En Medellín la cosa está que arde

En Medellín la cosa está que arde

 

Medellín es una caja de Pandora. Al mejor estilo de la mitología griega, es atrayente, bonita y seductora, por fuera,  pero por dentro contiene males que traen consigo la desgracia.  Y es que si nos acercamos lo suficientemente a ella y la miramos con profundidad y detenimiento, nos encontramos con que es un hervidero del cual son víctimas la mayoría de quienes la habitan. La ciudad ha sido mostrada al resto del país y al mundo como un ejemplo de que el miedo se puede convertir en esperanza, como lo pregona el ex alcalde Sergio Fajardo y se lo ha hecho creer a muchos dentro y fuera del país, sin embargo la realidad es otra: en Medellín siguen vigentes el temor, la desconfianza y el miedo.

 

El pasado no perdona

La Medellín de hoy, en la que se están viviendo situaciones parecidas a las de los años 90 en términos de violencia, confrontación armada, asesinatos, inseguridad, amenazas y desplazamiento intra urbano, es producto de su propia historia. Esta ha sido una ciudad en disputa que se la han peleado narcotraficantes, guerrilleros, delincuencia común, paramilitares y la llamada delincuencia de cuello blanco. Sin embargo, desde finales de 2002 se inició una gran campaña mediática por parte de las autoridades nacionales y locales, donde se decía que Medellín estaba recuperando su tranquilidad, que se estaban desactivando todos los factores de violencia e inseguridad y que estaba tomando el rumbo hacia la paz y el progreso. Pero la realidad es otra, para muchos observadores y estudiosos de la realidad de Medellín, esa ciudad que se pregona es sólo un efecto publicitario para ocultar cosas muy graves y de mucho fondo.

                                                

Para Fernando Quijano, de la Corporación para el Desarrollo Social - Corpades, el hasta hace poco único patrón de Medellín, don Berna, se hizo al poder en la ciudad y su área metropolitana gracias a los servicios prestados a las autoridades civiles y militares, primero en su participación en el grupo llamado los Pepes, enemigos de Pablo Escobar y quienes finalmente posibilitaron que fuera dado de baja por la policía; como reconocimiento a este servicio, dice Quijano, las autoridades le permitieron a don Berna consolidar su naciente imperio narcotraficante que posteriormente llevó a la conformación del llamado Bloque Cacique Nutibara, agencia de los paramilitares agrupados en las Autodefensas Unidas de Colombia.

 

Años más tarde, según explica Quijano, más exactamente a finales del año 2002, el recién posesionado presidente Uribe da la orden terminante de atacar las milicias y guerrillas que aún permanecen en la ciudad. A juicio de Quijano, esta orden tiene el propósito de mostrar que la pregonada política de seguridad democrática se puede aplicar en los grandes centros urbanos y Medellín es el centro piloto para ello. Así se llega a la conocida operación Orión, que fue un operativo militar de gran envergadura que presentó la combinación de fuerzas entre el ejército nacional, la policía y los hombres del Bloque Cacique Nutibara, al mando de don Berna, y además contó con el apoyo de las autoridades judiciales, las cuales le dieron piso legal a todos los atropellos y crímenes que allí se presentaron.

 

En términos del propósito militar y político que se tenía, Orión fue un éxito para las autoridades, éxito que en gran parte se le debe a los paramilitares al mando de Don Berna. A partir de esto y como un nuevo reconocimiento a su colaboración con las autoridades civiles del orden nacional y local, se le otorga a Don Berna el dominio absoluto sobre la ciudad. Esto se concreta en lo que a juicio de Quijano es un pacto para la “pacificación” de Medellín y su área metropolitana. Un año más tarde se presenta en esta misma ciudad la primera desmovilización de un bloque paramilitar, producto de unos acuerdos entre el gobierno nacional y la comandancia de las Autodefensas Unidas de Colombia. Y es precisamente el Bloque Cacique Nutibara el que desmoviliza cerca de 900 personas, aunque hoy se sabe que la mayoría nunca habían sido combatientes y que los que sí lo eran se mantuvieron en sus actividades.

 

Controlar, controlar y controlar

Es justo en este momento en que ese pacto adquiere rostro propio a través de la llamada Corporación Democracia, una ONG de desmovilizados que entra, de hecho, a cogobernar la ciudad. A principios de 2004 comienza la alcaldía de Sergio Fajardo, quien prefiere mantener el pacto existente ya que a juicio de algunos analistas, no tenía la suficiente fuerza ni política ni militar para combatir la ilegalidad que imperaba en Medellín. Según testimonios obtenidos de varios analistas que prefieren no ser identificados, Fajardo optó por la vía fácil, mantuvo y, dicen algunos, profundizó los pactos que ya existían.

