Habitando la espera-nza

Texto: Joaquin

Ilustración: Valentina González 

 

En los días que supe que la tal pandemia estaba posicionándose en los pensamientos paranóicos de la gente, sólo podía pensar en lo egoístas que estaban siendo algunas personas amigas, al publicar en sus redes sociales sus posturas sobre lo fácil que sería abordar el encierro recurriendo a clases virtuales, trabajar desde las casas y solucionar asuntos médicos vía WhatsApp.

Tengo que decirlo: les odié al leer sus estados porque el quehacer explorado en los últimos años me ha dado la posibilidad de tener la certeza de que en innumerables veredas y municipios de Antioquia, y otras zonas del país, no disponen de medios suficientes y apropiados para poderse cobijar con estas propuestas, que en principio fueron publicaciones en redes sociales, pero que pasados los días se fueron volviendo realidad.

Afortunadamente, la contingencia me agarró en mi pueblo: San Francisco, Antioquia. Aunque inicialmente no supe qué tan positivo fuera eso, pues hace mucho rato no me veía obligado a convivir y habitar constantemente el mismo espacio que mi familia. Las diferencias y ausencias en la interacción y los intereses de cada personalidad siempre nos prohibieron la confianza y los mimos que veo en otras familias.

Y bueno, me dispuse a la discusión constante sobre lo injustas que estaban siendo las medidas propuestas  de encierro y virtualización, cuando una gran parte  de las personas pobladoras del Oriente Antioqueño no tendrían forma de “conectarse” a las dinámicas de digitalización de las vidas. Incluso, habría quienes tuvieran los medios, pero no la facilidad de encarrilarse en el reto complejo de manejar las tecnologías de la información.

Y no, no estaba siendo paternalista. Lo que intentaba era que reconociéramos otras maneras de habitar el mundo; que no tenemos por qué imponer lógicas de una partecita de un universo con discurso citadino, la partecita que dispone de los medios y de la facilidad para manejarlos.

Como pueden ver, hasta el momento estaba en un vaivén, entre lo políticamente correcto y la sensibilidad que siempre quiero mantener con un montón de vidas que me importan y me hicieron reconocerles durante el compartir comunitario y la reflexión colectivizada en los territorios que, con las complejidades del día a día, me pusieron a sonreír y me llenaron de motivación para seguir exigiendo justicias y libertades. 

Aun no pensaba en el virus como algo que trastocara de forma drástica mi cotidianidad. Y al cabo de algunos días me tocó hacer consciencia de dónde estaba yo en la ya nombrada crisis sanitaria. Estaba en casa, con comida suficiente para varios días, sin realmente preocuparme por las medidas de contingencia, y sin reconocer que en mi cuerpo se estaba materializando la impaciencia y el estrés de un nosequé que me producía el encierro. Y aunque a veces me suene grosero, era el encierro con una dinámica familiar que, en otros momentos, fácilmente hacía a un lado con uno de mis viajes a otros territorios.

Aquí me encuentro yo en la mencionada crisis sanitaria: un ser convocado a la deconstrucción de prácticas, comentarios y conversaciones machistas, misóginas, homofóbicas y demás, que al omitir los compartires íntimos me perdí por años de mi familia. Ahí estaba yo, enfrentándome a la realidad que casi nadie quiere ver(se), retarse en la paciencia, el amor y la atención promulgada con personas que casi nunca quieren hacer pasitos en los procesos de reflexión, pensarse cómo hacerse menos grotescas, cómo hieren la sensibilidad de otras, en este caso mi familia.

Ese gran reto que me atravesaba era el no juzgar a mi familia aferrándome de los procesos de divagación que asumí en solitario y que se moldearon día tras día sin las interferencias molestas de esas intimidades familiares de las que quizás muchas de ustedes sí podrán hablar. Se me presentó lo insólito: juzgar y confrontar desde mi posición deconstruible, o comprender, callar e intentar.

