Aprendí a vivir con eso

Soy Sara, tengo 21 años y soy estudiante de Derecho. Leo mucho, todo el tiempo, no solo por la carrera que estudio sino porque es lo que más me gusta hacer. Tengo sueños, espero ser una penalista muy tesa acá en Colombia, ser millonaria y viajar mucho. Hasta ahora puedo decir que el mejor día de mi vida fue cuando tuve a mi hijo, y el peor día de mi vida fue el día que abusaron sexualmente de mí.

No recuerdo el año exacto, fue cuando tenía 13 años, faltaba poco para cumplir los 14. Estaba en la fiesta de quinces de una prima, que era en el garaje del primer piso y mi prima vivía en el tercero. Me dio sueño y fui a dormir, dejé la puerta abierta porque me habían dicho que más personas iban a dormir en la misma habitación. Yo ya estaba medio dormida cuando escuché que alguien entró en el cuarto, sentí que alguien me empezó a tocar, después me cogió de los brazos, me alzaron el vestido.

En Colombia, hasta septiembre de este año el Instituto Nacional de Medicina Legal registró 17.412 casos por presunto abuso sexual, de los cuales 15.175 eran a menores de edad. Los niños, niñas y adolescentes entre 10 y 14 años, reportaron el número más alto de casos con 7.205, seguidos por los menores entre cinco y nueve años con 4.068. En comparación con los casos presentados con menores de edad hasta septiembre de 2016, el número de presuntos abusos sexuales ha aumentado un 9,28% este año. En Medellín, el Centro de Atención Integral a las Víctimas de Abuso Sexual -CAIVAS-, registró hasta el 31 de octubre de 2017 un total de 978 casos de menores de edad víctimas de abuso sexual, 223 casos más que el total de reportados en el año 2016.

Según la UNICEF, “el abuso sexual ocurre cuando un niño es utilizado para la estimulación sexual de su agresor (un adulto conocido o desconocido, un pariente u otro niño, niña y adolescente) o la gratificación de un observador. Implica toda interacción sexual en la que el consentimiento no existe o no puede ser dado, independientemente de si el niño entiende la naturaleza sexual de la actividad e incluso cuando no muestre signos de rechazo”. Actos como el manoseo, frotamientos, contactos, besos sexuales, el exhibicionismo, comentarios lascivos, el contactar menores por internet con propósitos sexuales y la exhibición de pornografía, son conductas que se consideran abuso sexual a menores, según este organismo internacional.

Silencio
En el momento en que sucedió no le conté a nadie lo que pasó. Yo no quería que la gente supiera, además sentía que podía superarlo sola. Hablé de eso, la primera vez, como a los 16 o 17, que se lo conté a una amiga de toda la vida. Ella me estaba hablando de algo que le pasó con un novio que tenía, y para que dejara de sentirse tan mal le conté, así ella veía que el drama que estaba haciendo era exagerado.

Gladys Díaz, psicóloga e investigadora del Cuerpo Técnico de Investigación -CTI-, quien realiza entrevistas a menores víctimas de abuso sexual, asegura que hablar de la experiencia es importante en el proceso de las víctimas, siempre y cuando se haga en el espacio y con los profesionales adecuados. De acuerdo con ella las familias pueden afectar de manera negativa a los menores al señalarlos y estigmatizarlos.

Me hubiera gustado haberlo denunciado si hubiese sabido quién fue. Como el delito se trata de un acceso carnal violento, la pena hubiera sido de 12 a 20 años, si son actos sexuales la pena es de 9 a 13 años. “Se presenta una gama de delitos muy grande, desde las conductas abusivas, es decir, cuando el menor por su edad, por su inmadurez psicológica o por miedo, permite que las conductas se cometan”, afirma Diego Giraldo, fiscal 96 de delitos sexuales.

