Periferia

Periferia

Sin duda este es un momento de país en donde hay que asumir retos y hablar claro. Esto va para todas las fuerzas y opiniones políticas, para los partidos, para los gobiernos alternativos, las organizaciones sociales, sindicales y populares; y especialmente para esas nuevas subjetividades que se han mostrado activas en la protesta popular de los últimos tres meses en todo el territorio colombiano. También debería increpar a toda la sociedad que, aunque quiera mirar para otro lado, sabe y siente que las cosas en Colombia están muy mal. En las últimas dos décadas, sensaciones como las que hoy sienten los colombianos y colombianas llevaron a los pueblos de Nuestra América a cristalizar gobiernos de transición democrática que mejoraron el nivel de vida y los indicadores sociales de esos pueblos. Sin embargo, la arremetida del modelo económico y el pataleo de las élites y del imperialismo hoy tienen convulsionada a toda la región. La nota predominante es el auge de la lucha social, pero también la peor arremetida fascista de las burguesías locales y el imperialismo en los últimos tiempos.

Existe desde hace buen tiempo un debate profundo sobre el poder y el gobierno: ¿es lo mismo tener el poder que el gobierno en un país o una ciudad? Este debate se ha profundizado en Latinoamérica, donde los gobiernos progresistas, democráticos o tildados por la derecha internacional y el imperialismo de socialistas o comunistas, han sufrido ataques demenciales contra su forma de gobernar y distribuir su riqueza, o reveses increíbles y sangrientos como el caso de Bolivia, uno de los países con los resultados económicos, sociales y políticos más exitosos de los últimos 15 años, víctima de un golpe de Estado violento, racista, elitista y religiosamente retrógrado; golpe propinado con el apoyo del imperialismo y el silencio pasmoso de los organismos y la prensa internacional.

Están los casos de Ecuador y Chile, que, habiendo transitado por gobiernos progresistas o democráticos, observan como los avances sociales alcanzados fueron rápidamente destrozados por gobiernos de derecha que usan toda la violencia de las fuerzas militares para proteger el sistema y el modelo que tienen a sus pueblos en la ruina, y a las élites nacionales y transnacionales con los bolsillos llenos.

Muchas cosas fueron transformadas en estos países de diferentes formas. Algunas de estas transformaciones tocaron las estructuras moderadamente, otras apenas hicieron reformas sociales dentro del mismo sistema, incluso manteniendo concepciones desarrollistas y confrontándose permanentemente con sus propias bases que rechazaban, por ejemplo, la explotación minero-energética. La coincidencia en todos estos gobiernos progresistas, salvo el caso de Venezuela, es que sus fuerzas militares tampoco fueron transformadas ni orientadas a una concepción democrática. Su doctrina de confrontación a un supuesto enemigo interno, sus prácticas fascistas y su clara tendencia de ultra derecha siguieron intactas esperando el momento de saciar toda esa violencia, reprimida por años, contra su propio pueblo. El poder político y económico de las burguesías reside y se defiende con la fuerza y el poder coercitivo militar del capitalismo.

Por eso, el gobierno chileno en cabeza de Piñera, con apenas un 4% de aceptación, no ha podido ser derrotado a pesar de que los chilenos llevan más de tres meses en las calles. Por eso, la autoproclamada presidenta de Bolivia, la señora Añez, jura sobre la biblia que va a devolverle la democracia al pueblo boliviano que es 70% indígena, y da carta blanca a los militares para que los asesinen. Y por esa razón, gobiernos criminales como el de Brasil y Colombia, con terribles resultados en materia social y económica, con pésimos y mediocres gobernantes, pueden desatar genocidios contra su propio pueblo y seguir orondos a pesar de las encuestas desfavorables.

Es sobre esta realidad que los gobiernos alternativos, los partidos de izquierda, y los movimientos sociales deben trabajar sus propuestas. Hablando y actuando en beneficio de los más desfavorecidos. Tomando partido por sus reivindicaciones sin pretender que maquillando el modelo, estas desigualdades e injusticias se van a resolver. Se requieren decisiones que alteren el modelo, que por lo menos lo fisuren. Se requiere un trabajo permanente, educativo, político, y humanista que debata frontalmente el papel de las fuerzas militares en la democracia, en el respeto por la vida, los derechos sociales, la soberanía, la autodeterminación y el amor por su pueblo y su cultura.

Se necesita leer bien el momento político, valorar los sentires y dolores de todas las capas sociales y populares que de alguna manera se han manifestado en medio de la crisis. Construir unidad en medio de la diversidad y la diferencia. Caminar sin afanes por la senda de la organización de esos procesos y comunidades no alineadas. Desarrollar procesos de formación de nuevos liderazgos, y de intercambio de saberes. Es necesario construir verdaderas redes y consensos alrededor de la defensa de la vida, los territorios y los derechos humanos. Pelear mucho y muy fuerte contra las injusticias. Convencernos que las soluciones pueden estar a la vuelta de la esquina, pero que no se van a encontrar con las recetas de siempre. Que resolver las graves injusticias incubadas durante dos siglos por una oligarquía asesina requiere más que una mesa de negociación y 104 puntos que son apenas un pálido reflejo de las ausencias padecidas por la clase popular que se ha sacrificado, pero no ha logrado ganarse la representación y confianza de esas franjas de la sociedad que hoy podrían ser sus aliadas. La pelea, así le duela a las elites, es por cambiar el país y por darle dignidad a un pueblo que lo merece.

El 21 de noviembre ya hace parte de la historia de Colombia, pero sobre todo de nuestro presente y futuro. Después de dos semanas de manifestaciones multitudinarias, rebeldes, diversas y multicolores llevadas a cabo en casi todos los rincones de esta sociedad hastiada, los rostros adustos, inexpresivos e indiferentes de colombianos y colombianas de todas las estirpes se transformaron por unos más frescos, llenos de luz, esperanza, alegría, solidaridad, complicidad y valor.

Los gobernantes de hoy y de siempre, y quienes los patrocinan desde la oscuridad de sus privilegios alcanzados a través del pillaje, el saqueo, el desplazamiento y la muerte, creyeron que el teflón había recubierto los cuerpos y las almas de todos y todas quienes nacimos en este hermoso pero desquiciado país. Y que sus políticas injustas, emanadas de lo que ellos con la boca llena llaman “institucionalidad”, seguirían pasando por encima de nuestros seres como un tractor. Pero se metieron con la generación equivocada, y el tiro les está saliendo por la culata.

