Diego Martinez

Diego Martinez

Recuerdo muy bien toda nuestra niñez en el barrio, cuando con Alberto me iba para la cancha a jugar fútbol; aunque casi siempre salíamos peleando por tonterías, luego nos reconciliábamos. Entre el polvero de la cancha de tierra en Alto Bonito y con las historias horripilantes de masacres que se habían hecho allí, jugábamos día y noche. Pero como el tiempo nunca se detiene crecimos, con la mayoría de mis amigos me distancié, pero con Alberto aun me hablaba. Hasta hace 2 años, antes de que se fuera para el ejército a prestar servicio, nos la llevábamos muy bien, salíamos con algunas muchachas los sábados en la noche a la discoteca, jugábamos partidos con otros amigos; pero todo cambia cuando se llega a la mayoría de edad, se piensa en la independencia. A  los 17 años Alberto se había salido del colegio, de séptimo grado, no le entraba por ninguna parte el estudio, no le gustaba; solo quería trabajar.

Salirse de estudiar para buscar trabajo es algo que viven muchos jóvenes de los barrios pobres de Medellín. Igual que Alberto, la mayoría son muy enfermos, tal vez por la pobreza, la mala alimentación y las condiciones deplorables del entorno. Cuando están en el colegio no se hallan, no entienden las lecciones, tampoco les importa, porque encuentran cosas más importantes qué hacer, como trabajar para colaborar en la casa o para mantener una familia o para el vicio.

Cuando llega la hora de mirar qué hacer con sus vidas, se ven acorralados, solo les queda presentarse para el ejército o quedarse en la casa haciendo nada. Y es que sin libreta militar no puedes aspirar ni al más bajo trabajo que pueda haber. Alberto se vio en estas, no estaba estudiando, no había terminado el bachillerato, estaba desesperado sin saber qué hacer, había conseguido trabajos por fuera de Medellín recogiendo café, también en construcción; pero no tenía sentido estar lejos de casa y trabajando en condiciones tan difíciles. Yo no sabia como ayudarlo, no tenía forma. Él vivía con sus dos hermanas y su mamá, que trabajaban y con eso se sostenían; pero comprendo que es muy incómodo depender de la familia cuando uno siente la necesidad de tener sus cosas, un trabajo estable aunque sea.

Lo último que supe de él, después de que regresó del ejército y yo no estaba más en el barrio, fue que se había vuelto paramilitar, que lo habían visto en las madrugadas haciendo guardia bien armado. Desde hace rato se sabe que los paramilitares del sector han incentivado a los jóvenes para que se metan en ese grupito, que en La Sierra hoy se dividen en dos, los de la Sierra y los de Villaturbay, que se mantienen como perros y gatos, pero luego de que se agarran y matan a unos cuantos que no tienen que ver nada, hacen la paz, para luego volver a la guerra por cualquier cosa. Esto es lo que espera a los jóvenes que se arman so pretexto de vigilar el barrio, así van cayendo los sueños y se arruinan las vidas.

Siempre conversábamos de qué íbamos a hacer de grandes, y soñábamos con tener un buen empleo digno y una linda familia. Y es que las situaciones difíciles nos arrinconan y nos hacen tomar decisiones erradas. A Alberto no le estaba yendo muy bien, vino muy cambiado del ejército, estaba más delgado, y se había vuelto muy agresivo, había tenido problemas en la casa, estaba peleando mucho con las hermanas, también le había pegado a la mujer; después de esa paliza ella se fue de Medellín. Todo me hace pensar que era el desespero de no saber qué hacer, después de unos días el remordimiento y la culpa lo hicieron irse del barrio para estar con ella en otro lugar, lo que sé es que él va a regresar.
 
Alberto recién llegado del ejército había hecho un curso de vigilancia, apenas lo terminó empezó a enviar hojas de vidas a todas partes, lamentablemente no tenía cartón de bachiller y eso le era indispensable; su Hermano Julián trabaja en vigilancia privada, y le iba a colaborar; un sábado lo llamaron de la empresa donde trabaja Julián, pero desafortunadamente él no estaba en la casa, había esperado mucho y la llamada le resulto cuando él había salido; luego le resultó la oportunidad de trabajar de vigilante en la Universidad de Medellín, pero la falta de un título de bachiller le cerró esta oportunidad. Después de todos estos golpes bajos ya no sabía que hacer, si quedarse en la casa esperando llamadas o mandar más hojas de vida; o ponerse a estudiar, aunque esa alternativa no le sonaba; o trabajar en construcción, pero eso lo veía como algo degradante, para evitarlo precisamente era que había hecho el curso de vigilancia, además en el ejército lo tuvieron que operar de una hernia en los testículos, lo cual no le permitía hacer mucho esfuerzo.