Son agravantes del delito de abuso sexual, explica Giraldo, el que actúen varias personas, que se produzca una enfermedad de transmisión sexual, que haya una relación de autoridad o confianza con el agresor, que sea con menor de 14 años, el que se da entre parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad o afinidad, que se ejerza sobre una persona vulnerable por su raza, etnia, edad, ocupación u oficio, o cuando se cometa el delito por control social, temor u obediencia de la comunidad.

Culpa
Yo no sentí culpa, no es culpa mía que en el mundo existan desadaptados, pero eso quizá no es lo que la mayoría de las víctimas del abuso sexual piensen. La psicóloga Gladys Díaz afirma que en este tipo de casos las víctimas tienden a sentir culpa. Diferente de mi historia en que un desconocido abusó de mí, Díaz señala que el abuso se da generalmente dentro de las familias, causando que estas se “desvertebren”. “Casi que el niño siente que fue culpa de él, es decir, todos están sufriendo por su culpa en el hogar. Cuando la familia lo sabe hay unos que dudan, otros que no le creen, lo miran mal. Hay una cantidad de cosas que hacen que esos niños se arrepientan de haber contado y se sientan culpables”, asegura Díaz.

Según el psicólogo clínico Alberto Ferrer, los abusadores regularmente son personas hábiles para manipular al niño y hacerle creer que es cómplice del maltrato, que hicieron algo para merecerlo, generando sentimientos de culpa en la víctima. Esto lleva a que los niños no quieran compartir la situación, por lo que pueden prolongarla durante años.

Secuelas
En el momento en que sucedió, me sentí pésimo, eso afectó mucho mi vida personal y la manera en la que me relacionaba con la gente. No me gusta el contacto, pero aprendí a manejarlo, sin embargo, normalmente no me gusta estar muy cerca de alguien o que me toquen mucho, eso hizo que me gustara más estar sola que rodeada de personas.

Con mi pareja sentimental a veces soy muy distante o simplemente me dan ganas de estar sola o de que no me toque y me voy; en la parte sexual soy muy cohibida. Yo le he contado a mis parejas. El primero, que fue un novio con el que duré como cuatro años, fue muy indiferente, y con el que estoy actualmente, se lo conté porque él estaba notando mis actitudes y ha sido muy comprensivo.
El abuso sexual suele generar problemas psicológico-emocionales que pueden acompañar a las víctimas hasta su edad adulta si no reciben ayuda o tratamiento. Según Alberto Ferrer, “el abuso sexual es una de las experiencias más devastadoras que un ser humano pueda vivir”. Lo mínimo que puede producir es un trastorno de estrés postraumático, pero también puede producir un trastorno límite de la personalidad.

Durante un tiempo sí sentí que necesité ayuda. En el 2015 quedé embarazada del tipo con el que duré cuatro años, el año pasado nació mi hijo y para mí fue un cambio brusco porque mi vida cambió mucho, ese mismo año caí en una depresión post-parto, pero la ignoré porque retomé mis estudios en la universidad.

Sin embargo, este año, más o menos en mayo, recaí en la misma depresión y ahí fue donde decidí buscar ayuda. Yo tenía cambios en el sueño y dormía todo el día. No le encontraba sentido a las cosas, no me motivaba a estudiar ni a estar con mi hijo. Empecé a comer muy poco, de hecho bajé como seis kilos. Yendo al psicólogo me dijeron que todo eso se debía a cosas de mi pasado, específicamente eso.

El apoyo psicológico se daba generalmente en las consultas, por medio de charlas, a veces me ponían a dibujar o hablábamos de mi familia y de las cosas que yo pensaba que debía hacer para mejorar, bobadas. No eran cosas muy productivas que digamos y pienso que no me sirvieron, por eso no volví. Recuperarme fue un proceso largo y creo que la lectura me ayudó mucho en eso. Me distraía mucho y a veces me gustaba imaginar que yo era uno de los personajes o imaginaba muchas vidas. Yo no lo he superado, lo asimilé y aprendí a vivir con eso.

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Natalia Hernández Berrío
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