Las calles se llenaron principalmente de jóvenes y estudiantes de secundaria como Dylan Cruz, quien dejó literalmente su alma en la lucha por la emancipación. Dylan hoy se erige como símbolo de resistencia y combustible para el cambio, y su muerte desató el debate sobre la necesidad de desmontar el ESMAD. También de jóvenes que apenas superan la mayoría de edad, como Brandon Cely, el soldado rebelde y valiente que con uniforme militar se atrevió a desafiar a la institución más reaccionaria de Colombia con un video de denuncia en el que apoyaba el paro nacional, tras su osadía, Cely decidió quitarse la vida, hecho que abrió un boquete muy grande que pone en cuestión la necesidad de revisar la despiadada e inhumana doctrina militar colombiana. Miles de jóvenes profesionales para los cuales no hay empleo o a los que se les explota en precarios trabajos malpagos. Y mujeres, muchas mujeres que desde su aparición en los espacios públicos vienen subvirtiendo la sociedad, transformándola con sus acciones, sus consignas y su justa lucha contra el patriarcado y el capitalismo.

Una generación sin nada que ganar y por tanto sin nada que perder, como ellos y ellas mismas lo escribieron en sus carteles, pancartas y en sus cuerpos… “perdimos hasta el miedo”.
Desde luego la izquierda tradicional, el movimiento social, el sindicalismo, los pueblos afro e indígenas, y en general los procesos sociales y populares que por décadas han propiciado la movilización y la lucha contra la injusticia de un modelo económico y cultural de muerte como el neoliberal, han visto en estas protestas y manifestaciones multicolor un premio merecido por su resistencia y persistencia. Pero también han recibido una lección y un llamado de atención a sus rígidas estructuras, no solo físicas sino ideológicas y políticas, que se quedaron en la inercia en sus formas de acumular, de protestar y especialmente en la capacidad de observación y escucha que no les ha permitido renovar su repertorio reivindicativo en el marco social, ambiental, laboral y cultural.

Los sujetos que hoy están poniendo la carne en el asador son variopintos, diversos en todo el sentido de la palabra. No son militantes de partidos ni borregos de camarillas o burocracias, y algunos apenas han salido alguna vez de su vida a una protesta, justamente porque nada los increpaba, nada los sacudía, nada los interpretaba. Las masas que hoy le dan a la cacerola tan fuerte como quisieran darle a sus problemas más sentidos, necesitan organización, pero no están pidiendo que alguien les ordene y les dirija sino que alguien, ojalá con carácter colectivo, los escuche y les invite a construir nuevos espacios donde sus reivindicaciones, así se trate de listas de mercado, sean escuchadas.

Nadie puede ni debe apropiarse de este despertar colectivo, despertar de nación. Aunque al movimiento social tradicional le asista alguna razón por haber resistido y persistido durante años, este mismo debe acoger con sabiduría y humildad la sangre nueva que alimenta al sujeto transformador cuyas luchas y ejemplo ayudaron a formar. La unidad, tan manoseada en los discursos de unos y otros, es imperativo ético y político, y se está fortaleciendo en la práctica, en la calle, en los cacerolazos, las bailatones, las tamboradas, los canelazos, los plantones, las asambleas populares, los bloqueos de carreteras. En las ciudades y ahora en la ruralidad, esta Colombia palpita y se levanta una y otra vez, digna, hermosa, altanera. El ejemplo de Nuestra América por fin tocó el corazón dormido de su hermana bañada de mar, selva, montaña, piel negra e indígena, juventud urbana irreverente. Vamos para adelante, el paro sigue, vamos a darle como a cacerola en paro.

Por Carolina López Giraldo

 

“¿Cómo puede odiarse el pueblo entre sí, si todos padecen la misma hambre y la misma desolación? Pero conviene a los fines de los explotadores este odio, del cual se ríen, porque mientras ustedes se matan por la pasión política, ellos constituyen compañías, reparten dividendos y se apoderan de las tierras”. Grupo de Memoria 2011

 

¿Cómo explicarle al país que un joven, a pocos días de graduarse como bachiller de un colegio público en Bogotá, tenga que dejar cuadernos, lápiz, uniforme y morral por recorrer las calles de la capital de Colombia, exigiendo oportunidades de educación superior para salir adelante junto a su familia? ¿Acaso se le acusa por soñar con educación superior?

¿Cómo explicarle al país y al mundo que el Estado colombiano, en representación hoy del gobierno de Iván Duque, responde con armas letales, balas recalzadas, granadas aturdidoras y gases lacrimógenos a las nuevas generaciones de estudiantes y trabajadores que le exigen en las calles educación, salud, trabajo digno, pensión, y sobre todo el derecho a vivir en paz? ¿Acaso se les acusa a nuestros jóvenes de exigir un real Estado Social de Derecho?

¿Cómo explicarle al país y al mundo que millones de jóvenes, al igual que Dylan Cruz, han sido asesinados y desaparecidos forzadamente por el Estado en sus territorios; en esa Colombia que ha vivido la guerra silenciosamente en todas sus expresiones y que ha instrumentalizado la vida de las nuevas generaciones para la guerra, o para convertirlos en víctimas de un conflicto armado que tampoco era de ellos y ellas? 

La escena registrada para la historia y la memoria colectiva en la cual un agente del ESMAD le dispara a Dylan a menos de 10 metros de distancia, es la escena que se ha repetido miles de veces en Colombia cuando el Ejército ejecutó extrajudicialmente más de 4000 jóvenes en los parajes solitarios y oscuros de la Colombia rural y olvidada; ni qué decir de los miles de jóvenes desaparecidos forzadamente en tantas regiones del país, que fueron dados de baja en circunstancias parecidas, iguales o peores a las de Dylan, en la "limpieza social" de la diferencia o del enemigo en cada región de Colombia. ¿Acaso se le acusa a las nuevas generaciones de tener memoria de su historia reciente, la de una generación de niños, niñas y adolescentes asesinados y desaparecidos por el Estado?

¿Cómo no entender que la muerte de Dylan es un homicidio cometido por un agente del ESMAD contra un joven indefenso de 18 años? ¿Qué pretende la Ministra del Interior reconociéndolo ante la opinión pública como un “accidente”? ¿Si ya está individualizado mediante pruebas audiovisuales por qué no han capturado y judicializado al agente del ESMAD responsable de este homicidio?

