Álvaro  Lozano Gutiérrez

Álvaro Lozano Gutiérrez

Saturday, 07 September 2019 00:00

Desempleo y explotación neoliberal

En su más reciente informe sobre desempleo en el país, el Dane ubicó en 10,7 por ciento el número de quienes no cuentan con trabajo, una de las cifras más altas de las dos décadas que constituyen este siglo.

Sin embargo, esta cifra no alcanza a reflejar la dimensión profunda de una realidad que el mismo Dane maquilla cuando dice que una persona con ingresos mensuales de $450.000 puede ser considerada de clase media. Es decir, quienes están desempleados pero por cuenta propia logran reunir algunos cientos de miles de pesos, no sobreviven, como corresponde en la vida real, sino que viven o bien viven.

Más allá de los números y cifras, es la realidad de los de a pie, los que sufren la realidad del desempleo, la que nos muestra la otra cara de la explotación capitalista y el proyecto neoliberal dominante en la actualidad.

“No creo que pueda conseguir un empleo formal, con sueldo, salud y pensiones”
“Vendo lo que se pueda en las calles. Casi tres años sin trabajo me obligan a rebuscármela como pueda, las deudas no dan espera y de hambre no se puede dejar morir. Yo trabajaba impulsando productos en almacenes de cadena, ya sabe, promocionando salsas, jabones o gaseosas para que la gente las compre. Pero la cosa comenzó a ponerse dura hasta que al fin las temporales, donde nos mandaban a firmar contrato cada tres meses, empezaron a ponerle problema a mi hoja de vida. Unas veces era porque ya tengo más de treinta años, otras porque no he podido estudiar y casi siempre porque tengo un niño de cinco años con parálisis cerebral. Así inicié el martirio de pasar hojas de vida por toda la ciudad, de aplicar a bolsas de empleo e incluso pagar ante la promesa de un trabajo que nunca salía.

Una vez encontré un anuncio en el periódico donde convocaban madres cabeza de familia para un proyecto productivo. Una vecina me cuidó a Mateito, mi hijo, y me prestó lo de un par de pasajes para poder ir a la cita. Cuando llegué a una oficina grande me explicaron que realmente se trataba de vender enciclopedias y libros en los colegios e incluso puerta a puerta. Pasé todo el día escuchando cómo se habla en público y se convence a la gente. Al final nos dijeron a más de once mujeres, que no habíamos ni siquiera almorzado, que no tendríamos un salario sino que pagaban un porcentaje sobre cada libro vendido, que la cosa era de berraquera y de querer salir adelante. Nunca me sentí más humillada.

Ante la falta de opciones recurrí a la calle, al transporte público. La primera vez que me subí a vender dulces a una buseta sentí que la vergüenza no me dejaba hablar. Al final una se acostumbra a que algunos miren con lástima, otros te ignoren y algunos sean solidarios. No creo que pueda conseguir un empleo formal, con sueldo, salud y pensiones. La cosa está muy dura y a mí se me está pasando el tiempo”.

“Un día el supervisor me entregó un sobre
azul”
“Un día me dijeron que ya no tenía empleo. Después de más de veinte años en una empresa de doblaje de metales me levanté una mañana con la angustia de no poder ir a mi estación de trabajo a ganarme el pan. Yo salí de un colegio técnico y después me especialicé en el Sena, estuve trabajando siempre en compañías grandes donde tuve todas las garantías: salud, pensiones, vacaciones… o bueno eso pensaba. La única garantía que no te dan es que con el pasar de los años, cuando te faltan las fuerzas y el cabello se te pone blanco, puedas competir con los más jóvenes por un trabajo cada vez más duro y peor pago.

De esta realidad comencé a darme cuenta desde antes que me echaran, haciendo el turno nocturno. Entraba a las nueve y salía rayando las seis. Cada vez sentía más el desgaste: algunas piezas me comenzaron a salir mal y estaba muy irritable, incluso con mis hijos. Obviamente me enfermé con más frecuencia, al principio era una gripa prolongada o dolores de estómago que no me dejaban comer bien. Un turno de noche es como trabajar sin descanso cinco días seguidos.

Un día el supervisor me entregó un sobre azul… todos sabíamos que era una hoja de despido. Lo interesante es que ni siquiera tenía mi nombre bien escrito. Aunque la persona de la oficina del segundo piso me dijo que no había problema, yo sentí que era una humillación final. Que después de veinte años solo recibes un sobre azul con tu nombre a medio escribir… que no vales nada.

Estuve un tiempo buscando empleo en lo mismo, pero siempre me rechazaban por la edad. Levanté bultos en la plaza de abastos hasta que las fuerzas me lo permitieron. Hoy, con más de sesenta años, vendo helados por la calle empujando un carrito a sol y lluvia. Creo que este Gobierno no se interesa lo más mínimo por la gente como yo”.

“Hoy estoy en la casa con la angustia de cómo conseguir trabajo”
“El accidente lo tuve comenzando este año. La empresa para la que supuestamente estaba trabajando contrata gente con moto o bicicleta para entregar domicilios. Las personas contactan por celular y en menos de quince minutos ya tienen su pedido en la casa… lo pintan como el negocio del siglo.

Lo cierto es que tenía más de dos años saltando de un empleo informal a otro. Repartiendo papelitos de publicidad en la calle, empacando productos en almacenes de cadena y cuidando carros en parqueaderos públicos. Cuando llegué a la casa con el morral de la compañía pude notar cómo los ojos de mi hijo se encendían de alegría: ahora podría decir en el colegio que su papá tiene un trabajo.

Pero las esperanzas se desvanecieron rápidamente. Debía entregar un pedido de comidas por el centro de Bogotá, cuando por el afán me le atravesé a un taxi. Después solo me acuerdo que estaba en el hospital con una pierna y varias costillas rotas. La tal empresa, de innovación y negocios en internet, nunca afilia a sus trabajadores al régimen de salud y ni hablar de otras garantías que son de ley. Casi pidiendo limosna entre amigos y familiares pudimos pagar la cuenta del hospital, y hoy estoy en la casa tratando de recuperarme y con la angustia de cómo conseguir trabajo después.

