Periferia

Periferia

Es una verdad por todos compartida. Un debate aplazado. Una falla estructural que integra esa deshonrosa lista de realidades de las cuales se habla, única y superficialmente, cuando sucede una tragedia o un hecho estrambótico.

La crisis carcelaria en Colombia cada vez es más crítica. La población carcelaria del país podría poblar un municipio o fundar uno nuevo. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, hasta el 18 de febrero de 2018, 115.792 personas estaban privadas de la libertad en el país.

La cifra que con los años tiende a incrementar, se justifica, dicen, por la constante migración del campo a la ciudad, el desplazamiento forzado, la industrialización mal planeada, la concentración desmesurada de tierra, capital y bienes, el desempleo, las necesidades básicas insatisfechas, entre otras fallas estatales que incitan a la violencia y al aumento de los índices de criminalidad.

Incrementar la cantidad de inquilinos de las sobrepobladas cárceles colombianas, pareciera ser la orden de Iván Duque. Recientemente el Equipo Jurídico Pueblos publicó su informe anual sobre la política penal y la situación carcelaria del país, en el cual concluyen que diversos proyectos de ley y actos legislativos pretenden mantener la “tendencia punitivista y populista que ha marcado la política criminal del país”.

El informe, condensado y sintetizado a continuación, alerta sobre la militarización de la vida civil, las acciones policiales invasivas, “el endurecimiento de penas, la prolongación del tiempo en prisión y el recrudecimiento del régimen de detención preventiva”. Asegura también que se mantiene el concepto de “seguridad entendido desde una perspectiva represiva y restrictiva de los derechos individuales y colectivos, pero que es además discriminatoria de amplios sectores sociales”.

Abogados, nuevo objetivo de la política de seguridad Duque
Bajo el supuesto de someter al grupo paramilitar denominado como Clan del Golfo, se profirió la Ley 1908 de 2018. Esta crea el delito de Asesoramiento a Grupos Delictivos o Armados Organizados (art. 340A), penalizando a quien ofrezca o preste conocimientos jurídicos de manera ocasional, “con el propósito de contribuir a los fines ilícitos” de tales grupos. La norma asegura que no perseguirá penalmente a quien preste sus servicios de defensa técnica, pero ello impide que el abogado acredite el origen lícito de sus honorarios puesto que hay una suposición previa sobre la procedencia ilegal de los recursos.

Además, la Ley extiende a tres y cuatro años las medidas de aseguramiento a quienes se les impute cargos relacionados con la presunta pertenencia a Grupos Delictivos o Armados; medida que desconoce el plazo razonable determinado por la jurisprudencia internacional, y que modifica la Ley 1786 de 2016 que impone un año prorrogable.

Muertes de primera clase y entierro definitivo del delito político
Álvaro Uribe quiere modificar el Código Penal promoviendo un proyecto de ley que tipifica un nuevo tipo de homicidio cuyo sujeto pasivo son los integrantes de la Fuerza Pública. En otras palabras, lo que pretende el expresidente es que sea más grave asesinar a un militar o policía que a una mujer o un niño.

Este proyecto tiene el claro objetivo de “negar la existencia del conflicto” mediante la eliminación del delito político. Desde la tradición jurídica demo-liberal en la rebelión se emplean armas que ocasionan muertes a la contraparte, por ese motivo, los homicidios ocurridos en combate están eximidos de responsabilidad penal; desde 1997 se consideran homicidio agravado, pero ahora es un delito autónomo que aumenta severamente las penas para los rebeldes que ocasionen muertes en combate de integrantes de la Fuerza Pública.

Mientras avanza la agonía del delito político en la legislación colombiana, ahora se pretende restringir los beneficios jurídicos a integrantes de esa insurgencia ante un eventual acuerdo.

Criminalizar el consumo de drogas y la pobreza
El Proyecto de Ley 060/2018 mantiene la tendencia a crear delitos, incrementar penas, incorporar agravantes, restringir beneficios y otras disposiciones que generan consecuencias directas en la prolongación de la privación de la libertad y por ende agravan la crítica situación carcelaria. Dicho proyecto se propone, en primera instancia, incorporar un parágrafo al artículo 376 del Código Penal para penalizar el porte de dosis superiores a la dosis mínima sin considerar su propósito.

Así mismo, pretende incrementar las penas al tráfico de estupefacientes, y otras infracciones como la modificación de medios de transporte para ocultarle las sustancias a las autoridades. El aumento de la pena la convierte, en términos cuantitativos, en una sanción desproporcionada. Transportar estupefacientes (art. 376 del C.P.) en la caleta de un vehículo (art. 4-e del P.L.060/2018), tendría una pena que oscila entre 21.3 y 45 años. Tal comportamiento se sancionaría con mayor severidad que asesinar o torturar una persona.

El proyecto también propone anular los beneficios contemplados en el artículo 68 A del Código Penal, y restringir los permisos penitenciarios para personas con antecedentes penales. Hay claras intenciones de negarle el acceso a prisión domiciliaria (art. 38 G) y libertad condicional (art. 64) a esta población.

Prevenir militarizando
Buenaventura León León, representante del partido Conservador, presentó un proyecto para crear “una estrategia en el marco de la convivencia y seguridad ciudadana en el territorio nacional, con el fin de garantizar la creación y el fortalecimiento de la previsión, prevención y control de las lesiones personales, homicidios y delitos cometidos con armas cortopunzantes y/o blancas…”.

Preocupa el enfoque del proyecto porque conlleva una suposición delictiva sobre el portador del arma blanca (considerando como tal un amplio y ambiguo catálogo de elementos que cumplen usos lícitos diversos como machetes, garfios, mazos, hachas y martillos), asumiendo anticipadamente que esta sería usada para perpetrar una conducta delictiva.

En contraste con lo incipiente del componente pedagógico contemplado en la iniciativa, se plantean facultades amplias a la policía local y departamental para realizar registros y controles indiscriminados de las y los ciudadanos, bajo la premisa de detectar y prevenir el uso anticipado de armas blancas en la ejecución de delitos.

Esto crearía un escenario propicio para el abuso de poder, la normalización de la presencia y la acción policial invasiva y represiva en escenarios públicos, transportes públicos e individuales, y espacios públicos en general.

Avanzada contra el sistema de responsabilidad penal de adolescentes
El Proyecto de Ley 019 de 2018, presentado por Alfredo Rafael Deluque Zuleta, Representante a la Cámara del Partido de la U, busca, entre otras cosas, modificar la normativa para los menores de 14 a 18 años declarados responsables de los delitos de “homicidio doloso, secuestro extorsivo, hurto calificado, extorsión en todas sus formas y delitos agravados contra la libertad, integridad y formación sexual”. De otro lado, los Proyectos de Ley 085 y 034 de 2018-S tienen propósitos similares, y pese a contener disposiciones que difieren en algunos aspectos, adoptan el mismo enfoque regresivo.

Por otra parte, los Proyectos de Ley 085 y 034 de 2018-S proponen la creación de antecedentes penales para menores infractores entre los 14 y 18 años, e incluir la reincidencia entre los criterios para aplicar sanciones penales; medidas que afectarían la posibilidad de reintegración social del adolescente.

¿Lucha contra la corrupción o populismo regresivo?
La corrupción es abordada a partir de las fórmulas jurídicas para combatirla y prevenirla. El marco de interpretación se centra en responsabilidades individuales, que obvian que la corrupción es una práctica estructural derivada de la naturaleza misma del actual sistema económico y su relación con la institucionalidad del Estado.

Desde esta perspectiva es posible entender la existencia de fórmulas de corrupción institucionalizadas, legalizadas y socialmente aceptadas. Por ejemplo, la institucionalización de un modelo de salud privatizado que favorece los intereses de las Empresas Prestadoras del Servicio, las políticas tributarias que favorecen a emporios económicos, las normas hechas a la medida de las multinacionales mineras, la legislación que favorece la impunidad de criminales de Estado, etc.

El Proyecto de Acto Legislativo 012/2018 presentado por el Gobierno nacional pretende modificar la Constitución para convertir en imprescriptibles los delitos de peculado, cohecho, celebración indebida de contratos, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito, prevaricato, abuso de autoridad, usurpación y abuso de funciones públicas, y la utilización indebida de información y de influencias derivadas del ejercicio de función pública. Es decir que no existe límite de tiempo para que el Estado persiga a una persona por haber cometido este tipo de delitos.

Lo llamativo de esta iniciativa es que desde la perspectiva del derecho penal internacional, delitos como el genocidio o los crímenes de lesa la humanidad (CLH) son imprescriptibles. Colombia, como es sabido, ni siquiera ha incluido en el ordenamiento penal el CLH, pero sí acude a la imprescriptibilidad de los delitos relacionados con actos de corrupción, propuesta populista que busca generar legitimidad del gobernante de turno y los políticos que la promueven.

