Desempleo y explotación neoliberal Destacado

En su más reciente informe sobre desempleo en el país, el Dane ubicó en 10,7 por ciento el número de quienes no cuentan con trabajo, una de las cifras más altas de las dos décadas que constituyen este siglo.

Sin embargo, esta cifra no alcanza a reflejar la dimensión profunda de una realidad que el mismo Dane maquilla cuando dice que una persona con ingresos mensuales de $450.000 puede ser considerada de clase media. Es decir, quienes están desempleados pero por cuenta propia logran reunir algunos cientos de miles de pesos, no sobreviven, como corresponde en la vida real, sino que viven o bien viven.

Más allá de los números y cifras, es la realidad de los de a pie, los que sufren la realidad del desempleo, la que nos muestra la otra cara de la explotación capitalista y el proyecto neoliberal dominante en la actualidad.

“No creo que pueda conseguir un empleo formal, con sueldo, salud y pensiones”
“Vendo lo que se pueda en las calles. Casi tres años sin trabajo me obligan a rebuscármela como pueda, las deudas no dan espera y de hambre no se puede dejar morir. Yo trabajaba impulsando productos en almacenes de cadena, ya sabe, promocionando salsas, jabones o gaseosas para que la gente las compre. Pero la cosa comenzó a ponerse dura hasta que al fin las temporales, donde nos mandaban a firmar contrato cada tres meses, empezaron a ponerle problema a mi hoja de vida. Unas veces era porque ya tengo más de treinta años, otras porque no he podido estudiar y casi siempre porque tengo un niño de cinco años con parálisis cerebral. Así inicié el martirio de pasar hojas de vida por toda la ciudad, de aplicar a bolsas de empleo e incluso pagar ante la promesa de un trabajo que nunca salía.

Una vez encontré un anuncio en el periódico donde convocaban madres cabeza de familia para un proyecto productivo. Una vecina me cuidó a Mateito, mi hijo, y me prestó lo de un par de pasajes para poder ir a la cita. Cuando llegué a una oficina grande me explicaron que realmente se trataba de vender enciclopedias y libros en los colegios e incluso puerta a puerta. Pasé todo el día escuchando cómo se habla en público y se convence a la gente. Al final nos dijeron a más de once mujeres, que no habíamos ni siquiera almorzado, que no tendríamos un salario sino que pagaban un porcentaje sobre cada libro vendido, que la cosa era de berraquera y de querer salir adelante. Nunca me sentí más humillada.

Ante la falta de opciones recurrí a la calle, al transporte público. La primera vez que me subí a vender dulces a una buseta sentí que la vergüenza no me dejaba hablar. Al final una se acostumbra a que algunos miren con lástima, otros te ignoren y algunos sean solidarios. No creo que pueda conseguir un empleo formal, con sueldo, salud y pensiones. La cosa está muy dura y a mí se me está pasando el tiempo”.

“Un día el supervisor me entregó un sobre
azul”
“Un día me dijeron que ya no tenía empleo. Después de más de veinte años en una empresa de doblaje de metales me levanté una mañana con la angustia de no poder ir a mi estación de trabajo a ganarme el pan. Yo salí de un colegio técnico y después me especialicé en el Sena, estuve trabajando siempre en compañías grandes donde tuve todas las garantías: salud, pensiones, vacaciones… o bueno eso pensaba. La única garantía que no te dan es que con el pasar de los años, cuando te faltan las fuerzas y el cabello se te pone blanco, puedas competir con los más jóvenes por un trabajo cada vez más duro y peor pago.

De esta realidad comencé a darme cuenta desde antes que me echaran, haciendo el turno nocturno. Entraba a las nueve y salía rayando las seis. Cada vez sentía más el desgaste: algunas piezas me comenzaron a salir mal y estaba muy irritable, incluso con mis hijos. Obviamente me enfermé con más frecuencia, al principio era una gripa prolongada o dolores de estómago que no me dejaban comer bien. Un turno de noche es como trabajar sin descanso cinco días seguidos.

Un día el supervisor me entregó un sobre azul… todos sabíamos que era una hoja de despido. Lo interesante es que ni siquiera tenía mi nombre bien escrito. Aunque la persona de la oficina del segundo piso me dijo que no había problema, yo sentí que era una humillación final. Que después de veinte años solo recibes un sobre azul con tu nombre a medio escribir… que no vales nada.

Estuve un tiempo buscando empleo en lo mismo, pero siempre me rechazaban por la edad. Levanté bultos en la plaza de abastos hasta que las fuerzas me lo permitieron. Hoy, con más de sesenta años, vendo helados por la calle empujando un carrito a sol y lluvia. Creo que este Gobierno no se interesa lo más mínimo por la gente como yo”.

“Hoy estoy en la casa con la angustia de cómo conseguir trabajo”
“El accidente lo tuve comenzando este año. La empresa para la que supuestamente estaba trabajando contrata gente con moto o bicicleta para entregar domicilios. Las personas contactan por celular y en menos de quince minutos ya tienen su pedido en la casa… lo pintan como el negocio del siglo.

Lo cierto es que tenía más de dos años saltando de un empleo informal a otro. Repartiendo papelitos de publicidad en la calle, empacando productos en almacenes de cadena y cuidando carros en parqueaderos públicos. Cuando llegué a la casa con el morral de la compañía pude notar cómo los ojos de mi hijo se encendían de alegría: ahora podría decir en el colegio que su papá tiene un trabajo.

Pero las esperanzas se desvanecieron rápidamente. Debía entregar un pedido de comidas por el centro de Bogotá, cuando por el afán me le atravesé a un taxi. Después solo me acuerdo que estaba en el hospital con una pierna y varias costillas rotas. La tal empresa, de innovación y negocios en internet, nunca afilia a sus trabajadores al régimen de salud y ni hablar de otras garantías que son de ley. Casi pidiendo limosna entre amigos y familiares pudimos pagar la cuenta del hospital, y hoy estoy en la casa tratando de recuperarme y con la angustia de cómo conseguir trabajo después.

Yo siempre dije que el que no trabaja es porque no quiere, que si algunos salen adelante –a pesar de las condiciones difíciles– eso indica que todos podemos. Ya sabe, los discursos que nos mete en la cabeza la derecha para que la gente no salga a protestar y termine pensando que la culpa es de uno. Hoy me he preocupado por leer más, y estoy seguro que si antes lo hubiera hecho hoy estaría mejor… o por lo menos no tan jodido. Pienso en el futuro de mi esposa y mi hijo, y a veces me da por largarme de este país donde no hay oportunidades para nadie. ¿Pero si todos nos vamos… quien podrá cambiar esta vaina?

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Álvaro  Lozano Gutiérrez

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