Super User

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Monday, 09 April 2018 00:00

Desarraigo

“Creo que el hombre debe vivir en su propio país y creo que el desarraigo es para el ser humano una frustración que, de una u otra manera, atrofia la claridad de su espíritu.”
― Pablo Neruda


Medellín - Manrique Oriental, 1990.

Era un lunes de abril muy soleado. Luego del colegio, Luisa tenía la tarea de ir a la casa de sus hermanas mayores para saludar a su mamá, quien venía de visita cada veinte días debido a que trabajaba. Eran las tres de la tarde. Aparentemente todo se veía tranquilo en el sector por donde Luisa tenía que transitar, sin embargo, los rostros de los transeúntes, de los jóvenes en las esquinas, de las señoras en las aceras y balcones, sentían sin tocarse y de manera constante una tensión en el pecho, porque el miedo estaba a flor de piel.

Luisa empezaba a doblar en la esquina cuando sorpresivamente se encontró a Toño, que la buscaba. Él era uno de los más jóvenes de la banda. Siempre le pareció lindo y frágil, un chico bueno que por múltiples circunstancias entregó su vida al grupo de “los duros” del barrio, y aunque pertenecer a este lo hiciera sentir importante, a veces anhelaba una vida tranquila, pero era muy tarde, salir de ahí era darle la bienvenida a la muerte.

–Hola Luisa
–Hola Toño
–¿Sabes algo de Chila? –, preguntó Toño.
–No, la última vez que la vi fue la semana pasada que jugamos un partido de futbol, ¿por qué? –, preguntó Luisa.
Fue entonces, cuando un silencio en él terminó haciendo crujir los tendones de Luisa, el miedo se apoderaba de ella.
–¿Le pasa algo a Chila? –, preguntó Luisa.
–No. Ella debe estar bien–, respondió Toño.
Toño llevó los dedos a la boca para comerse las pocas uñas que le quedaban, y con voz baja y sus ojos aguados le dijo:
–Tengo que contarte algo muy delicado, el corazón me dice que te lo diga, pero… prométeme que no mencionarás mi nombre.
–Claro que sí­–, respondió Luisa. –Me tienes muy asustada, dime ya qué sucede.
–A ti y a Chila las han sentenciado para matarlas este Viernes.
–¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?...

–A ti porque quieren vengarse de tu hermano, que no deja verse de ellos para arreglar cuentas pendientes, y a Chila porque la descubrieron reuniéndose con los de la otra banda. Tienes que hablar con tu familia para que te saquen de aquí… yo seguiré mi camino, no pueden verme que esté hablando contigo.

Fue una conversación de segundos, pero en su alma fue eterna. Luisa disimuló su caminar rápido, no querían que la notaran extraña, anhelaba llegar pronto a casa de sus hermanas, pero el viaje también se le hizo eterno. Cuando llegó se dirigió hasta la cocina donde se encontraban ellas, e inundada en llanto y con voz temblorosa les dió la triste noticia que le había comunicado Toño. Su madre se angustió, sus hermanas decían que no era posible que le hicieran tal cosa a una niña de apenas trece años, seguro era una equivocación… Luisa guardó silencio, sólo observaba a su madre. Decidieron salir de allí, Luisa no volvería al colegio, se quedaría encerrada en casa de su madrina; mientras tanto su madre pensaría a dónde enviarla.

Fueron dos noches en las que el insomnio y el llanto de su madrina fueron su compañía. Le tenía miedo al amanecer, a quedarse dormida…

Llegó el miércoles, y con él la buena noticia de que un tío en el Valle la recibiría. Eran las 8:00 am cuando le empacaron la poca ropa que tenía en una caja de cartón, y la llevaron a tomar el autobús. A las cuatro de la tarde la recibió su tío en Cartago, llegaron a la casa, comieron, contaron historias, pues no se veían desde que Luisa tenía cinco años.

Eran las nueve de la noche cuando se disponían a jugar una partida de parqués y quien interrumpió fue el teléfono. Era para Luisa, tomó la bocina, era su madrina que con voz temblorosa le dijo:
–Acaban de matar a Chila.

Monday, 09 April 2018 00:00

Gaitán

70 años después del asesinato de Gaitán, su figura, pensamiento y llamado a la transformación siguen estando vigentes. Por esta razón en este homenaje reproducimos, con la autorización de la Corporación Otraparte, el texto del poeta fallecido Gonzalo Arango. Consideramos que este logra esbozar el vacío que aún permanece en nuestro país por la figura y acción de este hombre que se hizo pueblo.

 

9 de abril: la misteriosa madeja del destino. La muerte de este hombre altera mi vida. Cuando lo mataron, yo ni siquiera había nacido a una conciencia de ser. Era el fruto bastardo de unas bodas entre la ignorancia y una ideología fetichista fundada sobre el mito y la mala fe, que lo único que tenían de bueno era la inocencia en que se inspiraban.

Yo contaba entonces 16 años y tanto el pensamiento como la vida me eran frutos prohibidos. Lo poco que sabía entonces se me había enseñado partiendo de una moral basada en el terror al infierno. Quizá Gaitán había sido arrojado del altar de mi familia como un camarada del demonio, pues sólo hasta ese viernes de 1948 oí por primera vez mencionar su nombre: habían asesinado a un caudillo en Bogotá. ¡Se llamaba Jorge Eliécer Gaitán! Y la radio empezó a tronar los ecos fatídicos de una revolución tardía y frustrada cuyos himnos eran de muerte.

La belleza de la revolución se revolcaba en el lodo de la demencia y el crimen: el aborto era bautizado por el diablo. Esa tarde, la Revolución se resbaló y cayó en el infierno de la violencia. Después supe por qué. Aquella tarde no lo comprendí. Mi padre nos encerró en un cuarto oscuro y nos rezó como siempre que había tormenta: “Aplaca Señor Tu Ira, Tu Justicia y Tu Rigor...”. Y también: “Señor Dios de los Ejércitos, llenos están los Cielos y la Tierra de la Majestad de Vuestra Gloria...”. Para mí esas oraciones eran el fin del mundo, el diluvio y la guerra. Yo rezaba y lloraba de espanto al mismo tiempo.

Cuando después me gaitanicé, o sea me hice revolucionario y ya no rezaba de miedo a los relámpagos ni al granizo, comprendí que el drama de aquel viernes de dolores no era sólo el de un líder sacrificado, sino el drama de millones de hombres, el drama de todo el continente suramericano.

Porque Gaitán tenía la talla de un héroe y de un profeta. En ese espíritu ardía la llama mística del hombre predestinado a la liberación de un pueblo: el hombre que era reclamado desde el fondo del dolor y la desesperación popular. Pues él era un Poeta del Poder. Nunca antes hubo otro más grande en las repúblicas americanas como no fuera aquél que las fundó con su soplo de libertad, del que heredó el fuego sagrado.

Él lo habría cambiado todo en Colombia con su hermosa Revolución, pues tenía la visión y el sentido heroico del Poder. Yo sé que los poetas no se entregan sino a la verdad que encarnan, a la verdad de amor a sus ideas. Y mueren por ellas si tienen que morir. Por eso precisamente son poetas. Porque la verdad es su fin, y su gloria. En esto Gaitán se diferencia de todos los políticos colombianos. Estos toman la política como un fin. Lo que para Gaitán era sólo un medio para realizar los grandes ideales de su pueblo: su glorioso Destino.
Lo que teníamos que esperar de él era su gran fe en el destino de Colombia a través de su Revolución política, que al mismo tiempo era una revolución moral.