Yo siempre dije que el que no trabaja es porque no quiere, que si algunos salen adelante –a pesar de las condiciones difíciles– eso indica que todos podemos. Ya sabe, los discursos que nos mete en la cabeza la derecha para que la gente no salga a protestar y termine pensando que la culpa es de uno. Hoy me he preocupado por leer más, y estoy seguro que si antes lo hubiera hecho hoy estaría mejor… o por lo menos no tan jodido. Pienso en el futuro de mi esposa y mi hijo, y a veces me da por largarme de este país donde no hay oportunidades para nadie. ¿Pero si todos nos vamos… quien podrá cambiar esta vaina?

El campo intelectual de nuestro siglo se ha caracterizado por un giro hacia teorías que desprecian los aportes del marxismo a las ciencias humanas y los movimientos revolucionarios. En lo que Pierre Bordieu llama la “vulgata planetaria” un nuevo lenguaje trata de empoderarse de la historia, la sociología, la ciencia política y la filosofía. El resultado es la proliferación de discursos funcionales al sistema capitalista depredador, que se declaran como verdad absoluta dentro de las instituciones del saber.

En nuestro país fue la apertura económica de Gaviria de mano de los “Chicago boys”, la que puso de moda esta nueva jerga dentro de los estudios sociales: gobernabilidad, coalición de clases, acción comunicativa, organización no gubernamental, tribus urbanas. El sueño revolucionario se cambia por la pesadilla del mercado. Asimismo, durante la “política de seguridad democrática” de Álvaro Uribe Vélez, los intelectuales en masa se plegaron al poder sobre tesis como “en Colombia no hay conflicto” o la necesidad de derrocar el pensamiento crítico, que según “analistas” como Alfredo Rangel o Rubén Darío Acevedo, son la causa verdadera de la emergencia de las guerrillas en Colombia.

Por fortuna, historiadores como Renán Vega Cantor dan muestras de una inquebrantable honestidad ética e intelectual, que se evidencia en cada una de sus investigaciones. Puestas al servicio de la formación de nuevos revolucionarios y actores sociales de nuestro país, son un referente obligado de aquellos que buscan una alternativa humana al sistema explotador que nos ha sido impuesto por cínicas clases gobernantes. A continuación, analizaremos algunas claves para la lectura de su obra.

La historia desde los marginados
Si bien en los años sesenta la llamada “Nueva Historia” clamaba por la revisión del relato nacional en clave del materialismo histórico, bien pronto los representantes de este movimiento fueron cooptados por las instituciones del Estado. El resultado fue la trivialización de las investigaciones que se convirtieron en un continuo elogio a la clase política colombiana y de los industriales que, entre otras cosas, pueden pagar por las publicaciones y tienen gran influencia en los comités de las universidades y centros del saber.

La obra de Renán Vega parte de los presupuestos de una historia que indague sobre los verdaderos constructores del país: los movimientos sociales. Gente Muy rebelde (2002) da cuenta de las luchas, derrotas y victorias de obreros, campesinos, mujeres, indígenas y artesanos, aquellos que precisamente fueron borrados por el relato oficial. De manera crítica y con un gran rigor investigativo logra dar cuenta de la disputa entre clases sociales, la llegada del capitalismo periférico a nuestro país, el avance de ideas libertarias y las formas de organización evidenciadas en huelgas, paros cívicos, creación de prensa alternativa y el fortalecimiento de los sindicatos. Una verdadera labor arqueológica en un país donde las fuentes documentales y de archivo se han perdido irreparablemente, bajo la mirada atenta del poder.

Rescatando las categorías del marxismo
La obra de Renán Vega no teme llamar las cosas por su nombre, sin eufemismos ni verdades a medias. En este sentido rescata las categorías centrales del marxismo que son las únicas capaces de interpretar la actual fase de la explotación capitalista. En su obra Un mundo incierto, un mundo para aprender y enseñar (2007), hace una revisión pormenorizada de fenómenos como la globalización, la sociedad de la información, la sociedad civil y la multitud. De esta manera logra problematizar tales categorías para mostrar que son parte de un antiguo fenómeno que ya Marx leyó en clave de explotación, imperialismo, acumulación del capital, precarización de las condiciones laborales y lucha de clases.

Va más allá de un discurso que avale la idea del fin de la historia, se hace un esfuerzo por analizar los acontecimientos desde sus causas estructurales. El mundo, que vio la caída del socialismo real, está muy lejos de llegar al paraíso del consumo. Por el contrario, la explotación de hombres, mujeres y niños ha alcanzado cotas similares a las de hace dos siglos, aunque se ha cambiado las minas de carbón por grandes maquinas enraizadas en el tercer mundo. Los condenados de la tierra están siendo triturados por el gran monstruo del capitalismo global.

Socialismo en clave ecológica
En obras como Capitalismo y despojo (2013) y Los economistas neoliberales: nuevos criminales de guerra (2005), se explica que la actual crisis ecológica va más allá de los ciclos de extinción natural, y se debe más bien a la incompatibilidad absoluta entre la supervivencia del planeta y el actual modelo económico. El mundo se ha convertido en el botín de grandes corporaciones que se encuentran establecidas en los antiguos centros del capitalismo. Desde allí dirigen la explotación de grandes masas humanas, la guerra por los recursos naturales, el despojo de campesinos y decretan la muerte de millones de inocentes.

La dependencia económica de las grandes potencias por el petróleo y otras tecnologías contaminantes está condenando al planeta a una muerte lenta, que no obstante ya muestra su cara más amarga en la desaparición de miles de especies naturales. Por primera vez en nuestra historia estamos en el umbral de la extinción, y esto se da mientras los magnates de la industria son exaltados como modelos a seguir, cuando en realidad como en el poema de Ozymandias solo nos condenan a unas “colosales ruinas, infinitas y desnudas”.

