o Grundrisse, Marx sostuvo que la caída en la tasa de ganancia es una patología de las crisis, reduciendo la intención inversora de los capitalistas. Este no es un movimiento mecánico; al decaer dicha tasa, la más próxima tendencia en la economía mundial es fomentar la especulación, camino inevitable a una recesión mundial. La sobreproducción es un exceso de oferta, siendo la depresión la continuidad de una crisis sistémica. El nuevo Covid-19 instaló inoperables condiciones para la cadena de consumo, llevando el escenario a una sobreoferta de algunos bienes y servicios, con el agravante de que los ricos no se resignan a recibir la reducida tasa de ganancia. El estrés en la actividad especulativa y la reducida rentabilidad nos abren la puerta a una crisis económica, causada por la naturaleza misma del modelo, basado en el acaparamiento y el despojo.

No se equivocaba Marx. La mercancía no es un objeto, es una relación social. Ahora que las relaciones sociales de producción han sido modificadas no sólo advierten crisis, se desnuda una realidad. Largos periodos de neoliberalismo jamás han asumido una gestión adecuada del riesgo, por lo menos en cuanto nuestro país respecta nunca se le ha tomado como una categoría social. Las deficiencias en equipamientos hospitalarios resaltan con aguda pronunciación, la sombra de la ley 100 castiga con látigo la espina dorsal de un precario sistema de salud, son estas las condiciones que nos dejan frágiles, como plumas al viento, frente a un comportamiento viral.

En este punto, es irrelevante el origen del virus. Es clara la reducida humanidad en las carnes del sistema operante. En un complejo económico bajo la centralidad urbana, la propagación del virus es fuego en un pajar. No es posible invisibilizar las condiciones de la ciudad de hoy: centros de producción y circulación de mercancías donde la vida no es más que fuerza productiva, sobre estos espacios irrumpe el virus. Cuando surge la pregunta sobre el origen geográfico del Covid-19, no es válida sorpresa alguna, teniendo en cuenta la densidad poblacional y las condiciones materiales de los ciudadanos de Wuhan.

En el mundo, y particularmente en Colombia, es la clase desposeída la mayor afectada. Las calles aún sobrescriben la historia de hombres y mujeres que no ingresan al confinamiento voluntario, porque su sistema de supervivencia está en las calles, o porque simplemente no tienen casa. Un nuevo privilegio apareció en esta coyuntura: el disfrute del encierro. Dejando ver que habrá quien pueda encerrarse con sus horas pagas mientras ve Netflix o escribe artículos como este, y quien lo haga en el seno del miedo y se aísle cobijado por el hambre.

El tiempo que dure la cuarentena será un gas acumulado en los compartimientos de la economía, la devaluación incluirá a la mano de obra. Para mantenerse competitivos, los promotores de la acumulación deben abaratar los costos de producción, incrementar la productividad, es decir la cantidad de productos por unidad laboral. Una salida es tecnificar el proceso productivo, otra abaratar el valor, es decir la mano de obra, llevar al descenso la tasa de inflación y brindar ajustes en las medidas de consumo, siendo los trabajadores quienes regalen su tiempo para equilibrar la balanza.

En contraste con Adam Smith, Marx argumentó que las crisis en modo permanente no existen, las tensiones tienen un tratamiento espacio-temporal, pagando el precio más alto la clase trabajadora. Así lo demuestra la crisis financiera de 1998, una debacle en el sector bancario, que fue sanada gracias a los impuestos de todos los colombianos. El contexto de producción parece una sucesión desafortunada, para los más pobres el costo es más profundo, el panorama es gravísimo: se dibuja un edificio desplomándose sobre el lienzo del consumo, subrayando este escenario como el corazón de una economía depredadora. La infección finalmente ha demostrado que la expansión y comportamiento viral tiene íntima comunión con el modelo productivo, reservando el cuidado como un privilegio de clase.

Las infecciones virales son un proceso natural. Las condiciones para el desarrollo de los virus son objeto de categorías socio-políticas. Los efectos apenas anunciados nos recordarán el comportamiento de la peor pandemia hasta ahora conocida: el capitalismo.

