Liezel López

Liezel López

Monday, 10 August 2020 00:00

Estos tomatícos si me irán a pegar...

-Esos tomaticos si me irán a pegar…

Cuando salí del colegio teniendo dieciséis años, decidí que solo me alimentaría de lo que yo cultivara, había ahorrado para alquilar una finca y así poder convertirme en agricultora orgánica. Era mi sueño. Respirar la tierra y ver crecer sus frutos con la luz de la constancia. No quería usar ningún agroquímico. Pensaba en mi inocencia que la huerta crecería al instante y que mis manos inexpertas moldearían a la perfección las hileras de tierra naranja. No había calculado que se necesitaba al menos tres meses para cosechar cualquier tubérculo.

-Don Ovideo ya tengo las semillas y tengo puesto el overol…
-Mija, ¿y overol pa qué, usted con esas manitos sí es capaz de levantar un azadón? Si quiere yo le alisto la tierra y usted le tira las semillas.
-Pues no crea, soy pequeña pero con fuerza.
-Pues empiece primero desyerbando porque esa tierra nunca ha sido sembrada, debe arrancar todo el pasto cocuy, ese verraco no deja pelechar nada.

Pasaron siete días y ese tal cocuy sí que me costó arrancarlo, ni que decir de arar la tierra. Mis manos bailaban en las ampollas. El azadón y la pica son instrumentos pesados, mientras Don Ovídeo araba una hilera en una hora, yo me demoraba dos días. Al principio salía sin protección, luego de la tunda de sol, mosquitos y ampollas de varios días. Me diseñé una vestimenta bastante particular: overol, camisa larga, guantes de soldador y casco acompañado de unas gafas gigantes que usaba en el colegio durante el laboratorio de química; Don Ovídeo se burlaba de mí y me decía la pequeña Robot.

A pesar de todas las peripecias fui feliz aprendiendo y cultivando la tierra. Observar el riego natural por las ráfagas de lluvia, sentir el olor de la yerbabuena creciendo, envarar los tomates y habichuelas con palos improvisados que encontraba durante mis caminatas, y la emoción de arrancar las zanahorias tumbándome en el suelo por la fuerza que hacía. Sin embargo me entristecía por el poco valor que les daban a los campesinos. Durante mis jornadas charlaba con varios de ellos y me contaban sus pérdidas en los cultivos, el desplazamiento que habían sufrido por la violencia, lo poco que ganaban vendiendo sus productos o arando terrenos de otras personas. Viví por tres años en el campo y exploré diferentes cultivos. Tuve que volver a la ciudad, sustentarse de la tierra no es tarea fácil.

¿Y eso de la seguridad alimentaria será lo mismo que la soberanía alimentaria?
Por varios años se han cruzado en mis andanzas conceptos que en principio eran extraños para mí: la soberanía y la seguridad alimentaria. Tuve un gran maestro que me enseñó a cultivar los hongos orellana, un hongo comestible que se puede preparar de diversas maneras y es muy rico en proteína. El Mago Fernando, como yo lo llamaba, tenía un sueño: curar el hambre con los hongos en el municipio de La Estrella. De él escuché por primera vez las palabras soberanía y seguridad alimentaria, él decía que existía una gran diferencia entre ambos conceptos:

-Vea mija, entender la diferencia es muy sencillo, los gobiernos y grandes empresas siempre hablan de seguridad, solo les importa que haya alimentos disponibles y su rentabilidad, no importa si son saludables o cuál sea su origen. En cambio, la soberanía se trata de la autonomía de los pueblos a cultivar lo que quieran, ya sea agrícola o pecuario, además de la protección a los campesinos y sus tradiciones, y sobre todo que estos alimentos se cultiven libres de agroquímicos y se cuide el medio ambiente y su biodiversidad.

Mi viejo amigo tenía mucha razón, de nada sirve tener supermercados llenos de alimentos empacados y rotulados si la gente igual se muere de hambre o de sobrepeso. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en su último informe publicado en 2019 sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, 1 de cada 9 personas padece de hambre y, paradójicamente, 1 de cada 8 personas sufre de obesidad, lo que evidencia una profunda crisis en el sistema alimentario. Quien no se muere de hambre, se muere de obesidad, pues a pesar de tener “seguro” un plato de comida, no es un alimento sano, lo que aumenta el nivel de enfermedades como la obesidad y diabetes causadas por las bebidas azucaradas y los alimentos procesados.