La historia como herramienta de la revolución
Si bien la enseñanza de la historia fue prácticamente eliminada de los programas educativos en Colombia, uno de los proyectos más ambiciosos de Renán Vega ha sido rescatar su estudio crítico y su articulación a las luchas de los diferentes sectores sociales. Esto en medio de un esfuerzo de las oligarquías por eliminar todo indicio del pasado o reescribir el relato nacional en clave heroica y empresarial. Obras como ¿Fin de la historia o desorden mundial? (1994), Historia, conocimiento y enseñanza (1998), Colombia y el imperialismo contemporáneo (2014), hablan de la importancia de conocer el pasado para poder transformar nuestro presente y soñar con la utopía de un futuro distinto.

La historia se convierte en la consciencia de los pueblos que luchan por su liberación, y si bien esta ha sido escrita por los vencedores, es necesario encontrar el lugar de la revuelta popular y el levantamiento en la construcción del relato verdadero. Así no es el transcurrir del tiempo sino la humanidad y la revolución que se echan a andar buscando su lugar en la memoria.

En suma, se puede afirmar que la obra de Renán Vega ha sido un remar a contracorriente, una búsqueda incesante por la verdad y una reivindicación de aquellos que han sido negados siempre por la historia oficial. Su esfuerzo, lejos de mantenerse en un oscuro gabinete de la Universidad, se ha encaminado a recuperar la memoria de aquellos que lucharon y luchan por la dignidad de nuestro país. En este sentido es lo que Gramsci llama un intelectual orgánico y comprometido.

Thursday, 11 April 2019 00:00

¿Quién escribe la historia?

La embestida de la derecha latinoamericana, si bien es preocupante, no es para nada novedosa. Lo vemos claramente en el discurso militarista e intolerante de Jair Bolsonaro en Brasil, la jerga neoliberal de Mauricio Macri en Argentina y en el triunfalismo lastimero de Iván Duque en Colombia. Y precisamente uno de los viejos proyectos de la oligarquía será reescribir la historia, fundar un relato, tener un control total sobre la memoria colectiva de cada uno de sus ciudadanos.

Es así como el nombramiento de Rubén Darío Acevedo como director del Centro Nacional de Memoria Histórica, avizora la puesta en marcha de una estrategia que tiene como fin borrar los últimos cincuenta años de conflicto armado y de lucha de los diferentes sectores sociales golpeados por el poder estatal en nuestro país. Así como María Fernanda Cabal negaba tranquilamente la masacre de las bananeras (1928), amplios sectores de la derecha han creado un relato oficial de la violencia según el cual, por ejemplo, Pablo Escobar patrocinó la toma del palacio de justicia por parte del M-19, o la violencia sicarial en Medellín comenzó cuando el mismo M-19 repartió las armas hurtadas al cantón norte en Bogotá, tal como afirman sendos académicos de las universidades sin ningún rigor histórico o apego a la verdad.

Acevedo niega el conflicto armado en Colombia, sus víctimas, sus actores y sobre todo sus beneficiarios en una dinámica de negacionismo que nos condena a repetir los ciclos de violencia de manera sintomática. Pero veamos cómo el proyecto de fundar un relato propio es parte del discurso de las oligarquías en nuestro país.

Relato nacional en clave heroica
El proceso de construcción de la mayoría de las jóvenes naciones americanas pasó por el crisol de la guerra. La guerra de separación norteamericana llevó a los sectores más proclives al capitalismo industrial depredador a hacerse con el poder, mientras que del río Bravo (sur de Estados Unidos y norte de México) hacia abajo los sectores más retardatarios impusieron patrias fragmentadas, feudos familiares, donde las buenas costumbres, la fe y la gramática marcaron el rumbo intelectual por casi medio siglo.

Las incesantes guerras civiles en Colombia conocieron su cenit con la llamada “Guerra de los Mil Días”, la cual impuso el proyecto conservador donde la fe tuvo un papel fundamental en su sostenimiento. La construcción de la Iglesia del Voto Nacional (1899) junto a la firma de concordato con la Iglesia católica (1985) y la creación de la Academia Colombiana de Historia (1902), se encargaron de imponer un discurso de paz de los vencedores y construir un relato nacional basado en un pasado heroico, donde los padres de la patria inauguraron el tiempo a la manera de patriarcas bíblicos.

Más allá de reflexionar sobre el pasado inmediato (la guerra civil), los textos escolares y disertaciones universitarias se trasladaron al grito de la independencia y la campaña libertadora. La figura de Santander se ató al progreso de la patria y a un proyecto donde las haciendas y los apellidos heredados de la colonia serían los que dominen la nación.

La Academia Colombiana de Historia (donde sus primeros cultores no eran historiadores) ha creado el nuevo relato nacional donde los valores son representados por el caballero católico (Kempis), fino en sus maneras (Carreño), orgulloso de su pasado heroico (Henao y Arrubla) y bien hablante de la lengua (Caro y Cuervo).

Reconciliación nacional y educación cívica
El asesinato de Jorge Eliecer Gaitán incendió el país en un periodo conocido eufemísticamente como “La Violencia”, verdadera guerra civil que terminó en una dictadura militar y un pacto de partidos o “Frente Nacional”. El pacto, redactado por las familias más poderosas del país en España, repartió el poder político y económico en periodos de cuatro años. Las estructuras partidarias ostentaron los cargos gubernamentales y redujeron la democracia al rito del voto.

En este contexto el Ministerio de Educación replanteó la enseñanza de las ciencias sociales en clave de educación cívica. La recuperación de los símbolos patrios, la historia leída en clave heroica, la urbanidad y las buenas maneras, unidas a la historia sagrada reconfiguraron el relato nacional. En este, las grandes diferencias aparecieron ya desde la independencia y se redujeron a la perniciosa influencia de las revoluciones en nuestro país: el nuevo enemigo hizo su aparición en una conjura que amenazaba nuestra nación y sus valores. La revolución francesa (1789) y la revolución rusa (1917) y sus agentes (masones y bolcheviques) eran aquellos a quienes había que derrotar a través de una adecuada guía de la escuela y la iglesia.

Durante esta etapa que se extendió a hasta comienzos de la década de los noventa, la élite recicló a intelectuales como German Arciniegas con un discurso hispanista, de rancio abolengo racista. Se construyó una visión de la historia nacional sobre un pasado heroico y en franca dialéctica con una pretendida conspiración bolchevique internacional.

