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Entre calles y utopías

Avanza la noche por las pesadas calles de Bogotá. Miles de estudiantes, docentes, trabajadores y gente del común se han reunido hoy para mostrarle al Gobierno que a pesar de la violencia y el odio todavía nuestra voz puede gritar. Es jueves y la marcha se mueve como una ola por sobre el asfalto indiferente. Nos ha convocado la misma indignación, las mismas ganas de cambiar las cosas, la misma rebeldía ante un país que nos niega las mínimas oportunidades… hemos salido a manifestarnos porque somos conscientes de que la utopía nos mueve todavía, y que es posible hoy más que nunca hacerla realidad.

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En mi casa somos tres hijos. Mis padres trabajan de sol a sol para que nada nos falte, por eso escuchar a mi papá diciendo “el estudio es lo único que les puedo dejar” se hizo algo común cuando nos daba lo de los pasajes para ir al colegio o ahora a la Universidad. Fue duro, en mi caso presenté el examen tres veces, pero en realidad sabía que obtener el cupo es como sacarse la lotería. Llega gente de todo el país, muchos vienen de regiones donde a duras penas pueden acabar el bachillerato.

Para no perder el tiempo entré a estudiar inglés en un instituto de garaje cerca a la casa. Cuando al final pude entrar, lo primero que hice fue llamar a mi papá. Le dije que me habían aceptado y que seguía la parte más dura, pero que con ayuda de él y de mis hermanos podía llegar muy lejos.

En el salón solo habíamos dos mujeres, nos mirábamos súper asustadas y al final nos volvimos amigas, aunque ella vive al otro lado de la ciudad.

Y sí, una enfrenta de todo. La falta de plata para los pasajes, las fotocopias o para imprimir trabajos. Los compañeros son bien, aunque no falta el que llega con el cuento de que la universidad solo es para los más pilos y que los pobres somos pobres porque queremos. Por eso salí a marchar… el Gobierno nos quiere ignorantes, bajando la cabeza y poniendo el lomo para trabajar doce horas por sueldos de hambre.

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Soy maestro de construcción. Desde que me acuerdo salía a trabajar con mi viejo cuando todavía estaba oscuro para poder llevar algo a la casa. Y vea, casi todos los que marchan son pelados que ya están en la universidad, que tienen la oportunidad y con la uñas le están sacando la cara a la vida. Yo marcho porque no tuve esa oportunidad y quiero que todos estudien.

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Llegué de México hace un año. La cuestión de la educación es la misma en todo el continente, privilegio de unos pocos, que además quieren privatizar para convertir en un negocio. Mi primo es uno de los 43 desaparecidos de la Normal Superior de Ayotzinapa en el 2014. Eran jóvenes que apenas comenzaban a vivir y tenían la convicción de que la educación puede cambiar a las personas y en últimas a los países. Por eso los desaparecieron. Una noche que marchaban, como nosotros, conmemorando otra masacre de estudiantes (y digo otra porque ya uno ni las cuenta de tantas que son), los bajaron de los autobuses y los mataron como animales. Después quemaron los cadáveres para borrarlos de la memoria. Yo pienso que cada vez que salimos a reclamar por nuestros derechos, de alguna manera los estamos recordando.

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Ya casi termino la carrera. Desde que tengo memoria he querido ser maestra. Al principio era una cosa muy ingenua, dar clases e inculcarle a los niños valores. Pero en la universidad me di cuenta que la cosa es mucho más comprometida. La falta de educación ha sido un proyecto de las élites para mantener el control sobre la gente, por eso brindan apenas lo mínimo en colegios saturados y restringen el ingreso a la universidad.

Y si el Gobierno no es capaz de pensar otro país, pues nosotros sí. Por eso salimos a protestar, nos hacemos escuchar. Muchas veces a los compañeros los ha agredido la Policía. Yo me subo a los transmilenios a comentar la situación, al principio a la gente le daba fastidio, pero ahora hacen preguntas, piden saber más y hasta me felicitan. Aunque una vez una persona me tiró agua en la cara y me dijo que mejor me pusiera a trabajar… bueno es el país en el que nos tocó vivir y el que tenemos que cambiar.

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Soy profesor hace veinte años y a veces me da por escribir historias. Voy con mi grabadora de voz hablando con algunos de los que han decidido salir a marchar a pesar de las amenazas de la ultraderecha y la represión del Gobierno. Muchos son muy jóvenes y me alegra encontrar que algunos pasaron por mis clases.

Comentamos cosas al principio sin importancia, para caer de nuevo en temas que nos duelen: la educación, los líderes asesinados, el desempleo que golpea cada vez más fuerte, la traición al Acuerdo de Paz, la corrupción. Arengamos contra la Policía y caminamos por las calles que han visto a tantos hombres y mujeres levantar su voz. Al final, al calor de una cerveza nos atrevemos a soñar de nuevo, compartimos la vida y el camino recorrido hasta ahora, sabiendo que muy pronto tendremos que volver a la plaza.

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Acerca del Autor

Álvaro  Lozano Gutiérrez

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