Pedro Marin y Mariana Nogueira -Revista Opera - Brasil

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Tuesday, 26 February 2019 00:00

¿Jair, y ahora?

En un artículo de mayo de 2017, año anterior al de las elecciones en Brasil, escribimos: "Dado el fracaso venidero de este gobierno, quedarán solamente tres fichas de apuesta: la de la farsa estética, la de un gran pacto, o la de la fuerza. [...] La apuesta más certera de las clases dominantes para 2018 sería la de establecer un candidato que no se atreviera a retroceder al proyecto de Temer, pero que le diera una nueva actitud y ofreciera también aparentes beneficios al pueblo. [...] El problema, naturalmente, será mantener la farsa estética suficientemente luminosa, para cegar al pueblo de su dura realidad cotidiana. [...] Agotadas las posibilidades anteriores, quedará solamente la suspensión de las fachadas democráticas, que puede ocurrir de varias maneras – más o menos institucionales – y es la opción más peligrosa, aunque la más lucrativa”.

Pues bien: este primero de enero asumió la presidencia el capitán reformado Jair Messias Bolsonaro, elegido tras recibir cerca de 58 millones de votos en las elecciones de octubre de 2018. Es el presidente de la farsa estética por la promesa de la fuerza. Y, como sistematizamos en mayo, cuando la primera se disuelva, la última triunfará.

El Datafolha da cuenta de algunos datos interesantes en cuanto a la expectativa de los brasileños con el nuevo gobierno. Primero: el 65% tiene una expectativa óptima o buena en el nuevo gobierno. Aunque parezca alto a primera vista, el número es el más bajo desde Fernando Collor (71%), pasando por Fernando Henrique Cardoso (70%), Lula (76%) y Dilma (73%). Además, en lo que se refiere a las malas valoraciones o pésimas, Bolsonaro bate récord, con el 12% (Collor tenía un 4%; FHC, 5%; Lula, 3%; Dilma 6%). Segundo: la mayor parte de los brasileños (46%) cree que es en el combate a la violencia que el nuevo gobierno actuará más.

Es decir: desde 1990, Bolsonaro es el presidente que menos cuenta con uno de los componentes fundamentales de Brasil: la buena expectativa. Y, por otro lado, es el que más desconfianza tiene por parte de los brasileños.

Del marrón globalizante al mar de barro…

Hasta un niño pequeño sabe identificar que al mezclar muchos colores y tonos, todo se vuelve marrón, un lodo sin vivacidad. Y fue contra ese marrón de la mezcla de tonos que Bolsonaro hizo sus motos y llegó a la Presidencia.

En la economía, el vacío se caracterizaba por una política que estimulaba el consumo sin estimular la producción. Millones de brasileños accedieron a bienes que nunca habían tenido antes –básicos o superfluos, es bueno resaltar, sin que hubiera una política de desarrollo productivo (sea industrial, sea en la infraestructura básica). El resultado es que, por un lado, Brasil profundizó su dependencia, mientras que, por otro, se convirtió en un nuevo gran mercado consumidor. A pesar de las aparentes ganancias con el crecimiento económico, se hacía imposible mantener el cálculo económico acertado, ya que la generación de empleos se perjudicó, al menos en lo que se refiere a la calidad. En otras palabras: lo que doña María, a los 60 años, pasó a comprar, es lo que su hija, a los 30, no producía. Los bienes más relevantes para el desarrollo del país eran aquellos que Brasil más importaba. Para pagar la cuenta, producía y exportaba productos básicos que, para un proyecto de desarrollo nacional, no tienen gran relevancia. Tal vez el esfuerzo pudiera dar resultados en 30 o 40 años, pero en este continente el mundo político parece siempre girar más rápido que el económico.

En la política, este vacío se caracterizó por el acuerdo, por el amansamiento, por la negación de las diferencias conflictivas en favor de una afirmación de diferencias que supuestamente comulgan. Y si esto fue verdad en la "alta política" de los acuerdos infinitos de los gobiernos Lula, y en su continuación en los gobiernos Dilma, que llegó a intentar concederle al enemigo casi en absoluto en su segundo gobierno, para que este dejara de avanzar (y su falta de éxito hoy nos prueba que en este país las diferencias de hecho no comulgan por milagro divino), en la "baja política", en las costumbres, eso también fue real. La percepción de que hubo un cierto salto ideológico en Brasil durante los gobiernos petistas (del Partido de los Trabajadores), en especial entre los más jóvenes, aunque sea absolutamente exagerada e incluso falsificada por Bolsonaro y su campaña, tiene razón de ser.