Con su muerte, a la que advino una feroz tiranía de plebeyos y reaccionarios capitalistas, Colombia ingresó o fue arrojada a la oscuridad del infierno por las brechas abiertas de la violencia oficial. Esa horripilante tarde de abril Colombia perdió su camino y perdió históricamente el privilegio de haber guiado los destinos de Suramérica y sus revoluciones nacionalistas, inspiradas en la nuestra.

Pues el pensamiento de Gaitán distaba de los extremos ominosos de los imperialistas para definirse en un nacionalismo orgulloso y soberano integrado con las fuentes vivas del pueblo y la nación. Gaitán no buscaba la tierra prometida ni lejos ni fuera de Colombia. Todos sabemos que la tierra prometida es la tierra que amamos, la nuestra, la que cada día santificamos con el amor y la creación, la que también se llama Patria cuando somos dignos de ella: ésa de la que estamos desterrados hace ya largos años, en la que vivimos cautivos y muertos, a la que estamos atados por una cadena interminable de opresión, dolor, disolución y miseria.

Quiero añadir que Gaitán, en su fervor nacionalista, habría ajustado la nación a una síntesis creadora sin lo malo de los imperialismos, y con lo mejor de ellos integrado a la esencia del ser colombiano.

Todos los que en aquella época tenían derecho al uso de la esperanza —ya que el de la razón estaba custodiado por las armas— esperaban de Gaitán la conquista del Poder, que habría significado para Colombia la conquista de su Destino. Pero ese Destino fue abatido a la vez que su vida, en el umbral de poder.

¿Por qué dije antes que la muerte de Gaitán influyó en mi vida de una manera tremenda? Afirmo que la muerte de ese hombre es “responsable” de lo que soy yo. Pues ni en la vida de los hombres ni en la de los pueblos sucede nada por azar. Las fuerzas históricas son determinantes, son causas “racionales” a las que no puede escapar nuestro destino.

Si Gaitán no hubiera muerto, yo no sería hoy Gonzalo Arango. ¿Quién o qué sería? No lo sé. No juego a la nostalgia ni a la profecía. Pero sí tengo la certeza de que si Gaitán viviera, el Nadaísmo nunca habría existido en Colombia. Entonces, ¿dónde estaríamos y qué estaríamos haciendo los escritores nuevos? Es casi seguro que hoy estaríamos al lado de Gaitán, con Gaitán a la carga, defendiendo sus banderas revolucionarias. No hipotecando nuestro arte a la política ni al Poder, sino dignificándolo y haciéndolo libre en el aire puro de la vida y de la Revolución del pueblo. (No pueblo como masa amorfa y borracha, sino como conciencia de vida, amor solidario y pasión creadora de su propio destino histórico).

Hoy nos hace falta en Colombia para vivir y crear el aire jubiloso de la Revolución. Nos ahogamos en la podredumbre que hoy ahoga a Colombia; nos asfixiamos en su rara atmósfera de sacristía y de tumba; estamos secos en este desierto de la vida y del alma colombianas. Estamos estériles por falta de un verdadero amor a Colombia. Somos intelectuales amargos, beatos, derrotistas, indiferentes y sofisticados. Nos hemos vuelto inmunes a la alegría y al dolor de la Patria. Los escritores nuevos hemos desterrado esta palabra de nuestro lenguaje, sentimos vergüenza al evocarla o al mencionarla. Escribimos y vivimos en el exilio de la imaginación; exploradores estéticos de la nada y el vacío. Hace muchos años que los artistas no nos acostamos con la Patria. Haría falta una verdadera posesión carnal con ella que revitalizara nuestro espíritu y lo hiciera florecer. Quiero decir un coito verdadero y espléndido. No basta el amor platónico ni la piedad. Tales amores conducen al onanismo y a la impotencia, a veces también al convento y al suicidio.

Lo que necesitamos es una verdadera revolcada física sobre la sufrida y bendita tierra de Colombia, bajo sus cielos azules y el sol que nos queme y dé sentido a nuestra vida y a nuestros tristes pensamientos abstractos de cloaca e invernadero.

Fuego que purifique con su vida y con su luz. No la que guía hoy los destinos de Colombia que parece la luz de un cirio de sacristía o de velorio, ésa no resplandece: chisporrotea, huele a sebo y amancebamiento del Poder con los poderosos del Templo.

Gaitán habría encendido otra llama en el Poder: ¡la de Prometeo! Porque no sólo era un gran caudillo sino un gran poeta. No porque hiciera versos sino porque su palabra era el fuego de la vida, de la creación, del amor y de la esperanza del hombre. Su ademán era una invitación al canto y a la alegría de vivir. Hoy 9 de abril siento que nos hace falta el poeta Gaitán para cantar la belleza del mundo y el orgullo de tener una Patria nuestra, creada por nuestro amor y para nuestro amor.

Con él, los intelectuales no seríamos hoy esta plebe de sicópatas ambulatorios que no sabemos qué hacer con el poder de la palabra, como no sea degradarla en el desprecio, la calumnia, el derrotismo, el conformismo y la autodestrucción. Por eso erramos sin destino por el desierto de Colombia, oscilando entre la indiferencia y la nada: porque no hay ninguna fuerza viva que nos apasione, que seduzca nuestro espíritu a la acción militante, y nos libre de esta inercia oprimente que se parece a la muerte del alma.

Salgo a la calle. Tengo la ilusión de encontrar una fiesta de muchedumbres, de esas mismas que una vez deliraron con la magia profética de la Revolución gaitanista. Pero no hay fiesta en la ciudad. Todo lo que veo son fusiles, soldados, perros y caballos alimentados con el pan de los pobres y los perseguidos.

Veo también un pueblo muerto de miedo y hambre que se emborracha en las tabernas, que se envilece para recordar aquel 9 de abril y para olvidar que hubo una vez —como en los cuentos fantásticos— en que pudo de verdad ¡ser un pueblo!

Y veo por último tres coronas ajadas, las que cada aniversario deposita el pueblo sobre la tumba de sus ilusiones.

Porque Gaitán fue asesinado yo soy Nadaísta. Y mi protesta la dedico a su memoria, y a la promesa viva de su Revolución.

Tomado de Obra negra, Colección Biblioteca Gonzalo Arango. Medellín, Editorial Eafit, 2016.

Monday, 09 April 2018 00:00

Gaitán

70 años después del asesinato de Gaitán, su figura, pensamiento y llamado a la transformación siguen estando vigentes. Por esta razón en este homenaje reproducimos, con la autorización de la Corporación Otraparte, el texto del poeta fallecido Gonzalo Arango. Consideramos que este logra esbozar el vacío que aún permanece en nuestro país por la figura y acción de este hombre que se hizo pueblo.

 

9 de abril: la misteriosa madeja del destino. La muerte de este hombre altera mi vida. Cuando lo mataron, yo ni siquiera había nacido a una conciencia de ser. Era el fruto bastardo de unas bodas entre la ignorancia y una ideología fetichista fundada sobre el mito y la mala fe, que lo único que tenían de bueno era la inocencia en que se inspiraban.

