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El riesgo de la privatización de Cenit

Por: Miguel Rojas

La mesa de negociación entre la Unión Sindical Obrera (USO), Ecopetrol y Cenit, concertada por la posible venta de esta última, aún no ha llegado a un acuerdo. El conflicto inició con la expedición del decreto presidencial 811 del 2020, que permite la enajenación de empresas en las que el Estado colombiano tiene participación, como es el caso de Cenit, empresa que transporta crudo y combustibles en Colombia.

La instauración de la mesa se dio el 11 de julio luego de que dos miembros de la USO se encadenaran en el Machín de la Resistencia en Bogotá, ubicado cerca de las instalaciones de Ecopetrol, además más de 400 trabajadores se encuentren en protesta permanente en 54 plantas de los oleoductos de Ecopetrol, así como una movilización nacional del sindicato. Que no hayan llegado a un acuerdo se debe a los intereses de las partes, tal como expresa Fabio Díaz, representante de la USO en la mesa por parte de la USO, “es una negociación compleja, la administración de Ecopetrol y Cenit intentan que la discusión solamente sea en el plano laboral, es decir, el cambio de contrato de Ecopetrol a Cenit, pero este conflicto tiene un contenido político que es: cuál es el futuro de la empresa”.

Si la venta de Cenit se concreta, lo cual el gobierno no ha confirmado, se tendrían que cambiar alrededor de 870 contratos de Ecopetrol a Cenit, perdiendo estos empleados beneficios acordados con la empresa, y quedando en riesgo la estabilidad laboral de más de 22.000 trabajadores tercerizados, es decir, quienes son subcontratados por Ecopetrol a través de otra empresa.

Cenit tiene una gran importancia en un país dependiente del crudo como lo es Colombia. Gracias a esta empresa, Ecopetrol, además de recibir el 40% de sus utilidades, es dueña del 82% de la capacidad de transporte de petróleo y del 100 % del transporte por poliductos de gasolina, diésel y jet fuel, siendo el principal transportador de hidrocarburos con 8.467 kilómetros de tubería. Igualmente, es el mayor inversor del sector: para el 2018 representó 3.500 millones de dólares y el año pasado 4.000 millones de dólares.

En palabras de Fabio Díaz, que Cenit pase a manos de privados implicaría “que ese ingreso permanente para la nación ya no se tendrá. Segundo, que un sector estratégico, como son los oleoductos, estaría bajo el control del capital privado. Tercero, vender Cenit hoy pone en dificultades a Ecopetrol dado que los crudos que explota se encarecerían porque dependería de las tarifas que un privado le imponga.”

La opción de vender la participación del Estado en empresas como Cenit surge como una medida dentro del Plan Fiscal de Mediano Plazo con el propósito de recaudar 12 billones de pesos para el 2021. Los recursos provenientes de estas ventas irán directamente para el Fondo de Mitigación de Emergencias (FOME), creado para afrontar la crisis económica debido al covid-19.

También es importante resaltar que Cenit no es la única opción para vender, y debería considerarse como la última debido a su importancia. El Estado colombiano tiene presencia en 105 empresas cuyo valor suma poco más de $170 billones.

Que el país se vea en la necesidad de vender se debe no solo a la crisis, sino al manejo de la política fiscal que le han dado gobiernos pasados. De acuerdo con Mauricio López González, coordinador del Grupo de Macroeconomía Aplicada de la Universidad de Antioquia, Colombia ha tenido una política fiscal procíclica, es decir que los gobiernos no han ahorrado en periodos de auge económico para así tener una fuente de recursos que pueda utilizar en momentos de crisis o recesión. 

Actualmente, según cifras del Viceministro de Hacienda, se estima que el PIB puede tener una caída del 5,5% y el déficit fiscal puede ascender a 8,2%. A la par, de acuerdo con el DANE, la tasa de desempleo está en un 20 % y antes de la pandemia el empleo informal se acercaba el 50%.

Con este panorama, explica el profesor Mauricio López: “No tenemos ahorro para aplicarlo a la economía. Nuestras empresas públicas no están generando una rentabilidad que pudiese capturar el Estado, como es el caso de Ecopetrol, que con un barril de petróleo a cuarenta dólares apenas si logra sostenerse la empresa. No podemos aumentar los impuestos porque la economía está caída, y la deuda ya está en niveles que superan el 50% del PIB. ¿En esas circunstancias que le queda al gobierno? enajenar o vender activos”.

Otro de los inconvenientes de la enajenación es que representa un ingreso que se tiene una sola vez, más no un flujo constante como sucede con los impuestos o las rentas de las empresas estatales. Además, como expresa el Representante de la Cámara por el Polo Democrático, Jorge Gómez, se estaría vendiendo Cenit a "precio de huevo", pues debido a la crisis el precio de sus acciones se encuentra a la baja.

Desde el Congreso ya se presentó, por parte del Polo, un proyecto de ley para derogar el decreto 811 que abre la puerta a la enajenación. Otra preocupación que existe es la posible venta también de ISA, la empresa de interconexión eléctrica de Colombia. Para el Representante Jorge Gómez que se contemple la venta de estas dos empresas es preocupante: “Es vender un patrimonio que es rentable para el Estado, supuestamente para atender la crisis, y no recurrir a otras fuentes. Es que hay más fuentes para atender la crisis. El gobierno se ha negado a usar reservas transnacionales, Colombia tiene 53 mil millones de dólares en reservas internacionales ociosas, es plata que tenemos en el exterior, una fiducia que no le resta nada al estado, o sea es un plata ociosa que podríamos gastar una parte, no toda porque son reservas”.

 

 

Por: Yuliana Salazar Duque Integrante Comité Organizador en Pereira de la semana de los Líderes Sociales, Comité por la Defensa del Territorio de Risaralda.

Colombia, un país sin memoria, ha naturalizado la muerte, como si esta hubiese penetrado lo más hondo del ser e hiciera parte de la mentalidad colectiva de una sociedad en la cual la vida o la muerte no representa más que una cifra o una nota fría y amarillista del noticiero.

Cada día, tras la pantalla, nos narran la nueva pérdida de alguno de nuestros líderes sociales. Sin embargo, con la indiferencia que caracteriza a nuestro colombiano promedio, el hecho queda en un recuerdo fugaz que poco o nada nos interesa porque no afecta nuestra vida cotidiana o porque percibimos aquellas vidas como lejanas o distantes a nuestra realidad concreta.

Pero ¿qué pasaría si a quien asesinaran o amenazaran fuera tu hijo o tú hija, un amigo cercano, un miembro de la familia, un primo, un hermano o tú mismo? Quizás allí la indiferencia no sería una opción y tendrías que usar tu voz de protesta para decir basta ya del exterminio: deben cesar las muertes.

En Colombia, el asesinato selectivo, la violencia sistemática, el amedrentamiento y la tortura, han sido dispositivos para eliminar la diversidad de pensamiento y las renovadoras tendencias ideológicas de diferentes individuos o grupos sociales. Estas estrategias de exterminio han sido naturalizadas en el país con el conflicto político, social y armado más largo del mundo. Una Colombia con más de 8 millones de víctimas, entre ellas 7,7 millones desplazados, de los cuales muchos han terminado revictimizados por la incapacidad del Estado para restablecer los derechos vulnerados.

Es importante resaltar que somos el país con más desigualdad social de América Latina, donde 9,9 millones de personas viven en condición de miseria, situación manifiesta en el incremento de las brechas sociales, el 1% más rico de la población concentra el 20% del ingreso, así como el 1% de los propietarios concentra el 80% de las tierras rurales. No podemos perder de vista que la tierra ha estado en el centro del conflicto político, social y armado., y que han sido las comunidades rurales las más afectadas por estas disputas.

Ahora bien, entre los nuevos campos en confrontación se encuentra el ambiental, anclado a la pugna por la apropiación de las riquezas naturales de nuestros territorios. No es gratuito entonces que, para el año 2014, el grupo EJOLT señalara que Colombia era el país con más conflictos ambientales de Latinoamérica.