En la medida en que las demandas tradicionales y concretas de las izquierdas fueron un tanto paralizadas por el estímulo al consumo y el burocratismo inmóvil del Partido de los Trabajadores, las demandas de las llamadas minorías crecieron y se fortalecieron, siguiendo un movimiento más o menos alineado globalmente. Primero porque pobres, negros y mujeres pasaron a otra situación social, aunque no tuvieran un gran salto económico. Los primeros fueron ampliamente insertados en el mercado consumidor, y todos tuvieron un avance inmenso  en el acceso a la enseñanza superior. Pero ¿a qué enseñanza superior? ¿Ha habido una propuesta de reforma educativa amplia, por ejemplo? ¿Una dirección, por parte del Partido de los Trabajadores, de esa masa que pasaba a politizarse en las universidades? No.

En la ausencia de un direccionamiento ideológico que chocara en lo real con la dominación a la que son sometidos, estos grupos fueron revestidos por la ideología dominante, pero por una línea ideológica que abraza, o al menos que aparenta abrazar sus demandas: una concepción de "activismo" típica del primer mundo cosmopolita, en que todos los problemas deben ser resueltos por la “iluminación de los incultos” y por la “modernización de los atrasados” (pero ni en el primer mundo esto parece ocurrir, y la victoria de Trump sobre Hillary Clinton es un indicativo de esto). Tal fue la magnitud de este proceso que hasta la Red Globo de Televisión, aliada del régimen durante la dictadura militar, pasó por un proceso de "modernización" en este sentido (la reportera Renata Vasconcellos presionando a Bolsonaro en cuanto a la cuestión de los salarios desiguales, la temporada de una telenovela juvenil cuyo gran motivo era "abrazar las diferencias", etc.).

Este es el primer punto: el embate político real fue desalentado, y en su lugar triunfó un embate ideológico que, bajo los auspicios de una cierta concepción de modernidad, no fue capaz de conversar con el país, al mismo tiempo que infló, en el nivel ideológico, la reacción conservadora.

El segundo punto es que no hubo una alteración, bajo los gobiernos petistas, en las relaciones concretas de esos grupos con la sociedad en general (de nuevo: porque fue meramente ideológica y, aún más, sin dirección). Los asesinatos masivos de jóvenes negros no cesaron, ni hubo una política amplia y radical de enfrentamiento al feminicidio. Las relaciones de trabajo, para ambos, tampoco fueron alteradas: mujeres y negros no pasaron a otra situación económica, aunque cada vez más estuvieran cursando la enseñanza superior. No hubo una reforma política que estableciera un mínimo de candidaturas provenientes de esos grupos, ni una reforma en las policías en cuanto al trato dado a ellos.

En el discurso, las demandas de estos grupos se convirtieron en el centro. Pero, en realidad, siguieron marginados. Un ejemplo más lúcido: el principal programa de vivienda de los gobiernos petistas fue el Minha Casa, Minha Vida ("Mi Casa, Mi Vida"). En este programa, el Estado financiaba o subsidiaba la compra de apartamentos, construidos por empresas privadas. ¿Y dónde se construyeron los apartamentos para las familias más pobres, que, en Brasil, son formadas mayoritariamente por la población negra? En las periferias, literalmente marginadas del centro.

La esperanza era que, tras algunos cambios sociales, los conflictos se resolverían por sí mismos. Pero el gran estadista no espera nada de nada. No espera que ciertos estímulos basten para que la economía se ajuste, ni calcula en treinta años los cambios que, a su pueblo, son urgentes. El gran estadista dirige, y dirige con puño firme, teniendo siempre en mente el enfrentamiento. Hay que crear orden a partir del caos. Y, cuando el orden presente no agrada, ha de transformarlo en caos, por la convicción contenciosa e intransigente, para establecer un nuevo orden. Imaginar crear un nuevo orden a partir del orden de ayer: este fue el pecado del PT. Crear un ordenamiento aún más duro, pintando como caos lo que era orden: esta es la virtud de Bolsonaro. Esta es la farsa estética.