 

Como prueba de ello estos analistas aseguran que en las comunas de Medellín quienes controlaban el orden público y ejercían labores de control social y económico eran los paramilitares agrupados en la Corporación Democracia y mencionan algunos ejemplos de esto: las casas de expendio de drogas, dice uno de ellos, eran y aún hoy son controladas por desmovilizados; ellos mismos establecieron sitios donde se podría consumir los narcóticos y si alguien lo hacía en otro lugar era sometido a castigos por parte de los desmovilizados. Así mismo, y en cumplimiento de su compromiso de mantener la ciudad tranquila, se ejerció “justicia” por parte de los desmovilizados, quiénes eran los que decidían  sobre asesinatos, amenazas y desplazamientos de aquellos a quienes ellos veían como un riesgo para la supuesta tranquilidad de la ciudad.

 

Estos analistas cuentan además que una porción del presupuesto municipal, el que se manejaba a través del llamado presupuesto participativo, era manejado en buena parte por desmovilizados que se afincaron en las juntas de acción comunal, desbancando a los líderes naturales de los barrios, y las controlaron para poder tener acceso a estos recursos que se le entregaban supuestamente a las comunidades para el desarrollo de obras definidas por ellas mismas. Ha habido múltiples denuncias de que este presupuesto participativo sirvió para el fortalecimiento de las actividades ilegales en la ciudad, e incluso hay líderes comunitarios que fueron asesinados para apropiarse de cuantiosos recursos del presupuesto participativo. Así mismo, la Corporación Democracia creó una serie de corporaciones pequeñas en cada uno de los sectores donde tenían presencia los desmovilizados y, tanto desde ella misma como desde esas otras corporaciones, se llevaron a cabo procesos de contratación con la alcaldía de Fajardo. Contratación en la que, según estudios preliminares que están adelantando algunas organizaciones de la ciudad, se presentó un inmenso desvío de recursos tanto para compra de armas como para el montaje de nuevas plazas de vicio.

 

Pero las formas de control de la ciudad no terminan ahí. Hemos recibido testimonios de que los problemas entre vecinos e incluso intrafamiliares no se llevaban ante las autoridades competentes sino que eran los desmovilizados quiénes intervenían en ellos para resolverlos, eran ellos quienes imponían castigos y sanciones en los casos que se les presentaban; las autoridades sabían de esto, sin embargo lo toleraban porque así se mantenía la imagen de tranquilidad de la ciudad.

 

Muchas actividades económicas también son controladas por el paramilitarismo en Medellín, por ejemplo las apuestas permanentes, cuyos empresarios tradicionales sufrieron un proceso de exterminio que culminó con la conformación de un solo grupo que hoy monopoliza este negocio en la ciudad; también los negocios de maquinitas son controlados por los paramilitares, los famosos préstamos paga diario o gota a gota, las vacunas a los negociantes y comerciantes, los almacenes donde se vende todo a 1000 pesos, las panaderías que aparecieron en los barrios, que parecen todas copias de una sola, el control a la venta de minutos de celular y, obviamente, las casas de expendio de drogas. Para hacernos una idea somera de lo que significa en términos de ingresos  controlar estas actividades miremos sólo un caso: según la policía metropolitana, en Medellín existen aproximadamente 500 casas de vicio, aunque algunos aseguran que son más. Según el estimativo de la policía cada una de estas casas arroja una ganancia diaria de 600.000 pesos, el resto de la cuenta es bastante fácil y nos muestra que sólo con esta actividad mensualmente se obtienen unos ingresos de 9 mil millones de pesos.

 

Durante este periodo todo esto fue manejado por un solo actor hegemónico, el emporio de Don Berna que actuaba, bien en la legalidad a través del proceso de desmovilización con la Corporación Democracia o en la ilegalidad a través de aquellos hombres y mujeres que se mantuvieron en armas para garantizar el control económico, social y militar de la ciudad y su área metropolitana. Esto era un secreto a voces, en Medellín se comentaba pero en voz baja, algunos denunciaron lo que estaba sucediendo y, sin embargo, fueron ignorados o maltratados por la administración municipal, incluso se les llamó enemigos de la nueva ciudad que estaba en construcción.

