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Aguja e hilo para tejer la memoria

En Colombia, los procesos de construcción de memoria sobre la violencia han estado marcados por el silencio, el miedo y la represión. Por esta razón, el arte y las expresiones culturales se han convertido en espacios de visibilidad que resisten a las estructuras de poder que tradicionalmente han llamado al olvido y al silencio.

El costurero de la memoria: kilómetros de vida y memoria, es muestra de ello. Desde el 2007, este espacio acoge a mujeres y hombres víctimas de diversos actores armados de diferentes regiones del país. Entre hilos y agujas, cada semana se reúnen para reflexionar sobre la realidad del país, su cotidianidad, los retos a los que se enfrentan y a reconstruir puntada a puntada memoria, paz, reconciliación y país.

Jacqueline Castillo, integrante del costurero y representante de la organización MAFAPO (Madres de los Falsos Positivos de Soacha y Bogotá), cuenta que el espacio fue pensado “como una manera para nosotras poder empezar a hacer memoria. Al comienzo fue bastante difícil, fue bastante duro porque el primer trabajo que hicimos era plasmar nuestras historias sobre las telas. El tejido, cada puntada, cada paso que dábamos era un dolor para nosotras porque era revivir todo lo que tuvimos que vivir desde que desaparecieron nuestros familiares”.

En el costurero el arte cumple una función de reparación simbólica y se presenta como uno de los principales medios de las víctimas para ejercer prácticas de resistencia y lucha, al tiempo que actúa como mecanismo de sensibilización para quienes han sufrido la violación de sus derechos. Además, es un espacio donde se resignifica esta labor mayoritariamente femenina, y donde las mujeres, empoderadas de sí, van construyendo liderazgo.

“Después de muchos años de proceso podemos decir que ha sido un espacio que nos ha dado mucha fortaleza, donde hemos aprendido a expresar ya más tranquilamente nuestra situación, y que a donde quiera que vayamos, que han sido universidades, colegios, espacios abiertos, podamos seguir clamando justicia, seguir reclamando que algún día sepamos la verdad, seguir luchando para que esto no quede en el olvido; hacer memoria sobre todo esto para que no haya repetición es la tarea, la gran tarea que finalmente consideramos que tenemos nosotras en este momento”, dice Jacqueline.

Las prácticas artísticas llevadas a cabo en el costurero posibilitan la construcción de testimonio y archivo de memorias sobre la violencia, que se convierten en dispositivos de visibilidad con un significado y un sentido inscrito en el cuerpo individual y social, a través de unas manifestaciones que van más allá del discurso, porque las palabras no pueden decirlo todo.
Para Lilia Yaya, fundadora e integrante del costurero, el espacio es desarrollado “a través de nuevas formas de narrativas como es el arte y el arte plasmado en la costura. Utilizamos la metáfora de la costura de unir, zurcir pedacitos de tela, de remendar, de esta forma estamos remendando, zurciendo, uniendo proyectos de vida que han sido fragmentados, proyectos de vida individuales, pero también colectivos, sociales, políticos. Entonces en la metáfora decimos que unimos todos estos fragmentos de vida, proyectos de vida rotos con hilos de sueños, de esperanzas, con hilos de diversos colores, de sonrisas, también de lágrimas, pero de mucha esperanza”.

En la lucha de estas víctimas el arte se ha convertido en uno de los principales medios de resistencia y denuncia, además ha tenido un efecto transformador que contribuye a una causa emocional y también política. De acuerdo con Lilia Yaya, este espacio “ha sido una forma terapéutica de transformar el dolor. También es una forma de reconciliarnos con la vida, con el país y con el Estado, que ha sido uno de los que más ha victimizado por acción o por omisión”.

La experiencia del costurero muestra que la cultura y el arte son una forma de reivindicación de las víctimas y les ayuda a reconocerse como sujetos de derecho. En el marco del posconflicto se habla de reparación integral que comprende una rehabilitación física y psicológica por los daños causados, así como por garantías de satisfacción que siguen la verdad, la memoria y la conmemoración. En este sentido, el arte aporta por su carácter terapéutico, denunciante, pero sobre todo sensibilizador.


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Acerca del Autor

Claudia Carrión