En este mismo paquete de reformas, el Proyecto de Ley 164 de 2018 fomenta la restricción de beneficios y derechos para quienes resultan asegurados o condenados por delitos que afecten el patrimonio del Estado y la administración pública, y “los que atentan contra la eficaz y recta impartición de justicia”. Para ellas y ellos se prohíben la detención y prisión domiciliaria, y la libertad condicional. Al respecto, el Equipo Jurídico Pueblos reiteró que es un falso dilema aquel de la lucha contra la impunidad y la restricción de derechos y garantías y el endurecimiento punitivo.

Las reformas propuestas en términos procesales encaminadas a “fortalecer y hacer más eficientes los mecanismos de prevención, investigación y sanción de los actos de corrupción y control de gestión pública en el país”, también van dirigidas a impedir el acceso a beneficios cuando se trate de los delitos ya mencionados. Se prevé la privación de la libertad en un establecimiento de reclusión como única medida de aseguramiento, desestimando la suspensión condicional de la pena, libertad condicional, rebajas por preacuerdos y negociaciones, y otros beneficios penales. Dicho paquete también pretende introducir reformas a garantías constitucionales como la prescripción.

El retorno al castigo físico como pena
Implementar “el procedimiento de castración química obligatoria, complementando la pena privativa de la libertad en caso de delitos contra la libertad, integridad y formación sexuales, en menor de 14 años”, es lo que quiere implementarse con el Proyecto de Ley 051/2018.

No existe discusión alguna sobre el reproche social que merecen estas conductas delictivas, de las cuales el Estado tiene una corresponsabilidad importante en la protección y garantía efectiva de derechos de las niñas, niños y adolescentes. La creación de penas degradantes no comulga con los compromisos que en materia de derechos humanos ha asumido el Estado, por ello la gravedad del delito y el daño que se causa con este no pueden ser la razón para legitimarlas y justificarlas.

 

Varios estudios sobre el tema coinciden en que a pesar de la diversidad de perfiles de los agresores, han sido identificados varios elementos desencadenantes que originan la violencia sexual, entre los que señalan: elementos biológicos, el fracaso del aprendizaje inhibitorio, actitudes socioculturales favorecedoras o tolerantes de la agresión sexual, pornografía violenta o infantil, circunstancias próximas facilitadoras tales como estados de estrés prolongado, excitación, consumo abusivo de alcohol, etc., distorsiones cognitivas sobre sexualidad adquiridas por agresores en su desarrollo infantil y juvenil, y circunstancias próximas de oportunidad. En las investigaciones se mencionan los factores de reincidencia contenidos en el Manual de valoración del riesgo de violencia sexual - SVR-20. Con este puede identificarse información del sujeto que constituya elementos y variables que hacen más probable el mantenimiento de la actividad delictiva. La guía contiene 20 ítems que deben ser cuidadosamente analizados por profesionales idóneos.

Tampoco hay informes que den cuenta de la eficacia de los tratamientos intramurales que se aplican a los condenados por estas conductas delictivas. El Proyecto de Ley, entonces, carece de total fundamentación empírica y científica que permita justificar la necesidad y proporcionalidad de una medida tan invasiva y deshumanizante como la planteada.

Más penas y disciplina para solucionar problemas sociales
Quienes prefieran la minucia y el detalle pueden quedar satisfechos leyendo el completo informe del Equipo Jurídico Pueblos. En pocas palabras –para los y las que prefieren el resumen, lo realmente “importante” de lo importante– la política punitiva de Iván Duque tiene tintes clasistas, persigue a quien disiente, y niega la violencia y el terrorismo de Estado.

Además, siguen siendo insuficientes las medidas adoptadas y las propuestas del nuevo Gobierno para atender la deficiente y precaria infraestructura de los establecimientos carcelarios colombianos que son incapaces de satisfacer derechos básicos elementales como la alimentación, la salud, la recreación, entre otros.

Los programas de resocialización ejecutados por el INPEC no contribuyen a mejorar la salud emocional y psicológica de las personas privadas de la libertad. Los programas de redención de penas a cambio de trabajo y educación son poco diversos y cuentan con limitaciones de acceso de tipo económicas y administrativas.

La forma en que el Estado sanciona al delincuente dice mucho del Estado. Pero dice mucho más lo que hace o deja de hacer el Estado para que sobren cárceles y falten delincuentes.

 

 

Friday, 22 March 2019 00:00

Audre Lorde versos desde la periferia

A menudo pensamos que la periferia está ubicada en un lugar geográfico al que es posible desplazarse, o que se trata de poblaciones alejadas de los grandes centros urbanos que crean relaciones e independencias con el paisaje que les rodea. Sin embargo, esta palabra guarda un significado que desde lo simbólico puede habitar cualquier espacio; hablamos entonces de las fuerzas que surgen a las márgenes del poder establecido, de las diferencias que se manifiestan en la cotidianidad y que no tienen cabida en las instituciones, pero que aun así constituyen una parte fundamental de la sociedad.

La poeta Audre Lorde habitó estas periferias del significado, identificándose después de muchos cuestionamientos personales como mujer, negra, lesbiana, y feminista; categorías que dejaban entrever su verdadero carácter: el de una luchadora incansable por la vida y los derechos humanos que dedicó su vida a darle fuerza y palabra a las mujeres de su tiempo.

Nació en Nueva York en 1934, lugar donde vivió gran parte de su vida, en una familia de migrantes afrocaribeños que sembraron en ella el amor y respeto por sus raíces africanas, condición que determinó su forma de ver el mundo. Fue en este momento donde comenzó a descubrir la poesía como un lenguaje propio, siendo esta un aprendizaje, su forma de darse a entender al mundo. Se formó en diversas instituciones académicas universitarias de Estados Unidos y cuestionó desde estos lugares, recintos donde se da forma a las ideas y donde convergen las manifestaciones de la cultura, los privilegios de unos humanos sobre otros y la latente muerte que esto conlleva.

Fue en el entendimiento de la diferencia, en el habitar estos bordes de los esquemas establecidos tradicionalmente, donde Lorde encontró su centro de poder dentro de un mundo que se le presentaba contradictorio, enfocando su lucha en tres ejes fundamentales: la liberación afroamericana, la liberación de la mujer y la liberación de la comunidad LGTBI. Todas estas sustentadas en una visión de servicio y justicia social que fluía junto a su obra poética e intelectual, llevando las teorías hacia acciones liberadoras. Su visión audaz sobre el futuro de los movimientos sociales a los que perteneció planteaba duras críticas hacia las formas de opresión que estos guardaban como vestigios de los poderes establecidos; acuñando la expresión “las herramientas del amo no tumbarán la casa del amo”, planteaba la necesidad de crear nuevos entendimientos para la palabra libertad, el trabajo colectivo y las formas posibles de lucha contra la tiranía del pensamiento occidental. Es por esto que sus visiones han servido de base para los movimientos que buscan la visibilidad de la mujer y las multiplicidades sexuales, y que se plantean la emancipación y el cambio del sistema económico y cultural imperante como asuntos indispensables para llegar a una verdadera libertad de ser.

Su producción poética e intelectual es abundante, publicó gran parte de su obra, insertándola a los debates de su contemporaneidad. Tal es el caso de su libro “Sister, outsider”, traducido al español como “La hermana, la marginal” o “La hermana, la extranjera”, en el que aborda desde su experiencia personal como mujer divergente las diferentes formas de desigualdad y omisión a las que se ve enfrentada, a la vez que abre ventanas para una posible liberación cotidiana. Sin embargo, su gran aporte podría ser el entendimiento del conocimiento, no como una proyección de la realidad como lo plantea el mito de la caverna de Platón, donde el ser humano se deleita con su propia sombra provocada por una luz exterior y ajena, sino como un poder que reside en la oscuridad de las propias entrañas, por lo que se hace necesario descender a ese interior sombrío de nuestro ser para entender sus contradicciones y encontrar allí la luz para irradiar el mundo. En esta filosofía se vislumbra la necesidad de volver a la raíz del pensamiento humano mediante el quebrantamiento de las lógicas occidentales que nos alejan del mundo y nos llevan a su destrucción.

En esta liberación se establece a la mujer, o al pensamiento femenino, como potencia transformadora. Audre nos enseña cómo transformar el miedo, la ira y el dolor que históricamente se ha enquistado en los cuerpos, que es invisibilizado a través de repetidos discursos, en una fuerza en potencia. Esto se hace evidente en sus escritos alrededor de la enfermedad que la llevó a la muerte en 1992; un cáncer con el que libró una batalla de 14 años. Es en ese momento que habla de la necesidad de abandonar el silencio, de hacer consciente sus causas comunes a todas, de la importancia de decir y decidir sobre el mundo que nos rodea, y de crearnos una red, una comunidad en la que se teja un apoyo colectivo, en el que el conocimiento de las diferencias y contradicciones sea el motor del movimiento hacia la emancipación. Con esta última conciencia partió de este mundo a sus 54 años, después de una ceremonia africana en la que tomó el nombre de Gambda Adisia, que en español traduce “Guerrera que hace saber su significado”.