Yo contaba entonces 16 años y tanto el pensamiento como la vida me eran frutos prohibidos. Lo poco que sabía entonces se me había enseñado partiendo de una moral basada en el terror al infierno. Quizá Gaitán había sido arrojado del altar de mi familia como un camarada del demonio, pues sólo hasta ese viernes de 1948 oí por primera vez mencionar su nombre: habían asesinado a un caudillo en Bogotá. ¡Se llamaba Jorge Eliécer Gaitán! Y la radio empezó a tronar los ecos fatídicos de una revolución tardía y frustrada cuyos himnos eran de muerte.

La belleza de la revolución se revolcaba en el lodo de la demencia y el crimen: el aborto era bautizado por el diablo. Esa tarde, la Revolución se resbaló y cayó en el infierno de la violencia. Después supe por qué. Aquella tarde no lo comprendí. Mi padre nos encerró en un cuarto oscuro y nos rezó como siempre que había tormenta: “Aplaca Señor Tu Ira, Tu Justicia y Tu Rigor...”. Y también: “Señor Dios de los Ejércitos, llenos están los Cielos y la Tierra de la Majestad de Vuestra Gloria...”. Para mí esas oraciones eran el fin del mundo, el diluvio y la guerra. Yo rezaba y lloraba de espanto al mismo tiempo.

Cuando después me gaitanicé, o sea me hice revolucionario y ya no rezaba de miedo a los relámpagos ni al granizo, comprendí que el drama de aquel viernes de dolores no era sólo el de un líder sacrificado, sino el drama de millones de hombres, el drama de todo el continente suramericano.

Porque Gaitán tenía la talla de un héroe y de un profeta. En ese espíritu ardía la llama mística del hombre predestinado a la liberación de un pueblo: el hombre que era reclamado desde el fondo del dolor y la desesperación popular. Pues él era un Poeta del Poder. Nunca antes hubo otro más grande en las repúblicas americanas como no fuera aquél que las fundó con su soplo de libertad, del que heredó el fuego sagrado.

Él lo habría cambiado todo en Colombia con su hermosa Revolución, pues tenía la visión y el sentido heroico del Poder. Yo sé que los poetas no se entregan sino a la verdad que encarnan, a la verdad de amor a sus ideas. Y mueren por ellas si tienen que morir. Por eso precisamente son poetas. Porque la verdad es su fin, y su gloria. En esto Gaitán se diferencia de todos los políticos colombianos. Estos toman la política como un fin. Lo que para Gaitán era sólo un medio para realizar los grandes ideales de su pueblo: su glorioso Destino.
Lo que teníamos que esperar de él era su gran fe en el destino de Colombia a través de su Revolución política, que al mismo tiempo era una revolución moral.

Con su muerte, a la que advino una feroz tiranía de plebeyos y reaccionarios capitalistas, Colombia ingresó o fue arrojada a la oscuridad del infierno por las brechas abiertas de la violencia oficial. Esa horripilante tarde de abril Colombia perdió su camino y perdió históricamente el privilegio de haber guiado los destinos de Suramérica y sus revoluciones nacionalistas, inspiradas en la nuestra.

Pues el pensamiento de Gaitán distaba de los extremos ominosos de los imperialistas para definirse en un nacionalismo orgulloso y soberano integrado con las fuentes vivas del pueblo y la nación. Gaitán no buscaba la tierra prometida ni lejos ni fuera de Colombia. Todos sabemos que la tierra prometida es la tierra que amamos, la nuestra, la que cada día santificamos con el amor y la creación, la que también se llama Patria cuando somos dignos de ella: ésa de la que estamos desterrados hace ya largos años, en la que vivimos cautivos y muertos, a la que estamos atados por una cadena interminable de opresión, dolor, disolución y miseria.

Quiero añadir que Gaitán, en su fervor nacionalista, habría ajustado la nación a una síntesis creadora sin lo malo de los imperialismos, y con lo mejor de ellos integrado a la esencia del ser colombiano.

Todos los que en aquella época tenían derecho al uso de la esperanza —ya que el de la razón estaba custodiado por las armas— esperaban de Gaitán la conquista del Poder, que habría significado para Colombia la conquista de su Destino. Pero ese Destino fue abatido a la vez que su vida, en el umbral de poder.

¿Por qué dije antes que la muerte de Gaitán influyó en mi vida de una manera tremenda? Afirmo que la muerte de ese hombre es “responsable” de lo que soy yo. Pues ni en la vida de los hombres ni en la de los pueblos sucede nada por azar. Las fuerzas históricas son determinantes, son causas “racionales” a las que no puede escapar nuestro destino.

Si Gaitán no hubiera muerto, yo no sería hoy Gonzalo Arango. ¿Quién o qué sería? No lo sé. No juego a la nostalgia ni a la profecía. Pero sí tengo la certeza de que si Gaitán viviera, el Nadaísmo nunca habría existido en Colombia. Entonces, ¿dónde estaríamos y qué estaríamos haciendo los escritores nuevos? Es casi seguro que hoy estaríamos al lado de Gaitán, con Gaitán a la carga, defendiendo sus banderas revolucionarias. No hipotecando nuestro arte a la política ni al Poder, sino dignificándolo y haciéndolo libre en el aire puro de la vida y de la Revolución del pueblo. (No pueblo como masa amorfa y borracha, sino como conciencia de vida, amor solidario y pasión creadora de su propio destino histórico).

Hoy nos hace falta en Colombia para vivir y crear el aire jubiloso de la Revolución. Nos ahogamos en la podredumbre que hoy ahoga a Colombia; nos asfixiamos en su rara atmósfera de sacristía y de tumba; estamos secos en este desierto de la vida y del alma colombianas. Estamos estériles por falta de un verdadero amor a Colombia. Somos intelectuales amargos, beatos, derrotistas, indiferentes y sofisticados. Nos hemos vuelto inmunes a la alegría y al dolor de la Patria. Los escritores nuevos hemos desterrado esta palabra de nuestro lenguaje, sentimos vergüenza al evocarla o al mencionarla. Escribimos y vivimos en el exilio de la imaginación; exploradores estéticos de la nada y el vacío. Hace muchos años que los artistas no nos acostamos con la Patria. Haría falta una verdadera posesión carnal con ella que revitalizara nuestro espíritu y lo hiciera florecer. Quiero decir un coito verdadero y espléndido. No basta el amor platónico ni la piedad. Tales amores conducen al onanismo y a la impotencia, a veces también al convento y al suicidio.

Lo que necesitamos es una verdadera revolcada física sobre la sufrida y bendita tierra de Colombia, bajo sus cielos azules y el sol que nos queme y dé sentido a nuestra vida y a nuestros tristes pensamientos abstractos de cloaca e invernadero.

Fuego que purifique con su vida y con su luz. No la que guía hoy los destinos de Colombia que parece la luz de un cirio de sacristía o de velorio, ésa no resplandece: chisporrotea, huele a sebo y amancebamiento del Poder con los poderosos del Templo.

Gaitán habría encendido otra llama en el Poder: ¡la de Prometeo! Porque no sólo era un gran caudillo sino un gran poeta. No porque hiciera versos sino porque su palabra era el fuego de la vida, de la creación, del amor y de la esperanza del hombre. Su ademán era una invitación al canto y a la alegría de vivir. Hoy 9 de abril siento que nos hace falta el poeta Gaitán para cantar la belleza del mundo y el orgullo de tener una Patria nuestra, creada por nuestro amor y para nuestro amor.

