Somos parte de la esperanza histórica

El pasado mes de agosto, durante 12 días, se llevó a cabo la Caravana por el Territorio y la Dignidad de los Pueblos del Centro Oriente de Colombia, donde internacionalistas de la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia, y delegados de diferentes procesos sociales del país pudieron conocer de primera mano los conflictos sociales, políticos y territoriales de esta extensa macro región. En este recorrido, las protagonistas fueron las comunidades de cada lugar, articuladas en su mayoría al Movimiento Político de Masas Social y Popular del Centro Oriente de Colombia, y a sus diferentes expresiones organizativas (jóvenes, estudiantes, mujeres, trabajadores y campesinos).

Desde el resguardo Wacoyo, en Puerto Gaitán – Meta, pasando por los asentamientos humanos en Casanare, y por municipios de este departamento constituidos alrededor del petróleo, como Tauramena; por lugares donde se disputan la memoria, como en Caño Seco, y la tierra, como en Caño Limón, Arauca; por municipios boyacenses donde el conflicto es la manera en que se delimitan los páramos, hasta llegar a Bogotá, ciudad donde se engrosan los cordones de la exclusión y la miseria, esta caravana pudo constatar, además, que la resistencia y organización nacen del destierro, la violencia y el abandono del Estado, que solo hace presencia cuando de apropiarse de los bienes comunes se trata. Esta es la historia de este movimiento, que busca construir nueva sociedad para cambiar el rumbo de su región y del país.

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El Movimiento Político de Masas Social y Popular del Centro Oriente de Colombia –MPMSPCOC–, articulado al Congreso de los Pueblos, es una expresión en la cual se materializa la organización del pueblo colombiano, que brega por construir un mundo en el que la explotación, la división social en clases, la marginación y la exclusión sean superadas para siempre.

Por esto, nuestros más antiguos antecedentes están en las luchas de resistencia que libraron los pueblos originarios de esta tierra contra la invasión europea desde 1492; en las luchas de los pueblos africanos por contener su destrucción a través de su caza, destierro y esclavización en tierra americana y que aún tiene hondas repercusiones no sólo en África y América, sino en todo el mundo; en las luchas de los campesinos del Movimiento Comunero, que golpeados por la Corona española se organizaron y abrieron paso a la más grande campaña por la primera independencia de nuestra tierra. Nos anteceden los indígenas, negros esclavos, y campesinos, que organizados como fuerzas patriotas constituyeron un verdadero Ejército para la libertad, hábilmente conducido por criollos de renombre como Antonio Nariño, Antonio José de Sucre y Simón Bolívar, entre otros.

Nuestros antecedentes más particulares se encuentran en los campesinos que, durante los años de la llamada época de la violencia, fueron desterrados a punta de bala por bandas al servicio de la oligarquía, y que para salvar sus vidas se fueron montaña adentro, colonizando el piedemonte y las tierras planas de los Llanos Orientales. Esos mismos que encontraron en el pueblo llanero dirigido por Dumar Aljure y Guadalupe Salcedo un ejemplo para levantarse y exigir respeto a su dignidad.

Es así como luego del proceso de colonización del Sarare, impulsado convenientemente por el Estado a través del INCORA, para evitar la recuperación de tierras a los grandes hacendados, los campesinos en el Centro Oriente continuaron junto a los indígenas y criollos esa tarea de conjugarse para la exigencia y defensa de sus derechos.

En primer momento, le arrebatamos al Gobierno la Cooperativa Agropecuaria del Sarare – COOAGROSARARE, para ponerla al servicio de los intereses populares; continuamos con las grandes gestas de las masas como los paros de 1972, 1982, 1986 y otros, desarrollados en años posteriores en la campaña permanente contra el saqueo, la explotación, y por la vida y la permanencia en el territorio. Estas no fueron solo actitudes reivindicativas, sino con un profundo contenido político. Así fuimos adquiriendo conciencia de clase, identificando la clase antagónica, y logrando mayor claridad sobre la lucha de clases, entendiendo cuál es nuestra misión histórica como proletarios y oprimidos en la transformación de la sociedad y de las relaciones sociales de producción.

En nuestra experiencia, nos basamos en el plan de equilibrio regional, nuestro plan de vida, que es la guía a través de la cual proyectamos y construimos las transformaciones sociales, políticas, culturales y económicas. Este plan es producto de los foros, los cabildos, las marchas, tomas pacíficas, asambleas gremiales, seminarios, etc., desde donde el pueblo organizado delibera y decide sobre los asuntos políticos, sociales, económicos, ambientales y culturales. Estos mandatos se han venido materializando en los diferentes embriones de poder popular, dentro de la institucionalidad y en medio de la legislación del Estado burgués.

Con lo anterior hemos logrado capacidad de gestión y administración comunitaria, materializada en proyectos que posibilitan la vigencia del derecho fundamental al agua y saneamiento básico; la organización de los renglones productivos para la soberanía y seguridad alimentaria, que permite no solo la producción sino también la transformación y comercialización de los productos agropecuarios; empresas de transporte público de pasajeros y de carga; proyectos especiales para la educación formal y no formal para adultos y jóvenes campesinos; propuestas de comunicación popular y alternativa; el recaudo de pagos por la prestación de servicios; la regulación de los precios en la prestación de servicios profesionales y de mano de obra no calificada; incidir frente a la garantía del derecho a la salud; y el establecimiento de Territorios Campesinos Agroalimentarios y Guardias Interétnicas, Campesinas y Populares, como ejercicios de soberanía y autonomía popular.

Todo este trabajo ha sido construido desde las bases, en espacios democráticos, interiorizando los diferentes enfoques colectivos y respetando las opiniones y diferencias de los individuos. Hemos recibido y aceptado las enseñanzas de nuestros hermanos mayores, los pueblos ancestrales, de entendernos como parte de la naturaleza y por tanto establecer relaciones de respeto y equilibrio dinámico entre nosotros y con la madre tierra. Ha sido incluyente, precisamente, porque las personas nos reconocemos como artífices de su construcción, por ello lo entendemos como propio y lo defendemos.

Esta visión de autogestión ha sido señalada y estigmatizada de ser un instrumento de la insurgencia armada en contra del Estado, porque va en contravía de su sistema económico, depredador y excluyente. El Estado, en lugar de reforzar su presencia institucional en inversión social, ha implementado una serie de medidas de control y represión, persiguiéndonos, penalizándonos y criminalizándonos. Sin embargo, hemos llevado estos ideales a los espacios de interlocución, para mostrar que el pueblo organizado no solo tiene quejas sino además tiene propuestas de vida. Así mostramos que siempre le hemos apostado a la construcción de paz, entendida esta como la garantía plena de derechos fundamentales que permitan la vida en condiciones de dignidad en el territorio.

Para ello, la participación activa del pueblo organizado ha sido y será la única manera de hacer resistencia, defender la vida y el territorio, y garantizar la pervivencia y supervivencia de la especie. Por tanto, es necesario seguir fortaleciendo el tejido social, articulando los planes de vida regionales, ejecutando los mandatos que hemos ido construyendo en nuestros espacios democráticos, y seguir creciendo en una agenda de país para la vida digna.

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