Ustedes se imaginarán mi fatiga. No habían sido tantos los días de cuarentena, pero yo no aguantaba más, era demasiada información, noticieros, alocuciones presidenciales cada noche, palabras y frases desprevenidas de mi hermano, alegatos en redes sociales, la inconsciencia de la crisis en la vecindad, llamadas paternas innecesarias, ¡no aguantaba más! ¿En qué momento me dio esta terrible crisis mental y corporal?, ¿Por qué mi rostro estaba cayéndose a pedacitos?, ¿por qué mi mente no paraba de desencontrarse en los pensamientos que antes me frustraban, pero no me generaban tanto desasosiego? ¿Qué?, ¿ahora tengo síntomas? Pues bueno, todo lo anterior, y quién sabe qué más se me escapa, andaba alborotándome fuertemente la cotidianidad, y vivirlo en cuatro paredes era una experiencia que no quería repetir. Los síntomas eran amigdalitis, lo demás no hubo inyección que lo curase.  

En medio de todo esto y otras cosas más, a mi mamá se le ocurrió sugerir una mudanza temporal a una vereda del pueblo. Y yo, con todos los enredos planteados anteriormente, grité –mentalmente– de alegría. Fue un sí rotundo, porque no podía(mos) más. Fácilmente nos dispusimos a empacar lo necesario: mi mamá agarró sus novenas de santos, algunas prendas y empezó a pensar en el mercado que llevaríamos; mi hermano tomó algunas ropas y ya estaba listo; y yo, me demoré un rato decidiendo qué libros no podía dejar, también cogí ropa y ya esperaba la salida.

Realmente fue mucho más complejo que eso, pero en resumen así estábamos. Nos vinimos a la vereda de donde es mi papá: La Esperanza. Un día para lavar, organizar la casa y al siguiente ya empezamos a habitar.

¡Qué diferencia! Aire puro purito, árboles adonde mire, por este lado aguacates, que por este hay plátanos y murrapos, si miro pa’ allí veo guayabas y naranjas, plantas aromáticas por montones y un árbol de deliciosos zapotes, que aunque sin cosecha, me genera un pensamiento de tranquilidad y regocijo que afortunadamente me tienen admirado.

Agradezco infinitamente a la existencia que, en estos días de angustia, por aquí todo fuese como si nada. Compadres y comadres compartiendo alimentos, avisos a los gritos de montaña a montaña, y el constante canto de toda clase de animales que como yo transitan libres entre las trochas y los potreros. Venir de una sensación paranóica y extremista del no contacto a un entorno de abrazos y cuchicheos desprevenidos, me hizo rediseñar los pensamientos y aflorar una esperanzadora sensación de no querer marcharme jamás.

Aquí hay tres métodos pa’ recibir la información: la radio funcional y dispuesta a las masas; los celulares, con des-sincronía absoluta con el mundo virtualizado; y el voz a vos fraterno que en ocasiones tergiversa la veracidad. Si bien la primera está a disposición, quienes se encargan de producir y distribuir la información oficial no estaban diciendo mucho pa’l campesinado y sus dudas frecuentes sobre esta crisis. Me encontraba entonces entre la felicidad de la tranquilidad y la incertidumbre de la amenaza que no nos llegaba dicha, pero va uno a saber si física, si rondaba.

Con todo y los peros señalados –más las disposiciones a la tranquilidad–, sí llegó una noticia abrumante: en San Francisco existe un contagiado de covid-19, y vive en la zona rural. La tranquilidad se volvió carcajada resignada, pero pudo el verde inigualable de los campos y al siguiente día, todo de nuevo a la calma.

En este punto tengo una sensación extraña. Si bien la parte íntima del compartir familiar me pone a “volar en el pelo”, y la contentura de habitar estas tierras florecentes y pintorescas me desbordan de sonrisas el alma, al continuar con la historia, curiosamente tengo que volver con demasiado énfasis a algunas de las vainas nombradas al principio, sumando otras que empeoran el panorama y materializan parte de esas injusticias que se evidenciaban en posturas y textos.