Con él, los intelectuales no seríamos hoy esta plebe de sicópatas ambulatorios que no sabemos qué hacer con el poder de la palabra, como no sea degradarla en el desprecio, la calumnia, el derrotismo, el conformismo y la autodestrucción. Por eso erramos sin destino por el desierto de Colombia, oscilando entre la indiferencia y la nada: porque no hay ninguna fuerza viva que nos apasione, que seduzca nuestro espíritu a la acción militante, y nos libre de esta inercia oprimente que se parece a la muerte del alma.

Salgo a la calle. Tengo la ilusión de encontrar una fiesta de muchedumbres, de esas mismas que una vez deliraron con la magia profética de la Revolución gaitanista. Pero no hay fiesta en la ciudad. Todo lo que veo son fusiles, soldados, perros y caballos alimentados con el pan de los pobres y los perseguidos.

Veo también un pueblo muerto de miedo y hambre que se emborracha en las tabernas, que se envilece para recordar aquel 9 de abril y para olvidar que hubo una vez —como en los cuentos fantásticos— en que pudo de verdad ¡ser un pueblo!

Y veo por último tres coronas ajadas, las que cada aniversario deposita el pueblo sobre la tumba de sus ilusiones.

Porque Gaitán fue asesinado yo soy Nadaísta. Y mi protesta la dedico a su memoria, y a la promesa viva de su Revolución.

Tomado de Obra negra, Colección Biblioteca Gonzalo Arango. Medellín, Editorial Eafit, 2016.

Porfirio sigue siendo majestuoso e inmediato en la referencia de la condición humana. Cuentan los que han escrito de él que fue un soldado del ejército conservador en la triste guerra de 1886, la de los Mil días. Este hombre de expresión agreste sobrevivió al enfrentamiento fratricida y luego se hizo maestro de escuela; en el oficio de la enseñanza era muy bueno, compartía sus ingresos con la gente más necesitada y también los usaba para refaccionar los daños de la edificación de la escuela.

No es una excepción que un soldado,  un maestro, se sienta opacado en un país tan estrecho y busque una salida. Para Porfirio esta salida era necesaria para continuar escribiendo sus sentires sobre la vida. Entonces comenzó el viaje, decidió bajar hacia el río Cauca, luego al río Magdalena, y siguió hasta Puerto Colombia en Barranquilla. Allí continuó sus quehaceres intelectuales, e intentó comenzar un periódico. Pero pronto miró al Norte y nuevamente emprendió el camino.

Llegó a México, siempre asilo de los incomprendidos en Colombia. En ese momento la tierra de la revolución lo protegió, porque allí a la gente la respetaban por su opinión. Buscó este refugio porque no tenía espacio para desarrollar su obra en Colombia, dada la rigidez impuesta básicamente por el Partido Conservador de la Iglesia católica romanista, eso no necesita explicación.

Era un hombre que estaba asfixiado en un territorio mandado por un pacto con el Vaticano. Ya sabemos el poder político de la Iglesia católica; en esos momentos la escuela colombiana era un instrumento más de la Iglesia católica. Era un hombre que sabiamente entendió que no podía quedarse aquí porque aquí se moría; tenía que irse a un lugar que le diera garantías para hacer su ejercicio de la libertad.

Miguel Ángel Osorio, como aparece en los registros oficiales, es y murió siendo un iconoclasta, un hombre pensante de la justicia. Tuvo una grandiosa amistad con Federico García Lorca, otro monstruo de la poesía. Todo su esplendor periodístico y literario fue en Ciudad de México, en la República Mexicana. Cuentan también que hizo periódicos en Guatemala, en Nicaragua, en El Salvador.  

Podríamos resaltar su grandeza, su majestuosidad, que sigue siendo perenne como la que podemos ver siempre en la Canción de la Vida Profunda. Era un buscador de la libertad y creo que sigue siendo vigente porque él reivindicó las libertades, las libertades democráticas por las que tantos perecieron en este país y por las que aún pueden perecer.

Porfirio tiene su peso, su sitial de honor, dentro de la poesía latinoamericana y mundial. Retrató la vida y al ser esplendoroso que busca el sol, que busca la libertad, que hace el ejercicio de ser inmensamente crítico. En él encontramos la destrucción de la hipocresía, en él encontramos el ser pleno, el ser en su ejercicio maravilloso.

Su obra habla sola, entra en el concepto de lo universal, de lo atemporal, de lo perenne. Lo grandioso de Porfirio Barba Jacob es que fue un hombre de mucha inteligencia, que supo evadir el conflicto que se le cernía en Colombia.

Aunque volvió al país, fue una cosa de entrada por salida, porque fue un hombre de mucho conflicto individual, familiar y personal por su condición personal de ser. Desafortunadamente en esos momentos no se disfrutaba de las libertades democráticas que podemos disfrutar ahora, no queriendo decir que estemos en un paraíso; pero él necesitaba de un lugar esplendoroso donde se valorara su creación y no se le persiguiera.

Su obra se reconoció en vida, pero no con la majestuosidad de ahora, porque de todas maneras en estos momentos hay más valoración y más conocimiento de su obra. Es que estamos hablando de una Colombia de principios de siglo XX y de un México también a principios de 1900, que no tenía las facilidades que hay ahora, estamos hablando de que en esos momentos se hacía prensa con lingotes, igual que los libros. Ahora los medios de comunicación masifican cualquier evento o cualquier elemento; él no disfrutó de estos momentos. Hacer poesía y periodismo en esa época implicaba estar sometido a linotipo, a la tecnología disponible en esa época.

Su poesía es un pregón de la libertad, otros la llaman que es el cinismo poético. La poesía de Barba Jacob es un grito angustiado que busca entender la opresión contra el hombre, contra el ser, es un grito que busca la libertad, que quiere un espacio para el ejercicio vital de existir. A través de toda su obra, podríamos decir que es la autenticidad andando; de los seres más auténticos que haya dado nuestra América es Porfirio Barba Jacob. Allí se refleja el ser buscando las respuestas al dolor, a la opresión, a la mentira. Esa es la grandeza de este señor. Releerlo es redescubrirlo.

Por Juan Alejandro Echeverri

La familia campesina está completa. Todas las delegaciones esperadas pernoctaron ayer en la sede del Sindicato de Palmeros de San Alberto, Cesar. Provenientes del sur, el norte, el oriente, y el occidente del país han llegado representantes de los 61 procesos adscritos al Coordinador Nacional Agrario (CNA).

Después de tres días de viaje desde el municipio chocoano de Tadó, Luz Piedad Mosquera llegó a la Asamblea con una sonrisa resplandeciente. “Este evento es muy importante porque le brinda respaldo a las organizaciones para salir de la crisis”, aseguró.

Ni la estigmatización, ni los retenes de la Fuerza Pública fueron impedimento para que Eleonor Quintero y su delegación asistieran al evento. El representante del Movimiento de Trabajadores Campesinos del Cesar espera que “el CNA crezca y se fortalezca al finalizar la Asamblea”. Eleonor también manifiesta la alegría de recibir el abrazo fraterno de viejos conocidos. “Aquí, todas las regiones del país somos un solo equipo de lucha y resistencia. Venimos con el objetivo de reorganizar algunas cosas y darle un buen destino a nuestra organización”. 