Los escritos de Audre Lorde, a pesar de ser poco difundidos en Latinoamérica, han tenido una repercusión universal, es por esto que en el contexto que hoy vivimos en Colombia, donde las fuerzas de la muerte se empeñan en acabar con la vida y con quienes la defienden, en el que mediante la manipulación de la verdad pretenden dividirnos y crear distancias cada vez más amplias entre los seres humanos, a la vez que nos alejan de nuestra esencia y de la naturaleza, hay que recurrir a su lectura, a su poesía iluminadora, para alimentar el poder que nos habita, para fortalecernos y llevar a la acción colectiva nuestra potencia transformadora.

Wednesday, 20 March 2019 00:00

La pugna por la memoria

Recuerdo la forma del avión fantasma en el cielo y las ráfagas desde tierra; recuerdo la salida en fila de los policías que quedaban en la estación sostenida por dos paredes rellenas de impactos de bala y metralla; recuerdo Toribío, Mitú, Bojayá. Lo curioso es que nunca he estado allí. Nací en Medellín y la mayor parte de mi vida la viví lejos de las tomas guerrilleras, retenes y masacres, sin embargo, imaginaba la guerra.

Mentiría si afirmo que el conflicto ha sido un interés temprano, de hecho la biología, el periodismo y la religión aparecían como los intereses primarios sobre un quehacer futuro, no obstante, las rampas, los tatucos, las minas quiebrapatas, los fusiles, y toda la parafernalia de la guerra habitaba en mi memoria aunque nunca la hubiese tocado. Monojojoy, Alfonso Cano, Jacobo Arenas, eran nombres conocidos incluso cuando no sabía muy bien qué hacían o cuál era su profesión. Los conocía porque su nombre se repetía como cantinela.

Todo acontecimiento cobra sentido solo a la luz de otros más. El encuentro con el conflicto armado fue una historia fortuita, una bagatela trascendente, en el que la cercanía de un amigo a unos amigos que necesitaban rotular un expediente, puso entre mis manos la tediosa tarea de señalar el contenido de cinco cuadernos página a página; la tediosa tarea de hacerse consciente página a página.

La idea de poner etiquetas no se veía nada amena, pero en la universidad uno siempre quiere tener algo de más que exceda lo de las copias y los pasajes, por si sale un buen plan. Eran más de 10 años de actuaciones judiciales y remisiones de despacho a despacho; el expediente saltaba de una fiscalía a otra y cada salto tenía como constancia un oficio. Entre testimonios y remisiones a otros expedientes era un laberinto de papeles que contaba la historia de una masacre.

Debía anotar bien los nombres, porque había hermanos (el uno apareció en “la Ye” con un disparo en la cabeza, el otro estaba amarrado a un árbol en la entrada de la vereda), el color de los carros, la marca de los vehículos en los que los vieron por última vez, misma marca, distinta placa, mismo recorrido (debo anotar mejor, abrir un cuadro de vehículos), un dispositivo de dos soldados cada 200 y algo metros, mismo recorrido. Comencé a separar las hojas, a hacer cuadros, tenía viñetas y una orgia de memos que se apilaban a los lados de la mesa, ¿por qué no recordaba? Eran demasiados muertos y no estaban en mi memoria, nunca vi una noticia, siquiera una nota de ellos.

Fue toda una vereda, lugares vacíos por los que había pasado. Por allí los victimarios y yo hicimos el mismo recorrido, más de una vez crucé el río en el que arrojaban los cuerpos eviscerados; más de una vez vi la orilla de piedras con las que rellenaban los cuerpos para que no flotaran; conocía el río y aun así parecía, ahora, un cementerio desconocido. La memoria volvió a esculpir dolorosamente el mismo recorrido lleno de curvas y puentes, de montañas inclinadas, de desvíos, caminos de riel y herradura.

Pocas cosas cuestionan con tanta fuerza nuestra vida consciente como el contraste entre lo que recordamos y lo que no recordamos, dependemos en gran medida de nuestras vivencias para que la memoria, condición estructurante del conocimiento, nos pueda orientar en el mundo. Para recordar, dependemos en gran medida de la reproducción de los acontecimientos, máxime cuando no los hemos vivido de forma inmediata.

Por eso, cuando la política de seguridad y defensa del Plan Nacional de Desarrollo plantea que “El Ministerio de Defensa nacional desarrollará un programa que vele por que los procesos de construcción de memoria histórica y verdad incorporen también la perspectiva de las fuerzas militares y de la Policía nacional”, me asalta la duda entonces sobre la perspectiva de quien habita en mi recuerdo.

A quién pertenecen entonces las narraciones públicas, ¿cómo es que recuerdo Toribío?, ¿de quién es el relato de Mitú?, ¿quién exhibía el cuerpo de Iván Ríos con un disparo en la frente?, ¿de dónde recuerdo la exhibición impúdica de la atrocidad como trofeo de guerra, como la verdad obscena de quienes reclaman haber ganado la guerra?, ¿de quién es esta perspectiva? Mientras las historias de las madres de Soacha las encontramos por nuestras vivencias, sus relatos circulan como si se tratara de Juglares; entre la informalidad y la fantasía su historia no es parte de la memoria colectiva; la memoria de sus hijos es un relato de sufrimiento individual y no de vergüenza colectiva.

El nombramiento de Darío Acevedo para dirigir el Centro Nacional de Memoria Histórica, no es, a la luz de estas cuestiones, producto de un descalabro sistemático debido a la falta de talento para reconstruir la verdad entre las huestes de Gobierno; es parte de la oficialización de la memoria, de la apropiación del relato, es la prolongación de la guerra al hipocampo de los ciudadanos para recrear la infantil narración de un conflicto entre héroes y villanos, o lo que sería la negación del mismo: civilidad contra barbarie.

El relato pueril del conflicto es condición para su reproducción, dotar de justificación la atrocidad solo consigue repetirle. La disputa por la memoria es un ejercicio cultural que tiene en el centro un proyecto de nación. Levis Strauss en su obra El pensamiento salvaje, relata cómo algunas comunidades creían que solo dos criaturas tenían alma, los seres humanos y los loros. La palabra es desde esta mirada la constancia del alma. Si decimos entonces que la disputa es por el alma, al menos desde esta perspectiva, no estaremos exagerando. Toda noción estética expresa la comunión con un orden, la apuesta de la memoria es también una apuesta estética que denuncia los órdenes imperantes que parieron la atrocidad, por eso no podría ni debería ser un lugar de alivio para el pasado que anida en nuestro presente.

Es preciso recordar como mandato, narrar como imperativo, hacer tangible la memoria como estrategia. La pugna por la memoria es la disputa por el espíritu de un pueblo. Más que una garantía de no repetición es la condición fundamental para la misma. Pretender un relato de nación que sepulta la verdad, tarde o temprano terminará por sepultar a quienes la buscan. Recordar en tiempos de negación es un profundo acto de rebeldía, es la reivindicación de sí mismo en lo colectivo, es hacerse dueño de sus propias velas, como diría William E. Henley, es hacernos amos de nuestro destino, capitanes de nuestras almas

Tuesday, 12 March 2019 00:00

Aquellos Zapatitos de Lana

Un sobresalto le quitó el sueño. Eran apenas las cuatro de la madrugada y un pálido temblor trajo consigo las preocupaciones que cargaba a cuestas desde hacía ya dos semanas. Su mente divagaba entre los recuerdos de ella y el gran temor de no volver a verla. Jugaba con su imaginación añorando besarla de nuevo , entretener sus manos en el vaivén de sus rizos destellantes de sol y detenerse allí, en su mirada profunda y cálida, que tantas veces compartieron como la más sutil manera de decirse tantas cosas. Aquellas cavilaciones se opacaban ante tanta incertidumbre, ante el presentimiento que la noticia que suponía, pero que no deseaba, estaba cercana y que había sido eso lo que perturbó su sueño.

Desde aquella llamada lejana la tarde del tres de junio, Ricardo solo podía pensar en el momento en que le avisaran lo inevitable, aquello de lo que era consciente desde el mismo momento en que María, la madre de ella, le pronunció esas terribles palabras:
–La bajaron del bus y se la llevaron; no sabemos nada de ella.
Él solo atinó a murmurar un tímido “tranquila”, sabiendo que desde ese instante su corazón no tendría ya un momento de sosiego.

Sus días transcurrieron entre las habituales clases en la universidad y las cotidianas actividades políticas de su activismo social. Unas y otras fueron un refugio silencioso para el dolor que lo albergaba. Calló y trató de concentrarse, pero que nada le saliera bien fue la manera como la vida se encargó de recordarle sus culpas y mortificar su espera.

Hacia las diez y treinta de la mañana, cuando el pálido temblor ya era un nudo de espinas en su pecho, la llamada llegó y solo escuchó la retumbante voz de María al otro lado.
–Nos la mataron, me quitaron la vida.

***
Erika llevaba ya cuatro meses viviendo en Dabeiba, en pleno corazón del paramilitarismo en el Urabá antioqueño. Había llegado para trabajar con la Defensoría del Pueblo; era su primer trabajo desde que se graduó como socióloga en la Universidad de Antioquia.