Como Dylan son miles más los jóvenes, hombres y mujeres. Es gran parte de la generación anterior a nosotros la que hoy no está en este mundo terrenal debido a la Criminalidad Estatal en Colombia.

¿Cómo no reconocer que la única arma de las nuevas generaciones son sus esferos, el papel, su voz, sus cantos y su enérgica alegría para escribir en la historia indeleble la agonía de un pueblo que quiere romper sus cadenas? La cuchara y la cacerola constituyen la única estrategia, la propiedad con que las usamos nos habla de las clases sociales a las que pertenecemos y representamos; el sonido nos invita pronto a una comunidad que se toma la plaza pública, esa plaza que nos pertenece desde la Grecia Antigua, la polis, espacio en el que se construye la verdadera democracia.

Se han metido con las generaciones que no tienen nada que perder, esas que con memoria, organización y acciones no violentas recorren diariamente las calles de nuestras ciudades movilizando sensibilidades políticas frente a las injusticias estructurales de esta adolorida Colombia.

En palabras de Eagleton, “La única cura para el terror es la justicia, y el terror surge cuando la legitimidad se desmorona”. Es preciso superar el pacto de sangre y silencio en estas violaciones de Derechos Humanos; el primer paso para restaurar la legitimidad es negarse a la complicidad y la impunidad.

 

 

 Por Hernando Steven Oliveros Yara

En la capital del Huila, según la administración municipal, existen 117 asentamientos sin legalizar a lo largo y ancho del municipio. Estos asentamientos llevan más de 20 y 30 años conformados, y por ende no pueden acceder a inversiones que mejoren su calidad de vida. Hasta el momento, solo 28 asentamientos están legalizados en Neiva.

Actualmente, en todas las comunas de Neiva existe por lo menos un asentamiento. Las comunas 3, 5, 6, 8, 9 y 10 son las que cuentan con el mayor número, mientras que en la 1, 2, 4 y 7 se pueden identificar unos pocos. El proceso de legalización ha sido complicado, lento, y vislumbra un panorama de zozobra. Algunos líderes comunales de los asentamientos mencionan que los Estudios de Amenaza, Vulnerabilidad y Riesgo (AVR) del oriente de Neiva son de hace 20 años y desde entonces no han sido actualizados. Por esta razón los procesos de legalización de los asentamientos no han avanzado hasta el momento.

Al ser legalizados, aumentan las probabilidades de que sean tenidos en cuenta por la administración municipal, lo que significaría que son reconocidos como lugares habitados y habitables que requieren proyectos e inversión en infraestructura. Lo paradójico es que muchos asentamientos cuentan con todos los servicios públicos, y pagan por ellos; pero no todos están legalizados.

  

La actual administración ha legalizado diez asentamientos de diferentes sectores de Neiva. Algunos de ellos venían con un proceso avanzado de años atrás. En la comuna 10, por ejemplo, se han legalizado los asentamientos Neiva Ya, Palmas II, San Bernardo, Sector Barreiro y Camelias. Y están ad portas de una posible legalización Machines, Palmas III y Álvaro Uribe, este último tiene la particularidad que dentro de los terrenos ocupados hay predios privados. Sin embargo, la comunidad no está del todo satisfecha con el proceso de legalización. De las 185 familias que habitan en Camelias, solo legalizaron 73, y en Sector Barreiro solo 52 de las 140 familias.

Las personas que habitan los asentamientos están a la expectativa de que la próxima administración tenga un compromiso con esta sentida necesidad. Piden que se haga un Plan de Ordenamiento Territorial que incluya los asentamientos del municipio, que se actualice el estudio del AVR, y se ejecute el proyecto de mitigación de riesgo que necesitan. La legalización es un gran beneficio para estas personas, pues así contarían con un terreno propio, y contarían con las escrituras necesarias para poder acceder a créditos y construir o realizar mejoras. De momento, muchas familias no tienen la posibilidad de aplicar para el programa de mejoramiento de vivienda que ofrece el municipio, precisamente por no estar en un asentamiento legalizado.

Por su parte la Alcaldía de Neiva, por medio del Área de Asentamientos de la Secretaría de Vivienda y Hábitat, ha informado que continúa ejecutando el Plan de Acción de la Política Pública para los Asentamientos Informales del municipio de Neiva. Hasta la fecha, ha recuperado 88 predios ubicados en los asentamientos informales. Además, las personas ubicadas en 300 predios que se encontraban en zona de alto riesgo, fueron reubicadas y accedieron al beneficio de subsidio y vivienda gratis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Varios presidentes de las Juntas de Acción Comunal aseguran que a pesar de contar con muchos problemas dentro de los asentamientos, su mayor deseo es que sean legalizados. Aclaran que si bien es un proceso que tiene unas directrices, sus asentamientos cumplen con los requisitos, y conviene la legalización debido a que muchos de los habitantes quieren mejorar sus viviendas, pero temen hacerlo y que luego estas les sean arrebatadas o demolidas. Debido a que con la actual administración ese deseo no se pudo materializar, piden diligencia por parte de la próxima.

Entre los ciudadanos de a pie, hay quienes afirman que los asentamientos son un negocio que da muy buenos réditos económicos. “Muchas de estas personas se especializan en esta actividad, con el apoyo de políticos y funcionarios inescrupulosos. Una vez invaden le aplican una mejora al terreno y a los pocos meses o años lo venden por intermedio del documento de "compraventa", y quedan listos para invadir en otro sector de la ciudad. Las autoridades saben cómo opera este negocio, pero no aplican ningún control, a sabiendas de que este tipo de asentamientos o barrios son la principal razón del crecimiento desordenado y sin ninguna planificación de la ciudad”.

Negocio o no, lo cierto es que tanto la administración municipal, los líderes, y presidentes de las JAC deben ponerse de acuerdo, y trabajar mancomunadamente para hallar soluciones a la problemática. A diario siguen apareciendo nuevos asentamientos en donde, muchas veces, se vive en condiciones precarias, a diferencia de los que, tal y como lo mencionan algunos ciudadanos, habitan personas que solo pretenden lucrarse económicamente del asunto.

 

 

 

Seis conversatorios con periodistas e integrantes de organizaciones sociales hacen parte de la programación principal.

 

El auditorio del Claustro Comfama (San Ignacio) será el escenario principal de esta celebración, que tendrá como centro el debate y reflexión alrededor del periodismo alternativo y la comunicación popular, temas que durante 15 años han sido el eje articulador de Periferia.  