 

Aunque el encuentro asambleario tiene un propósito deliberativo, también es un momento oportuno para festejar; cuando el campesino se encuentra con sus pares de otras regiones sobran motivos para festejar la vida y convertir las angustias en alegrías.

Durante la noche anterior se resaltó la riqueza y la diversidad cultural de las diferentes regiones. La música y el baile fueron los protagonistas de la mística campesina. Alonso Moreno viajó durante dos días desde el Nordeste antioqueño para asistir a la Asamblea. Este integrante del Comité de Integración Agrominero destacó la importancia de la música y la oralidad en la idiosincrasia campesina: “Hasta con un verso se saluda… el pilar y el fundamento de nuestros territorios es la poesía. El latido de un perro, el cantar de un becerro… hasta la lagrima más amarga se vuelve canción”.

Por un sistema acorde a las necesidades y exigencias populares; por unas condiciones dignas de subsistencia; por el reconocimiento del campesino como sujeto de derechos, 600 delegados debatirán durante seis días la ruta que determinará el horizonte político del Coordinador Nacional Agrario.

 

Por Pedro Marín | Revista Ópera - Brasil

El día empieza a las ocho de la mañana. Llegamos a Pacaraima, en cuyas calles, aunque brasileñas, emana el sonido hispánico de todas las bocas, de todos los rincones. Al bajarnos del carro, un señor se acerca ofreciendo cambio: 4500 bolívares por cada real. Joach, el venezolano que nos acompaña desde que nos conocimos en el aeropuerto de Boa Vista, hace cuatro horas, niega la oferta. “Muy poco”, dice él.

Para sellar nuestros pasaportes, nos dirigimos a la oficina de la Policía Federal, en la frontera. Ella es constituida por dos cuidades: la ya mencionada Pacaraima, al lado brasileño, y Santa Elena de Uairén, al lado venezolano.

La primera es caótica: vive –o sobrevive– en función de la exploración mayoritariamente ilegal de yacimientos de oro, y del traslado de brasileños y venezolanos; así pues, en función del contrabando. Las calles son agitadas, y las contadoras de billetes, en las pequeñas tiendas que venden azúcar, macarrones, crema dental, champú y pañales, hacen el cambio del bolívar al real, del real al bolívar, para viajeros que vienen o se van para lejos, y quizá encontrarán alguna confortación al final del viaje. Vendedores ambulantes y cambistas están por todas partes, pendientes del movimiento.

Santa Elena de Uairén, a su vez, está envuelta en tensión. Cruzamos la ciudad en un taxi, compartido con una brasileña de Pacaraima, cuyos hijos, nos cuenta orgullosa, estudian Medicina en Isla Margarita, Venezuela. Las armas de la prensa apuntan hacia otro lado que no es el suyo: hasta los cambistas y contrabandistas venezolanos, o hasta los trabajadores comunes que vienen a Brasil, y que así aseguran algún bienestar a sus familias o a sí mismos en Venezuela. Son la cara de la pobreza impuesta al pueblo por “la dictadura de Maduro” –cuando no se convierten, es claro, en “perseguidos políticos”–. Los brasileños que en este infierno bolivariano encuentran la oportunidad de estudiar Medicina, por otro lado, simplemente no existen. Es imposible también no acordarse del brasileño Antonio, en Boa Vista, que trabaja como extractor de metales al norte de Brasil: vestía una chaqueta adornada con los colores de la bandera venezolana y el día siguiente ingresaría a la República Bolivariana para distribuir copias de un CD con canciones autorales –en las voces de otros artistas, las letras van, poco a poco, conquistando ciudades rumbo a Caracas–.

De cualquier manera, Santa Elena es una ciudad tensa. Por ella pasamos para sellar nuestros pasaportes e ingresar al país, en un puesto de la Guardia Nacional Bolivariana, a camino de la terminal de buses local. La estación –una pequeña construcción redonda– es circundada por calles de tierra. El ambiente es de Viejo Oeste: los rostros miran el suelo, pero los ojos, erguidos, miran siempre otros ojos. Decenas de conductores se alinean en sus carros, en un puesto de PDVSA, para llenar los tanques de gasolina y después venderla a brasileños por un precio superior. “Tenemos la gasolina más económica del mundo y al lado tenemos un país con la tercera gasolina más cara del mundo. Lógicamente es un atractivo para aquellas personas que quieren vivir de una manera fácil”, declaró en marzo de este año el alcalde de Gran Sabana, Manuel de Jesús Valles. Aquí encontramos otro personaje curioso: un taxista brasileño que se hace pasar por venezolano y que se sostiene trabajando en la ruta para Santa Elena, con una cooperativa de taxistas de la ciudad, hablando español de forma clara y perfectamente adaptado al acento de la región, a pesar de su figura –un hombre alto, blanco y barbado– que contrasta con la venezolana.

¿Por qué me urge resaltar estas escenas? Porque es evidente para los que recorren ese camino que a lo largo de él no hay solo pobrecitos o santos –ni solo demonios o tramuyeros–. Sobre todo, es manifiesto que provienen de las dos naciones los ciudadanos que se benefician de la frontera, aunque sean de una sola los que sirven de muleta ideológica para periodistas y periódicos oportunistas, que escupen en la verdad pisoteados por los botines de sus editores y patrones.

Los venezolanos que cruzan rumbo a Pacaraima son los que, frente a la crisis económica y sin perspectivas, intentan beneficiarse financieramente de esta posibilidad –como los millones de mexicanos, o incluso brasileños, que todos los años ingresan a Estados Unidos para trabajar, sin papeles–. ¿Serían estos los tristes frutos del capitalismo en nuestro país? ¿Del subdesarrollo del continente, impuesto por el norte? Sin dudas. Pero de este problema –que pertenece a nosotros, brasileños– no se oye hablar. ¿Cómo podríamos imaginar cuáles son sus raíces?

Cuando se trata de Venezuela, por otro lado, los medios de comunicación no se callan. El escarceo producido acerca de los venezolanos que cruzan las fronteras para “huir del hambre” es notorio. En cambio, grita el silencio sobre la guerra económica iniciada por Trump contra el país.

Ingresamos a Venezuela, por lo tanto, con una visión clara: la de que los personajes que vimos y conocimos en este trayecto son utilizados en una campaña ideológica contra el Gobierno venezolano –campaña que nadie hace contra nuestro gobierno o contra el de cualquier país alineado, aunque los personajes criados por estos sean similares– y este parece ser el caso en la mayoría de las veces –aún más sombrío–. Este es un aviso para los próximos días: mirar con tenacidad, pensar con claridad, escribir con honestidad. Más que todo, llegar al destino sin olvidar a Brasil y nuestra propia condición.

Friday, 03 November 2017 19:00

Itinerarios de María Efigenia

Por Elizabeth Otálvaro*

Como todos los domingos, ese ocho de octubre, las seis hermanas Vázquez Astudillo se levantaron junto a sus padres, Luis Vázquez e Ilda María Astudillo, en el resguardo indígena de Kokonuko, del municipio de Puracé, Cauca; unas más temprano que otras, pero, como siempre, juntas. Solanyi Vázquez, de 27 años, salió ese día desde las cuatro de la mañana a darle de comer a los pollos en la finca ubicada en el sector de Piedra de León, propiedad de su familia y a la que tarda, en carro, un par de horas desde el resguardo. No se despidió y lamenta no haberlo hecho, pues hasta ese día eran seis hermanas, ahora, falta la mayor: María Efigenia Vázquez Astudillo, de 31 años.