Habrá que esperar el término de la cuarentena, cuando llegue el anhelado momento de volver a las calles. Lo que al parecer ignoramos es que nos encontraremos diferentes con la responsabilidad de rescatar un sistema económico ajeno, perverso. Sólo esto bastará para querer regresar al confinamiento y ahora sí nunca salir. Justo allí, en ese momento habrá que decidir, entre morir ahogado en un caldo de gas lacrimógeno o de hambre.

Tuesday, 21 April 2020 00:00

La naturaleza recupera su lugar

Texto: Cocorná Consciente

Ilustración: Valentina González

La naturaleza se ha expresado y ha venido recuperando su lugar.

Esta pandemia les dio un respiro a nuestros ríos, un respiro que nunca antes le había dado nuestro sistema socio-económico.

Y la naturaleza agradece, no solo tenemos un ambiente mucho más limpio, sino que nuestros ríos fluyen casi sin basuras, y los animales empiezan a sentir que este mundo también es de ellos.

Hemos cambiado como sociedad; sin embargo, está claro que hay causas que nunca dejaremos de defender.

La naturaleza está recuperando su lugar, de la misma forma es importante que reflexionemos como especie y organicemos nuestras prioridades.

A estas alturas, ya nos dimos cuenta de la importancia de los campesinos, y su incansable labor para alimentarnos, su trabajo es fundamental para nuestra subsistencia y no se nos puede olvidar.

Los médicos, siempre en crisis, han hecho gala de su juramento hipocrático, y han dejado literalmente la vida en hospitales y clínicas, protegiéndonos, y siendo superhéroes de carne y hueso.

Los maestros han hecho lo imposible por seguirnos educando y han puesto a prueba su capacidad de desaprender, para reeducarnos, y ponernos al día con la tecnología.

¿Ya no suena tan descabellada la idea de irse a vivir al campo y cultivar la propia comida, no?

He aquí la importancia de garantizar la soberanía alimentaria, y cultivar nuestro propio alimento, y proteger al pequeño agricultor y recordar para siempre que sin agua no hay vida, que sin maíz no hay país, que sin campo no hay ciudad, y que hay que pensar primero en nuestros productos, por más que en las grandes cadenas sea más barato.

Hay que fortalecer los mercados campesinos y las economías propias.

Hemos vivido tanto tiempo alejados de nosotros mismos, que parecemos extraños ante la soledad, no estamos acostumbrados a nuestra presencia, nos ponemos ansiosos y sentimos que, si no estamos haciendo algo productivo, no servimos.

No está mal frenar un poco, respirar profundo y reinventarse. Sin pausa, pero sin prisa.

Desde nuestras casas seguimos pensando en el patrimonio natural, no se nos pasa por alto el hecho de que existen empresas a las que no les importa el virus, y aprovechan la cuarentena para destruir, contaminar y sembrar el miedo.

Queda prohibido olvidar. Cuando todo esto pase, seguiremos atentos, luchando por la naturaleza, por la salud, por la paz y por la soberanía alimentaria. La naturaleza nos agradecerá y nos dará la razón, porque cuando pase todo esto seremos mejores, habremos revaluado nuestras prioridades y tendremos una idea más clara de lo que significa un territorio libre y en paz.

Por Juan Alejandro Echeverri 

Las comunidades de Nóvita, Chocó, esperaban insumos y recursos para afrontar la pandemia del coronavirus, pero de los helicópteros que llegaron a la zona descendieron policías antinarcóticos con la orden de erradicar, a toda costa, los cultivos de uso ilícito.

Ayer 20 de abril, una cuadrilla de los antinarcóticos realizó un operativo de erradicación forzada en el corregimiento Pingaza. A la zozobra y alarma de la población, la Fuerza Publica respondió disparando balas de goma, lanzando gases lacrimógenos, cortando con motosierras los cultivos, y rociando con glifosato las hojas de coca y los cultivos de plátano y lulo. Además de las afectaciones al sustento alimentario, un líder resultó herido, al igual que adultos y niños menores. El 15 y 18 de abril, habían realizado operaciones similares en el corregimiento Irabubu, y en las comunidades de San Jerónimo y Playa del Rosario, respectivamente.

