La bendición sería tener vivienda, salud y comida

Con el último rayo de sol, asiste también la incertidumbre. En el sur de Yopal, Casanare, 776 familias se aferran a lo poco que tienen, que para ellas es tanto como su esperanza de vida, deseando que no llegue esa noche en que funcionarios con su fuerza pública intenten de nuevo despojarlas. Luego de soportar durante años la exclusión, la pobreza y un conflicto ajeno, en el 2016 se asentaron en predios de la que hoy es conocida como ciudadela La Bendición, y pese a que solo piden una oportunidad para vivir mejor, hasta allí solo llega la fuerza brutal del Estado, y el estigma de una sociedad que les ve como drogadictos, prostitutas o ladrones.

I


Marly García parece de acero. Vive en La Bendición y es una de las líderes más importantes de su comunidad. Su andar y su fuerza se dejan ver inagotables, pese a que desde que tiene memoria ha estado inmersa en un círculo en el que nunca eligió estar: el de la violencia y el abandono estatal. Nació en San Bernardo, Cundinamarca, y a los 10 años quedó embarazada de uno de los tíos que abusaba sexualmente de ella. Aunque quiso abortar, finalmente su hija nació. Esa misma tarde una enfermera la sacó de la habitación, pero nunca regresó con ella; la familia de Marly se la había llevado y dado en adopción.

Marly salió en búsqueda de su hija. Sin encontrar resultado, calló en la drogadicción y tocó fondo. Durante cinco años conoció las penurias de la calle, hasta que un día un angelito, como ella la llama, la encontró y la llevó a una fundación. A los 19 años salió de allí renovada, sin saber que el camino que le esperaba era todavía largo. Llegó a Planadas, Tolima, y de allí la desplazaron los paramilitares. Entonces se fue para Florencia, Caquetá, y los mismos la desplazaron nuevamente. Regresó a Cundinamarca, y en Pasca la desplazó la guerrilla.

Con fuerza todavía, reinició su vida en Fusagasugá. Trabajaba y tenía una relación sentimental. Pero un día, al regresar de su trabajo, observó cómo su pareja sacaba las pertenencias de su casa. Marly lo siguió en un taxi y se percató de llamar a la Policía. Al llegar, encontraron un expendio de drogas y otras tantas cosas robadas; en ese instante fueron capturadas cinco personas. A Marly la amenazaron, y días después la hirieron brutalmente. Quedó en coma durante 16 días, y con una fractura más en su ya golpeada vida…
Entonces se fue para Casanare. Conoció a su actual compañero, un hombre, como ella, maltratado por la vida. Empezaron a trabajar en fincas, pero el pago era ridículo para tanto trabajo. Se fueron a Yopal a pagar un arriendo y se atrasaron dos meses, por lo que la dueña de la casa le sacó todas las cosas a la calle.

Era 2016, y el asentamiento en La Bendición apenas iniciaba. Su mejor y quizá última opción fue sumarse a ese grupo de personas que, desplazadas y ultrajadas por un sistema excluyente, se estaban tomando esas tierras para levantar un techo y construir vivienda. Fue allí donde, sin dimensionarlo, tanta adversidad se convirtió en su mayor fortaleza para ayudar a quien la necesitara y liderar con entereza este proceso colectivo de enormes dimensiones.

II


La ciudadela La Bendición abarca 75 hectáreas. Estas tierras, ubicadas en la vereda San Rafael, pertenecían inicialmente a Jhon Jairo Pérez Barreto, testaferro del narcotraficante Germán Sánchez, alias “Coletas”. Y aunque la Fiscalía ya había ocupado estos terrenos con fines de extinción de dominio, Pérez Barreto se los vendió a Jhon Jairo Torres, conocido en la región como Jhon Calzones, con la condición que estas tierras fueran utilizadas para la siembra de palmeras.

Pero Jhon Calzones tumbó todos los árboles y, pese a que no obtuvo licencia de Planeación municipal para construir, ni de Corporinoquia para hacer pozos profundos, empezó a lotear. Miles de lotes de 6 x 15 metros fueron vendidos a familias pobres con la esperanza de construir por fin su vivienda propia.

Por las “facilidades” que Jhon Calzones ofreció a las personas, algunas pagaron 30 millones de pesos, otras pagaron cinco millones, y otras apenas 500 mil pesos. Con esto, Calzones logró constituir un movimiento también llamado La Bendición, que fue su principal palanca para llegar a la alcaldía de Yopal en el 2015, a pesar de que días antes de las elecciones ya había sido privado de la libertad por su responsabilidad en esta urbanización ilegal y por enriquecimiento ilícito.

Sin embargo, fue en los lotes que no habían sido vendidos –unos 2000 de los 10.000 que eran en total– en los que Marly y las 776 familias se asentaron desde principios de 2016. Se organizaron como comunidad y empezaron a instalar lo básico. Los problemas empezaron desde el primer día, tanto por las amenazas y persecución por parte de Calzones, como por la estigmatización proveniente, en la mayoría de los casos, de sus otros vecinos de la ciudadela que no hacen parte del asentamiento. Todo esto sin contar con la situación de precariedad con que han tenido que subsistir durante este tiempo, y con la amenaza constante de desalojos masivos o selectivos por parte de la administración municipal.