El evento iniciará a las 9:30 a.m. del próximo 15 de noviembre, y estará dividido en seis conversatorios, en los que se pondrán en debate diferentes posturas alrededor de preguntas inquietantes y polémicas; se darán pistas sobre el devenir y los retos de los medios alternativos, y se abordará el contexto social, económico y político en las periferias de Medellín y otros lugares del país.

De esta manera, no solo se recogerá la experiencia y el trasegar en estos años de trabajo de Periferia, sino que se generará un diálogo con otros medios alternativos y procesos sociales, para reconocer y visibilizar el aporte que la comunicación popular tiene para hacerle al país.

PROGRAMACIÓN:

-9:30 a.m.: ¿Qué tienen para decirles los procesos sociales a los medios alternativos?
La Organización Nacional Indígena de Colombia, el Movimiento Social por la Vida y la Defensa del Territorio (Movete), la Unión Sindical Obrera, y el Comité de Integración Social del Catatumbo CISCA, conversan con Olimpo Cárdenas (director de Periferia)


-11:10 a.m.: Periferia: un medio que camina.
Johannes Rivas (distribuidor de Chocó), Polidoro Guaitero (distribuidor de San Gil), Mauricio Martínez (distribuidor de Bucaramanga), y Héctor Jiménez (distribuidor de Medellín) conversan con Juan Alejandro Echeverri (periodista de Periferia)


-2:00 p.m.: Periodismo militante… ¿sí o no?
Santiago Rivas (periodista y presentador), Elkin Sarria (director de Contagio Radio), y Olimpo Cárdenas (director de Periferia) conversan con Sara López (editora de Periferia)


-3:20 p.m.: Formatos y lenguajes: diversas manifestaciones de lo alternativo
María Paula Murcia (Mutante), y Gustavo Adolfo Hincapié (Producciones El Retorno), conversan con Mariana Álvarez (directora de Enfoque de Oriente)


-4:40 p.m.: La caricatura y el arte callejero: una irrupción gráfica en los medios.
Orión y Puro Veneno conversan con Átomo Cartún


-6:00 p.m.: Medellín y sus periferias.
Memo Ánjel (escritor) y Reinaldo Spitaletta (escritor) conversan con Juan Alejandro Echeverri (periodista de Periferia)

 

Para estar enterados de las actualizaciones de este evento, pueden visitar la programación en Facebook.

 

En 15 años, más de 600 investigadoras, líderes sociales, defensoras de derechos humanos, profesores, campesinos, feministas, comunicadores populares, senadores, afros, internacionalistas, sabios empíricos, melómanos, cinéfilos, sindicalistas, ambientalistas, y gente del común de todo el país ha publicado en las 155 ediciones de Periferia. Son esos ninguneados por un Estado déspota y bélico nuestra razón de ser. Nos enorgullece saber que, más que un medio, durante estos 15 años Periferia ha sido –y es– una herramienta que les permite a las comunidades y los procesos sociales recuperar su derecho a la comunicación. En nuestras páginas, mes a mes, la Colombia periférica se narra, conoce sus problemáticas, se hace consciente de ellas, y descubre las maneras más dignas e ingeniosas para enfrentarlas.

Periferia es el sueño hecho realidad de un grupo de inconformes con la violencia, las mentiras de los medios de comunicación corporativos, y la perversidad e injusticia del modelo económico que en 2004 lideraba la ultraderecha y cuyo embrujo nos condenó al neoliberalismo que hoy conocemos.

Periferia es una joven que ha enfrentado el patriarcado, los abusos y las desigualdades. Es también la vida descalza y desnuda que reclama servicios públicos en los barrios altos de las ciudades. Es una montaña de mujeres y de hombres luchando por su dignidad en las cárceles que los mata lentamente, salvo si son de apellido Merlano. Periferia tiene la sangre negra e indígena que defiende los territorios y resiste a la discriminación, al abandono y al racismo. Es una obrera peleando por el bienestar de su familia. Es una vendedora de obleas que organiza a los venteros ambulantes, o que vende almuerzos a tres mil pesos para que otros no sufran el hambre que ella padeció en su infancia.

Periferia es el niño leyendo la historia de su padre desaparecido, y luego haciéndose hombre para estudiar periodismo y contar las historias de otras víctimas. Es el niño que le lee prensa alternativa a su padre analfabeta, y a la vez se forma ideológicamente. Es la lucha estudiantil contra la corrupción y por la educación pública y gratuita. Es rebeldía con olor a pólvora y sudor. Es un nuevo país donde caben los sueños de los humildes.

Periferia es un periodismo alternativo que se la ha jugado con esfuerzo y amor por la comunicación popular, abriendo puertas y ventanas para que por allí entren las generaciones del cambio y de las transformaciones sociales. Aquellas generaciones que van a disputarle el auditorio a los medios masivos de comunicación, y que reivindicarán la comunicación como una forma de emancipación, autonomía, autoestima y lucha por el derecho que tienen las comunidades a construir su propuesta de vida.

En estos 15 años construimos con otros y otras, porque la comunicación popular no puede estar separada de la vida en comunidad. Por ejemplo, nos juntamos con la barriada en Medellín, y, junto a la Red Juvenil y la Corporación La Aldaba, le dimos vida a una hermosa escuela de formación popular en la que trabajamos áreas como la economía política, arte y resistencia, y comunicación popular. De allí surgieron verdaderos líderes y lideresas que en la actualidad hacen parte de los procesos sociales. También con ellos y ellas recorrimos el Oriente antioqueño, y junto a la Corporación Jurídica Libertad, la Asociación Campesina de Antioquia, la Red Feminista y Antimilitarista, Asoproa, Sintraisa, Sintraisagen, y decenas de jóvenes de diferentes municipios, ayudamos a las comunidades desplazadas de esa región azotada por el paramilitarismo y productora del 30% de energía que consume el país, a reactivar su lucha en contra las altas tarifas de energía y la precariedad de los servicios públicos. Decenas de artículos, crónicas, actividades y movilizaciones generaron nueva vida, dinámica y empoderamiento de esas comunidades con las que emprendimos la defensa de los ríos, creamos el Festival del Agua, y fundamos el Movete, organización que hoy lidera la defensa del territorio en el Oriente antioqueño.