Soberanía entonces es un concepto más profundo, es un vínculo que va más allá de tener la panza llena. A veces las personas no diferencian una vaina de una semilla, o desconocemos que la pitaya es una variedad diferente a la pitahaya, o que existen más de veinte variedades de frijol que podemos consumir. Soberanía alimentaria es conocer el alimento desde su origen, es un acercamiento entre la mano del campesino y sus saberes, es la preservación de las semillas nativas; este vínculo no podrá ser empacado, rotulado y vendido como un producto más en un supermercado.

¿Qué pasa con el campo en Colombia?
Estuve dos años como voluntaria en el proyecto de cultivo de orellana con mi amigo El Mago, aprendí que este hongo es un alimento muy saludable. El Mago había logrado contagiarme su sueño e inicié un viaje para enseñar a otras personas el cultivo y su preparación. Una de mis primeras “expediciones” realizada en el año 2007, fue al resguardo de la comunidad indígena Tule - Kuna, ubicada en Unguía, municipio del Chocó, departamento de paisajes exuberantes irónicamente colmados de violencia y desigualdad. Allí pude observar uno de los grandes conflictos del campo en Colombia: el desplazamiento y la ganadería extensiva. Esta comunidad presentaba un alto grado de mal nutrición por deficiencia de proteína, su dieta se basaba en carbohidratos provenientes de la papa y el ñame. Según los testimonios, la comunidad había perdido la pesca porque el río Arquía se había contaminado a causa de la ganadería practicada por terratenientes que habían llegado a invadir sus terrenos veinte años atrás. Realicé varias prácticas y experimentos de cultivo de este hongo, aprendí mucho de sus saberes y logré presentarles este alimento como una opción para integrar a su dieta. Sin embargo, un sin sabor y varios cuestionamientos me surgieron: ¿cómo es la alimentación de las diferentes comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes en el país? ¿por qué la ganadería no tiene un control? ¿en manos de quién reposa este negocio? ¿por qué no se protegen a estas comunidades, si a la larga ellos llevarán la comida a nuestra mesa?

El campo en Colombia ha sido olvidado. Históricamente se han presentado diversas problemáticas como el narcotráfico en el conflicto armado, el despojo de tierras por diferentes actores, la ganadería extensiva, la minería, la deforestación indiscriminada y monocultivos como el caucho, la palma africana, el arroz y el cacao. Las políticas públicas no garantizan la preservación del agro en nuestro país, según datos del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), y otras autoridades e instituciones oficiales, en Colombia actualmente se puede decir que de 40 millones de hectáreas que se tienen para el desarrollo agropecuario, apenas 7,6 millones están cultivadas. Más del 30% de los alimentos que consumimos son importados y la situación de inseguridad alimentaria y nutricional en el país alcanza una prevalencia del 42,7%, ni siquiera cubrimos las necesidades de nuestras comunidades, una ironía cuando poseemos todos los pisos térmicos y podríamos ser una de las principales despensas productoras del mundo, según la FAO.

Este escenario nos plantea la urgencia de que se cumpla la Reforma Rural Integral (RRI) contemplada en el punto uno de los acuerdos firmados entre el Gobierno y las FARC, ya que la mayoría de los proyectos productivos no han llegado a las comunidades. Con esta reforma se busca promover el desarrollo de las comunidades rurales, la distribución equitativa de la tierra y su devolución a las víctimas de desplazamiento y despojo. Esta reforma tejería una nueva colcha donde esa herida histórica con el campo Colombiano se zurza, reivindicando al campesino como sujeto de derecho.