Los noventa y la apertura hacia el futuro
La apertura económica de Gaviria de mano de los “Chicago Boys” puso de moda una nueva jerga dentro de los estudios sociales: gobernabilidad, coalición de clases, acción comunicativa, organización no gubernamental. El sueño revolucionario se cambió por la pesadilla del mercado. Pero fue durante la “política de seguridad democrática” del Álvaro Uribe Vélez cuando los intelectuales en masa se plegaron al poder sobre tesis como “en Colombia no hay conflicto”, o sobre la necesidad de derrocar un pensamiento que según “analistas” como Alfredo Rangel o Eduardo Pizarro, era la causa verdadera de la emergencia de la guerrilla en Colombia.

Por otro lado, comenzó la persecución contra líderes sociales, ellos intelectuales orgánicos al servicio de las causas de los campesinos, obreros, estudiantes, víctimas del terrorismo de Estado y paramilitar. Intelectuales como Alfredo Correa de Andreis, Miguel Ángel Beltrán, Liliani Obando, Javier Díaz, Patricia Sanabria, Carlos Medina Gallego, Renán Vega Cantor, entre otros, pagaron con su libertad y algunas veces con sus vidas su lealtad al pensamiento crítico y su oposición a las formas de pensamiento único que campean impunemente por la academia. La característica principal de estos es el compromiso inquebrantable con el saber, la negación a los discursos de moda, pero también actuando al margen o paralelamente con la academia, para la construcción de nuevos espacios para la verdad, para la militancia, para el pensamiento crítico.

El proyecto del Centro Democrático de sancionar a los docentes que “adoctrinen” a sus estudiantes, o la publicación de cartillas donde se ponderen los “beneficios” de la “Seguridad Democrática”, no es más que recalcar el proyecto de las élites de re escribir el relato nacional, de apoderarse del pasado para también poseer el futuro.
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Hoy día entre el ruido del post conflicto se avizora un conflicto viejo, soterrado y oculto por los medios y la academia: el conflicto social. Es tarea de los intelectuales el no dejar que “la paz” como discurso movilizador de sensibilidades frene la protesta social, el llamado a las conquistas de la clase trabajadora y, por qué no, el giro de Colombia hacia el socialismo del siglo XXI, porque bien entiende quien escribe estas palabras que, parafraseando la frase de Foucault con respecto a Deleuze, “el siglo XXI será socialista o no será

Thursday, 21 February 2019 00:00

Educación crítica y movimiento social

Hoy, cuando de nuevo se abre el debate sobre la educación en Colombia, es necesario llevar el tema un poco más allá de la coyuntura del financiamiento y el acceso a la universidad. Y esto nos lleva a recorrer el camino ya transitado por los sectores sociales para ganar espacios dentro de la educación formal. Esta es una disputa con memoria.

A finales de la década de los ochenta una de las grandes problemáticas era la cobertura en los primeros niveles de enseñanza y el bachillerato. Viejas fórmulas se veían a medio camino cuando enfrentaban la realidad de infraestructuras deficientes, que no daban abasto para una población cada vez más concentrada en las principales ciudades de nuestro país. La Ley 115 de 1994 dio paso a un proyecto donde la modernización, por lo menos en el discurso, necesitaba transformar los colegios públicos en receptores efectivos de quienes se acercaban a las aulas tratando de procurarse un mejor futuro.

Si bien los indicadores en cobertura aumentaron de manera exponencial, lo cierto es que se logró debilitar al movimiento magisterial e implantar un modelo educativo propio de los países capitalistas periféricos: educación para el trabajo, logros, competencias, estándares. Una nueva vulgata tecnocrática vino a reemplazar la reflexión educativa crítica que apenas una década atrás había bebido de las fuentes de Paulo Freire, Lola Cendales, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, entre otros.

La Ley 30 de 1993 creó la ilusión de un Estatuto Universitario estable para un país que entraba en el escenario internacional con una nueva Constitución. Lo cierto es que, como ahora es evidente, se desfinanciaba la universidad pública, se planteaban ciclos más pensados para el trabajo que para el desarrollo tecnológico y se creaban instituciones a medio camino (universidades de garaje) que supuestamente cubrirían el déficit en cobertura de la educación superior. Los gobiernos de turno nombraron rectores más interesados en imponer reformas afines al capital. Ante este panorama, el estudiantado ha luchado y se ha movilizado por décadas.

Por otro lado, los movimientos sociales se fortalecieron a pesar de los embates de la apertura económica de Gaviria, el neoliberalismo de Samper y Pastrana, los dos gobiernos de Uribe, y la estigmatización hacia todas las formas de resistencia.

En la búsqueda de una paz negociada las bases incitaron, en la educación popular y alternativa, una reflexión que definiera el cómo de la construcción de nuevos escenarios de lucha ante el gran capital. Los medios de comunicación alternativa llegaron para acompañar y aportar en el camino de la formación de nuevos líderes que entendieron que la estrategia para el cambio debe ser integral y debe abarcar varios frentes de construcción de lo público.
Hoy, la educación necesita ser pensada en clave de la lucha y de los movimientos sociales, y en este sentido no puede alejarse del pensamiento crítico. Es por eso que la educación debe ser una educación crítica, que dé cuenta de los problemas y retos de la actualidad. En este sentido, no puede alejarse de la coyuntura o acontecer cotidiano, ni de las causas estructurales de los hechos. Debe ser una educación que dé respuesta al hoy para la construcción del mañana; siguiendo a Foucault, una “ontología del presente”. En este sentido el objetivo es crear sujetos libres, capaces de leer su entorno y transformarlo colectivamente. No una educación de contenidos con la cual prime el bien individual y el “éxito”.

También debe ser una educación popular, que emerja de las bases, de los movimientos sociales, dando espacio para la singularidad de los mismos. Por eso debe ser una educación originaria, raizal, obrera, estudiantil, urbana y campesina, que recoja las luchas de los actores sociales subalternos, tan pacientemente olvidados por la historia oficial, para iluminar los nuevos escenarios de resistencia. Así, es de suma importancia reconstruir archivos propios, escribir la historia de los colectivos, y dejar un insumo invaluable para futuras luchas.