Periferia ayudó a parir nuevos procesos de comunicación popular en el Oriente y el Nororiente colombiano. Estuvimos presentes en la creación de muchos colectivos de comunicación en diversos territorios del país, porque eso que pasa en las regiones es la realidad ignorada por el centro de poder político y económico. También trabajamos arduamente en la incipiente y luego poderosa organización popular que en 2007, de la mano del movimiento indígena, campesino y afro, se apoderó de campos y ciudades con la Minga Social y Comunitaria. Esta iniciativa le dio paso luego al Congreso de los Pueblos y la Marcha Patriótica. Años después a la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y popular, y a los paros agrarios de los años 2013, 2014 y 2016. Allí siempre estuvo Periferia, no solo haciendo registro, sino viviendo las luchas y reportando desde adentro.

También estuvimos presentes en la construcción de la Cumbre Agraria Antioquia en compañía de Ríos Vivos, Agrodescendientes, Marcha Patriótica, el Cinturón Occidental Ambiental, y el Congreso de los Pueblos. A raíz de esa juntanza desarrollamos trabajo campesino y urbano en muchos municipios de Antioquia. Nos movilizamos masivamente y obtuvimos importantes logros para las comunidades a través de la lucha y la negociación con la gobernación de ese departamento.

Periferia es un proceso dentro de las luchas sociales que para sobrevivir ha mantenido su coherencia. La autogestión es el corazón financiero de nuestra apuesta. La creación de un Taller de Artes Gráficas nos permitió no solo imprimir nuestro propio periódico, sino el de otros procesos. Además, impulsamos una propuesta editorial que hoy tiene como resultado la publicación de más de 45 obras de carácter político, educativo y literario, que han producido las organizaciones hermanas que siempre nos han acompañado en estos 15 años.

Hoy las razones que inspiraron la creación de Periferia y la existencia de la comunicación popular, están más vivas y vigentes que nunca. Las guerras de cuarta y quinta generación que libra el capital contra la humanidad, pretenden monopolizar no solo nuestras emociones sino nuestra racionalidad; además de convertirnos en esclavos que siguen las órdenes de los emporios económicos trasnacionales y repiten sus consignas de muerte. El ecosistema mediático y comunicativo exige de la sociedad, las comunidades, sus liderazgos y sus procesos, un compromiso mayor para enfrentar una guerra ideológica en la que se disputan las conciencias y los corazones de una humanidad hecha para el amor, la convivencia, lo comunitario, y la justicia social y ambiental.

La historia no es otra cosa que una batalla por el relato, una batalla entre la verdad y la mentira. Cumplimos 15 años multiplicando las voces y los relatos que necesita silenciar el capital. Seguiremos, por muchos años más, haciendo lo único que sabemos hacer: haciendo y escribiendo la historia desde la periferia.

Entrevista con Alfredo Serrano, director de CELAG 

 

Desde hace cinco años el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) ha intentado aportar una mirada rigurosa, crítica y analítica sobre los fenómenos políticos, sociales y económicos de nuestra apetecida y privatizada Latinoamérica. La institución cuenta con un vasto registro investigativo de referencia para la opinión pública, el debate académico, y el diseño de estrategias públicas.

Esta es la primera entrega de la conversación entre Periferia y Alfredo Serrano Mancilla, doctor en Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona, especialista en Economía Pública, Desarrollo y Economía Mundial, profesor en universidades internacionales, columnista invitado en Página 12 y Russia Today, autor de libros como América Latina en disputa, El pensamiento económico de Hugo Chávez, y actual director de CELAG.

Periferia: Se llegó a hablar de Latinoamérica como continente de la esperanza, ¿qué estaba ocurriendo hace veinte años en el mundo en general y en Latinoamérica?
Alfredo Serrano: Cuando se dan crisis en el epicentro del orden capitalista global, suelen tener mecanismos de respuesta más aceitados porque tienen resortes de un estado de bienestar, una capacidad incluso de rebajar precios, están más protegidos por los órganos financieros internacionales. En América Latina, a finales de los noventa, se precipita un proceso de cambio porque el continente sufre el tsunami neoliberal, entonces se da la victoria de Chávez en el 98, después la victoria de Lula en el 2002, la victoria de Néstor Kirchner en el 2003, Evo Morales en diciembre del 2005, Correa en el 2006. El mensaje es “basta ya de políticas neoliberales”; el hartazgo con las políticas neoliberales sintoniza con la emergencia de ciertos liderazgos.

América Latina va contracorriente del modelo neoliberal global; ensaya políticas progresistas, en un sentido muy amplio de preocuparse por los derechos sociales, resolver la deuda social heredada, y esto hace que estos procesos vayan teniendo más tejido social.

Ahora hay una tensión entre el modelo conservador y el modelo más progresista, pero nos precipitamos mucho en creer que la huella de lo que pasó hace 20 años había desaparecido, yo creo que no desaparecen tan rápido las huellas progresistas; ni siquiera en los países donde tienen modelos de gobierno neoliberales como el colombiano, el chileno o el peruano; hay un bloque que se alimenta de la esperanza que hubo en ese momento con sus altibajos, errores, aciertos y demás.

P: ¿Si no hubiera sido Venezuela el primero en dar el campanazo lo hubieran hecho los otros países?
AS: En democracias liberales es fundamental ganar en las urnas, buena parte de la izquierda latinoamericana no estaba en esa tradición, porque las democracias eran aparentes, fallidas, manipuladas. El punto de inflexión en Chávez es que en el 96 decide apostar por la vía estrictamente democrática, incluso teniendo que convencer parte de la gente que le sigue. Esa victoria es relevante. Hay que recordar que estamos en una etapa post caída del muro, post declive del campo socialista, yo recuerdo que resultaba casi inimaginable que la izquierda pudiera ganar una elección presidencial en España.

Si no hubiera sido Chávez seguramente hubiera ganado Lula, hubiera ganado otro actor, no sabemos quién. Pero la victoria de Chávez genera ese empujón a la región para pensar luego en Evo Morales o Rafael Correa.

Se produce ese “click” en la cabeza de muchas mayorías latinoamericanas, la necesidad de estar en el poder para transformar las cosas. A veces uno piensa que solo es suficiente el trabajo territorial para poder transformar las cosas. No, eso es necesario, pero además es importante tener la presidencia de un país para poder transformar las cosas: ese cambio lo encarnaba Hugo Chávez

P: Quisiera ahondar en esto porque viendo lo que pasó, ¿crees que Lula hubiera tenido el liderazgo para empujar toda la región? Chávez se la jugó por la región, no solo por Venezuela; en cambio siento que Brasil se fue solo.
AS: Hugo Chávez hereda un poco el pensamiento geopolítico de Bolívar. Hugo Chávez se forma en la academia militar que cambia el plan de estudios, y él se empapa de la visión bolivariana. Yo creo que Néstor Kirchner también tuvo una visión muy regional, aunque es cierto que llega de una manera muy diferente, con muy pocos votos, casi una suerte de carambola, una aritmética extraña en el Parlamento Argentino en el 2000, pero también tenía una visión así. Rafael Correa tiene una visión muy de prohibición mundial. Seguramente Lula incline otra mirada, en Brasil siempre ha sido distinta la relación con los países latinoamericanos.