¿Qué relación tiene la situación anterior con los más de 868 líderes sociales y más de 200 excombatientes asesinados después de la firma del Acuerdo Final de Paz entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP?.

Foto: Miguel Ángel Romero

Recordemos que en Colombia han sido reiterativos los intentos de acuerdos de paz. Entre los más sobresalientes se encuentra la propuesta realizada en los años 80 por la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar que derivó en los acuerdos de la Uribe. En 1985, la Unión Patriótica (UP), un partido de izquierda con gran acogida por el pueblo Colombiano, fue exterminado por la clase dirigente del país tras percibir las posibilidades reales de poder de este grupo político.

Ahora, después de casi 24 años del genocidio político de la UP, se incurre en un nuevo intento de proceso paz cuyo incumplimiento se refleja, entre otros aspectos, en el asesinato selectivo. Entre enero de 2016 y mayo de 2019, han sido asesinados más de 837 líderes y excombatientes, cuyas principales reivindicaciones son de carácter social y político. En lo que llevamos del 2020 son 202 líderes asesinados y 7 de sus familiares.

Como lo señala el informe "Todos los nombres, Todos los Rostros”, hecho por del Movimiento Marcha Patriótica, la Cumbre Agraria Étnica y Popular e INDEPAZ, en el 2018, el 80% de los homicidios fueron a causa de conflictos por la tierra, el territorio y las riquezas naturales, mientras que 17,69% estuvieron asociados a pactos de sustitución o erradicación forzada de cultivos de uso ilícito. De los 245 casos registrados para ese año, 44 correspondían a comunidades indígenas, 21 a comunidades afrodescendientes, 40 al Plan Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito-PNIS, 140 a procesos campesinos, ambientales y comunales.

Según este informe, de los 245 casos, el “30,97 % de los homicidios fueron cometidos en contra de integrantes de las organizaciones nacionales que conforman la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular (Coordinación Social y Política Marcha Patriótica, Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), Proceso de Comunidades Negras, Autoridad Nacional Afro Colombiana (ANAFRO), Congreso de los Pueblos, Ríos Vivos, Movimiento por la Constituyente Popular, y Coalición de Movimientos y Organizaciones Sociales de Colombia-COMOSOC)”. Asimismo, la mayoría de los asesinatos fueron a defensores de derechos humanos.

Estas cifras revelan que el asesinato de nuestros líderes y lideresas sociales, incluyendo allí a los excombatientes, no son casos aislados que se configuran por “líos de faldas” como señaló, de forma irresponsable e irrespetuosa, el exministro Luis Carlos Villegas. El asesinato de los líderes sociales es reflejo de la realidad de nuestra Colombia, un país con profundas desigualdades sociales en el que el rigor de la guerra y de las injusticias recae sobre las poblaciones más vulnerables, quienes día tras día reinventan formas de reexistencia para hacer frente a la difícil crisis social que se ha venido erigiendo desde tiempos históricos en la nación.

En el año 2019, en el marco de la convocatoria a la jornada de movilización nacional, en la ciudad de Pereira diversas organizaciones, procesos y personas decidimos hacer bonitas juntanzas para desarrollar una agenda conjunta en memoria y homenaje a nuestros líderes sociales. Durante la semana del 21 al 28 de julio, en diversos escenarios de la ciudad se llevaron a cabo múltiples actividades que tuvieron como propósito sensibilizar y denunciar el genocidio que estamos presenciando, y que se recrudeció desde la Firma de los Acuerdos de la Habana.

Este año para continuar elevando nuestra voz de protesta e indignación por las amenazas, hostigamiento y asesinato de los líderes sociales, queremos extender la invitación para que nuevamente realicemos una Gran Jornada Nacional por nuestros Líderes Sociales del martes 24 al 31 de Julio.

En homenaje a ellos, extendemos un llamado a la sociedad colombiana a romper el silencio y la indiferencia y defender la vida desde todos los ámbitos de la existencia cotidiana. Será nuestra indignación una de las posibilidades para frenar el genocidio: ¡Porque la vida Germina donde la lucha continua!

Mi vida en las Farc y en los paramilitares*

Por Juan David Guerra Cano y Natalia Hernández Berrío

Nací el 2 de julio de 1985 en una familia dividida. Mis padres se separaron cuando yo tenía cuatro años. Éramos cuatro hermanos. Los dos más pequeños se fueron con mi mamá, y las más grandes nos quedamos con mi papá, quien nos llevó donde mis abuelos. Él nos daba todo lo que necesitábamos, y nos veía siempre que podía, con mi madre, en cambio, apenas tenía comunicación. Se había ido a Cúcuta, nosotros nos quedamos en Bucaramanga.

Me criaron mis abuelos maternos, Julio y Carmen. Viví unos años muy tranquilos. Pero todo cambió cuando mataron a mi papá. Dijeron que había sido la Mano Negra. Cuando eso se escuchaba mucho en Santander. Era un grupo que hacía “limpieza social”. Había policías y agentes del Estado ahí metidos.  Mataban ladrones, drogadictos, prostitutas. Pero también mataban porque sí. Mi papá era bueno.

Mi mamá regresó con mis hermanos y yo empecé a vivir entre la casa de ella y la de mi abuela. Iba de un lado a otro. A mi abuela no le gustaba que yo fuera donde mi mamá porque eso allá estaba lleno de marihuaneros. Donde mi mamá todo empezó a dañarse. Yo tenía rabia, se había muerto la persona que más quería en la vida, me quería vengar.

Empecé a sentir una amargura que solo se atenuó cuando conocí a mis amigos. Adrián, Jeño, Over, Gallo, Nereida, Juli… Teníamos como 10 años y andábamos en las mismas. Nos refugiamos en las drogas. Yo me fui a vivir donde mi mamá. Dejé de estudiar y empecé a callejear. Nos veíamos en un andén y a veces caminábamos a cualquier manga a fumar. Con ellos probé la marihuana.

“Si no le han dado de comer...”

Lo peor comenzó cuando mis abuelos supieron que fumaba marihuana. Estábamos en la casa de ellos y mi hermana me delató en medio de una reunión familiar. Tenía un tío que era sargento en la Policía de Carreteras. Él se paró, me cogió las manos, las miró y lo confirmó delante de todos: “usted está fumando marihuana”. Por eso ese mismo día, en esa misma reunión, tomaron la decisión de enviarme a vivir con él. Para mis abuelos la disciplina de mi tío crearía el entorno adecuado para mí. 

Además de limpiar, me ponían a cocinar y a cuidar a mis dos primos. Estaba triste y aburrida. Y eso que las cosas apenas iban a empezar. Mi tío cambió conmigo. Solía acercarse y mirarme de una manera rara. Yo tenía 10 años y no entendía bien las cosas. Un día, estando sentados en la sala de la casa, me mostró sus partes íntimas. Yo empecé a vivir un infierno...

Cada que podía me miraba y me mostraba su cuerpo. Luego me empezó a tocar. No le importaba si estaba la esposa o los hijos. Aun así me sentía segura cuando estaban todos. Cuando estaba sola, o se hacía de noche, mi martirio era peor. Siempre que me manoseaba, me amenazaba. “Cuidadito llega a decir algo, cuidadito”. No le importaba mi rechazo ni la rabia que me daba.

“Deje la puerta abierta que yo esta noche me le meto”, me decía. Y yo no dormía. Ponía la mesa de noche, la mesa de planchar, y lo que encontrara para trancar la puerta. Pasaba las noches a medio dormir, con miedo de que la puerta se abriera y él entrara y me hiciera algo. Sentía que lo odiaba. No entendía cómo un policía podía ser así. “Por eso es que los matan”, pensaba.