¿Cómo la agroindustria afecta al ambiente y qué podemos hacer desde nuestro hogar?
Otra de mis inquietudes han sido las repercusiones ambientales por la producción de alimentos. Sabemos que el planeta se está calentando por el exceso de emisiones de gases de efecto invernadero, el sistema agroindustrial produce el 57% de estas emisiones. Son seis los principales impactos de la cadena agroindustrial:

Deforestación: la agricultura industrial ocupa terrenos fértiles para sus monocultivos acaparando millones de hectáreas, en este proceso se queman bosques y humedales dañando la materia orgánica que los sostiene, esto libera dióxido de carbono a la atmosfera. El 18% de las emisiones en el mundo se da durante estos procesos de quema.
Producción agroindustrial: durante la producción, una gran cantidad de combustible es usado en tractores, maquinarias agrícolas y en la fabricación de los agroquímicos como fertilizantes y plaguicidas. El uso de estos agroquímicos produce óxido nitroso, otro potente gas de efecto invernadero. Por otro lado tenemos la liberación de gas metano debido a la acumulación de estiércol en la ganadería. Estas tres actividades generan un 15% de las emisiones del planeta.
Transporte: las materias primas y los alimentos recorren grandes distancias para su distribución. La soya, por ejemplo, viaja desde Argentina para alimentar gallinas en China, y luego estos huevos son exportados a otros lugares. El transporte es responsable del 5% de las emisiones del mundo.
Transformación: en el procesamiento de las materias primas y su posterior empacado en los productos llamativos que nos surten en los supermercados, se gastan grandes cantidades de energía generando un 8% de las emisiones globales.
Refrigeración: luego de que los alimentos estén empacados se hace indispensable su refrigeración en los grandes supermercados, lo que produce el 4% de las emisiones globales.


Desecho de alimentos: irónicamente se desecha casi el 40% de los alimentos producidos, ya que no cumplen con las medidas y características estándares que las grandes empresas alimenticias y el marketing alimentario exigen. La descomposición de estos alimentos aporta un 4% de las emisiones globales.

Ahora bien, sabemos que el sistema alimentario actual tiene profundas fallas desde cualquier punto que queramos abarcarlo: social, ambiental o político. ¿Qué podemos hacer para luchar por una soberanía alimentaria y apoderarnos de nuestras tradiciones? Como diría mi querido Mago: “Mija, cómprele las arepitas a doña Consuelo y arranque con baldes y en su balcón pone un pequeño huerto y se hace su compostera”.

Tal vez todos no podamos realizar un huerto en casa, pero lo que sí podemos hacer es conocer las acciones que realizan las organizaciones sociales y campesinas de nuestra localidad en torno a la soberanía, al cuidado del medio ambiente, el territorio, y sumarnos a ellas. Comprar nuestros víveres en mercados y plazas campesinas. Dejar de consumir en los grandes supermercados, preguntarnos por el origen de los alimentos que preparamos a diario.

Existen diferentes organizaciones en nuestras localidades, mencionaré algunas para que las conozcan, muchas de ellas tienen portales web o presencia en redes sociales: Red de Guardadores de Semillas de la Corporación RECAR (Resguardo Indígena Zenú de San Andrés de Sotavento); Red Semillas Libres de Antioquia; Red de Custodios de Semillas de Cañamomo y San Lorenzo, Caldas; Red de Guardianes de Semillas del Cauca; Red de Guardianes de Semillas de Vida, Nariño; la Asociación Campesina de Antioquia (ACA); el Movimiento Social por la Vida y la Defensa del Territorio (Movete); y la Corporación Grupo Semillas.

 

“Las semillas nativas y criollas son propiedad de los pueblos, deben estar en manos de los agricultores, sembradas y propagadas en los territorios, disfrutadas en las mesas y conservadas como patrimonio de la humanidad”.

Monday, 05 February 2018 19:00

El último librero

Marcación de espacio - tiempo: Centro de Medellín, 9 de enero, 2018. Nota diagnóstica: antídoto para el olvido. Ser humano: don Fernando Navarro

De pie, jugando yoyo en el semáforo de Sucre con la playa, meditaba acerca de cuál sería mi nuevo empleo; amortiguando un poco la ansiedad, en cada sube y baja imaginaba los diferentes escenarios. Estaba harta de ser mesera aguantando borrachos y horarios extremos para poder terminar la universidad.

Como una bruma de sol, recordé mi anhelo de trabajar en una librería, rápidamente me fui del semáforo a buscar un internet. Buscando librerías de la ciudad, encontré una que me llamó la atención por un fragmento de su portafolio: “Venta de textos con énfasis en promover la educación del pueblo colombiano…”. Se trataba de la Librería América, que para mi sorpresa había sido fundada en el año 1944. Me dije: ¡carajo! 74 años en la ciudad, allí es donde quiero laborar.