Solanyi se fue en la madrugada porque, según dice, el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) les estaba impidiendo el paso hasta la finca. Esto ocurre desde que el Estado, a través de un fallo del Tribunal Administrativo del Cauca y ratificado por el Consejo de Estado, decidió defender, con el poder de la fuerza, el derecho al trabajo y a la vida del señor Diego Angulo –propietario del predio Aguatibia–, por encima del proceso de recuperación de la madre tierra que reclama la comunidad indígena de Kokonuko, para quienes esta fracción de tierra hace parte de su territorio ancestral.

Ese ocho de octubre María Efigenia no se despertó tan temprano como Solanyi, pero lo hizo justo a tiempo para hacerle el desayuno a sus tres hijos y a su esposo. Le alcanzó la mañana para ir tras una de las gallinas que estaba perdida; como ella las criaba, sabía bien que la extraviada gallina estaría poniendo sus huevos. Cuando la encontró, María Efigenia la dejó al alcance de su vista, se sentó en unas piedras y junto a su hermana Vilma, de 29 años, se dispuso a bañar uno de los perros: “echémosle frutiño para que huela rico”, le dijo a su hermana, y minutos después se fue diciendo: “Se me está haciendo tarde. Me voy para allá arriba que están atacando muy feo a mi pobre gente”.

Era casi el medio día cuando María Efigenia subió desde el resguardo hasta la vía de acceso al centro recreacional Aguatibia en el municipio de Puracé, el territorio que tiene, actualmente, a dos soberanías en disputa: la indígena y la estatal. Allí, y a esa hora, el enfrentamiento entre el Esmad y la comunidad se encontraba en su punto de mayor tensión. Pasadas las dos de la tarde, un disparo hirió a María Efigenia en su pecho. Fue trasladada al hospital San José de la ciudad de Popayán donde murió. Según el informe de medicina legal, sufrió: “herida por proyectil de arma de fuego de carga múltiple, que produce herida cardiaca, lesión suficiente para explicar la muerte”.

Itinerario de una hija, madre y hermana
En los cumpleaños de la familia Vázquez Astudillo, Vilma Vázquez, la tercera de las hermanas, asegura que nunca hacían falta los pollos para el almuerzo. Siempre los aportaba María Efigenia, pues ella los criaba. Era muy buena cocinera y así lo recuerda su hermana, a quien apenas superaba por dos años de edad. El pringapata, una especie de sopa de maíz, papa y cuy, era su especialidad, pero a ella, también, le encantaban las papas fritas y el arroz con pollo.

De los cumpleaños, Solanyi no puede olvidar que Efigenia lideraba la recocha. Se convirtió en ritual lanzarle huevos a quien estuviera de aniversario, así como arrojarlo al Río Grande, que no es otro que el Río Cauca, pues el pueblo Kokonuco se ubica en la margen derecha de su cuenca alta. El próximo 14 de diciembre era el aniversario 32 de María Efigenia; ella no estará para recibir los huevos ni ser bañada en el río. Pero, seguro, su familia y las más de 600 personas que asistieron a su sepelio, sí tendrán para ese día el recuerdo intacto de la mujer que hasta el último día demostró que por los suyos habría de luchar.

De lunes a miércoles repartía su tiempo entre la cosecha de fresas y el cuidado de sus hijos. El jueves, así como el fin de semana, se dedicaba solo a ellos: a Geraldine que pronto cumplirá sus 16 años; a Dayana, de 11; y a Bayron, de 8; “les exigía bastante que se dedicaran al estudio”, señala Solanyi. El viernes, María Efigenia regresaba a la finca de su padre, donde también hay vacas, papa y olluco. Y aunque las fresas que le vendía al señor Carlos Valdez, intermediario entre la cosecha y la comercialización en Cali, se robaban casi todo su cuidado y empeño, ella tenía tiempo para su huerta: “le gustaba mucho sembrar cebolla”, dice Vilma.

Itinerario de una comunera en defensa de los pueblos originarios y la recuperación de la madre tierra
Desde el mes de abril el resguardo indígena de Kokonuko enfrenta una disputa real y firme con el empresario de Popayán Diego Angulo, propietario del predio donde está construido el Centro de Turismo y Termales Aguatibia y terreno que según Isneldo Avirama, gobernador de este resguardo indígena, hace parte del territorio ancestral que les pertenece. “Nosotros tenemos un título colonial que nos confirma la legalidad de estos territorios y data de 1773”, dice el gobernador del resguardo Kokonuko.

A pesar de que las querellas por la tierra no son un problema nuevo para las comunidades indígenas, la última se encargó de cobrar la vida de María Efigenia Vásquez. Su trabajo político era decidido y disciplinado, así lo destacan quienes la conocieron; por eso, entre el 2010 y el 2012 hizo parte de la Guardia Indígena.

El actual gobernador, Avirama, dice con rabia y dolor que este acto no es nada distinto al silenciamiento de una voz de protesta. El vacío se hará evidente en su comunidad. La recuerda en las mingas, en los congresos, en las protestas, en todas las actividades organizativas y comunitarias, ahí, dispuesta a trabajar en colectivo y, sobre todo, capaz de comunicar su propia lucha, la misma que heredó de su padre y de los ancestros del pueblo Kokonuko.

Itinerarios de una comunicadora
El seis de octubre fue la última vez que se escuchó la voz de María Efigenia Vázquez a través de Renacer Kokonuko, una de las once emisoras indígenas del Cauca. Ese viernes, en el dial 90.7 FM, pudo oírse entre las cuatro y las seis de la tarde el programa “Guitarras de mi pueblo”, uno de los que realizaba la comunicadora comunitaria que ya no está para recordarle a sus compañeros lo que tanto les repitió: “no nos sentemos detrás de un computador, detrás de un micrófono a hacer radio, porque eso no es radio, radio es salir a investigar, conocer el ambiente en el que vivimos, de esa manera somos comunicadores indígenas, sino solamente vamos a ser programadores de música”.

El comunicador indígena deberá entender como principio básico que, a diferencia de la comunicación convencional, la indígena se da entre los seres humanos y todos los seres de la naturaleza y, a su vez, entre los referentes espirituales del territorio. Y en ello fue formada María Efigenia a través de la Escuela de Formación Intercultural del CRIC, a la que llegó hace 14 años, después de una convocatoria que escuchó en radio Renacer Kokonuko.

***
No parece claro de dónde provino la bala que silenció a Efigenia. Mientras la comunidad, en cabeza de su gobernador, Isneldo Avirama, acusa al Esmad de asesinarla, el comandante de la Policía Metropolitana de Popayán, coronel Pompy Arúbal Pinzón Barón, en sus declaraciones a los medios ha sugerido que las armas hechizas de los indígenas pudieron ser las causantes de la muerte de la comunera.
Ahora, la investigación está en manos de La Fiscalía. Por lo pronto, y como puede entenderse al leer los carteles que se levantaron durante el sepelio de Efigenia, la memoria de la comunera perdurará en una comunidad que se dispone a continuar la defensa de la madre tierra. “Efigenia: tu sonrisa y tu lucha no se apagarán, serán el camino para la libertad de nuestros pueblos”, dicen los comuneros.