Un día estaba con la esposa de él. Solo nosotras dos. Estábamos haciendo el almuerzo. Ella había puesto a hervir agua para hacer una sopa, y como iba a salir a comprar algo, me pidió que le pusiera cuidado al fogón y que le echara las verduras. Ella salió. Un instante después llegó mi tío.

Me sentí insegura. Él entró y se dirigió a la habitación. “Tráigame la pantaloneta que está en el patio”, me dijo. “Estoy ocupada”, le respondí. “¡Tráigamela!”, gritó. Yo fui por ella y se la llevé, pero no entré a la habitación, estaba nerviosa, así que llegué a la puerta y se la tiré. Él se enojó y me ordenó que se la entregara en las manos, yo le hice caso, pero justo cuando me agaché a recogerla, me di cuenta que estaba desnudo. Me sorprendí. Él me cogió y me arrojó a la cama. Estaba muy asustada. Quería quitarme la ropa, pero yo no me dejaba, sacaba fuerzas y me defendía. Era el cuerpo de un hombre mayor contra el de una niña, pero yo sentía que no me podía dejar ganar. Y me invadió una rabia inmensa durante esos instantes. “Si a usted no le han dado de comer, yo le doy de comer”, me decía él. Y yo, forcejeando, le respondía: “Malparido, por eso es que los matan”. 

Fueron unos instantes eternos. Me estaba quedando sin fuerzas. Pero por fortuna me salvé. Escuché ladrar al perro de la casa porque había regresado la esposa de mi tío. Yo salí de esa habitación y me fui para la mía, y la señora, al verme allá, me regañó y me ordenó regresar a la cocina. La impotencia que sentí se me transformó en lágrimas, pero trataba de aguantarme la rabia. 

Siempre que todos se iban, o estaban distraídos, yo cogía el teléfono y llamaba a mi abuela. Tenía que hacer algo para irme de ahí. Y yo no sabía cómo contar lo que mi tío me había hecho. Sentía vergüenza y pensaba que no me iban a creer. Entonces no lo conté. Pero le rogué tanto a mi abuela, que me dejó irme a vivir con ella de nuevo.

Las cosas no estaban bien en Lebrija, Santander. Los paramilitares estaban llegando y varios de mis amigos, aun siendo muy niños, estaban trabajando para ellos. Por esos días, más que antes, me agobiaba el recuerdo de mi padre. No entendía por qué siempre me iba mal. Y no sabía qué hacer.  Así me la pasé como un año, hasta que conocí al papá de mis hijos. La persona con la que entré a la guerra, primero como guerrillera, luego como paramilitar.

Yo andaba la calle con mi amiga Nereida y su hermana Mery, fue ella quien me lo presentó. Se llamaba Osvaldo y era 15 años mayor. Desde que nos vimos mostró un interés por mí. Se me acercó y me dijo que le parecía bonita. Conversamos. “¿Qué haces por ahí en la calle?; “Estás desperdiciando tu tiempo”; “Podrías estar mejor, hay otras oportunidades...”. Siempre me decía lo mismo. Me brindó una buena amistad. Gracias a él ya no me sentía tan sola. Pasado un tiempo me confesó que era guerrillero de las FARC-EP.

Un día se conoció la noticia de un hombre que había sido amarrado y torturado en las afueras del pueblo. Lo hicieron sufrir hasta morir. Todo el pueblo hablaba de eso. Era un guerrillero y su alias era ‘Centella’. Era el mejor amigo de Osvaldo. Las autodefensas estaban persiguiendo a todo el que tuviera algún vínculo con la guerrilla. Osvaldo sintió que debía irse, su vida corría peligro. Mientras más se demorara, más probable era que lo mataran. Entonces decidió irse al monte y llevarme con él. “Tiene dos opciones: se va conmigo o se queda”, me dijo. No era fácil para mí. “Al menos espere que llegue mi mamá y yo le avise que me voy a ir con usted”, le dije. Pero él fue drástico. No había tiempo de esperar: “Yo me voy ya. Decida”. Entonces me fui con él.

Gritos de dolor

Un carro nos llevó hasta El Oso, una zona rural de Lebrija. Había muchas casitas humildes. De ahí tuvimos que caminar hasta llegar al campamento. Nos recibió una veintena de guerrilleros. Osvaldo contó lo de la muerte de ‘Centella’ y el grupo tomó la decisión de adentrarse más en el monte. Lo bueno era que no estaba sola, Osvaldo me presentó como su pareja. “Vamos a decir que usted es mi pareja, porque o sino, la cogen y la vuelven nada. Después se va a dar cuenta”.

Las tareas eran simples. Me ponían a cocinar, también me tocaba buscar leña y prestar guardia en las noches. La compañía de Osvaldo me salvó de muchas cosas. Como yo era su pareja, los demás guerrilleros me respetaban, en cambio a mis compañeras no.

Recuerdo que a los cinco meses de yo ingresar al grupo llegó una muchacha. Era mona, acuerpada, zarca, muy bonita. Apenas tenía 15 años. Su alias era ‘Karina’. Con ella lo comprobé, allá, si usted tiene su pareja es respetada por los demás hombres, pero si está sola tiene que ser la mujer de todos. Pa’ acabar de ajustar la muchacha era simpática y coqueta. Al principio vivía bien, era muy admirada, pero después la acosaron todos los guerrilleros. Era verdad que las mujeres debían aceptar ser de uno, o de todos. Ella estaba cansada de eso, me decía que se sentía violada al estar con distintos hombres y no poder protestar.

Después de un tiempo quedó embarazada. La barriga le creció y se veía distinta, entonces le hicieron una prueba de embarazo que salió positiva. Ella le dijo al comandante que quería tener el bebé. Y no temió decir que estaba dispuesta a irse si era necesario. Pero el comandante no la dejó. “Si usted se va, se muere. Usted de aquí no sale. Además no es lo que usted quiera, nosotros decidimos”. Las mujeres teníamos la obligación de planificar. Allá nos daban las pastillas. Y la que no se las tomara, y saliera embarazada, ya sabía qué le tocaba.  

A Karina no le quedó de otra que aceptar la orden y abortar. Primero le dieron unas pastillas y empezó a sentir unos dolores muy fuertes. Se revolcaba del dolor. Luego la acostaron en una camilla hecha con tablas y sábanas. Fue una experiencia horrible. No nos atrevíamos ni a mirar. Solo escuchábamos unos gritos que nos asustaban mucho. Las condiciones eran malas, no había anestesia ni médicos que le ayudaran a abortar a la compañera. 

Yo me asusté cuando vi que un compañero le estaba introduciendo algo. Quería acercarme más pero no era capaz. Sentía asco. Estaba aterrada con lo que estaba pasando. Pensé que le estaban sacando las tripas. “Ay Dios mío, pero qué le están haciendo”. No aguantaba esos gritos, era como una impotencia y una tristeza por la compañera. Después de eso, Karina quedó postrada en el cambuche como dos semanas.

La vida en el monte continuó, y yo cada vez me aferraba más a Osvaldo. Recuerdo que teníamos un cambuche para los dos, pero no teníamos intimidad, él siempre fue reacio, por todos los ojos que nos podían estar mirando, más bien, cuando podíamos, nos volábamos para algún pueblo cercano. Aunque no era muy romántico, me brindó la seguridad que siempre había querido. Al principio lo apreciaba porque me daba protección y compañía. Lo asociaba con mi padre. Después me fui enamorando de él. 

Cocodrilos

Cumplí 15 años cuando nos cogieron los paramilitares. Llevaba dos años en la guerrilla y estaba haciendo un mandado con Osvaldo. Íbamos en un bus por toda la Panamericana, cerca de Puerto Araujo, cuando nos detuvo un retén de las autodefensas. En ese entonces era normal que un guerrillero se volteara y terminara trabajando para los paramilitares. Para ellos era estratégico combatir a la guerrilla teniendo conocimiento de primera sobre sus movimientos. Por eso, cuando detuvieron el bus, lo que nos delató fue un pequeño bulto de panfletos que teníamos, y un guerrillero que ahora trabajaba con los paramilitares. Nos reconoció y nos delató.