Pero gracias a la proyección geopolítica de Hugo Chávez, se descubre que hay un Caribe que es relevante políticamente. De hecho, todavía tiene importancia en la votación en la OEA; en la OEA no logran los votos que quieren para obtener cosas en contra de Venezuela, precisamente por esas políticas iniciales de Hugo Chávez con el Caribe, enmarcadas en una línea global de relaciones que se dan en el 2005, y que retoman las relaciones con Rusia y China. También hay una predilección internacional con la OPEP [Organización de Países Exportadores de Petróleo]. Si Chávez no hubiera intentado revalorar la OPEP, y obtener soberanía a la hora de determinar la política petrolera global, estoy convencido que no le dan el golpe de Estado en el 2002.

Este es un aprendizaje que ayuda mucho a que los liderazgos de la región vayan entendiendo la necesidad de cambios externos para tener una transformación interna. Eso lo hace muy bien Chávez y contamina positivamente. De ahí el surgimiento de UNASUR, la CELAC, y otras tantas instituciones.

P: Para bien o para mal, es clave lo de la diplomacia petrolera: es clave que haya buena producción de petróleo, y que haya un buen precio del petróleo para que Chávez pueda jugar y acertar también con más amigos.
AS: Claro que tiene importancia, pero piensa un poco lo que fue la Cuba de antes, el valor simbólico de Cuba en el ordenamiento progresista latinoamericano, y lo que sigue siendo… y no tiene petróleo. A lo que voy es que el factor económico ayuda y empuja, pero si solo miramos eso estaríamos dejando de lado otro tipo de principios característicos, otra forma de hacer política exterior. Pongo el ejemplo de Cuba porque no tiene esa capacidad económica, pero es capaz, simplemente diciendo “tengo médicos y sé alfabetizar”, no con un recurso económico pero sí con un recurso social, humano y demás.

Chávez más que una persona que se aprovecha del tema petrolero, es alguien que entiende que ahí hay una disputa, y plantea que haya una política de frente común de los países petroleros, incluso al interior de Latinoamérica.

P: Hay un pensamiento económico que se desarrolla, porque sabes que tienes un recurso estratégico mundial. Lo que tiene Venezuela no lo tiene nadie más en el mundo, pero ¿puede Chávez pensar en internacionalizar una propuesta económica, social y política, gracias a esa capacidad petrolera y el bloque ideológico de su pensamiento?
AS: Las ideas económicas son el resultado de una circunstancia en un lugar determinado. El pensamiento económico de Chávez sería inviable entenderlo sin su propio marco epistemológico, sin sus propios recursos, sin la propia historia de Venezuela. Sería ridículo que Chávez tuviera un pensamiento económico y político si no bebiera de la propia historia en la que Venezuela, en la década de 1920, es instrumentalizada a nivel global como el abastecedor del petróleo. Él tiene que afrontar en los 90's una deuda social durísima con los recursos que tiene. El sector petrolero resulta fundamental, pero la mayoría de la renta petrolera en ese país, como en tantos otros, se fuga sin dejar nada, ni siquiera el goteo.

Chávez es fruto de un montón de cosas. Ha leído de todo un poco, hay muchos economistas referentes para él, como Matus el chileno, y el propio Alvarado peruano, una cantidad de autores que le van permeando. Claro que él utiliza el petróleo. Lo que él plantea es una suerte de reapropiación de la renta petrolera. A partir de ahí, va desarrollando un pensamiento con muchos momentos difíciles, que tiene saltos como suele pasar con la evolución de cualquier líder histórico.

Chávez tiene en cuenta que tiene una deuda social muy grande, la gente muere de hambre. Él crea las visiones para responder rápidamente, es como decir: “no tenemos tiempo para pensar qué hacer”. Chávez va resolviendo poco a poco y va cambiando, tiene mucho viraje su pensamiento propio. Es otro Chávez que después se preocupa por la elasticidad de un aparato productivo. Chávez en el 2008, 2009, 2010, 2011, está empezando a preocuparse por la necesidad de tener una oferta interna suficiente para la nueva demanda interna que ha creado gracias a las políticas de distribución.

Tener una transformación productiva en todos los terrenos, primero los estratégicos como el inventario farmacéutico, y el abastecimiento de productos de consumo. Tú dices, ¿dónde tengo la oferta para evitar un rentismo importador? Autores como Frank o Samir Amín dirían que ese es uno de los grandes errores: solo abastecer la demanda interna con importaciones “porque tengo renta”, pero eso tiene un límite.

Cuando tú tienes una demanda interna muy chica, porque la consume una oligarquía muy chiquitita del país, es fácil abastecerse importando poquito. Ese es el modelo colombiano. En Colombia el patrón de consumo depende del 5% de la población que consume muy elevado y despacio. Entonces sí queda un poquito de la renta petrolera. Importo todo lo que necesitan, todos los bienes de lujo a su nivel. El problema es cuando tú democratizas el consumo, como lo ha hecho Bolivia, y pasas de un consumo minoritario a un consumo masivo, entonces dices: ¿y ahora cómo abastezco? Es el gran dilema económico que preocupa mucho a Chávez. Es el gran desafío de la economía venezolana: resolver una transformación productiva que tenga capacidad de abastecer la demanda interna.

P: Si el punto es que el petróleo de Venezuela se lo llevan y no queda nada, lo mismo pasa en Bolivia con el gas, en Chile con el cobre, en Ecuador y Colombia con el petróleo, ¿su disputa, y la de América Latina, es por la nacionalización de los sectores estratégicos o es una lucha interna de clases?
AS: Evo Morales llegó al poder y nacionalizó sectores estratégicos. Siendo el gas el principal, pero también la distribución eléctrica. Gracias a eso se generaron 670.000 empleos, se incrementó el consumo por 125%, la inversión pública pudo crecer un 90%, e hizo posible que se obtuvieran 6700 dólares PIB per cápita más. Se trata de evitar que se vaya la plata, para que se quede adentro. Es la disputa de Evo Morales, quien dice: el camino no es la vía de la privatización, la fuga de capitales, de renta de todos los sectores. Es un modelo donde yo nacionalizo y lo que hago es redistribuir la renta y gestionar eficientemente. Ahí siempre se presenta un falso dilema: que nacionalizar es ser ineficiente. Bolivia demuestra que es todo lo opuesto, su modelo ha logrado ser el más eficiente. Lo confirman la CEPAL, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial. Bolivia ha sido record en los últimos seis años en crecimiento económico, por encima de Colombia, Chile, Perú, Ecuador. Los modelos neoliberales presumen que ellos son los que saben crecer.