En gran parte, la culpa de que los pelaos tomen el camino fácil de ponerse a tirar vicio, meterse en las bandas, incluso hasta robar, sin mencionar el extremo de irse a vivir a la calle, es la falta de oportunidades y las pocas condiciones mentales adquiridas en una infancia dura por la pobreza y el hambre, lo cual se ve reflejado muchas veces en su difícil aprendizaje y desinterés por el estudio. Alberto fue muy enfermo pequeño, sufrió de una enfermedad que por suerte no lo dejó con alguna discapacidad mental, pero los médicos sí previeron que tendría dificultades con el aprendizaje, y eso fue real.
Wednesday, 23 September 2009 14:46

Historias de niños en la calle

Que critica esta situación social, ya nadie se sorprende, aunque debería hacerlo por que es un síntoma de que las cosas no están bien, se siente uno impotente al ver niños desesperados en la ciudad. Siempre veo a las gentes ir y venir por las calles de Medellín, parecen sonámbulas, nada las sorprende, cada vez están más insensibles. Es un efecto que va produciendo la pobreza, nos acostumbramos a las personas marginadas de una vida digna, sucias y dopadas, y es como si ya no existieran.

Me he sentido muy tocado con todo el problema de la indigencia, y más desde hace algunos días, cuando estaba en un restaurante almorzando, un día de mucho calor y no sé si por eso o por otra cosa hacia mucha hambre. De pronto sentí que me tocaron el hombro, al voltear me encontré con un niño que si mucho tendría 9 años, y me extrañe, pues no me molestó. Si un extraño al borde de la locura que produce el hambre se le acerca a alguien mientras come en un restaurante, le produce fastidio; es triste saberlo pero es cierto. Su voz era suave, no me pareció que tuviera ese tono desafiante que muestran los de la calle. Me pidió con mucha cordialidad que le regalara aunque fuera un hueso, pues tenía mucha hambre. Me sentí incomodo al ver como el cajero le decía: “hey pelado, sálgase o lo saco”. Yo le regalé un pedazo de pollo, luego él salio, pero quedo en mi mente ese momento, y me puse a reflexionar sobre aquellos que viven en las calles, el ambiente tan pesado que soportan.

La Venta de dulces es casi lo mismo que pedir limosnas en la calle o en los buses; por lo general quienes lo hacen son adultos, o eso parece. Pero ya hay demasiados niños vendedores ambulantes, que no son indigentes, pero lo que les falta es dejarse caer en una esquina con el sacol y dormir todo el día sobre un cartón y no tocar el agua por un mes.

Me motivé a saber un poco más sobre un caso. No es fácil tener una conversación con un indigente, pero con un niño que venda confites sí; por eso decidí conversar con Andrés. Me lo encontré por el parque Berrío y me le acerqué, le compre un chicle y traté de ponerle conversa, luego le invité a comerse algo en uno de esos comederos baratos. Le dije que necesitaba saber un poco de su situación para un trabajo, entonces aceptó, con la condición de que no se podía demorar. Tiene 12 años y hace ya algún tiempo que se salió de la escuela para poder ayudarles a su madre y a su hemanito de tres años. Vive en El Popular 1, donde la situación es aterradora, pues la violencia está prendida en estos momentos con la presión de los paramilitares. Todas esas condiciones casi infrahumanas les hacen sentirse más protegidos en el centro.
El recorre de extremo a extremo la ciudad de Medellín, mirando a ver qué se puede conseguir; a veces tiene el plante de confites para vender, y cuando no, se inventa algo como cantar en los buses. Me dice que a veces es tan fuerte el hambre que le da mucho cólico. Su hermanita Lorena tiene 13 años, también dejo sus estudios para vender mecato por la Mota en Belén. Allí conoció al papá de su hijo, que tiene 12 meses, y hace un año se fue a vivir con él a la Costa; antes le mandaba dinero a su mama, pero después de un tiempo su madre Cecilia le perdió el rastro. Todas estas circunstancias desafortunadas son un empuje para dedicarse a un trabajo muy duro; pero en realidad esto no es trabajo.

Andrés me cuenta que en las noches Cecilia, su mamá, se monta en los buses de Robledo a ver si puede vender unas cuantas bolsas de basura o gomitas, si el chofer la deja subir porque a veces no los dejan trabajar. Eso mientras le resulta, a veces, trabajo en una casa de familia. No sabe absolutamente nada de su marido, pues cuando vivían juntos la maltrataba mucho, y a pesar de eso ella reconocía su aporte para la comida, la ropa de sus tres hijos, era la columna vertebral del sostenimiento del hogar. Pero los abandonó y se fue con otra mujer; nunca supieron más de él.