Nos llevaron hasta Puerto Boyacá, nos metieron en un calabozo y nos interrogaron. Osvaldo nunca dijo nada. Yo tampoco. Las únicas pruebas que nos inculpaban eran los panfletos y  el excompañero. Los paramilitares sabían quiénes éramos, pero no nos hicieron daño y  decidieron hacernos una oferta: “Si los soltamos los van a matar. Van a decir que están  haciendo inteligencia con nosotros. Más bien quédense trabajando acá”. 

Era cierto. Si regresábamos a la guerrilla, nos podían matar. Osvaldo dijo que no había de otra, entonces aceptamos. Nos enviaron a Bucaramanga y a Lebrija, donde había empezado todo. Había salido de Lebrija para entrar a las FARC y ahora volvía como paramilitar. Mi nuevo trabajo consistía en vigilar quién entraba y quién salía del pueblo. Mi antiguo grupo era ahora mi enemigo. No podíamos permitir la entrada de ningún guerrillero a la zona. 

Pero las tareas cambiaron. El bloque había crecido mucho. Llegamos a todo el Magdalena Medio, el Sur de Bolívar y Santander. Muchas cosas se habían salido de control. Un día estaba patrullando en San Rafael de Lebrija, un corregimiento de Rionegro, Santander. Estábamos cerca de un río, esperando para recibir un encargo. Respondíamos al mando de Camilo Morantes, comandante de las Autodefensas Unidas de Santander y el Sur del Cesar. Era muy conocido. Fue el responsable de la famosa masacre de 1998, en la que asesinaron 35 personas en Barrancabermeja. Con esta masacre, que fue concertada con militares y funcionarios de Ecopetrol, se ganó la confianza de Carlos Castaño. Pero esa confianza no duraría mucho. Morantes se le salió de las manos, como muchos otros comandantes. Por eso fue asesinado, en 1999, por orden del mismo Castaño. 

Ese día en el río me dijeron que Morantes quería que yo le ayudara con algo. Entonces fui donde él. En ese momento llegó un carro lleno de cadáveres. Eran unos muchachos muy jóvenes. No sé de dónde los trajeron ni por qué los mataron. Cerca estaban los cocodrilos. Hacía mucho que los habían traído desde África. Muchas fueron las personas que mis comandantes ordenaron arrojar. Vivas y muertas. Ese día su alimento serían los cadáveres del carro. Tiraron uno al suelo. Había que abrirlo antes de arrojarlo. Morantes me dio la orden: “Sáquele las tripas, y las tira al río”. Yo me asusté. “Yo no soy capaz de hacer eso”, le dije. Osvaldo intervino, dijo que eso no me correspondía, y Morantes se enojó. “O lo hace, o la matamos”, me gritó delante de todos. Entonces no dije nada más. 

Me entregaron un cuchillo. Un compañero me daba indicaciones. Yo lo clavé y empecé a abrir ese cadáver. Tenía que hacer mucha fuerza. Se sentía grueso y olía a mortecina. Era como abrir una vaca o un cerdo. Le saqué las tripas y las tiré al río. Pero ahí no paró todo. Había que llenar el cuerpo de rocas antes de arrojarlo. Yo estaba bañada en sangre y ahogada del olor. 

 

*Esta narración se construyó a partir del testimonio de una desmovilizada del Bloque Isidro Carreño de las AUC. El texto hace parte del trabajo de grado “Las mujeres de la guerra: historias de vida de mujeres exparamilitares”. Trabajo que contó con patrocinio del Fondo para apoyar los trabajos de grado de pregrado en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, administrado por el Centro de Investigación y Extensión de la Facultad.

 

 

Por Sergio López

Bajo la exigencia de matricula cero para las Instituciones de Educación Superior (IES) del departamento Antioquia, estudiantes de la Universidad de Antioquia se tomaron la portería de la Avenida Ferrocarril el 8 de julio, luego de que la vigilancia privada no permitiera el ingreso al campus.

A la 1:30 de la tarde se decretó huelga de hambre por parte de una de las estudiantes, horas después se unieron 3 personas más. Al día siguiente, cumplidas las 24 horas en huelga, pactaron una reunión con el rector en la que lamentablemente no escuchó  a los estudiantes y dejó a otros administrativos a cargo del diálogo, quienes claramente señalan que en manos de ellos no está la gratuidad de la matrícula.

Este no es el único punto que reclaman los estudiantes. También piden que se congelen las reformas al Estatuto General que se están llevando a cabo por parte de la administración. Reformas que se activaron en el mes de mayo, donde la comunidad estudiantil y profesoral no se encontraba presente para discutirlas. Además de llevarla a cabo, la información de los cambios no llega a toda la comunidad, se anuncia que es una reforma que se ejecutaría a puertas cerradas y a espaldas de toda la comunidad universitaria. 

Transcurren las horas y los días en la portería de la Unversidad de Antioquia y se suman dos estudiantes más a la huelga, para un total de 6 huelguistas. Las condiciones en las que se encuentran no son las mejores, pues duermen al lado de un alcantarillado donde es constante la reproducción de bichos que pueden afectar gravemente su salud y la de los y las campistas que los acompañan. A parte de esto, el baño que ofrece la administración de la Universidad no cuenta con suficiente espacio y las condiciones necesarias para la cantidad de personas que allí se encuentran en manifestación y resistencia.

La consigna de Educación Pública, Gratuita y de Calidad no es de ahora, es una bandera que ha hecho parte del movimiento estudiantil colombiano y latinoamericano. La crisis sanitaria, ambiental y económica deja en evidencia la necesidad de ejecutar esta propuesta, puesto que los niveles de deserción aumentan debido a las dificultades de diversa índole que enfrentan sus hogares y comunidades. 

La UdeA no es la única que ha emprendido este mecanismo como herramienta de presión, exigencia y resistencia, también lo han llevado a cabo en la Universidad del Valle, la Universidad Industrial de Santander, la Universidad de los Llanos y la Universidad del Tolima. Estas acciones que ejecutan unos pocos representan toda una comunidad universitaria que no busca un pago por estratificación, sino una gratuidad que no diferencia clases socioeconómicas. 

Se hace el llamado a las administraciones locales y nacionales para que inyecten recursos económicos a las diferentes IES del país y se siga construyendo una Educación Pública, Gratuita y de Calidad que siga aportando a la construcción de un mejor país con paz y vida digna.

Por John Edwin Mejía Gomez

Desde el 2019 inició un plan de reforma administrativa y estructural en zonas de vital importancia por su posición geoestratégica. Este consiste en fortalecer la “seguridad” en 5 regiones, incrementar la presencia de la fuerza pública y hacer alianzas inter-institucionales para “robustecer” el esfuerzo conjunto. Al menos en el discurso del que hacen uso el Presidente y los funcionarios públicos así se presenta, pero la realidad demuestra que son otros los intereses a favorecer con la aplicación de estas políticas. 

Hechos como la muerte del campesino Emerito Digno Buendía Martínez, miembro de la Asociación Campesina del Catatumbo (ASAMCAT), a manos del Ejército Nacional, quien intentó hacerlo pasar como guerrillero, hacen pensar lo peor del plan de gobierno llamado “Zonas Futuro”.

¿Zonas Futuro para qué y para quién?

Las Zonas Futuro son una estrategia del gobierno nacional que busca la transición “pacifica” de cultivos ilícitos a cultivos lícitos. En teoría se ofrecen “garantías” para que los campesinos den este paso, y, junto con la colaboración ciudadana, se logre acabar con la inseguridad y el narcotráfico.