Es una disputa de modelos, lo que pasa es que el bloque conservador no se va de casa cuando le dices “vete”. Cuando democráticamente has ganado, cambias las normas, haces una constitución nueva, la vota la mayoría del pueblo, y le dices al capital que ahora no se puede quedar acá de la misma manera, él nunca se va.

Tuesday, 08 October 2019 00:00

Editorial 154: Democracia de papel

¿Qué hacer en un país donde no funcionan la democracia y las instituciones, y el sistema de justicia, la Fiscalía, las Fuerzas Militares y la Policía tienen prácticas criminales y de impunidad? Donde el sistema electoral es un fiasco porque las investigaciones y denuncias que señalan los vínculos de los clanes de siempre con la delincuencia, no solo no llegan a ningún lado, sino que las mafias siguen reeligiendo una y otra vez a las mismas familias que saquean los recursos públicos. Y el Gobierno, con ánimo guerrerista, exhibe su habilidad para engañar a los organismos internacionales legitimando la mentira, el crimen, la ilegalidad y los antivalores autoritarios y traquetos.

Donde los medios masivos de comunicación tapan un escándalo con otro nuevo, echándole tierra al anterior sin que la verdad se pueda conocer y los responsables paguen por ello. Peor es cuando la verdad se conoce y sin embargo nadie responde. Así se construyen montañas de olvido e indiferencia. También su lenguaje legitima la violencia, al punto que la sociedad, los líderes de centro o izquierda, y las organizaciones sociales y de derechos humanos, terminan usándolo. “Uso desmedido de la fuerza”, dicen, refiriéndose a varios policías del ESMAD que patean sin piedad a un jovencito o jovencita por protestar ante la corrupción en el sector de la educación, o ante los incumplimientos del pasado paro, como si hubiera una violencia que se pudiera medir y aceptar.

Acudimos mudos y ciegos al derrumbe de lo poco que queda de democracia. En los últimos meses fuimos testigos de cómo la protesta legítima de la sociedad fue reprimida de manera violenta, con policías infiltrados entre los estudiantes destruyendo puertas y ventanas de edificios para provocar el uso de la fuerza; con cuerpos élites del ESMAD y militares disparando de manera letal contra campesinos e indígenas en la Minga, portando armas que apagan ojos y mutilan extremidades, lanzando golpes que rompen cráneos y al mismo tiempo familias, vidas, sueños y esperanzas.

Seguimos contando cadáveres y observando impávidos el terrorismo de Estado. Atendemos como espectadores a la traición de las élites que, a través del genocidio, acaban con las vidas de los desmovilizados que entregaron sus armas, creyendo honesta, o ingenuamente, que los caminos del cambio y la revolución se podían transitar también por las vías institucionales. Pareciera que no tuviéramos fuerza para detener el asesinato y la judicialización de líderes y lideresas sociales que defienden sus territorios, reivindican sus derechos, y construyen la paz con justicia social.

Sin embargo, la voz desprovista de autoridad y ética del Estado, y su Gobierno ilegítimo, nos vuelven a invitar a participar en las elecciones, las más sangrientas en comparación con las que se llevaron a cabo hace cuatro años. Según la revista Semana, han sido asesinados una candidata y seis candidatos a las alcaldías, y 46 más han sido amenazados y presionados a retirarse de la contienda.
Pero ese no es el principal problema. Reducir la democracia a la clásica y vacía concepción de que hay derecho a elegir y ser elegido, mientras se escogen a las buenas o a las malas los mismos de siempre, viene siendo una manera lapidaria forma de enterrar otras formas de lucha y de construcción de democracia que las comunidades y los procesos sociales han desarrollado por décadas en nuestro país.

El pacifismo y el electorerismo baboso se impregnan como almizcle y se apoderan de todo, empujando a los procesos sociales y a las voces críticas a sumarse a las consignas de las derechas: “más vale una paz y una democracia imperfectas que una guerra perfecta”; “en política todo se vale porque esta es dinámica”. Bajo estas “máximas” hoy es fácil ver a candidatos de izquierda o de procesos sociales pedir avales o aliarse con personajes de los partidos de la derecha vinculados con el paramilitarismo, la corrupción, o el crimen.

Ahora nadie puede justificar ni reivindicar la legitimidad de las acciones beligerantes de las comunidades, ni las explicaciones históricas y éticas que amparan el derecho a rebelarse, so pena de quedar encasillado, por la derecha o la izquierda políticamente correcta, en la fila de los guerreristas y ser linchado socialmente.

El sueño, válido y legítimo de llegar al gobierno con una propuesta alternativa no puede mermar la convicción ideológica de los procesos que históricamente han contribuido a la dignidad colectiva. Esta les ha permitido a las comunidades confrontar con la cara en alto las políticas entreguistas de las élites y fomentar la defensa del territorio, el poder popular y la denuncia al terrorismo de Estado. Tampoco se pueden reducir los esfuerzos y las propuestas de transformación social a su participación desordenada y descriteriada en las urnas.

Las comunidades, partidos, movimientos y procesos populares tienen la obligación política y ética de poner a jugar todo su acumulado en la disputa por el poder en todas las modalidades y escenarios. En la disputa institucional su aporte es fundamental, justamente en el cambio de mentalidad, de las prácticas y de las costumbres políticas antidemocráticas y discriminatorias que durante casi dos siglos le asignaron al pueblo el papel pasivo y sumiso de asistir tímidamente a votar, creyendo que allí se agotaba su responsabilidad.

El rol de un movimiento social que aspira a disputarse el poder debe ser el de cogobernar, exigir, denunciar, vigilar y movilizarse en torno a sus intereses. Esto solo es posible si el ejercicio electoral va a acompañado de una dinámica de poder popular que sea capaz de jugar de tú a tú, y bajo las mismas condiciones en el fortalecimiento del gobierno progresista, o uno de transición hacia la democracia que proponga nuevas formas de gobierno en donde los pueblos tomen las riendas de su presente y futuro.