Barro rojo

Los gobiernos petistas, tanto en lo que se refiere al campo económico como el político, significaron por lo tanto un cierto intento de mediación de los problemas brasileños entre dos mundos (el de los ricos y el de los pobres) que el fortalecimiento de uno de esos mundos. Bolsonaro se eligió precisamente por eso: porque esta mediación representaba una gran mezcla de tintas que, al final, se vuelve marrón, vacía, sin significado. Triunfó en ese vacío para reafirmar, por la violencia, el mundo de los ricos.

En la economía, Bolsonaro de hecho no propone nada. Quien lo hace es el responsable por la cartera, Paulo Guedes, con sus planes milagrosos de ultraliberalización. Privatizaciones de estatales, recorte de gastos, retirada de derechos: las pautas preferenciales de los ricos, con el apoyo esperanzado de la clase media (que compró esos discursos con la esperanza de mejores empleos, salarios etc.), contra los pobres.

En la política, promete una nueva cruzada moral (y eso aparentemente hace bien, a diferencia de los gobiernos petistas: quiere promover una escuela con partido único –aunque apodada “Sin Partido”–, hacer comunicación propia, etc.), confrontar con países disidentes y combatir a la criminalidad que, como vimos, es la esperanza de muchos.

Y así nacen los problemas, porque los sueños de una noche de verano de Paulo Guedes, aunque compartidos por las clases medias, pronto comenzarán a decepcionar. Después de todo, son los sueños de la élite. Hay una variable: a depender de lo que el gobierno escoja hacer (por ejemplo, liquidar en los próximos cuatro años las reservas internacionales de Brasil y/o conseguir préstamos con los norteamericanos), la revuelta de las clases medias podrá ser contenida momentáneamente. La de los pobres, sin embargo, es cierta. La nueva "cruzada moral" también pronto se desvanecerá (sea frente a un desastre económico, sea frente a la dura realidad que insiste en demostrar que ese tipo de "cambio", la farsa estética, poco altera la realidad). Por fin, el tan esperado combate a la criminalidad será inocuo. No sirve de nada estimular los deseos más violentos de la policía y de la sociedad, ni proveerlos de armas, mientras exista la intención de vivir con dignidad así sea necesario entregar el cuerpo a una celda o a los gusanos de la tierra. Y Pablo Guedes se encargará de aumentar cada vez más esta intención.

Si el proyecto de Bolsonaro fuera momentáneo, podría triunfar con relativo confort. Pero las élites quieren deshacerse por algún tiempo de los pactos. Cuando la fiesta termine, la luz se apague, el pueblo desaparezca y la noche se enfríe, se levantarán las revueltas (dirigidas, si actuamos con decisión, o difusas, si no lo hacemos) y solo será posible seguir con sus planes por medio de la violencia abierta, por la suspensión de los principios democráticos que lo hicieron presidente, por la guerra. Es probable que los planes sean asegurados hasta sin Bolsonaro.

¿Jair, y ahora?

Ahora viene el prometido mar de barro, que en estas tierras es rojo sangre. Si de 2015 a 2017 era necesario enfrentar al enemigo y sacar el poder de la iniciativa de sus manos, la tarea ahora parece imposible: ahora tiene toda la iniciativa, todo el aparato del Estado, la promesa de la radicalización y el uso de la violencia y, por encima de todo, la tan amada "legitimidad de las urnas".

En la izquierda, el Partido de los Trabajadores se desmorona. Su principal (¿o sería único?) líder está preso y así permanecerá; sus organizaciones de base se enfrentan cada vez más al sofocamiento económico; su nuevo líder (o algo así) insiste en las tesis ya comentadas sobre la “iluminación de los incultos” y “la modernización de los atrasados”. Mientras tanto, los sectores liberales de la izquierda quedarán cada vez más aislados. Primero porque el descontento que surgirá, de aquí en adelante, será más económico y concreto, y menos político e ideal. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno va a avanzar en el campo ideológico, restringiendo el terreno de estos sectores (al tiempo que los utilizará en sus tácticas de cortina de humo).