El gobierno ha hecho énfasis en que dichas zonas constituyen el 2.4 % del territorio nacional. El plan piensa aplicarse en el Pacifico Nariñense, Catatumbo, Bajo Cauca, Arauca, el sur de Córdoba, Chiribiquete y los Parques Nacionales Naturales aledaños. La estrategia de seguridad de las Zonas Futuro reeditará la política de seguridad democrática delineada y puesta en práctica en los gobiernos de Álvaro Urive Vélez. Política que no consiste en reforzar las fuerzas militares, más bien se trata de toda una reestructuración institucional de los entes de poder local.

La acción coordinada de las instituciones contempla la participación civil y ciudadana en la creación de los Planes De acción Oportuna (PAO). Al igual que la política de Seguridad Democrática, el sociólogo francés Daniel Pécaut plantea que “la estrategia antisubversiva descansa en el esfuerzo de la participación de la población civil en el esfuerzo militar”.

Las regiones priorizadas para la implementación de  las Zonas Futuro son lugares estratégicos y epicentros del conflicto armado, los cuales se encuentran dentro del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS). Pese a que el plan habla de la sustitución de estas economías ilegales por economías legales, en sus cuatro estrategias de fortalecimiento de la seguridad no contempla pautas de organización comunitaria o desarrollo económico, se centra únicamente en establecer  las “bases de la seguridad”, así lo expreso Miguel Ceballos, el Alto Comisionado para la Paz, en una reunión en Córdoba.

Estas estrategias, según el gobierno nacional, ya se pusieron en marcha en más de 44 municipios y 995 veredas, lo que preocupa en términos de seguridad rural y campesina es el presagio de masacres, asesinatos selectivos, falsos positivos y violaciones a los derechos humanos, tal como sucedió con la llamada Seguridad Democrática que hoy quieren reeditar con las Zonas Futuro.    

Los hechos recientes

La firma del Acuerdo de Paz buscaba ser una salida pacífica al conflicto armado colombiano, guerra fratricida que hasta ahora ha dejado millones de víctimas, en su mayoría civiles. Al inicio parecía existir voluntad sincera de las partes para cumplir el acuerdo. Sin embargo, con el pasar de los meses emergió la marcada tendencia histórica de lo que han sido los acuerdos de paz en Colombia: falta de voluntad política del Estado, persecución de desmovilizados y la exacerbación de la violencia política.

Desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016, han asesinado más de 702 líderes sociales y 200 excombatientes de la guerrilla. Departamentos con altas cifras de líderes sociales asesinados se encuentran incluidos en la estrategia de Seguridad Democrática nombrada como Zonas Futuro.

El asesinato de Emerito en el Catatumbo y el de Ariolfo Sanchéz en Anorí, Antioquia, fueron cometidos por el Ejército después de evidentes abusos de la fuerza y en el marco de una escalada violenta de las instituciones del estado contra la población. Estos hechos son justificados o ignorados por el gobierno y su estructura jurídica, militar y política.

La sustitución de cultivos de uso ilícito se ha convertido en uno de los argumentos con los que el gobierno pretende minar y sabotear el Acuerdo de Paz. Las decisiones de Duque son en esencia medidas dictadas desde el Centro Democrático, las cuales se encuentran en plena concordancia con el proyecto imperialista de los Estados Unidos, y la lógica geopolítica de colonización y dominación de los territorios y sus recursos naturales.  

Estas muertes deben ser analizadas a la luz del proyecto capitalista mundial, pues según el académico colombiano Renán Vega Cantor “para mantener el nivel de producción y consumo del capitalismo se requiere asegurar fuentes de abastecimiento de recursos materiales y energéticos, los cuales se encuentran concentrados en unas pocas zonas del planeta, y no precisamente en los Estados Unidos, Japón o la Unión Europea, que tienen déficits estructurales tanto en petróleo como en minerales estratégicos. Para darse cuenta de la dependencia de recursos por parte de los Estados Unidos, resultan elocuentes algunas cifras. Este país cuenta con el 2% de las reservas mundiales de petróleo y en la actualidad sólo produce el 9% del petróleo mundial, mientras consume el 26% y aloja solamente al 4% de la población del orbe. Simultáneamente, consume el 45% de las gasolinas de todo el mundo y el 26% del gas”.

La posesión y uso de la tierra es fundamental en la manutención del proyecto capitalista. Y a su vez se constituye en uno de los argumentos más fuertes detrás de la violencia en Colombia. Esto es relevante dado que nos permite adentrarnos en dos problemáticas esenciales: el interés estratégico de América latina y Colombia para el proyecto imperialista mundial, y la relación de los hechos nacionales con el panorama internacional.

El interés geopolítico es hacer de Colombia una gran despensa de materias primas y mano de obra calificada para los centros de desarrollo capitalista, además es un punto táctico privilegiado en el escenario geoespacial. Según Renán Vega, “en el escenario de esa guerra mundial por los recursos, América Latina es uno de los principales campos de batalla porque suministra el 25 por ciento de todos los recursos naturales y energéticos que necesitan los Estados Unidos. Además, los pueblos de la América latina y caribeña habitan un territorio en el que se encuentra el 25 por ciento de los bosques y el 40 por ciento de la biodiversidad del globo. Casi un tercio de las reservas mundiales de cobre, bauxita y plata son parte de sus riquezas, y guarda en sus entrañas el 27 por ciento del carbón, el 24 por ciento del petróleo, el 8 por ciento del gas y el 5 por ciento del uranio. Y sus cuencas acuíferas contienen el 35 por ciento de la potencia hidroenergética mundial”.

Para los Estados Unidos resulta crucial aplicar su política imperialista en Colombia, pues además de ser un país rico en recursos naturales, es uno de los principales productores de cocaína en el mundo. Bajo el argumento de guerra contra el narcotráfico y el terrorismo se instalaron las bases para el intervencionismo gringo.

La relación entonces entre las Zonas Futuro, los cultivos de uso ilícito, los recientes asesinatos de líderes sociales, civiles y campesinos, las estrategias imperialistas para el mantenimiento del consumo, poder de producción y acumulación capitalista, puede sintetizarse con el envió de un nuevo contingente militar estadounidense a Colombia. Hecho que representa una clara violación a la soberanía nacional y una injerencia clara de los Estados Unidos. El comandante de las Fuerzas armadas de Colombia, el General Luis Fernando Navarro, ha justificado la presencia de las tropas extranjeras bajo el argumento de la colaboración táctica

Este hecho no ha sido bien aceptado por la sociedad colombiana que aún recuerda las violaciones y abusos de al menos 53 menores de edad en los que se vieron involucrados varios militares norteamericanos años atrás en Melgar y Girardot. Este nuevo paso dado por el gobierno norteamericano refuerza su posición militar materializada con las bases militares de Malambo, Atlántico; Palanquero, en el Magdalena Medio; Apiay, en el Meta; las bases navales de Cartagena y el Pacífico; y ahora, el centro de entrenamiento de Tolemaida y la base del Ejército de Larandia, en el Caquetá.

Los intereses de los Estados Unidos en Colombia van más allá de la colaboración en la lucha contra las drogas, sobretodo en momentos en los que el capitalismo se enfrenta a crisis civilizatoria y productiva a causa de la covid-19, la implementación y adaptación de las nuevas tecnologías y formas de relacionamiento productivo.

El exorbitante número de líderes sociales asesinados, su sistematicidad e incremento en medio de la Pandemia, demuestran que esto hace parte de una política subterránea de un Estado que se supone fallido y que no obedece a los intereses nacionales, el suyo es un papel servil en el ajedrez geopolítico del imperio norteamericano.

La muerte se encuentra el orden del día en Colombia, pero esta no hace parte de la opinión pública más que como hechos aislados y recurrentes que se naturalizan por la miopía y la negligencia estatal. Esto hechos particulares que encuentran en la Seguridad Democrática o en las Zonas Futuro nicho jurídico y objetivo, develan la lucha necesaria por la liberación, la autodeterminación y la autonomía de los pueblos, pues el proyecto geopolítico imperialista no cesa y el devenir se ve enlodado por la vorágine de la guerra. 