*Perfil completo publicado originalmente en Hacemos Memoria

Friday, 03 November 2017 19:00

Ese día que nos marcó la vida

Por Sara Dávila

Me desperté muy asustada, escuchaba mucho ruido y sentía una gran agitación y brincos. No entendía muy bien lo que las personas decían a mi alrededor, ya que el ruido de las voces se camuflaba con el de disparos y gritos de angustia, no sabía ni comprendía bien lo que sucedía, pero presentía que no era algo bueno. Sentía que me revolvía, estaba totalmente desconcentrada, de un momento a otro esa agitación en la que estaba se detuvo. Ahora las voces las escuchaba más claras, entre 30 y 40 personas estaban allí conmigo, al interior de un bus; algunas hablaban, otras lloraban, sus voces se escuchaban tristes y apagadas y yo aquel 23 de diciembre de 1999 seguía sin entender qué pasaba. Poco a poco me fui quedando dormida.

Cuando me desperté, algo se sentía diferente. Se sentía más ruido de ese que hacen los carros y fue allí cuando me di cuenta que ya no estábamos en nuestra casa en el campo de Concepción - Antioquia y no sabía cuándo volveríamos.

Sentía una voz muy familiar que escuchaba muy a menudo, una voz gruesa que siempre me hablaba con cariño, con un tono tranquilizante que me hacía sentir en paz. De repente sentí muchas voces que nunca había escuchado, pero que hablaban en un tono amable y cariñoso,comencé a sentir cómo me estripaban y luego me soltaban repetidas veces.Poco a poco aquellas voces se sentían más familiares, las escuchaba con mucha frecuencia y se referían a mí con cariño.

El tiempo fue pasando y vi la luz por primera vez, pude ver las personas que emitían aquellas voces tan familiares, el lugar donde vivía, la perra que ladraba y los ruidosos carros, todo era tan maravilloso y tan abrumador que me desconcentraba. Cada día nuevas cosas, nuevos sentimientos se apoderaban de mí, aprendía cosas nuevas y conocía nuevas personas en el municipio de Itagüí – Antioquia.

Dos años después, mientras jugaba con mi muñeca favorita en el apartamento, mi padre estaba en la cocina preparando el almuerzo, cuando se escuchó un ruido muy fuerte como una explosión. Mi padre corrió hasta mí, me tomó en brazos y saltó por el balcón, yo no entendía qué estaba pasando, me sentía muy asustada y no dejaba de pensar que algo no estaba bien.

Nunca había visto a papá tan asustado, y más tarde en una conversación con mi mamá escuché que decía "creí que pasaría de nuevo". Al principio no sabía de qué estaba hablando, pero luego recordé un ruido similar al que me pareció haber escuchado antes; ese horrible ruido del 23 de diciembre del 1999.

Dieciséis años después decidimos ir a visitar el lugar que antes había sido nuestro. De camino mamá me contaba lo que había sido ese lugar, una hermosa y grande casa donde vivían muchas personas que mi padre ayudaba gracias a su trabajo, con amplios prados, ganado, hermosos caballos y grandes cultivos. Me contaba también que había crecido cerca de ese lugar en la molienda que pertenece a mis abuelos. Se le iluminaban los ojos al recordar aquellas cosas.

Al llegar comenzamos a subir lo que parecía ser un camino viejo y ya cubierto por la hierba. Pude ver a lo lejos el techo de una casa y supe que ya estábamos llegando, me di cuenta que esto no se parecía en nada a lo que mi madre me había descrito.

La casa ahora era solamente paredes con grandes huecos, sin puertas ni ventanas, cables partidos, tuberías dañadas y el techo a medio caer. De los muebles y lindas alfombras que mencionó mi madre ya no había rastro, pues adentro no había más que escombros y suciedad. De los prados y grandes cultivos ya no había nada; la hierba había crecido libremente por todos lados y no sabía ni qué pisaba al caminar.

Mi madre miraba todo con mucha melancolía y no pudo contener las lágrimas en sus ojos. Aún no olvido lo que me dijo ese día: "Qué lástima que no pudieras ver y disfrutar de lo hermoso que era esto, ni pudiste conocer a tu prima, a tu tío, ni a mi tía con la que viví más joven para poder estudiar”.

*Estudiante del grado 11° de un colegio oficial en el municipio de Itagüí.

Los colombianos nos encontramos en un contexto de cierre definitivo del conflicto armado, lo cual nos llena de alegría y esperanza. Los impactos por el silenciamiento de los fusiles son evidentes, especialmente los relacionados con el derecho a la vida: las cifras de violencia producto de la confrontación bajaron en más de un 90%. Eso ya es un hecho histórico que no podemos desconocer, así como agradecer a sus protagonistas.

Sin embargo, paradójicamente los asesinatos contra defensores y defensoras de derechos humanos no han parado; las cifras son contundentes. Eso significa que hay una guerra contra estos activistas. De ahí la preocupación de muchos sectores de la sociedad, la comunidad internacional, e incluso, de instituciones del Gobierno y Estado colombiano, responsables de proteger a los activistas de DDHH.

En consecuencia, desde el Programa Somos Defensores quisimos ir más allá de las cifras y análisis coyunturales para indagar sobre qué elementos subyacen para que el fenómeno se mantenga. Para ello, nos fuimos a las entrañas mismas del Estado colombiano, como el garante de derechos que es, y a través de informes especiales, identificamos tres elementos (ya descritos en las páginas de Periferia hace varios meses) que a nuestro entender son problemáticos y ponen en cuestión la legitimidad del Estado frente a su responsabilidad de garantizar la vida y libertad de estos activistas.

EPISODIO I. La impunidad contraataca
Analiza 458 casos judiciales de líderes y lideresas sociales asesinados entre los años 2009 y 2016, periodo que lleva el Proceso Nacional de Garantías, espacio de interlocución entre el movimiento de DDHH, el Gobierno y Estado colombiano, acompañado por la comunidad internacional, y que coincide también con los dos mandatos del presidente Juan Manuel Santos.

Con información de la misma Fiscalía General, el Episodio I da cuenta en detalle sobre los avances judiciales en los casos referidos. La primera conclusión es que 397 casos (87%) se encuentran en la impunidad. La segunda, que en tan solo 28 casos (6%) hay esclarecimiento, es decir cuentan con sentencias en firme, pero una cifra muy baja para el elevado número de asesinatos. Adicional a ello, la Fiscalía no hizo mayor esfuerzo; la Oficina de Naciones para los Derechos Humanos en Colombia, fue quien ayudó a documentarlos.
Por otra parte, el 63% de los casos se encuentran en etapa de indagación, lo cual es grave en la medida que en muchos de los hechos han pasado varios años desde su ocurrencia y las pruebas se han perdido.

El análisis de los casos esclarecidos tampoco da cuenta de los responsables intelectuales de los crímenes, se queda en autores materiales sin ninguna conexión con grupos paramilitares o agentes de la Fuerza Pública, a lo sumo con disidencias de las guerrillas. Tampoco profundiza en modus operandi, ni patrones de ataques.

Otra gran conclusión que refiere el Episodio I es que con estos resultados tan precarios, la Fiscalía no tiene elementos suficientes para afirmar que detrás de los homicidios contra defensores y defensoras no hay sistematicidad, pues ello sólo se puede deducir de altos niveles de investigaciones sentenciadas.

