Jorge Reales

Jorge Reales

Tuesday, 08 October 2019 00:00

Ismael Rivera: la voz de las negritudes

Si un apelativo en el mundo de la música caribeña guarda una absoluta simetría, ese es el de Sonero Mayor, mote con el que se conoció al tremendo cantante puertorriqueño Ismael Rivera; y es que sin temor a equívocos, son pocos los intérpretes que han tenido la habilidad para realizar alegres y ocurrentes improvisaciones verbales, saliéndose del riguroso esquema rítmico que impone la clave, y volviendo a esta sin alterar la cadencia y armonía del ritmo salsoso.

En la década del 50 del siglo pasado, cuando en el Caribe y América Latina predominaba una música caracterizada por estar impregnada de pompa y fastuosidad en su elaboración, hecha para no lacerar el oído del público blanco que la consumía, y que fue impuesta y difundida principalmente desde la proyanqui Cuba batistiana, fue donde el Sonero Mayor junto a su entrañable amigo y compadre Rafael Cortijo (los dos fueron las principales piezas de la agrupacion Cortijo y su Combo) lograron atenuar la hegemonía musical cubana, y posicionar con toda autoridad y legitimidad dos de los ritmos autóctonos y además populares de la isla de Borinquen, la bomba y la plena, ambos heredados de los negros africanos esclavizados durante la invasión del imperio español al territorio Abya Yala.

Cuando las bombas y las plenas (ya para los años 60 y 70 en el género salsa) interpretadas por Ismael Rivera se afincaron en el medio musical, empezaron a ser perceptibles en el cancionero caribeño y latinoamericano las gentes de raza negra, sus sentimientos, sus valores, su cotidianidad barrial, y de igual manera sus congojas y sufrimientos, producidos principalmente por el “cáncer social” que significa su discriminación y victimización, motivadas históricamente por la falsa y anticientífica idea de su inferioridad racial.

Para ilustrar la primera de las afirmaciones figura como evidencia el fragmento: “Las caras lindas de mi raza prieta, tienen de llanto, de pena y dolor, son las verdades que la vida reta, pero que llevan dentro mucho amor. Por eso vivo orgulloso de su colorido, somos betún amable, de clara poesía, tienen su ritmo, tienen melodía, las caras lindas de mi gente negra” (Las Caras Lindas).

Por su parte, la victimización se puede observar en el fragmento “Mataron al negro bembón, hoy se llora noche y día, porque al negrito bembón todo mundo lo quería […] Y llegó la policía, y arrestaron al matón […] Y saben la pregunta que le hizo al matón, “por qué lo mató, diga usted la razón”, y saben la respuesta que le dio el matón, “yo lo maté por ser tan bembón” (El Negro Bembón).

En Maelo, como también se conoció a Ismael Rivera, brotó siempre un profundo amor por el ser de raza negra, tanto así que en ejercicio de sus metafísicas convicciones religiosas decidió acoger como santo de su devoción al Cristo Negro de la ciudad de Portobelo, en la zona Atlántica de Panamá a quien dedicó la canción “El Nazareno”. En razón de ello cada 21 de octubre desde 1975 y hasta 1986 (un año antes de su muerte), como parte de una promesa que hizo, acostumbró a caminar por las calles de aquella ciudad en la procesión que se organiza cada año en honor al santo. Cuentan testigos que en medio del ritual reverencial que hacía, se dirigía a la efigie del Cristo diciendo: “Es que Cristo muy blanco no pudo ser. Tuvo que ser así, como este”.

El Sonero Mayor nació en el popular barrio de Santurce, del municipio de San Juan, el 5 de octubre de 1931, y desde muy temprana edad tuvo que abandonar sus estudios para contribuir con el sostenimiento del hogar, ejerciendo el oficio de albañil, a través del cual conoció al maestro Rafael Cortijo, con quien a duo y al son de llana y cincel como instrumentos improvisados, atenuaban las duras jornadas que encierra el arte de la mezcla y el cemento.

Corría el año 1954 y el Sonero Mayor hacía parte de la prestigiosa Orquesta Panamericana, que amenizaba los bailes de los ricos en salones y clubes sociales de un Puerto Rico que empezaba a industrializarse y por ende a visibilizar el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. Ese mismo año Ismael (buscando sus senderos) renunció a la Orquesta Panamericana y decidió unirse al Combo que fundó Rafael Cortijo, formado en su mayoría por músicos negros y cuyo escenario principal eran los clubes nocturnos de las zonas marginales. Cuando al Sonero Mayor se le preguntó por las implicaciones de su decisión (la Panamericana significaba, además de prestigio, estabilidad económica), simplemente respondió: “Es que yo me siento bien con los negritos”.