Antes de llegar a esta situación en su casa no faltaba la comida, Andrés estaba estudiando y Lorena todavía jugaba con muñecas e iba a la escuela. Las cosas son así, muchas familias pobres sufren de una destrucción familiar, los hijos siempre son los más afectados. Con el tiempo la situación se vuelve común y corriente, se vuelve normal tanta miseria y cada vez son más los niños vendedores de confites y los indigentes. Las oportunidades para apenas sobrevivir son cada vez más escasas. En el Popular, que es donde vive Andrés -bueno ya casi no, porque se la pasa recorriendo las calles de la ciudad-, todos sus amigos están en las mismas, algunos son viciosos, venden vicio y otros trabajan en los buses. Y es que no da para más, las familias más vulnerables son aquellas que están incompletas y casi siempre las niñas quedan embarazadas a corta edad.

Esto por mencionar cómo viven muchas familias en extrema pobreza y lo que sufren los niños. Con el tiempo algunos encuentran más oportunidades, la mayoría simplemente empeora. Niños que venden mecato y cantan en los buses, lo más probable es que de jóvenes se unan al conflicto armado en los barrios. Como Yorman, un pelado que conozco desde hace muchos años; al igual que Andrés, se crió en la calle, ahora debe de tener 19 años, lo conocí desde que tenía 12 años. Hubo un tiempo en que conversábamos mucho, pero se mudó del barrio con su mamá, doña Marina, y su hermana Carolina, habían dejado de vivir con su padre en Andes.

Yorman tenía problemas para aprender, por eso se salio de estudiar; Carolina se salió del colegio cuando estaba en sexto. Marina trabajaba en casas de familia, mientras yorman vendía confites en los semáforos, luego se fueron a vivir con un padrastro que les dio dos medios hermanos a Yorman. Desafortunadamente asesinaron al padrastro por un problema con un lote que tenía en un morro. Paso a paso Yorman se alejaba más de su mamá y se mantenía peleando con su hermana. Ya ni siquiera llegaba a la casa sino que se quedaba a dormir debajo de un puente. A veces volvía a la casa con el deseo de buscar trabajo en la construcción, y otras con ganas de morirse, con el tiempo se volvió drogadicto y aunque conseguía trabajo de ayudante en unas obras de construcción todo el sueldo se lo gastaba en perico y marihuana. Pero no duró mucho, él se retiraba un tiempo y luego volvía a buscar trabajo, a Marina ya no le ayudaba mucho y vivían alegando, Carolina ya se había ido de la casa a vivir con un tipo, no sé a dónde. Hasta ahora solo sé que Yorman es un paramilitar drogadicto, su mamá sobrevive con los dos niños y no sé nada de Carolina.
Friday, 09 January 2009 14:14

Albergues que parecen cárceles

En Medellín el silencio de las autoridades esconde muchas historias tristes y de sufrimiento, callan sus voces que desde el anonimato reclaman sus derechos. Estos son los casos de los albergues, lugares donde se refugian familias atropelladas por el paramilitarismo y la guerrilla en los campos, obligadas a dejar sus tierras, sus cultivos, que es lo que más quieren; vienen a Medellín a vivir casi como indigentes. Leonel Antonio Sepúlveda Herrera nos cuenta cómo vive en un albergue con toda su familia; él es testigo de cómo el gobierno les está mamando gallo, les promete soluciones, pero solo les crea más problemas.

 

Porqué nos vinimos
Nosotros venimos desplazados de Ituango, llegamos a Medellín el 10 de julio de este año, estamos sufriendo mucho y el gobierno no nos ha dado ninguna ayuda. Hemos estado en Acción Social, también en la Personería de la Alpujarra, estamos cansados de esta situación, hemos ido a la Defensoría del Pueblo y no nos han dado respuesta de nada.

Estoy con la mujer, mis 7 hijos, y dos nietos. Nosotros funcionamos por un lado y por el otro y no nos llega ninguna clase de beneficios. Imagínese que a mí me mataron un hijo; Mario Antonio se llamaba y tenía 20 años. Eso fue el 30 de junio. Lo más triste es que no le pude dar una digna sepultura porque después de que pararon la chiva donde él iba, hicieron bajar a toda la gente y el último en bajar fue él, luego le dispararon a quema ropa y lo tiraron al río y con esa borrasca por el invierno de entonces no pudimos encontrar el cuerpo. También me hirieron un hermano que estuvo mes y medio en la clínica de San Vicente.

