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La protesta social es la gestora de las transformaciones sociales y la materialidad real de la democracia, no se puede, so pretexto de regulación, ser encasillada y limitada. La protesta es y será una alarma que denuncia la vulneración de derechos humanos, su materialidad se constituye en un elemento de defensa de derechos en manos del pueblo y su restricción no solo es una violación a derechos humanos, sino que además es una tajante eliminación de participación ciudadana.

El 5 de enero de 2021 se expidió el Decreto 003, por medio del cual el gobierno nacional cumplía las ordenes de la sala civil de la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior de Bogotá, quienes mediante tutela le habían ordenado el año inmediatamente anterior que realizará las gestiones necesarias tendientes a lograr la expedición de un estatuto que controlara el comportamiento de los integrantes de la fuerza pública en el marco de las movilizaciones, debido a las innumerables violaciones de derechos humanos que se presentaron, especialmente en las movilizaciones del año 2019, que según el Informe “Un año de Inconformidad” del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos reportó 348 protestas, 59% más que el año anterior, 249 detenciones administrativas, 74 judicializaciones, 235 heridos, 5 perdidas oculares y 4 homicidios.

El resultado de las sentencias de las altas cortes fue la expedición del decreto denominado “Estatuto de Reacción, Uso y Verificación de la Fuerza Legítima del Estado y Protección del Derecho a la Protesta Pacífica Ciudadana” que tiene bastante tela por cortar, y que se puede convertir en un instrumento de represión de los derechos consagrados en la Constitución Nacional que resguardan la movilización y protesta social en el país. Según se puede leer, para el presidente y sus ministros la materialidad de la protesta social debe estar dentro de los parámetros ordenados en el decreto, so pena de alegar un comportamiento arbitrario e ilegal por parte de los manifestantes.

Un primer debate sería por qué se reguló un derecho fundamental, de connotación constitucional, a través de un decreto presidencial y no de una ley estatutaria que es el camino correcto, tema que no resulta insignificante si de garantías se trata, pues debía surtir los trámites y debates propios en el Congreso de la República y no quedar en manos del presidente y algunos de sus ministros, que intentan vender el decreto como un verdadero acuerdo con las organizaciones sociales y de DDHH que convocó a mesas de diálogo durante el 2020 que no llegaron a nada, pues como se reconoce en la parte inicial del decreto, muchas de las sugerencias emitidas desde las organizaciones no fueron tenidas en cuenta.

La situación de indiferencia de parte del gobierno es tal, que las ONG y la sociedad civil fueron excluidas nuevamente de la participación del Puesto de Mando Unificado PMU, espacio que funciona para verificar las acciones de abuso y violencia en el marco de las protestas. El artículo 8 del decreto, dejó por sentando que el PMU seguirá siendo un instrumento absolutamente institucional, sin posibilidad de verificación social.

Similar situación ocurrió con la creación de las llamadas Mesas de Coordinación que el gobierno integró en el artículo 12, a través del cual limita la participación de las organizaciones y movimientos sociales a tres delegados, que podrán, previo a la movilización organizar con las gobernaciones o alcaldías municipales el desarrollo de la misma, y a quienes según se puede ver en el cuerpo del decreto, se les reconocerá legitimidad para actuar en el marco de la protesta. El artículo 16 del mismo decreto, evidencia como se le entrega a la mesa de coordinación el manejo del diálogo con las organizaciones, es decir, se establece a los integrantes de la mesa como únicos interlocutores válidos para intervenir y mediar en el ejercicio de la protesta, lo que se reafirma posteriormente en el artículo 18 numeral 3 donde se estableció “quienes hagan parte de la Comisión de Verificación, podrán hacer verificación IN SITU, en tiempo real del desarrollo de las movilizaciones”.

Algunos podrán decir que es un asunto de interpretación, pero lo que se puede hilar en la lectura del decreto es que se va a reconocer la condición de defensor de DDHH y veedor ciudadano a las grandes organizaciones que deberán feriar un cupo, y podrán accionar la defensa de derechos humanos en terreno en el marco de las protestas. En términos simples, se podría tratar de una clasificación o estratificación, pues quienes no formen parte de esas mesas y salen a terreno a ejercer la actividad de defensa de derechos humanos, podrían ser requeridos por no tener legitimidad para actuar, o por lo menos ignorados al momento de realizar su labor, comportamiento que nos llevaría a estar frente a la necesidad de “permiso para actuar” so pena de ser considerados ilegítimos.