Debe ser una educación liberadora. Como ya lo anunció Paulo Freire, no basta con un discurso pedagógico bancario (con saberes acumulados) sino que es necesario una dinámica donde el sujeto se construya y transforme al mismo tiempo que su entorno social. De lo contrario, la universidad seguirá siendo una simple reproductora de saberes del capitalismo. No asumir la educación del opresor es también no asumir su proyecto. Una educación verdaderamente liberadora y libre es capaz de pensar por fuera del capital y construir un mundo verdaderamente humano.

Debe ser una educación inclusiva, que borre las barreras construidas artificialmente entre los saberes teóricos y los prácticos. Esto es más notorio en los procesos sociales de base, donde han retrasado la integración de profesionales, muchos de ellos salidos de sus propias entrañas, proyectados a las dinámicas de transformación de las comunidades. Pero también una educación capaz de pensar en términos de alteridad, donde sea posible acoger los diferentes saberes originarios y ancestrales; donde la diferencia no sea un obstáculo sino un pilar sobre el cual construir.

Finalmente, debe ser una educación en sintonía con nuestra casa común, dado que uno de los grandes temas a trabajar en nuestras comunidades es el cuidado del planeta en sintonía con una ecología profunda. Leonardo Boff la plantea como una lucha más allá de los tópicos aceptados por el capitalismo. El sistema capitalista y la existencia del planeta son incompatibles, no entenderlo así solo produce reflexiones funcionales a un sistema depredador. Un nuevo paradigma debe surgir, donde el ser humano se reconozca como parte de un entramado de relaciones que lo obliga a replantear su proyecto, donde la tierra está en el centro como un ser vivo.

El debate por la educación y el rol de la universidad se extenderá en clave de resistencia durante el actual gobierno. Se avecina toda una etapa de movilización, reflexión y unidad. Los hombres y mujeres que componen los diferentes movimientos sociales están dispuestos a trabajar un país mejor. Citando a una de mis estudiantes, “un lugar en el mundo donde la hogaza no se haga roca, ni los ríos sean sangre”, un país donde pensar y actuar diferente sea sinónimo de cambio.

Friday, 02 November 2018 00:00

¿Qué queda de la Iglesia de los pobres?

El 68 fue un año que marcó la emergencia de grandes luchas revolucionarias: los jóvenes de París decidieron sacar las estructuras a la calle y declararse en rebeldía ante un gobierno anquilosado en la guerra fría. Vietnam enfrentó a sus enemigos imperialistas al igual que incontables naciones africanas que se reconocieron como “los condenados de la tierra” y gritaban por su libertad. Mandela, Fidel, el Che, Lumumba, Mosaddeq, Martin Luther King y Macolm X, dieron su voz a aquellos que siempre habían sido negados por la historia.

Entre tanto, en las selvas de Centro América, en los grandes “Certaos” de Brasil y en los pueblos mineros de Chile y el Perú, nació una nueva manera de leer en evangelio, de reconocer al Dios de los pobres: habría nacido la Teología de la Liberación.

Los comienzos
Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se puso al día con el mundo moderno, amén de su patente culpa, por acción u omisión, en los males que aquejaron al mundo en las guerras de la primera parte del siglo XX. La Iglesia feudal, escolástica y poderosa, sencillamente no estuvo a la altura de las circunstancias históricas, y peor aún, demostró que estaba muy lejos del compromiso concreto que la fe exigía.

Esta reflexión llegó de manera diversa a América Latina. Si bien la filosofía de las luces guio la reflexión europea hacia una nueva fe madura, atenta a los retos de la mayoría de edad de la humanidad, en nuestro continente fueron las diferencias sociales las que marcaron el rumbo de la nueva forma de comprender el misterio de Dios. Lo que la escolástica tardía denominó la inmanencia, llegó en la Teología de la Liberación a identificarse con el mundo social, este explicado desde las categorías del marxismo. América Latina se vio como un continente en gran atraso económico y cultural, con grandes males como el hambre, el desempleo y la violación sistemática de los derechos humanos. Solo la filosofía de Marx en sus diferentes versiones podía dar cuenta y solución a estas situaciones, denominadas en el documento de Medellín como de “injusticia institucionalizada”.

Teología Acto Segundo
En nuestro continente, gran parte del trabajo intelectual se realizó en las universidades, que en su mayoría se cerraron endogámicamente sin dar cuenta de la realidad que las rodeaba y a la que debían responder con las armas de la inteligencia. El filósofo y el teólogo eran pues intelectuales encerrados en torres de marfil que al fin de cuentas servían al poder desde sus abstracciones, pues eran ciencias divorciadas del mundo. Los años sesenta fueron en América Latina una década de efervescencia de diferentes grupos y reflexiones de militancia política. Entre estos estaban, de manera especial, las Comunidades Eclesiales de Base (Cebs), que como células de organización plantearon verdaderos cambios sociales en los diferentes escenarios donde actuaban. Se puede resumir como un espacio de fe, de reflexión política y de praxis concreta para la liberación.

Esto cambió el lugar del teólogo y el intelectual; la reflexión se convirtió en acto segundo, en cuanto viene después del actuar liberador de la comunidad y el pueblo. La primacía no estuvo en la “ortodoxia”, sino en la “ortopraxis”, en el compromiso encaminado a la trasformación concreta de las realidades injustas. En este sentido, la comunidad no era objeto de la reflexión, o de una lastimera caridad de parte de la Iglesia institucional, sino sujeto mismo que genera saberes y procesos emancipatorios.

La fe encarnada en la historia
La fe se sintetizó como militancia, como identificación con la utopía del Reino de Dios, que no es más que el Reinado de la justicia del Dios liberador sobre la historia, la concretización de las más altas realizaciones humanas con la transformación de la sociedad, a partir de la socialización de la propiedad y la eliminación del pecado, entendido este como la negación del otro, y el egoísmo basado en la acumulación y la propiedad.