Solo los que se presten atención a las demandas concretas que surgirán, que fortalezcan y expandan sus bases, y mantengan una posición ideológica radical podrán enfrentar a Jair Bolsonaro. El tiempo urge.

En una audiencia en la Cámara de los Diputados, en julio del año pasado, el Comandante del Ejército Brasileño, General Villas Bôas, declaró sobre la participación de las Fuerzas Armadas en las acciones de intervención en la “Favela da Maré”, en Río de Janeiro: “Reconozco como positivo al gobierno estar repensando ese tipo de empleo de las Fuerzas Armadas, porque él es inocuo y, para nosotros, es vergonzoso”. Se refería a sucesos anteriores, cuando los militares no pudieron resolver las cosas desde su lógica, por limitaciones del Gobierno.

Desde el inicio de la intervención en Río de Janeiro, el 16 de febrero, se ha pensado mucho sobre el papel de las Fuerzas Armadas en el escenario político nacional. Las tesis son variadas. Para unos la intervención fue una respuesta a una supuesta movilización política creciente durante el Carnaval –esa tesis, a pesar de absurda y ya descartada, llegó incluso a la prensa internacional–. Para otros, la idea era sofocar la consternación que siguió la falta de apoyo a la Reforma de la Previsión Social, la cual pretendía endurecer el sistema de jubilaciones. También hubo otra tesis, más cercana a la realidad: la de que la intervención tenía como objetivo lograr un aumento de popularidad para las próximas elecciones, sea por medio de una mejora aparente y pasajera en la cuestión de la violencia urbana o por la impresión de que el presidente Temer no tiene temores de tomar actitudes duras contra la criminalidad en Río.

Cuando inició la intervención, antes de reunirse con Temer, el interventor Walter Souza Braga Netto tuvo que responder a periodistas si la crisis en Río era muy grave. Señalando negativamente con el dedo, dijo: “Solo para la prensa”. El Alto Comando del Ejército evaluó que el comportamiento de los medios en la cobertura de la “violencia” en el Carnaval, en especial de la Red Globo, fue decisivo para el gobierno decretar la intervención. Según la Secretaría de Seguridad Pública, sin embargo, los índices de violencia durante el Carnaval se mantuvieron estables en relación a los años anteriores, con la mayoría de ellos cayendo.

Suponemos, por tanto, que la intervención tuvo su origen “en los medios”, y que el alarde no tenía razón de ser. La pregunta es, entonces: ¿Globo dio la línea a Temer, o sirvió de soporte a él?

Primer acto
Volvamos al pasado reciente. El 17 de mayo de 2017, a las 7:30 p.m., el columnista del “O Globo”, Lauro Jardim, publicó con exclusividad las denuncias de Joesley Batista, empresario brasileño, contra Temer. A las 8:30 p.m., eran destaque en el “Jornal Nacional”. La "noticia bombástica", como el conductor de noticias William Bonner la llamó, sirvió a duros ataques contra Temer, que ocuparon más de 18 minutos del noticiero. Al día siguiente, Globo siguió batiendo duro, pero Temer fue desviándose hasta dar sus golpes en pronunciamiento, afirmando “no renunciaré”. En ese momento, muchos ya daban como cierto el derrocamiento de Temer, y Globo siguió en la pelea, publicando el editorial “La Renuncia del Presidente”, el día 19.

Tal fue la furia de la Red Globo contra Temer que una verdadera ruptura entre el Grupo Globo, por una parte, y el Estado y el periódico Folha por el otro, se delineó: la primera con antorcha en la mano, los otros apagando incendios. Se explicó la caza de Globo de la siguiente forma: la JBS es una importante anunciante en el grupo. Así, la JBS daría la línea a Globo, y no al revés. Tesis estúpida, por supuesto, considerando que un mes antes el grupo de comunicación daba duros golpes en la empresa durante la Operación policial contra el crimen “Carne Fraca”. Globo, por lo tanto, era quien daba la línea abiertamente contra el presidente: la orden era derribarlo y, por elecciones indirectas o no, conseguir una figura más agradable, con mayor legitimidad y sin las cicatrices del golpe para llevar a cabo su proyecto económico –que incluía la Reforma de la Previsión Social, ahora provisionalmente enterrada–.