Esa mañana tomó el bus un poco retrasada, había trabajado hasta muy tarde en un informe que develaba la complicidad estatal con los crímenes de los paramilitares en esa región abrupta y olvidada de nuestra geografía. Un informe mas escueto, pero igual de preocupante, había quedado sobre el escritorio del Defensor del Pueblo. Él solo le echó una desinteresada mirada y le dijo lapidariamente:
–Esto no se puede presentar, olvídelo.
Durante la hora larga que duró su recorrido pensó en el informe, el cual había decidido llevar en medio de todos los papeles de su historia clínica y todo lo demás para sus trámites en la capital. No tenía claro qué hacer, sabía que era algo difícil, que le podría representar riesgos y que sus hallazgos y denuncias no iban a significar problemas para nadie más que para sí misma. Pero su convicción le decía que callar era equivalente a ser cómplice de tantas atrocidades.

Recostó su cabeza sobre el tibio vidrio de la ventana, cerró sus ojos pretendiendo refugiarse en el sueño y esperar que este, en clara sinfonía con el vaivén del viaje, le regalara algunas claridades frente a lo que debía hacer apenas saliera de su cita médica en Medellín. De repente, como un estremecimiento que no se anuncia, su mente evocó el recuerdo de Ricardo, lo imaginó a su lado apoyándola, dándole las fuerzas para emprender ese paso; sintió sus manos entretenerse entre sus rizos y su mirada buscando sus ojos para decirse tantas cosas. Se reprochó no haberle dicho nada en tantos meses luego de haberse distanciado, y pensó que luego de todo aquello que debía hacer, también debía llamarlo y contarle lo que hasta entonces había optado por callarle.

Apenas empezaba a sentir sus ideas entre el naciente sueño cuando el bus se detuvo intempestivamente, y vio subir en él a esos hombres que miraban con brillo amenazante y sus conciencias infundadas en la nada, mientras taladraban la tranquilidad de los viajeros leyendo una lista con varios nombres. En medio de ese estruendo se hallaba el suyo. Solo hasta ese momento supo que ya no habría tiempo para seguir preguntándose qué hacer.

***
Ricardo buscó en noticias algo que le confirmara lo que María había pronunciado. No encontró nada, ni una referencia, ni siquiera una línea, una vez más los grandes medios ocultaban unos muertos mientras entretenían con banalidades y mentiras.

Rompió en llanto, se paralizó, se puteó a sí mismo por sentirse tan culpable de no seguirla, de no haber aceptado su propuesta de partir al sur y emprender allí una vida juntos como tantas veces habían imaginado. Le pesaba en el alma su existencia toda, el haber sido tan cobarde disfrazado de compromiso para no haberse salido de su cómoda rutina y emprender el camino que ella le proponía. Supo que eso jamás se lo perdonaría y sería su condena apenas merecida.

Aquella tarde del 17 de junio caminó hacia aquel rincón de la montaña que ambos tenían como refugio vital de sus amores. Allí, junto a la inmensa roca en que cinco meses antes sus cuerpos y sus almas se amaron por última vez, Ricardo sepultó en una pequeña caja sus cartas y todos aquellos detalles que componían su recuerdo de ella.

***
Transcurrieron 14 días desde que los paramilitares la bajaron del bus y se la llevaron con rumbo desconocido, hasta aquel 17 de junio de 2003, cuando su cuerpo apareció tirado de cualquier manera sobre una de las vías que conducen de Dabeiba hacia Medellín.

Solo María, aquella tarde del tres de junio, angustiada ante la espera de su hija que no llegaba a la cita médica, supo comprender que el dolor profundo que albergaba su pecho solo se podría desvanecer ante la posibilidad que apareciera; pero supo también que ese dolor no se desvanecería nunca. Miró lo que llevaba en sus manos y apretó contra su pecho aquellos zapatitos de lana que había tejido ella misma para Erika, y que ya nunca podrían calzar sus pies ni sentir sus pasos.

Por Aldana Martino

 

El feminismo popular es, para decirlo sencillamente, el movimiento político y social del siglo XXI que vino a transformarlo todo. Y cuando digo todo, me refiero exactamente a eso. Transforma nuestras vidas y nuestros vínculos, pero también transforma los programas políticos y sobre todo, la forma de hacer política.

En Argentina, el movimiento feminista es sin lugar a dudas el más dinámico en la pelea contra el neoliberalismo. Y tiene tanta fuerza que se expandió incluso a nivel mundial, provocando esta “cuarta ola” feminista que tiene, al menos en nuestro país, características particulares respecto de las anteriores.

La primer y más importante característica es su impresionante masividad. Explotó el 3 de Junio del 2015, en la primer movilización convocada con la consigna “Ni una menos”, luego de uno de los tantos femicidios que ocurren todos los días. Esa primera movilización fue casi un vómito, un grito colectivo para exigir que paren de matarnos. La calle se llenó de cientos de miles de mujeres. Aunque todavía con poco contenido político, nacía en ese momento un fenómeno que no pararía de crecer.
Casi cuatro años después, es fácil notar la expansión cuantitativa y cualitativa de los cambios que el feminismo está generando en nuestra sociedad. Comenzamos exigiendo algo tan básico como poder vivir, pero luego empezamos a hablar del acoso y la necesidad de caminar tranquilas por la calle sin que nadie haga ni diga nada sobre nuestros cuerpos. Develamos que lo que hasta ahora naturalizábamos como “piropo” en realidad es acoso y se trata de un ejercicio de poder de los varones sobre nosotras.

Pusimos en cuestión masivamente los estereotipos de belleza que condicionan nuestras vidas en múltiples sentidos, la brecha salarial que existe entre hombres y mujeres porque nosotras ocupamos los trabajos peor remunerados y el rol meramente reproductivo asignado a la mujer, que implica una reclusión al ámbito privado y la realización de trabajo no pago en nuestras casas, y que a lo largo de la historia fue una de las piedras angulares del desarrollo productivo del capitalismo.


El punto más importante de la organización y la lucha fue la pelea que dimos durante este año por el aborto legal, seguro y gratuito. Si bien es una consigna que en nuestro país es bandera del feminismo hace décadas, este año se masificó al compás del crecimiento del feminismo en general. En un contexto de constantes retrocesos en materia de derechos, de haberse votado a favor en el Senado de la Nación, el aborto legal hubiera sido el único derecho efectivamente conquistado durante estos tres años de neoliberalismo brutal que está viviendo nuestro país, eso habla de la potencia del feminismo.


No lo conseguimos, pero ganamos de todas formas. Un tema que era tabú en nuestro país, por el peso fuertísimo de la Iglesia católica entre otras cosas, se instaló como pocas veces había sucedido con una pelea antes. Fue asumida por toda la sociedad: desde hace un año que una no puede caminar por la calle sin ver pibas con el pañuelo verde atado en la mochila, en el cuello, en la muñeca.


El derecho a abortar de forma legal, segura y gratuita, no sólo implica terminar con las muertes de cientos de mujeres y cuerpos gestantes que abortan en la más absoluta clandestinidad y en condiciones inseguras. Implica también poder decidir soberanamente sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras vidas, terminando con el mandato de la maternidad obligatoria. Se trata, además, de nuestro derecho al deseo. De recuperar el goce que nos arrebataron cuando se ligó nuestra sexualidad a la reproducción.
La movilización popular que generó esta lucha fue una de las más grandes de los últimos tiempos. Fuimos 2 millones de personas en la calle sólo en la Ciudad de Buenos Aires, y miles en el resto del país, aguantando bajo la lluvia las casi 24 horas que duró la sesión en la Cámara de Diputados, en la que sí obtuvimos una victoria. Fuimos todavía más cuando el tema se discutió en el Senado Nacional. En este año electoral, las listas de todos los espacios políticos deberán armarse teniendo en cuenta esta agenda, y la postura de cada candidate respecto de este punto en particular. Si no es este año, será el que viene, o el otro, pero el aborto va a ser legal en la Argentina.

El feminismo es un movimiento político, y como cualquier otro, también está en disputa. Sin embargo, el sentido imperante del feminismo hoy es el del feminismo popular, y esto implica dos cosas fundamentales. Por un lado, que el feminismo es también del colectivo LGTTTBIQ, de las travas, travestis, trans, lesbianas, y todas aquellas identidades no binarias que son quienes han encabezado el debate contra el biologicismo conservador, y con quienes estamos transformando hasta el lenguaje para que nos incluya a todes. El feminismo es también multiétnico y multicultural, sencillamente porque concebimos la libertad de ser quienes queremos ser como un derecho y como una cuestión política y colectiva. Contamos con un piso importante para esto: durante el gobierno de Cristina Kirchner, conquistamos la Ley de matrimonio igualitario y la Ley de Indentidad de Género, que declara que hay tantas identidades de género como cada une se autoperciba, sin importar el sexo biológico asignado al nacer.


Por otro lado, que el feminismo sea popular implica también que entendemos que hay que ponerlo a dialogar con toda la sociedad, y que así como no hay socialismo, o Patria liberada, o justicia social, sin feminismo, tampoco hay feminismo sin todo eso. Por eso, si bien estamos avanzando en cambios culturales y estructurales muy profundos, sabemos que no podemos abandonar la disputa por el poder, y en Argentina en particular, por el poder del Estado. Así, asumimos el desafío de construir organizaciones políticas y sociales mixtas, transformandolas a su vez para que las compañeras nunca más quedemos relegadas en nuestros propios espacios ni militemos en ambientes violentos.