Por esto, la fe se comprometió con las luchas del pueblo, y no de manera abstracta. Fe es compromiso, encarnación en el sufrimiento de las grandes mayorías oprimidas. Los movimientos emancipatorios en lugares como Brasil, Nicaragua y El Salvador vieron cómo los cristianos comprometidos estaban en primera fila para encarar las luchas por la tierra, la defensa de los derechos humanos, la democratización, y la lucha contra las dictaduras.

Si consideramos todo el proceso de la Teología de la Liberación, nos encontramos con una diversidad de enfoques, de métodos y de contenidos. Esto se debe a la libertad en la creación, y a que cada teólogo le imprimió su propio talante, desde sus posibilidades y limitaciones, a la iluminación de ese complejo camino histórico que es la liberación del pueblo detrás del plan de Dios. Pero detrás de esa diversidad hay una unidad fundamental que es lo que permite hablar de una Teología de la Liberación. Esa unidad se ha conseguido en la medida en que la Teología de la Liberación se ha construido desde y para el pueblo oprimido, como lugar originario de la reflexión teológica. Esta teología ha estado más interesada en la liberación real que en la belleza formal de sus reflexiones sobre sí misma. Lo que unifica en el fondo a la Teología de la Liberación es la decidida voluntad de ponerse al servicio de la realidad para transformarla, y no meramente explicarla, y menos aún para perpetuarse a sí misma como teología.

Este nuevo modo de hacer teología lo vemos como un modo de superación de las teologías que se han entregado a nuestro continente, y que han sido importadas histórica y geográficamente. También a nivel de teología es una superación de esta, pues el teólogo es capaz, desde su subjetividad, de liberarse de las ataduras teóricas e ideológicas que se le ha impuesto, siendo capaz de explicar la realidad sin a priori, viendo el continente y sus situaciones como son y no como el aparato ideológico dominante quisiera explicarlo para su justificación.

En la Teología de la Liberación, el pueblo explotado toma la palabra para interpretar su realidad y poderla transformar. Hoy, cincuenta años después de la conferencia de Medellín, que reconoce como necesaria la reflexión sobre los pobres de nuestro continente para su emancipación definitiva, será de nuevo en las Comunidades de Base, en los más humildes, en los líderes que dan su vida por el pueblo, donde se mantenga viva la llama de la Teología de la Liberación.

Wednesday, 08 August 2018 00:00

Esta tierra que habitamos

Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza de su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar, abandonando todo lo que poseían.

Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.

–Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.

–Estoy cansado y tengo hambre.

–No se preocupe Esteban, apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.

Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pié en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas, entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.

–En esta habitación nació usted.

Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.

–Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.

Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro. Recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.

En la mañana, Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
–Compadre, esta tierra está enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del Gobierno nos dicen que es mejor venderla.

Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.

–Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.

– ¿Y entonces que van a hacer ustedes?

–La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.

– ¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.

–Compadre, no es cosa de muertos, es cosa de vivos. Si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.

Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.

–Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Sí, para mi esa hambre es peor.

Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el Gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaría. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.

Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lástima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.

–Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.

Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos porque incluso los ríos se negaban a dar su consuelo. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.

-Martha, amor, ¿qué nos queda?
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llegó la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.

Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos. Cuando despertaron, los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.

*Miembro colectivo literario Surgente. Texto ganador del primer premio del concurso cuento corto Agenda Latinoamericana 2017

Saturday, 07 July 2018 00:00

Memoria indeleble

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

En mi caso, por ejemplo, tardé muchos años en entender por qué los noticieros hablaban de bajas de combate. En casa, mi padre los llamaba “comunicados de guerra” y en mi inocencia le preguntaba si iban a atacar nuestra casa o tendríamos que salir con nuestras cosas a la mitad de la noche. En el colegio cantábamos el himno nacional y nos emocionaba la bandera y la escarapela. Simulábamos los combates de la independencia, el paso de Bolívar por los Andes y con amplio dramatismo decíamos el “general salve usted la patria”. Ahora que soy mayor puedo recordar muchas cosas de manera distinta, en realidad ahora lo comprendo. La mitad del país se mataba desde hacía más de cincuenta años, varios de sus municipios recibían el eufemismo de “zonas rojas” y en ellos los actores armados marchaban campantes ante la falta de Estado.

Los noticieros pasaron de los carros bomba del narcotráfico a las imágenes brutales de las masacres paramilitares. La Rochela y El Naya vinieron a colmar nuestras pesadillas, por otro lado, los policías y militares secuestrados pedían un canje atrás de las alambradas de los campos de prisioneros en la mitad de la selva. Pastrana solo, en una mesa de negociación, era la imagen lacónica de un país desesperado por el horror, pero indiferente ante la tragedia.

La “seguridad democrática” emergió como una doctrina salvadora, como un dogma que reunía al país en torno a un mismo proyecto nacional: acabar de una vez con el enemigo interno. Una de estas estrategias se centró en la creación de una nueva imagen de las fuerzas militares: los héroes en Colombia sí existen. De esta manera el proyecto homogeneizador se expresaba en la creación de una nueva lectura de la historia nacional en clave anti-terrorista. Las fuerzas armadas cumplirán una misión no solo de ejercicio de la fuerza sino simbólico. “La gente espera de la iglesia valores, de la televisión entretenimiento y de su ejército autoridad”.

Y un día, en un país donde el conflicto nos había blindado para aceptar lo peor, las noticias nos mostraron que los horrores pueden multiplicarse en los cuerpos de los inocentes. Jóvenes del municipio de Soacha, colindante con Bogotá, aparecieron muertos en combates con el Ejército. La noticia no era nueva, normalmente los guerrilleros venían de zonas pobres, de pueblos donde la falta de oportunidades o el reclutamiento forzado los hacía parte de la cifra de aquellos que hacían de la guerra su forma de vida. El problema comienza cuando diferentes Organizaciones de Derechos Humanos denunciaron el traslado de civiles bajo engaños, que posteriormente fueron presentados como combatientes abatidos. Los falsos positivos hacían su aparición.