Al día siguiente, con mi currículo en mano, tomé rumbo a la Librería América, ubicada en el pasaje Boyacá. Me recibió un señor muy amable de ojos tenues y sonrisa contagiosa: don Fernando Navarro; me preguntó qué necesitaba, le respondí: “quiero trabajar en su librería”. El caballero esbozó un huracán en su rostro y dijo: “mija por dios, cierro en tres meses”.

Me quedé un poco paralizada y triste. Creo que don Fernando notó mi desanimo y trató de alegrarme diciendo: “no puedo darte empleo pero puedo enseñarte del oficio de ser librero y todo lo que quieras saber de esta librería”. Di un saltico interno y le respondí: “¿en serio?, ¿cuándo podemos comenzar?”, “de inmediato”, aseveró don Fernando.

Antes de iniciar sus historias y enseñanzas, don Fernando preguntó cuál era mi interés por trabajar en una librería; le respondí que siempre había soñado con un trabajo donde pudiera aprender y leer durante la jornada y no aburrirme. Después de mi respuesta, don Fernando inició a contarme: “para ser un buen librero es necesario tener una memoria prodigiosa para recordar los títulos y sus autores, ser paciente y de mente muy abierta para escuchar las diferentes opiniones, a todos no les gusta lo mismo; además comprender que vender libros no es como vender zapatos, el libro se debe sentir como un portal a otros mundos, sentir la curiosidad por las letras en sus páginas, no percibirlo como un objeto sin vida. Un libro es un antídoto para el olvido. El oficio de ser librero se va construyendo con aprendizaje y magia, magia para inducir a los lectores en pasajes secretos que los ayude a formarse y a divertirse”.

Luego agregó: “Me convertí en librero hace 55 años por herencia de mi padre, Jaime Navarro, un gran hombre enamorado de la lectura, fundó esta librería el mismo año en que yo nací; cumplimos los mismos años cada vuelta al sol, la librería y yo”. Lo interrumpí con un leve ademán para preguntarle qué clases de libros vendía, cómo era la comercialización de los libros cuando inició su oficio y si había conocido muchos escritores.

“En la librería América se encuentran toda clase de libros en idioma español, desde filosofía, medicina, novelas, hasta textos escolares. Las editoriales exportadoras en lengua hispana provienen de España, Argentina y México en ese orden de importancia. Cuando inicié este oficio los encargos de libros se hacían por correspondencia, las editoriales mandaban sus catálogos con las novedades y tocaba hacer pedidos grandes que justificaran el costo del transporte, ya que se traían en barco desde España, en avión era muy costoso; al año se hacía máximo dos pedidos. Ahora es muy sencillo, en pocos días puedes tener el libro que quieras, antes las personas debían esperar hasta ocho meses para obtener un libro y además cubrir los altos costos del transporte.

Las librerías en mi época y hasta más o menos los años 90 nos encargábamos de enriquecer y renovar el inventario de libros de las bibliotecas públicas de la ciudad; actualmente ellas se contactan directamente con las editoriales, perdimos esa labor con las instituciones.

Muchos intelectuales y escritores me visitaban. Personas como el señor Aguirre, Joaquín Vallejo, Gonzalo Arango, Aura López, William Ospina, venían a realizar sus compras de libros y a enterarse de las novedades. Me gustaba ayudar a los escritores que no eran tan conocidos ofreciendo sus obras y promocionándolas, solía decirles en muchas ocasiones una frase que inventé para animarlos y sacarles una sonrisa: no sé quién es más Quijote, si usted que los escribe o yo que los vendo”.

Me reí al instante por la frase. Estaba sorprendida con cada detalle que iba escribiendo aquel personaje con su voz: un sobreviviente, un verdadero maestro. Sentía que leía un libro con mis oídos, con mis ojos, al escuchar sus palabras, al observar sus gestos dispersos en el aire.

Le pregunté con insistencia, ¿don Fernando, las librerías de tu época aún existen? ¿Por qué motivo vas a cerrar la tuya? “Mija, las librerías que fueron fundadas en el centro, contemporáneas con la América ya no están; la Nueva, la Pluma de Oro, la Continental, la Omega, la Aguirre, la Anticuaria… todas ellas cerraron; la América es la última de mi época que queda en la ciudad. Y esta librería no es la única que he cerrado, tal vez sí la ultima; tuve otras dos librerías asociado con familiares por este mismo sector, una se llamaba Don Quijote y la otra América 2, ambas las cerré hace unos quince años.