La erradicación forzada, asegura Tulio Antonio Hurtado, tomó por sorpresa a las comunidades de este municipio ubicado al sur del Chocó. El Presidente del Consejo Comunitario Mayor de Nótiva, que agrupa a 29 consejos comunitarios del municipio, también es uno de los afectados indirectos, pues la policía antinarcóticos dijo que él y el Alcalde habían ordenado el operativo, cosa que no es cierta. “Siento miedo porque la fuerza pública me está poniendo la lápida en la espalda”, manifiesta Tulio desde el territorio.

Imágenes de las lesiones causadas por la policía antinarcóticos 

Ya las denuncias fueron hechas ante la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo. Esta última le manifestó a Tulio Hurtado que la erradicación forzada es una orden dada desde el gobierno nacional para todo el pacifico colombiano. Según, Víctor Darío Luna, integrante del Consejo Comunitario Mayor de Nóvita y representante del Chocó en el Espacio Nacional de Consulta Previa, los operativos realizados en el municipio violan la sentencia T-236 del 2017, en la cual la Corte Constitucional ordena que las “comunidades étnicas del municipio de Nóvita deben ser consultadas sobre los programas de aspersión de cultivos a realizarse en su territorio”.

“La comunidad es consciente de que el cultivo no es la solución, pero no les queda otro camino al ver el abandono del estado”, asegura Víctor Darío. “Las comunidades siembran coca porque es una fuente de vida, porque no tienen de qué vivir.  Es la forma más fácil más expedita para conseguir el sustento, ¿que más pueden hacer? El gobierno no puede llegar a tropellar así, sin brindar otra solución”, manifiesta Tulio Antonio, quien además agrega que las comunidades se alegraron cuando conocieron la existencia del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), manifestaron la voluntad de reemplazaron la coca y se inscribieron en los programas. Pero la ilusión se esfumó al enterarse de que Nóvita no estaba priorizado en el plan de sustitución.

Hasta el momento el gobierno no ofrece soluciones que no sean violentas, ni cumple con sus obligaciones. La sentencia T-236 del 2017 también ordenó que se hiciera una consulta para consensuar alternativas a la hoja de coca, y que además se caracterizaran, mitigaran y restauraran lo daños causados por las aspersiones aéreas de glifosato, hechas entre el 2012 y 2014. De las afectaciones causadas por el químico cuya toxicidad está demostrada a nivel nacional e internacional, Tulio enumera que “dejó muchas quebradas sin peces porque ese veneno cayó a los caños. Acabó con los cultivos de maíz, de plátano. Mucha gente quedó con tembladera de la mano. Nacieron niños con malformaciones”.

Las reuniones para dicha caracterización se hicieron entre el 29 de octubre y el 3 de noviembre del año pasado. Tanto en Víctor Darío como en Tulio se nota un sinsabor por la improvisada y limitada convocatoria, y por la falta de resultados de un proceso que al día de hoy está estancado.

El coronavirus paralizó el país, pero se dispararon las operaciones de erradicación forzada. A finales de marzo, más de 600 campesinos bloquearon la vía que comunica a Cúcuta con Ocaña en rechazo a los operativos de erradicación que el ejército estaba realizando en Sardinata, municipio del Catatumbo, Norte de Santander. Y hace unos días, la Red de Organizaciones Sociales y Campesinas del Norte de Antioquia también denunció incursiones de este tipo en zonas rurales de Toledo, Tarazá, Ituango y Valdivia. En los departamentos de Putumayo y Caquetá se repita la misma situación, con el agravante de que la erradicación forzada se está llevando a cabo en territorios que habían firmado acuerdos contemplados en el PNIS.  

La periferia colombiana no cuenta con la infraestructura adecuada para atender la pandemia, las ayudas gubernamentales no llegan, pero el gobierno envía policías y soldados que pueden ser posibles portadores que llevan el virus a los territorios. “No entiende uno qué quiere o busca el Presidente”, dice Víctor Darío, quien está a la expectativa de saber hacia dónde se dirigían a erradicar los helicópteros que partieron esta mañana de Condoto.