Segundo acto
El 17 de septiembre del año pasado el General Eduardo Villas Bôas hizo una aparición inesperada en el programa televisivo "Conversa com Bial", de Globo. Allí, explicó las declaraciones de su subordinado, General Hamilton Mourão, que la semana anterior había hablado de “intervención militar” si las instituciones no “solucionasen el problema político”. En Globo, a pesar de preguntas más o menos duras de Bial, se construyó la imagen de un general erudito, sensible y en contacto con los verdaderos anhelos del pueblo. El hecho de no haberse posicionado de manera enfática en relación a las declaraciones de Mourão pasó sin mayores problemas.

Tercer acto
Los generales del Alto Comando, en la intervención, reprochaban la idea de Temer. Dice Fabio Victor en un asunto publicado en la revista Piauí: “el tono entre [...] el Alto Comando fue de reprobación a la intervención en sí y al modo precipitado y anárquico con que la medida fue impuesta. El plan les parecía un festival de improvisaciones”. A esto se suma la indisposición en general de los militares en hacer frente a ese tipo de acción, por motivo simple: es inocua, porque el crimen en Río de Janeiro opera bajo la lógica de la guerra irregular, mientras que el Ejército es, por definición, una entidad regular. Así, la inevitable falla del Ejército, a largo plazo, se convierte en una mancha en su reputación. Sin embargo, el Comando pidió a Temer más recursos para la intervención, y medidas adicionales al decreto: mandados colectivos de búsqueda y aprehensión y reglas más flexibles para la tropa, entre ellas el permiso para disparar a civiles con “intención hostil”, así como la “garantía para actuar sin el riesgo de que surja una nueva Comisión de la Verdad”.

¿Cómo alguien puede estar contra la intervención y, al mismo tiempo, ser radical al punto de postular la quiebra de garantías aseguradas por la Constitución para llevarla a cabo? De la misma manera que muchos de estos generales, entre los que destaca el señor Villas Bôas, se dicen demócratas, pero defienden el Golpe de Estado de 1964 y atacan a la Comisión de la Verdad. No se trata de hipocresía, ni de delirio –es que entienden que, para un lado o para el otro, la movilización debe ser total y la guerra total–. Son militares, después de todo. El camino, para ellos, importa menos que como se camina por él.

Marielle en escena
El 28 de febrero, en medio de ese escenario de supuesta confusión, Marielle Franco asume el cargo de ponente de la comisión responsable de investigar la conducta y marcha de la intervención en Río de Janeiro. Electa concejala en el año 2016, aunque no fuera liderazgo partidario, fue la quinta más votada, y ya era reconocida por su militancia y participación en organizaciones de la sociedad civil, llegando a actuar como coordinadora de la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos y Ciudadanía de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro. Pero su carrera, signo de su compromiso con la lucha por los derechos humanos –y, en especial en ese momento, por la condena de la violencia, desigual y selectiva–, es el preanuncio del desenlace criminal y trágico de su vida.

El día en que iba a morir, Marielle cumplió su expediente en el Ayuntamiento y se dirigió a Lapa para participar en una actividad organizada por su partido. El debate tenía como tema activismo y emprenderismo para jóvenes negras, y contó con la participación de estudiantes universitarias, profesionales, artistas y militantes. En el camino de regreso a su casa, otro vehículo alcanzó al que la llevaba y, sin que hubiera intercambio de palabras, nueve disparos fueron hechos contra el carro; cuatro alcanzaron la cabeza de la concejala y otros tres la espalda de su chofer, Anderson Gomes, que estaba desempleado y trabajaba temporalmente como Uber. Ambos murieron a la hora.

