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El Fénix que escribe para no olvidar

Tenía 17 años, estaba a punto de terminar el bachillerato, quería estudiar administración de empresas, trabajar con su papá y hacer crecer su almacén de repuestos automotrices. Juan Felipe Henao, o Pipe, como le decía y sigue diciendo su madre ocho años después, era un muchacho sano, no salía sin permiso ni llegaba tarde sin avisar. El 10 de noviembre de 2011 tenía que presentar una prueba de inglés para poder graduarse. Cristián, un amigo cercano, le pidió la noche anterior que lo acompañara a comprar una camiseta en el Palacio Nacional en el centro de la ciudad, también le dijo que si le sobraba plata le compraba una gorra de cinco mil. Pipe aceptó, pero impuso una condición: debían volver antes de la una para llegar a tiempo al colegio.

Cristián vivía a unas dos cuadras de Pipe, ambos en Belén Rincón, en el suroccidente de Medellín. Su casa quedaba en una esquina, más abajo de las escaleras donde se hacían los del combo que controlaba esa zona del barrio. En varias ocasiones había sido amenazado por bandas de otros sectores sólo por bajar a almorzar donde su abuela o por ir al gimnasio donde trabajaba. Que no lo querían volver a ver por allá, que si él vivía por allá qué tenía que hacer ahí. Cristian estaba contento porque, por esos días, el barrio estaba más tranquilo, llegó a pensar que las bandas habían hecho las paces. Pipe le dijo que no se confiara, porque uno nunca sabe.


Juan Felipe salió de la casa antes de las nueve. A eso de la una, Lucelly, la mamá, se empezó a preocupar porque no volvía para almorzar. Al rato recibió una llamada del colegio Antonio Ricaurte, era una profesora preguntando por qué Pipe no había ido a estudiar. Le contó que no sabía nada de él desde esa mañana y estaba muy preocupada. La profesora intentó calmarla: “tranquila, demás que se quedaron vitriniando allá en el centro”. Pero Lucelly sabía que él no era así.

A las cuatro de la tarde no aguanto más y le contó a su esposo. Él, apenas escuchó la noticia, salió del almacén en Barrio Triste, un sector marginal, a dar una vuelta por el centro a ver si lo encontraba. Alrededor de las seis la profesora volvió a llamar, Lucelly le dijo que ya estaba desesperada e iba a poner la denuncia. Cuando llamó al 123, le respondieron que debía esperar 72 horas. Aunque desde 2005 existe el Mecanismo de Búsqueda Urgente, que no exige tiempo mínimo para atender casos de desaparición, Lucelly poco sabía de esto y no recibió ninguna asesoría para exigir la activación del recurso. Empezó a buscar por su cuenta, con su esposo y la familia de Cristian. Fueron a clínicas, anfiteatros y estaciones de policía.

Lucelly pasó la noche en vela, rezando, llamando a la mamá de Cristian, asomándose al balcón cada que sentía un carro; esperaba que fuera él llegando en un taxi. Hacía frío para estar asomándose una y otra vez, la noche era muy oscura para agobiarse con la sombra del Cerro de las Tres Cruces frente al balcón. En la madrugada llegó la policía, preguntaron cómo se llamaban los muchachos, cómo eran físicamente y cómo estaban vestidos. Cuando amaneció, llamó a una conocida que tenía una papelería, le pidió el favor de que le imprimiera unos carteles para pegar en el barrio y el centro. Más o menos a las 10 llegaron su familia y los compañeros de colegio de Pipe, ellos le ayudaron a empapelar postes y paredes por todo el barrio.

Antes de salir para el centro otra vez, la llamó una cuñada cuyo esposo era un jubilado de la Fiscalía. Él había empezado a averiguar por su cuenta con sus antiguos colegas. Le contó que el día anterior habían bajado a dos muchachos de un bus en el mismo barrio, pero no se sabía si eran ellos. Convencidos de que eran Pipe y Cristián, se quedaron en el barrio buscando. Pidieron el apoyo de la Policía y respondieron que no los podían acompañar por la presencia de bandas criminales.

En medio de un aguacero, mientras buscaba a Pipe por todo Belén Rincón, empezó a recibir llamadas de gente que había visto los carteles y le sugería buscar en algunos sitios del barrio donde comúnmente tiraban los cadáveres. Fue a buscar a La Serranía, por La Portada, arriba de Rincón. Cada bolsa de basura que veía la cogía, la revisaba y la devolvía a su lugar. Palpaba la hierba esperando que le diera alguna pista. Sólo le pedía a Dios que su hijo apareciera, vivo o muerto, pero que apareciera.

Después del mediodía regresó a la casa, no aguantaba más. Fue a descansar para seguir buscando. A las tres de la tarde llegó un agente del CTI. Además de hacer las mismas preguntas que la policía sobre Pipe, preguntó cuál era su rutina, si se perdía mucho o salía sin permiso. Luz Mery, la mamá de Cristián, aprovechó y bajó a la casa de Lucelly para proporcionar la misma información sobre su hijo. Una hora más tarde, el agente recibió una llamada y les informó que en el Cerro de Las Tres Cruces habían encontrado un cuerpo cuya descripción coincidía con la de Cristián… Era él.