Pero lo que más preocupa de la creación de la Mesa de Verificación, es la posibilidad que se les otorga de invitar a representantes de los gremios del sector productivo, es decir, a quienes en muchos casos van a ser los actores generadores de la movilización, especialmente en zonas rurales. ¿Se van a sentar en zona petrolera las empresas y los sindicatos previo a la movilización? ¿Qué garantía de derechos a la protesta es esa? ¿las petroleras dirán, como siempre lo hacen, que pierden miles de millones si se permite el uso del derecho?, lo que podemos enfrentar es una arremetida insostenible a la materialidad del uso de la protesta, soportados en la leguleyada de la reglamentación.

Por último, como también lo manifestaron las organizaciones de DDHH en sus 6 puntos de discordia con el gobierno, no se abordó con seriedad la participación del Ejército en las manifestaciones, y lo que es peor, se dejó en manos del Código Nacional de Convivencia y Seguridad Ciudadana su participación, esto es, igual que antes del decreto.

Volvamos al ejemplo de las zonas petroleras. Se ha denunciado insistentemente la existencia de convenios de colaboración suscritos entre las empresas de la industria petróleo y el Ministerio de Defensa, que ha logrado que a cambio del giro de fuertes sumas de dinero, se instalen batallones mineroenergéticos en zonas de interés, lo que ha generado que cuando se realizan acciones de manifestación, mítines y movilizaciones, sea el Ejército quien llegue a reprimir y fotografiar a los participantes, y a su vez intente ser un actor legítimo de interlocución y de control de las manifestaciones, actuar que supera enormemente el accionar para el que está instituido.

En las grandes ciudades, no habrá presencia del Ejército como tímidamente lo establece el decreto en el artículo 36, pero que en la excepción descrita en la parte final del artículo “salvo cuando se disponga de asistencia militar” pondrán a las zonas rurales en la mira de la militarización, lo que hace que el decreto tenga otro elemento de discriminación y una esencia urbana.

Debemos insistir que en Colombia seguimos teniendo el mismo problema en torno al culto a la ley, nos parece que todo se debe resolver con una norma. Es claro que la intención de los fallos de las altas cortes vía tutela fue resguardar garantías constitucionales, pero también es evidente que este caso es el ejemplo de que el exceso de regulación puede convertirse en una limitante, que hoy nos impone cargas que no debería tener el ejercicio de un derecho de carácter fundamental y humano a protestar.

Este texto aborda la cotidianidad de los jóvenes del barrio Potrero Grande, al oriente de Cali, distrito de Agua blanca. Y se alimenta de un recorrido con ellos por su territorio, sus memorias y sus vidas cotidianas. Pretende ser un retrato del barrio ubicado en las márgenes de la ciudad, con el río Cauca como frontera y los cañaduzales como barrera y cicatriz de la colonia con su violencia y su racismo extremo. 

 

Al oriente de Cali se ubica un barrio inmenso a la manera de una ciudadela con más de 35 mil habitantes. Pertenece al Distrito de Agua Blanca, que es a su vez otra ciudad dentro de la ciudad, con cerca de 700 mil habitantes. El barrio se llama Potrero Grande pero le diremos Potrero. Gran parte de Agua Blanca es, por decirlo así, la ciudad negra, populosa, densificada, atravesada por un caño putrefacto y con manchas densas que dejan las quemas de cañaduzales que a su vez envenenan el aire.

Su condición es marginal y está estigmatizado, como el más violento de Cali, la segunda ciudad de Latinoamérica con más población afro después de Sao Pablo. En Agua Blanca es donde viven los estratos bajos y en el caso de Potrero, donde juntaron a las miles de familias reasentadas del Jarillón, que bordea el río Cauca en el 2008. Aún habitan algunas familias al borde del Farillón a la espera de ser reasentadas.