Por Escuela Nacional Sindical

Max Yuri Gil es el coordinador de la Comisión de la verdad para la Macro Región Antioquia – Eje Cafetero. Pero además es un estudioso de la violencia en esas regiones y el país. Conoce como pocos la minucia del trabajo que realiza la Comisión de la Verdad y los órganos que componen el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de no Repetición (SIVJRNR).

Conversamos con él sobre violencias coyunturales como el asesinato de líderes sociales y excombatientes de las FARC. También le preguntamos por los imprevistos efectos que tiene la pandemia en el cronograma y la metodología de trabajo de la Comisión, cuyo mandato culmina el próximo año. Max Yuri nos contó que el propósito de la Comisión es entregar el informe final en los tiempos establecidos en el Acuerdo de Paz:   

¿Cómo ha sido el trabajo de la Comisión en medio de la crisis por el coronavirus?

Nos tocó adaptarnos y eso ha implicado un alto componente de virtualidad. Desde mediados de marzo no hemos podido realizar el trabajo de campo que teníamos previsto. Ya hicimos una reorganización, para poder realizar en el segundo semestre algunas de estas actividades de manera virtual; entrevistas individuales, entrevistas a profundidad, y organizar protocolos para que las personas se acerquen a las oficinas y a nuestros equipos, y puedan dar cuenta de sus expectativas de aportar la verdad a la Comisión. También en el tema de diálogo social estamos pensando hacer muchas cosas a través de redes sociales, internet y comunicación pública. Nos hemos adaptado, pero no es el escenario más favorable.

¿Esta crisis cambia en algo los objetivos de la Comisión?

Nosotros tenemos tres ámbitos que deberían estar relacionándose, teníamos dos y llegó un tercero: primero, la agenda de la democracia en el país. Las discusiones sobre participación política, equidad, reconocimiento, derechos, etc. Segundo, la agenda de la paz que tiene que ver con el cumplimiento del Acuerdo de Paz, los seis puntos que se establecieron. Nosotros estábamos en ese punto de la paz, de la transición, pero ahora se nos viene encima la agenda de la atención de las victimas del coronavirus, no solamente las victimas del contagio sino las del impacto económico que todo esto está teniendo.

¿Cuál es el problema? Cómo hacemos para que esas tres agendas en vez de competir se articulen, que podamos encontrar las intersecciones de esas agendas para que no terminemos sacrificando una cosa en aras de la otra. En esa medida nosotros hemos expresado, como entidades del SIVJRNR, y como Comisión de la Verdad, nuestra preocupación porque la agenda de la transición termine hundiéndose en el marco de la agenda de la atención a las víctimas de la covid-19.

Teniendo en cuenta esa eventualidad, ¿será necesario ampliar el plazo de trabajo de la Comisión?

Esto tiene una dimensión normativa y una práctica. La dimensión normativa implica que para ampliar el periodo se requiere una reforma constitucional, se necesitarían 8 debates en el parlamento en dos legislaturas, nosotros lo vemos muy difícil. La otra opción sería una demanda ante la Corte Constitucional de un grupo de organizaciones sociales que, dados los efectos sobrevinientes del Coronavirus, pidan una ampliación del mandato de la Comisión. Eso requeriría que las organizaciones se pusieran de acuerdo, lo presentaran ante la Corte y que la Corte declarara exequible [constitucional] ampliar el periodo.

Desde el punto de vista fáctico, creemos que en el Congreso las prioridades son otras, no creemos que sea fácil sacarlo adelante, esto requiere una mayoría parlamentaria, y tampoco tenemos certeza de que la Corte acepte una posible demanda para ampliar el plazo de la Comisión.

Además, esta es la postura unánime en el pleno de comisionados y comisionadas, la decisión es terminar en noviembre del 2021. Se pretende que el informe de la Comisión sea un insumo para el debate público de cara a los debates electorales del 2022. No nos queremos meter en la coyuntura presidencial del 2022 arriesgando ser objeto de rapiña política-electoral. Esa es la decisión, es muy difícil que ese periodo se amplié.  

¿Con qué dificultades se ha encontrado hasta ahora la Comisión?

Nosotros nos imaginábamos un escenario mucho más favorable cuando empezamos nuestra labor. Teníamos la expectativa que, con la firma del acuerdo de paz en 2016, íbamos a tener un periodo realmente post conflicto, más estable, más tranquilo. Somos conscientes de que ese no era el fin de todas las violencias, que había un conjunto de violencias que no obedecían a las dinámicas del conflicto armado, pero creíamos que sí íbamos a tener una transformación del ambiente político como consecuencia del acuerdo de paz logrado con las FARC. Pero eso rápidamente comenzó a mostrar sus debilidades, por ejemplo el proceso con el ELN se rompió, luego el incumplimiento, justificado o no, hace aparecer las disidencia de las FARC.

Además de eso, se le había advertido al estado colombiano la importancia de una presencia integral en el territorio para evitar que otras organizaciones delincuenciales cooptaran el espacio dejado por las FARC, eso no se hizo, de tal manera que terminamos teniendo un escenario muy violento.  Hay unos territorios a lo largo y ancho del país donde el conflicto armado no terminó, sino que se reconfiguró.

En muchas de esas regiones se dificulta la labor de la Comisión, no nos podemos ir para Caucasia a obtener testimonios, ni a Ituango, ni a Briceño, ni a Toledo. También hay dificultades en Segovia, Remedios, Vegachí y Yalí

Hay otro tema que tiene que ver con la opinión pública y la política. Obviamente el triunfo del Centro Democrático en las elecciones presidenciales es un golpe muy duro a la implementación. Aunque los acuerdos de paz son de Estado, en la práctica funcionan como acuerdos de gobierno. El hecho de que llegara un gobierno que no cree en el Acuerdo de Paz, quita mucho respaldo político a la transición y al funcionamiento de las instituciones de la transición. Hay una falta de respaldo político y esto nos genera problemas de legitimidad, nos pone en serias dificultades.

¿Y los recursos económicos?

Nosotros en el pasado tuvimos algunas dificultades de recursos, este año ha sido más normal, pero desde ya sabemos que el problema de los recursos va a golpear muy duro el año entrante. Calculamos un recorte mínimo del 50%, no solo en gastos de inversión y actividades, sino también en funcionamiento y nómina. Y tenemos un agravante: nosotros habíamos podido contar con el colchón de la cooperación internacional. Tenemos mucha inquietud sobre si ese colchón es lo suficientemente grueso para que podamos caer tranquilos. La cooperación va a tener que dedicar plata a todo el mundo, incluyendo países de Europa, y el mismo Norteamérica, que van a requerir altos flujos de inversión para la reactivación económica y la atención a las víctimas. Estamos en un panorama bastante complicado.

¿Cómo ven desde la Comisión el asesinato de líderes sociales?

Es un tema muy grave, muy preocupante. La Comisión se ha expresado de manera permanente sobre este tema porque nos preocupa profundamente.  

Nos preocupa mucho y es una pregunta de fondo que nosotros tenemos en nuestra labor: ¿cuáles son las razones para que el conflicto armado en Colombia no termine a pesar de los sucesivos acuerdos de paz? En muchos países los conflictos armados terminan con la negociación, aunque sean malas negociaciones y aunque el fin del conflicto armado sea más complejo. Nosotros hemos tenido acuerdos de paz toda la vida, los del 89, 90 con las guerrillas, luego los del 94, los del 2006 y 2007 con paramilitares, y ahora este con las FARC. Lo que encontramos es una constante reconfiguración de los ciclos de violencia y esa reconfiguración incluye el asesinato de líderes sociales o de líderes políticos, y el asesinato de excombatientes.

En una nación que no le cumple los acuerdos a las personas que se someten a ellos, es muy difícil que el Acuerdo de Paz funcione como un acto de refrendación y consenso, porque el consenso no se forma sobre los muertos.