Aún no se sabía nada de Pipe. Lucelly pensó que a lo mejor se había volado, que de pronto estaba con vida y se había escondido quién sabe dónde; pensó que iba a volver. Al rato, el agente recibió otra llamada, le informaron que habían encontrado otro cadáver a siete metros de distancia, al borde de un barranco. La hipótesis de la Fiscalía fue que los victimarios le dijeron que se volara y, mientras corría, le dispararon por la espalda. Después de un tiempo, varias personas que presenciaron la escena le comentaron que cuando los dos muchachos iban en el bus, se subieron dos tipos a bajar a Cristián. Pipe intentó defenderlo, y se lo llevaron también.
Lucelly duró casi dos meses postrada en la cama. Ni siquiera abría las ventanas, no quería enterarse de nada, ni ver todos los días el cerro donde habían matado a su hijo; le tenía bronca a la montaña. Tampoco quería toparse con la vista del colegio desde la ventana. Llegó a pasar 10 días sin comer y sin dormir. Empezó a sufrir depresión, y a tener una crisis de ansiedad y pánico. No hablaba casi, su esposo dice que parecía sonámbula. Ella sentía que su mente estaba en otro lugar.

Su esposo y su hija elaboraron un duelo silencioso, no concebían hablar del tema y Lucelly no tenía con quien expresar lo que sentía. A raíz de eso, comenzó a plasmar en un diario algunos momentos que vivió con su hijo y los sentimientos que no podía exteriorizar de otra forma. Comenzó a escribir prosa y, casi sin darse cuenta, poesía. “Cuando yo esté viejita, que tenga alzheimer, léame todo lo que tengo ahí escrito porque no quiero olvidarlo nunca”, le pedía a su hija Jessica.

En 2013, al terminar una terapia de duelo, una profesora de la UPB la invitó a la Fundación Parque de los Sueños Justos. Allí inició un proceso que duró casi dos años con otras madres de hijos desaparecidos. Hacían manualidades, tejían diferentes objetos y llegaron a elaborar, como método de memoria y sanación, muñecos de trapo con la figura de sus hijos. Lucelly hizo a Pipe de graduación, con la toga y el birrete. Durante este proceso empezó a sentir que podía ayudar a otras personas, “es lo que Pipe hubiera querido”, se dijo a sí misma. Se dio cuenta, además, que había sido afortunada en comparación a otras madres que nunca encontraron a sus hijos.

En los dos años siguientes hizo un diplomado en la Universidad de San Buenaventura. Se reunían cada quince días, eran más o menos ochenta personas. El primer año fue un proceso vivencial, el propósito era, desde su experiencia como víctimas, aprender a implementar mecanismos para ayudar al otro en su duelo. El segundo año fue de prácticas, Lucelly las realizó con señoras víctimas del conflicto urbano en Belén Rincón. Se identificaban con ella porque había sufrido el mismo dolor y veían en ella un ejemplo de superación. En este diplomado, Lucelly conoció a Mary Luz López, quien más adelante la invitó a formar parte del grupo Ave Fénix.

Producto de un taller de escritura que realizó el Museo Casa de la Memoria de Medellín, un grupo de víctimas creó el proyecto Ave Fénix. Con el apoyo del gobierno de Canadá escribieron su primer libro, El refugio del Fénix, publicado en 2016. Mary Luz y Lina, dos de las fundadoras del grupo, ampliaron el grupo con la premisa de usar la escritura como catarsis. Juntas presentaron un proyecto al Centro Nacional de Memoria Histórica, y ganaron una beca. De ahí salió otro libro: El vuelo del Fénix, que se publicó en 2017 y del que también hizo parte Lucelly.

Finalizado el proyecto, las mujeres le preguntaban a Mary Luz qué iba a pasar con ellas. Mary luz es una líder de procesos con víctimas; fue víctima de violencia sexual y de la desaparición de su pareja sentimental. Se formó en atención y ayuda psicosocial, y luego lideró procesos de asociaciones de víctimas y trabajos con niños. Frente a la pregunta de sus compañeras de Ave Fénix, Mary Luz encontró una solución: la profesora Ofarley, de la Universidad de Antioquia, se contactó con ella para invitarla a una investigación sobre el impacto de la escritura en víctimas del conflicto. Mary Luz aceptó con una condición: incluir a sus compañeras en la investigación y los talleres. De ahí nació el grupo Leer Contar y Escribir con Vos, del que Lucelly hace parte igual que otras compañeras de Ave Fénix.
Los martes, cada quince días, se reúnen en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, casi siempre con la tarea de escribir algo para compartir en el encuentro. Lucelly no ve la hora de que sea martes para encontrarse con el grupo. Para ella es como una terapia, “uno escribiendo va sacando el dolor, el resentimiento, la lágrima, hace memoria de esa persona que no está. Porque todo lo que no se nombra se olvida. Si no lo nombro a él y lo que pasó con él, es como si no hubiera existido”, dice.

En uno de los encuentros, Lucelly habló de su resentimiento con el cerro donde mataron a Pipe —porque en estos espacios, además de compartir lo que escriben, buscan apoyarse en las dificultades que vayan surgiendo—, de la rabia con que lo miraba y del rencor que le tenía. Mary Luz le propuso que escribiera un poema sobre eso y, solo de esa forma, Lucelly perdonó y le pidió perdón a la montaña; pudo salir al balcón de nuevo y ver el horizonte sin sentir la zozobra de la noche en que su hijo estuvo desaparecido:

“(...)El camino escarpado, se observa polvoriento,
como si ardiera.
Envidia siento de la montaña por abrazar y acunar
tu cuerpo inerte cegado por las balas
de aquel malvado ser.
Mi corazón triste y adolorido no aceptaba
que su hermoso príncipe yaciera en aquel lugar.
Aquella que te conocía desde niño,
en sus prados te vio juguetear, elevar cometas, saltar, correr.
Esa, a la que fotografiaste en un atardecer
fue testigo de tu vuelo, a lo más hermoso e
infinito de esa inmensidad de amor y plenitud. (...)”
Lucelly Durango, La Montaña

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