La juventud allí padece múltiples violencias y ejerce otras tantas como efecto o respuesta a tanta exclusión y falta de oportunidades. Roban, matan, se apuñalan, pelean una plaza de vicio o línea, se drogan, pero no dejan de ser “inocentes” en medio de un sistema que mata de hambre, que obliga al delito famélico. Y súmele una policía racista, casi todos del interior del país, tratando a los jóvenes como “ratas”, “negros hijueputas”, nudas vidas.

Desde que se creó Potrero y juntaron allí comunidades reasentadas de varios puntos del jarillón, al barrio llegó una invasión oenegera y religiosa a través de la proliferación de iglesias evangélicas a la manera de multinacionales de la fe. Y también llegó una caterva de políticos clientelistas, como en todo el país con las llamadas “viviendas gratis” o de subsidio pleno, a capitalizar votos a cambio de promesas de ayuda. La gente votó siempre por el partido de Uribe gracias a la vivienda gratis, similar al populismo chavista solo que allá las casas eran más dignas y muchas en los centros de las ciudades.

Dar es dar
En Potrero el asistencialismo es visceral. Lo digo porque tanto religiosos como estatales, dan dulces a niños llenos de lombrices. Literalmente dan dulces, y metafóricamente también. Alimentan una llaga y juegan con la practicidad y el realismo de la gente que aprendió a recibir de todo porque también la han despojado de todo. El regalo más digno se lo vi a la empresa privada, que también se lava la conciencia en épocas decembrinas. Digno porque no era plástico, ni azúcar, ni chucherías: era ropa nueva y juegos para niños.

La urgencia también visceral de los jóvenes es tener una oportunidad de hacer algo en medio de una oceánica indiferencia institucional, de la angustia económica y la soledad que genera la falta de oportunidades, el hambre y el lastre de su desarraigo, pues la mayoría de los reasentados del jarillón en Potrero vienen desplazados forzadamente de Buenaventura y Cauca.
¿Qué hacer?
Darío Barberena es un caleño que ha dedicado gran parte de su vida a pensar el tema del subdesarrollo, de las alternativas al desarrollismo y la importancia de la juventud para la construcción de lo que llama la nación mestiza. Esto en los diferentes escenarios de trabajo social en los que ha ejercido, pasando por la Consejería Presidencial para la Reconciliación, el proceso de paz del Caguán, el PNUD-Comfama con el proyecto Viaje a pie – Legión del Afecto y los procesos de paz en Centroamérica.

Con Barberena nos hacíamos una pregunta y es: ¿cómo logramos tener una nación en el marco de la legalidad, si el ingreso no es posible a través del trabajo honrado? Al respecto Barberena expresa: “estamos condenando a los muchachos a ser bandidos, no hay otra alternativa para sobrevivir. Lo que yo percibo en las familias de la barriada es que las madres prefieren que el hijo tenga una olla que tenga que salir a robar celulares, que se vuelva asesino por defenderse de la caución”.

Cuando se recorre sus esquinas, tiendas, sus canchas, sus dinámicas propias de ventas informales, incluyendo las de vicio, y en general cuando se percibe la extensión y belleza del barrio, la sensación que queda es de la necesidad de cambiar la ética de la dominación por la del cuidado del entorno. Es decir, que a los jóvenes se les bride la posibilidad de trabajar dignamente y ojalá haciendo cosas por su propio barrio.


Para esto se pueden plantear tres escenarios: los oficios en el territorio como puntos de focalización, las madres, y la tienda del paisa. Los oficios en el territorio porque allí confluyen prácticas y saberes ancestrales, que van desde la culinaria, la danza, el mismo fútbol y el canto. Las madres, y más aún las abuelas, porque estos barrios son el lugar donde habitan la mayor cantidad de madres solteras y cabezas de familia sin empleo estable, de ahí que sea el mismo barrio o la vecindad el criador colectivo de muchos niños y niñas. Así lo retrata Barberena:
“A las 10 de la mañana vez la calle llena de niños veringos y cagados sin ningún cuidado, y el niñito a los 7 años ya está pegado del parche. Hay dos versiones: la mamá que trabaja o unas vagas que no tienen ningún sentido de la responsabilidad cuando se dejan preñar. Hijos que llegan y se vuelven un camello y sufren el desapego. Y uno va a ver y las mamás están viento telenovelas en la cama.”

Y la tienda del paisa como tercer escenario porque dinamiza la economía barrial, aparte de que es la más surtida y la única que fía “porque en vos confía” como el lema de un importante almacén emblema de los antioqueños.