III


“Nosotros no tenemos agua potable… el agua está contaminada con materia fecal, porque al no haber alcantarillado lo que tenemos es pozos sépticos, y están filtrando y contaminando los pozos profundos y acuíferos. De las personas que hemos llegado aquí, la mayoría somos desplazadas, madres cabeza de hogar, discapacitados y de tercera edad. Dentro del 80% de personas que son desplazadas, hay un 20% de tercera edad, un 30% en pobreza absoluta, y los otros son discapacitados. También hay una gran parte de población afro. Ahorita hay nueve pacientes con cáncer... cáncer terminal, cáncer de huesos, de páncreas, en la matriz, de seno, y otra señora que tiene cáncer en una piernita”, es lo que explica Marly en cuestión de segundos cuando indagué por las condiciones de vida en el asentamiento.

–¿Esas enfermedades tienen que ver con el entorno en que viven?–, le pregunté con inocente esperanza.

–Claro mami. Yo le preguntaba a un doctor por qué a la señora le dio cáncer de páncreas, y me dijo: “porque se le reventó el hígado, se le contaminó todo el organismo”, ¿y por qué? Porque aguantan hambre. La señora nos cuenta que cuando tenía para comer no tenía para almorzar ni nada, y le tocaba era darle de comer a los niños. Con los pacientes que tienen cáncer de huesos, el médico me decía que es porque muchas veces llegan de trabajar cansados, se bañan, y eso produce el cáncer de huesos. Entonces, la pobreza que tenemos muchas personas nos está llevando es a buscarnos un cáncer–.

IV


Eran las 8:00 de la noche y el aire del Llano sofocaba todavía. Los zancudos atacaban sobre las pieles sudorosas. Aproximadamente 50 personas, entre habitantes de La Bendición, periodistas y defensores de derechos humanos estábamos reunidos en el asentamiento. Medio cubiertos por un techo de lata, escuchábamos las denuncias de la comunidad frente a su situación social. Marly ordenaba las intervenciones de cada persona, y en ocasiones complementaba lo que quizá por pena muchos no se atrevían a decir.

En un momento interrumpió entre angustiada y resignada para advertir a todos los foráneos que, en caso de que se fuera la luz, ingresáramos al salón, también de madera, latas y tierra, que estaba justo detrás de nosotros. Se generó un murmullo, por lo que Marly precisó su advertencia con una aclaración: “Lo que pasa es que aquí cualquier reunión que haga la comunidad, intentan sabotearla, pero no se preocupen”.

Aunque la reunión terminó en calma, la tensión en Marly era evidente. Y no era para menos, porque desde que asumió el liderazgo de la comunidad, organizada en la Asociación Juntos por una Vivienda Digna, ha recibido varias amenazas. Me contó más tarde que ese mismo día, estando en la Procuraduría, le llegó un mensaje de texto con una amenaza, “dicen que tengo hasta mañana a las 5 de la tarde para salirme de La Bendición, o que sino amanezco con la jeta llena de moscas”.

Por estos motivos, desde noviembre de 2017 Marly tiene un esquema de seguridad, y aunque al principio no quería aceptarlo, se dio cuenta que para poder ayudar a su gente, también tenía que proteger de alguna manera su propia vida, aunque fuera absurdo: “para mí es muy triste levantarme muchas veces y salir de la casa sin tener con qué tomarme siquiera un tinto, pero con dos personas armadas al lado mío y en un carro bien bonito… además ellos solo trabajan 10 horas, entonces estoy sola por la noche que es cuando me han disparado o cuando aparece gente con armas”.

V


Marly debe tener unos 35 años, y aunque las marcas de su trajinada vida son visibles en su rostro, no ha perdido la firmeza. Por eso persiste, no se abandona ni abandona a ninguno. No quiere defraudar la confianza que la comunidad depositó en ella cuando la eligió como presidenta del proceso, luego de que otros desistieran producto de las mismas amenazas. “Eso fue cuando iban a hacer uno de los tantos desalojos que han intentado hacernos. Entonces nos reunimos y empezamos a decirnos que tocaba organizarnos, y como yo gestionaba para la gente enferma, dijeron que querían que yo empezara a liderar”.

Ahora como líder sabe que muchos en el barrio dependen de ella, porque por su gestión es que varios tienen comida o acceso a la atención médica. “Muchas veces me voy para las universidades a tratar de buscarles capacitaciones a las mujeres, para que hagan manualidades desde sus casas y puedan trabajar mientras cuidan a sus hijos, y tener con qué darles de comer”, expresa satisfecha.

–Marly, ¿cómo te sueñas el barrio?

–Yo me lo sueño con sus casitas, con su cancha, con su parque, con un jardín infantil, con un colegio, y lo primordial, un centro de salud. A nosotros nos gustaría una reubicación porque ahí así legalicen, la problemática va a continuar y seguiría la discriminación por parte de los que dicen ser engañados.

–¿Pero en caso de una reubicación te gustaría que pudieran continuar todos juntos y organizados?

–Claro, sí. Para eso es que luchamos y por eso yo acepté liderar. En los estatutos de la asociación, que está legalmente constituida, dice que la lucha se va a dar hasta que quedemos todos reubicados, todos legalizados, pero unidos y con una vivienda digna.

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Sara López

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