Monday, 23 September 2019 00:00

100 Amigos de periferia

Saturday, 07 September 2019 00:00

Editorial 153: La guerra nunca se fue

El genocidio estatal contra las organizaciones sociales no para, tampoco la violencia de toda clase contra el pueblo y la oposición política, y es posible que no se detenga mientras los colombianos, las colombianas y el resto del planeta sigan reaccionando ante la tragedia como cuando uno se enoja y maldice frente al televisor por una noticia o imagen que muestra injusticia y dolor. La simple rabia y la protesta frente al televisor no sirven de nada ante el abuso; si no hay acciones contundentes y masivas de la sociedad contra las arbitrariedades del Estado en materia económica, social y política, o en contra del genocidio, este no se detendrá.

El terrorismo de Estado no es nuevo, tampoco lo es la corrupción practicada a diario y la desigualdad provocada por las élites que han mal gobernado este país. El 29 de agosto, 24 horas antes de que se conmemorara el día internacional del desaparecido, la Fiscalía General de la Nación abofeteó a las víctimas de los más de 80 mil casos de desaparición reportados en los últimos 42 años en Colombia, al manifestar que las desapariciones en la retoma del Palacio de Justicia del año 1985 a manos de las fuerzas militares, y por las que la Corte Interamericana de Justicia condenó al Estado colombiano, jamás ocurrieron. También se conoció días antes el plan de las fuerzas militares para acomodar un informe a su amaño ante la Comisión de la Verdad y de paso borrar la memoria histórica pisoteando de nuevo a las víctimas.

El terrorismo de Estado es una práctica muy vieja en Colombia, pero la manera como lo hace el gobierno de Iván Duque es muy preocupante. Sumado a los ataques contra la verdad y la memoria de las víctimas, se ha empeñado en destrozar lo poco que queda de los Acuerdos de Paz, y cerró las puertas a las comunidades y pueblos que en los territorios claman su derecho a construir paz emprendiendo diálogos regionales u otras iniciativas que les permitan algún día dormir sin miedo.

Sin embargo, las comunidades en los territorios no se han quedado quietas y vienen enfrentando las agresiones con protesta social y acciones como refugios humanitarios, misiones de verificación, caravanas humanitarias, la multitudinaria marcha por la vida de julio 26, las asambleas, los cabildos, las mingas, y decenas de manifestaciones en todas las modalidades habidas y por haber. Pero la tragedia no para porque los criminales caminan a sus anchas haciendo daño por los territorios con el auspicio del gobierno y las autoridades. El Presidente de la República, el Ministro de Defensa, la Ministra del Interior, la Fiscalía General, la Contraloría, el Congreso de la República y los comandantes de las Fuerzas Militares y de Policía son simples cargos de papel que como dice Rubén Blades escuchan sin oír y miran sin ver.

Las misiones y las caravanas han jugado un papel fundamental en la denuncia y constatación de la crisis humanitaria que viven zonas como el Catatumbo, Sur de Bolívar, Sur de Córdoba, Norte del Cauca, Chocó, Bajo Cauca y Suroeste antioqueño, entre otros. Recientemente, decenas de internacionalistas, cientos de líderes y lideresas de organizaciones sociales, populares y defensoras de derechos humanos, transitaron con participación de algunas comunidades del Chocó los ríos Truandó, Chintadó y Salaquí, también caminaron por las zonas humanitarias de los ríos Jiguamiandó y Curvaradó, donde el control paramilitar no se ve, pero se conoce y se siente.

Según los caravanistas, el panorama de miseria, inseguridad, falta de agua potable, salud y educación es vergonzoso, y ver caseríos desolados por el desplazamiento forzado es verdaderamente demoledor. Los cuerpos médicos que acompañaron las Caravanas encontraron en adultos e infantes problemas graves de salud como consecuencia de la guerra, falta de concentración, pérdida de la visión, del oído, afectaciones al sistema nervioso. Se registran abortos espontáneos y nacimiento de bebes con malformaciones. El hacinamiento provoca rupturas del núcleo familiar, afectaciones en las relaciones sexuales y de pareja; problemas de columna y articulaciones. Los bombardeos y las erradicaciones con glifosato han afectado a las personas y a la naturaleza, han aparecido enfermedades como la diarrea, la fiebre, las intoxicaciones y los brotes en la piel (todo a causa de la contaminación del agua). Bajo esta situación, las prácticas culturales (medicina tradicional), el deporte o los juegos tradicionales se vienen perdiendo; el esfuerzo por desarrollar soberanía alimentaria ha desaparecido prácticamente.

Por su parte, en el Bajo Cauca, que es la tercera subregión más grande de Antioquia con una extensión de 8.485 km2 y una población total de 302.261 habitantes, la militarización estatal y de grupos narcotraficantes, paramilitares, e insurgentes es abrumadora. Así mismo lo es la violenta confrontación armada que se extiende contra la población civil y en especial contra los y las lideresas sociales…

Si no fuera por la sonrisa permanente de los rostros de los niños y las niñas de los pueblos negros; la belleza de las pinturas en la piel indígena; el profundo negro de los ojos esperanzadores de los Emberas; o el ímpetu de los campesinos y campesinas que salieron en el Bajo Cauca a apoyar y avivar la solidaridad y el mensaje de vida y paz, el dolor y la angustia de los participantes de las caravanas no hubiera sido fácil de superar.

Los días y las noches en los territorios de la Colombia profunda siguen oliendo a miedo; las comunidades despiertan con noticias tristes, noticias que llegan a las ciudades, pero no a los corazones de la muchedumbre que viaja atestada en los transportes masivos o caminan mirando sus celulares, con los oídos tapados. Por eso la masacre de Karina, la aspirante a la alcaldía del municipio de Suarez y cinco personas más no genera dolor sino a sus familiares, y quizá a los defensores de la paz y la vida. Un anuncio trágico para las candidaturas alternativas de octubre, que no será denunciado por el mejor noticiero de los últimos años (Noticias Uno) que también murió bajo las balas del mercado.

Con semejante crisis humanitaria ante nuestros ojos, y aún nos dejamos convencer por los medios masivos que señalan el regreso de las FARC – EP a la lucha armada como la peor noticia. Regresa la guerra, dicen los analistas; nunca se fue de nuestros territorios y nuestras vidas, gritan indignados los habitantes de la Colombia profunda.

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