Sobre las Madres Barberena puntualiza:
“Las madres son las que se preocupan por la formación ciudadana, son las tejedoras de sociedad, porque ellas son las que están pendientes de que el muchachito se peine, de que vaya limpio, de que se cepille los dientes, todos esos detalles. Las gallinas son el huevo del diario, del desayuno, y el almuerzo familiar del domingo; los cerdos son la alcancía, los que sirven para pagar los útiles, para comprar los uniformes; y la modistería es la posibilidad de que el paisa que lleva las pantalonetas a Barranquilla regrese con jabón y con toda la utilería del aseo. Yo haría un proyecto de apoyo a las madres para ser buenas madres. Las grandes naciones se cocinaron en el hogar. La mamá es la que se rompe el pellejo para que no falte lo que se pueda en la mesa del hijo, así no lo quiera, pero es la que se siente obligada, es la que lo tuvo adentro, fueron uno, un uno real.”

Hacia una estética de la barriada
Barberena reseña con frecuencia un proyecto que se pensaron para Potrero Grande desde el 2008, el del millón de árboles. Integrado a él está el desarrollo de una propuesta de habitabilidad urbana en la que se integra una pregunta preponderante en las reflexiones de Barberena y es la pregunta por la belleza de lo popular o el espíritu aristocrático de los pobres expresado a través de la solidaridad:

“Uno ve estilos, elegancias…a mi el centro que me interesa es el centro que contiene los extremos y no los excluye, el centro es el que los vincula. Estaba hablando de buscar el príncipe mestizo, porque hay gente que tiene aristocracia espiritual, suena maluco porque dicen “ay, está exaltando lo de acá, lo de allá…” pero hay una elevación del alma que existe, hay una estética. Tres condiciones: cortesía, humor y estética. Cortesía que es pensar en el lugar del otro, es tomar en cuenta al otro; humor que es ser serio pero no tomarse tan en serio, saber que uno puede tener limitaciones, saber que uno puede equivocarse y que uno puede embarrarla; y estética que es saber contextualizar la individualidad. Esos me parecen a mí los tres elementos fundamentales. Y no creo en la ética si no nace de la estética, porque lo que se trata es de lograr una ética visceral, que sienta repugnancia ante lo repugnante, valga la redundancia.”

Y con esta reflexión previa coge resonancia de nuevo la propuesta del millón de árboles y la de proyectar un barrio más habitable, pues “si coges esos pasos no carreteables pero que son abiertos y los vuelves jardines, generas unos espacios de socialización importantes. El problema también es que no hay espacios de socialización”.

Juventud, creatividad y resistencia
No es el cliché de cambiar escopetas por guitarras o “escopetarras”, ni la solución salomónica de entregar instrumentos para pescar o enseñar a pescar. Se trata de generar una forma de dignificación de los jóvenes a partir de generarles una ocupación en su propio barrio, embelleciéndolo, por ejemplo, a partir de la pintada de los Shuts o botaderos de basura. Con esto se desatan dos cosas: la mirada ya no estigmatizadora del barrio hacia sus jóvenes y la transformación palpable del vecindario a partir de un lugar al que todos visitan. Y lo otro es que los jóvenes de alguna manera se sienten más útiles y menos despreciables. Es el comienzo de la deconstrucción de una imagen proyectada y con ello se comienza a romper la sensación permanente de no futuro, vinculada a un no reconocimiento.

Explorar las tres formas de creatividad y resistencia que son la danza, el fútbol y el canto, como forma de resistencia. Fútbol, danza y canto es en todo caso una sola cosa, una sinfonía, un todo. Es el cuerpo. También su grito. Y como una especie de escritura creativa con el cuerpo y en él.

El Fútbol
Potrero es cuna de futbolistas, canteranos del América de Cali, del Cali, Huila y Envigado. Y allí se reproduce lo que en toda Latinoamérica: el sueño del Pibe, del cara sucia, del que ve en el fútbol su única tabla de salvación y se disputa un puesto en el equipo para salir adelante y “ser alguien”. Y eso también es racismo y falsa predestinación: el negro no tiene más opción que ser buen futbolista. Que no piense o estudie y más bien pateé un balón. En Potrero de una u otra forma el fútbol es inherente a la dinámica barrial, es una pasión y como toda pasión es inexplicable. Tan pasión es que su cancha principal se llama La Bombonera, como el mítico estadio de la Boca en Buenos Aires.