En este 2019, nuestro país es escenario de una de las paradas más importantes en esta América Latina que se disputa entre la avanzada conservadora que quiere el fin del ciclo progresista y popular, y las resistencias e incluso gobiernos populares que sostienen el proyecto soberano e igualitario para nuestros pueblos. Que Mauricio Macri sea elegido nuevamente y gobierne cuatro años más, o que sea desplazado por un proyecto popular, puede cambiar para un lado o para otro toda la correlación de fuerzas del continente.


Con esa batalla en la mira, las feministas avanzamos, aportando a la política no sólo la militancia de siempre, sino lazos colectivos y solidarios para construir otra política, que nos contenga a todes. Porque no hay forma de derrotar al capitalismo sin derrotar al patriarcado.

La vergonzosa situación del país, que puso por instantes en la picota pública al Fiscal general Néstor Humberto Martínez, y a un entramado de corrupción que involucra al gobierno de Duque, a su partido, a los políticos de casi todas las demás corrientes de la clase política que gobierna, a Juan Manuel Santos, al grupo empresarial más poderoso de Colombia y a su dueño Luis Carlos Sarmiento Angulo, lejos de conmocionar e indignar a la sociedad, se convirtió en el escenario soñado para los opinadores de los grandes medios masivos de comunicación y sus dueños. El chisme, la farándula y las fake news son el campo de batalla donde mejor se mueven y con el que más venden. Un banquete para los directores de medios y periodistas leales al régimen, expertos en desviar la atención hacia otros asuntos banales mientras la clase política y empresarial corrupta huye por detrás de las cortinas de humo que estos fabrican, y así evitan enfrentar a una opinión pública que de todas maneras no tiene el nivel de formación y la cultura política para enjuiciarlos.

Por delicada que sea la situación para el país, las poderosas empresas mediáticas logran posicionar lo superficial, dejando lo serio e importante en el oscuro fondo. Esa es una estrategia que les da grandes resultados. Del mayor escándalo de corrupción de todos los tiempos, la clase que conduce el establecimiento y el establecimiento mismo van saliendo limpios, mientras uno de los promotores del debate, Gustavo Petro, se revuelca en el lodazal que aquellos dejaron. El video de Petro contando dinero, sin contexto y argumentos, ahora se comenta de boca en boca mientras se desvanecen las verdaderas y trágicas causas que llevaron al Congreso de la República y a todo el país a convocar un debate de control político contra el Fiscal General de la Nación. La indignación de todo un pueblo se aplazó.

Lo que sigue es el desarrollo de otra estrategia de medios que aplica a la perfección en épocas navideñas: el bombardeo de propaganda y publicidad que incita al consumo, y de toda clase de información banal o irrelevante que se repetirá sin descanso. Cada cual escogerá la noticia que más le parezca, o la que más haya posicionado los medios. Será una navidad como las demás en donde el grueso de la niñez colombiana se consolará pintando las calles de colores rojo y verde, vistiendo un árbol traído del monte o comprado en los mercados populares, y esperando a un niño Dios que llegará con excusas.

Pero los medios no son por sí mismos los que opinan, ni se mueven solos, detrás de ellos se encuentran sus dueños, personas de carne y hueso con tanto poder económico y político que les permite no solo manejar las finanzas del país, y llenar las arcas de sus bancos hasta con el último centavo de la sociedad, sino invertir los recursos ajenos en sus jugosos negocios privados, o llevárselo a los paraísos fiscales donde burlan al fisco nacional. Los banqueros, como se demostró hasta la saciedad en estas últimas semanas, no se consuelan con los billones de pesos que año tras año les produce su negocio especulativo, sino que desde un tiempo para acá construyen carreteras, puentes, edificios y se ganan los contratos más jugosos a punta de coimas, extorsiones, sobornos y asesinatos, como ocurrió en medio de los escándalos de Odebrecht, Reficar, los puentes Chirajara y La Pala, entre otros que hoy ya ni suenan porque la estridente música decembrina y la pólvora son más fuertes, casi tan grandes como la sordera y la ceguera de gran parte de la sociedad.

No obstante, diciembre también nos trajo esperanza. Hace rato que estas fechas no llegaban en medio de un proceso ascendente de movilización, con las más grandes movilizaciones de las últimas décadas, protagonizadas por quienes tienen la obligación y la virtud de pensar en el presente y el futuro al mismo tiempo, la juventud y el estudiantado, aquel que cada tanto revive ese sujeto transformador que toda sociedad necesita.

Y no solo el estudiantado y la juventud en general reaccionó, lo hicieron las centrales obreras, y el magisterio, los camioneros, los indígenas, las mujeres y los campesinos, y junto a los congresistas alternativos se articularon en escenarios de actuación política conjunta; también el movimiento por la paz y los derechos humanos construyeron importantes coordinaciones para actuar en caliente en medio de las protestas, por la defensa y la protección de los líderes y lideresas que se manifestaron a lo largo y ancho del país.

Una fuerza transformadora crece, una masa crítica toma forma y se estructura; hay que darle tiempo, hay que protegerla, tratarla con cariño y, en especial, conducirla colectivamente hacia la madurez política que le permita seguir sumando y construyendo agenda de país, rutas de movilización y cambios. El descanso productivo es necesario, retomar fuerzas es fundamental. La lucha no ha terminado, y los retos que nos depara el 2019 están a la vuelta de la esquina. Felices y combativas fiestas.

Thursday, 06 December 2018 00:00

Editorial 145: Bailemos con los ojos abiertos

La vergonzosa situación del país, que puso por instantes en la picota pública al Fiscal general Néstor Humberto Martínez, y a un entramado de corrupción que involucra al gobierno de Duque, a su partido, a los políticos de casi todas las demás corrientes de la clase política que gobierna, a Juan Manuel Santos, al grupo empresarial más poderoso de Colombia y a su dueño Luis Carlos Sarmiento Angulo, lejos de conmocionar e indignar a la sociedad, se convirtió en el escenario soñado para los opinadores de los grandes medios masivos de comunicación y sus dueños. El chisme, la farándula y las fake news son el campo de batalla donde mejor se mueven y con el que más venden. Un banquete para los directores de medios y periodistas leales al régimen, expertos en desviar la atención hacia otros asuntos banales mientras la clase política y empresarial corrupta huye por detrás de las cortinas de humo que estos fabrican, y así evitan enfrentar a una opinión pública que de todas maneras no tiene el nivel de formación y la cultura política para enjuiciarlos.

Por delicada que sea la situación para el país, las poderosas empresas mediáticas logran posicionar lo superficial, dejando lo serio e importante en el oscuro fondo. Esa es una estrategia que les da grandes resultados. Del mayor escándalo de corrupción de todos los tiempos, la clase que conduce el establecimiento y el establecimiento mismo van saliendo limpios, mientras uno de los promotores del debate, Gustavo Petro, se revuelca en el lodazal que aquellos dejaron. El video de Petro contando dinero, sin contexto y argumentos, ahora se comenta de boca en boca mientras se desvanecen las verdaderas y trágicas causas que llevaron al Congreso de la República y a todo el país a convocar un debate de control político contra el Fiscal General de la Nación. La indignación de todo un pueblo se aplazó.

Lo que sigue es el desarrollo de otra estrategia de medios que aplica a la perfección en épocas navideñas: el bombardeo de propaganda y publicidad que incita al consumo, y de toda clase de información banal o irrelevante que se repetirá sin descanso. Cada cual escogerá la noticia que más le parezca, o la que más haya posicionado los medios. Será una navidad como las demás en donde el grueso de la niñez colombiana se consolará pintando las calles de colores rojo y verde, vistiendo un árbol traído del monte o comprado en los mercados populares, y esperando a un niño Dios que llegará con excusas.

Pero los medios no son por sí mismos los que opinan, ni se mueven solos, detrás de ellos se encuentran sus dueños, personas de carne y hueso con tanto poder económico y político que les permite no solo manejar las finanzas del país, y llenar las arcas de sus bancos hasta con el último centavo de la sociedad, sino invertir los recursos ajenos en sus jugosos negocios privados, o llevárselo a los paraísos fiscales donde burlan al fisco nacional. Los banqueros, como se demostró hasta la saciedad en estas últimas semanas, no se consuelan con los billones de pesos que año tras año les produce su negocio especulativo, sino que desde un tiempo para acá construyen carreteras, puentes, edificios y se ganan los contratos más jugosos a punta de coimas, extorsiones, sobornos y asesinatos, como ocurrió en medio de los escándalos de Odebrecht, Reficar, los puentes Chirajara y La Pala, entre otros que hoy ya ni suenan porque la estridente música decembrina y la pólvora son más fuertes, casi tan grandes como la sordera y la ceguera de gran parte de la sociedad.