Voy a cerrar la librería porque ya no tengo cómo sostenerla, las ventas no compensan los gastos. Además van a vender el local, no podría pagar una renta. Son diversos los factores que conllevan a esta crisis. En primera instancia el deterioro del centro, anteriormente, este pasaje lo llamaban la Calle Real, hoy es la Calle del bullicio, las personas dejaron de venir, ya no es un espacio agradable para visitar; por otro lado, tenemos la piratería, los bajos salarios de las personas en Colombia para acceder a los libros, el costo del papel, la devaluación de la moneda colombiana en referencia a los libros exportados, el poco interés de las personas por la lectura en nuestro país, la revolución digital, esa sí que nos ha afectado a todos los libreros; pero de algo si estoy seguro, el libro impreso no va a desaparecer, es más saludable para los ojos, práctico para portarlo y no se descarga.

Es una tristeza inmedible, es inexpresable la sensación que me produce el cierre de mi última librería. Lo mejor es no pensar, que se acabe el pensamiento. He querido tanto este lugar y mi labor; el poder aportar a las generaciones un conocimiento. Ser librero es de los oficios más bellos que he conocido, te visitan personas con diferentes formas de pensar y te dejan sus inquietudes, sus huellas impregnadas en sus mentes por las páginas leídas”.

“Tal vez no sea la última librería que vas a tener, don Fernando”, le dije, “de pronto encontremos apoyo de organizaciones para conseguir un espacio donde tener la librería, y de paso yo pueda cumplir mi sueño de ser librera”.

 

Marcación de tiempo: miércoles 15 de abril, 2015. Nota diagnóstico: reingreso a la Universidad de Antioquia en el programa de Biología, Individuo: mujer niña en búsqueda…

Una soleada mañana cubría mi tercer día de clases, mientras la espuma del café desaparecía en mi boca, mi mente iba y venía en diversos cuestionamientos. Era extraño volver a deambular por los pasillos de la universidad después de haber estado por fuera casi cuatro años. La plazoleta Barrientos un poco vacía, soplaba recuerdos de tiempos de agite, correr de acá para allá, entregar informes, salir de clase antes, luego ir a trabajar y así una rutina día tras día, en la cual el conocimiento no tiene espacio-tiempo de trascender y asentarse en la mente para ser digerido o en el mejor de los casos rumiado, pero al menos, como dicen en los pasillos de la universidad, lo importante es cumplir con los requisitos y aprobar las materias lo antes posible para poder graduarse y salir a buscar un mejor sueldo pero esta vez con un título.

De solo recordar el remolino de libros, informes y horas laborales mi mente produjo un carril de estornudo frenético y un rápido sacudón de cabeza me hizo volver al presente, respiré y exhalé en voz alta: “… otra vez lo mismo: trabajar y estudiar a medias…”

Reingresé a la Universidad de Antioquia para terminar de estudiar biología, carrera que había iniciado en el año 2007 y por dificultades económicas me tocó abandonar cuando estaba en el quinto semestre. Ahora que estoy estudiando de nuevo, se me han presentado los mismos problemas, ya que el programa de biología no brinda horarios alternativos en las materias de ciclo básico que tienen secuencia con otras materias de profundización; horarios que permitan estudiar a las personas que debemos trabajar al menos 8 horas diarias, por ejemplo sábados, o en horas extremas como después de las 6:00 pm o las 6:00 am.

Por el contrario, los horarios que se ofrecen, en la mayoría de materias, ocupan ambas jornadas mañana y tarde, por ejemplo, dos materias del ciclo básico de quinto semestre que deben tomarse juntas para poder cursar materias del siguiente nivel, tienen el siguiente horario: Genética y laboratorio; con clase teórica dos veces por semana, los días martes y jueves de 4:00 pm a 6:00 pm y práctica de laboratorio de 10:00 am a 1:00 pm los días miércoles. Ecología y Laboratorio; con clase teórica dos veces por semana, los días martes y jueves de 2:00 pm a 4:00 pm y práctica de laboratorio de 10:00 am a 1:00 pm los días viernes.