Para el sociólogo Angel Quintero, profesor e investigador de la Universidad de Puerto Rico, esta decisión tuvo un profundo alcance sociológico, y a su juicio, fue el punto de partida para que los negros y mulatos de la isla se encargaran de determinar la identidad boricua. En su libro ¡Saoco salsero! o el swing del soneo del Sonero Mayor, indica: “Cuando el melao de Ismael Rivera empezó a resonar por allá por 1954, junto a Cortijo y su combo, Puerto Rico cambió. Negros y mulatos se apoderaron del Show business (lo menos importante) y de cierta forma de la identidad boricua. Fue allí cuando el ritmo de la bomba y la plena invadieron la televisión y permearon, con su irreverente cadencia, los espacios de la cultura y las formas de hacer música en el Caribe”.

La efímera vida del Sonero Mayor (56 años) estuvo marcada por dos hechos que en su ser tuvieron una profunda afectación emocional. El primero, su detención y reclusión junto a Rafael Cortijo (por posesión de alucinógenos) durante casi cuatro años en la ignominiosa mazmorra de Lexington en el Estado de Kentucky, Estados Unidos; este acontecimiento motivó su interpretación del considerado himno de la población reclusa del Caribe, “Las Tumbas” del maestro Bobby Capo: “De las tumbas quiero irme, no sé cuándo pasará, las tumbas son pa' los muertos y de muerto no tengo na' […] Cuándo yo saldré de esta prisión que me tortura, me tortura mi corazón, si sigo aquí enloqueceré”.

El segundo fue la partida final de su querido e incondicional amigo Rafael Cortijo en 1982, lo que le generó a Ismael una afectación en su voz y su retiro de las tarimas. Según la crónica El entierro de Cortijo de Edgardo Rodríguez Julia, la madre de Ismael, doña Margot, en aquel duro momento le decía: «“Ismael tengo que preparar un remedio para la garganta, esa es tu herramienta de trabajo”. Y él, afligido, respondía “no mamá, el maestro murió y se llevó la llave”».

Wednesday, 05 September 2018 00:00

Héctor Lavoe, el cronista del barrio

El pasado 29 de junio se cumplieron 25 años de la partida de Héctor Juan Pérez Martínez, más conocido en el mundo musical salsero como Héctor Lavoe, también llamado por su interpretación del tema “El Cantante” de Rubén Blades, como “El cantante de los cantantes”. En esta fecha en muchas barriadas de América Latina se conmemora un año más de su partida, y sus gentes lo hacen escuchando su música, recordando sus anécdotas de vida, sus célebres frases, y haciéndolo sobre todo con afecto y cariño, porque a pesar de su fama y de haber pisado el más alto escalón del éxito, Héctor siempre fue un hombre del barrio y sus esquinas, del arrabal, de su gente, a quien caracterizó como “lo mas grande de este mundo”, como lo diría en tono salsero en aquel tributo musical “Mi gente… ustedes, lo más grande de este mundo, siempre me hacen sentir un orgullo profundo”.

Héctor Lavoe nació en Ponce, Puerto Rico, un 30 de septiembre de 1946, y desde entonces su vida estuvo marcada por la tragedia. La primera de ellas fue no poder disfrutar la compañía de su madre, quien murió cuando Héctor apenas tenía tres años de edad. Sucesivamente en cada etapa de su vida fueron ocurriendo hechos lamentables: la muerte de su hermano en un accidente de tránsito en Nueva York cuando era un adolescente; ya en la adultez el asesinato en Puerto Rico de su suegra, a quien consideraba su segunda madre –a ella dedicó la canción Soñando Despierto–; la muerte de su hijo Héctor Jr. en un accidente con arma de fuego –hecho que diría Héctor significó para él su propia muerte–; su tentativa de suicidio al arrojarse de un noveno piso, a causa de la depresión emocional que comúnmente padecía, y finalmente su incursión en el letal mundo de las drogas, de donde nunca pudo escapar.

A pesar de tan difícil existencia, Héctor nunca renunció a ser “El Cantante”, y por ello siempre estuvo dispuesto a cantar a su público, jamás se separó de las tarimas. Pese a su vida infeliz, tuvo el inmenso mérito de contagiar de alegría y sabor a multitudes. Allí también radica parte de su grandeza.