No obstante, diciembre también nos trajo esperanza. Hace rato que estas fechas no llegaban en medio de un proceso ascendente de movilización, con las más grandes movilizaciones de las últimas décadas, protagonizadas por quienes tienen la obligación y la virtud de pensar en el presente y el futuro al mismo tiempo, la juventud y el estudiantado, aquel que cada tanto revive ese sujeto transformador que toda sociedad necesita.

Y no solo el estudiantado y la juventud en general reaccionó, lo hicieron las centrales obreras, y el magisterio, los camioneros, los indígenas, las mujeres y los campesinos, y junto a los congresistas alternativos se articularon en escenarios de actuación política conjunta; también el movimiento por la paz y los derechos humanos construyeron importantes coordinaciones para actuar en caliente en medio de las protestas, por la defensa y la protección de los líderes y lideresas que se manifestaron a lo largo y ancho del país.

Una fuerza transformadora crece, una masa crítica toma forma y se estructura; hay que darle tiempo, hay que protegerla, tratarla con cariño y, en especial, conducirla colectivamente hacia la madurez política que le permita seguir sumando y construyendo agenda de país, rutas de movilización y cambios. El descanso productivo es necesario, retomar fuerzas es fundamental. La lucha no ha terminado, y los retos que nos depara el 2019 están a la vuelta de la esquina. Felices y combativas fiestas.

Wednesday, 21 November 2018 00:00

El subsuelo de la Revolución Bolivariana

Por Atilio Borón

 

Prólogo del libro Diario urgente de Venezuela escrito por Marco Teruggi

 

Cronistas y estudiosos de las revoluciones, casi invariablemente, concentran el foco de sus análisis en los movimientos, tensiones y conflictos que se producen en las alturas del Estado: el gobierno, el partido gobernante, los opositores, el imperialismo, “la embajada”, los grandes medios concentrados, las organizaciones corporativas de la burguesía, etcétera. Pocos son los que se internan en las profundidades de los procesos revolucionarios, explorando el sustrato popular que los sostiene, yendo a la búsqueda de actores anónimos que se encuentran en el subsuelo profundo, escuchando sus quejas pero también tomando nota de las razones por las que con sus afanes y luchas cotidianas hacen que la revolución no se venga abajo.

Si un mérito tiene –aparte de muchos otros– este libro del sociólogo y militante revolucionario argentino Marco Teruggi es precisamente ese. Ser un diario, una bitácora del día a día de una revolución. Decir, como lo hace en el remate del día 89 de su larga travesía, “lo que no se cuenta en las historias de las revoluciones, los acontecimientos que cambian el curso de la historia”.

Justamente, ese decir que viene “desde abajo” es lo que convierte a su libro en una obra excepcional y fascinante, que ilumina no solo aspectos por largo tiempo ocultos en la sombra de la experiencia bolivariana sino también cuestiones que, con distintos matices, se han presentado en muchos otros países. Aporta un vívido retrato de la vida cotidiana en la Venezuela Bolivariana sometida al ataque implacable del imperio y también a la ineptitud de muchos de sus burócratas y al cáncer de la corrupción. Se trata de una crónica escrita desde la necesidad de preservar las conquistas de la revolución y narrada con una inusual maestría y, por momentos, con mucha poesía.

A través de sus páginas la lectora o el lector se internarán en las raíces del proceso iniciado por el Comandante Chávez interpelando, como éste lo hizo en vida, a las mujeres y hombres del pueblo, a la masa plebeya tradicionalmente explotada, oprimida y despreciada por la cual Chávez ofrendó su vida. Y este pueblo le respondió –y todavía le responde– reafirmando su fe en la revolución, su confianza en la revolución, su necesidad de revolución. Pero también muestra una diáfana consciencia de sus yerros, sus distorsiones, sus promesas incumplidas; consciencia también de la corrupción que anida en las entrañas de los aparatos estatales y que justifica, por enésima vez, aquella repetida consigna del Comandante: “¡Comuna o nada!”.

La revolución contada por el pueblo chavista produce, en la obra de Teruggi, una crónica vívida y lacerante. A lo largo de más de dos años recogió testimonios de aquellos cuyas voces jamás se escuchan, combinadas con agudas observaciones de los modos de vida y actitudes de las opulentas clases dominantes del Este de Caracas y cuyas fortunas y privilegios han sobrevivido –“¡por ahora!”, como de nuevo diría Chávez– al vendaval revolucionario. Recorrió ciudades grandes y también pequeñas aldeas campesinas; trajinó por las calles y barrios populares y por inhóspitos caminos rurales, compartiendo de la mañana a la noche los  ingentes esfuerzos del pueblo chavista para salvar a la revolución de la inepcia y la corrupción que caracteriza a una parte de sus dirigentes, tan prestos a exhibirse por las calles de Venezuela con la franela “roja-rojita” como para entrar en todo tipo de transa con los contrabandistas (“bachaqueros”) y los empresarios fugadólares y acaparadores.

Teruggi fue testigo y compañero en la lucha de los pobres de la ciudad y el campo frente a los interminables sacrificios que le impone la agresión estadounidense. Pero como allí se explica, no basta con el imperialismo para comprender la causa de los sufrimientos populares. Esta conclusión aparece con nitidez en innumerables conversaciones con la gente de pueblo. El criminal accionar de aquel es evidente, pero también lo es que su eficacia se acrecienta exponencialmente por un mortífero combo de corrupción oficial, ineptitud en el manejo de la política económica, la labor de un invisible pero letal ejército de paramilitares y narcos –invasores promovidos y protegidos por Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos desde Colombia– y grupos mafiosos que pululan por toda Venezuela, la conspiración del empresariado que alimenta sin cesar el “bachaqueo” y hace de la desaparición programada de productos de primera necesidad, sobre todo alimentos y medicinas, fuente de fenomenales ganancias y enormes sufrimientos para la población.

La estrategia de desgaste del  imperialismo y sus lacayos locales es clara y transparente, como ya lo advierte nuestro autor en el día 3 de su jornada: “Hacer de cada acto del cotidiano una batalla, llevar el conflicto a los barrios, empujar a los pobres a especular sobre los pobres, a acusar al gobierno, votar contra el gobierno, desandar lo que es el chavismo, una experiencia popular de organización, politización y movilización”.

Gracias a las agudas capacidades de nuestro autor como analista, observador y participante en la lucha cotidiana por la sobrevivencia de la revolución, la crónica transmite una inmediatez pocas veces vista en este tipo de ensayos. Por eso, su libro es una atrapante radiografía en movimiento tomada muy de cerca, codo a codo, con el noble y bravo pueblo bolivariano que, pese a la frustración que le provoca la exasperante demora –¿o la impotencia?– oficial para resolver sus demandas más urgentes, el temor que le inspiran los  paramilitares y las mafias y los nefastos resultados de un proceso de progresiva erosión de los lazos sociales espoleados por la escasez y las necesidades insatisfechas se empeña heroicamente en salvar la revolución amenazada.

Lo que registra en su incisivo y desgarrador relato –minucioso, exento de hipérboles y grandiosa retórica– es la tragedia de un proceso revolucionario acosado sin pausa por poderosos enemigos internos en connivencia con otros que desde el exterior –los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, principalmente– conspiran para producir la “solución final” al desafío que lanzara Hugo Rafael Chávez Frías aquel diciembre de 1998 cuando fuera elegido presidente de la Cuarta República, luego de lo cual Venezuela, y toda América Latina, cambiarían para siempre.

La mirada de nuestro autor es la de un militante revolucionario que procura con este excepcional documento contribuir al rescate de una revolución amenazada como nunca antes. La gravedad de la situación no puede ni debe ser soslayada. El proyecto emancipatorio de Chávez está herido, y para repararlo habrá que contar con una inusual combinación de lucidez política, eficacia de la gestión gubernamental y ataque resuelto y sin cuartel contra quienes desde dentro, a veces disimulados dentro del chavismo y en otras ocasiones abiertamente desde fuera de él, laboran incansablemente para liquidar el más radical y significativo proceso revolucionario puesto en marcha desde la Revolución Cubana.

Pero junto a una crítica radical, imprescindible para la salud de la revolución, Teruggi exuda en su texto la pétrea solidez de la base social del chavismo, su conmovedora fidelidad al legado del Comandante Eterno que le enseñó a su pueblo que el chavismo es la “redención de los pobres por sus propias manos”.

La derrota o una indigna capitulación serían el preámbulo de una matanza. Nuestras revoluciones, agrego, han sido generosas con sus enemigos. Chávez no disolvió la Corte Suprema que, luego del fallido golpe del 11 de abril de 2002, estableció arteramente que lo que se había producido había sido “un vacío de poder”. Salvador Allende respetó puntillosamente una Constitución oligárquica y las corruptas instituciones de una república que había sido pensada para una minoría. Lula respetó con fidelidad la dictadura mediática de la Red O Globo, pensando que con ello se ganaría sino el apoyo por lo menos la neutralidad de los bandidos que la dirigían.