 

 

Por Carlos Julio Díaz Lotero – Analista Escuela Nacional Sindical

En el marco del Estado de Emergencia Económica, Social y Ecológica, el pasado 15 de abril, el gobierno expidió el decreto legislativo 558 “por el cual se implementan medidas para disminuir temporalmente la cotización al Sistema General de Pensiones, proteger a los pensionados bajo la modalidad de retiro programado y se dictan otras disposiciones.”

Una de las medidas del decreto es la reducción de los aportes al Sistema General de Pensiones del 16% al 3%; es decir, no se cotiza la parte correspondiente al ahorro pensional, sino solo la parte que debe cubrir el costo del seguro previsional en el Régimen de Ahorro Individual con Solidaridad o el aporte a los fondos de invalidez y sobrevivencia del Régimen de Prima Media, según corresponda, así como el valor de la comisión de administración.

La medida más fuerte y desconcertante que toma el decreto es la determinación de traslado a Colpensiones de aproximadamente, según cálculo de algunos especialistas, de unos 20.000 pensionados, de los casi 100.000 que se encuentran bajo la modalidad de retiro programado a cargo de los fondos privados

La decisión es un reconocimiento de los efectos iniciales del proceso de desintegración del sistema financiero del transatlántico, no a causa, pero si acelerado por la pandemia global del COVID 19.

Recordemos que en nuestro país existen dos regímenes pensionales: El público o de Prima Media (RPM) que administra Colpensiones, y el de Ahorro Individual con Solidaridad (RAIS) que manejan los fondos privados bajo la figura de negocio financiero. Los fondos privados utilizan el esquema de los multifondos para que los afiliados puedan escoger que tipo de riesgo quieren asumir en las inversiones de portafolio que hagan las Administradoras de Fondos de Pensiones: conservador, moderado, y de alto riesgo. El fondo conservador tiene más o menos la mitad de los recursos en deuda pública, el moderado el 35% y el de alto riesgo el 15%. La mayoría de los trabajadores, al momento de afiliarse, no dicen el riesgo que quieren asumir, por desconocer el funcionamiento de la llamada economía de casino, y por tanto los fondos deciden por ellos.

Como más de la mitad de los 280 billones de ahorro acumulado, de los más de 6 millones de trabajadores que tenían los fondos privados a diciembre 31 del 2019, se encuentra en el mercado especulativo de valores tanto del país como de Wall Street, el colapso de  esta burbuja ha desvalorizado estas inversiones de portafolio, a tal punto que podrían desaparecer en cuestión de meses, si es que ya no han desparecido.

Como las utilidades de los fondos privados provienen de la comisión que cobran por administrar los portafolios señalados, que es más o menos la mitad del 3% de la cotización que se mantiene, podríamos decir que el gobierno con su política garantiza la ganancia del capital y asume las pérdidas de los trabajadores por los vaivenes del mercado.

Es curioso que hace unos tres meses ASOFONDOS y todos los corifeos neoliberales que exigían rabiosamente acabar con Colpensiones, o por lo menos con el régimen de Prima Media, hoy sea el salvavidas al que le cargan la irresponsabilidad de sus maniobras especulativas. De hecho Colpensiones ya arrastra un déficit de unos $14 billones, que se deben asumir por parte del presupuesto nacional, a lo que hay que sumar otro billón de pesos cuando asuma la totalidad de los pensionados de la modalidad de retiro programado.

Este es un gobierno al servicio de banqueros que han desarrollado un capitalismo parasitario, que ha recibido apoyos por más de $60 billones, mientras reparte  miserias para el sector de la salud, para el sector empresarial de las pequeñas y medianas empresas (MIPYMES),  y para toda la población pobre y sin ingresos.