Fue en la ciudad de Nueva York donde transcurrió la mayor parte de su corta vida (47 años), y su decisión de emigrar a los Estados Unidos estuvo determinada por las mismas motivaciones que tuvieron y han tenido millones de latinoamericanos, quienes en busca del falso “sueño americano” huyen de sus países de origen, agobiados por la pobreza y la miseria que genera el sistema económico capitalista. Allá inician una nueva vida laborando en oficios estigmatizados por los “gringos”, en medio de condiciones de humillación, discriminación y explotación laboral. En cumplimiento de esta especie de ley sociológica, en sus primeros años Héctor ejerció diversos oficios como pintor de casas, limpia vidrios y maletero, y a pesar de su posterior logro económico, se puede considerar como una de las miles de millones de víctimas del capitalismo.

En efecto fue sometido a una salvaje sobreexplotación laboral, que permitió engrosar las cuentas bancarias de empresarios ligados al mundo del disco y el espectáculo, quienes de manera inhumana le impusieron un ritmo de trabajo que en los momentos del boom de la salsa hizo que tuviera que cumplir hasta con tres presentaciones diarias.

La legitimidad popular de Héctor Lavoe, además de sus cualidades artísticas, provenía de su condición, ya antes lo dijimos, de hombre del barrio, escenario del que fue un cronista junto al trombonista Willie Colon, con quien a mediados de la década del 60 conformó uno de los duetos más exitosos de la salsa. Ellos a través de su música reflejaron la crudeza del barrio latino en Nueva York, situación de la que fueron testigos presenciales (Colon nació en el Sur del Distrito del Bronx, y Lavoe vivió en el mismo lugar cuando recién llegaba de su natal Puerto Rico). En sus canciones describieron sus estrechas y sucias callejuelas, la nostalgia producto del desarraigo, el hacinamiento, el rebusque y la sobrevivencia, y en general la desigualdad social imperante en una sociedad que posibilitó la existencia de personajes como “Juanito Alimaña” y “Pedro Navaja”.

El surgimiento de esa voz narrativa de la realidad del barrio popular fue el vehículo que movilizó a millones de latinoamericanos de diversos países hacia Héctor Lavoe y sus colegas salseros. Sus relatos cantados se ubican geográficamente en el South Bronx, el East New York Brooklyn, y el Spanish Harlem, sin embargo la histórica realidad de pobreza y miseria en América Latina, tragedia que identifica a los pueblos de esta parte del mundo, permite que Héctor Lavoe sea de especial significación en sus barrios marginales, por igual en el Atahualpa de El Callao en el Perú, o en el Barrio Cuba, en el puerto de Guayaquil en Ecuador, o en el 23 de Enero y Catia en Caracas, o en el populoso barrio Rebolo en Barranquilla.

La versatilidad en el canto fue una de las virtudes de Héctor Lavoe, en este sentido se destacó como un gran intérprete salsero, pero también incursionó con éxito en el exigente mundo del bolero, género desde donde homenajeó a otro grande como Felipe Pirela, en aquel álbum Recordando a Felipe Pirela. Así mismo el contexto musical de Héctor Lavoe fue diverso, además de los hechos sociales también hubo otras temáticas; en su repertorio existen canciones dedicadas al amor, a la madre, a las navidades, a su impuntualidad en llegar a las presentaciones, a los santos, a la finitud de las cosas, a la felicidad, a Colombia, a su querido Borinquen, y en varias de ellas se pueden extraer fragmentos dignos de la filosofía popular, como aquella de que cada cabeza es un mundo, para referir la diversidad del pensamiento humano (canción El Todopoderoso).

Los restos mortales de “El cantante de los cantantes”, que estuvieron por nueve años en Nueva York, fueron trasladados en junio de 2002, tal como fue su voluntad antes de morir, a su natal Ponce. En aquella ocasión una multitud acompañó con música, canto y miles de banderas “monoestrelladas” (como las llaman los puertorriqueños para diferenciarlas de la de las 50 estrellas de los Estados Unidos) el féretro del gran Héctor Lavoe. Dentro de ese alud humano se destacaba la presencia de Ismael Miranda, colega y amigo, quien para despedirlo pronunció unas palabras que tendrán permanente vigencia en el mundo de la salsa, la barriada y nuestra cultura popular: “Él no está aquí con nosotros, pero su música sigue”.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.