¿Qué debería hacer la sociedad para proteger más a los líderes sociales?  

Yo creo que hay un tema que tiene que ver con la necesaria sensibilidad de la sociedad frente a esto. Desafortunadamente, para la inmensa mayoría de la población colombiana o no importa, o, peor aún, justifican los asesinatos de líderes sociales.

El principal problema es que esta es una sociedad indolente, una sociedad que ha materializado, ha legitimado y ha justificado el asesinato de unos por cualquier razón. Todo lo que nos ha pasado ha sido delante de nuestros ojos, no nos pueden decir que eso es pasado, eso pasó hace muy poco tiempo. El 60 o 70% de la población ya estaba viva cuando nos pasaron la mayoría de las cosas como sociedad. El periodo más intenso de la guerra en Colombia es del 95 al 2007, y para ese entonces la inmensa mayoría de los colombianos ya habíamos nacido. No estamos hablando de cosas que pasaron en las selvas más profundas, el conflicto se vivió en La Comuna 13 [Medellín], en Ciudad Bolívar [Bogotá], en Agua Blanca [Cali] y obviamente en las zonas rurales.

Es evidente que somos una sociedad indolente y legitimadora del exterminio social, y eso tiene que ver con la cultura, con la prolongación del conflicto y su degradación, con la formulación de discursos justificando la violencia y una violencia buena, como necesaria.

En segundo lugar, la institucionalidad se ha resignado o considera que este no es un tema central y que no merece una atención especial. Desde la firma del Acuerdo de Paz, hace menos de 4 años, la cifra de líderes sociales asesinados oscila entre 700 y 900, dependiendo de quién dé los datos. Estoy seguro que si fuera otro sector social que hubiera puesto esa cantidad de muertos en 4 años, estaríamos preocupados, si fueran periodistas, dirigentes económicos, empresariales, integrantes de un partido político de derecha o extrema derecha. El hecho de que sean líderes sociales los hace ver como seres grises para la institucionalidad, realmente no representa un tema central de preocupación, además hay un negacionismo del fenómeno; lo minimiza, lo banaliza cuando lo compara con otras dinámicas de violencia, eso no ayuda. 

¿Y qué debemos hacer frente al asesinato de excombatientes?

Con respecto al tema de los excombatientes pasa una cosa similar, agravada. De alguna manera el estigma negativo sobre el desmovilizado y el reinsertado es una cosa constante en la historia colombiana, aún con paramilitares. Es una sociedad que no le da una segunda oportunidad a este tipo de personas, que siempre justifica el hecho de lo que les pasa. Se les aplica el proverbio bíblico de que “el que a hierro mata, a hierro muere”, y todos terminamos justificando.  Yo creo que es una muestra más de la decadencia moral que tiene la sociedad colombiana.

Para la Comisión el asesinato, tanto de líderes sociales como de excombatientes, es un pésimo mensaje, le resta credibilidad al momento de implementación del acuerdo, debilita la voluntad de los excombatientes de cumplir lo mínimamente acordado. Es un desangre para la democracia colombiana, –la muy precaria y maltrecha democracia colombiana–.

¿En que ha trabajado la Comisión de la Verdad en Antioquia y el Eje Cafetero?

Nosotros tenemos una visión muy clara: trabajar con la fecha del cierre de la Comisión, que es el 29 de noviembre del 2021. En ese sentido avanzamos en los dos grandes objetivos que nos hemos propuesto: de un lado el informe de esclarecimiento, y del otro lo que hemos llamado diálogo social, que incluye el reconocimiento, la convivencia y la no repetición.

¿Cómo estaba planeado el trabajo de la Comisión para este año?

En la Comisión teníamos previsto, de acuerdo a nuestro plan de trabajo, que en el primer semestre terminábamos la labor de escucha, el trabajo de campo. Para el segundo semestre teníamos planeado avanzar en la profundización de las hipótesis y en la documentación de unos casos específicos que nos interesan en relación de patrones y contextos explicativos. Y pensábamos que el año entrante era de escritura y ajuste para tener el informe a tiempo.

En el tema de diálogo social teníamos la pretensión de avanzar en el reconocimiento de responsabilidades, en el fortalecimiento de procesos de convivencia alrededor de la verdad, y en la identificación de las garantías de no repetición como esas reformas que la sociedad debería hacer, tanto institucionales como en la educación para que el conflicto armado termine y no se repita.

 

Por  Blandine Juchs

Hemos llegado a percibir por primera vez en nuestras existencias lo que podría ser posible si la maquinaria infernal finalmente llegase a parar, in extremis. Ahora debemos actuar de forma concreta para que no vuelva a funcionar.

Claro está, no podremos devolver las especies desaparecidas, los millones de hectáreas de tierras devastadas, de bosques destruidos, los océanos de plástico y el calentamiento global. Pero de forma inédita en el capitaloceno, los gases a efecto de invernadero disminuyeron casi en todos lados. Franjas de mar y tierra empezaron lentamente a desintoxicarse, así como el aire de las ciudades sofocadas de contaminación. Los pájaros volvieron a cantar. Y para quienes se preocupan de las formas de vida que pueblan este planeta, la pandemia, a pesar de todos los dramas que conlleva, también podría representar una esperanza histórica. Paradójicamente hemos visto esbozarse el giro que la humanidad hubiera tenido que dar hace ya mucho tiempo: disminuir drásticamente la nocividad global de sus actividades. Ni siquiera los incendios de territorios inmensos, las sequías seguidas o las deflagraciones como la de Lubrizol[1] habían logrado imponernos este giro.

Sin embargo, este giro que tanto deseábamos no lo hemos podido experimentar en carne propia, pues estábamos encerradxs. Excepto algunos territorios rurales y espacios urbanos solidarios en los que ya existe otra relación de colectividad, la producción o el cuidado de lo vivo, el confinamiento ha sido para la mayoría de la población el inicio de la pesadilla. Un periodo en el que se fortalecen brutalmente las desigualdades sociales bajo presión policiaca. Y a pesar de lo abrumador de la situación, nuestrxs gobernantes siguen siendo muy resueltxs en darle de nuevo un impulso, tan pronto como sea posible, a todo lo que envenena este mundo y nuestras vidas –mientras nos mantienen aisladxs y controladxs en celdas digitales, desconectadxs de la esencia misma de la existencia.

 

Nada les hará cambiar de rumbo, si no les obligamos ahora

Durante los últimos dos meses, las declaraciones y tribunas se acumularon en nuestras pantallas con una velocidad inversamente proporcional a nuestra capacidad de proyectarnos en acciones concretas. Los análisis necesarios se hicieron sobre el vínculo entre esta epidemia y los flujos económicos globalizados y sus decenas de miles de aviones, la deforestación y la artificialización del medio ambiente natural que reduce los hábitats de los animales silvestres o la ganadería intensiva. Todo se ha dicho en cuanto a la dimensión de presagio de la pandemia, sobre la serie de confinamientos y desastres que se vienen si no le sacamos conclusiones. Más aún cuando el funcionamiento habitual de la economía y de las producciones sobre las cuales se funda nuestro modo de vida seguirá matando en las décadas venideras mucho más y de forma más continua que la covid-19. Pero para el Estado y los lobbies de la agroindustria, la aeronáutica, el sector químico o nuclear, las conclusiones y consecuencias fruto de la crisis sanitaria claramente son otras. Simplemente se aprovecharon para derribar una que otra ley de protección del medio ambiente y derramar pesticidas más cerca de las casas, para reactivar la construcción de aviones o la extracción minera en Guayana francesa... Ahora está comprobado que ninguna crisis, por más grave que llegue a ser, lxs hará desviarse del nihilismo absoluto de su obsesión económica. Hemos tenido dos largos meses para darnos cuenta de aquello. Nos toca ahora actuar y ponerle fin a esto.