Nosotros no teníamos problemas con nadie en la región, ni con civiles, ni con los vecinos. Pero llegaron ellos, los grupos armados, y nos lo quitaron todo, eso fue porque no quisimos ser parte de ningún grupo armado. Recuerdo que los paramilitares y guerrilleros nos decían que les colaboráramos pero yo les decía que no, porque nosotros no nos conocimos dentro de esos procesos. A mi hijo tenían muchas ganas de reclutarlo y él decía que no aceptaba eso porque quería trabajar en el campo y por esta razón lo asesinaron.

Al ver mi negativa frente a su propuesta nos amenazaron y nos vimos obligados a trasladarnos pa´ la ciudad. De milagro estoy vivo después del atentado que me hicieron el 15 de junio; ahí tengo la cara marcada por los machetazos. Luego me fui para la costa y cuando volví fue que me asesinaron al hijo e hirieron a mi hermano.

Doy gracias a Dios por estar vivo. Cualquiera no sobrevive a una ataque con machetes, y lo más verriondo fue la trampa que me pusieron, pues me llamaron al celular y me dijeron que fuera a hacer un negocio, yo acudí a esta llamada y me recibieron a punta de machete. Menos mal pude escaparme, salí corriendo por ahí pa' bajo hasta que no pude más, me encontré por fortuna con un centro de salud y me atendieron en una ambulancia luego esa gente paró la ambulancia pa' volver a tratar de matarme pero no pudieron.

Soy una persona muy pacífica, no me gusta la violencia ni hacerle daño a los demás. Por una parte porque yo tengo familia y por otra, porque tengo que darles buen ejemplo. Anhelo vivir como en años anteriores, cuando estaba con mi papá, mi mamá, mis hijos, mi mujer. Mi familia me enseñó a trabajar la agricultura, con la papa, la yuca, el fríjol, todo lo que sea del campo, tenía mi finca, y una casita en todo el pueblo, que era donde vivía mi mamá, pero todo ha cambiado, ya no tengo nada.

A dónde llegamos

Nosotros conocimos los albergues por medio de la Personería de Ituango, cuando nos trasladaron a la ciudad separados. A mi mujer con todos los hijos la mandaron en una camioneta de la alcaldía, y yo me fui en helicóptero. Estamos en un programa de la alcaldía de Medellín y no sabemos para cuándo son las ayudas, ya son 4 meses encerrados. Yo les he dicho que no somos de la ciudad sino del campo, queremos que nos ayuden para irnos para una finca. Acá hay mucha gente que está pidiendo limosna, buscando en esas canecas de basura para sobrevivir; no nos queremos quedar en la ciudad. ¿Cómo es eso de que traen a la gente de las veredas para ponerlas como indigentes en la ciudad? También me preocupa que se me dañe la familia, que mis hijos se vuelvan drogadictos o empiecen a robar por ahí. Ese reclamo se lo hago a los funcionarios.

Acá en Medellín sufrimos mucho, parecemos indigentes por la calle, mi mujer ha estado muy aburrida en el albergue sin ninguna ayuda, apenas esperanzados en la comidita y un pedacito de jabón pa que se bañen y no más. A mi mujer todas las entidades la embolatan, la tienen bailando, como que no tiene derecho a nada. Nosotros necesitamos vivienda, que nos den aporte pa' comer, mientras nos organizamos, y que yo pueda trabajar. Porque de allá de donde venimos los grupos armados se mantienen, están para hacer daño a la hora que ellos quieran. También pienso mucho en mis hijos indefensos que están como pagando una cárcel acá, pagando una cuenta que no la debemos, o sea, los otros hacen el daño y los hijos míos y yo pagamos el presidio aquí. Nosotros esperamos que nos ayuden con una vivienda, pues ya lo perdimos todo, de la casa no sacamos absolutamente nada, vivíamos en una finca y vea donde estoy, pagando 600 pesos por baldado de agua. En el albergue sí hay agua, es donde se bañan mi mujer y mis hijos, pero yo la compro en otra parte porque no me gusta estar en ese lugar porque se siente un control, nos humillan mucho, tienes unos horarios muy inconcientes.

Por otra parte, acá en el albergue se vive muy incomodo, a las 8:30 debemos estar durmiendo y a las 5:30 estar levantados, a las 7 am desayunan. Eso es un atropello para las personas desplazadas que nos humillen por un bocado de comida, somos en el albergue 65 personas desplazadas más o menos que estamos esperando qué va a pasar. Yo no estoy allá, duermo en cualquier lado, con lo que me gano cuidando carros, y vendiendo estas bobaditas: cigarrillos, confites, bombones me hago 7 mil pesos promedio, me alcanza pa' el agua y la comidita que la compro por los lados del metro. Yo soy amante de la libertad, prefiero estar por ahí rebuscándome lo mío y no mendigando allá adentro, además de eso creo que ya no me aceptan porque no volví. Es una locura todo esto.

Page 2 of 2

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.