Lo más sensato que podría hacer el gobierno, si tuviera el liderazgo y la estatura moral para un tiempo de crisis planetaria como la que vivimos, es derogar la ley 100 de 1993, responsable de muchas muertes por la destrucción de la salud pública y el desmantelamiento de la red pública hospitalaria, el deterioro de las condiciones laborales del personal de la salud, la desaparición de los sistemas de prevención de los riesgos laborales, y el robo de los ahorros de toda una vida de una gran mayoría de trabajadores que se dejaron confundir por las artimañas de los mercaderes de ilusiones.

Si tuviéramos un presidente con vocación de justicia social, obligaría a los grupos financieros, responsables de esta monumental estafa contra de la nación y la sociedad, a que asumieran con su patrimonio lo que hoy debemos pagar todos los colombianos.

Pero lamentablemente ese presidente no lo tenemos.

Monday, 20 April 2020 00:00

Ritmos de los días pasados

Texto: Miguel Ángel Romero

Ilustración: Valentina González

Los ritmos marcan nuestros días y son guía del tiempo. La vida que a nivel personal transita entre épocas por distintos ritmos, se ve influida por los de la sociedad que vivimos. Y en nuestro caso han sido los ritmos urbanitas, del hacer, cansar el cuerpo, de la promesa del desarrollo y que en días pasados parecían ser única opción. Ritmos que no dan lugar para pensar sobre ellos.

Pero, así como nuestros ritmos cambian, cambian también los de la sociedad. Durante la cuarentena, que nos ha confinado y obligado a una pausa por causa del riesgo que significa un virus para la vida humana, se ha abierto una brecha en el ritmo monótono y afanado.

Despertarse, alimentarse, transportase, trabajar, alimentarse y socializar, trabajar de nuevo, transportarse de regreso, alimentarse, entretenerse, cerrar los ojos y empezar una vez más; semanas y fines de semanas, meses y años; hacer para tener, tener para ser: ritmos de los días pasados.

Pero desde antes, la pausa impuesta la afrontaban los expulsados por la economía, los que en las márgenes resisten la vida con sus ritmos desempleados, campesinos, indígenas y negros. Las que viven en eterno estado de excepción, de las periferias colonizadas y empobrecidas, las únicas personas que ahora habitan la ciudad y exponen sus vida para la subsistencia de esta en la economía del ahora y del  nunca.  Mientras tanto, una clase media confundida que se creía en diferentes condiciones, se resguarda en sus hogares azuzados por el porvenir.

La pausa ha expuesto las desigualdades que antes eran cubiertas por el mito del desarrollo y sus ritmos del afán. La negación de la pausa o la angustia que produce, se debe a la relación estrecha entre el trabajo y la explotación, el ritmo del capital. En este no hay otro fines diferentes a producir y consumir, y nuevamente producir y consumir.

La disonancia es la ocasión para poner en cuestión la manera en que veníamos dando los pasos. También nos urge a cambiar lo que hasta este momento nos encaminaba hacía un sobre esfuerzo de nuestros cuerpos y pensamientos. En estos días deberíamos preguntarnos el sentido de lo que hemos habituado: el trabajo, el estudio, las relaciones, la espiritualidad, la desigualdad. Reflexión que parte de la realidad y necesidad de acción.

Vivimos un tiempo en el que se han acoplado los ritmos precarios, de los que nunca tienen tiempo y  de los cuerpos sobre los cuales se sostienen los excesos, visiones y realidades del mundo de la minoría que no es víctima del desarrollo. Ahora los parados no son los únicos preocupados por el futuro, ni sólo los marginados tienen en riesgo su vida. Este virus, la cuarentena y sus ritmos han instalado en nuestras casas el interrogante sobre un presente sin alternativas, que de seguir siendo así no tendrá un futuro. 

Mucho más cuando el riesgo está, en que temerosos, los ritmos que se impongan en los nuevos días, no sean los interiores, sino que sea el marcial, el del disciplinamiento de nuestros cuerpos y mentes. La renuncia a la libertad por el ritmo único producto del terror. Por esto, hay que insistir en sentir los pasos y en la elección del camino, cambiar los ritmos frente a los turbulentos que no permiten su reflexión ni acción.

 

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