 

Todo tiene su final

Pero la hegemonía de Berna estaba destinada a acabarse, dice Fernando Quijano, porque a pesar de la gran porción de poder que tenía en la ciudad y de que varios de sus hombres cogobernaban en algunos temas, el patrón no se conformó con eso y, a pesar de estar en la cárcel, se mostró arrogante y quiso una porción más grande de poder. Por eso, según este analista, las autoridades empezaron a minar su capacidad de maniobra. Desde la cárcel de Itagüí, donde se comunicaba y recibía la visita y los informes de sus hombres, fue trasladado a la cárcel de Combita y posteriormente extraditado a Estados Unidos. Esto fue, a juicio de Quijano, una maniobra destinada a arrebatarle el poder que las mismas autoridades le habían reconocido y habían aceptado.

 

Sin embargo, otros analistas dicen que no es sólo un problema de arrogancia y ansias de mayor poder y aseguran que lo que realmente pasó es que la cara visible de la ilegalidad que manejaba don Berna, la famosa oficina de Envigado, tenía a su interior algunos jefes que conocen al detalle y tienen pruebas de los vínculos del presidente Uribe con actividades paramilitares y de narcotráfico. Algunos de ellos fueron asesinados y sólo uno de los más importantes aún sobrevive, salió del país y en Argentina se entregó al gobierno de los Estados Unidos. Este es Rogelio. Aseguran quienes hacen este análisis que ante el riesgo que corría el presidente de ser puesto en evidencia, declaró públicamente la guerra a la oficina de Envigado y le dio la orden a la fuerza pública de acabar con esa estructura, en una jugada, dicen, a tres bandas. Y lo explican así: primero, porque si Rogelio se atrevía a delatarlo, el Presidente podría decir que eso obedecía a una retaliación por haberles declarado la guerra; segundo, porque con la disminución del poder de Don Berna, el control de la ciudad estaba en disputa y había un nuevo patrón peleándose el territorio, éste es don Mario con el que sería posible hacer algún tipo de pacto para una nueva pacificación de la ciudad, y tercero, porque, como aseguran estos observadores, al presidente poco le importa que Medellín vuelva a unos altos índices de violencia porque siempre tendrá la posibilidad, mediante un pacto con el nuevo patrón, de ordenar una nueva operación Orión que vuelva a “pacificar” a la ciudad y a darle un segundo aire a la fracasada política de seguridad democrática.

 

Mientras duerme la ciudad

El control de Medellín está en disputa desde que la hegemonía de don Berna entró en crisis. Muchos han querido apropiarse del jugoso premio que ofrece la ciudad; dicen algunos que el jefe paramilitar Macaco intentó apoderarse de las casas de vicio y no pudo, el cartel del Norte del Valle también lo ha intentado, al parecer sin mayores éxitos; pero quien más ha puesto interés por quedarse con la ciudad es el llamado don Mario, hermano del comandante paramilitar conocido como “el alemán”, y que ahora se disputa barrio a barrio el control de la ciudad.

 

Cuenta un desmovilizado que mantiene contacto cercano con el llamado “bajo mundo” en una de las comunas de la ciudad, que don Mario llega hasta los barrios, contacta a los coordinadores de desmovilizados y les ofrece salario, armas y patrocinio a cambio de que ellos tomen esa zona para él, y además les autoriza exterminar a todos aquellos que sea necesario para lograr este propósito. Es así como ha ido haciéndose al control de muchas zonas de la ciudad: por ejemplo, en la comuna 13 los barrios Antonio Nariño, El Socorro y El Salado ya están bajo su dominio. En la zona nororiental de la ciudad se disputa cuadra a cuadra el control de los barrios San Blas, Manrique, Campo Valdés y Santo Domingo. En la zona noroccidental ha venido haciéndose con el control del corregimiento San Cristóbal y de los barrios Robledo, Castilla, Pedregal y el Picacho. En la zona centro oriental se asegura que el barrio La Sierra y sus alrededores están totalmente dominados por don Mario. En el centro de la ciudad, en lo que va corrido del año, se han presentado más de 15 muertes de personas presuntamente vinculadas a los combos conocidos como “convivires”, que son los que han ejercido el dominio de la zona céntrica; se dice que estas muertes obedecen a que el ofrecimiento que se les está haciendo a estas personas es bastante simple: o trabajan con don Mario o se van o se mueren. Algunos han preferido morirse.

 

Como hemos visto anteriormente, la disputa por el control de Medellín no tiene que ver única y exclusivamente con el control del espacio, aunque éste es importante, pero las condiciones para el accionar ilegal en la ciudad son bastante favorables y justifican adelantar una guerra como la que actualmente se vive en la ciudad porque el trofeo que se obtiene así lo amerita.

 

 

 

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