La Danza
Como dice el poeta X-504, “se bailar, se olvidar”. Olvidar que se es olvidado, pero también recordar la memoria ancestral del negro, ese ritual del baile como resistencia creativa, como lenguaje de fuego, sol y carne. Esplendor del cuerpo. La danza es quizá la mejor forma que tienen de escribir en el aire su memoria ancestral, el aire impregnado de almizcle, dulzor y calor. De mar pacífico, valle, el Cauca río, como lo supo nombrar León de Greiff.

En Potrero baila el niño, el adolescente, el joven y el viejo. En el caso de los niños y los jóvenes se asume como una disciplina muchas veces, como un mero goce otras. Se hace con pasión y ensueño, con fiereza y ritualidad.

Ese ritual afro del baile permanece en Potrero como algo natural, se baila como se respira. Pero cuando se escoge como profesión, que es muy a menudo, el arte se cultiva en academias improvisadas sin ningún tipo de restricción.

El canto
El Rap también es grito, no es técnica sino trova de barrio, verso o poesía al natural. Se le canta a lo cotidiano, a la muerte, a la nada, a la belleza, a la barriada:

Me estoy quedando en vidas cotidianas / en la calle ronda mucha rumba, sexo y marihuana / gente que se mata hoy en día por bobadas / En esta calle mucha muerte frecuencia / Desde el Valle manifiesto con detalle: lo bueno lo duro y lo malo que se vive aquí en las calles / Le doy gracias a Dios que me ha librado de tanto lío / no somos delincuentes pero venimos de las calles / Historias de vida que les hemos narrado / nosotros cantamos desde los tiempos de antes / fumamos weed every day / con los socios al lado seguimos arrebatados… ( Improvisación de Brayan, Lagaña y Camello).

La mayoría de los jóvenes que nos acompañan embelleciendo el barrio han caído en la cárcel, consumen drogas y han robado. Todos vienen de una invasión o desplazados de sus territorios. Es como si hubieran muerto en cada amigo caído y el resto de vida que les queda lo dedicaran a caminar sobre una cuerda floja, como funámbulos tratando de pasar al otro lado, al otro día, a fin de mes, sin proyecto de vida estable o definido, a merced del caos y el rebusque permanente. Es una guerra diaria: contra el hambre, la falta de trabajo, la policía y el no futuro que se les cierne sobre sus vidas, un sino trágico.

*Este texto hace parte del proyecto Viaje a pie – bordes de lo invisible, realizado en Potrero Grande y que busca reducir los niveles de riesgo de los jóvenes como víctimas y victimarios en casos de homicidio. Ejecutado por el Centro de Estudios Socio Jurídicos Latinoamericanos -CESJUL- y financiado por Open Society.

La contienda por las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2022 ha arrancado con inusitada fuerza desde los primeros días de este año. En medio de la profunda crisis humanitaria y el genocidio en curso auspiciado por el gobierno de Uribe Vélez-Iván Duque; la profundización de un modelo de despojo que niega los derechos de las mayorías mientras le genera mejores condiciones a las multinacionales, a los banqueros y grandes empresarios para llenar sus bolsillos; y el desprecio por la vida demostrado por este gobierno con el perverso manejo de la pandemia y sus constantes mentiras frente a las vacunas. El país político se ha movido para perfilar, desde distintas orillas, las candidaturas y apuestas electorales que se hagan al gobierno y el poder el próximo año.