La primera vez que hablé con Gloria se disculpaba de no tener más fotos de Luis, su difunto esposo. Durante más de trece años pensó que la había abandonado con su hijo de apenas dos años y una criatura de cinco meses que venía en camino. Con la aparición de una cédula, guardada por un paramilitar confeso, se reveló que este había sido llevado a las afueras de Bogotá y asesinado para encubrir la fuga de dos guerrilleros.

Sandra por su parte me dice que todos los días habla con su hijo. Siente que la escucha desde los objetos que guardan sus recuerdos. Las fotografías recorriendo Monserrate, las sábanas que algún día conservaron su calor, algunos juguetes. Diego la escucha y la acompaña en su lucha por la verdad. Murió hace doce años en Cúcuta, Norte de Santander a manos de un batallón de contraguerrilla. En su caso había partido con la promesa de un trabajo a recoger café.

Raúl Carvajal Pérez, de 63 años, todavía es recordado por exponer el cadáver de su hijo Raúl, de 29 años, en la plaza de Bolívar. Militar de carrera, se había negado a un procedimiento donde se incluía asesinato de civiles. Las insignias con las que alguna vez soñamos de niños ahora cubren el féretro que viaja en un destartalado camión.

Si bien el Fiscal de la nación afirmó en algún momento que esos jóvenes “no fueron a recoger café”, la verdad se hacía patente, escandalosa e incómoda. El filósofo Guillermo Hoyos, una de las glorias del pensamiento colombiano, lo denuncia en unas jornadas académicas en Brasil. Al igual que el jesuita Javier Giraldo que pide a los organismos internacionales presionar al gobierno de Álvaro Uribe Vélez para cesar con los asesinatos de líderes sociales y civiles.
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Y esto es tal vez lo que me llevó a entender lo monstruoso del acto en sí. Estos jóvenes no eran guerrilleros, no eran paramilitares, ni colaboradores, ni simpatizantes, ni líderes estudiantiles o reclamantes de tierras. Muchos de ellos ni siquiera habían registrado su cédula para votar o habían hecho parte de una marcha para exigir algún servicio público. No, solo eran jóvenes que buscaban una oportunidad de trabajar, una manera de colaborar con sus familias que ya en sí vivían una situación precaria en lo económico. Las víctimas podíamos ser todos o cualquiera. Y las estadísticas lo demostraban.

Hoy se sabe que el primer caso de ejecuciones extrajudiales es el de Jeisson Alejandro Sánchez, de 16 años en 1984; que a partir del 2002 obedecieron además a incentivos para los militares que mostraran resultados operativos y que los casos se registraban con más frecuencia en la cercanía de Bases militares estadounidenses. La sociedad civil lo acepta y lo mira como parte del conflicto e incluso políticos ponen de vez en cuando el dedo en la llaga argumentando que los muertos eran un problema para su comunidad y que en muchos casos se agradecía al Ejército.

Mientras miro el Centro de Memoria Histórica en Bogotá, me doy cuenta que estoy muy lejos de armar una historia de la guerra. Los monumentos se han dispersado por el país para crear un pasado glorioso y la apariencia de una nación fuerte y soberana. La verdad es que aquí solo el silencio evoca la memoria de los muertos y nos recuerda que cientos de madres marchan los jueves en la Plaza de Bolívar como testimonio de una verdad negada.

Friday, 01 June 2018 00:00

La esquina

La luz que se colaba por el ancho ventanal reveló el comienzo de un nuevo día. Su mirada se posó en el techo recorriendo las grietas e imperfecciones que tal vez le mostrarían el lugar donde se encontraba. Las paredes de la mina eran angostas y en los paneles el ruido se amplificaba apabullante. Con una bocanada de aire reafirmó que no estaba bajo tierra: ya no habitaba el infierno de Potosí.

Los socavones habían devorado a su padre y a su abuelo, quienes trituraban la piedra para recoger la piltrafa del cobre. Su madre empujó el pesado vagón hasta que un día sus pulmones exagües se negaron a respirar el aire malsano y rencoroso. Todo se lo había arrebatado. Incluso ese fantasma se apoderaba de sus sueños ahogándolo en la incertidumbre de no saber si era libre o estaba enterrado en vida.

Cruzó la frontera hacia el sur. Ahora en una ciudad que no le pertenecía le arrancaba a las calles algunos pesos, que si bien no eran muchos, le permitían el privilegio del sol acariciando su espalda y a veces una comida digna. Había vendido de todo: cigarrillos a las afueras de los salones de baile, dulces en los cinemas, agua en el cruce de los semáforos y calendarios en las rutas de los colectivos. Recorría mil veces las intersecciones y avenidas voceando las noticias de algún periódico o tratando de perder de vista a los policías que le perseguían por su doble delito: vender en el espacio público y ser un extranjero.

–Cuidado negro, a Claudia le quitaron toda la mercancía ayer, vos sabés, la cosa no está para bromas. La aporrearon fuerte y se la llevaron en una patrulla hasta la comandancia en el centro.
–No te preocupes, yo mido a ojo la distancia de los policías y además corro fuerte. Algo bueno me dejó el trabajo en la mina.
–El problema no es el calabozo, es que te saquen del país. Ya ves que por eso de la guerra la gente se pone delicada.
–Si te contara cuántas veces me han echado a Bolivia no me lo crees. La última me pasé seis semanas en la frontera, parece que había problemas con una gente que quería cruzar para escaparse… pero aquí estoy, negro pero cariñoso.

La calle atestada lo recibió entre el trajín de unos y la indiferencia de otros. Sus grandes hogazas de pan entrelazadas en un canasto anunciaban el sustento del día. A su lado una mujer joven vendía agua y más allá otra ofrecía café en grandes termos. En la acera del frente las notas de un bandoneón crepitaban con nostalgia mientas un viejo entonó con voz gastada Arrabal amargo… El ruido y el movimiento de la urbe impregnaron cada espacio de monotonía. Lejos de ser un caos sin forma, todo evocaba una sinfonía compuesta por sonidos opacos, voces alegres, notas musicales y el transcurrir incesante de los automóviles. La vida estaba presente en cada elemento, en la dureza del metal y los árboles que generosos daban su sombra a la mitad del pavimento.