Para nadie es un secreto que, si necesitas trabajar por el sustento económico, cualquier empresa te exige entre 6 a 8 horas continuas disponibles, en su mayoría diurnas. Algunas pocas brindan la oportunidad de elegir una sola jornada fija laboral y cuando estudias en ambas jornadas difícilmente se puede negociar. Ante esta situación es cuando te conviertes en mercenaria malabarista del tiempo laboral; emplearte en horarios extremos y en simultáneos trabajos como: mesera, vendedor de tiempo completo con mostrador en la mochila, entregar periódicos en la calle, repartir volantes, animador de fiestas, entre otros. No significa que tener diversos y simultáneos empleos desmerite el esfuerzo; sin embargo, en medio de tanta pirueta económica a qué hora puede una persona formarse para lograr ser un profesional investigador y creativo, con niveles de profundización que permitan el descubrimiento de nuevas rutas y alternativas del conocimiento tanto en su desarrollo teórico como práctico, especialmente en el campo de la biología.


Y mientras seguía caminando con paso firme hacia el bloque siete, para entrar a clases, me pregunté si yo era la única en esta situación de los horarios y el trabajo, ya que debo pagarme todo el sostenimiento: arriendo, servicios, comida, fotocopias y ayudar a mi familia con algún aporte económico y lograr que mi barco lleno de nobles aspiraciones pueda profundizar en el mar del conocimiento; no tengo la opción de elegir entre estudiar o trabajar, debo realizar ambas y poder formarme como una investigadora y no simplemente aprobar los cursos fugazmente.

Cuando llegué a clase, no me quedé con la duda y me dispuse a preguntarles a los compañeros de biología y en los “huecos” a otros estudiantes de diferentes semestres. Les preguntaba básicamente: ¿Trabaja y estudia al mismo tiempo? ¿Cómo se sostiene económicamente, solo o por sus padres o crédito estudiantil? ¿Debe responder económicamente por otras personas fuera de usted? ¿Pertenece algún grupo de investigación de la universidad?

Los resultados fueron sorprendentes, sin entrar en análisis estadísticos dispendiosos, pude darme cuenta que la mayoría de estudiantes de biología son sostenidos económicamente por sus padres, no tienen obligaciones con otras personas y un alto porcentaje pertenece a estratos del cuatro en adelante; además participan de semilleros y grupos de investigación paralelo a su jornada académica; muy pocos compañeros andaban en mi situación de laborar y estudiar; estos estudiantes presentaban promedios académicos bajos y retrasos en varias materias, por lo difícil que es estar en esta situación.

Entonces me surgió otra duda, qué otras universidades de la ciudad de Medellín ofrecen el programa de Biología; encontré que a nivel de educación pública solo la Universidad de Antioquia desde el año 1974 tiene abierto este programa y en educación privada dos universidades la ofertan: el CES que tiene el programa de biología hace sólo siete años con un costo promedio por semestre de 5 millones de pesos y la universidad EAFIT que tiene el programa hace cuatro años con un costo promedio por semestre de 7 millones de pesos.

Después de mis análisis e indagaciones, me pregunto ¿Para qué estrato socio-económico está dirigido el programa de biología en la Universidad Pública? Si en la educación pública universitaria a nivel de pregrado encontramos estas dificultades en las cuales al menos las tarifas son medianamente asequibles; qué diremos entonces en los niveles más altos como especializaciones, maestrías, doctorados y posdoctorados, donde las tarifas por semestre dan risa de sólo verlas. ¿Cómo personas del común que han logrado terminar algún pregrado, con diversas obligaciones económicas, ganando salarios que no superan el millón y medio y estoy exagerando a veces ni siquiera ganan 1 millón, pueden acceder a otros niveles de profesionalización?

A esta problemática las personas intentan dar solución buscando obtener alguna beca, compitiendo con los exigentes requerimientos como: publicaciones en revistas indexadas, dominio de un segundo idioma, altos promedios, límite de edad. Sin embargo es sabido que quienes con alta dificultad, lograron graduarse de un pregrado trabajando y estudiando, no tienen buen dominio de un segundo idioma, en su mayoría están “pasados de edad”, a lo sumo tienen una publicación y mucho menos obtuvieron altos promedios durante su pregrado. No queda otra opción que resignarse con un pregrado o endeudarse y a medias estudiar y laborar.

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