EPISODIO II. El lado oscuro de la fuerza
Se adentra en un aspecto espinoso de tratar en un país como Colombia, donde indagar sobre el papel de los servicios de inteligencia en el contexto de violencia socio política, además de reservado, es un tema tabú. Pues bien, este Informe Especial logra hacer una línea de tiempo que da cuenta de cómo se crearon y crecieron los servicios de inteligencia en el país, sus intereses, apoyos económicos, docilidad de acuerdo a los intereses de los mandatarios de turno, el fortalecimiento de la tecnología para el seguimiento –legal o ilegal– sin control alguno por parte del resto de ramas del poder público, de tal manera que han podido criminalizar al movimiento social y de DDHH, en total impunidad.  

Para ilustrar cómo la inteligencia oficial ha sido utilizada para perseguir, estigmatizar y desprestigiar a organizaciones sociales y activistas, se describen casos de Cali, Medellín, Barrancabermeja y Bucaramanga, y también el caso más conocido por lo mediático, el del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS.

A lo largo del Informe también se desarrolla la tesis según la cual las Fuerzas Militares, desde que crearon la teoría del enemigo interno para perseguir a las insurgencias, ampliaron esta concepción para combatir también al movimiento social, de DDHH, opositores políticos y todo estamento que consideraran crítico del Estado colombiano. Bajo este concepto naturalizaron la persecución a través de sus servicios de inteligencia y llegaron a tales grados de criminalización.

EPISODIO III. La amenaza fantasma
Contrario al papel cumplido por las instituciones anteriores, este Informe muestra cómo los Gobiernos nacionales, especialmente a través de entidades como el Ministerio del Interior, Vicepresidencia y Consejería para los DDHH, sí se preocuparon por mecanismos de protección para personas en riesgo alto o extremo, lo cual se refleja en una extensa normatividad desarrollada a lo largo de estos años. Sin embargo, tales esfuerzos han sido insuficientes, pues la problemática de ataques al liderazgo social persiste y pareciera crecer.

En ese sentido, el hallazgo principal del Episodio III se centra en describir que el “pecado” del Gobierno nacional radica en haberse dedicado a generar mecanismos de protección únicamente físicos, materiales e individuales, sin tener en cuenta el fondo de los contextos, donde han jugado un papel determinante las dos problemáticas descritas en los Episodios I y II, lo cual convirtió la protección en un instrumento aislado de las causas, factores y actores provocadores de los crímenes contra defensores y defensoras de DDHH. En otras palabras, los Gobiernos nacionales pusieron el acento en proteger personas de manera individual como en una “burbuja aséptica” de la violencia socio política, pero sin trascender a resolver las causas estructurales que alimentan la persistencia del fenómeno.

Así las cosas, decir que si en el actual contexto, el Estado y Gobierno colombiano están realmente comprometidos con la búsqueda de la paz, es necesario que frenen de raíz la criminalización contra tantos hombres y mujeres que se levantan diariamente a luchar por los derechos de sus comunidades. Para ello las políticas provenientes de las diferentes instituciones y ramas del poder público deben ser sistémicas y responder al fondo del problema y dejar de responder a la presión social y mediática a través de directrices e informes efectistas, espontáneos y coyunturales. Sólo así recuperarán la legitimidad perdida como garante de los derechos humanos de los colombianos.

*Directora de la Asociación MINGA. Coordinadora del Programa Somos Defensores

La capital del Valle es una de las ciudades con más fuentes hídricas del país, rodeada  y atravesada por cinco ríos: Cauca, Cali, Meléndez, Lili y Cañaveralejo. Estos ríos surten de agua potable a la ciudad, en especial el río Cauca, que aporta el 76% del recurso. Pero este gigante hídrico sufre contaminaciones en grandes cantidades tanto por las industrias como por los asentamientos que se encuentran en su rivera.

Algunos de los factores contaminantes son: los agroquímicos utilizados en la industria de la caña, los cuales se filtran por el subsuelo llegando hasta el río, y contienen agentes dañinos para el ser humano; los desechos farmacéuticos de sustancias toxicas para los seres vivos que llegan a provocar malformaciones de quienes consumen esta agua, y la minería a gran escala de oro y platino, la cual no solo destruye la rivera del Cauca sino que además utiliza mercurio, un elemento altamente cancerígeno. Lo anterior afecta a todo el ecosistema, como se reporta en el monitoreo que tiene la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca – CVC en 19 estaciones a lo largo de unos 200 kilómetros del río a su paso por el Valle.

Pero no solo las industrias privadas son responsables de este crimen. Las entidades públicas encargadas del tratamiento del agua en la ciudad han provocado estragos en el río por falta de gestión. Existen déficits en las plantas de tratamiento de agua potable de Puerto Mallarino y Río Cauca, y una infraestructura incapaz de limpiar efectivamente al agua que se regresa al caudal del río, es decir que los componentes orgánicos son depurados, pero los metales pesados y demás agentes dañinos como el plomo y el mercurio son imposibles de separar. Por otro lado, es responsable la entidad encargada de la recolección de basura, por su mal manejo de residuos sólidos; estos eran llevados al antiguo basurero de Navarro, el cual quedaba rodeado por barrios, y aunque este fue cerrado ya hace 10 años, sigue generando  lixiviados (líquidos tóxicos por la degradación de la basura) que han atravesado las geomenbranas y filtrado en el agua subterránea que desemboca en el Cauca. Es decir que no solo los residuos orgánicos  no son separados del agua como debería ser para regresar al río, sino que además el río sale de la ciudad con una contaminación letal, gracias a las industrias con niveles que duplican los parámetros internacionales permitidos.

Por otro lado, el río Meléndez también ha sufrido los estragos de la sustracción de oro, platino, carbón y hasta la tala indiscriminada del roble negro, utilizado como carbón vegetal. La comunidad de Villacarmelo, un corregimiento a las afueras del occidente de la ciudad, en las puertas del Parque Nacional Natural Farallones, por medio de la Asociación Campesina Gotas de Lluvia, integrada por adultos, jóvenes y niños, ha estado desde finales de los noventa resistiendo a estas prácticas que acaban con el ecosistema que se nutre del río Meléndez. Su trabajo va desde la creación de proyectos de construcción de pozos sépticos, en colaboración con entidades privadas, para las familias que no pueden solventar estos costos; la denuncia a terratenientes que explotan de manera indiscriminada la montaña; las campañas de reforestación, hasta la acción directa en la que han creado comités de protección ambiental, deteniendo a las volquetas que transportan el carbón.

En la actualidad los censos que se realizan al río Meléndez a la altura del corregimiento marcan 0% de mercurio, lo que influye en el turismo de forma positiva en la zona. Pero aguas abajo, el Meléndez, como si no fuera el mismo, se torna oscuro y delgado, con una contaminación “aceptable” según el Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente - Dagma.

Aunque el agua en lo alto del Meléndez sea cristalina, las dificultades no se han terminado, los campesinos siguen trabajando y desdoblando su amor por su territorio a niñas, niños y jóvenes. La lucha se mantiene no solo con las empresas mineras y la tala, sino también con las entidades públicas como el Dagma, la CVC y Parques Nacionales, porque como dice Jaime, habitante del corregimiento, “no hacen, ni dejan hacer”.

*Este artículo fue producto del taller de Comunicación y Periodismo dinamizado por Periferia en el marco de la Escuela de Comunicación Uramba.

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