–Negro corre…que se viene la policía.

Todos a uno recogieron sus cosas armando grandes mochilas y trataron de perderse entre la multitud. Las calles se apretaban como un laberinto, el cual recorrió echando nerviosas miradas hacia atrás. Desandando varios trechos trató de superar una empinada acera pero dándose por vencido decidió girar por la esquina hacia el abasto principal. A lo lejos avistó un hombre a caballo… sintió que no tenía escapatoria.

El tercer camión casi lo golpea de frente. Era una fila casi inagotable que abarcaba toda la carretera y se extendía hasta donde permitía la mirada. En los ojos de los militares no se anunciaba la victoria. Uniformes desgastados, caras pálidas y barbas de varios días, manos temblorosas que intentaban articular un símbolo de despedida.

–Che negro, por favor regálanos un pan, tenemos hambre.
Andrés se acercó mientras su mano generosa alargaba una hogaza.
–Héroe, ¿de dónde vienes y a dónde vas?
–Me llamo Leonardo, soy de Chivilcoy y todos venimos de las Malvinas.
–No había comida… frío, mucho frío… atacaban con bombas…yo traté de salvarlo… tenía miedo… la noche asustaba­–, todos venían de un infierno congelado en las Malvinas.

Nunca supo cuántos camiones recorrió o por qué lo hizo. Los panes se multiplicaban junto con los abrazos y las manos que le agradecían. Los nombres de provincias, pueblos pequeños y ciudades se entrelazaban con apellidos y calles donde los que volvían deseaban regresar. Lágrimas o solo silencio, ojos que perdidos en la nada daban testimonio de una guerra donde todo se había perdido desde el principio.

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido.

En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie te dio.

Recordó la jaula que llevaban los mineros a las entrañas de Potosí. Una mina que asesinaba a los hombres o los devolvía convertidos en escoria. La guerra era igual, solo los muertos o los generales se cubrían de gloria, los demás sobrevivían para repetir en sus cabezas los horrores y pasar noches enteras recordando los nombres de los que no estaban.

Los camiones comenzaban a perderse en el horizonte. Las sonrisas devolvieron a esa calle un poco de dignidad antes de que todo volviera al silencio. Ese día Puerto Madryn se quedó sin pan.

El sol se ocultó silencioso, indiferente.

Saturday, 03 February 2018 19:00

Viento y arena

El viento trajo a su memoria aquella libertad perdida. A su alrededor ya no había barrotes ni la incesante voz de los guardias que con golpes y gritos intentaban doblegar su humanidad. Viento y arena, después de cientos de años de habitar la tierra, era lo único que les quedaba a los palestinos. Viento y arena, y una inquebrantable voluntad de hierro.

La espera de su familia afuera de la prisión se hacía interminable. Habían viajado de muy lejos para recibir a su hijo que se había hecho hombre entre las rejas de una prisión israelí. Ojos llenos de sufrimiento que vieron la destrucción de todo lo amado. Lagrimas que brotan cuando el invasor no vigila, cuando entre los muros del hogar se suelta la coraza para recoger lo poco de dignidad que te han dejado. Las manos que han envejecido entre el trabajo y la lucha, entre la resistencia. Todos son viejos en esta tierra porque son su memoria ancestral.

–Papá, allí viene, está más delgado pero es él, es nuestro Yusef, mi hermano, tu hijo…
La casa que atesoraba sus recuerdos había sido derribada dos años antes. Ese día la explanada se llenó de escombros, mientras las máquinas avanzaban entre los gritos de las mujeres y los ojos melancólicos de los ancianos. El ejército marchó apartando a quienes hasta hace poco habían tenido su hogar y que desesperadamente se aferraban a unos cuantos trozos de roca y madera.


El sol castigaba el cuerpo de Yusef, que, a pesar de ser solo un niño, sentía la rabia atravesada en la garganta. Caminaba de un lado a otro obligándose a mirar aquella destrucción que le revelaba cómo el mundo está lleno de sombras y de maldad.

–Algún día un niño como estos izará la bandera palestina sobre el Domo de la Roca.
Las palabras de su abuela resonaban a través del ruido y del polvo. A pesar de los años gastados y el cansancio.
–La historia recordará que aquí los palestinos tenían su tierra y su hogar.
Un grupo de colonos vestidos de blanco los insultaban mientras izaban una bandera como conquistadores.
–Tienen las armas pero nosotros tenemos la valentía, serán olvidados para siempre.

Un soldado se acercó a la anciana con su fusil en alto. Fue en ese momento que sintió una piedra que le atravesaba el rostro. Entre la sangre pudo ver a un niño de no más de doce años que le gritaba en una lengua que temía. Fue solo cuestión de algunos segundos.

Un golpe metálico arrojó al suelo a Yusef, mientras sintió botas que lo pateaban y un interminable dolor en todo el cuerpo. La rencorosa arena preparó un lecho para recibir sus lágrimas que no obstante se negaron a brotar orgullosas. Lo arrastraron hasta una tanqueta entre insultos y maldiciones. Impávido sintió que su niñez había llegado a su fin.

Los meses pasaron en una prisión donde miles de palestinos eran torturados y algunos desaparecían sin dejar rastro. Sus ojos cambiaron cediendo a la nostalgia y al dolor, solo pensaba en su familia sin un techo dónde reconstruir sus vidas. Sus manos envejecieron siglos y ahora su semblante no tenía tiempo.

Un abrazo lo unió con su hermana y su padre. El viaje lo llevó entre las ruinas de lo que fueron barrios, mercados y escuelas. Al detenerse vio un grupo de carpas donde miles vivían como refugiados en su propia tierra. Era la miseria que tanto le dolía y que temía encontrar entre los suyos.

Bebió el té escuchando la voz de su abuela que lo bendecía. Reparó en el samovar y la alfombra, en los cuadros de sus antepasados y en el libro que el profeta recibió del cielo. Cada sonido y olor lo devolvieron a tiempos más felices y borraron de su memoria el dolor de la cárcel y los días perdidos.

Su casa era esta, su casa se llama Palestina.

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