El gobierno nos habla del mes de junio como un “nuevo paso” hacia el deconfinamiento que, para él, no es sino la reanudación de la economía y de la destrucción de todo lo que vive. El único “paso” sensato sería actuar para interrumpir los sectores de producción más contaminantes.

¿Cómo actuar?

El deconfinamiento en curso debe ser un impulso histórico para hacernos cargo de nuestros territorios, de lo que se construye y se produce sobre nuestro planeta. Debe permitir dibujar lo que es deseable para nuestras existencias y lo que realmente necesitamos. Es una cuestión de supervivencia, más que cualquier medida o nuevos tipos de confinamiento que nos harán aceptar en el futuro. Significa construir nuevas maneras de habitar el mundo, pero también aceptar la conflictividad directa con lo que nos envenena. Hay industrias que no pararon durante el confinamiento y hoy día tienen que detenerse. Existen otras que sí se interrumpieron y que no deben volver a funcionar. Esto no podrá lograrse sin establecer en el camino vínculos con lxs trabajadores que dependen económicamente de estas actividades. La urgencia social debe pensar con ellxs las posibles mutaciones de las actividades y la reapropiación necesaria de los lugares de trabajo. También contribuir a mantener una relación de fuerzas la cual permita garantizar los ingresos durante el periodo de transición y las necesidades fundamentales de las personas que se ven más precarizadas por la crisis. No llegaremos a impactar de inmediato a todas las producciones que deben ser detenidas. Pero hay que empezar, parar unas cuantas hoy para seguir mañana con otras.

En este sentido, llamamos a lxs habitantes de las ciudades y los campos a que determinen localmente los sectores que les parecen más tóxicos, por ejemplo la industria cementera, fábricas de agrotóxicos o de gases y granadas para la policía, la industria aeronáutica, unidades de cría intensiva de animales o instalaciones de nuevas antenas 5G, clusters de desarrollo y digitalización de nuestras existencias, y todo aquello que implique la destrucción de bosques, flora y fauna.

Invitamos a establecer estas cartografías locales de lo que no debe volver a funcionar, de lo que debe parar inmediatamente. Y hacemos un llamado a planear acciones, bloqueos, concentraciones, ocupaciones. Encontrar la forma de deshacerse de ciertas franjas del mundo mercantil, también es dotarse de formas de autonomía capaces de cubrir las necesidades fundamentales que la crisis sanitaria y social hunde en una situación de precariedad agravada.

Debemos encontrar las formas de movilización pertinentes en medio de la situación que vivimos. Estamos pasando por una época en la que cada una de estas formas puede tener un alcance mucho mayor. Se puede iniciar algo grande entre pocxs, pero también debemos encontrar los medios para ser muchxs. Recurriremos a la tenacidad de las zads[2], el ímpetu de los chalecos amarillos, la inclusividad y la creatividad de las huelgas y ocupaciones climáticas de una juventud que ya no aguanta más crecer en un mundo condenado. Actuaremos ocupando el espacio necesario entre cada persona y con tapabocas cuando sea necesario para protegernos mutuamente. Pero actuaremos.

 

[1]    Fábrica de químicos en el norte de Francia (Rouen) que se incendió en septiembre 2019, contaminando la región.

[2]    Zona a defender, lucha durante los años 2000 y 2010 que logró evitar la construcción de un aeropuerto, también inspiró otras luchas contra “grandes proyectos inútiles”, que retomaron la sigla Zad en varias partes de Francia.

Por María Camila Carmona y Carolina Villalba

Foto: Fredy Henao

Bello Oriente “la montaña que siente”  –como la nombran algunos de sus habitantes– es un barrio de Medellín ubicado en las periferias de la comuna 3. Ahí, entre montañas, está ubicada la Casa Blanca del Amor y la Cultura, un lugar de encuentro que nos ha acogido, aún en tiempos de “distanciamiento social”, tiempos en los que volver a esta comunidad se hace urgente porque está de por medio el hambre.

La Casa Blanca nos ha conectado con el territorio, nos ha permitido jugar, crear, cocinar y compartir con algunas personas del barrio, de quienes hemos podido aprender y reafirmar el valor del arte y la cultura en la construcción del tejido social. Adentrándonos a sentir un espacio en todos sus matices, a través de la conversación y el caminar en colectivo de la mano de la comunidad. La cual nos ha enseñado que el trabajo se hace juntos, coexistiendo en un mismo lugar donde se vale y se teje a través de la diversidad.

Este escenario que nos ha atravesado en diferentes situaciones de la vida, constantemente aparece como un espacio para retornar y reconstruir lo que significa resistir en colectivo. En el momento que se llega a la montaña, uno se instala en un lugar con otra noción de espacio y tiempo; el aire más fresco, alguien que te espera en la parada del tubo, a la hora del almuerzo cogemos algunas verduras de la huerta o al atardecer se comparte un té de yerbabuena que viene del jardín. Algunas situaciones que están impregnadas en la cotidianidad del barrio, donde se siente los esfuerzos en conjunto y que se traducen en una alianza de sus habitantes para sobrevivir en este lugar que se llama, su casa.

En vista de estas experiencias que se dan frente a la apropiación del territorio, una de las iniciativas son las huertas comunitarias que se gestan como proyecto social, de soberanía alimentaria y de intercambio comercial entre habitantes. Durante este tiempo de confinamiento, han incrementado las actividades vinculadas a la huerta, a través de las mingas. El propósito no es sólo consumir los alimentos, también encontrar una forma de subsistencia en medio de la actual situación de extrañeza e incertidumbre.

Foto Santiago Loaiza

Como no mencionar el convite, donde se pone la olla con papa, cebolla, un poco de cilantro, espinaca, unos cuantos ajíes y una deliciosa ensalada de lechuga. Una mezcla de sabores y colores que traen olor a tierra, al suelo de la montaña, donde también se honra y se celebra la vida a través de las semillas. En el lugar de imágenes dicotómicas, donde se dibuja un suelo fértil, pero al mirar a lo alto, uno se encuentra con un cableado de energía artesanal. El barrio que se retrata y nos habla a través de estas metáforas y nos demuestra que el lugar que pareciera lejano de la ciudad, es parte de ella, está inmerso en ella. La montaña que siente, es como un tótem que representa la esperanza y la dignidad, como principios de lucha que toman siempre diferentes formas, acciones y rostros que permiten describir este territorio.

Otro lugar más, envuelto por la mística de las palabras, donde se oye desde la Voz de Colombia hasta un reggaeton, es en la tienda de doña Ruth lugar en el que “siempre resulta uno sentándose a conversar”. O también a comer un arroz con leche, cocinado en leña. En el que las brasas del centro de ese fuego, están puestas por la comunidad, juntándose y haciéndole frente a la difícil situación económica. Nos permite entonces reconocer esta acción como una forma más, de las miles, en el que las rupturas generadas por la crisis, los ha llevado a aprender y propiciar un camino organizativo en colectividad.

Las montañas siempre han albergado esa poética al verlas y al estar en ellas. Son un legado ancestral que nos habla de milenios y de caminos andados. La montaña nos susurra de la abundancia del alimento, pero también nos lleva al lugar del recuerdo. En especial, esta montaña que tiene una sinfonía de saberes en cada uno de sus habitantes, ha sido una escuela hecha por el pueblo, que ha promovido procesos que se oponen al hambre. Nos ha enseñado que somos  naturaleza y parte de entender ello, es que a través de la tierra encontramos la autonomía, la libertad y el poder de sabernos comunidad alrededor de un sancocho, un arroz con leche o una aguapanela con cidrón. “Nos dicen los maestros de la Escuela Zapatista, que con maíz, aunque sin dinero hay vida, pero sin maíz, aunque haya dinero no hay vida”. Un saber construido desde el sur que hace eco hasta Bello Oriente, recordándonos que cuando nos juntamos a través de la comida, hacemos de estos escenarios, pequeños universos de pensamiento, acción y lucha.

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