Estando en la vereda La Esperanza tengo que vivir de cerca todo lo que igual he defendido, pero no necesariamente había compartido: los teléfonos celulares no tienen señal (a menos de que se ubique en un lugar équis y no se permita movimiento alguno), sólo la escuela de la vereda tiene red wifi, y son abrumadores los intentos fallidos que se deben hacer para lograr la conexión; los trámites administrativos o médicos se preguntan vía WhatsApp, y si al intentarlo estando en el casco urbano me llevaba pura desilusión y soluciones tardías, no me quiero imaginar las odiseas de quienes vean necesario hacerlo desde esta u otras veredas.

Estando aquí he podido escuchar cómo la institucionalidad, a tan sólo media hora de distancia, no llega efectivamente. Cómo funcionarias y funcionarios se la pasan alardeando, en conversaciones informales y en sus redes sociales, del trabajo tan incansable que realizan cada día, cuando la verdad es que pareciera que se cansan tan fácil y rápido que dejan muchos lugares sin la atención que deberían brindarle.

Durante esta contingencia han hecho videos y emitido decretos, que aparte de que sólo son órdenes y más órdenes (cuando podrían estar explicando de fondo el por qué de las medidas, que son necesarias y deberíamos acatarlas pero las personas no deberíamos hacer las cosas por miedo a la represión o las consecuencias legales, sino por la comprensión real de lo que acontece, que en este caso es un virus mortal que nos puede llegar en cualquier momento). Ordenes sin medidas y propuestas claras pa’l grueso campesino de la población.

Tengo que nombrar otro tipo de acciones de la institucionalidad: unos folletos que explican medidas pedagógicas de prevención y tienen una sección de entretenimiento. Creo que sobra decir que, aunque empezó a circular el 28 de marzo, a esta vereda (a sólo media hora de distancia, repito) no ha llegado, siendo hoy 7 de abril, ¿será que aún le podemos esperar?

No puedo discutir el hecho de que las medidas que han tomado en este municipio no sean funcionales, aplaudo varias; lo que exijo, con lo que me molesto y lo que espero que nunca me deje de mover, es la injusticia en las posibilidades de acceso y en las decisiones de personas que trabajan en espacios de gobierno. Desconocen personas y comunidades que existen y sostienen economías y estabilidades de todo tipo. Pero claro, siempre voy a ser una persona de esas exageradas, problemáticas e incómodas que “sólo le gusta ver lo negativo”; y sí, si nadie más va a nombrar lo que está mal, orgullosamente lo seguiré haciendo, más que por orgullo, porque es necesario pa’ poder seguir soñando con la tal anhelada equidad.

Y ya sé que esto va pareciendo encíclica, pero aún me falta reafirmar que estos días me han puesto en la línea más gruesa del desespero, del desespero por tener un estado incompetente y unas figuras administrativas que se la pasan haciendo los mejores esfuerzos y haciendo “lo que mejor pueden hacer”, que, sin decir que esté mal, no ha sido ni será suficiente si las decisiones sólo se toman desde la lógica institucionalista tradicional.

El campesinado colombiano necesita visibilidad, necesita garantías de vida digna. Así como al personal médico, a los voluntarios que apagan incendios y a los integrantes de la fuerza pública y militar, a la gente del campo también les hemos debido aplausos, pero combinados con intenciones de mejorar sus condiciones y el respeto merecido, anhelado y exigido constantemente.

Lo que es claro es que esta dulce espera-nza me desborda en motivación hacia nuevos retos. Me impulsa a no aplacar la búsqueda de justicias sociales y me invita –o exige– que fortalezca mi consciencia y accionar pa’ que después de que pasen estos lamentos, pueda caminar aguerrido a una dinámica de lucha rural que se compone de procesos comunitarios, conversaciones intergeneracionales y co-habitanza en la exigencia de garantías y dignidades pa’ todas las personas y tierras que no están siendo contadas en la satisfacción de sus necesidades.

 

 

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