Esto lo está pagando con la escandalosa sentencia que lo envió a la cárcel un juez que es asiduo participante en los cursos de “goodpractices” que organiza Washington para instruir a sus peones y le costó nada menos que la destitución de Dilma Rousseff. No puede haber duda alguna en el sentido de que una eventual derrota de la Revolución Bolivariana desencadenaría una represalia salvaje, que hundiría al país en un baño de sangre. Pensar en una transición “a la Moncloa”, como algunos politólogos del imperio y sus acólitos latinoamericanos aseguran, es una criminal engañifa. La transición hacia el “post-chavismo”, si llegara a producirse (y espero que no), se inspiraría más en la matanza sufrida por los comuneros con la derrota de la Comuna de París en 1871 o con las fuerzas de Gadaffi en Libia en 2011. Al revés de nosotros, la burguesía y el imperio son implacables: carecen de límites morales, son inescrupulosos y no perdonan.

Como toda clase dominante, matar a los rebeldes, insurrectos, revoltosos, desobedientes es algo constitutivo de su ADN. Decíamos en un viejo texto de nuestra autoría que en Nuestra América aun las más tímidas reformas desencadenan sangrientas contrarrevoluciones. Y, de producirse tan desafortunado desenlace, Venezuela no sería la excepción a esa regla1.

Teruggi, como muchos que compartimos a grandes rasgos su visión, propone salvar la revolución antes de que sea demasiado tarde. No es un académico neutro, un cronista impasible ni un enemigo de la revolución sino todo lo contrario. Es un hombre profundamente identificado (como también lo es el autor de estas líneas) con la nobleza y el patriótico latinoamericanismo del proyecto emancipatorio de Chávez y que cree que la revolución solo podrá ser rescatada de su parálisis mediante una discusión democrática, horizontal, comprometida, del pueblo chavista con sus principales dirigentes y funcionarios estatales para que, movilizados y organizados, se libre una impostergable guerra sin cuartel contra los agentes internos del imperialismo y la reacción: los corruptos dentro y fuera del gobierno, la oposición sediciosa y violenta, los paramilitares, las mafias y los empresarios deshonestos, todos coludidos para derrotar a la revolución.

A lo largo de las páginas de este libro queda demostrado que ésta, como tantas otras que relampaguearon en la historia, solo podrá ser salvada si profundiza el curso de acción, si el gobierno escucha de verdad al pueblo y actúa en consecuencia. Solo un nuevo impulso revolucionario –plebeyo, “desde abajo”, arrollador– podrá salvar a la revolución.

Porque, como lo dijera tantas veces Fidel en relación a la experiencia cubana, “el peor error que hemos cometido fue creer que alguien sabía cómo se hacía una revolución”. Y nadie lo sabe. Los libretos y los talmúdicos manuales esgrimidos sin cesar por los “sedicentes doctores de la revolución” –esos que viven de apostrofar a Maduro, a Evo, a todo liderazgo popular y son ciegos ante los designios del imperialismo– jamás fueron los inspiradores de las auténticas revoluciones. Lo que se requiere es una apelación a la sabiduría popular que se cristaliza en las organizaciones sociales del campo y la ciudad, a ese núcleo duro “chavista hasta la muerte”, ese subsuelo granítico al que nos referíamos en el título de estas páginas que preserva en sus entrañas el futuro de la revolución bolivariana amparado en las dos millones de viviendas otorgadas a los pobres de las ciudades y el campo en los últimos seis años, un record inigualado a nivel mundial.

El gobierno de Nicolás Maduro está sometido a un implacable acoso que ha producido una suerte de parálisis  administrativa de su gobierno. Y no se trata de culpar al Presidente por esto, porque la inmensidad y el carácter multifacético de los ataques han logrado colocar al gobierno bolivariano en una postura reactiva, defensiva. Tiene que parar los golpes de afuera y las traiciones y capitulaciones de adentro; los planes de enemigos cada vez más empeñados no solo en dar vía libre a la contrarrevolución sino inclusive a acabar con su vida.

Bajo esas condiciones gobernar se convierte en un esfuerzo titánico y, en honor a la verdad, hay que reconocer que hasta ahora el presidente obrero ha sabido capear un tremendo temporal. Pero en los últimos tiempos su capacidad para seguir neutralizando las arremetidas en su contra se ha visto debilitada por la demorada –en realidad, ¡muy demorada!– rectificación del rumbo económico y la falta de un combate a fondo contra la corrupción (exigida una y cien veces en los diálogos de Teruggi con la gente de pueblo) ligada con la mafia, los paramilitares y el empresariado y cuyo accionar desangra día a día la legitimidad de la revolución.

Un ejemplo de los tantos lo ofrece en su crónica cuando dice que: “Llega el camión de alimentos, la tensión es grande. El desabastecimiento provoca angustia, miedo, rabia, presiona sobre el pecho y la mesa. Descargan las bolsas para contarlas y organizar la repartición según el censo hecho por el Clap. Debería ser una por casa, pueden ser más debido al hacinamiento, es decir varias familias en una vivienda. Problema: se esperaban 144 bolsas, llegaron 97, desaparecieron 47 en el camino”.

La verdad siempre es revolucionaria, decía Gramsci. Y Teruggi no hace otra cosa que exponer, con el inmenso amor por esa maravillosa tierra bolivariana “que me hizo suyo”, como dice en otro pasaje de su libro (como nos hizo suyos a tantos otros, agregaría yo) esa dolorosa verdad. Con la esperanza de la pronta resolución del problema que con ella se denuncia.

La corrupción es un cáncer que destruye los procesos revolucionarios. Es un mal endémico en el mundo actual, que se manifiesta bajo diferentes ropajes pero existe y actúa por doquier. Ni el Vaticano está a salvo de ese flagelo. A veces la impotencia de los gobiernos agiganta su impacto; en algunos casos se trata de negligencia, en otros de complicidad. Toda revolución lleva en su seno las semillas de la contrarrevolución, y la radiografía que nos muestra nuestro autor devela con enceguecedora claridad esta ley de todas las revoluciones. Fidel, una vez más, advirtió a los cubanos que su revolución sería indestructible desde afuera pero podría sucumbir ante los estragos de la corrupción.

El rentismo petrolero, el fenomenal desequilibrio de los precios relativos (comenzando por el absurdo precio de la gasolina, ahora mínimamente atenuado) y la ruptura de la integración social producida por el “sálvese quien pueda” en la infinidad de colas formadas por la interminable búsqueda de alimentos y medicinas –que o bien son objeto de acaparamiento mafioso-empresarial o que, cuando aparecen, lo hacen con precios exorbitantes por la llamada “hiperinflación inducida”– son todos factores que potencian las tendencias al “bachaqueo” y con éste a la corrupción de funcionarios civiles y militares.

No obstante, como bien señala nuestro autor, pese a esta desafortunada situación, el intervencionismo norteamericano no ha podido todavía reclutar a ningún sector significativo de las fuerzas armadas para que se abalancen sobre el Palacio de Miraflores y pongan fin al gobierno de Maduro. Tampoco pudo convencer a la mayoría del pueblo que abandone la convocatoria que le hiciera Chávez, porque aquél sabe, o presiente, que quienes hoy posan de sinceros y progresistas demócratas son una banda siniestra que, en caso de ser gobierno, sembrarían horror y muerte en Venezuela.

La lealtad popular al chavismo habla del profundo calado que tiene en las clases populares, tanto más significativo si se repara en la desesperación de Washington por poner fin a la Revolución Bolivariana y, con   ello, asestar un golpe mortal a los procesos progresistas o de izquierda que todavía sobreviven en algunos países de la región; o sembrar el desánimo en las fuerzas que bajo diferentes condiciones luchan por construir un mundo mejor. Por todas las razones antes aducidas es que damos una cálida bienvenida a este libro, llamado a ser un importante aporte a la lucha por la continuidad de la Revolución Bolivariana.

En el día 40 de su diario, Teruggi escribe, con palabras que hago enteramente mías, que “cualquier crítica, polémica que pueda darse, nunca deberá olvidar a quien se enfrenta: al imperialismo norteamericano y a sus ejecutores nacionales que tejen planes donde mueren chicos llamados Bryan, se incendian instituciones, se busca la confrontación civil, se intenta un quiebre democrático. Venezuela debe ser defendida, las dudas, incertidumbres, resueltas dentro del chavismo. No existe nada por fuera. Perder no es una opción”. Palabras sabias que debemos extender a procesos similares, sometidos por igual a la brutal injerencia del imperialismo y sus sórdidos aliados locales.

Lo que está ocurriendo últimamente en Nicaragua es parte de lo mismo, como lo es el continuo ataque al que está sometido Evo en Bolivia y Salvador Sánchez Cerén en El Salvador. Como lo estuvo Rafael Correa, vilmente traicionado por un personaje salido de algunas de las más lúgubres y bizarras tragedias narradas por William Shakespeare. Seremos fieles al legado de Chávez, de Fidel, del Che, de Allende, de tantas y tantos patriotas latinoamericanos de hoy y de ayer que lucharon a brazo partido contra la mayor y más criminal superpotencia jamás conocida en la historia de la humanidad. Y este libro nos ayuda a entender por qué.

Buenos Aires, 31 de agosto de 2018.