Aunque la militancia de Marielle Franco estuviese fuertemente asociada a cuestiones de afirmación de identidad, y ella generara atención por ser una mujer, negra, periférica y bisexual, que había ascendido a una posición de poder, no fue ese el gatillo de su ejecución. Cuatro días antes del atentado, Marielle denunciaba la acción de la Policía Militar en el barrio de Acari, en Río de Janeiro: dos jóvenes habían sido asesinados y tirados en una zanja, y en la misma semana la policía anduvo por las calles amenazando a los residentes y disparando al azar. En sus palabras, “sucede desde siempre y con la intervención empeoró”. En la noche que antecedió a su asesinato, la concejala se habría pronunciado acerca de la muerte de un joven, en la comunidad de Manguinhos, que regresaba de la iglesia y fue alcanzado por dos tiros tras pasar por un retén policial. En su Twitter dijo: "¿Cuántos más van a necesitar morir para que esa guerra acabe?". Entonces la pregunta ahora es: ¿quién mató a Marielle?

¿Coadyuvantes o protagonistas?
Aunque las denuncias más recientes de Marielle se volvieran a los procedimientos abusivos de la Policía Militar –y a su agravamiento con el inicio de la intervención–, la concejala había integrado anteriormente, junto al diputado Marcelo Freixo, una Comisión Parlamentaria que investigaba las actuaciones de las milicias en Río de Janeiro. No fue por casualidad, entonces, que el crimen que la llevó a la muerte siguió el modus operandi de ese tipo de organización.

El informe de la Comisión deja claro que los milicianos poseen vínculos sólidos con políticos importantes del estado de Río de Janeiro –de otra manera, no habría necesidad de establecerla, y sus descubrimientos no habrían resultado en la cárcel de concejales y diputados cariocas–. Deja claro, también, que uno de cada cuatro integrantes de milicia es policía militar, y que el motor de esos grupos no es liberar o proteger civiles, sino generar ingresos individuales, como complementación, en el caso de los policías, o no. El pago por seguridad y servicios básicos, como suministro de agua, gas y hasta transporte, se hace mediante amenazas de asalto, depredación y muerte, y la postura de los milicianos oscila entre lo ostensivo y lo encubierto: coches grandes con vidrios oscuros, hombres de farda encapuchados, preguntas sospechosas y "desproporcionadas" sobre familiares y personas cercanas.

También hay un tercer hecho, no explotado por la Comisión, por su carácter puntual: aunque la Fuerza Nacional sea responsable de la seguridad del Estado, la palabra final viene siempre de los paramilitares. Así fue en las Olimpiadas –agentes del Ejército, responsables de la seguridad durante los juegos, no podían andar armados en la Zona Oeste de Río, bajo amenaza de muerte por las milicias locales–, ¿por qué no sería ahora? Curiosamente, el oficial responsable de la intervención hoy, General Walter Souza Braga Netto, fue también comandante de la seguridad en los juegos olímpicos y paralímpicos.

La verdad es que la ejecución de Marielle Franco trajo una nueva atención a la cuestión de las milicias en Río de Janeiro –que fue por mucho tiempo, y como estrategia de la derecha, mantenida en segundo plano, mientras la acción de traficantes y facciones permanecía bajo los reflectores–. A principios del mes de abril, el Ejército realizó una operación espectacular en la Zona Oeste de la ciudad, región de gran influencia miliciana, y arrestó a 142 milicianos. Aún es muy temprano, sin embargo, para saber si las Fuerzas Nacionales se interpondrán de hecho entre civiles y paramilitares.

El show debe continuar


El ocho de abril, Carlos Alexandre Pereira, colaborador de Marcello Siciliano (concejal llamado a declarar como testigo en la investigación de la muerte de Marielle), fue ejecutado. El reducto electoral de Siciliano se encuentra en la Zona Oeste de la ciudad. Los testimonios son sigilosos, y solo la policía tiene acceso a ellos. Se levantó la sospechosa de que Carlos tendría implicación con milicias. Los testigos afirman que, momentos antes del crimen, uno de los asesinos habría dicho “no te aproximen porque lo haremos callar la boca”.

Las incógnitas acerca de los ejecutores de Marielle (y ahora también de Carlos) permanecen, pero por poco tiempo: la verdad se aproxima a pasos largos. Resulta cada vez más evidente a quién sirve el militarismo –o el paramilitarismo–, de hecho, y los gritos que ellos silencian con proyectiles retornan en un coro difícil de ser contenido. El legado de Marielle Franco es la indignación, la inconformidad. Es la lucha. Pues como dice la canción, "Quien calla muere contigo / Más muerto que estás ahora".

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