 Es tal la inconformidad e indignación que genera el gobierno uribista de Duque, que pareciera cocinarse un ambiente en el que los diferentes sectores políticos están listos para asumir las riendas del gobierno en cualquier momento. El Uribismo, desde luego, va perfilando desde un delfín como Tomás Uribe, hasta una posible alianza con la casta de los Char que pueda garantizar la continuidad de la impunidad, el despojo, la mafia y la mentira en el ejercicio de gobierno. Por su parte, los partidos tradicionales, venidos a menos, pero comprometidos con los intereses del gran capital, aún deambulan entre continuar a la sombra del Ubérrimo, o tratar de canalizar a sectores democráticos para revestirse de decencia y mantenerse en el poder. A su vez, el amplio espectro de los sectores denominados alternativos, aparece, por un lado, con una convergencia de los mismos con las mismas, pero predicando un discurso de “centro” contra los extremos para mantener las cosas en el mismo lugar, y por el otro, una confluencia de partidos políticos y movimientos sociales que hoy más que nunca puede abrir posibilidades para alcanzar reformas y transformaciones históricamente aplazadas y negadas por la violencia estatal y paraestatal. Esta última se ha presentado al país como el Pacto Histórico.

Sin lugar a duda la figura de Petro emerge con un protagonismo notable para este escenario, y mientras desde el denominado “centro” se ha cerrado toda posibilidad de una alianza con su proyecto, este ha insistido en una consulta sin vetos y en la construcción de un programa que se piense los cambios que el país requiere. Más allá de su figura, muchos de los sectores que hoy le apuestan al Pacto Histórico —en el que están el Polo Democrático, Mais, La UP y diversas plataformas sociales— son quienes han logrado propiciar esta convergencia que busca no solo ganar la presidencia sino ser mayorías en el Congreso.

Todo el escenario anteriormente descrito impulsa hoy distintos referendos: los revocatorios de alcaldes, el referendo campesino y el Chao Duque, instrumentos para potenciar listas, nombres y votos; cálculos políticos propios de los afanes electorales. Algunos de estos referendos, como el campesino o el que busca remover a Duque, tienen propósitos válidos y levantan algunas banderas necesarias, como mejores condiciones para la producción agrícola, renta básica universal y mejoras en las leyes de salud, sin embargo, son insuficientes –quizás contraproducentes- para canalizar el descontento popular y los deseos de cambio. En síntesis, es preocupante que todo el escenario de las luchas sociales por vida digna y paz se limite al carril de una institucionalidad viciada y limitada.


Por ello es necesario que ese Pacto Histórico que hoy se cocina desde sectores democráticos, alternativos y de izquierdas, se llene de contenido y, sobre todo, de protagonismo popular. Urge tejer el Pacto Histórico desde las periferias, desde las comunidades excluidas y marginadas, con el papel protagónico de las mujeres, desde la juventud, las y los estudiantes que han estado en las calles reclamando un país para el presente y el futuro, desde los movimientos sociales, desde el campesinado, los pueblos indígenas, los pueblos negros, desde las barriadas y la fábrica, desde el puesto ambulante y los pasillos de hospitales donde el personal de salud se está muriendo por preservar la vida de millones. Las continuas movilizaciones, paros, plantones, cacerolazos y caravanas que han estado en el espíritu de lucha y resistencia de los pueblos por años. Estos deben seguir siendo el camino privilegiado por los sectores del campo democrático y popular para organizar, hacer pedagogía, recrear las propuestas, construir el programa y definir los horizontes de disputa institucional.

El Pacto Histórico no puede quedarse en un ejercicio de acuerdos por arriba para buscar arrebatar unos escaños a la débil y engañosa democracia colombiana, sino que debe trabajarse en función de construir desde abajo, con la gente y para la gente; el músculo social y político capaz de confrontar la gran maquinaria de los que siempre han mal gobernado. La presencia en las urnas es necesaria y clave en esa disputa, pero insuficiente si no se teje en la cotidianidad de las mayorías ese nuevo país que soñamos y merecemos. El protagonismo tiene que ser plural, que incluya a los hoy ignorados, negados y humillados. Si el peso de figuras relevantes como Petro, Francia Márquez, Iván Cepeda, María José Pizarro, entre otras, es para potenciar ese protagonismo popular, bienvenido sea.

Mención especial merece el anuncio del Pacto Histórico (por ahora electoral) de establecer listas al Congreso de la República con mayoría de mujeres. Es un avance importante y necesario, pero debe ir más allá de los números. El Pacto Histórico desde abajo, para ganar elecciones y para construir en lo cotidiano, es fundamental que se piense en serio desde una perspectiva y práctica antipatriarcal y anticapitalista que contribuya a superar de una vez y para siempre las diferencias e inequidades que nos han mantenido separados y separadas. Vamos a hacer historia.

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