 

1. Cf. Estado, capitalismo y democracia en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 2003), pp. 196-205.

*Atilio Boron (Buenos Aires, 1943) es politólogo y sociólogo. Investigador superior del Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica de Argentina (Conicet). Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard. Director del PLED (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia) del Centro Cultural de la Cooperación.

Elementos de nuestro contexto social y político, como el conflicto armado o la pobreza, entre otros, han marcado notoriamente la manera en que las comunidades en los territorios vivimos la época navideña. Es por eso que en Periferia nos hemos propuesto publicar una edición que nos acompañe durante esta navidad, con el objetivo de resignificar esta época en la que, a pesar de las carencias, se crean también tejidos de solidaridades y alegrías.  

Para este propósito, convocamos a fotógrafos, periodistas y escritores a que nos ayuden a narrar la “Navidad en la periferia”, con contenidos recopilados de años anteriores o de las semanas previas a la navidad de este año (debido a que la publicación impresa se realizará el 1 de diciembre). Buscamos:

 

  • Fotografía acorde al tema para la portada de la Edición 145 de Periferia, acompañada del lugar en el que fue tomada y el autor o autora. No debe traer logos ni marcas de agua, los créditos se darán en la bandera de edición. Tamaño: encuadrable en 20 cm x 23 cm. Resolución: 300 ppp. Fecha límite de envío: 29 de noviembre.

 

  • Fotografías acordes al tema para la creación de un fotoreportaje colectivo, acompañadas de una breve descripción y autor o autora. Resolución: 300 ppp. Fecha límite de envío: 29 de noviembre.

 

  • Microhistorias periodísticas que narren algún aspecto de la navidad en la periferia, debidamente firmadas con el nombre del autor o autora. Extensión: 500 palabras. Fecha límite de envío: 25 de noviembre.  

 

Los contenidos deberán ser enviados al correo This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it., por medio del cual también se notificará a los autores de las fotografías y microhistorias seleccionadas, quienes recibirán como reconocimiento un libro “Crónicas de la Periferia” y una “Agenda Periferia 2019”, además de cinco ejemplares de la Edición 145.

 

Derechos de autor

La Corporación Periferia es una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es visibilizar las luchas y apuestas de las comunidades en la Periferia. El propósito de esta convocatoria no es comercial.  Los autores de los contenidos seleccionados aceptan ceder a Periferia –de manera no exclusiva- el derecho de uso y reproducción de los contenidos. El derecho de uso que asume Periferia sobre los contenidos no enajena la propiedad patrimonial e intelectual de los autores y su campo de acción está limitado para fines educativos y sociales. Periferia se compromete a reconocer los respectivos créditos de los autores cuando los contenidos sean publicados.

 

Friday, 02 November 2018 00:00

Editorial 144: Una democracia que mata

Se veía venir en el mundo entero una tendencia ultraderechista y autoritaria. En algunos casos fascista como en los países ricos de Europa (Francia, Inglaterra, Suecia, Italia, Alemania), y en otros como Grecia y Austria, en donde los “fachos” ya tienen representación parlamentaria. El discurso fascista caracterizado por una retórica anticomunista, militarista, y nacionalista, ganó terreno y sus prácticas recorren ahora otras latitudes. Sus seguidores agreden a las mujeres, a expresiones LGTBI, a los negros e indígenas y a los pobres. Aunque la propuesta beneficia a las clases elitistas, viene siendo avalada por las propias capas sociales deprimidas y empobrecidas que sufren su imposición.

Su propuesta económica varía según la necesidad. Defender la producción nacional para crear empleo, o lanzarse a las fauces del mercado neoliberal, con el mismo fin, según ellos; también puede ser combinar la una y la otra, de todas formas, siempre con gran sacrificio de las clases populares, los derechos sociales y el patrimonio público. Hoy en día son varios los ejemplos de países donde se llegó a la presidencia con discursos insultantes, indignos, violentos, degradantes de la condición humana, y con los medios masivos como vehículo de estos discursos.  

Y, aunque los politólogos y analistas piden mesura en la calificación de “fascistas” que se le hace a estas expresiones políticas e ideológicas, lo que sí es cierto es que las tendencias mundiales antidemocráticas, autoritarias, racistas y abiertamente defensoras de los poderosos se vienen imponiendo en el mundo, con el auspicio de los grupos de poder y su máquina mediática.

En América, el multimillonario Donald Trump, con el eslogan “¡Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo!”, se alzó con la presidencia utilizando una retórica racista en la que ensalzaba la raza blanca y menospreciaba inmigrantes y negros; además validando la guerra contra el comunismo y la intervención en los países que considere como enemigos de los Estados Unidos.

Se notó su mano intervencionista en el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, y la detención del expresidente Lula, basados en escándalos mediáticos de corrupción; en los desórdenes, atentados y ataques permanentes contra Venezuela y su presidente, y en el inesperado giro de postura política del presidente de Ecuador Lenin Moreno. Hoy América Latina vive un giro a la derecha. Con la llegada a la presidencia de Iván Duque en Colombia y de Jair Bolsonaro en Brasil se fortaleció un bloque al que se suma Argentina, Chile y Perú.  Las principales economías de Latinoamérica están al servicio del imperio y con una aparente fuerza popular.

Este 28 de octubre las propuestas sociales y transformadoras de América Latina sufrieron una nueva derrota. La victoria de las ideas fascistas encarnadas en el nuevo presidente de Brasil Jair Bolsonaro son una bofetada más en los rostros pálidos de los pobres del continente, y una afrenta contra las luchas de los pueblos por retornar al humanismo, la democracia y la justicia social. La de Bolsonaro fue una campaña calcada de Donal Trump, sus asesores fueron los mismos; ganó a pesar de insultar a las mujeres y a los negros, y prometerle plomo al partido de los trabajadores.


Lo de Colombia es diferente en la forma más no en el fondo. Los que dominan este país desde hace más de 200 años han fortalecido en todo el mundo la idea de que Colombia es la democracia más antigua y sólida de América, por eso, aunque a la presidencia han llegado dictadores, bandidos, criminales y analfabetas políticos de toda clase, su estrategia sigue siendo la del engaño, la de prometer y jurar que se va a luchar contra la pobreza. El gobierno de Duque se enmarca en ese modelo: la renovación de las costumbres políticas, la lucha contra la corrupción, la generación de empleo, la guerra contra la inseguridad y el narcotráfico, y un largo etcétera acompañado de banderas conservadoras y moralistas como la cadena perpetua contra los violadores de niños, la prohibición de la dosis personal y el aborto, que son las delicias de la incauta clase popular.

Duque no necesita insultar, para eso cuenta con el apoyo de su partido, el Centro Democrático. Y sus extravagantes figuras como Macías, Cabal, Paloma, Rangel, José Obdulio, y el ministro Carrasquilla; ellos dicen lo que al jefe de Estado le está vedado. Ellos y ellas, sin asco, le informan al pueblo cómo es que lo van a joder. El de Duque es un gobierno de dos caras, una democrática que posa ante el mundo, y la otra autoritaria y hasta fascista que le habla claro a la Nación, y logra como en Brasil, Estados Unidos o Italia que la gente pobre lo ovacione.

No han pasado tres meses desde que el desconocido Iván Duque ganara en cuerpo ajeno la presidencia de la república, y ya nos enseñó de qué está hecho su gobierno. Como dice el refrán popular en el desayuno se sabe cómo va a estar la cena.

Su primera grosería contra los que creyeron en la renovación prometida se dio con los nombramientos en diferentes carteras, cargos y embajadas: Carrasquilla de Hacienda, Ordoñez a la OEA, Nancy Patricia Gutiérrez como ministra del Interior, Angelino Garzón a Costa Rica, entre otros. Luego sus magistrados de pacotilla del Consejo Nacional Electoral le negaron la personaría jurídica a la Colombia Humana, poniéndole zancadilla a las aspiraciones democráticas de la primera fuerza política del país; después vino la Consulta Anticorrupción en donde las dos caras del partido de gobierno y sus secuaces jugaron a las mil maravillas, los unos llamando a no apoyar la Consulta y el otro tibiamente impulsándola.

La cosa no terminó allí. Inesperadamente en el Congreso de la República se puso a consideración la prórroga de los períodos de mandatos de alcaldes y gobernadores, o sea el segundo golpe a las aspiraciones de la oposición de la Colombia Humana que disputó la presidencia con Duque. También, la penúltima semana de octubre el país recibió sin mayores aspavientos de los medios masivos el golpe mortal contra la aspiración de Gustavo Petro como presidente en 2022, con un fallo de la Corte Constitucional que lo deja muerto políticamente de por vida si no cancela una suma impagable, impuesta como multa por el contralor de Bogotá hoy procesado por corrupto. Esa misma Corte Constitucional, que venía fallando en favor de las consultas populares y los derechos de la naturaleza le asestó un golpe a la democracia fallando en contra de la jurisprudencia que ellos mismos, los jueces y otras instancias, venían apoyando.

En Colombia no hay una dictadura, ni un gobierno fascista; hay una democracia que odia a los pobres,  mata a sus líderes a plomo y a los niños de hambre.

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